Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 29 de enero de 1995

Los yankis, el latín y Maripli


Hay que fastidiarse. Resulta, ahora que los enterradores de nuestro futuro cultural eliminan el Latín de los planes de estudio en España, que a los norteamericanos les da por descubrir las bondades de esa lengua mal llamada muerta que, según el International Herald Tribune, resucita y vuelve a estar de moda. A quien nace para picapedrero hasta del cielo le llueven piedras, y parece que todo el mundo se haya puesto de acuerdo para dejar con el culo al aire a ciertas luminarias de la política, la economía y la cultura, que pasarán a la Historia con el indudable mérito -no crean que es tan fácil; se requieren vocación y condiciones- de haber dejado el paisaje hecho un solar. Hace falta tener mala suerte; aunque también puede ser que el asunto se limite a simple estupidez. Porque a menudo resulta más nocivo un imbécil que un malaentraña.

Confieso que la noticia ha hecho que me relama de placer, entre otras cosas porque el arriba firmante ya dio su modesta caña hace unos meses en esta misma página con ese asunto a los del dieciseisavo, reprochándoles rebajar el listón hasta el nivel de su propia mediocridad. Y hete aquí que, según los informes, en los Estados Unidos de América del Norte se registra, en los últimos tiempos, un aumento de 150.000 a medio millón de estudiantes de Latín, sólo en escuelas públicas. Imagino que, al enterarse de la noticia, el correspondiente subsecretario de Liquidaciones Culturales habrá encargado una encuesta urgente a la empresa de sondeos de su prima Maripili, para averiguar cómo es posible que una lengua de curas y de arqueólogos, que aquí acaban de cargarse de un plumazo para dejar lugar a otras asignaturas más prácticas, más bonitas y más modernas, registre un auge importante en Europa y en los Estados Unidos. Y que en Francia, sin ir más lejos, en lugar de suprimirla en el bachillerato, le hayan añadido un curso más. Los hijoputas, prima. Cómo lo ves.

No sé qué diablos va a contarle Prospecciones Maripili S.A. al ministro del ramo en ese informe que deben de estarle preparando con toda urgencia, Y por el que, imagino, la antedicha Maripili y compañía trincarán una pasta gansa a costa de los presupuestos del 95, Pero tampoco hay que herniarse buscando. El Herald Tribune, verbigracia, indica que los alumnos que conocen los rudimentos del Latín obtienen mejores resultados académicos, sociales y profesionales, gozan de mayor capacidad analítica y de relación, y poseen un vocabulario más rico y más inteligente. El Latín, además, tiene aplicación en diferentes campos de la informática y es, incluso, utilizado a la manera de lengua franca en las redes electrónicas escolares y universitarias por alumnos de diferentes países que no dominan el inglés, como los monjes en la Edad Media. Y además, es bonito. Pero amárrenme esa mosca por el rabo en este país nuestro, donde las humanidades son perseguidas con el mismo celo desplegado antaño en la caza de judíos y liberales, y hogaño de moros, negros y maricones. De quienes, por cierto, la palabra humanista será pronto sinónimo admitido -lo tragan todo- por la Real Academia.

Cuenta Antonio Muñoz Molina, que escribe libros y además es mi amigo, que ahora se arrepiente de no haber aprendido bien Latín en el cole, lo que le impide disfrutar, entre otras cosas, de los hexámetros de la Eneida o de la prosa hermosa y desnuda de aquel fulano, Tácito. Antonio, como tantos de nosotros, tuvo la desgracia de que en un siniestro colegio de curas de su adolescencia lo vacunaran, muy jovencillo, contra una lengua que se planteaba no como una clave primera de la propia cultura, memoria y nacionalidad -los antiguos usaban lengua como sinónimo de país o nación-, sino como una disciplina penitenciaria, sórdida, clerical. Estoy seguro de que, del mismo modo, los más lúcidos de nuestros hijos lamentarán el día de mañana haber crecido a la sombra de planes de estudio, Egebés, Logses y previsiones de futuro diseñadas -nefasta palabra-, aprobadas y real-decretadas por una clase política analfabeta y satisfecha de haberse conocido. Sin que los eventuales recambios que hay a la vista sean como para ponerse a tirar cohetes.

(A todo esto, doy por sentado que los presuntos responsables del Ministerio de Educación y Ciencia saben lo que es el Latín, o sea, una lengua antigua, etcétera, en la que se basan el castellano, el catalán, el francés y muchas otras lenguas. La hablaban los que salen en las películas de romanos. Para más datos, pueden consultar las 43 páginas que le dedica la Enciclopedia Universal Espasa. Porque digo yo que conocerán el Espasa).

