Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 31 de marzo de 1996

El taxista y las dos guiris


Salía el arriba firmante por la puerta de llegadas del aeropuerto de Barajas. Confieso que venía de mal humor, porque la jornada era infame. El avión provenía del aeropuerto De Gaulle de París, uno de los más incómodos y con más mala sombra que conozco. Y por mis numerosos pecados, el vuelo era con retraso y en Iberia, lo que intensificaba la crueldad del castigo. Por cierto, ya que viene a cuento la honorable compañía, tengo ganas de llegar un día a Barajas y conseguir bajar a tierra -hace años que no lo consigo- por uno de esos finger o túneles extensibles que te dejan directamente en el interior del aeropuerto, que siempre veo vacíos y muertos de risa, en vez de verme transportado desde el extremo más lejano de las pistas, entre frenazos, en uno de los habituales autobuses de ganado.

Pero a lo que iba. El caso es que en la puerta de llegadas internacionales había taxis. Caminaba yo delante de unas señoras extranjeras, asiáticas, vestida una de ellas con un sari hindú, que cargaban maletas. Para quien ignore los usos de ciertos taxistas madrileños que frecuentan Barajas, resumiré la situación apuntando que mi careto más o menos familiar y mi única bolsa de mano como equipaje, me convertían en cliente poco apetecible -recorrido corto y conocimiento de las tarifas legales- en comparación con la suculenta perspectiva que, a ojos de un taxista desaprensivo, representan dos guiris despistadas, con maletas, que ni conocen las tarifas vigentes ni hablan español.

De no haber ido yo caliente y con prisas, hasta me habría divertido la maniobra. Los ojos del primer taxista se clavaron en las dos viajeras: y cuando me disponía a abordarlo cual me correspondía, el taxista hizo un gesto negativo, señalando el siguiente. Me giré, disciplinado- daba igual un taxi que otro, y justo en ese momento, al volverme, me percaté de la presencia a mi espalda de las dos señoras; así que, por puro reflejo y al verlas cargadas con las maletas, les cedí mi lugar en el segundo taxi que, al parecer, era el primero. En ese momento, el taxista que inicialmente- me había rechazado proclamándose segundo en la fila, cambió de idea y se precipitó a meter en su taxi a las damas. Dudaron éstas, insistí en mi ofrecimiento, se abalanzó el segundo taxista para hacerse con las maletas, protestó el primer taxista, y yo me cagué en sus muertos más frescos. Tras un poco de barullo, las dos guiris se fueron con el segundo taxista, yo tomé un tercero, y el primero se quedó allí mentándome, para no ser menos, a mi santa madre.

—Si le sientan mal las alturas –concluye- no vuele usted.

Yo, arrancando el taxi, le dije que lo que me sentaban mal eran los taxistas, los malas bestias y los sinvergüenzas. Pero fui injusto en el uso de la conjunción copulativa, y pensaba en ello mientras observaba la nuca cabizbaja y malhumorada del tercer hombre que por fin me condujo al centro de la ciudad. Porque en realidad, a pesar de los mañosos de Barajas, los pelmazos que te amenizan el trayecto hablando por radio con los colegas, te copio Mariano y otros diálogos que maldito lo que te importan, o los que conducen coches sucios y mal ventilados que apestan, o insinúan que no tienen cambio cuando sí que lo tienen, o machacan los tímpanos del viajero con el maldito bakalao o el inevitable partido de fútbol, al arriba firmante le caen bien los taxistas. Simpatizo con su trabajo duro, las horas al volante, el aguantar navajeros, pelmazos y todo tipo de caprichos de gente de variado pelaje. Cuando era periodista en lugares incómodos recurrí a ellos con frecuencia, y a veces se convirtieron en mis amigos. Muchas veces los he visto hacer cosas por sus clientes que van mucho más allá de la miserable cantidad que a menudo pagamos por sus servicios: atender con paciencia e interés, suplir con buena voluntad los despistes del pasajero, llevar medicamentos, atender a enfermos, suspender el contador cuando comprenden que han cometido un error que alarga inútilmente el trayecto.

