domingo, 24 de septiembre de 1995

La aventura equinoccial de Bernardo Atxaga


Además de buen escritor y buena persona, Bernardo Atxaga es un tipo tan entrañable que si yo fuera mujer podría pasarme el día dándole besos. Aunque bajito, es muy chicarrón del Norte, muy sano él, muy vasco, como se decía en el resto de España antes de que el término adquiriese otras desgraciadas connotaciones. Bernardo es una especie de osito de peluche de caserío, euskaldún como la madre que lo parió, que hace más por su país con diez líneas escritas a máquina o un poema que todos esos heroicos gudaris de las capuchas con sus coches bomba y sus tiros por la espalda y sus viejecitas apaleadas en contramanifestaciones, que hasta escriben con faltas de ortografía. El caso es que un día, a principios del verano, coincidimos en Ámsterdam Bernardo y yo, y me lo lleve a visitar el barrio de putas, que no lo conocía, y disfruté viendo a Bernardo alucinar, bonachón, ante los escaparates tan pulcros y organizados desde los que las damas le decían hola chato en neerlandés. Terminamos hasta arriba de cerveza a orillas de un canal, en un bar lleno de ingleses e inglesas y cantando con ellos la cancioncilla esa de la Cruzcampo. Ya saben: larí, larilolá. Y hablando de La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, de Ramón J. Sender.

Sender es el premio Nobel que debió ser y no fue. El gran novelista español de nuestra mitad de siglo, que retrató como nadie el alma bronca y dura de esta España a la que comprendió tan bien como amó. Intelectual de izquierdas, encarcelado por Primo de Rivera, luchó en el bando republicano y vivió el exilio. Llevaba todas las papeletas para ser elevado a los altares del muy bueno lo tuyo, pero ni los unos ni los otros ni los de siempre le perdonaron nunca su independencia, su testarudez oscense, su anticomunismo, sus universidades norteamericanas. Si hubiera sido paniaguado de moros o cristianos, esgrimible como bandera, cofrade de morro y trinque o compañero de cama, habríamos tenido Ramón J. Sender hasta en la sopa. Pero ya ven. En la España que nos ocupa, los alumnos de Literatura no saben ni quién es. Y sin embargo, ese hombre cuya obra resulta casi imposible encontrar hoy en las librerías escribió La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, Míster Witt en el cantón, Rizando, Crónica del alba. Literatura de verdad, no ejercicios de caradura para que se los jalee a uno la claque de los compadres. Obras maestras que retratan España y a los españoles, nuestra historia hermosa y desgraciada, nuestra soberbia y nuestra cainita condición humana.

Aquella noche, apoyados en la barra del bar guiri, Bernardo Atxaga y el arriba firmante coincidimos en que leer La aventura equinoccial de Lope de Aguirre es entender no sólo el problema del País Vasco, sino el problema de todos los países que forman las Españas de nuestra España. Nadie como Ramón J. Sender ha sabido clavar el retrato de ese fulano menudo, duro, reseco, con mala leche, que anda cojeando de viejas heridas, con la cota de malla y las armas encima a pesar del calor, porque no se fía ni de su sombra. Que degüella por si acaso, que alberga viejos resentimientos que no olvida, atormentado por su orgullo, siempre en el difuso límite donde el azar te convierte en héroe, como a Cortés, o en villano criminal como al propio Aguirre: todo depende del naipe. Un Lope de Aguirre soberbio, peligroso, violento, suspicaz, presto a la degollina como sus primos almogávares de Bizancio -«disperta ferro, que huele a cordobán»-. Y está esa carta tremenda que Aguirre le escribe a su rey, al lejano rey Felipe de la lejana España: rey ingrato, te serví y mira el pago, y oye, rey, tú matas más que yo, pero yo me mancho de sangre y tú empleas alguaciles, escribanos y jueces para tener las manos limpias, Aguirre reniega de España y su monarca y eso lo hace aún más español, en ese rasgo genial que consiste precisamente en no querer serlo. Gesta heroica que degenera en locura de sangre y de soberbia, tan de aquí, donde basta un quítame esas pajas, una asonada, un trasvase, para acuchillarse en calles y plazas; donde hombres desesperados, engañados durante siglos por reyes y por validos, persiguen el sueño de un Dorado que los haga libres y calme la sed de justicia, el ansia de venganza que llevan en los ojos y en la sangre.

Hay libros mágicos que ayudan a reconocerse y, por tanto, a comprender. La aventura equinoccial de Lope de Aguirre es uno de ellos. Y espero no palmarla sin haber visto esa novela traducida al euskera por Bernardo Atxaga. Me lo juró allá en Ámsterdam, entre gentes rubias que parecían marcianos y que nunca podrían escribir un libro como ése.

