Último libro de Arturo Pérez-Reverte

lunes, 31 de julio de 1995

Clanes, tribus y paranoicos


En el ejercicio de la Sanidad, como en todos los oficios del mundo, hay artistas y chapuceros, gente de bien y cagamandurrias. Y pasa con ellos lo que con los pimientos de Padrón; si te toca el picante, vas hecho polvo. Esto viene a cuento porque a la hija de unos amigos le ha tocado el picante. María, se llama la enana, tuvo un esguince por el que le escayolaron la pierna. Pero se lo hicieron mal, inmovilizándole el pie en posición incorrecta, y ahora lo lleva como una pata de hipopótamo, y tendrá problemas circulatorios -tiene once años- el resto de su vida.

Costó un poco convencer al padre de María de que no le rompiera los cuernos al responsable del desaguisado. Por fin optó el hombre por la más razonable vía legal. Empezó a llevar a su hija a diversos médicos, a fin de que certificaran la desgracia; mas, para su sorpresa, aunque todos se indignaron con la chapuza, cuando se les pidió un dictamen médico por escrito, ninguno accedió a proporcionarlo. Hasta hubo quien llegó a decir que no podía, moralmente, desautorizar a un compañero de profesión. El caso es que la chiquilla seguirá con su pie fastidiado de por vida, el matasanos que se lo desgració continúa ejerciendo como si nada, el padre de María está ahorrando para comprarse una escopeta del doce con cartuchos de posta lobera, y cualquier día salen todos en los periódicos, como en Puerto Hurraco.

Esta especie de ley del silencio, de arropamiento mutuo en plan gremial, no tiene nada de nuevo, ni de extraño. En este país, como en la mayor parte de los países, ciertos colectivos -casualmente los que gozan de estructuras cerradas con determinados códigos o privilegios inherentes a su profesión- tienen la costumbre de enrocarse en sí mismos cuando alguien cuestiona una parte del todo. Es algo muy frecuente entre las putas, los jueces, los políticos y los periodistas, por citar unos cuantos ejemplos más o menos respetables.

Pero no sólo ellos. En las ciento seis semanas que llevo tecleando esta página dominical, por ejemplo, buena parte de las cartas de lectores que escriben para cagarse en mis muertos pertenecen a miembros de colectivos que se sienten agraviados por extensión solidaria. Voy y cuento, verbigracia, que un guardia municipal de Villatomillar del Rebollo (Cáceres) es una mula de varas, y acto seguido un ertzaina de Bilbao, es un suponer, se da por aludido y te dice que acabas de insultar a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, y otro lector asegura que has ofendido a Extremadura. Si dices que un fontanero te cobra cuatro mil duros por ponerte un grifo que no funciona, el presidente del gremio de Fontaneros Asociados te escribirá una grave misiva, lamentando que hayas puesto la honra de la fontanería en la picota. Hace un año, cuando el arriba firmante mencionó un incidente tontorrón protagonizado por un marino en aguas del Mediterráneo, cierto almirante pidió poco menos que mi fusilamiento al amanecer, por haber puesto en entredicho el honor militar y de la Armada -me lo chivaron los subordinados del émulo de Nelson, que son amiguetes-. Y si uno dice que esas X con las que los fulanos del spray tachan las jotas de los indicadores de carreteras en Lugo son burdas -lógico, pues el aerosol no permite buena caligrafía- resulta que estás insultando la noble ortografía de la lengua gallega. Venga ya.