Por eso este fin de semana, tras darle vueltas al asunto, he querido disculparme por mis palabras. Aquella mañana en el aeropuerto me pasé varios pueblos, y lo lamento. No por aquel estúpido ventajista, el primero de la fila, que pretendía elegir viajeros a los que pudiera estafar; sino por el otro, el que por fin me llevó a Madrid, callado y profesional, a quien debí pedir excusas por generalizar y no lo hice. El que, sin duda para darme una lección, se mantuvo en silencio todo el trayecto y sólo al final, entrando ya en Madrid, se inclinó sobre el radiocasette de su coche e hizo sonar las notas de un Allegro giocoso de Brahms.

31 de marzo de 1996

domingo, 24 de marzo de 1996

Los que siempre ganan


Deben de estar durmiendo fatal por las noches. No es fácil pasarse al vencedor cuando no está claro quién lo es, ni por cuánto tiempo. Por eso han bajado un poco el tono, por si los cuatro años se quedan en dos, o en unos pocos meses. Qué distinto oírlos poco antes de las elecciones, cuando la mayoría aplastante del PP parecía cantada, y por ahí andaban, los tíos, en el bar, en el puesto de trabajo, en el taxi. Vamos a ganar, decían. Algunos, los más optimistas, echaban mano al bolsillo y sacaban el carnet del PP, todavía con la tinta fresca, y te lo enseñaban sin empacho alguno. Eran -son- los mismos que te decían hemos ganado hace trece años, despertándose socialistas de toda la vida tras haber sido palmeros finos de la UCD o de lo que hizo falta. Son los oportunistas del día siguiente, los reconvertidos de la mayoría. Los que se apresuran a sacar tajada adulando al vencedor, y luego se limitan a sonreír, prudentes, por si dura poco. Los mierdas que siempre flotan.

Tengo una vecina que se llama Reme y es muy de derechas, militante del PP desde que la cosa se llamaba Alianza Popular. En los últimos diez o doce años, mientras el marido curraba como un hombre de color para ganar pasta y echarle gasolina de 98 al Bemeuve, ella iba a la peluquería y al aerobic y al bodyshop o como se llamen para estar buenísima, y luego poder marcar cacha con mini-falda, bien ceñidita, en los mítines de Aznar o pegando carteles o echándole unos aplausos a Tejero cuando se lo encuentra en Pryca porque ese hombre, digan lo que digan -dice la tía- es un patriota.

Y mi vecina se quejaba el otro día, hay que ver, Fulano de tal y Chichita, su legítima, con quienes dejé de hablarme hace cuatro años, oye, siempre con Felipe por aquí y Felipe por allá, acusándome a mí de nazi y a mi marido de imbécil, y el otro día estoy en el recuento de las papeletas y aparecen sonriendo de oreja a oreja, hemos ganado, dicen, y luego en la fiesta del partido, como te lo cuento, a la hora del champán, que aparecen de nuevo y nos abrazan, y abrazan al alcalde, y nos dicen otra vez que hemos ganado, y van por ahí abrazando a todo el mundo, y yo alucino en colores, te lo juro, qué vergüenza, toda una vida de centro-derecha honrada como la mía para que ahora te vengan los conversos de última hora, a darte por saco. Y luego me entero que también fueron a la fiesta del Pesoe, por si acaso.

Cómo lo ves.

Y yo le digo que cómo lo voy a ver. Que ya iban de lo mismo los guerrilleros de Viriato que se apuntaron a cursos intensivos de latín en cuanto le dieron matarile a su jefe; los que tras contemporizar con los franceses y mirar a otro lado el 2 de mayo de 1808 corrieron después a uncirse al carruaje de Fernando VII -otro que tal- gritando vivan las caenas; los que se proclamaban liberales o conservadores según la partida armada que se acercaba a su pueblo; los heroicos falangistas de última hora que rapaban a mujeres e hijas de rojos y competían a ver quién levantaba más tieso el brazo; los que se autodenominaban sucesivamente monárquicos de toda la vida, republicanos de toda la vida, derechistas de toda la vida. Me refiero a los cobardes que siempre contemporizan: a los que sonríen humildes mientras reciben las bofetadas, a los que sobreviven poniendo a la señora, y el culo si hace falta, a disposición del vencedor. Me refiero a los hijos de puta de toda la vida.