24 de septiembre de 1995

domingo, 17 de septiembre de 1995

Y al sur, con el moro


Esto de que, por razones técnicas, la página haya que escribirla dos semanas antes de su publicación, lo descoloca a uno. El arriba firmante ignora, verbigracia, si cuando esto aparezca se habrán reanudado las conversaciones pesqueras con Marruecos, o si la infantería de marina del reino alauita habrá desembarcado ya en las playas de Tarifa mientras el ministro Atienza -he averiguado el apellido, por fin- se pega un tiro en el bunker del Ministerio y su colega Solana asegura en Bruselas, para el Telediario, que todo está bajo control, como en Bosnia.

Para España, Marruecos ha sido siempre una puñalada en la ingle que, a menudo, interesa de pronóstico grave la femoral. La cuestión norteafricana, el Gurugú, el Barranco del Lobo, Annual, Monte Armit, Ifni, la incompetencia de generales analfabetos y políticos sin escrúpulos, o viceversa, nos marcaron a base de bien. En contra de lo que en los últimos veinte años tanto demagogo y tanto cantamañanas se ha empeñado en hacernos creer, el espacio natural español no era esa Europa de individuos rubios a los que ahora llevamos sonrientes el botijo tras matar nuestras vacas y arrancar nuestras vides; sino Hispanoamérica, de una parte, y el norte de África, de la otra. Aunque, a estas alturas, al asunto pueda aplicársele el zorrilleseo lamento de don Luis Mejías, que en paz descanse: «Donjuán, yo la amaba, sí/ mas con lo que habéis osado/ imposible la hais dejado/ para vos, y para mí».

Respecto a Marruecos, echarle un vistazo a los libros de Historia produce depresión aguda. Es increíble cómo, sometidos a un régimen feudal, privados de buen número de libertades, teóricamente inferiores en cuanto a capacidad económica, militar, e influencia internacional, los marroquíes han ido venciendo en todos y cada uno de sus conflictos con España (el último pulso que les ganamos fue la expulsión de los moriscos). Son duros de pelar, valientes, apuestan fuerte dejándose la piel en todo, tienen una de las más exquisitas diplomacias del mundo, y Hassan II posee una tenacidad, una astucia y un coraje fuera de lo común. A todo eso, España se limitó siempre a oponer mulas de varas que nos costalean cinco mil soldaditos muertos cada vez, o negociadores pasteleros, mangantes y flojos de vareta que se ponían a tartamudear, y lo siguen haciendo, en cuanto un negociador marroquí los mira a los ojos y dice: tres con las que tú llevas.

La diplomacia marroquí no es como la nuestra, convertida en un coro de palmeros finos con corbata, capaces de vender la virginidad de sus hermanas por una son risita de Helmut Kohl, que se pasan el día pidiendo perdón y dando las gracias porque les dejan llamarse europeos en una Europa, hay que fastidiarse, que nació precisamente contra España cuando ésta los tenía a todos agarrados por salva sea la parte. Los fulanos de Rabat saben cuál es su espacio natural, y llevan siglos estudiando a aquel con quien se juegan los cuartos. Conocen nuestras debilidades y flaquezas, y en qué momento apretar. Son arrogantes cuando hay que serlo, flexibles cuando les conviene. Saben que España tiene relativa capacidad para hacerles la puñeta, pero intereses en Marruecos y gobernantes con mala conciencia, timoratos y mierdecillas incapaces de sostener un órdago hasta el final. Así que nos llevan de culo. El Sahara se lo autoadjudicaron por las bravas cuando agonizaba Franco. Se hicieron con Guinea Ecuatorial -la guardia personal de Obiang es marroquí- mientras los tiñalpas de la UCD se la cogían con papel de fumar. Ahora, el caos de González y sus euromariachis los envalentona para llevar al desguace la flota pesquera española. Y Sebta y Mililia siguen llamándose de otra manera porque ésa es una jugada a largo plazo, y también porque allí aún nos queda gente como mi viejo compadre Manolo Céspedes, el último virrey español, que es un pirata beréber más moro que el kifi, y torea como nadie en un palmo de terreno.

Personalmente, el arriba firmante ya ha escrito que le gusta el aceite de oliva y se encuentra más cerca de un marroquí que de un austríaco, y si me apuran, de un francés. Así que excúsenme los pescadores españoles, pero no puedo reprocharle al moro Muza que crea en su país y luche por él. Ojalá (expresión árabe, por cierto) aquí hiciéramos lo mismo. La culpa no es de Marruecos, sino de nuestros mantecas blandas incapaces de jugar bien sus cartas, y dar puñetazos sobre la mesa cuando pueden y deben darse. Por eso, en vez de tanto máster en Bruselas o en Washington, tanta murga comunitaria y tanta leche, lo que uno recomendaría a la diplomacia española son unos humildes cursillos de formación profesional en Marruecos. A ver si allí aprendíamos a tener dignidad, a tener coraje y a tener vergüenza.