Como ven, en todas partes cuecen habas. Y paranoicos tontos del haba. Y es una lástima que tanta solidaridad y tanta defensa automática del compadre con razón o sin ella, y tanto darse por aludido y tanta leche, no se ponga de manifiesto en otras cosas. Resulta que, en este país que hemos convertido en el más insolidario del mundo -sí, lo he dicho, ciclos, qué horrible afrenta a la patria y a Iberoamérica- aquí todos estamos unidos en plan yupi-yupi wiardepipol con mecheritos Bic encendidos o en plan mafia cuando nos interesa; cuando está en el alero el privilegio, el sustento, la supervivencia de nuestro clan, nuestra tribu, nuestras aguas para regadío, nuestro RH o nuestras putas pésetes. Pero muy verdes las han segado, siempre, cuando de lo que se trata es de mirar alrededor y decir, rediez, no me gusta el careto de mi vecino pero es el que tengo, echémosle una mano que ya la echará él cuando vengan las putas, que siempre vienen. O de animar el hombro junto a los otros, dar un puñetazo en la mesa y decir hasta aquí hemos llegado, carajo, aquí nos salvamos todos juntos o no se salva ni Dios.

Eso molaría un mazo, la verdad. Pero para ello hace falta ser lúcido y ser generoso; algo que se aprende en las escuelas, y en las familias, y en los libros, y en la Historia. De modo que vamos listos.

30 de julio de 1995

lunes, 24 de julio de 1995

Pepe el carpintero


Conozco a un carpintero que se llama Pepe y hace unos días estuvo trabajando en mi casa. El asunto consistía en instalar un enorme mueble-estantería para darle un poco de desahogo a algunos de los libros que andan por todas partes. Lo habíamos diseñado a medias, póngame aquí esto y lo otro, y en la mitad una urna de cristal para el Derflinger, un galeón del siglo XVI de casi un metro de eslora que construí hace años, cuando aún tenía tiempo y paciencia para hacer maquetas de barcos. El caso es que Pepe captó perfectamente la intención del asunto, y durante tres días anduvo por casa con dos jóvenes ayudantes, poniéndolo todo perdido de tablones, serrín y barnices.

Por aquello de que había libros y un barco de por medio, lo vigilé de cerca. Ponía un punto y aparte en el ordenador y me iba a verlo trabajar ajustando tablones, atornillando estantes. Y hubo varias cosas que me llamaron la atención. De una parte, la seriedad y rigor con que Pepe y sus aprendices realizaban el trabajo: madera bien ajustada, puertas encajadas a la perfección, acabados pulidos y ni una sola astilla. Eso, en este país donde menudean los chapuceros y los mangantes a domicilio, me pareció insólito. Tampoco, a pesar de que Pepe y sus ayudantes fuman, los vi hacerlo mientras estuvieron dentro de mi casa. Y en cuanto a las bebidas que les ofrecí, hasta que terminó su tarea pidieron siempre sólo agua.

Pero lo que me impresionó de Pepe fue su actitud profesional. De vez en cuando lo veía detenerse y retroceder para comprobar los progresos. Asentía como para sí mismo, y después iba a tal o cual parte del mueble -que yo encontraba perfecta a simple vista- y le daba los retoques necesarios. Al aparecer yo por allí me miraba de soslayo, cual si acechase mi aprobación. Era evidente que disfrutaba con su tarea, con la obra bien hecha y con mi satisfacción tanto como con la suya propia. En un momento de confidencia me dijo que la noche anterior, en su casa, había calculado, por curiosidad, que a tres centímetros por cada uno me cabrían en las estanterías unos dos mil libros. Aquello tenía su mérito; pues, según propia confesión, Pepe no ha leído un libro en su vida. Yo le dije que no, que el Espasa, por ejemplo, tiene ciento once tomos con una media de siete centímetros cada uno, y que como mucho allí cabria un millar. Entonces, muy serio y como decepcionado, sacó papel y lápiz y se puso a ingeniar modos de ganarme un poco más de espacio. Parecía que el asunto se hubiera convertido en algo personal.

Por fin, un día, terminó el trabajo. Había barrido el suelo y la habitación olía a cola fresca, a madera y a barniz. Saqué una cerveza y entonces Pepe se la bebió conmigo, sentados el uno junto al otro en un peldaño de la escalera, frente al mueble. Miraba su obra y me miraba a mí, tranquilo, satisfecho, disfrutando el momento de la culminación del largo esfuerzo. Aún se levantó un par de veces para pasar el dedo por lo que le parecía una marca en la madera, un defecto del barniz, y volvió a sentarse junto a mí, tranquilizado.