En este país, como en todos, los hay a millares. Siempre más papistas que el papa, dando voces y puñetazos en la mesa, dispuestos a acuñarse una impecable biografía adecuada a la coyuntura. Denuncian a antiguos amigos, salen en las fotos, escalan peldaños en las filas de los vencedores. Algunos, los más avezados en correr como ratas por las cuatro esquinas de la política, obtienen siempre, gane quien gane, prebendas y beneficios. Otros, la mayor parte, suelen conformarse con seguir tirando; con sobrevivir gracias a la bajada de pantalones, el plus, los gestos conciliadores que la cobarde condición humana, la esperanza de lucro, el instinto de supervivencia, hacen para congraciarse con el poder en momentos de cambio, o de crisis.

Compadezco a las mujeres que los miran revolverse en la almohada, de noche; a los hijos convertidos en cómplices que los oyen justificarse a la hora de la cena. Pero sobre todo compadezco a quienes caen bajo su bota; a las víctimas que eligen para probar en ellas su limpieza de sangre, su pureza de intenciones, su honradez y coherencia política, cuando tienen claro qué coherencia política conviene tener. Nada más cruel, más arrogante ni más miserable, que quien pretende hacer olvidar de golpe diez o veinte años de su pasado.

24 de marzo de 1996

domingo, 17 de marzo de 1996

Roberto, el escritor maldito


Es flaco, chupaillo, con ojeras; y en los días de frío en que va tieso de viruta y no tiene ni para tomarse un cortado, se pone su vieja gabardina y una boina negra, y entra en el café Gijón para quitarse el frío junto a la barra, mirando al personal, que es gratis, mientras Alfonso, el cerillero, le da conversación y algún pitillo suelto. El arriba firmante, a quien distingue con una de esas amistades que no elige uno, pero que te caen encima como cadena perpetua, tiene una foto suya donde sale con barba de dos días, desnudo salvo unos calzoncillos, con una funda sobaquera de pistola bajo la axila derecha, un Camel sin filtro en la boca y mirando a la cámara con la frente arrugada y jeta de chuleta guasón. La misma foto sale en la contraportada de una novela flamenca, violenta y con sexo duro Al sur de tu cintura, que le publicó hace meses una editorial de esas marginales; pero allí, en la contraportada, la foto va silueteada y con dianas de tirar al blanco: una en la frente, otra en el corazón, otra justo en la entrepierna, o sea, en la bisectriz del fulano. De momento ha vendido ciento tres ejemplares -«soy el rey del best-seller para minorías, dice- y todavía no le ha disparado nadie. Mas no pierde la esperanza.

Entre una cosa y otra, tiene un talento que le sale por los desgarros del alma, un buen humor inquebrantable y desesperado, y las trazas del perdedor que se mira el careto cada día en el espejo y lo sabe, pero no se resigna. Si un día canta bingo editorial, será famoso. Si no envejecerá entre nerviosas chupadas al pitillo, con ese talante resignado, sarcástico, teñido de mala leche, que trae la certeza de hundirse lastrado por la propia inteligencia mientras alrededor tanta mierda flota. Entre tanto, lee, escribe, y -como el conde de Montecristo- espera y confía. Lo de leer no siempre lo tiene fácil, porque ya les he dicho que suele andar tieso como la mojama; pero siempre hay amigos que le prestan un libro, o se lo regalan. O libreros que le fían, de grado o a la fuerza, que es más bonito. Y a veces no sólo los libreros, sino también los grandes almacenes y sitios así. Conservas, un champú, ya saben. Como él mismo suele decir, es dura la vida del artista.

