Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 28 de enero de 1996

Mucho sondeo y mucho morro


No sé ustedes, pero en este país fértil en dema¬gogos y gentuza que vive del cuento, el arri¬ba firmante está de encuestas y de sondeos pre-electorales hasta la línea de flotación. Con esto de las elecciones de marzo, y las listas, y, la posibilidad de que unos vengan y otros se va-yan, todo Cristo lleva semanas machacándonos con porcen¬tajes, tendencias, intenciones de voto y pérdida de puntos. Además, como cada cual barre para su casa o la de sus compadres, pues resulta que no hay dos datos que coinci¬dan, y la cosa va de aquí a Lima según el periódico que leas, la radio que oigas o la tele que veas. Eso lo hace todo más variado y divertido, ¿verdad? Más ameno.

Imagino que a quienes viven del elector, o sea, a los maestros de escuela, a los abogados o a los ajusta¬dores de primera, por citar tres ejemplos al tuntún, que hayan pasado estos últimos trece años de ministros o de subsecretarios tirándose el pegote del coche oficial, y el traje de Armani, y esos cien años de honradez que última¬mente mencionan poco, les interesarán mucho las probabi¬lidades que tienen -numerosas, me temo- de verse dentro de mes y medio ganándose otra vez la vida honradamente, como letrados de oficio o lidiando en el colegio con treinta pequeños hijos de puta a los que tendrán que enseñar mate¬máticas de nueve a dos, como antes. En cuanto a los ajusta¬dores de primera, ésos ya no podrán volver a su antiguo lugar de trabajo, porque ellos mismos se lo cargaron desde el despacho cuando oficiaban de palmeros finos en la re¬conversión de su primo Solchaga, así que tendrán tiempo para meditar sobre las encuestas, y la política, y la madre que los parió, en la cola del paro. Lugar que no le deseo a nadie, pero que algunos llevan tiempo ganándose a pulso. Más que nada para que comprueben cómo se siente el per¬sonal mano sobre mano, o viviendo en el mundo irreal de las ayudas, las subvenciones y las limosnas comunitarias que en España sustituyen a los salarios, y que son pan para hoy y hambre para mañana.

En su recelo político-electoral, el arriba firmante sospe¬cha que esa murga de las encuestas sobre intenciones de voto no sirve más que para darle cuartelillo a los prohom¬bres de la patria, que así tienen algo de qué hablar cuando les ponen delante las alcachofas de colorines del telediario.

O para que la llamada oposición eche cuentas sobre cuántos votos va a reportarle su táctica de: oiga, por Dios, la puntita nada más, en unas elecciones que no ha hecho nada por ganar y que tendría mucha guasa que, encima, no ganara. O para calibrar las repercusiones del ejercicio de cinismo que supone la presencia de Narcís Serra y otros beneméritos en las listas, largando por la tele con un cuajo, una impavidez y una soberbia impresionantes, como si aquí no hubiera pasado nada.

Los sondeos también son panal de rica miel para algunos tertulianos radiofónicos polivalentes de los que viven, sin dar golpe, a base de mover la húmeda comentando titulares de periódicos. Y también para financiar algunas empresas que medran -conozco señoras y chaperas que se dedican a tareas parecidas- practicando sexo oral con políticos y par¬tidos. Y también sirven los sondeos para dar de comer a una pandilla de sociólogos cantamañanas -no todos los so¬ciólogos lo son, pero algunos cantamañanas que conozco son sociólogos- que después salen en los arradios y en las televisiones, entre Jesús Puente y San Lobatón, a explicar muy serios, con un rigor científico que te vas de vareta, Mariano, por qué la expectativa de voto en Tomelloso de la Sierra sube medio punto del índice Nikei, o Dow-Jones, o como se llame.

En cuanto a la gente de la calle, al votan¬te de a pie, estoy seguro de que esas encuestas no le repor¬tan ninguna utilidad. Pueden confundirlo, desorientarlo, y ése es, mucho me temo, uno de los objetivos del invento. Pueden incluso, si se trata de un ciudadano lúcido, cabrear¬lo considerablemente al pensar que intentan marearle la perdiz como si fuera tonto. Pero la intención de voto de sus compatriotas, aunque respetable, tiene que importarle un carajo. Lo que cuenta es su intención de voto. La suya pro¬pia. Y el español que a estas alturas de la romería no tenga claro lo que debe votar -si es que va y vota-, ese ya no lo ten¬drá nunca, por más encuestas que le calcen unos y otros. Es lo que faltaba, que fuésemos a las urnas mirándonos unos a otros la papeleta, a tono para no quedar mal con los veci¬nos, pendientes del qué dirán, como si las legislativas fue¬sen una moda o un concurso de la tele. Hasta eso pretenden manchamos de mierda.

