Último libro de Arturo Pérez-Reverte

lunes, 28 de marzo de 1994

El insulto


En España ya no se insulta como antes. Aquí, en otro tiempo, el insulto consistía en un desahogo, un acto de violencia verbal donde se vaciaban el estómago y el corazón. Un español tomaba aire y vaciaba en una frase, en una palabra restallante como un latigazo, toda la inquina y la mala leche acumulada en siglos de degüello y odios fratricidas, de impotencia, opresión, ignorancia, envidia, orgullo y barbarie. Cuando en este país alguien insultaba lo hacía de modo solemne, consciente de que se jugaba el tipo y aquello podía terminar en el juzgado de guardia, en el hospital o en el cementerio. El español que recurría al insulto lo hacía de verdad. Y a ninguno interesaba insultar por frivolidad.

Uno se percataba de eso al oír a los guiris insultarse en su lengua. Un súbdito de Su Graciosa Majestad, por ejemplo, discutía con otro y cuando le decía stupid era ya el colmo. Hasta el fuck you de los yanquis sabía a poco. En cuanto a Europa, dos franceses se liaban, es un suponer, porque uno le había echado al otro ceniza de Gitanes en el fuagrás, y se decían el uno al otro cretin, con cocu y cosas así. Cocu, por ejemplo, sonaba a perfecta mariconada en comparación con aquel sonoro cabrón español. Y en cuanto a Italia, qué les voy a contar. Un milanés sorprendía a su legítima en el catre con un oficial de carabinieris y todo lo que se le ocurría era decirle a ella puttana, que convendrán conmigo ni suena a insulto ni suena a nada, mientras que en castellano podía elegirse sin problemas, entre un amplio repertorio: pendón, mala zorra, chocholoco. O cacho puta, sin ir más lejos. Prueben ustedes a decir eso en francés y comprenderán de qué les hablo.

Y es que antes, en España, todo aquello tenía paladar, como los buenos riojas. Aquí el insulto era algo sonoro e inapelable; una declaración de principios que te llenaba la boca. Le mentabas la madre a alguien y te quedabas en la gloria, porque en ese acto ajustabas cuentas con él y con el Universo. No es casual que las otras lenguas españolas, a la hora del insulto, sigan recurriendo a menudo al castellano como arma ofensiva más eficaz que las correspondientes palabras vernáculas.

Pero en los últimos tiempos también eso se ha devaluado. Basta tender la oreja para comprobar que esa agresión verbal tradicional y castiza ya no es lo que era. A fuerza de uso, las palabras pierden sentido y se convierten en caricaturas de lo que fueron; en ecos inertes de lo que, antaño, hacía que la sangre llegara al río por un quítame allá esas pajas o eso no me lo dices en la calle.

Denle si no, para comprobarlo, un repaso a la lista. Uno escucha a diario intercambios verbales que antes habrían terminado, cuando menos, en la comisaría más próxima, y que ahora dejan a la gente tan tranquila. Hasta no hace mucho, cuando alguien decidía llamar imbécil a otro estaba dispuesto a encajar las consecuencias inmediatas del asunto. Ahora cualquiera puede llamarte cualquier cosa, cabrón por ejemplo, con un alto porcentaje de impunidad, y hasta tu mejor amigo puede saludarte con un hola, gilipollín. En este país nos han descafeinado hasta los insultos de toda la vida.

En cuanto al epíteto español por excelencia, qué es voy a contar. Aquí ya no se da nadie por aludido. Un conductor de un automóvil se oirá llamar hijoputa media docena de veces al día, sin por eso bajar del coche y liarse a guantazos en los semáforos -pasividad, por cierto, que resulta loable y civilizada, aunque aburridísima-. Para que el insulto aún surta efecto, ahora no hay más remedio que pronunciarlo despacio y claro, dándole trascendencia en el tono, y a ser posible con la preposición de. Porque ya no es lo mismo decirle a uno hijoputa así, de corrido, como quien no quiere la cosa, que vocalizar bien hijo de puta, o mejor hijo de la gran puta, con una pequeña y precisa explosión labial en la p, que es donde está el nudo de la cuestión.

Como tantas otras cosas, insultar en España se ha vuelto ya un quiero y no puedo. Hasta para insultar hemos perdido la imaginación, la originalidad y la memoria. Quizá por eso me inspiran tanta simpatía el trasnochado lenguaje, los rotundos vocablos que José María Ruiz-Mateos esgrime como armas arrojadizas en sus agresiones varias. Esos infame, canalla, malandrín, bellaco, que con tan precisa soltura maneja, me reconcilian un poco con el personaje. Ruiz-Mateos es el único que, en estos tiempos de anestesia, devaluación y vulgaridad, sigue insultando en España como Dios manda.