-Buen trabajo -dije.

Y qué privilegio, pensaba, encontrar a alguien para quien un trabajo aún es algo más que cuatro martillazos cutres como trámite previo a una factura. El carpintero sonrió un poco, bebió un sorbo de cerveza y volvió a sonreír. Miraba el mueble como puede mirarse a una mujer hermosa, a un amigo, o a un hijo, Y comprendí que en realidad era parte de él; su obra y su orgullo. Y en ese momento, sentado en el peldaño de la escalera y con su cerveza en la mano, Pepe me pareció la viva estampa de la honestidad y el pundonor ante la obra bien hecha. Aquélla era su dignidad; lo que le daba derecho a sentarse junto a quien lo empleaba y aceptarle una cerveza, de tú a tú. Un respeto que no se da por supuesto, ni se regala, sino que se gana a pulso. Con profesionalidad y con vergüenza.

Después nos dimos la mano, y entonces me preguntó si no me importaba que viniera a ver el mueble cuando ya estuviesen puestos los libros. Le dije que en absoluto, que viniera cuando le apeteciese, Y el otro día lo hizo. Apareció en el umbral, tímido, sin atreverse a entrar después de haber pasado varios días entrando y saliendo como Pedro por su casa. Por fin dio unos pasos y se detuvo ante el mueble, impresionado. Relucían los dorados en los lomos de las encuadernaciones y el viejo Derflinger en su urna.

-Caben mil doscientos -dije. El movía despacio la cabeza, sonriendo orgulloso. Entonces fui al frigorífico y le traje otra cerveza con muchísimo respeto.

23 de julio de 1995

lunes, 17 de julio de 1995

El palito de la E


El otro día le regalaron al arriba firmante una camiseta horrorosa, de juzgado de guardia. En los últimos tiempos, la proliferación de esta prenda como indumento de calle y de diario -incluso como ropa de postín- ha dado lugar a que, en lo que se refiere a ilustración, colores y modelos, uno pueda encontrar en ese registro hasta las cosas más peregrinas: referencias cultas (Serbian Umvemty), turísticas (GB: cerveza y chusma), eróticas (Follow me), políticas [Felipe, ahueca), etcétera. De todas días, mi favorita es aquella [Cono sin ñ es geometría) que le vi una vez puesta a Almudena Grandes -que rellena como nadie ese tipo de prendas-, cuando firmaba en una Feria del Libro ejemplares de su Malena es un nombre de tango.

Y justamente del palito de la Ñ y de camisetas quería hablarles. Porque la camiseta que alguien -organismo oficial, para más oprobio- ha tenido la insensatez de regalarme, lleva un círculo de estrellas como el de la Comunidad Europea y, en el centro, una E de España ornada con la tilde de la Ñ encima, supongo que saben a qué me refiero, presidencia española de la UE y demás. El ministro Solana -de cuyo club de fans soy, como saben, secretario general-presentaba hace un par de semanas la camiseta todo orgulloso, el hombre, ponderando la originalidad y la enjundia del logotipo. Dirán ustedes quizá, como el arriba firmante, que ponerle una tilde a la E de España es una gilipollez importante; y que buena está Europa para sutilezas con lo nuestro, ya trátese del palito de la Ñ o de la bisectriz de la Bernarda. Esas cosas se defienden mejor con sanciones a los bancos que siguen sustituyendo la Ñ de sus ordenadores por otros signos, o perjudicando a los fabricantes, importadores o qué sé yo, que no respeten la normativa española. Lo que pasa es que el verbo compuesto hacerse respetar se conjuga fatal en España. Por falta de práctica, supongo, y por ser incompatible con tanto tiñalpa dispuesto a llevar el botijo a quien sea, con tal de seguir amorrado al pilón.

