Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 26 de febrero de 1995

Menos mal que fue allí


Estas semanas pasadas estuve viendo en la tele cómo se les encharcaba el paisaje a los holandeses, ya saben, que si los ríos y los polders y demás, con el agua por el techo y el personal remando en la calle. Como en Venecia, pero más rubios y más cabreados. Y se admiraba uno de la disciplina y la formalidad con que allí encaraban el asunto: los de Protección Civil arriba y abajo con sus zodiacs recién hinchadas y sus walkie-talkies que funcionaban, los militares poniendo sacos de arena a diestro y siniestro, las zonas de peligro debidamente señalizadas, los decenas de miles de damnificados atendiendo las indicaciones de las autoridades, pendientes de la radio y la televisión para recibir instrucciones, en filas ordenadas para la ayuda correspondiente, etcétera. Por no hablar del impecable alojamiento en limpios albergues, colegios y gimnasios, cada niño salvado con su perrito y su hámster, y los voluntarios de la Cruz Roja tirándose al agua para rescatar a las gallinas que se llevaba la corriente. O sea, que les salió de cine.

Yo no sé si la gente en los países del norte de Europa es más solidaria, o disciplinada, o responsable, ni maldito lo que me importa. La verdad es que tienen que aburrirse horrores con tanta asepsia y tanta formalidad, con los policías ayudando a las ancianitas, los niños en bicicleta, los canales con semáforo, y las putas sindicadas y haciendo calceta detrás de los escaparates con visillos primorosos y la pegatina de Visa y American Express en la puerta, Pero de lo que sí estoy seguro es de que, en las crisis, el sistema les funciona como un reloj. Lo mismo para gasear judíos, es un suponer, cuando la cosa les llega por conducto jerárquico y con todas las pólizas correspondientes, que para fabricar Volvos y premios Nobel, ponerle el sol por las bravas al imperio de los Austrias, o para organizarse en los túneles del metro cuando a un general gringo se le ocurre carbonizar Dresde para el cumpleaños de su hijita Jenifer. Al final, como en Holanda, siempre es la disciplina y la eficacia lo que los salva. Fíjense si no, en el detalle de que, a pesar de tantos cientos de miles de desplazados y tanto desparrame, en las inundaciones sólo hubo un muerto, creo. Y de casualidad. Y ahora imagínenselo aquí.

O sea. Que de tanto sacar santos y vírgenes en rogativas para que llueva, resulta que se desborda el Ebro, o el Mar Menor, y se va todo a tomar por saco. No vean qué telediarios. La gente chapoteando para salvar el Ford Fiesta de la riada mientras en TVE el pobre Matías Prats Jr. asegura que tranquilos, no pasa nada, con las gotas de sudor cayéndole como puños. Y Carrascal, en la otra y a lo suyo, gritando inmersión, inmersión, y esto se veía venir desde que Franco era cabo.

Eso, en lo que se refiere a la tele.

Ahora, sobre el terreno, el agua llevándose todas las ovejas de Extremadura, los bomberos de Comisiones en huelga y los de UGT en plan borde por lo de la PSV, los walkies de la Guardia Civil con las pilas sulfatadas -la última contrata de pilas la negoció personalmente Roldan-, y los soldados insumisos diciéndole al general que en el barro se va a meter su puta madre. El ministro Borrell ahogándose porque nadie le avisa de que ya no hay puente, y se caen al río él, cuatro escoltas y los ochenta y cuatro periodistas que casualmente lo acompañan ese día, cuando acude a solidarizarse con los damnificados, A todo esto, Sabino en plena tajada sugiriendo que se moje el rey -no sé si captan mi astuto juego de palabras-. Nieves Herrero haciéndose cargo del asunto.

Radio Nacional de España abriendo los informativos con la grave situación en Chechenia. Aznar con flotador de patito -«no queremos señalar, etcétera»- mientras nada y guarda la ropa. El honorable Pujol asegurando, en subtítulos, que estas cosas ocurren cuando la opresión madrileña mantiene su bota claveteada en el cuello de las autonomías, y aprovechando para exigir -y obtener- la declaración de zona catastrófica para Cataluña aunque la inundación haya sido en Albacete. Y un mazo de manijas con mochos de fregar y botas de agua cortando el tráfico para decir que la culpa de que se haya ahogado su Manolo la tiene el PSOE, mientras preguntan si viene Lobatón, Felipe, dimite, el clima no te admite. O sea, una vergüenza. Además, siete mil quinientos muertos, sin contar los trescientos turistas que pasaban por allí buscando el sol de España. Las indemnizaciones podrían cobrarse algo después de las correspondientes a la presa de Tous, o sea, hacia el año 2039 después de Cristo. After Christ, para los palmados guiris,

Menos mal que fue en Holanda.