27 de marzo de 1994

lunes, 21 de marzo de 1994

El hombre de la furgoneta


Todo el mundo lo llama don Antonio. Se lo encuentra uno de noche en los aledaños del Parque del Oeste de Madrid, donde las lumis y los travelos hacen la carrera. Tiene cincuenta tacos largos de calendario y es un tipo discreto y amable, con manos ásperas de trabajador. Un día le dijeron que para ser europeo y participar del futuro milagro español tenía que dejarse reconvertir y largarse a la cola del paro. La verdad es que no lo vio muy claro, pero siempre fue un tipo de buena fe y pensó que, si lo decían ministros y presidentes y gente con estudios y cultura, razón tendrían. Después se le acabó el subsidio y empezó a sospechar que los ministros y los presidentes y la gente con estudios y cultura lo que tienen es un morro que se lo pisan, y que a él se lo habían llevado, entre todos, al huerto por la cara. Pero a su edad la cosa ya no tenía remedio, y en casa había cinco bocas pidiendo pan. Así que tuvo que buscarse la vida.

Se lo encuentra uno de noche, les decía, entre putas y travestis, con una vieja furgoneta que ha convertido en su medio de vida. Cuando Ruth, o Sandra, o Manoli -que antes se llamaba Manolo- están ateridas de frío o un cliente les ha dejado mal cuerpo, se acercan hasta la furgoneta de don Antonio y éste les sirve un café del termo, o les vende un bocata de chorizo, que a las tres de la madrugada dicen ellas que te deja como nueva, lista para hacerle un servicio completo en condiciones al parroquiano más exigente. Además del café, don Antonio les vende garimbas -también llamadas birras o cervezas- latas de Coca-Cola o zumos, rubio americano y paquetes de doce preservativos, que ellas llaman condones y que él, por marcar distancia profesional, menciona como prefilácticos, que resulta más técnico.

Al principio, don Antonio llegó al ambiente algo cortado, con timidez, porque no había visto una puta de cerca en su vida. Ahora lleva ya más de un año acudiendo cada noche con su furgoneta, y ya forma parte del paisaje nocturno del lugar, tanto como las minifaldas, las botas altas, los fulanos parados en las aceras, y los maderos que de vez en cuando pasan despacio con las luces del coche patrulla apagadas.

Al principio los maderos y los guindas municipales le pedían a don Antonio la licencia ambulante y todas esas cosas que los ayuntamientos se inventan para fastidiar a los pobres diablos mientras, eso sí, le ponen sin reparos el culo a las multinacionales que ahora nos ha dado por llamar grandes superficies, retengan la estupidez. Pero volviendo a don Antonio, la madera ahora ya no le pide nada. Se han acostumbrado a su presencia inofensiva, e incluso a veces se beben un café del termo y charlan un rato.

Es un buen hombre, y las lumis lo aprecian. Les fía los cafés y los prefilácticos cuando sabe que se les da mal la noche, y a menudo resulta confidente involuntario de sus vidas y sus problemas. Aunque es de natural pacífico y no se mete con nadie, a veces sale en defensa de las chicas para afear la conducta de clientes o mirones desaprensivos. Incluso una vez impidió, con buenas razones, que una de ellas recibiese una paliza de su macarra. Quizá en pago de esa clase de deudas, aquella noche en que dos yonquis con mono quisieron ponerle una navaja al cuello para llevarse las miserables dos mil pesetas que recauda al día, fueron las putas y los travestis quienes acudieron en su auxilio.

Don Antonio te cuenta esas cosas con sencillez, encogiéndose de hombros con una sonrisa bonachona mientras despacha café, cerveza y gomas, o se fuma un pitillo recostado en la furgoneta señalándote a las chicas que caminan por la acera de enfrente para matar el frío, con los muslos desnudos bajo los abrigos de piel sintética. Conoce a cada una de ellas por su nombre y curriculum. Aquélla tiene el bicho -el sida-, la pobre, te cuenta. Y esa otra un chulo que se lo gasta todo en caballo. Y mira a Jenifer la canaria: está ahorrando para el cambio de sexo y yo le digo déjalo estar, mujer, busca un buen hombre, un maricón decente que te quiera como estás, y no te compliques la vida.

Después, al alba, cuando ellas se van marchando y las aceras se quedan desiertas, don Antonio recoge las latas vacías del suelo, cierra su furgoneta para irse a casa, silencioso, pensando en las cosas que ha visto esa noche. A veces una de las chicas olvida en la furgoneta una revista ilustrada, el Hola o el Diez Minutos. Y antes de tirarla a una papelera él la hojea distraído, por encima, mientras se pregunta cuál de los dos mundos es más real.

