domingo, 23 de febrero de 1997

La breva madura

Miro una foto del ministro español de Asuntos Exteriores dándole sonriente la mano a su colega británico, y me pregunto de qué diablos sonríe don Abel Matutes. Habida cuenta, sobre todo, de que el inglés acaba de decirle que esa sugerencia de compartir la soberanía de Gibraltar durante cien años de cara a una futura devolución de la cosa, se la puede ir metiendo España por donde le quepa. Por su parte, el ministro guiri también sonríe, mirando a los fotógrafos como diciéndoles: no sé si habéis oído la propuesta de este soplagaitas. En cuanto a Matutes, parece que está mirando al inglés; pero en realidad también mira a los fotógrafos de reojo, consciente del papelón. Se trata de esa sonrisa fija, rictus conciliador y desesperado, que hizo famosa su antecesor don Javier Solana; y que parece la marca de fábrica de todo ministro español de Exteriores cuando acaban de sodomizarlo -perífrasis diplomática- los representantes de alguna potencia extranjera.

En cuanto a Gibraltar, pues bueno. Como individuo cuya memoria histórica pertenece a un lugar llamado España, me cabrean las circunstancias en que la pérfida Albión se apropió y repobló ese peñón que algunos idiotas de aquí, jugando el juego inglés hasta en esa chorrada, suelen llamar la Roca en los papeles. Me mortifica la mala fe británica, el cinismo y la poca vergüenza que en este asunto, como en tantos otros, ha utilizado Inglaterra como herramientas. Y se me cae la cara al pasar revista a la lamentable gestión de nuestra diplomacia, desde los mierdas con encajes que firmaron el tratado de Utrecht en 1713 a la mueca desolada de don Abel, sin olvidar el "ahora, a por Gibraltar" de don Francisco Franco, y aquella "breva madura" de la que hablaban sus más eximios ministros y generales.

Lo que pasa es que las cosas son como son. La diplomacia española fue torpe echándole el cerrojo a la frontera y torpe abriéndola, sin que en ninguno de los casos supiera sacar partido a la coyuntura. Y ahora, tal y como está el patio, cuando precisamente con un gobierno de derechas -tiene guasa la cosa- acabamos de descubrir que España no existe y que hemos vivido una sombra, una ficción, durante los últimos treinta siglos, cuando los hombres de hierro que rigen nuestros destinos sólo son capaces de ponerse gallitos con Cuba y asumen con alegría el papel de palanganeros de Estados Unidos y de la Otan, y cuando en Canarias van a mandar los militares norteamericanos, en Galicia el mando portugués, en el Estrecho Londres, en el Mediterráneo los italianos y en Madrid los alemanes del Cuarto Reich, no van a ser precisamente los sólidos compadres de don Abel los que recuperen Gibraltar así, por las bravas. De modo que, a estas alturas de tan lamentable feria, la pregunta que uno se hace es si no hay otras cosas más importantes en las que perder el tiempo.

Los gibraltareños, vayan y échenles un vistazo, viven como sultanes. Han colonizado el campo de Gibraltar y creado, con la complicidad indígena, una infraestructura llanito-británica cuya influencia llega hasta Málaga. Se pasan por el forro, impunemente, un mínimo de 50 normas de la Comunidad Europea. Querían que España aceptara sus pasaportes, y lo han conseguido. Quieren que se les acepte el DNI local, y se les aceptará. Quieren código telefónico propio, y lo tendrán. Y además no quieren ser españoles, cosa que me explico perfectamente en una Europa donde ser español es sinónimo de limosnear y poner el culo, mientras que ser inglés permite estar en misa y repicando. Conclusión: España tiene las mismas posibilidades de recuperar el Peñón que Isabel Gemio de ganar una beca Erasmus.

Pero, en fin. Con los gobiernos autonómicos imprimiendo para sus escolares libros de Historia, y de Lengua, y de Literatura, donde no sólo no figura Gibraltar, sino que ni siquiera figura el resto de España, ¿a quién carajo le importa un peñón más o menos? Así que es preferible que nuestra diplomacia emplee su tiempo en otros asuntos. Que en cuanto a peñones, colonias, plazas de soberanía o lo que sean, bastante ocupados vamos a estar dentro de poco entregando Ceuta y Melilla -gratis- a un Marruecos islámico, que en vez de pateras nos va a mandar muyaidines. Así, por mí, que Inglaterra, el Orejas y los llanitos se queden Gibraltar, y le pongan encima un anuncio luminoso de Winston y una foto de Lady Di. Que ya está bien de tanto hacer el gilipollas.