29 de enero de 1995

domingo, 22 de enero de 1995

Aquellas mangueras de antaño


Hubo un tiempo en que regresabas a tu casa a las tantas de la madrugada, al terminar el trabajo o cantando Asturias patita querida después de pegarle bien al tarro con las amistades, o volviéndote a mirar por última vez y con media sonrisa cierta ventana en la que acababa de apagarse la luz. El asfalto relucía recién regado, con el reflejo de las farolas entre las dos luces del amanecer, y tú marcabas imaginarios pasos de baile para evitar el agua que corría bajo los bordillos de las aceras. Sorteabas cubos vacíos de basura, apretando el paso con ganas de llegar a casa y meterte en la cama. Alumbrado, soñoliento, triste, feliz o hecho polvo, según el día y las circunstancias. A veces, con el cuello de la chaqueta subido para protegerte del frío, le pedías fuego a uno de los hombres que regaban, con aquellas mangueras de brillante caño de cobre, las calles desde las esquinas. Los encontrabas un poco por todas partes y en cualquier ciudad: brigadas de empleados municipales con mangueras y escobas, adecentando la ciudad, logrando que en aquellos amaneceres oliese a asfalto y adoquín limpio. Como si le extendieran una carta blanca de confianza y buena voluntad al día que llegaba, y a las vidas que estaban a punto de reanudarse.

Recordaba aquellos manguerazos nocturnos hace cosa de una semana, en la plaza principal de cierta pequeña ciudad española, observando la actuación de uno de esos cochecitos de la limpieza con que los ayuntamientos, para ahorrarse personal y salarios y pluses, y de paso pagar comisiones, contratas, subcontratas, y comprarle material de alta tecnología al cuñado Ceferino, que es representante, sustituyen por todas partes a los concienzudos hombres del traje de pana y la manguera. Eran las diez de la mañana y el conductor del artilugio iba y venía al volante de un ingenio enano equipado con ruedas y cepillos y chorritos de agua, plis-plas, de un lado a otro de la plaza, como en los coches eléctricos, deshaciendo, eso sí, los montones de suciedad acumulada para extender la mierda de forma mucho más equitativa, más repartida por los cuatro o cinco mil metros cuadrados de baldosines de la plaza. Una plaza que, según me contaron, es el ojito derecho del alcalde, porque debajo construyeron su aparcamiento favorito tras cargarse hasta el último árbol en un kilómetro a la redonda.

La siguiente escena tuvo lugar, hace un par de días, en el centro de otra ciudad más grande, hora punta, un traficó de mil diablos, y a las doce y media, hora discreta donde las haya, un camión aljibe del servicio de limpieza municipal circulaba lentamente, con una enorme cola de automóviles detrás a paso lento, soltando chorros de agua laterales que, menos el asfalto y el bordillo de las aceras, mojaba de todo: los coches aparcados en doble fila, las piernas de los transeúntes en los pasos de peatones, los cochecitos de los niños. El asombro de viandantes y damnificados varios constaba de dos fases: estupor inicial ante la inútil estupidez del chorlito, indignación al comprender que, regando de ese modo y en pleno día, el ayuntamiento no paga horas nocturnas a los empleados, y con un solo conductor por aljibe se ahorra personal.

Cuéntenme ahora, se lo ruego, esa milonga pampera de que los avances tecnológicos en el ramo de la limpieza y los chorros del oro mejoran la dignidad laboral del personal de la manguera, que de ese modo puede pasar las noches en casa, viendo a Nieves Herrero y a Lobatón. Porque el personal de la manguera donde está ahora es en la cola del paro, mentando a la madre que parió al ayuntamiento y al inventor del cochecito modelo Mister Proper Tres En Uno, o como se llame. Ocurre como con esos demagogos que van por ahí alardeando de que ellos nunca se dejan limpiar los zapatos por un limpiabotas, porque es humillante para quien le da al cepillo, y rebaja la dignidad del individuo. Cuando lo que el limpiabotas necesita, precisamente, son muchos clientes y muchas propinas para vivir, que de lo otro ya hablaremos luego, señorito, sobre todo cuando me vea con mi escopeta en la mano. Y el día que el pobre limpia se tropieza con demasiados defensores de su dignidad personal, tiene que irse a casa con los bolsillos vacíos a oír cómo sus churumbeles piden pan. Las cosas tienen que cambiar, dicen los wiardepipol cantamañanas entre gambas y cañas de cerveza, dándole al desgraciado palmaditas en el hombro y estirándose menos que Voltaire en catecismos. Pero mientras cambian habrá que comer, responde el limpia. Nos han fastidiado aquí, los redentores.

Y así tenemos las ciudades. Y los zapatos.

