Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 24 de noviembre de 1996

Nos han jorobado

Haberme hecho llorar de pequeño con La dama y el vagabundo, Bambi o Peter Pan, no justifica sus actuales canalladas. Uno, en sus raros días de tolerancia, puede hacer la vista gorda ante el hecho de que, a falta de argumentos propios, los herederos de don Gualterio Disney anden a la caza de historias europeas a las que hincar el diente para que luego los niños hagan cola como gilipollas, y luego se coman las hamburguesas con oferta especial de muñequitos y gorros de cartón, cocacola y patatas fritas incluidas. Incluso puedo tragar, aunque concierta dificultad deglutoria, o deglutiva, o como cono se diga, que mis sobrinas se disfracen de Pocahontas o de Jasminas en su fiesta de cumple -al fin y al cabo, sus madres, que eran muy cursilonas y siempre estaban chivándose de mi hermano y de mí, se disfrazaban de Blancanieves hace treinta años-. Incluso soy capaz de aceptar que los desaprensivos de las distribuidoras cinematográficas españolas sustituyan el nombre de toda la vida, Aladino, por esa soplapollez de Aladdin; a fin, supongo, de que los gringos puedan seguir explotando el copyright y trincar más pasta con las camisetas, y las gominolas, y los cromos, y la madre que los parió.

O sea. Me hago cargo, incluso, de que en un país cuya Historia digna de mencionarse comienza, como mucho, hace menos de doscientos cincuenta años, los recursos narrativos empiezan a agotarse, y hay que echarle un vistazo a esa Europa antigua, sucia, pintoresca y decadente que está allí, en alguna parte entre África y Rusia -¿o está en África?-, al fondo a mano izquierda. Donde hay gente que fríe con aceite de oliva, come bocadillos de chorizo y bebe agua del grifo; e incluso -no te lo vas a creer, Mortimer- algunos se niegan a usar gorras de béisbol puestas del revés, y desayunan sin mirar la tele.

Todo eso, aunque rechinando los dientes, estoy dispuesto a tragármelo; entre otras cosas porque es lo que hay. Si no tengo opción, sobreviviré al hecho inevitable de que los mercachifles de ese país trasatlántico, enorme, poderoso y profundamente analfabeto, con la complicidad de la quinta columna de imbéciles locales dispuestos a venderse al primero que llega, sean quienes dicten la moda y la cultura que nos esperan. Pero lo que bajo ningún concepto estoy dispuesto a admitir sin protestar es que, además, pongan sus torpes manos sobre nuestra literatura, como es el caso de Víctor Hugo y su Jorobado de Nótre Dame, o Nuestra Señora de París, como gusten. Por hablar de su penúltimo y edulcorado producto, en lo que a mí respecta pueden hacer con Pocahontas lo que les salga, que para eso es compatriota suya: casarla o no con el pirata inglés, hacerla terminar sus días bailando el vals en la Casa Blanca o meterla a puta de alterne en Illinois. Pero manipularme al amigo Quasimodo, un francés cabal a quien conocí hace más de treinta años en la biblioteca de mi abuelo, no tiene perdón de Dios. Con magnífica factura técnica y todo lo que ustedes quieran, esos miserables del colorín y la mermelada han convertido una novela fascinante y terrible, escrita en 1831 como un viaje extraordinario y siniestro al corazón de las tinieblas de una Europa medieval supersticiosa, una nobleza ambiciosa y corrupta, en un camelo con final feliz donde, para más inri, Quasimodo hace surf en los arbotantes de la catedral, y el capitán Febo, que en la novela es un militarote de clase alta, vanidoso y estúpido, se nos convierte en héroe de la Resistencia y en paladín pionero -hay que joderse- de la liberté, la egalité y la fraternité.

Me pone los pelos de punta imaginar el futuro que les aguarda a nuestros más entrañables clásicos en manos de semejante gentuza. Ya me contarán ustedes qué jovencito va a leer Nuestra Señora de París después de haberse metido en el cuerpo la película de Disney. Y lo que es peor: el resto de su vida creerá que la historia que escribió Víctor Hugo era exactamente esa, un mundo de lucecitas, y canciones, y colores, donde los malos perecen, los guapos se casan entre sí, y los feos de buen corazón se dan por bien pagados con llevarles el botijo. Tiemblo sólo de imaginar cuando esos golfos apandadores la emprendan también impunemente con La cartuja de Parma, Madame Bovary o El Quijote. Ya veo a Alonso Quijano casado con Dulcinea mientras Campanilla revolotea alrededor y Sancho Panza canta, du-duá, du-duá, doblado por Serafín Zubiri.

