Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 25 de junio de 1995

Cuestiones de honor


Hace un par de semanas puse la tele y me encontré al ex presidente Suárez acudiendo a un juzgado, porque alguien dijo que trincó trescientos kilos de Banesto, cuando Mario Conde y todo eso. Suárez llegó, dijo que eso era una bola como el sombrero de un picador, miró al soslayo, fuese y no hubo nada. Supongo que a estas alturas todo habrá quedado en eso. Algo de lo que el arriba firmante se alegraría infinito; pues la persona de Adolfo Suárez, Ucedés aparte, me cae bastante bien. Tanto por esa pinta que tiene, con su perfil de torero grave y veterano, como por los morlacos que lidió, como por ese silencio magnífico en el que ha sabido atrincherar, cual muy pocos en este país, su digna salida del Gobierno y su decoro como político jubilado.

Y pensaba yo: ojalá que no. Deseo que éste de verdad no tenga nada que ver, y que en tal caso no me lo llenen de mierda como a los demás, porque no sé qué carajo iba a quedar entonces como referencia política decente de los últimos veinte años. Y en ésas me decía: hay que fastidiarse. En un país donde los partidos de oposición ganan esgrimiendo titulares de periódicos en vez de programas de gobierno, donde tantos jueces se acojonan o se muestran implacables según el tipo de repercusión social del asunto, donde todo el mundo tiene una piedra en la mano para el linchamiento previo, cualquiera puede permitirse acusar a otro de cualquier cosa, mentarle la madre o llamarlo maricón de playa, así, por el morro, y si cuela cuela. Y si no, oye, pues vale, pues me alegro. Pero empuerca, que algo queda.

Insisto en que ignoro si Adolfo Suárez fue más o menos honrado que otras joyas del oficio. Pero, aparte la simpatía personal -que es asunto mío porque me da la gana que su careto me sea simpático-, mucho me guardaría de cuestionar su honorabilidad si no tuviera un buen legajo de papeles con todo allí, incluidos los afotos del antedicho en el momento de trincar. Y aún así, averiguaría antes en qué condiciones, y para qué. A fin de cuentas, con todos sus errores y todos sus defectos, que los tuvo, incluida la cuerda de mercachifles, correveidiles y meapilas que nutrió parte de sus huestes, don Adolfo Suárez hizo una transición que le salió bordada. Faena que remató levantándose a defender la democracia, encarnada en un anciano general a quien un torpe teniente coronel intentaba zancadillear y tirar al suelo. Y eso merece un respeto.

Yo, entre nosotros, a lo de Gutiérrez Mellado no le doy mucho mérito. Sospecho que más que impulso democrático, lo que lo cabreó y puso tan flamenco fue que allí entró un teniente coronel con escopeta y no se le cuadró. O sea, que al abuelo le saltó el automático. El mérito de verdad se lo adjudico al de Ávila. Y cuando los sesientencoño empezaron a agujerear el techo, don Adolfo se quedó erguido, chuleta, de perfil ante España y ante la Historia y ante los anales de la vergüenza torera, mientras todo el personal, incluido el actual presidente del Gobierno y numerosos prohombres de su partido y la actual oposición -salvo Carrillo, que fumaba allá al fondo, a lo suyo-, se lanzaba a bucear bajo la moqueta en plena cagalera. Y a mí, que soy muy primitivo, pues qué quieren que les diga. Esas cosas me impresionan.

