Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 28 de agosto de 1994

El IVA de las lumis


En Suiza, además de vacas, relojes y bancos, hay putas. Hablo en sentido literal, o sea: señoras que viven del comercio carnal en plan hola guapo, son siete mil y la cama aparte. Allí el ejercicio de tan incómodo oficio goza de autorización oficial. Es decir, que yo me llamo Ingrid, por ejemplo, o Mari Pepa, y puedo vivir de mis encantos siempre y cuando tenga la nacionalidad o un permiso de trabajo y pague mis impuestos. Los suizos son muy rigurosos y muy calvinistas, como de piñón fijo; pero en cuanto suena un duro rodando por el suelo se olvidan en el acto de la moral y se ponen dale que te pego a la calculadora. Allí paga impuestos hasta la vaca que ríe.

Soy muy paleto y nunca me he ido de putas en Suiza, pero imagino que con tanta higiene y tanta leche pasteurizada, tiene que parecerse a ligar con un astronauta del proyecto Apolo, todo aséptico y con música ambiental. El intercambio carnal con una lumi suiza, por ejemplo, en plan estricta gobernanta y con aquello del orden y el método, debe de ser como para grabarlo en vídeo. A ver, tiempo número uno. ¿Preparado, caballero? Procedamos. Uno, dos, uno, dos. Bien. A ver, dese la vuelta. Uno, dos, uno, dos. Listo. ¿Cómo que por qué? ¿No está usted viendo el cronómetro?

Convendrán conmigo en que, comparado con una colega española, no hay color. Aquí, como lo del puterío es ilegal y no hay control ninguno, todo es mucho mas humano, más natural e improvisado, en plan hola chato qué tal. Aquí levantas una lumi, por ejemplo, y a lo mejor hasta te da el beso del sueño y te roba la cartera, o llega el chulo y te muele a palos, o resulta que el macró es policía y te saca la pistola y tiene más emoción el asunto. O enganchas un sida que te partes de risa, oyes, no como esos suizo, tan asépticos y tan aburridos, que el último que tuvo un poco de salero en el cuerpo se llamaba Guillermo Tell.

El caso es que el departamento helvético de Hacienda ha decidido que, a partir del año que viene, las lumis que trabajen en Suiza pagarán al Estado su correspondiente IVA. La única excepción que tolera allí el fisco es la referente a cuidados prodigados bajo receta médica, pero a pesar de los esfuerzos de sus representantes ante la administración, las furcias suizas no han conseguido que clasifiquen como terapia social su meritoria labor. Haría falta que los clientes fuesen antes al médico de cabecera; y entonces, claro. Imagínense el diálogo:

-Doctor, noto algo como así. Usted ya me entiende.

-Perfectamente, ¿es usted casado?

-Hace cuarenta años

-Comprendo. Mire, va usted a irse de putas cada ocho horas. Aquí tiene la receta, pillín.

Así que nada, que no. Que las furcias suizas pagarán el IVA como todo hijo de vecino suizo, y santas pascuas; y la que no esté conforme tiene derecho a recurrir ante el tribunal federal. Lo malo es que, tal y como está en España el panorama, con todo organismo oficial loco por echarle mano a un duro, sólo faltaba que cundiera el ejemplo. Es decir, que a nuestro Ministerio de Hacienda le diera por exprimir también esa teta -no sé si captan ustedes el sutil juego de palabras-, Porque ya es raro que, a la caza y captura como se anda aquí del menor pretexto para dar otra vuelta de tuerca e intensificar el expolio, todavía no se le haya ocurrido a nadie cobrarles IVA a las lumis. Cuya actividad, según está el patio, debe de ser la única a la que el Fisco aún no ha hincado el diente.

Así que más vale que los suizos no den ideas, porque ¿se imaginan el panorama? Un ministro muy serio saliendo en el telediario para explicar a base de mucho mire usted y de mucho eufemismo -trabajadoras de la calle, productoras del sexo- y mucho marear la perdiz, que el esfuerzo de solidaridad corresponde a todos los españoles y que si las putas son españolas o hispanohablantes, a pagar tocan. Tras lo cual, las lumis palmarían su correspondiente IVA con todo cristo metiendo el cazo para trincar. Parece que lo estoy viendo: el recaudador jefe que se fuga a Suiza, precisamente, con la pasta recaudada; las chicas en la calle preguntándote si el francés lo quieres con o sin factura, y las autonomías que reclaman su parte mientras el Gobierno no les hace ni puto caso, ocupado como está en gobernar con mano firme el timón de la nave. Y mientras, en el puente aéreo, el director general de Pules de la Generalitat viajando a Madrid para llevarse, por el morro, su quince por ciento.

Calenturitas me dan, sólo de pensarlo.