28 de enero de 1996

domingo, 21 de enero de 1996

La galera de Lepanto


Pues ocurrió que el otro día, en Barcelona, el arriba firmante acababa de releer las últimas páginas de El buen soldado, de Ford Madox Ford. No tenía más libros a mano -estúpida imprevisión la mía-, así que, hecho polvo, huyendo del aburrimiento y la melancolía como el Ismael de Moby Dick, decidí buscar refugio en el mar y me fui Rambla abajo hasta las Atarazanas, para echarle un vistazo al Museo Naval.

No sé si conocen ustedes el museo de las Atarazanas. La Historia -creo haberlo escrito alguna vez- es la única clave que nos permite interpretar como hombres libres el presente, y cuando todo anda confuso alrededor, uno encuentra fuerzas, ánimo, aplomo para resistir, en sitios con viejas piedras y paisajes inmutables, en recintos como los museos y las bibliotecas. Lugares que no son simples estampas para fomentar el turismo y que las fotografíen ochocientos mil japoneses, sino memoria de los padres y de los abuelos, y de todas las generaciones que nos conformaron la memoria. Con esto quiero decir que cuando entro a un museo, sea español, francés, inglés o austríaco, no voy de visita, sino a mi casa. A buscar mis propias huellas en los objetos que han logrado salvarse del naufragio de los siglos. Soy europeo y mediterráneo, y eso hace que mi estirpe sea dilatada y rica, y que ninguno de los hechos que esas venerables salas albergan me sea ajeno. Nadie, por tanto, tiene derecho a pretender que me sienta extranjero; y mucho menos en un museo naval, cuando el mar es precisamente la más abierta y generosa de las patrias, la más solidaria, la que más une a los hombres de todas cuantas conozco.

Y sin embargo, los responsables de las Atarazanas de Barcelona han hecho todo lo posible por organizar un museo provinciano, paleto, exclusivo y excluyente, donde más que una generosa exposición de esa historia colectiva de que las piezas reunidas en ese museo forman parte -una historia, con lo bueno y con lo malo, que se llama historia de España- lo que hay es una oportunista y calculada selección de objetos ordenados con arreglo a un fin: el de convencer al visitante de la existencia de una historia naval catalana. Cuestión indiscutible, por otra parte, si la enmarcamos debidamente en una historia naval del reino de Aragón y su expansión mediterránea, y en la otra, la más amplia historia naval española, que incluye honorables minucias como la circunnavegación del globo, la empresa de Inglaterra, el descubrimiento de América, el comercio con las Indias, Trafalgar, la lucha contra el turco y la batalla de Lepanto.

Pero resulta que no. Que a las autoridades de quienes depende el museo que, por instalaciones y fondos materiales, podría ser el más importante de España, lo que de verdad les interesa es que los visitantes puedan leer sólo en lengua catalana los rótulos explicativos de cada pieza expuesta. O que cuando se hable de la hazaña almogávar en Bizancio se aluda a ésta como empresa catalana. O que las tres cuartas partes del espacio histórico consistan en una plúmbea exposición a base de fotografías y antiguos registros comerciales sobre temas tan apasionantes como la exportación de los paños de Tarrasa en el delta del Po, el viaje que hizo Jordi Borafull comerciante del Bajo Llobregat, a Túnez para comprar una tonelada de dátiles, o cuántas sardinas pescaban al mes los llaúdes catalanes construidos en Mallorca o Valencia. Todo eso rotulado como: La apoteosis comercial catalana en el Mediterráneo, o La gesta ultramarina catalana en su clímax naval, y cosas así. Y en un museo marítimo que forma parte de un país que tuvo a Juan Sebastián Elcano, los Pinzones, Churruca, Gravina, Juan de Austria, Malaspina y unos cuantos más, el único personaje del que recuerdo haber visto objetos personales, es el general Prim. Que no fue marino, pero era de Reus. Sin embargo, lo más insufrible es ver la pieza maestra del museo: la Galera Real que mandó don Juan de Austria en Lepanto, privada de su contexto, huérfana de todas las connotaciones históricas que podrían enriquecer su presencia impresionante, que tantos recuerdos suscita. Entre muchos otros, el de un pobre y oscuro soldado que se llamaba Miguel de Cervantes Saavedra, que navegó junto a ella y peleó a su vista, perdiendo un brazo, en la más alta ocasión que vieron los siglos.

¿Saben lo que les digo? Si del arriba firmante dependiera, con mucho gusto cambiaría los disputados archivos de Salamanca por la vieja y querida Galera Real, para llevármela a otro sitio. A cualquier lugar donde ni a ella ni a mí, ni al mar que navegó y que también era el mío, nos deshonren la memoria.