Pues eso, dejando ya la anécdota de Suárez aparte, a veces uno lamenta que ciertas antiguas costumbres, como el duelo, hayan caído en desuso. Antes, alguien te miraba mal y podías mandarle los padrinos, y la cosa se solventaba a pistoletazos o sable, y al menos tenías una oportunidad real de volarle al otro los cuernos. Ahora, un fulano afirma, es un suponer, que lo que a ti te gusta es tocarles el culito a los nenes en las guarderías, y tú demuestras que es mentira, que lo que te gusta de verdad, por ejemplo, es ir los jueves a un meublé con la señora de ese fulano, y aquí no pasa absolutamente nada, ni nadie rectifica, y todo queda como así, en el aire. Si por una parte vas y planteas demanda judicial para recuperar tu honor, resulta que el honor anda muy devaluado -hasta los políticos juran por su honor, háganse idea- y el juez te toma a pitorreo. O, como en este país la Dura Lex Sed Lex (Duralex) a menudo se parece a la bonoloto, depende de qué juez te toque en suerte para que te restituyan la honra o, por el contrario, quedes como pedófilo para los restos. Y tampoco es cosa de que vayas y le des una estiba al otro fulano, pues no puedes andar a bofetadas, como los gañanes. Además, puedes romperle algo, y entonces sí que los jueces te empapelan vivo. O rompértelo él a ti. Con lo que, además de la fama, te llevas un par de hostias.

25 de junio de 1995

domingo, 18 de junio de 1995

JASG


Me gusta ver los anuncios de la tele. A menudo hay en ellos más talento que en la mayor parte de los programas, o en las comedias de situación, o en lo que sea. Al fin y al cabo, tras la publicidad se adivina a un montón de inteligentes hijos de puta calentándose la cabeza para hacerte comprar tal o cual cosa, y si mantienes cierto distanciamiento crítico siempre terminas aprendiendo cantidad de trucos útiles. No sobre lo que anuncian, que eso es lo de menos, sino sobre por qué lo anuncian, cómo lo hacen y a quién se dirige el intento de comerle el tarro.

Hay, sin embargo, una variedad publicitaria que al arriba firmante le quema la sangre. Me refiero a esos anuncios que, como muchos de los políticos de este país, se empeñan en venderte una España irreal, ficticia, que sólo existe en su manipulación canalla de los hechos, y que nada tiene que ver con la otra, la de la calle, la realmente real. Existen perlas legendarias en este registro. Desde la taimada infiltración de marcas de tabaco en anuncios deportivos hasta la felicidad cifrada en bonolotos, cupones, cuerpos danone, compresas que ni se notan ni traspasan, Lulú semuá, o ese putón verbenero que iba por las carreteras en descapotable, buscando a Jack's. Pero mi Oscar del cinismo galopante se lo llevan las campañas destinadas a convencer a los jóvenes de la necesidad absoluta, vital, que tienen de comprarse tal o cual marca de automóvil. Eso es que ya es la leche.

Lo que más me fascina de tales anuncios es la verosimilitud con que sus creadores trazan el retrato, clavadito, del joven español medio. Llevo doce años trabajando como un hombre de color, dice el apuesto guaperas. Curro veintitrés horas diarias en el periódico sin cobrar. Estudio Económicas e Historia de la Filosofía. En los ratos libres hago ala delta en los Alpes, windsurfing en Florida, y toco el clarinete en un club de jazz de Manhattan. Además he escrito Historias del Kronen II, y leo a Heidegger, Peter Handke y Adorno. Soy un JASG -Joven Aunque Sobradamente Gilipollas- preparado para la vida moderna, y usted va y me dice que aún estoy verde para hacer un programa como el de Isabel Gemio. Como dijo Kant, hay que joderse. Y por cierto, la cita no es de Kant. Es de Marcial Lafuente Estefanía.

Otro ejemplo. Bella joven, elegante, con clase, prototipo de la veinteañera española media, reflexiona sobre un hecho terrible: llega un momento en la vida en que tienes que elegir entre trabajar en la empresa de papá o hacer un máster en Harvard. Usar vaqueros Liberto o minifalda de Versace. Vivir con tus padres en el chalet de la Moraleja o mudarte sola a un apartamento del Barrio Latino de París. Salir en el Hola como candidata al príncipe Felipe, o en el Diez Minutos jugando al golf con Alessandro Lecquio, Lo único que tienes claro es que te acabas de comprar un GTI de 16 válvulas. Que mola un pegote.

