Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 27 de febrero de 1994

Los ladrones eran gente honrada


Hay quien se va a un monasterio del Tíbet o se apunta a un curso de recuperación del Yo con un psicólogo argentino. La terapia del que suscribe consiste, de vez en cuando, en encerrarse en casa un fin de semana con el vídeo y buena provisión de películas españolas de mediados de siglo, o sea, los años cincuenta hasta el sesenta y pocos, más o menos. La frontera suele trazarla la aparición del color en el cine de la época, pues la España que busco encaja más con el sobrio blanco y negro. Hace un par de días me administré un tratamiento intensivo: Historias de la radio, Plácido, Los económicamente débiles y El tigre de Chamberí.

Aquel cine, salvo raras excepciones -Plácido y algunas otras-, no era del todo real. Se inventaba una España inexistente y mojigata donde triunfaban las virtudes del trabajo, la sumisión a la autoridad, la familia, el municipio y el sindicato; donde los ladrones se volvían honrados, los novios se casaban por la iglesia, los huerfanitos encontraban una monja buena y los pecadores iban al cielo en el último minuto, como el Tenorio. Aquellas películas mentían igual que siempre mienten el cine, la sonrisa de los políticos y la letra de los boleros. Y ocultaban, bajo sus historias con final feliz, una realidad más oscura: la España de los sinvergüenzas y los mercachifles triunfando sobre la otra de alpargata y pobreza: la de los eternos vencidos con o sin guerras civiles. La España de quienes cada mañana se levantaban a partirse el lomo para llegar a fin de mes y ponerles por Reyes unos juguetes a los críos; dispuestos a encajar, resignados, una nueva humillación y una nueva derrota, en esta tierra ingrata en la que Dios, como dijo aquél, nos dejó el hambre y se llevó el pan.

Sin embargo, aunque esa España de celuloide rancio fuese ficticia, sus protagonistas no lo eran. Aquellos españolitos peinados hacia atrás y vistiendo camisa blanca demasiado ancha, el cura o el boxeador encarnados por José Luis Ozores, el golfo chuleta Tony Leblanc, el pobre repartidor Cassen, los vividores José Luis López Vázquez o Manolo Gómez Bur, la dulce Gracita Morales, sí eran reales; existían de verdad. Cierto es que la censura encorsetaba las historias, pero no pudo hacer lo mismo con los personajes. Su picaresca, sus sueños, vocabulario y talante sí eran auténticos, como lo eran la amistad, la ternura, el humor o la tristeza, la desesperanza del pobre diablo que intentaba salir adelante, sobrevivir.

Eran simples y entrañables aquellos españoles de a pie, trabajadores de sol a sol siempre acogotados por la autoridad competente; desgraciados buscándose la vida, endomingados para el fútbol o los toros, soñando con el billete de veinte duros que les permitiera deslumbrar a la novia, pagar una letra, comprar una muñeca de cartón o una bicicleta.

Aquel cine ocultó y manipuló muchas cosas, pero tengo la sospecha de que en alguna forma nos hacía mejores como individuos. Alentaba en sus personajes, hasta en los más golfos, un fondo de honradez y bondad. Había curas paternales, comisarios honestos, guardias civiles comprensivos, vecinos solidarios, usureros que descubrían tener buen corazón. Había más piedad hacia los semejantes, solidaridad en el dolor o la desgracia; y eso no siempre era fruto del guión, sino que estaba en los actores, en los personajes, porque también estaba en la calle. Aquellos infelices ingenuos que hoy, al verlos en el vídeo, nos arrancan una sonrisa de desdén o ternura, eran quizá mucho mejores de lo que somos ahora nosotros. Porque tenían corazón y tenían alma.

También el público era mejor, porque en realidad estaba compuesto por los mismos personajes que desfilaban por la pantalla, y en ellos se reconocía. O lo que es más importante, deseaba reconocerse. Ese público lloraba la desgracia y reía con las risas, y aplaudía el triunfo de la bondad y el fracaso del mal. Algo que en este tiempo de adultos lúcidos, de gente mayor de vuelta de todo, ya ni siquiera hacen esos monstruos resabiados que en España disfrazamos de yanquis de telecomedia y seguimos llamando niños.

Ésa es mi deuda con aquellos viejos actores que encarnaron, a menudo sin proponérselo, la vida cotidiana, los sueños y las esperanzas de la generación de mis padres y mis abuelos. Gracias a ellos puedo percibir todavía lo más entrañable que hubo en ellos y en aquel mundo suyo que, con lo bueno y lo malo, desapareció para siempre. Llevándose con él una España sombría, en blanco y negro; pero también hermosas palabras que hoy nadie pronuncia porque carecen de sentido.