21 de enero de 1996

domingo, 14 de enero de 1996

A comerse el marrón


Me pregunto qué habrá sido de aquel profesor de Religión, a quien el obispado de Cartagena decidió no renovarle el contrato por haber contraído matrimonio civil, con una mujer divorciada. Ignoro cómo pudo terminar la cosa, aunque espero de corazón que mi paisano haya encontrado a estas alturas un trabajo mejor y más remunerado. Y, ya metidos en gastos, deseo también que el asunto matrimonial que le costó el puesto laboral vaya, al menos, sobre ruedas. Que ella sea la mujer de su vida y todo eso. Porque si encima resulta que no, es para ponerse ante un espejo y averiguar cómo se dice gilipollas en arameo. Pero estoy seguro de que todo va bien. Cuando un profesor de Religión da semejante paso y se juega los garbanzos, es como cuando un páter cuelga la sotana o una lumi decide hacerse honesta: lo tienen muy claro.

En cuanto a la decisión episcopal, reconozco que es una faena como el sombrero de un picador. Pero -y que me perdone el profesor- si al César damos lo que es del César, a la Iglesia no puede negársele, en este caso, una estricta y justa lógica. Después de todo, el Obispado en cuestión se abstuvo de formular juicios morales o éticos sobre la decisión de matrimoniar con una dama divorciada; pero matizó que el acto incapacitaba al profesor para seguir impartiendo enseñanza específica de Religión y Moral Católicas, que hasta entonces daba en nombre de la Iglesia y de acuerdo con su doctrina. Me dirán ustedes que sí, que vale, que me alegro, pero que Rocío Jurado, sin ir más lejos, se casó por segunda vez y de blanco, y no precisamente virgen, y ahí la tienen, comulgando cada domingo y de tú a tú con la Blanca Paloma que no se puede aguantar -o ésa es Isabel Pantoja, que igual me estoy liando-. Lo que pretendo decirles es que la Santa Madre Iglesia, cuando se la pone en suerte y hay oportuna viruta de por medio, no tiene el menor empacho en mirar hacia otra parte y sacarse de la manga hímenes sin estrenar, y justificaciones y anulaciones a punta de pala. Y que si la flamante consorte del profesor de Religión hubiera disuelto el vínculo previo pagándole la mordida correspondiente al tribunal de la Rota, o al de las Aguas, o cómo se llame el que se ocupa de recomponer inmaculaciones católicas, aquí no habría pasado nada y el marido seguiría explicándoles a sus alumnos cuáles son las virtudes teologales como si tal cosa.

Ahora bien, igual que digo lo uno digo lo otro. Una vez chafado el pastel, el profesor de Religión tiene que comerse su marrón como un hombre que se viste por los pies. Cada uno debe apechugar con lo que hace; y precisamente un especialista en cuestiones religiosas y eclesiales, como se supone es quien se dedica al oficio, debe conocer mejor que nadie los riesgos y contradicciones del asunto. A fin de cuentas, que un profesor de Religión y Moral Católicas se case por lo civil con una divorciada es, salvando las distancias y desde un punto de vista estrictamente canónico, como si Javier de la Rosa diera lecciones de Ética Financiera, mi ex ministro favorito Javier Solana las diese de Coraje Diplomático-Militar, o el presidente González pretendiera jubilarse en el año 2024 como catedrático de Moral Política en la Universidad de Navarra. Que igual sí.

De modo que no tengo más remedio que pedirle excusas al defenestrado profesor, pero en el hipotético caso de que el arriba firmante fuese arzobispo (coyuntura harto improbable por otra parte, pese a los esfuerzos, oraciones y novenas de mi madre, que es una optimista nata y aún espera una vocación tardía o algo así), mucho me temo que, no sin extremo dolor pastoral, habría obrado como el titular de la sede cartaginense. No están los tiempos para ir a vela y a vapor en la nave de Pedro, y menos en esta época de tanto sí, pero no, pero todo lo contrario; cuando todo el mundo milita en la más descarada ambigüedad, y ni los curas se visten de curas, ni las furcias de furcias, o viceversa, ni los políticos se mojan el culo, y ahora resulta que lo del GAL sólo lo sabía el Gobierno y los demás estaban en la higuera, y resulta que antiguamente hubo -con un par de huevos- reyes de Cataluña, y que todos los opresores hijos de puta vivimos al sur del Ebro. Y que lo primero que en este país te dice cualquiera es yo no quería, que me obligaron, o no vayan ustedes a pensar que, o vale, que sí, eres maravilloso, tío, igualito que Kevin Costner; pero hazme el favor de ponerte un condón.

Así que lo siento por mi paisano, pero yo también lo hubiera puesto de patitas en la calle, aunque sólo fuese por cuestión de coherencia. Ya hay demasiada gente en misa y repicando.