20 de marzo de 1994

lunes, 14 de marzo de 1994

Odio a ese niño


Es una cuestión de pura estética, lo sé. Quizá lo mío se trate de un trauma inconfesable, de un síndrome de modernidad no asumida. Pero odio a ese niño. Se lo tropieza uno en cualquier cadena de la tele, cada vez que la publicidad campa por sus respetos. Es un enano de aspecto anglosajón, vestido con camisa a cuadros, tejanos, zapatillas deportivas y una de esas absurdas gorras americanas de béisbol que, desde hace tiempo, uno encuentra hasta en la sopa. La lleva, por supuesto, como la debe llevar un niño de ahora, o al menos la imagen de niño de ahora que se empeñan en colocarnos los que saben de imágenes y de niños: con la visera no hacia adelante, sino hacia atrás, o preferiblemente ladeada, tal que así, como el que no quiere la cosa. Cuidadosamente informal, cual corresponde a esos vástagos de papas dinámicos y guapos que bailan en el garaje junto al supercoche o viajan felices -permitan que me parta de risa- en la nueva Business Class de Iberia.

Pero de un tiempo a esta parte, ese infante de mis pesadillas que antes sólo me perseguía al hacer zapping de una cadena a otra, empieza a aparecérseme en los lugares más insospechados. En las telecomedias españolas, por ejemplo, cada vez que el guión requiere la aparición de un niño entre los siete y los catorce años, allí está él, inasequible al desaliento, con su calzado deportivo y los faldones de su camisa a cuadros por encima de los tejanos. Y por supuesto, con esa gorra para atrás o ladeada, al bien, sin la que hoy en día ningún dinámico jovencito es dinámico, ni es jovencito, ni es nada de nada. A veces, para reforzar su carácter infantil o juvenil, no sea que los telespectadores vayan a confundirlo con un adulto o un chico fuera de onda, lleva bajo el brazo alguno de los instrumentos imprescindibles al efecto: un monopatín, un radiocasete, un balón de baloncesto e incluso un bate de béisbol, que como todo el mundo sabe es un deporte popular y ampliamente extendido en Europa. (No sé si captan la fina ironía. Béisbol. Europa. ¿Entienden?)

En fin. Capten o no capten, lo grave es que el niño de las narices empieza a aparecérseme también por la calle, y eso es algo más de lo que están acostumbrados a soportar mis nervios. El otro día me lo encontré en un semáforo, cruzando por delante con la maldita gorra, una mochila color verde fosforito a la espalda y una cazadora naranja y azul cobalto rotulada Arkansas Lakers, Bullshit Brokers, o algo por el estilo. Y he de confesar que sólo la presencia próxima de una pareja de la Policía Nacional me disuadió de saltarme el semáforo en rojo y llevármelo por delante. Menos mal que al día siguiente pude desquitarme, un poco, cuando volví a encontrarlo en la cola de Pryca. Esta vez era mucho más bajito, y la gorra de color butano iba rotulada US Marine Corps, pero estoy dispuesto a jurar que de él se trataba. El caso es que mientras la madre pagaba con la tarjeta de crédito, aproveché para darle media docena de collejas disimuladas justo debajo de la visera, y eso tuvo la virtud de relajarme un poco.

Todo el mundo sabe, a estas alturas, que para ser feliz en la vida hay que tener físico y estilo anglosajón estadounidense de América. Los papas deben parecerse a Kevin Kostner -Mario Conde ha dejado de ser una buena referencia- y las mamas han de optar entre el modelo rubia elegante y el de morena atractiva. En todo caso, cualquier tipo de felicidad resulta impensable si el papá mide 1,60 y usa boina con rabito, o si ella tiene aspecto de haber nacido en Triana en vez de en el seno de una familia acomodada de Nueva Inglaterra o entre limones salvajes del Caribe.

En cuanto a los niños, hasta ahora los modelos válidos eran dos: nórdicos para bebés, rubios y con ojos azules, y travieso-pecoso-anglosajón para los más creciditos. Todo iba bien, e incluso habían logrado acostumbrarnos a eso, hasta el punto de que conozco familias de yuppies, o como se diga ahora, que consideran una auténtica desgracia tener hijos con aspecto meridional, porque el fin de semana, junto a la barbacoa, desentonan.

Pero lo de la gorra es excesivo. Tanto, que a veces sospecho -es imposible, lo sé, pero lo sospecho-que ese niño de mis pesadillas no es uno, sino varios. Es decir, que no se trata de un solo pequeño cretino haciendo oposiciones a futuro gran cretino cuando sea mayor, sino de varios niños, todos y cada uno con su gorra de béisbol, atravesada con idéntica, desenfadada, informal y picarona gracia. Una gracia sólo comparable a la de la madre y el diseñador que los parió.