La verdad es que echo en falta una tercera versión en ese tipo de anuncios. Cualquier joven de cualquier sexo que llega a casa a las tantas de la noche, hecho polvo después de haber estado ocho o doce horas de pie tras el mostrador, o en la gasolinera, o la moto de mensaca, o en la cola del paro, y pone un rato la tele, y zapea, y se encuentra a San Lobatón, o a Nieves Herrero, o a Jesús Puente ganándose el dinero más vergonzoso que ha ganado en su vida, o a Felipe González con esa cara que se le ha puesto -a cierta edad todos tienen la cara que se ganan a pulso-, o al otro mienteusté prometiendo atar los perros con longaniza con su programa, programa, programa. Y de pronto llega la publicidad y a nuestro exhausto joven se le llena la pantalla de JASG sobradamente preparados, vestidos como él tiene que vestirse, con las maneras y aficiones que él, o ella, tienen que tener. Con unos coches que te cagas, como el que él o ella tienen que comprarse pero ya mismo, si no quieren ser unos mierdecillas y unos matados y tipos desgraciados de la vida.

Entonces, él, o ella, miran a la cámara, y dicen: Hay un momento en la vida en que tienes que elegir entre el desempleo o trabajar diez horas diarias en el mostrador de una charcutería. Entre salir a bailar el sábado por la noche o quedarte en casa estudiando hasta las cuatro de la madrugada. Entre despreciar a tus padres o compadecerlos. Entre ayudar a tu hermano yonqui o pasar mucho de él. Entre dejar que el jefe te mire las tetas o irte a la cola del paro. Entre maldecirlo todo y pegarle fuego a la vida, o apretar los dientes y luchar por salir adelante y tener una casa, y una familia... Y por cierto: ¿Cómo se las habrán arreglado los del anuncio para que sus padres les firmen el aval y las letras del puto coche?

18 de junio de 1995

domingo, 11 de junio de 1995

El hombre que salvó a Jorge Negrete


Antonio tiene sesenta y cinco años, y entre caña y caña cuenta que sus padres lo engendraron en la cabina de proyección de un cine, mientras en la pantalla John Barrymore le tiraba los tejos a Greta Garbo en Gran Hotel. Y si los orígenes marcan destinos, el de Antonio estaba cantado. Proyeccionista desde que tuvo uso de razón, por sus manos han pasado, en su mágico estado original de celuloide y luz, todas las películas importantes que en el mundo han sido. También los ratos libres los dedicó al cine, y fue portero, acomodador, y extra en un montón de películas americanas de los sesenta. Incluso, de cuando las salas aún se usaban como teatros, conserva recuerdos que lo hacen sonreír a medias, evocador, torciendo el bigotillo por encima del vaso de cerveza. La elegancia de Amparito Rivelles. Las piernas de Celia Gámez. O la paliza que una vez le dio a Manolo Caracol con un garrote, porque el maestro estaba mamado y llamó ladrón al empresario.