Una de sus páginas empieza con la frase: «Dios mío, no me ayudes pero tampoco me jodas». Y hay días en que eso es lo único que le pide a la vida. Que no lo joda. Su novia, su chica, su mujer, es una belleza de piernas largas que trabaja como modelo, entre otras cosas porque alguien tiene que meter dinero en las buhardillas o pensiones que van recorriendo a modo de casa; y el problema es que a menudo, después de cada sesión de trabajo, Roberto tiene que ir a buscarla, o andar apartando buitres, o liándose a hostias -es chupaillo; pero si no hay más remedio, bravo- con los fulanos que ignoran que Clara está loca por él. Se la cameló hace cuatro años, cuando trabajaba de camarera en un bar de copas caras, la noche que ella le dijo qué vas a tomar, y él, que iba sin un duro, pidió agua del grifo. Con mucho hielo, si no te importa.

Claro que el sistema no siempre funciona. Le han roto la cara un par de veces, como cuando cierta paliza lo tuvo varios días en un hospital, en coma. Y es que su capacidad para verse acosado por matones, acreedores, caseros y cobradores de recibos resulta proverbial, inaudita. Mientras tecleo estas líneas anda mudándose de un sitio para otro, con un ojo en los cajones donde transporta sus libros y el otro en las esquinas, porque alguien que sale retratado con malas tintas en la novela -uno de sus ciento tres lectores, que ya es mala suerte- anda por ahí, tras el, con la intención de darle un par de mojadas en concepto de derechos sobre propiedad intelectual de su propio personaje. Son gajes del oficio, dice él, estoico. Riesgos del noble arte de la Literatura.

De todas formas, lo que no mata, engorda. Y aunque es difícil que a ese tipo flaco y entrañable lo engorde algo, igual sobrevive a la mala ruina patatera y flamenca que se ha echado encima, y termina esa otra novela que está escribiendo entre fugas, esquinazos y sobresaltos. Una historia de las suyas: dura y negra, nerviosa, bronca, con sexo, humor y ritmo de música en la estructura. Una historia de la que, a veces, entre dos cañas, se inclina sobre la mesa y me susurra un párrafo corto y rotundo como un disparo, antes de quedárseme observando el careto para ver el efecto. Yo lo miro impasible, pido otras dos cañas y no digo nada. El hijoputa. Párrafos que a veces dan envidia, porque son de esos que salen cuando Dios o el diablo sonríen y te ponen la mano en el hombro. Líneas que desearía escribir uno mismo.

17 de marzo de 1996

domingo, 10 de marzo de 1996

Morir como un cerdo


Al arriba firmante suelen caerle bien los defensores de los animales, y comparto con buena parte de ellos la idea de que casi todas las bestezuelas son, a menudo más dignas de salvación que muchos de los seres humanos que vamos por ahí marcando paquete. He hecho mío en esta misma página aquello de que cuanto más conozco a la Humanidad más quiero a Sombra, mi perro; y tengo la absoluta certeza de que si la especie humana se extinguiera sobre la Tierra y sólo quedaran animales, ésta seguiría girando sobre sí misma como si tal cosa, con vida a bordo, más feliz y sin problemas, durante una buena porción de siglos.

Me quema la sangre la barbarie pueblerina de los mozos borrachos que torturan a una vaquilla o una cabra, entre vómitos de vino, so pretexto de la tradición y de la fiesta. Mataría con mis propias manos, en caliente, a los miserables que organizan peleas de perros para cruzar apuestas. No me gustan la caza ni la pesca; detesto a quien dispara sobre un animal indefenso por otro motivo que la necesidad urgente de zampárselo, y desprecio sobre todo al imbécil con mala puntería que deja vivo a un animal herido. En las corridas de toros, que -todos tenemos nuestros rinconcitos oscuros y nuestras contradicciones- ésas sí me gustan muchísimo, no veo con malos ojos que el morlaco empitone de vez en cuando a un torero, porque tales son las reglas del juego; y los toros traen muerte en los cuernos pero también gloria, cortijos y fotos en el Diez Minutos. Y si no, de qué.