24 de noviembre de 1996

domingo, 17 de noviembre de 1996

Desde la terraza

Ya les he contado alguna vez, creo, lo mucho que me gusta sentarme en la terraza de un bar, a ver pasar la vida. Las terrazas de los bares son ojeadero clave, atalaya imprescindible a la hora de mirar despacio, sin prisa, intentando desentrañar los porqués de las cosas y de las gentes. Cada cual se lo monta como puede, y algunos de nosotros necesitamos esas treguas de la vida. Así que procuro utilizarlas. Algunas de mis terrazas son apostaderos fijos, lugares conocidos adonde me encamino sin meditarlo siquiera; y otras veces sitios nuevos, de los que me apresuro a tomar gozosa posesión. Entonces abro un libro, pido un café o un jerez, y leo un rato levantando la cabeza entre página y página. Alguien que pasa, un modo de andar, una mirada, un gesto, unos zapatos, una sonrisa, pueden cobrar de pronto significados apasionantes y reclamar su propia historia, real o imaginada, estableciéndose misteriosos lazos entre lo que lees y lo que ocurre ante tus ojos.

En ésas estaba el otro día, en un puerto del sur, recién desembarcado de un mar sin viento que se rundía con el cielo cubierto de nubes. Un mar quieto, denso y gris como el mercurio, con algunas gaviotas planeando sobre los pesqueros abarloados en el muelle. Releía el primer tomo de El cuarteto de Alejandría, de Durell, reflexionando sobre el modo tan curioso en que cambia un libro cuando lo lees de nuevo, diez o quince años después -aunque tal vez quien cambia no sea el libro, sino tú-. Pasaba las páginas de Justzne, les decía, cuando enfrente se detuvo una pareja. Eran muy jóvenes, con aspecto de estudiantes, a él le calculé dieciocho o diecinueve años. Ella era sólo un poco más joven, y muy guapa, con téjanos y piernas largas. Parecían discutir por algo, y cuanto más sonreía él más enfadada parecía ella. De pronto él hizo un gesto para besarla, y ella apartó la cara, alejándose con brusquedad.

La palmaste, compañero, pensé para mis adentros. Pero me equivocaba. Oí cómo el chico la llamaba: Marisa, Isa o algo parecido. Entonces ella se detuvo a los pocos pasos, se volvió, y no sé qué le vería en la cara; pero caminó de nuevo hasta él, y se abrazaron, y empezaron a besarse con tanto apasionamiento como si fueran a comerse los higadillos. Y él retrocedió hasta apoyar la espalda en la pared, y ella lo empujaba sin dejar de besarlo, y se dieron doscientos besos en minuto y medio, o a lo mejor fue sólo un beso desaforado y magnífico que duró minuto y medio, vaya usted a saber. Y dejé al amigo Durell sobre la mesa y me los quedé mirando francamente, sin reparo alguno, fascinado por la maravillosa escena. Y una dama que estaba con su marido en la mesa de al lado, interpretando mal mi mirada, se volvió hacia mí, y comentó «qué poca vergüenza», creyéndome tan escandalizado como ella de los mordiscos que se atizaban los jovencitos. Y entonces solté una carcajada que la dejó, me parece, un poco perpleja; y me estuve riendo así, en voz alta, un poco más todavía, sin poderme aguantar aquella alegría insolente y vital que me sacudía el cuerpo, mirando a los jóvenes que seguían a lo suyo. Me habría levantado en ese momento para ir a darles, a mi vez, un beso a cada uno, de no tener la certeza de que iban a entenderme mal. Así que me quedé sentado, claro, viendo cómo por fin se iban agarrados el uno al otro por la cintura, besándose todavía de vez en cuando. Y les dediqué un largo sorbo de Tío Pepe. A vuestra salud, Isa, Marisa o como te llames, pensé. Porque un día dejaréis de besaros, o besaréis a otros, o ya no os besará nadie, y seréis imbéciles de corazón seco como aquí, mi vecina la beata Gregoria. O tal vez os rompáis la crisma en una carretera, o se os lleve un cáncer a los cuarenta, o a lo mejor no. Y la vida, que es muy hija de puta, os traerá de aquí para allá, y os dará unas cosas y os quitará otras, y vete tú a saber. Pero lo que nadie podrá quitaros es que esta mañana gris la habéis pintado de calor, y de ternura, y de ganas de comeros el alma el uno al otro. Y ese momento, vive Dios, ha sucedido y ya no os lo podrá arrebatar nadie, nunca. Y cada día, cada hora en que aún podáis besaros así, antes de que llegue cualquiera de los miles de finales que os aguardan, es una victoria arrebatada al azar absurdo de la muerte y de la vida.