Y es que tiene tela. Nos están dando leña hasta en el carnet de identidad. La UE y la OTAN y el lucero del alba son capaces de apoyar a Papúa Guinea antes que a España en cualquier contencioso planteado o por plantear. Aquí tenemos el patio como lo tenemos. Y todo lo que les ocurre a estos cantamañanas mireusté vestidos por Armani es hacer camisetas para promocionar la E de España con un palito. en la esperanza de que los hooligans de Manchester o los cerveceros de Hamburgo -o viceversa- tengan la agudeza de captar el doble sentido, y los impresione nuestra sutil y gallarda manera de defender lo nacional. Y es que es mucho nivel, Maribel.

En cuanto al logotipo concreto de la camiseta, que ésa es otra, me parece horroroso así, a palo seco (no sé si captan mi astuto juego de palabras, pero no voy a ser menos que el ministro Solana y sus magos del diseño). Y no sé cuánto les habrán pagado por el copyright a los creadores del asunto, pero no creo que los talentudos genios se lo hayan gastado íntegro en bragueros. Y es que bajo la cobertura oficial del diseño creativo y la estética sociata y la cultura oficial subvencionada con generosas aportaciones de dinero estatal, en este país hemos asistido durante años a un delirio de la estupidez elevada al cubo. Y uno está hasta aquí de tropezarse con analfabetos de teléfono móvil -pinchado, por supuesto- y Visa oro aplaudiendo los engendros infumables de estafadores, paniaguados y cuñados varios con más morro que un oso hormiguero, que han inundado el país, el deporte, las vallas publicitarias, las pantallas de cine, la moda, el arte, la cultura en general, con un mal gusto y una ordinariez que tiran de espaldas. O a mí, por lo menos, me tiran.

El diseño como tal no es malo, sino todo lo contrario. Pero lo que en principio es una legítima y necesaria envoltura de productos o ideas para hacerlos más atractivos -¿qué es la encuadernación de libros o la carrocería de un coche sino diseño?- ha llegado a enquistarse en sí mismo, convertido en negocio vacío de contenidos. En una especie de prisionero de Zenda secuestrado en la espiral de lo gratuito y lo absurdo, Porque, tal y como se han puesto las cosas, no importa qué mediocre mula de varas con un par de lápices de colores y un compadre en el comité, o la concejalía, o la dirección general correspondiente, puede abrumar nuestra vida con logotipos y brochazos infames que cualquier crío de diez años, con el juego de acuarelas de la señorita Pepis, habría ejecutado con más imaginación y más talento. Y además, gratis.

16 de julio de 1995

lunes, 10 de julio de 1995

Señor Presidente


Esta no es una carta constructiva, ni mesurada, y si la pretendiera respetuosa vendría encabezada: Excelentísimo Señor. Supongo que lo que el arriba firmante pueda decir le importa a usted un carajo; tanto como parece importarle, a tenor de su talante y maneras, la opinión del resto de mis compatriotas; que por cierto son los suyos. Pero usted se desahoga paseando por Doñana, dando escopetazos en las fincas de los compadres o probándose ante el espejo la púrpura imperial, y yo me desahogo dándole cada domingo a la tecla. Cada uno se lo hace como puede.

Quería contarle que estaba el otro día hojeando papeles, cuando encontré un recorte de prensa, viejo de doce años, con su foto y la firma del arriba firmante. Era un reportaje publicado en PUEBLO bajo el título Noche de esperanza. Sólo unas horas antes usted y el PSOE acababan de ganar las elecciones, y yo acababa de regresar de una de esas guerras donde me ganaba la vida. La victoria del PSOE en las urnas era un acontecimiento histórico, así que Chema Pérez Castro, mi redactor jefe, movilizó a toda la tropa para cubrir el asunto. A mí me tocó el ambiente de la calle, por si había follón. No lo hubo. Por el contrario, mi crónica fue un largo relato de explosiones de alegría, de confianza en el futuro, Y terminaba citando las palabras de una joven pareja; «Es una buena noche para tener un hijo».