28 de agosto de 1994

domingo, 21 de agosto de 1994

Jasmina


La mataron hace dos años justos. Era Sarajevo en la época dura, agosto del 92, cuando las bombas en las colas del agua y el pan, con veinte o treinta muertos diarios y centenares de heridos que se amontonaban, sin luz y sin medicamentos, en los pasillos del hospital de Kosovo. Aunque de nombre y origen musulmán, Jasmina era rubia tirando a pelirroja, y tenía pecas en la cara y en los hombros. Un día estábamos Paco Custodio y Miguel de la Fuente, cámaras de TVE, y el arriba firmante sentados contra el muro de una mezquita demolida a bombazos en la plaza Bascarsija, cuando se acercó Jasmina a pedirnos un cigarrillo. Después preguntó quién era el jefe y sugirió que echásemos un polvo.

No había entonces mucha prostitución en Sarajevo, a pesar del hambre y la miseria; la gente se buscaba la vida manteniendo bastante bien su dignidad. Había chicas que ganaban dinero ofreciéndose como intérpretes a los periodistas en el Holiday Inn, y a menudo intercambiaban con ellos algo más que palabras; pero se trataba, a fin de cuentas, de una relación laboral equitativa, poco más o menos. El caso de Jasmina no era frecuente. Y fue justo eso lo que me sorprendió. Conversamos, se comió uno de nuestros paquetes de galletas, se probó mi casco de kevlar y se guardó en el bolso -un enternecedor bolso de plástico, como el de las niñas- el segundo cigarrillo sin encenderlo, igual que había hecho con el anterior.

Entonces me contó su historia en mal italiano una historia que en aquella ciudad fantasma resultaba poco original: veintitrés años, un padre inválido y sin tabaco, la guerra, el hambre. Jasmina no era exactamente una prostituta, sino que se movía un poco de acá para allá, a pesar de los bombardeos -era una experta en intuir la llegada de los morteros serbios-, consiguiendo algo de vez en cuando. Su precio era tan relativo como todo en aquella ciudad y en aquella guerra: una lata de conservas, un paquete de cigarrillos. Nunca dinero. El dinero que Jasmina podía ganar en Sarajevo no valía para nada.

Prometí conseguirle más tabaco para su padre, y por la noche se presentó en el Holiday Inn vestida de negro para eludir a los francotiradores. Le di un paquete de raciones militares y medio cartón de cigarrillos. Por aquellos días aún había a ratos agua corriente en las habitaciones, el único lugar de Sarajevo que gozaba de ese lujo, y me pidió permiso para darse la primera ducha en más de un mes. Subió a mi habitación, se desnudó en ella y se puso bajo el chorro de agua mientras yo me quedaba apoyado en la puerta, porque era un gustazo mirarla. Tenía un cuerpo blanco y hermoso, con pecas en los hombros y la espalda, y unos pechos pesados y firmes. Nadie es de piedra ni santo varón, e ignoro lo que habría ocurrido en otras circunstancias, pero hay cosas que no se pueden hacer, lujos que uno no debe permitirse a cambio de medio cartón de cigarrillos y una ración de comida. Así que cuando salió de la ducha regresamos abajo, al bar del hotel, y nos bebimos doscientos coñacs con Miguel y Custodio a la luz de una vela mientras los serbios sacudían fuerte, afuera. Después, con su medio cartón y su ración de comida, Jasmina nos dio un beso y se largó corriendo, entre las sombras.

Aún nos la encontramos por la ciudad un par de veces, y siempre le dábamos cigarrillos. Y un día de esos con muchos muertos nos fuimos, como cada vez, a filmar la colecta diaria en la morgue del hospital de Kosovo, y entonces Miguel, que estaba con la cámara al hombro filmando muertos para el telediario de las tres, se vino hacia mí y dijo: echa un vistazo a ver si la conoces. Y eché un vistazo y, en efecto, la conocía. Jasmina estaba en la trasera de un Volkswagen Golf, con un vestido de domingo y su bolsito de plástico y las piernas desnudas colgando sobre el parachoques trasero, con una costra de sangre seca a un lado de la cara, mucho más pálida que bajo la ducha de mi habitación del Holiday Inn. Y tenía los ojos abiertos y ya no sonreía ni volvería a hacerlo nunca.

Miguel, creo, tiene una foto en que estamos ella y yo, y lleva puesto mi casco. Y Miguel se ofreció a regalarme esa foto, pero le dije que se la guardase, gracias, la foto de Jasmina con mi casco puesto. Y hoy he visto en la tele a un ministro español de Exteriores que se llama Javier Solana diciendo que lo de Ruanda es intolerable. Recuerdo que, cuando lo de Jasmina, también oí decir al mismo fulano que aquello era intolerable. A mí, quienes me parecen intolerables son los bocazas sonrientes que llevan tres años autojustificando su impotencia con tan escasa vergüenza. Pero a lo mejor es que yo vi ducharse a Jasmina y ellos no.