26 de febrero de 1995

domingo, 19 de febrero de 1995

La noche de autos


El tic tac del reloj sobre la mesilla de noche lo mantenía despierto. Inclinó un poco la cabeza sobre la almohada, lo necesario para escuchar la respiración pausada de la mujer que dormía a su lado, y después estuvo un largo rato muy quieto, con los ojos abiertos en la oscuridad. Contó hasta trescientos tic tacs, y luego oyó sonar, a lo lejos, dos campanadas en el reloj del ayuntamiento. Eran las dos de la madrugada y, salvo el latir del despertador y la respiración a su lado, en la almohada, el silencio de la casa era absoluto. Todos dormían.

Se incorporó despacio, con toda la cautela posible en su cuerpo limitado por la artritis, la fibrosis pulmonar, las goteras de setenta y cinco años largos. Setenta y seis en noviembre, si llegaba. Sintió el frío del suelo en la planta de los pies y buscó las zapatillas a tientas en la oscuridad. La tensión le hacía batir la sangre en los tímpanos como el parche de un tambor cuando, con un último esfuerzo, se levantó centímetro a centímetro de la cama. Crujió el somier mientras la mujer se removía, inquieta, y pronunciaba algunas frases ininteligibles. El permaneció así, inmóvil, angustiado, observando con ansiedad el bulto oscuro en la penumbra, hasta que la respiración de ella recobró el ritmo tranquilo. Sólo entonces avanzó unos pasos y, siempre a tientas, se puso la bata de felpa sobre el pijama. Después salió al pasillo y cerró la puerta.

Era jugársela, y lo sabía. Reflexiono una vez más sobre aquello con la espalda apoyada en la pared, sintiendo la opresión del costado, la aspereza de los pulmones, el dolor en las articulaciones. Pero ya no podía soportarlo más. Estaba harto de la presión a que se veía sometido día tras día; al límite de tanta recriminación absurda, de tanta incomprensión e intolerancia. Que si papá esto y que si papá lo otro. Que si en un hospital o un asilo tendría usted que verse, para saber lo que vale un peine. Etcétera. Unos nazis es lo que eran, desde el primero hasta el último. Desde su mujer hasta el cabrón de su hijo Manolo. Nazis sin consideración y sin conciencia.

Llevaba días meditando aquel plan. Y ahora que estaba a punto de ejecutarlo, sentía la excitación de los viejos tiempos, cuando él era joven, y el mundo era grande, y lleno de promesas, y todo era posible. Cuando la vejez no era sino un fantasma impreciso, distante. Cuando él aún era dueño de su destino, en vez de prisionero, como ahora, de la supuesta piedad filial, el pensamiento lo enardeció, y la taquicardia se le puso en ciento veinte. Había cruzado el Ebro con la 223 Brigada mixta, el agua por el pecho y los nacionales dando candela desde la otra orilla, con dos cojones. Y aún era un hombre de los que se visten por los pies. Un hombre libre.

Al pasar junto a las ventanas, la luz de la luna recortaba su silueta en el pasillo. Recorrió la casa en silencio, asomándose con cautela a sus habitaciones, echándoles un vistazo uno por uno. Al hijo mayor, la nuera, la otra hija, los canallicas de los nietos. Todos dormían a pierna suelta, ajenos a lo que estaba a punto de ocurrir. Sólo ante la cuna del más pequeño sintió vacilar un momento su determinación. Solían enarbolarlo como bandera a la hora del chantaje. Mire usted a su nieto, papá. Aunque sólo sea por él. Y era cierto. Le habría gustado verlo crecer, llevarlo de la mano e indicarle los escollos de la vida, la pleamar, la resaca final en la orilla de la soledad y del recuerdo. Pero ni siquiera por el nieto merecía la pena soportar aquello.

Se acercó a la cama del hijo mayor y durante un largo rato escuchó su respiración tranquila. Después, a tientas, fue hasta la percha donde estaba colgada su ropa. Al redoble de la sangre en los tímpanos se aceleró, semejante a cañonazos. Si alguien se despierta, pensó, estoy listo de papeles. Pero ya no podía volverse atrás. Alea facta est, que dijo aquel fulano en situación parecida. No se llega tan lejos para volverse atrás, así que introdujo la mano en los bolsillos de la chaqueta de su hijo, tanteando hasta dar con el tabaco y el mechero. Después se fue despacito, sin hacer ruido, a encerrarse en el cuarto de baño. Allí abrió la ventana y encendió un Ducados. Era su primer pitillo en un año. Aspiraba el humo lentamente, con deleite, preguntándose qué dirían los médicos, su mujer, sus hijos y la nuera, si pudieran verlo allí, fumándoselo ante el espejo, Entonces hizo una mueca burlona y sonrió, feliz. Que se fueran todos a la mierda.