El hijo, señor presidente, sí lo hubo, tendrá ahora casi doce años. En ese tiempo, los votos que a usted le dieron el poder lograron que por las ventanas de este país entrase aire fresco, y que entre otras cosas se modernizara la infraestructura de obras y servicios, que las mujeres ya no vayan a la cárcel por abortar, y que algunas clases menos favorecidas y los pensionistas lleguen mejor a fin de mes. Todo eso está muy bien y me alegro, porque es exactamente para lo que se le votó. Pero lo que ya no me gusta tanto es el precio que usted nos ha cobrado por ello. Como factura es muy alta, y afecta a nuestros sentimientos y nuestra dignidad. Y eso tiene mucho delito.

¿Sabe una cosa? La Historia y la política tienen comprensibles altibajos. España es un país muy atravesado y muy difícil, y uno hasta sería capaz quizás, de resignarse o perdonar los errores y las bajezas. Perdonar, por ejemplo, como el periodista que fui, que me cerrase PUEBLO a traición apenas se hizo con las riendas del cotarro, y que envileciera la radio y la televisión estatales hasta la indignidad y la desvergüenza. Podría perdonarle también las reconversiones salvajes y las canalladas fiscales de sus sicarios; esos que después de haber puesto el país patas arriba y contra las cuerdas so pretexto de Europa y de la madre que la parió, se fueron de rositas como al final se irá usted, dejando la lista de daños y reclamaciones a cargo del maestro armero. Y podría, puestos a ello, perdonar también todo el compadreo de la gentuza más o menos guapa que, al socaire de la impunidad que su poder absoluto les brindaba, señor presidente, amasaron miles de millones manejando información confidencial y chanchullos varios mientras usted garantizaba su honorabilidad con la suya propia. Gente que una vez pase la tormenta vivirá tan campante con sus cónyuges y sus ahorros y sus porcelanosas, supongo que eternamente agradecidos.

Podría perdonarle también todo lo demás. La sonrisa y los plurales de su ministro Solana, verbigracia. O la abyecta chapuza del GAL. Luis Roldan. Carmen Salanueva. Los fondos reservados, el descrédito de las instituciones. Tirar por la borda, por imprevisión y descontrol, todos los logros antiterroristas de la última década. Podría perdonarle lo de Manglano y Narcís Serra -si eso no es perdonar, que baje Dios y lo vea-. O por hacer que Europa y el mundo nos sodomicen reiteradamente, tanto cuando no tenemos razón como cuando la tenemos. Podría perdonarle estar dispuesto a todo, incluso a salpicar al rey -único salvavidas sin agujerear que nos queda-, comportándose como un conductor irresponsable, borracho, dispuesto a llevarse la monarquía parlamentaria por delante con tal de seguir en la carretera. Podría perdonarle cualquier cosa, ya lo ve. Hasta que mi madre vote ahora al PP.

Hasta que la peseta sea una mierda, y que yo vuelva a avergonzarme, gracias a usted, de ser español cuando salgo por ahí. Hasta podría perdonarle esa cara que se le ha puesto, abotargada de poder y de soberbia. Pero lo que nunca podré perdonarle es incapacitarme para escribir otra crónica como la de aquella lejana noche de esperanza. Porque en estos doce años usted nos ha robado la inocencia.

Hágame un favor. Váyase a hacer puñetas, señor presidente.

9 de julio de 1995

lunes, 3 de julio de 1995

Él nunca lo haría


Un perro ovejero pequeño, feo y valiente, nos tuvo detenidos una vez a varios automóviles durante un rato, porque una oveja de su rebaño estaba rezagada, mordisqueando hierba en la cuneta. Y el chucho seguía quieto en medio de la carretera como un impasible don Tancredo, con un ojo en los automóviles y otro en la mala pécora, sin moverse hasta que la tipa cruzó por fin. Entonces le tiró una rutinaria dentellada a los cuartos traseros y se fue detrás, con un trotecillo chulito y la satisfacción del deber cumplido. Fueron dos o tres minutos en que no se oyó ni un solo bocinazo. impresionados a pesar nuestro, arrancados por un momento a la prisa y la impaciencia, ninguno de los diez o doce conductores detenidos pudo evitar rendir ese pequeño homenaje al valor concienzudo del animal. Aquel chucho era un profesional.