22 de enero de 1995

domingo, 15 de enero de 1995

El beluga se nos arruga


Cielo santo. Eran pocas las desgracias que nos afligen, y el caos de este mundo infame nos asesta un nuevo mazazo: corren malos tiempos para el caviar. Corro al ordenador a teclear mi consternación, pues acabo de oír por la radio a un ilustre gastrónomo, hombre exquisito y experto, según parece, en caldos bordoleses y manjares sublimes, de esos que afirman con toda su alma que beberse un rioja del 82 con una codorniz estofada es un acto cultural comparable a leer El Lazarillo de Tormes. Y el sujeto en cuestión se lamentaba, en forma muy sentida, del problema que se les plantea este invierno a quienes, como él, son partidarios del caviar fresco en su variedad beluga, cuya textura, consistencia y cremosidad en el paladar, antepone -personalmente-a los otros dos principales tipos, a saber: asetra y sevruga.

Resulta, por si alguno de ustedes es tan inculto o tan estúpido que aún lo ignora, que las 128 toneladas de caviar vendidas en el mundo el invierno pasado se reducen este año a cincuenta, y los precios -qué poca vergüenza- subirán entre un diez y un veinte por ciento. O sea, que una latita de nada, de cincuenta mil pesetas puede ponerse en sesenta mil así, por las buenas. Y por las palabras del citado gastrónomo -«si hacemos abstracción del precio, el caviar es un exquisito manjar objetivo», afirmaba el fulano- infiero que eso va a ser causa de que buena parte de los hogares españoles se vean forzados este año a ensombrecer sus vidas prescindiendo de tan popular alimento, lo que, convendrán conmigo, pasa de castaño oscuro. Hoy, sin ir más lejos, el cartero, el mensajero de Urbexpress y el del butano me han preguntado, inquietos, si se sabe algo de la situación del caviar. Por lo visto sus respectivas tienen qué hacer la compra del día y no saben a qué atenerse.

Pero no es sólo cuestión de precio, se lamentaba el buen hombre de la radio, sino también de abastecimiento. Por lo visto, como la antigua Unión Soviética se ha convertido en una especie de merienda de negros, con tanto checheno y tanto mafioso incontrolado y con las reservas de vodka -tradicional alivio del alma rusa- monopolizadas por ese tierno osito de peluche llamado Yeltsin, los pescadores del Caspio dicen que este invierno va a pescar esturiones Rita Karenina la Cantaora. Así que el arduo trabajo de abastecer el mercado recae sobre los colegas iraníes de la otra orilla, que no dan abasto por mucho que se encomienden a Dios -Alá, en su caso- y a San Jomeini.

Porque, a ver: ¿que son cincuenta toneladas de caviar para abastecer al mundo? Pura morralla, si tenemos en cuenta que la mitad de esa cantidad la consume Suiza, país poblado por gente sencilla, modestos cuentacorrentistas de la Caja de Ahorros de Lausana y cosas así, y que la otra mitad se distribuye entre los veinte chiringuitos que la casa Caviar House tiene un poco por aquí y por allá. Así que, tal y como está el panorama, y con semejante conjunción funesta, calculen cuántas latas llegarán a los estantes de Jumbo, Pryca, Hipercor, o al super de la esquina. Y las amas de casa españolas van a tener que apañarse con huevas de sardinas en aceite. Que, no se crean, también cuestan un huevo.

Coincido en que es intolerable, y comparto el malestar del experto radiofónico que, por el tono y los juicios emitidos, debe de almorzar a diario champaña francés con beluga a cucharadas y en lebrillo. No me extrañaría un pelo que, tras su brillante campaña de pacificación en la antigua Yugoslavia, las Naciones Unidas decidan tomar cartas en el asunto, como cuando lo de Kuwait -al fin y al cabo, el petróleo y el caviar los disfrutan los mismos- y adopten medidas drásticas para solventar la papeleta, demostrando a esos cosacos de agua dulce, a esos bateleros del Volga de vía estrecha, a esos cobardes de la estepa, que no se juega impunemente con el caviar nuestro de cada día. Imagínense el cuadro: los marines invadiendo los pozos de caviar, los cascos átales protegiendo las rutas de suministro, el portaaeronaves Príncipe de Asterias rumbo a los Dardanelos con gasoil sólo para el trayecto de ida, y el ministro Solana en Bruselas, sudando tinta para justificar la operación Tormenta del Caspio como de costumbre, con muchos plurales y muchas sonrisas. Ya saben: los del grupo de contacto adoptaremos severas medidas, el presidente González garantiza personalmente. España come poco caviar pero no podemos consentir, nuestros soldados no corren allí el menor riesgo, etcétera.

Aunque, bien pensado, si no tienen caviar, que se jodan.