Pero es el cine, la materia de que están hechos los sueños, lo que llena la vida de Antonio. A veces, cuando te toma confianza, imita a Cantinflas de un modo tan asombroso que si cierras los ojos imaginas al fulano allí, contigo. Y no sólo eso. Tantas veces ha visto las películas, dos o tres sesiones diarias semana tras semana, que es capaz de recitar diálogos enteros de sus secuencias favoritas. Tú estás, es un suponer, pelando una gamba, y de pronto Antonio te mira a los ojos y te suelta un parlamento de cinco minutos en el que Ben-Hur le menta la madre al malvado Mésala. O te habla como si fueras Grace Kelly -una estrecha, apostilla interrumpiéndose un momento- y él Clark Cable en Malambo. O te sacude a palo seco la secuencia final de Los siete magníficos, tiros incluidos, empalmándola sin transición con el diálogo entre Burt Lancaster y Jack Palance en Los profesionales. Aunque mi momento favorito es cuando Antonio levanta el vaso de cerveza como si fueran los Diez Mandamientos, e imita la voz de Charlton Heston en lo del becerro de oro, con el Sinaí echando chispas y aquel terremoto que, calcula, al Cecilbedemille tuvo que costarle una pasta, de mujeres, claro. Antonio entiende más que nadie; no en balde ha pasado su vida entre las más hermosas del mundo, Y lo cierto es que ninguna tiene secretos .para él, pues las poseyó a todas una y otra vez, en la intimidad de su cabina de proyección. Greta Garbo era elegante, sin más. Kim Novak una especie de ternera guapa, con buenas tetas. María Félix, bellísima pero frígida -Antonio se detiene un momento, medita- o fría, que en cine viene a ser lo mismo. Ava Gardner sí era toda una hembra, de ésas como los Victorinos, que hasta dan miedo. Pero mujer, lo que se dice mujer, la Marilyn Monroe de La tentación vive arriba, o de Niágara. Aquélla -Antonio moja el bigotillo en la espuma de cerveza y suspira, absorto en sus recuerdos- era la leche.

Cuando le preguntas por la censura, te cuenta de los años cincuenta y sesenta, cuando le proyectaba las películas al arcipreste, y éste marcaba con tiras de papel los planos a eliminar. Después él obedecía o no, porque cargarse algunas secuencias -el baile de Kim Novak y William Holden en Picnic, por ejemplo- era una atrocidad. Así que luego el arcipreste le echaba unas broncas espantosas:

-«Te voy a descomulgar, Antonio», me decía el jodío.

Sin embargo, después era el propio Antonio quien practicaba la censura por su cuenta. Mesas separadas resultaba muy larga para su gusto, así que la aligeró sin consultar con nadie, acercando un poco las mesas. En cuanto a Guerra y Paz, la retirada de Rusia se le hacía interminable, de modo que le pegó un tijeretazo, haciendo que Napoleón pasara directamente de Moscú a París, ahorrándole el paso del Beresina y 300.000 muertos. Pero su obra maestra fue El peñón de las ánimas. Cuando Antonio vio que aquella película no tenía final feliz, se llevó un disgusto. Jorge Negrete y María Félix no podían morir, porque el público iba a salir del cine hecho polvo. Así que metió cuchilla, eliminando la última escena, cuando el abuelo les dispara, y dejó a la pareja cabalgando hacia el horizonte antes de la palabra Fin.

Ya ven lo que son las cosas. Vas y lo atribuyes todo a la censura franquista, por ejemplo, o al arcipreste de guardia, y resulta que al proyeccionista no le gustaba que mataran a Jorge Negrete. Así se escribe la Historia. De todas formas -le digo siempre a Antonio-, qué suerte, compadre, poder escoger final. Y que todos los recuerdos de uno sean hermosos.

11 de junio de 1995

domingo, 4 de junio de 1995

La puntita nada más


A eso se le llama vestir a un santo y desnudar a dos. Resulta que en la primera edición del nuevo mapa de España, elaborado por el Ministerio de Administraciones Públicas para que los españoles sepamos por fin que las islas Canarias están en el Atlántico y no en el Zaire, a alguien se le olvidó incluir Ceuta y Melilla como parte del territorio nacional, dejándolas como simples municipios del norte de África. O sea, Marruecos. Así que, como era de esperar, ceutíes y melillenses han puesto el grito en el cielo, denunciando lo anticonstitucional de la chapuza y exigiendo que se repare el olvido o el error. Pero el arriba firmante tiene sus ideas al respecto, y cree que en este caso no procede hablar de error. En vista del paño que se corta en el patio de Monipodio, uno juraría por sus muertos que no se trata de olvido, sino de prudencia. Porque sí algo hay que reconocer a quienes empuñan el timón de la nave, o de lo que de ella va quedando, es una prudencia inmensa, compacta, sin poros. Una prudencia inasequible al desaliento.