Así que anda y que te jodan, vida, me dije. Y aún sonreía cuando abrí de nuevo Justzne y seguí leyendo.

17 de noviembre de 1996

domingo, 10 de noviembre de 1996

Los Napoleones del fin de semana

Hay un brillo inquietante en sus ojos cuando acuden cada sábado a la cita. Llegan uno tras otro, casi furtivamente, con sus cajas y reglamentos bajo el brazo, como los miembros de una cofradía clandestina, dispuestos a poner patas arriba la Historia. Algunos son tipos tímidos, solitarios. En apariencia, incapaces de matar una mosca. Pero fíate y no corras. Bajo su aspecto gris ocultan un corazón de tigre, y cada fin de semana deciden sobre la vida y la muerte de miles de seres humanos. Saben de heroísmo, y de coraje; y de encajar impávidos los azares del destino y de la guerra, tal vez más que muchos de esos militares de verdad que a veces se cruzan por la calle, con su uniforme y sus medallas que a ellos les hacen sonreír disimulada, esquinadamente, con mueca, de viejos veteranos.

Los jugadores de los llamados wargames o juegos de guerra de salón nada tienen que ver con el militarismo, o las ideologías. Del mismo modo que unos juegan al tenis, otros al poker y otros a la herencia de Tía Ágata, los aficionados al asunto, que es una especie de ajedrez pero a lo bestia, reproducen sobre tableros, con las fichas apropiadas, situaciones estratégicas o tácticas de la Historia; y basándose en complicados reglamentos, intentan darle las suyas y las de un bombero a Rommel, por ejemplo, en El Alamein; o compartir gloria con Napoleón en Austerlitz; o dar la vuelta a la tortilla haciéndole la puñeta a Aníbal en Tresino, Trebia, Trasimeno y Caimas. La forma usual es un terreno reproducido en detalle sobre grandes tableros, y allí, con piezas, soldaditos de plomo 0 fichas adecuadas, se desarrollan los acontecimientos históricos y sus variantes, en largas operaciones de un realismo asombroso que llegan a durar horas, e incluso días.

Como masones, los adictos al género intercambian informaciones, reglamentos, experiencias. Hay especialidades, por supuesto: artistas del combate táctico a nivel de pelotón, capaces de batirse casa por casa durante días en los alrededores de la fábrica de tractores de Stalingrado, y genios de la logística que llevan tercios a Flandes por el camino español de la Valtelina entre las diez de la mañana y las ocho de la tarde de un mismo día. A algunos les gusta reunirse en grupos, haciéndose cargo cada uno de un bando, o un cuerpo de ejército, o de una simple unidad de infantería; y otros prefieren habérselas de tú a tú con el tablero o con la pantalla del ordenador, que facilita el juego a solateras. En cuanto a sexo, predomina el masculino; aunque no faltan mujeres como la novia de mi amigo Miguel -el hombre que más cargas de caballería ha ordenado en la historia de la Humanidad-, que es una moza dulce y apacible hasta que el fin de semana, ante el tablero, se transforma en una despiadada y lúcida táctica, capaz de cañonearse peñol a peñol con el Victory, o putear al general Dupont en Despeñaperros hasta que el maldito gabacho pide cuartel y misericordia.

Son la leche. Cuando los ves descargar adrenalina en sus excitantes aventuras semanales, compruebas asombrado cómo se transforman ante el tablero para compensar otra vida a menudo monótona, tal vez insustancial. De pronto, inclinados sobre los hexágonos del mapa, considerando los factores de movimiento entre Washington y Gettysburg o la potencia de fuego de una división panzer en los campos embarrados de Smolensko, aflora toda la seguridad, toda la pasión, todas las cualidades buenas o malas reprimidas en el día a día: abnegacidades, buen juicio, crueldad, rapidez, inteligencia, egoísmo, iniciativa, sacrificio. Y comprendes que resulta imposible saber lo que cada ser humano, incluso el de apariencia más torpe, bondadosa, malvada o gris, atesora en su corazón o en su cabeza.

Y además, comprendo el placer personal intenso, fascinante, de hacerle trampas a la Historia. De romperle los cuernos a Bismarck en Sedán, o destrozar por fin los cuadros escoceses en Waterloo. O volver a la oficina el lunes por la mañana y dirigirle al imbécil de tu jefe una sonrisa enigmática que él nunca entenderá, ignorante del momento de gloria infinita que viviste a las tres de la madrugada de ayer, cuando, tras doce horas de combate, encendiste con mano temblorosa un cigarrillo para contemplar desde el alcázar del Santísima Trinidad, entre los mástiles derribados y los pasamanos hechos astillas, cómo ardía la escuadra inglesa frente al cabo Trafalgar.