15 de enero de 1995

domingo, 8 de enero de 1995

Camelia, la tejana


Era una hembra de corazón, como canta el corrido, Pasó al otro lado del río Grande con las llantas del coche llenas de hierba mala y le pegó siete tiros a su novio Emilio Varela cuando, entregada la droga, éste quiso dejarla para irse con otra a San Francisco. Los narcos, compañeros de Varela, la buscaron por las cantinas hasta dar con ella en Tijuana. Ahora Camelia está en el cielo, junto al amor de su vida, porque prefirió que la mataran antes de decir dónde escondía el dinero -sin Emilio Varela, dijo, ¿para qué quiero la vida?-. Y el hijo de Camelia anda por Jalisco y la frontera dándoles de balazos a los que ultimaron a su mamasilla, convertidos todos ellos en leyenda de la que canta el pueblo, en corridos que circulan por las cantinas del norte mejicano, mientras se consumen botellas de tequila Herradura Reposado y los narcos preparan viajes, y los mojados esperan a que alguien los pase al otro lado por trescientos dólares, y la banda del coche rojo se lía a tiros con los rangers en las Cruces, cuatro muertos de la banda y tres del Gobierno, y Lino Quintana, el superviviente, les dice a los de la Migra: lo siento, sheriff, pero yo no sé cantar.

Antes, el corrido hablaba de la Revolución, de Zapata y Pancho Villa, de la toma de Zacatecas y de la guerra contra los gringos. El corrido mejicano ha sido siempre la voz del pueblo, la que convierte en leyenda, a base de malos versos cantados con sentimiento y con corazón, la miseria de los eternos oprimidos, de los peladitos de pies descalzos fusilados una y mil veces por los poderosos de siempre, de los revolucionarios que se quemaron en la hoguera de las eternas causas perdidas en ese país cuya desgracia, entre muchas otras, fue estar tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos.

Ahora los tiempos han cambiado, pero la miseria continúa. Arriba, en la frontera, la vecindad del gringo, la droga, la emigración ilegal, sostienen una economía clandestina que al menos permite escapar, o soñar con escapar, de la pobreza. En los bares de Tijuana, Chihuahua o Monterrey, jóvenes sin nada que perder y todo por ganar, con botas vaqueras, ceñidos téjanos y sombreros de ala ancha, el 45 haciéndoles un bulto sospechoso a la altura del cinturón, silban los compases de La Puerta Negra a la espera de la orden que los lleve a ajustar cuentas al soplón de turno, o a pasar por Nogales con diez kilos de la fina camuflados en la camioneta gris. A muchos de ellos los detendrá la Emigración, o les darán matarile los rangers, las bandas rivales o sus propios compañeros. Pero les queda el consuelo que con su historia alguien hará una canción, y los Tigres del Norte y los grupos musicales de la frontera cantarán su vida y muerte en esos corridos, antes prohibidos por el Gobierno, pero que ahora el público pide a gritos en las fiestas de los pueblos y en las cantinas: Ya encontraron a Camelia, El hijo da Camelia, Los tres amigos, El Zorro de Ojinaga, La lamba del Mojado.

Acabo de darme una vuelta por allí, y he cantado La Puerta Negra bebiendo tequila con mis cuates en cantinas sobre las que planea la sombra de Camelia la Tejana; en lugares donde ahora hay más niñas bautizadas Camelia que Guadalupes. Y mientras escuchaba las historias y las canciones, pensaba en el contraste con nuestras rías gallegas o las playas próximas a Gibraltar. En los pueblos tristes de España donde reina la ley del silencio, la demagogia y la complicidad vergonzante, donde todo el mundo agacha la cabeza y mira para otro lado negando la evidencia: la gentuza que necesita votos, los tenderos que viven de la economía clandestina, los vendedores derechazos de lujo, todos inventando un eufemismo tras otro por el qué dirán en Bruselas, por Dios. Los capos del narcotráfico, no hay más que ver las fotos, son mediocres y grises como los políticos que los hacen posibles. Como sus caretos o los pazos que se compran. Y sus sicarios, sombríos y con mala leche, lo que quieren es un Sony para ver a Jesús Puente o a Paco Lobatón. En este país, hasta los contrabandistas, de quienes doña Concha Piquer cantaba coplas, se han vuelto ruines, amargados, vulgares, oliendo a cartilla de ahorros, a calcetín usado, a puente de fin de semana. Son tan europeos que ni siquiera se matan entre ellos: se denuncian.

Envidio a los pueblos como el mejicano, que todavía están vivos y tienen humor, orgullo y sangre en las venas para hacer canciones con sus penas y sus delitos y sus balaceras, y cantarlas a voz en grito entre trago y trago de tequila. Felices quienes aún poseen la inocencia suficiente para convertir en épica, en leyenda, su desesperación y su miseria.

8 de enero de 1995