23 de febrero de 1997

domingo, 16 de febrero de 1997

Somos así, señora

Hay que ver. En este país ya ajustan cuentas hasta las quinceañeras. Resulta que a una jovencita sevillana, más bien aparente, que por lo visto quiere ser modelo y trae locos a los compañeros del instituto, un grupo de mozas de su edad le dieron el otro día las suyas y las de un bombero, para bajarle los humos y que no vaya a creer que todo el monte es orégano. Todo eso porque, hasta que le arreglaron el cutis a puñetazos y mordiscos, la desventurada era guapa. Y ocurrió a la salida del colé, ante doscientos testigos que miraban. Qué bonito y qué tradicional, piensa uno, comprobar que los jóvenes cachorros apuntan ya las maneras de sus mayores. Es conmovedor que los viejos hábitos nacionales, que tanto juego histórico dieron en el pasado, se perpetúen así en las nuevas generaciones. Y que la envidia, el linchamiento público, la pasividad dominguera y criminal de los que miran, todo tan español y tan nuestro, se ejerzan todavía como antes, como toda la vida, desde la más tierna infancia.

Se quejaba no hace mucho mi vecino Marías de la cantidad de enemigos y odiadores furibundos que, sin haberlos visto ni hablado con ellos en la vida, le salen en este país a cualquiera a quien las cosas le vayan medianamente bien. Y es muy cierto. La envidia no es que sea el primer pecado capital de los españoles, sino que sigue siendo bandera de la mayor parte de los odios que aquí circulan en todas direcciones. Un coche lujoso, una mujer inteligente o atractiva, un marido triunfador, un éxito de cualquier tipo, desencadenan de forma automática una maraña de rencores y descalificaciones a las que todos nos sumamos con alegría desaforada. Gente con quien no te has cruzado jamás puede ponerte de vuelta y media, y estremecen las cosas que sobre tu vida y milagros circulan en boca de gente que te jura saberlas de buena tinta. Y no digamos si la víctima que se nos ofrece es víctima caída, árbol de leña fácil. En tal caso, hay bofetadas por conseguir silla de pista y un hueco por donde meter la mano para asestar la cobarde cuchillada personal en mitad del tumulto. En especial si el objeto del linchamiento tuvo la desgracia de gozar, en algún momento de su vida anterior, de la simpatía o el apoyo popular. En tal caso la ejecución pública toma caracteres de auténtica orgía nacional, en este país donde damos garrote vil con el mismo entusiasmo, pelo a pelo, con que minutos antes hemos estado aplaudiendo a rabiar. ¿Maldad? No. Impulso atávico, tan sólo. Manera de ser. España y nosotros somos así, señora.

Hace unos días se descartó aquel proyecto policial de archivar los datos procedentes de sospechas y denuncias, y no sé si se hacen idea de la que nos libramos con tan prudente carpetazo. Porque en Alemania -por decir algún sitio- cuando uno denuncia al vecino porque tiene alto el televisor, igual que hace poco delataba al judío del tercero izquierda para que las SS -que tienen RH casi tan impecable como el de don Xabier Arzalluz- con convirtieran en jabón Lagarto, lo hace siempre por motivos elevados: mantener la disciplina ciudadana, el bien común, la pureza de las razas superiores y cosas así. Pero es que los alemanes son ejemplares ciudadanos, espirituales y con muy altas miras. Además, les encanta el paso de la oca. Mientras que, en España, los archivos policiales iban a llenarse de denuncias miserables sobre vecinos con mujeres guapas, bemeuves, novios con buena posición, éxitos financieros, cinematográficos, televisivos o editoriales. Es que a saber de dónde ha sacado ese crédito. O ese vi-són. O esa rubia. O esa oposición. O esa barbacoa. Y eso de que Fulano es pederasta, habría que verlo. ¿Cómo va a ser pederasta si no tiene ni el bachillerato, y además es maricón?

En la antigua Roma, cuando un miles gloriosus despachaba a unos cuantos centenares de bárbaros y tenía derecho al Triunfo, un esclavo sostenía sobre su cabeza la corona mientas le repetía una y otra vez al oído: "Recuerda que eres mortal", para que no se le fuera la olla. Y tener certeza de esa mortalidad resulta saludable, El éxito, la suerte, cualquier otro hecho a destacar, acarrean legiones de odiadores públicos y secretos, al acecho del momento en que pises la piel de plátano que la vida, tarde o temprano, te pone siempre en el camino. Tener esa certeza es como navegar con un ojo en la mar y otro en las velas y el viento: ayuda a mantenerse vivo. Aquí, el mejor antídoto para evitar que el éxito se suba a la cabeza es la conciencia terrible de que ese éxito se está teniendo en España.