10 de noviembre de 1996

lunes, 4 de noviembre de 1996

Ese párroco lo pago yo

No descubro nada al afirmar que el arriba firmante no es precisamente un meapilas. Quiero decir con eso que nadie puede imaginar, a tales alturas, que un exceso de fervor religioso inspire esta página. Salvo en casos de necesidad profesional -mi última novela- o de placer personal -misa en latín, iglesia bonita, necesidad de descanso o reflexión- no piso suelo sacro desde que Franco era cabo. De modo que, establecidos los límites de la cosa, puedo confesarles algo: cada año, a la hora de hacer la declaración de Hacienda y asignar el 0,5 por ciento, bien al sostenimiento de la Iglesia, bien a otros fines de interés social, pongo mi crucecita en el apartado referente a la Iglesia.

Sin duda, al revelar esto, acabo de darle una alegría a mi madre. Pero le aconsejo que no eche las campanas al vuelo ni se gaste alegremente la mierda de pensión que le paga el Estado en misas de acción de gracias, porque no se trata de que su descreído hijo haya visto la luz y vuelva a la recta senda. En realidad, a pesar de esa crucecita que pongo en el impreso, soy de la opinión de que a la Iglesia Católica en España deberían sostenerla, como ocurre en otros países europeos, las exclusivas aportaciones económicas de sus fieles. Diezmos y primicias, ya saben, cada cual en la medida de lo que puede. Que, por cierto, algunos pueden, y mucho. Pero en España, país donde los católicos practicantes siguen siendo numerosos, se da la curiosa circunstancia de que se llenan las iglesias los domingos; pero, aparte los veinte duros de la colecta, a la hora de rascarse el bolsillo casi todos miran para otro lado, como si pretendieran que el consuelo del alma y la vida eterna les salieran gratis. Así que menos lobos, Caperucitas. Que aquí todo el mundo se marca el folio pero luego no suelta un puto duro. Igual que mucho defender la vida y la concepción y la familia, pero a ver cuántas familias católicas españolas tienen siete hijos.

Pero a lo que iba. En cuanto a la alternativa que plantea el Estado para lo del 0,5 por ciento, tampoco es que el arriba firmante tenga nada en contra de las organizaciones no gubernamentales.

Algunas son admirables y necesarias, y otras auténticas payasadas —una se llama, literalmente, Payasos sin fronteras— pero, bueno, allá se lo monte cada cual.

Lo que ocurre es que, me guste o no, he nacido en España y la cultura y memoria histórica que pueda tener son españolas. Y tanto para lo malo como para lo bueno, la Iglesia católica forma parte de esa cultura y de esa memoria. Del mismo modo que defiendo la conservación de un museo, de una biblioteca, de aquellos lugares, paisajes y símbolos donde el hombre encuentra las claves de lo que fue y de lo que es, creo necesario defender, de algún modo. La explicación de que mis conciudadanos y yo seamos como somos, y no de otra forma. En este caso lo de menos son las creencias. Puedo no entender la música, pero me gusta que haya un Liceo. Puedo no amar la pintura, pero comprendo la necesidad de que exista el Prado. Además, mis amigos, mis vecinos, mis antepasados, aman o amaron la música, la pintura, o lo que sea: y la necesitaron, y la necesitan, para hacer mejores sus vidas.

Pero aún hay más. Del mismo modo que es posible no creer en una bandera, pero respetarla en memoria de los hombres y mujeres que sí creyeron y muñeron por ella, creo que Ángel Ganivet —cuyo Idearium español fue tan manipulado por el franquismo— acertaba al escribir, va a hacer ahora exactamente cien años, aquello de: «Habiéndonos arruinado en la defensa del catolicismo, no cabría mayor afrenta que ser traidores para con nuestros padres», lo que, bien entendido, no significa regodeo en la reacción y el fanatismo que nos convirtieron en la desgracia pública que somos, sino simple conservación de una memoria propia; de un pasado que, bueno o malo, es el nuestro. Un pasado del que el tiempo y el sentido común atenúan los aspectos siniestros para incluirlo en la categoría práctica de los símbolos y las referencias: mientras haya Iglesia católica podré seguir entendiendo por qué España es lo que es, y no otra cosa. Y seguiré a salvo de la peligrosa desmemoria del huérfano, siempre a merced del gringo, el bonzo Hermenegildo o el primer charlatán que venga a darme por saco y a llamarme hijo. (Así que dile a tu párroco, mamá, que no me dé las gracias por ese rumboso 0,5. En realidad lo pago para mí).

3 de noviembre de 1996