21 de agosto de 1994

domingo, 14 de agosto de 1994

Incendiarios de cuello blanco


Hablábamos la semana pasada de cómo entre unos y otros, individuos de paella incontrolada y mercenarios de la caja de cerillas siguen cargándose los pocos árboles que nos quedan. Ambos fulanos, el cretino de la paella y el judas de las cerillas, son capturables por la Guardia Civil y pagan poco, pero algo pagan. Existe, sin embargo, un tercer tipo de asesino de árboles y de espacios verdes que actúa con impunidad y al que nadie nunca le mete mano. Es el incendiario sin llama. El deforestador de cuello blanco.

Ese tipo de alimaña verdicida suele anidar en concejalías de urbanismo, departamentos de obras públicas y guaridas por el estilo. No es que por instinto odie el color verde, porque en realidad le da lo mismo el verde que el fucsia. Sus móviles son la ambición, por ejemplo, o el afán de pasar a la posteridad como los faraones, con obras imperecederas, y que los jefes le digan qué bueno lo tuyo, Manolo, te has olvidado los árboles pero el parque Juan Carlos I para la infancia y la juventud te ha quedado chachi, con sus bancos y sus columpios. También tienen que ver en el asunto, imagino, la falta de cultura general y de sensibilidad hacia el medio ambiente, o sea, el analfabetismo ecológico. Y a veces un amigo arquitecto, un cuñado constructor y muy poca vergüenza.

No voy a citar casos concretos porque es agosto, tengo a mi abogada de vacaciones y en esta época las querellas me dan mucha pereza. Pero si echan ustedes un vistazo alrededor sabrán a qué me refiero. En las ciudades, por ejemplo, la desaparición de árboles so pretexto de modernización y renovación resulta tan habitual que a nadie sorprende lo más mínimo, y los ciudadanos terminan encogiéndose de hombros, resignados. Peor es lo de Roldan, se dicen. Y procuran pensar en otra cosa.

Verbigracia. Imaginen una plaza de esas de toda la vida, vieja, cochambrosa incluso, pero con una docena de árboles centenarios y frondosos a cuya sombra se han sentado generaciones de vecinos, De pronto llega un concejal de urbanismo, por ejemplo, y decide acometer la reforma del asunto. Hasta ahí, vale. Se encargan unos proyectos y unos planos estupendos, se publican en la prensa local y se anuncia a bombo y platillo que la plaza Héroes de Suresnes va a ser remodelada y a convertirse en el asombro de propios y extraños. Y qué pasa con los árboles, pregunta un periodista. Los árboles, se responde con una sonrisa de suficiencia, están previstos. En una primera fase se retirarán todos; algunos, demasiado viejos y atacados por la filoxera del sauce llorón, serán sustituidos por araucarias brasileñas, que son la leche. Los otros, los sanos, serán conservados en depósitos especiales y después vueltos a plantar con un sistema estanco, buenísimo, revolucionario, japonés. Y empiezan las obras. Los árboles se hacen astillas, la plaza se pone patas arriba, y de pronto, cuando ya no hay remedio, alguien descubre, oh prodigio, que el aparcamiento previsto bajo la plaza no permite, por razones técnicas de última hora, replantar los árboles, porque éstos necesitan tierra para las raíces y, claro, puestos a elegir entre tierra o automóviles, ya me irá usted a contar. Y además, los árboles y las raíces y la tierra no producen beneficios, y las concesiones de aparcamientos, sí. Así que en vez de árboles vamos a poner unas estructuras de cemento así, para que den sombra y la gente pueda expresar en ellas sus inquietudes culturales pintando con spray y rotulador. Y en mitad de la plaza vamos a poner un monumento a la Constitución, a ver si alguien tiene huevos para protestar.

Eso, en cuanto a la cosa urbana. Sobre carreteras voy a ponerles sólo un ejemplo. Desde toda la vida, el trayecto de Murcia a Cartagena discurrió por una recta avenida de varias decenas de kilómetros flanqueada por una doble y hermosa línea continua de árboles cuyas copas, a menudo, se tocaban sobre el asfalto. Hace tres o cuatro años, al efectuarse las obras de modernización de la carretera, todos los árboles -absolutamente todos, o sea, miles-fueron arrancados, y ni siquiera se respetaron los que podían haber permanecido a lo largo del andén central de la nueva autovía. Más tarde, tomando una copa informal con un capitoste -que lo sigue siendo- del Ministerio de Obras Públicas, Transportes y Medio Ambiente, planteé la cuestión.

-Los árboles son peligrosos para los automóviles- dijo.

Y me miraba asombrado, como si aquello fuese evidente y yo un perfecto gilipollas.