Hay muchas historias propias y ajenas con perros como protagonistas. En un hospital de Lugo, por ejemplo, uno cuyo dueño murió hace siete meses sigue viviendo en la puerta, después de recorrer varios kilómetros persiguiendo la ambulancia en la que su amo agonizaba, llegó exhausto, con las patas heridas por la carrera, y allí continúa, esperando verlo salir. Las enfermeras y los vigilantes del hospital, que ahora le dan comida y lo cuidan, ignoran su nombre y lo llaman Calcetines. Esa es una historia con final feliz, pero otras no lo son tanto. En Borovo Naselje, en la antigua Yugoslavia, una mujer que fue violada por los chetniks serbios ante la pasividad de sus vecinos me contaba que el único defensor que tuvo al escuchar sus gritos fue su perro, un pastor alemán que estuvo peleando en la puerta de su casa y en el vestíbulo y en la escalera hasta que los agresores lo mataron de un tiro.

El mío es un labrador negro, macho, y se llama Sombra. Durante mucho tiempo, cuando el arriba firmante volvía de noche más ñaco y sin afeitar, con una mochila al hombro, de uno de esos territorios comanches donde se ganaba el pan, Sombra salía al jardín enloquecido de entusiasmo, moviendo el rabo y gimiendo complacido, a frotarse contra mis piernas y a tumbarse en el suelo, patas arriba, para que lo acariciase. Nunca tuvo un ladrido a destiempo, un gruñido ni un mal gesto. Se queda ahí, quieto y silencioso, mirándome con sus ojos oscuros y fieles, pendiente de una voz o una caricia. Incluso cuando alguna perra en celo o su instinto de libertad lo llaman lejos y se escapa, y vuelve al cabo de varias horas sucio, sediento y fatigado, con el rabo entre las piernas porque sabe que le espera una buena bronca o una zurra por golfo y por putero, lo hace humildemente, dispuesto a llevarse lo suyo, mirándome con esos ojos leales que te desarman. Ya es viejo -tiene doce años- y morirá pronto, supongo. Es un buen perro y lo echaré de menos. Y estoy seguro de que a mí, que no tengo precisamente una lágrima fácil, ese chucho puñetero me hará llorar.

En fin. Humedades sensibles aparte, todo esto viene a cuento porque hoy es el primer domingo de las primeras vacaciones de verano. Y porque a estas horas, estoy seguro, por las carreteras de este país vagan cientos de perros desconcertados, exhaustos, siguiendo la línea de asfalto por la que se fueron los dueños que los abandonaron. Pues el perro supone un incordio para las vacaciones. Una cosa es el cachorro gracioso para los niños, que se mete en cualquier parte, y otra el grandullón al que hay que vacunar, alimentar, albergar, y que te fastidia, con su presencia incómoda, el viaje en automóvil a la costa, o al pueblo. Así que al abuelo se le mete en un asilo -ya escribí de eso hace un par de años-, y al perro se le lleva a un paraje lejano, se abre la puerta y se le dice, sal, Tobi, juega un poco. Después, el propietario acelera y se larga, sin mirar siquiera por el retrovisor, libre del jodío chucho.

Se acuerdan de aquel anuncio estremecedor, un perro abandonado en mitad de una carretera, bajo la lluvia, sus ojos cansados y tristes, bajo el rótulo: Él nunca lo haría...? Es cierto. Él nunca lo haría, pero buena parte de nosotros sí. Igual usted mismo, respetable lector, que hojea El Semanal en este momento, acaba de hacerlo. ¿Y sabe lo que le digo? Pues que, de ser así, ojalá se le indigeste esa paella por la que van a clavarle veinte mil pesetas en el chiringuito, o se le pinche el flotador del pato y se ahogue, cacho cabrón. Porque ya quisiéramos los humanos tener un ápice de la lealtad y el coraje de esos chuchos de limpio corazón. No recuerdo quién dijo aquello de que cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro; pero es cierto. Al suyo, al mío. A cualquier perro.

2 de julio de 1995