Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 26 de septiembre de 1993

Le mató (al académico)


Si hay algo que no le perdona uno a la Real Academia Española es que a menudo se comporte, respecto al uso del castellano, como Europa en la crisis yugoslava: sin autoridad para defender sus principios y limitándose a consagrar políticas de hechos consumados. En lugar de limpiar, fijar y dar esplendor, como mandan los cánones, las decisiones académicas se caracterizan a veces por una vergonzosa serie de claudicaciones conformistas ante las corrupciones del lenguaje. Del mismo modo que, es un suponer, los ministros de exteriores europeos encuentran más fácil solucionar la papeleta bosnia dándole palmaditas en la espalda a los generales serbios y convenciendo a los musulmanes de que se rindan porque están listos de papeles, nuestros académicos prefieren hacer de tripas corazón y consagrar las aberraciones lingüísticas en lugar de luchar contra ellas con el denuedo que exige la responsabilidad que ostentan.

Verbigracia: que numeroso personal se empeñe, por ejemplo, en decir le mató, le violó, le refanfinfló, en vez del correspondiente y clásico lo, o elimine cargándose una p la bella etimología griega psique del término sicología, no justifica que los ilustres santifiquen tan infame leísmo o tan bastarda omisión, so pretexto de su uso generalizado. Precisamente el uso generalizado, como la estupidez generalizada o la barbarie generalizada, se producen cuando quienes tienen por misión denunciar y combatir esas perversiones se camuflan en las cómodas trincheras del conformismo, se limitan a trincar a fin de mes y no dan la cara cuando corresponde. Actitud que en las academias de la lengua y en la Europa de 1993, entre otros muchos sitios, se viene dando con irritante frecuencia. Y es que se empieza tolerando leísmos y se termina aceptando sarajevos. Porque una cosa es asumir de modo razonable el tiempo y el uso, y otra muy distinta envainársela por sistema. Me refiero a la espada.

Pensar de que, por ejemplo. Últimamente demasiada gente piensa de que u opina de que, así que me temo que los ilustres lo van a consagrar de un momento a otro. Lo harán a bote pronto siempre y cuando no los traiga al pairo, que es lo que ahora dice todo el mundo aunque no tenga la menor idea de torneos medievales ni de náutica. Los generales ya no mandan ejércitos; eso era en los versos de Calderón cuando los tercios de Flandes. Ahora, sobre todo desde la guerra del Golfo, comandan, que es mismamente más moderno y suena así, como de la OTAN, más altamente operativo y además viene hace un montón de tiempo en los diccionarios. En cuanto a decir que un deportista realiza un entrenamiento, eso es una ordinariez.

Lo que hace un deportista es un entreno, como todo el mundo sabe, a veces en Torino o en Milano. En cuanto a esos coches que circulan por ahí, no se llaman Orión, que es como se llamó siempre la constelación que les da nombre, sino Orion, igual que en la tele, con acento en la primera o, que suena a mucho más coche y además tiene la ventaja de que siempre te van a entender en New York cuando les compres a tus hijos uno de esos pins o pines, la Real aún no se ha pronunciado al respecto— que antes, cuando España era mucho más paleta, teníamos la vulgaridad de llamar insignias.

Por supuesto, la Real Academia no es responsable de que poseamos el mayor índice de políticos analfabetos por metro cuadrado, como tampoco de que el lenguaje de la calle lo establezcan a medias ciertos comentaristas deportivos y los dobladores de películas norteamericanas. Pero también es cierto que hay silencios y claudicaciones cobardes que cantan desde muy lejos.

Porque ya me contarán. Tiene muy poca gracia que algunos desgraciados hayamos pasado la tierna infancia y parte de la juventud acosados por padres y maestros —ahora se dice educadores, creo, retengan la gilipollez— empeñados en inculcarnos una prosa medianamente legible; el respeto a una cierta disciplina que, sin ser férrea, permitiese al menos, a la hora de juntar letras y palabras, hacerlo de modo razonable. Convendrán conmigo en que no tiene ni puñetera gracia que haya sido así y que ahora, cuando uno va y pega unos teclazos para publicar algo por ahí, llegue un corrector de pruebas de esos que a veces acechan emboscados en las editoriales y sustituya, por ejemplo, un lo maté original por un le maté — ¿el alma? ¿la esperanza?—. Después, cuando el que suscribe acude en su busca cegado por santa ira, el canalla sonríe sin remordimiento alguno y, requiriendo el Diccionario de la Real, invoca en su auxilio la doctrina de los santos padres. Eso, si no termina motejándote de fascista por aquello de la intransigencia lingüística. La lengua es algo vivo y democrático, a ver si se entera usted de una vez. Aunque lo normal es que te tutee. Fascista. Que eso es lo que eres con tanta regla y tanta norma. Un chulo y un fascista.

Y hay que dar gracias. Porque, a las malas, igual se pone flamenco y te aplica el libro de estilo de la editorial o el periódico en cuestión. Y te encuentras al héroe de tu historia dándole su carné al policía que comanda la investigación mientras, en el chalé, ella se bebe un güisqui antes del entreno. Sicológicamente traumada tras matarle (al académico). Después de usar el bidé.

26 de septiembre de 1993