17 de septiembre de 1995

domingo, 10 de septiembre de 1995

La profesora de inglés


Esta semana me toca hacer de Celestino, pero B. tiene dieciséis años, es un lector y por tanto es un amigo. El caso es que su profesora de inglés, me cuenta B. en la carta, tiene treinta años, es morena y está tremenda. Y vive enamorado de ella como un becerro, hasta el punto de que, la última vez que la profesora lo llamó a su despacho para echarle un chorreo porque anda fatal en la anglosajona parla, él ni siquiera oyó la bronca porque no hacía más que mirarle los labios, que los tiene -asegura- como las cerezas picotas. Cuando me escribió, hace casi cuatro meses, B. estaba seguro de que iba a catear la asignatura. «Cosa que no me importa -matizaba- porque así al año que viene volveré a verla». El caso es que me pedía ayuda, porque, apuntaba: «Los hombres tenemos que ayudarnos. Yo no sé qué pensará usted de las mujeres, pero yo creo que nos tienen cogidos por los huevos (sic), y que si entre nosotros no nos echamos una mano, ya me contará».

Ante tan demoledor argumento, el arriba firmante -que una vez tuvo dieciséis años y, en su caso, una profesora de Griego que también lo llevaba por la calle de la amargura- no puede hacer otra cosa que ponerse a disposición del joven corresponsal con armas y bagajes. Vaya por delante que estas cosas casi nunca resultan; pero no se sabe. Además, como apunta B. en su misiva, una vez, después de echarle la bronca por vago y por inútil, ella le dijo que cuando sonríe está muy guapo. Y B., que salió flotando del despacho, sostiene con cierta lógica que si yo escribo este artículo él sonreirá más y ella lo verá más guapo aún. Además, en septiembre -fíjense cómo afina a medio plazo, el tío- «estaré más moreno, y seguro que hasta crezco un poco, así que le pareceré mayor».

Así que aquí me tienen, en septiembre, cumpliendo de hombre a hombre, y dispuesto a decirle a la profesora que, bueno, pues eso, lo que B. quiere que le diga. Que la diferencia de edad en la cosa del hola que tal es una milonga, y que a fin de cuentas vamos a vivir cuatro días. Y que en el juramento hipocrático, o presocrático, como se llame el que hagan los profesores, estará, supongo -supone B.- el de enseñar al que no sabe. Y a él hay cantidad de cosas que le gustaría aprender. Como, por ejemplo, de qué color se le ponen a ella los ojos con poca luz. O cómo suena su voz cuando habla en un susurro. O a qué saben las cerezas picotas que tiene en la boca y que a B. -y por el entusiasmo casi contagioso de su carta, a este paso, hasta a mí mismo- le gustaría comerse despacito.

Eso es lo que hay, B., colega. Y yo he cumplido, como ves; y ya no me queda sino desearte suerte, buen viento y buena caza. De todas formas, de ti para mí, tampoco te vayas a hacer muchas ilusiones sobre el efecto que esta página que tú y yo llevamos hoy a medias pueda hacer en su ánimo. Las profesoras, cuando como la tuya son treintañeras jóvenes y guapísimas, suelen tener bicho. Quiero decir novio, amigo o marido. Y cuando no, pues resultan menos receptivas a la sonrisa de un alumno que al maduro aplomo de un jefe de estudios cuarentón o a los armónicos dorsales de un profesor de Gimnasia (la mía de Griego, lo que es la vida, se casó con el de Gimnasia; y los once que estábamos en su grupo de Letras estuvimos una semana borrachos de desesperación y de vino de Jumilla, hechos polvo, tirados por todos los bares de Cartagena, buscando una espada amiga que nos diera piadosa muerte a los once).

En fin. Tú dale caña, compadre. Dásela dentro de un orden. Lo bueno que tienen tus dieciséis tacos es que en ese tipo de cosas puedes equivocarte o meter la pata ochocientas mil veces y no pasa nada. A fin de cuentas, lo peor en la vida no es decir: «aquella vez hice el panoli», sino: «si yo me hubiera atrevido». Así que haz el panoli, atrévete a decírselo -hoy o te lo he desgraciado o te lo he puesto a punto, colega- y que luego salga el sol por Antequera. Pero no dejes que ese pedazo de mujer se te escape viva por cortao. Eso sí que no se lo perdona uno nunca. Porque a veces pasan, te lo juro, esas cosas. Una señora estupenda rodeada de musculitos y cuarentones apuestos y chulos de discoteca, y de pronto ves que llega un tiñalpa escuchimizado que le dice hola, buenas.

Y ella le mira el careto y piensa: anda tú. Este sonríe como sonreía mi papi.

Y se va con él, y viven una loca pasión de años. O de un par de horas, que dura menos, eso sí, pero también tiene su intríngulis.

Ah. Y a ver si estudias un poco más el inglés. Porque lo cortés no quita lo caliente. O viceversa.

10 de septiembre de 1995