14 de enero de 1996

domingo, 7 de enero de 1996

El chinorri de Juan


Estos primeros días de enero, con todo el venid y vamos todos, y los Reyes Magos, y los escaparates de los grandes almacenes y las jugueterías las pocas que van quedando atiborradas con esa mala zorra de la Barbie y demás artilugios engañainfantes, el arriba firmante se ha estado acordando mucho del hijo de su ex amigo Juan. Algunos de ustedes, los que durante cinco años escucharon La ley de la calle en RNE, recordarán a Juan y su peculiar modo de contar las noticias, con aquella jerga y maneras de tipo bronco, taleguero, junto a Manolo el pasma marchoso y Ángel, el choro arrepentido.

Juan era mi amigo, y era un tipo especial. Había estado enganchado a la heroína, y en la cárcel; y dispuesto a regenerarse se comía el mono yéndose al monte a cortar árboles con las brigadas de ICONA, o como se llame ahora. Llegaba al programa inmaculadamente limpio, con la camisa y los pantalones recién planchados por su vieja, que era una santa. A pesar del pasado reciente, Juan era un tipo cabal y cumplidor, fiel a sus amigos y a sus compromisos. Rubito, menudo y con una mirada azul que parecía agua helada, peligrosa. Era un duro de verdad. Tenía en el costado una cicatriz de un palmo -la mojada que una vez le dieron en el talego- y ese andar rápido y oscilante que se adquiere pateando arriba y abajo muchos patios de prisión. Era inquieto, nervioso, susceptible, auténtico, bravo. También tenía un corazón de oro, pero el jaco le habla dejado algún muelle suelto, un punto agresivo que saltaba de vez en cuando y lo hacía liar unas pajarracas terribles. Por alguna extraña razón, en el programa no respetaba a nadie más que a mí; y sólo yo conseguía templarlo cuando se enzarzaba con algún oyente malintencionado, o con un tolai, o con un pelmazo. Nos queríamos mucho.

Los viernes por la noche, después del micrófono, íbamos por ahí de birras y conversación, y él se liaba esos canutos que yo nunca le dejaba fumar mientras estábamos en antena. Supe así de su vida, de sus esfuerzos por mantenerse lejos del caballo, de la soledad y de aquella retorcida dignidad personal, hecha de orgullo desesperado y de respeto a la palabra dada, que él mantenía en alto como una bandera, tal vez porque no tenía otra cosa a la que agarrarse. Había estado casado con una merchera sometida a los códigos estrictos de su clan, y me contaba que ella habla vuelto con su familia, con el hijo que habían tenido, y que ahora no le dejaban ver. Cuando iba a visitarlo, la familia de su mujer se cerraba en banda, le impedían ver al enano, e incluso hubo algún incidente que desbordó las palabras. A veces Juan no podía más y se iba de viaje a ese pueblo de Valencia, o Castellón no recuerdo bien el sitio para, escondido tras una esquina, ver de lejos a su mujer y a su hijo. No tenía un duro, y cuando reunía lo que le pagaban por dos o tres programas, le compraba un juguete al crio e intentaba hacérselo llegar de alguna manera. Recuerdo que un año, por estas mismas fechas, Juan estuvo ahorrando para comprarle un camión con mando a distancia que era decía para rilarse, colega, con todas las sirenas, y las luces, y la hostia. Y yo ofrecí echarle una mano, no sé, dos o tres talegos; y él me miró muy serio y me dijo: mi chinorri es cosa mía, colega, cómo lo ves.

Juan es uno de mis remordimientos. Porque una noche que venía quemado y se le cruzaron los cables en directo y empezó a cagarse en los muertos de un oyente, tuvimos allí, en el estudio, unas palabras. Y ya con el micro cerrado él me agarró por el cuello de la camisa y yo, que también estaba caliente, le dije que me soltara o lo rajaba allí mismo. Y me miró como no me habla mirado nunca muy fijo y muy triste, y me soltó la camisa. Y yo, que seguía caliente, en plan doble, le dije que aquello no era el patio del talego, sino una emisora de radio, y que estaba despedido. Y él se fue, y ya no volvió nunca más, y yo perdí para siempre aquella noche, porque soy un perfecto gilipollas, a uno de los más fieles amigos que tuve nunca. Y sólo mucho después supe, por un tercero, que ese día Juan habla vuelto de Castellón, o de Valencia, con su camión de sirenas y luces que era la hostia bajo el brazo, porque la familia de su ex no le habla dejado dárselo al chinorri. Y por eso iba como iba. Son cosas que pasan.

De aquello han transcurrido dos años y no sé qué fue de Juan. Pero siempre lo imagino con su pelo rubio recién lavado y aquellos pantalones y camisas impecablemente limpios, planchados por su vieja, tras una esquina, viendo pasar al chinorri a lo lejos, de la mano de su madre y los abuelos. Ojalá este día de Reyes haya podido darle el camión.

7 de enero de 1996