19 de febrero de 1995

domingo, 12 de febrero de 1995

Los que no se estiran


Tuve amigos que ya no lo son, porque eran demasiado lentos a la hora de pagar una copa. Fulanos de esos a quienes la llegada del camarero con la cuenta del bar o del restaurante sorprende siempre con la atención puesta en otro sitio, o buscándose una cartera o unas monedas que no encuentran, o mirándote indecisos, cual embargados por duda metafísica. Claro que aún puede ser peor. Está el que abre la cartera, te mira a los ojos muy serio y dice aquello de: Vamos a medias, ¿no? Los hay de todo tipo y pelaje. Desde el que siempre apunta eso de la próxima corre de mi cuenta, pero nunca llega la próxima, hasta el especialista en pagar las cañas sólo cuando la siguiente ya es etiqueta negra. O el que te invita a cenar con dos señoras, y al llegar la cuenta sugiere que cada cual, incluidas las señoras, se pague su parte; y es tanta la vergüenza ajena, que al final dices venga, déjalo, hombre, no te preocupes, de verdad, ya pago yo, hijo de la gran puta. Que la próxima vez va a cenar contigo el mercader de Venecia. Hay también una variedad más sofisticada; la del que se deja invitar cinco o seis veces seguidas, y cuando por fin ya no tiene escapatoria -ha llegado la factura y tú, con las manos encima de la mesa, lo estás mirando- hace el gesto de sacar la cartera, cuenta muy serio los billetes, esboza un rictus de contrariedad y deja que le prestes tres o cuatro mil pesetas, que no le alcanza.

No es nuestro pecado capital, y me alegro. Tal vez por eso, porque a la hora de estirarnos en la barra del bar somos un pueblo generoso y buena gente, este país llega a ser soportable y los guiris, cuando vienen, se quedan encantados. Que si no, de qué. Yo diría que el nuestro es el único lugar del mundo en que un forastero con amigos locales o un turista en buenas manos pueden recorrer todos los bares de Madrid, de Sevilla, de Bilbao, noche tras noche y sin que le permitan gastarse un duro. Aquí, pagar una copa no parece una obligación, sino un honor mezcla de hospitalidad y de chulería en pían vamos anda, guárdate eso ahora mismo. Otros seis tintos, Manolo, y unas tapitas. Nos ha jodido aquí, el alonsanfán.

Y entre aborígenes, tres cuartos de lo mismo. Cuando andaba muy tieso de viruta, uno de los chorizos habituales en La Ley de la Calle -aquel programa marginal de putas, delincuentes y presidiarios, que estuvo cinco años en antena hasta que se lo cargaron Jordi García Candau y Diego Carcedo en cuanto le dieron el premio Ondas-, empalmaba navaja y daba una siria en cualquier esquina antes de ir al estudio de RNE, a fin de pagar una ronda cuando nos íbamos de copas después de la emisión. Porque en eso de preguntar qué se debe, como en muchas otras cosas, los humildes y los desgraciados tienen dignidad y vergüenza torera. Más que los directores generales, la presunta gente de bien, los políticos y los meapilas.

Porque ya me dirán ustedes. En España se perdona todo menos cortarse a la hora de pagar las copas, y por eso anda espeso el ambiente. Aquí resulta que cierto personal ha estado tirando de fino La lna y lonchas de pata negra, venga palmas para acá y para allá, ozú los enanos de Tafalla, la gente guapa y la porcelanosa biutiful y la madre que la parió, y venga a contratar guitarristas y cuadros flamencos y lavanda inglesa de Gal. Y resulta que ahora, después de haberse calzado, ellos o sus compadres, todas las botellas del bar, los fulanos se escaquean sin pagar la factura que presenta el camarero. Y te quedas patidifuso viendo cómo dejan pagar a todo el mundo sin echar ellos mano a la cartera, mirando hacia otro lado, imperturbables, como si las quince mil de la dolorosa no fueran con ellos.

Y eso sí que no. Porque la gente bien nacida es la que da con los nudillos en la barra y pregunta qué se debe. Y aunque sean los últimos mil duros, uno los saca, los pone encima de la mesa y se va con la cabeza muy alta y sin descomponer el gesto, sin montar números ni hacer alardes ni buscarse coartadas. Se paga la cuenta tanto si el vino salió bueno como si salió malo, porque así debe entrar y salir uno en los bares de España. Quizá por eso Mario Conde me cae bien ahora; por el temple con que abona sus copas sin perder la compostura y sin pestañear. Deberían aprender de él, y de mi amigo el que sirlaba en las esquinas para pagar su dignidad y nuestras cervezas, todos esos borrachos miserables que salen tambaleándose del garito a vomitarnos en la acera, intentando que haya suerte y la factura la paguen otros.