14 de agosto de 1994

domingo, 7 de agosto de 1994

Nos queman la vida


Acabo de viajar en coche a Madrid por un paisaje todavía humeante, de troncos calcinados y colinas negras de cenizas, con esa sensación incómoda, siniestra, que un viejo amigo mío, vagabundo profesional de la barbarie humana, llama el instinto de la catástrofe. Se trata de una especie de lucidez, de conciencia gris e incómoda; la sensación de que las cosas cambian de forma irreversible y trágica, para siempre jamás, mientras la vida -esa vieja zorra- aparenta seguir su curso normal y nosotros hacemos planes como si esto fuera a durar siempre y fuésemos inmortales y con recursos ilimitados en vez de los perfectos capullos que solemos ser, en general.

Estuve el coche a un lado de la carretera, en la linde de aquel lugar arrasado hasta las raíces, y durante un buen rato estuve allí, solo, maldiciendo en voz alta como si me hubiera vuelto majara. Durante toda mi vida, cada vez que viajé a Madrid desde Levante, mi camino pasó por ese bosque. Allí me detuve con frecuencia a descansar, a leer a la sombra. Esos árboles fueron muchas veces el paisaje de mis sueños, cuando el horizonte era grande, ancho y maravilloso, y todo estaba por descubrir, y uno era joven, enamorado del mundo y de sí mismo. Hasta una vez que tenía veinte años y me creía muy machote y muy intrépido, me pegué en ese bosque un sartenazo con la moto, y fui a apoyar mis huesos doloridos en el tronco de uno de sus árboles, a la sombra, mientras esperaba que alguien me echara una mano.

Y de pronto, un día, llega un fulano con una caja de cerillas y se pone a hacer una paella, o cobra veinte mil duros del cacique local por despejarle un terrenito, y toda mi juventud, y mis recuerdos, y la juventud y la infancia y los recuerdos y parte de la vida de cientos y miles de personas se van al carajo. Y con todo eso se van árboles, y hojas, y helechos, y pájaros con sus nidos, y flores, hierba, sombra, y ese verde que es la bendición de Dios porque es el color del mundo como fue creado: verde con azul de cielo y agua, la bandera de la vida. Y a cambio me dejan un páramo desolado y negro, muñones de troncos humeantes, cadáveres de animales entre las cenizas. Y allá, al fondo, un imbécil que huye avergonzado con la mujer y los niños -«te dije que esa lumbre estaba muy alta, María»— o un mercenario de la llama fácil, un mierdecita miserable contando sus treinta monedas de plata.

El caso es que estaba allí parado, contemplando el paisaje, cuando se detuvo a mi lado otro automóvil. Bajó el propietario, echó un vistazo y dijo:

-Habría que ahorcarlos a todos.

Y se fue, dejándome meditar el asunto.

En el Medioevo duro y feudal, a los furtivos se les ahorcaba a la entrada del bosque, para disuadir a futuros imitadores. O sea, que llegaban los arqueros del rey, trincaban al desgraciado con las manos en el ciervo, y buscaban una encina robusta, donde el viento hiciera girar despacito el fiambre al extremo de la soga. A mí los furtivos -me refiero a los que de verdad tienen hambre- me caen bien. Los juerguistas con escopeta y los incendiarios ya son otra cosa, pero aun así guárdeme yo mucho de sugerir que los cuelguen, porque luego los meapilas iban a inundarme de cartas diciendo que toda vida humana es sagrada y es etcétera. Así que, aunque sigo creyendo que resultan más sagradas que otras, y un bosque, unas vidas o una biblioteca, por ejemplo, más imprescindibles que el canalla que los quema, me pronuncio aquí, públicamente, en contra del ahorcamiento de esa gentuza. O sea, que no. Que al sugerir la soga, mi anónimo contertulio de la carretera se pasó varios pueblos.

Y sin embargo, tampoco es justo que los aficionados a darle al fósforo se vayan, como se están yendo, de rositas o con dos collejas por malos chicos cuando los trincan los picoletos en flagrante delito. La previsión del Código Penal para los incendiarios y sus instigadores, si los hubiera, son para tirarse al suelo y partirse de risa en el supuesto de que todo esto tuviese maldita la gracia. Que no la tiene. Como tampoco la tiene la actuación de otros incendiarios camuflados, los travestidos de concejales de urbanismo, por ejemplo, o de archipámpanos del Ministerio de Obras Públicas y Transportes. Me refiero a esos irresponsables que liquidan cada año miles de árboles de las ciudades y carreteras españolas, con el pretexto de que entorpecen sus diseños, sus proyectos, sus reordenaciones y sus nuevas carreteras. Pero de esos incendiarios de cuello blanco nos ocuparemos, despacio y a fondo, la semana que viene.

7 de agosto de 1994