27 de febrero de 1994

domingo, 20 de febrero de 1994

El héroe jubilado


No supo morir a tiempo como deben morir los marineros: agarrados a un obenque del barco en pleno temporal, de un navajazo en Rotterdam o de coma etílico en una casa de putas de Puerto España. Acaba de cumplir sesenta y cinco años y es un triste jubilado que vendió su orgullo y su libertad por un plato de lentejas. Porque en este tiempo en que todo se manipula, todo se esteriliza y se convierte en materia comercial, cuando uno no sabe morirse a tiempo se expone a jubilarse como patética sombra de lo que fue. Eso, para decepción de los niños que una vez fuimos y que todavía, en ocasiones, sobreviven con un reproche en nuestra mirada de adultos. Porque los héroes deben morir o permanecer eternamente fieles a sí mismos, pero no deben cambiar nunca. Cierto es que el cansancio y la vejez son lógicos. Pero nadie les ha pedido a los héroes que sean lógicos. Sólo que sean héroes.

Popeye nació a finales de enero de 1929. Su autor, Elzie Segar, lo creó rudo y ácrata, con un carácter lúcido, seguro de sí mismo, siempre listo para pelear, y tanto él como los personajes de su entorno disparaban, en sus palabras y actitudes, sarcasmo, acidez, críticas más o menos veladas contra una sociedad en la que no terminaban de sentirse a sus anchas. Era una banda peculiar, llena de singulares relaciones y equívocos que le daban a todo mucho picante.

Olivia —nuestra Rosario— tenía un novio llamado Ham, pero era Popeye quien la ponía como una moto. Y Olivia terminó por ser la novia eterna del marinero, en una unión larga y tormentosa, llena de celos, peleas y reconciliaciones, que se mantuvo durante sesenta años sin que mediase en ella el sagrado vínculo del matrimonio. En cuanto a los otros personajes, tampoco eran precisamente lo mejor de cada casa. Como Wellington Wimpy, flemático y amoral, siempre dispuesto a vender a su mejor amigo por una buena pila de hamburguesas. O Cocoliso, el hijo de Popeye, cuya aparición original en una caja de zapatos no bastaba para disimular, sino que acentuaba, las sospechas sobre su origen. O Poppy, el descastado padre del héroe, que también era marino y lo abandonó de pequeño, y que después, al ser hallado por su hijo, resumía sus ideas sobre la progenie y la familia con un No me gustan los parientes del que estaba ausente cualquier remordimiento.

A fin de cuentas todos ellos eran individuos fieles a sí mismos, consecuentes y honestos en sus actitudes: no disimulaban sus inquinas ni defectos, no contaban milongas ni se disfrazaban de hermanitas de la caridad, como tantos otros personajes de acrisolada y estomagante virtud. No eran buenos ni malos. Simplemente eran lo que eran, y les importaba un bledo escandalizar a los mojigatos o que la sociedad biempensante les negase el derecho a mojar los dedos en agua bendita.

¿Eres hombre o ratón?, le preguntaba Rosario a Popeye cuando él se negaba a implicarse en un acto heroico. Soy marinero, respondía éste. Y quedaba zanjado el asunto. Popeye era eso, un marinero que veta el Mundo con la lucidez tolerante y distanciada del hombre de mar al que todo lo de tierra firme resulta un poco ajeno, y sólo se echaba al coleto una lata de espinacas y sacudía estopa cuando a él le parecía oportuno hacerlo. Era él quien elegía sus amigos, y sus enemigos.

Después pasó el tiempo y Popeye se convirtió en estrella del cine y la televisión. En un personaje para público infantil. El y sus singulares compadres terminaron como todo suele terminar hoy en día: producto de consumo general, papilla indiferencia a base de puñetazos y musiquitas. Y en 1987, los censores y los meapilas que criticaban el rechazo de Popeye a la institución familiar obtuvieron su revancha: Popeye casado con Rosario Y Cocoliso inscrito en el Registro Civil.

Sesenta y cinco años después de que apareciese por primera vez en la tira diaria del Thimble Theatre, Popeye llega a la edad de la jubilación con un chalecito en Hollywood, entre el de Aladino —que ahora se llama Aladdin, el mentecato— y otro donde la Bella y la Bestia, también casados por la iglesia, son felices y comen pastel de manzana. Y lo imagino apoyado en el marco de la ventana, mirando pasar las nubes que le recuerdan otros cielos y otros mares, cuando él era solo un marinero curtido, duro y ácrata. Cuando, a la vuelta de un viaje, en las noches de puerto y botella de ron, estrechaba a Rosario hasta el amanecer en sus brazos varoniles, tatuados con el ancla de los hombres libres.