12 de febrero de 1995

domingo, 5 de febrero de 1995

Linchadores natos


A una niña de cuatro años cuyo padre -o madre, qué sé yo- murió de Sida, le han estado haciendo la vida imposible en el colé sus amiguitos y los papas de sus amiguitos y la sociedad en la que viven honorablemente las familias de sus amiguitos, a pesar de que tiene la sangre limpia como una patena. Ese linchamiento preventivo se ha llevado a cabo así, en frío, en virtud del viejo principio de más vale un por si acaso que un quién lo iba a decir. Así que imagínense lo que habría ocurrido si, además, la pobre enanita apestada resulta seropositiva con análisis y con papeles con el tampón de inmunodeficiencia adquirida en mitad de la frente. La última vez que tuve noticias del asunto fue hace un par de semanas, e ignoro en qué habrá terminado la cosa. Porque ésa es otra. Aquí mucha primera página y mucho telediario, pero en cuanto la gente se aburre del asunto, a otra cosa mariposa. Es como esos dos pobres vejetes del piso embargado por las veinte mil cochinas pesetas del televisor. Mucha solidaridad y mucha gaita, pero me juego la tecla Ñ del ordenador a que, en cuanto pasen de moda y los vecinos vuelvan a sus casas y todo el mundo se relaje, una madrugada llegará el del juzgado con unos antidisturbios y en cinco minutos estarán en la calle, y vete a reclamar al maestro armero.

Bueno. Les estaba hablando de la niña presunta y de los hipocondríacos paterfamilias que azuzaron a sus hijos contra ella. Y estaba por preguntarme quién fue el imbécil que dijo eso de que España es tierra de Quijotes. O aquel jenares no tenía ni la más remota idea de en qué país se jugaba los cuartos, o nos estaba pintando el amoto de verde. Como mucho, a lo mejor eso de Quijolandia era antes, y según y cómo. Lo que los españoles hemos sido siempre, incluso en los mejores momentos de nuestra historia -bellos motines y heroicas asonadas-, es una pandilla de Sanchopanzas analfabetos, insolidarios, proclives al escopetazo cainita con posta lobera, que sólo encontramos unidad a la hora de la envidia, el degüello o el linchamiento. Porque hay cosas que en este país desgraciado podemos hacer fatal; pero aquí envidiamos, degollamos y linchamos a la gente como nadie. Y lo que más encona el asunto, lo que más energía imprime a la mano que abre la navaja o empuña la piedra de lapidar, es nuestro propio miedo. Nuestra presunta ignorancia.

Eso antes era una excusa. Quiero decir que aquel pobre, valeroso y miserable animal de bellota que empalmaba la navaja para degollar franchutes más o menos ilustrados, y luego se uncía al carro del mayor hijo de puta que ciñó corona en España para gritar ¡Vivan las caerías!, carecía de información y de medios para el análisis crítico, y así fueron las cosas. Pero en estos tiempos ya nadie puede esgrimir la coartada que siempre permitió barnizar de bonito las atrocidades patrias. El que tiraba judíos o moros al pozo, el campesino que, azuzado por el cura, mataba liberales a pedradas, el miliciano que arrastraba por la calle al de derechas hecho filetes, y todas las viceversas que ustedes quieran, podían alegar, en su descargo, la malabestiez de sus personas, embrutecidas por siglos de oscuridad, desesperación e ignorancia. Pero ahora ya no vale. Ahora todo el mundo sabe leer, y conoce tiendas donde venden libros, y va al cine, y ve la tele, y hay, manipulada o no, más información circulando de la que hubo nunca. Y ahora la que se queda preñada es porque quiere, y quien trinca un síndrome es porque quiere, y quien se mete un gramo de algo por donde sea es porque quiere, y quien le da su apoyo parlamentario al PSOE o al lucero del alba y cree en los reyes magos es porque quiere. Aquí ya no se encuentran inocentes ni en las incubadoras.

El asunto de la niña de marras, como todos los linchamientos insolidarios y cobardes en este país, no tiene más causa que el egoísmo, la falta de caridad, la mala fe de una condición humana agravada en sus peores aspectos por la ciénaga mezquina, demagógica, autosatisfecha, en que chapoteamos a diario. Aquí se deja morir a gente en las aceras sin tan siquiera una mirada de piedad. Exigimos una televisión más culta y después nos sentamos ocho millones a ver programas de intenso efecto laxante. Apuñalamos por un partido de fútbol o por el color de una piel. Escarnecemos en mujeres de presidiarios lo que nadie osó en sus maridos cuando eran canallas libres y poderosos. Enseñamos a críos de cuatro años, desde bien temprano, a meter la mano con la piedra en el tumulto para rematar al desgraciado que está en el suelo. Somos zafios, ruines y cobardes demasiado a menudo. Por eso hay días que me avergüenza ser español.

5 de febrero de 1995