Lo que pasa es que todo tiene un límite. Uno de ellos es ese punto, no siempre bien definido socialmente, donde empieza a deletrearse la palabra estupidez. Quizá por eso no me quitó mucho el sueño, e incluso -soy cruel, lo confieso- me arrancó una perversa carcajada aquel episodio de hace un par de años, cuando una guiri defensora de los animales, que protestaba contra las corridas en España, se fue a un encierro con una pancarta, se plantó delante del toro y se puso a acariciarlo, bonito, chiquirritín; y el marrajo, tras alucinar unos segundos con la prójima, la puso mirando a Triana de una cornada. Y es que hay que ser gilipollas. O haber visto muchos dibujos animados.

Uno creía que ése era el limite, pero resulta que no. Que el otro día pongo el arradio y me sale la presidenta de una asociación española de defensa de animales -cuyo nombre no cito por no escarnecer en demasía-, protestando, muy seria, sobre el hecho de que a los cerdos se los cuelgue de las patas traseras y se los degüelle en las matanzas tradicionales de los pueblos. Es necesario, afirmaba convencida la antedicha, que se haga algo para frenar esa barbarie y esa crueldad. El cerdo, sostenía, debe anestesiarse previamente o aturdirse mediante electrocución, para ahorrarle la penosa agonía. Y etcétera.

Yo, lo confieso, tuve dos reacciones al oír aquello. La primera, instintiva en un individuo de mi brutal calaña, fue tirarme al suelo y revolearme de risa durante hora y media. Después, más calmado, vi la luz. No todo está podrido en mi interior -las oraciones de mi madre y del obispo de su diócesis, sin duda- y me dije que, después de todo, las morcillas, la longaniza y el mondongo van a saber lo mismo. ¿Por qué no hacer feliz al cerdo, dulcificándole el sacrificio...? Así que he decidido respaldar a la dama. Y aún diría más. No sólo creo que el cerdo debe ser drogado y electrocutado parcialmente para que sufra menos, sino que además propongo se le transporte al lugar de martirio con gafas de sol para que la claridad diurna no hiera su retina, después de haberle hecho pasar la última noche, tras una buena cena a base de bellota selecta, retozando con una cerda de pata negra, que tengo entendido son insaciables y no te dejan ni para un cortado. Ya en el lugar de autos, al guarro se le dará a fumar un canuto de ketama pura, acompañado por un whiskito, un valium y, a ser posible, una trufa. Y cuando esté por fin espatarrado panza arriba, alucinando en colores y más feliz que la leche, el matarife pro-cederá a degollarlo con toda delicadeza. Y mientras, el tío Nicasio, Ceferino el Insumiso y Mariano Cascorro, concejal de Cultura, le cantarán a coro, imitando a Los Del Río, aquello de cuando un amigo se va, cuando un amigo se va, algo se muere en el alma cuando un amigo se va.

Así, todos los cerdos de Europa querrán palmar en España, y nosotros exportaremos tocino ecológico -Ecobacon- mientras comemos morcillas con la conciencia tranquila. No como ahora, que nos ponemos hasta arriba de gorrino y de jumilla, y luego los remordimientos no nos dejan dormir.

10 de marzo de 1996

domingo, 3 de marzo de 1996

El amante de Almudena Jong


El hombre cuya intuición literaria más respeto en el mundo se llama Antonio Robles, tiene cuarenta y cinco años y fuma en pipa. Como él mismo suele decir a menudo, la suya es una trayectoria profesional lenta, pero segura: hace treinta años empezó trabajando de botones en la editorial que publica mis novelas, y ahora es ordenanza de la misma. Si vas muy deprisa, argumenta, derrapas en las curvas. Y él no tiene prisa, ni maldita la falta que le hace.