20 de febrero de 1994

domingo, 13 de febrero de 1994

Personajes de opereta


Los cascos azules españoles destacados en Bosnia los llaman japoneses porque llegan, se hacen una foto y se van. Los hay de todo tipo, de variopinto pelaje y procedencia: parlamentarios, intelectuales, ministros, presidentes de gobierno, periodistas que pasaban por allí, tontosdelculo en general y media docena de etcéteras más. Sus incursiones bélicas duran entre uno y tres días, pero a ellos les basta ese corto período de tiempo para captar las claves esenciales del asunto. Al cabo cogen el portante y se largan, dispuestos a explicarle al mundo los horrores y los entresijos de una guerra que ellos han vivido -con grave riesgo de sus vidas- en primera persona del singular.

A veces uno llega, es un suponer, de Mostar, o de Sarajevo, sucio como un cerdo, y cuando se baja del Nissan blindado y cruza el vestíbulo del hotel de Medjugorje o Split, en busca de una ducha y una comida decente de retaguardia, se los encuentra allí, con chaleco antibalas y casco y expresión intrépida, jugándose la vida a treinta o cincuenta kilómetros del tiro más cercano. Es curiosa la obsesión que demuestran todos y cada uno de ellos por creerse en peligro, viviendo arriesgadamente los azares de la guerra y la aventura, aunque allí donde suelen ir, o los dejan ir, el peligro no exista en absoluto.

Recuerdo, por ejemplo, la imagen ralentizada en la tele de un ingenioso humorista bajito, caminando por las calles de Sarajevo -donde estuvo diez minutos- con un chaleco antimetralla mimetizado, con el fondo de una canción tierna que hablaba de niños y de vamos a querernos todos y demagogias así. Y recuerdo al mismo fulano amenazando con ir también a Somalia, donde ignoro si terminó yendo o no, porque no he seguido muy de cerca las apasionantes peripecias de su curriculum. Recuerdo entre otras cosas -en mis pesadillas- a cierta defensora del pueblo vestida de casco azul de la señorita Pepis diciéndoles a los soldados: «Cuando volváis a España, si es que volvéis, estáis todos invitados a mi casa». Lo dijo así, literal, en plan yupiyupi chicos, de modo que imagínense el choteo del respetable, con las conchas que te da una mili en Bosnia. Como recuerdo también la decepción de un conocido presentador televisivo -hasta esa fecha buen amigo mío- cuando, después de que me narrase sus excitantes sensaciones tras hallarse por primera vez bajo el fuego, le expliqué que los disparos que había estado oyendo toda la noche eran tiros al aire de los croatas borrachos de rakia que celebraban la Nochebuena, y que la guerra de verdad se hallaba cincuenta kilómetros al norte, en Mostar. Lugar al que, por cierto, no mostró deseos de desplazarse en absoluto.

Entre los domingueros de la guerra hay también militares de alta graduación que se dejan caer por allí en visita de inspección, del tipo hola qué tal, chavales, y todo eso. Se les reconoce en el acto por el aire paternal, la cámara de fotos y por el uniforme, casco y chaleco antimetralla, que llevan impecablemente limpios y nuevos. Son los que se ponen de pie en las trincheras para que les expliquen dónde está el enemigo, o los que pisan las cunetas de las carreteras y los caminos de tierra por si queda allí alguna mina sin estallar. Hace un mes vi cómo por culpa de uno de ellos que se empeñó en hacerse una foto en los puentes de Bijela, los francotiradores estuvieron a punto de cargarse a uno de los paracaidistas que le daban escolta.

Después, cuando se largan con su circo y sus fotos a otra parte, uno cree que se ha librado por fin de semejantes cantamañanas, pero esta en un error. A tu regreso a España abres los periódicos y te los encuentras a todos allí, explicándole al mundo los horrores de la guerra. Algunos incluso escriben libros que compro y hojeo con manos temblorosas y atención suma, a ver si me entero de una puñetera vez de lo que ocurre en Bosnia. Pero la guinda del pastel la puso cierto programa televisado, cuyo conductor estuvo exactamente tres días muy lejos de cualquier disparo real o imaginado, y que mostraba las imágenes de un charquito de sangre, argumentando que había dudado mucho en ofrecer esa imagen, pero que decidía emitirla -tras consultarlo con su conciencia porque era algo que no solía verse en los informativos españoles. Mi cámara y amigo José Luis Márquez, que lleva tres años cubriendo la guerra de los Balcanes y a veces se despierta soñando con la morgue de Sarajevo o las calles de Mostar, todavía se está partiendo de risa con la horrorosa imagen del charquito.