Lo que, por otra parte, resulta lógico. Vivimos en un país donde la ambigüedad es siempre, y más en estos tiempos, una virtud política rentable cuando se ejerce el poder, o a él se aspira. Aquí, y a la vista está, las únicas alegrías de palmeros finos vienen cuando uno se cree impune, a la hora de meterle mano a la viruta de los fondos reservados y a la información confidencial de los compadres de la biutiful. En todo lo demás, la pumita nada más. Qué van a decir en las municipales. O en las otras. O en Washington, Bruselas, Rabat, si se nos ve el plumero, por Dios. Lo más seguro es no ir hasta el final de nada, por si las moscas. Uno llega, amaga, gallea, se hace la foto, y después se quita de en medio e intenta pasar inadvertido para los restos.

Pero las cosas como son. También es verdad que el sistema no lo inventaron los de ahora, y que en este país constan ilustres precedentes. En 1975, Arias Navarro, Pepito Solís Rute y sus compadres le regalaron el Sahara, bien atado de manos y por la cara, a Hassan II y al Departamento de Estado norteamericano. Y cuando Teodoro Obiang le dio matarile a papá Maclas y pidió una compañía de la Legión para reforzar lazos con España y de paso asegurarse la supervivencia, los diplomáticos de UCD llenaron de cagaditas el arroz diciendo, oig, cielo santo, antes morir que pecar. Que pueden llamarnos neocolonialistas en la Osnu. Y entonces los franceses, que son demócratas de aquí a Lima pero tienen sin complejos aviones y legionarios y paracaidistas en toda África, mandaron a sus primos marroquíes y se hicieron amos del cotarro. Y así nos va ahora con el amigo Teodoro, ex cadete de Zaragoza y presidente de nuestro club local de fans.

Lo demás, para qué les voy a contar. La estrategia del qué dirán, y del cómo pretendes que yo haga eso, cariño, y del no vayan a irritarse Francia, o Inglaterra, o Alemania, o Marruecos, o los sherpas himalayos, ha terminado por convertir nuestra diplomacia en el chichi de la Bernarda, capaz de tragar de todo con tal de seguir llevando el botijo en el afoto. Me juego un labio incorrupto de Ava Gardner a que, es un suponer, si en uno de esos viajes altamente operativos del grupo de contacto, los serbios nos secuestraran y estupraran, no sé, a un ministro de Exteriores, por ejemplo, siempre habría alguien capaz de ofrecer una explicación apropiada en el telediario. Lo malo es que cuando los serbios, o los canadienses, o los marroquíes, o los ingleses, o el lucero del alba, nos estupran -o como se diga- a alguien, nunca es al ministro de Exteriores, sino a pobre gente indefensa que en este país nuestro acostumbramos, demasiado a menudo, a abandonar a su suerte con una larga cambiada, Y después, cuando descubre el engaño y se cabrea, le mandan los antidisturbios a repartir estiba.

Así va a terminar corno va a terminar, barrunta uno, lo de Ceuta y Melilla; que sí no las liquidan como si se tratara de un lote en oferta de Pryca será porque la diplomacia marroquí no plantea en serio el problema o porque aquí, a mis primos, no les va a dar tiempo a vender todo el solar antes de irse. Antes se recurría al quijotismo o al interés nacional corno coartada, pero ya no quedan ni esas excusas. Por no atreverse, los hileros que desde hace doce años nos marean con los cubiletes y la borrega, ni se atrevieron a asumir el GAL ni se atrevieron a indultar a Amedo y Domínguez cuando aún podía esgrimirse la razón de Estado, que entonces aún igual colaba. Ahora, descubierto el trinque y los parneses, el argumento ya no vale, y se les ha hecho tarde. En eso, como en casi todo, son víctimas de su propia jindama.

4 de junio de 1995