13 de marzo de 1994

lunes, 7 de marzo de 1994

Morito, paisa


De vez en cuando se salen de una curva y se matan quince, y por la cuneta se desparraman las sandalias, la cazuela del cuscús y la bicicleta para el sobrino Hassanito. Antes iban siempre así, quemando etapas hacia el norte, o rumbo a Algeciras por vacaciones. Ahora muchos se quedan aquí: albañiles, basureros, peones en los campos o los invernaderos del sur. Buena parte de ellos son ilegales, pero temo decepcionar a los lectores. Hoy no me pide el cuerpo hacer demagogia barata sobre el pobre morito que se ahoga en el Estrecho y el malvado español que le restriega su opulencia por el morro. Eso se lo dejo a los cantamañanas que tienen la Verdad sentada en el hombro y siempre saben quiénes son los buenos y quiénes son los malos de todas las películas.

Pero volvamos al moro. A quien, por cierto, nadie se atreve a llamar en público por ese hermoso y antiguo nombre histórico, sino con los eufemismos norteafricano, musulmán, magrebí -que es moro dicho de otra forma y cosas así, que suena todo mucho más solidario y menos xenófobo. Aunque de puertas adentro todos los sigamos llamando moros. Como mi amigo Ángel, que fue timador callejero durante casi cuarenta años de su vida, y suele quejarse amargamente, entre caña y caña de cerveza, de la cantidad de morisma que se tropieza ahora en su antiguo oficio, desplazando a los manguis nacionales en modalidades como distribución de chocolate, tirones de bolsos y atracos a punta de navaja.

Yo, fíjense, estoy de acuerdo con Ángel. En esto de que me atraquen soy de lo más xenófobo, y prefiero que me ponga la navaja en el cuello un chorizo nacional antes que uno de afuera. Sobre todo por el idioma. Así que me parece muy bien que a los magrebíes, norteafricanos, moros, o lo que sea, que deciden resolver por su cuenta y a las bravas la distribución de riqueza norte-sur, los agarre la policía por el pescuezo y los reexpida a Tánger. Donde -allí sí- me parece de perlas que atraquen a sus turistas. Porque los turistas, sobre todo algunos que conozco, están exactamente para eso. Para ser atracados e ir a quejarse y complicarles la vida a los cónsules y a los secretarios de embajada, que suelen ser bastante capullos.

Pero la mayor parte de los moros que uno se cruza por la calle no son así. Vienen, lejos de su tierra, a buscar una vida mejor a costa de soledad y de humillación. Los vemos con sus raídas chaquetas y sus gorros de lana, oliendo a hambre, a miedo y miseria. Soñando con volver a su tierra conduciendo un flamante coche de segunda mano, con regalos para deslumbrar a la familia y los vecinos, con esa bicicleta de Hassanito que a veces se queda tirada en la cuneta. Uno se los cruza como fantasmas solitarios el día de Aid al Faír, la noche del Cordero que es su Nochebuena, con la certeza de que esa noche darían lo poco que poseen, el jergón en el semisótano, los cuatro ahorros y la mitad de sus sueños, por estar en Xauen con la familia, rodeados de padres, críos, parientes y vecinos, con calor en el corazón, y no en esta tierra fría, hostil, donde para comer hay que ser el morito bueno que dice sí, jefe, sí, paisa. Donde te basta mirar a los ojos de cualquier cristiano, de cualquier español, para leer en ellos el desprecio y la desconfianza. Donde, ya en la misma frontera, los policías se dirigen a ti con el más grosero tuteo, como si en Marruecos los hombres fueran siervos o delincuentes, y las mujeres fueran putas.

Sin embargo llevamos la misma sangre, hecha de historia y de siglos, de mutuo conocimiento, guerras, matanzas, olivos y sal mediterránea. Buena parte de los españoles, incluido el arriba firmante, estamos más en nuestra casa, el sol nos calienta más los huesos y el corazón, en un cafetín de Tetuán o un mercado de Nador que en la plaza mayor de Bruselas o en los cafés de Viena. Ustedes piensen lo que quieran, pero a menudo me reconozco en mi paisa, el moromierda, más que en esos bastardos anglosajones que se ponen ciegos de alcohol para destrozar bares, o esos alemanes que se me antojan marcianos, o esos mingafrías escandinavos que se suicidan porque se aburren.

Prefiero Marruecos a esa Europa pulcra y bien afeitada que trabaja por sentido del deber, que procrea sin pasión, que mata sin odio. Nada de todo eso vale la mirada de Mohamed, o Cherif, cuando, con sólo tres palabras pronunciadas en su lengua -la Paz, hermano-, consigues que el rostro se le ilumine en una sonrisa radiante y agradecida.

6 de marzo de 1994