13 de febrero de 1994

domingo, 6 de febrero de 1994

Mi amigo el espía


No es uno de esos fontaneros chapuzas a los que pillan siempre pinchándole el teléfono a Mario Conde, o que salen con nombres, apellidos y alias en los ajustes de cuentas entre grupos de poder que utilizan los periódicos como campo de batalla. No es un espía corrupto, ni chismoso, ni de los que harían chantaje y fotos a la amante del ministro si en este país los ministros se atrevieran -que no se atreven, por si las moscas- a tener amantes. Ni siquiera es un ex sargento o algo así de la Guardia Civil. Mi amigo es un espía de verdad, un profesional que ejerce su oficio para el organismo oficial correspondiente desde hace la pila de años. Tiene su correspondiente graduación militar, que a estas alturas y por escalafón es muy respetable, aunque no ejerce de tal en su vida pública, sino que viaja bajo diversos nombres y oficios, como en las películas y las novelas de John le Carré. Novelas que, por cierto, lee.

A veces, cuando salta un escándalo sobre espionaje nacional y se nos llena la olla de basura, de husmeadores de andar por casa tipo Pepe Gotera y Otilio, de bocazas que se van de la lengua por cuatro duros, de tercería en mezquinos ajustes de cuentas entre políticos y banqueros, o periodistas, pienso en mi amigo y decido que todo esto resulta injusto. Esa imagen de confidentes de tren de cercanías, de chivatos de a veinte duros, de escoria oliendo a calcetín usado que suele difundirse a raíz de estos asuntos, no se corresponde con la realidad. O a toda la realidad. Porque, aparte el indudable menos con elenco de golfos, mangantes, correveidiles, fantasmas y personal vario que los servicios secretos -CESID, Benemérita, etcétera- recluían para trabajar en las diferentes, entrecruzadas y complejas cañerías y desagües varios del Estado hay otras gentes a las que no podemos meter en el mismo cazo.

Por esos azares del oficio y de la vida, de vez en cuando se encuentra uno, en lugares perdidos de la mano de Dios, a compatriotas cuya edad, talante y algún detalle adicional permitirían situar por su nombre en las relaciones del escalafón militar, si dispusiéramos de un nombre auténtico al efecto. Así conocí a media docena de ellos: uno en cierto lugar insólito entre las fronteras de Malawi y Mozambique, otro en el Líbano -donde nos mataron a un amigo común, el embajador Pedro de Arístegui-, un par en los Balcanes y otro en un país caluroso y tropical cuyo nombre me callo. Eran tipos normales, individuos que trabajaban por su país -por ese concepto para unos difuso y para otros muy claro al que llamamos España- y lo hacían a menudo en condiciones difíciles, incluso peligrosas. Un par de ellos se convirtieron en amigos y uno, especialmente, en muy amigo mío. Ése es mi amigo el espía. Amistad que proclamo aquí, con la cabeza muy alta, en estos tiempos en que la palabra espía -Quevedo lo fue, por ejemplo- es sinónimo de tanta mugre y de tanta mierda.

Mi amigo y el que suscribe vivimos juntos un par de peripecias divertidas, a las que asistí como testigo: desde una incursión nocturna en territorio enemigo, africano y ecuatorial, en compañía de una hermosísima joven de piel oscura, hasta el día en que, muerto de risa, vigilé la puerta del despacho de cierto embajador mientras él fotocopiaba, entre pasos de baile, documentos confidenciales que al día siguiente viajaban a España en valija diplomática. El azar y su habilidad, combinados, lo colocaron entre los protagonistas de algunos acontecimientos históricos de la última década, cuya confianza ganó y utilizó al servicio de su país. Durante estos años bebí martinis con él, escuché sus neuras y sus problemas conyugales, y llegué a apreciar a ese vagabundo inteligente, caballeroso y patriota, con un profundo sentido del humor y una extraordinaria lucidez sobre la condición humana.

Ahora está en un lugar donde se juega la vida a menudo, y ni siquiera tiene derecho a lucir medallas. Por eso, a veces, cuando miro el telediario o las páginas de los diarios y veo que el mundo se agita y que ocurren cosas, creo reconocer, a veces, su mano o su presencia en ellas. Entonces levanto un vaso y brindo a la salud de mi amigo, el espía tranquilo. Sé que un día volverá, y lo harán general o -lo más probable- lo enviarán a un despacho de chupatintas, como suele hacerse en nuestra ingrata tierra para premiar los servicios prestados. Pero nadie le quitará aquella noche de gloria que vivió junto a la valiente princesa de piel oscura.

Ni nadie podrá quitarle mi amistad y mi respeto.

6 de febrero de 1994