Antonio es uno de los fulanos más singulares que conozco. Es de La Carolina, Jaén, donde pasó la infancia cuidando cerdos, gallinas y cosas así, hasta que la vida lo trajo al rompeolas de las Españas, a buscársela. Uno se lo tropieza por los pasillos de Alfaguara, cargado con cajones de libros, ocupándose del correo, del mantenimiento y toda la parafernalia. Cualquier autor de la casa, incluidas las estrellas extranjeras, lo conoce y respeta. Vive solo. O, para ser más exactos, vive en la editorial. Llega a las cinco de la madrugada y se abre a las ocho de la tarde, y a esa hora hace exactamente lo mismo todos y cada uno de los días de su vida: cena huevos fritos con patatas en la tasca de Justino, cerca de su casa en la calle de Toledo de Madrid, y luego se toma sus copas, sobre el mármol manchado de vino de viejos mostradores, con sus compadres El Duchas, La Guiri y el camareta Carlitos.

En cuanto dispone de cinco minutos de calma, Antonio se encierra en su reducto -el pequeño cuarto de la fotocopiadora- y allí lee incansable, libro tras libro. Es un lector patológico, insaciable. Atrincherado allí, entre el humo de la pipa, con su pelo negro y rizado, ya canoso, y la barba semítica que le da un aire venerable de sabiduría mediterránea, acentuado por las gafas sobre la punta de la nariz, impone tal respeto que a veces las secretarias jóvenes no se atreven a interrumpirlo para la banalidad de una fotocopia. Parece un ulema musulmán, un rabino hebreo, un sabio griego, un estudioso veneciano inclinado sobre los textos donde están las claves de la vida, de la muerte y de las palabras capaces de desvelar cualquier misterio. Y es que Antonio es la leche. Igual le da por cascarse a Paul Auster que por leerse el Quijote, y un mes de agosto con poco trabajo se calzó a Faulkner de cabo a rabo, con un par.

Y cuando a las nueve de la mañana alguien se entera de que ha aparecido una crítica o un comentario sobre una novela de la casa en un suplemento literario o unas páginas culturales, puede dar por seguro que a esas horas él se la ha leído ya. Es más: es quien la recorta y te la manda para el desayuno.

Pero lo que de verdad te deja hecho polvo es su olfato para los buenos y malos libros, así como para prever con antelación lo que será un éxito de ventas y lo que no. Cómo será la cosa que Juan Cruz, el baranda de la editorial, con todo su golpe de alto ejecutivo de la literatura, a veces le pasa las galeradas de ciertos libros y después va a pedirle opinión. Él se las lee muy serio, emite veredicto sin darle mayor importancia, y no falla ni una sola vez. Amaya Elezcano, mi editora-machaca favorita, dará testimonio de con cuánto respeto y preocupación le sometió el arriba firmante a Antonio el ordenanza el manuscrito de La piel del tambor, y de cómo aquél nos pronosticó, con muy escaso margen de error, el número de ejemplares que íbamos a colocar en un mes. Incluso, su juicio técnico me hizo suprimir dos líneas de un final de capítulo donde se detallaba cierto acto íntimo de un personaje de la novela. «De masturbarse -dijo Antonio, muy serio- sé más que nadie. Y te digo que en esa postura es imposible». Aquello dio lugar a un animado debate en el que intervino media editorial, analizando pormenorizadamente los detalles técnicos del asunto. Al final, por supuesto, le hice caso a Antonio.

La otra cosa que más le gusta en el mundo, libros aparte, son las mujeres. Es enamoradizo, pero sin suerte, y eso lo convirtió hace tiempo en un solitario que mira los toros desde la barrera, con la leve sonrisa tranquila del que sabe y comprende. Hace algún tiempo ya que dejó de irse de putas porque se aburre: «Las de ahora suelen tener poca conversación -me dice mientras pasa una página de Cuando fui mortal, de aquí mi vecino Marías, el gentleman que tenía todas las almas tan blancas-. Retirado de las lumis, Antonio prefiere, entre el humo de su pipa, recorrer páginas de libros donde puede vivir historias maravillosas con mujeres de bandera como esa que tiene en la cabeza: su mujer ideal. Una hembra, confiesa, con el cuerpo de Almudena Grandes y el coco de Erica Jong.

3 de marzo de 1996