16 de febrero de 1997

domingo, 9 de febrero de 1997

La cultura de la presunta química

Hace unos días, zapeando con la tele, me topé con un informativo donde una redactora se refería al Santo Sepulcro como "el lugar donde presuntamente está enterrado el cuerpo de Cristo". Confieso que me quedé inmóvil, con el mando a distancia en la mano, mirando la pantalla con cara de gilipollas. Así, por el morro, la redactora había resuelto en dos palabras uno de los dogmas que durante veinte siglos han llevado de culo a los teólogos y a la Iglesia. Pero ojo: por si acaso, la astuta pécora había expresado su cautela profesional con el presuntamente -ahora todo es presunto: un terrorista, una navaja, un cadáver, un ex presidente González- para no pillarse los dedos. No vaya a ser que el cuerpo enterrado allí no sea de verdad el de Jesucristo, se diría la moza, y la caguemos. Vive Dios.

Total. Que después aprieto el botón y me doy de bruces con don Xabier Arzalluz en otro telediario, amenizándome la cena con uno de sus apasionantes acertijos de cripto-ambigüedad a base de nosotros y ellos; y cuando estoy en plena faena de darle al caletre para averiguar si yo soy de ellos o soy de nosotros, o lo que soy es un paria de la tierra, hete aquí que oigo al suprascrito referirse, muy serio, a la cultura de los pactos. Eso suena sólido, definitivo, incluso erudito. Ahí sí tengo algo a lo que agarrarme, así que salto como una bala rumbo a la biblioteca, cojo el diccionario de la Real, y leo: "Resultado o efecto de cultivar los conocimientos humanos y de afinarse las facultades intelectuales... Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grados de desarrollo artístico, científico, industrial...". Con el diccionario todavía abierto sobre la mesa me rasco, perplejo, la coronilla. Cultura de los pactos. Así está la cultura, me digo. Y los pactos.

Cambio de canal, y encuentro a don Julio Anguita, siempre tan políticamente correcto y tan recto de miras, dirigiéndose a los compañeros y compañeras en flagrante asesinato del uso lógico de los géneros en la lengua castellana, a fin de que nadie lo acuse, supongo, de sexista. (Eso me lleva, por cierto, a recordar, que después de haber impuesto socialmente términos como ministra, o jueza, masculinizando por el morro lo que –a pesar de su justificación latina en el primer caso-, siempre fueron términos de aceptado uso neutro como ministro, juez, etcétera, ya va siendo hora de que seamos consecuentes con nuestra propia estupidez y adoptemos también los términos políticamente correctos de caba, sargenta, pilota, o albañila, por ejemplo, que tan feliz harían a la ex ministra Cristina Alberdi, notoria paladín de la cosa).

En fin. Pulso de nuevo el botón, y de pasada escucho a un comentarista deportivo referirse a "la filosofía desarrollada en el partido de ayer entre el Hércules y el Barca, cuyo déficit...". Y me digo: atiza. Qué nivel, Maribel. Sobre todo habida cuenta de que el diccionario que aún tengo sobre las rodillas define la palabra filosofía como "Ciencia que trata de la esencia, propiedades, causas y efectos de las cosas naturales... Conjunto de doctrinas que con este nombre se aprenden en los institutos, colegios y seminarios...". En cuanto al déficit, prefiero no remover el hierro en la herida; así que cierro con suma prudencia el diccionario, zapeo de nuevo y me encuentro allí, en la tele -nunca lo adivinarían ustedes- a don José María Aznar, sí, en persona, impecable, sereno, torero, firme timonel, quien a la pregunta de un periodista sobre "¿Qué tal ha funcionado la química con Helmut Kohl?", responde, certero, sin despeinarse: "Bien, sin ningún tipo de problemas". Y es que la química, ya saben ustedes, siempre es la química. Más claro, H2O.

De cualquier modo, ahora que lo pienso, la utilización de todos esos términos, y de tantos otros que parecen valer lo mismo para un cocido que para un estofado, tiene la ventaja de que son intercambiables. Todoterreno, podríamos decir para estar a la altura del asunto. Por ejemplo, el presidente del Gobierno podría haber dicho que la filosofía con Helmut Kohl funciona sin ningún, tipo de problemas, el comentarista deportivo referirse a la cultura de la confrontación entre el Barca y el Hércules, y don Xabier Arzalluz argumentar que los pactos no funciona por falta de química entre ellos y nosotros. O mejor -esa última afirmación suena, quizás, excesivamente concreta y políticamente incorrecta- por presunta falta de química entre ellos y ellas, y nosotros y nosotras.

9 de febrero de 1997

domingo, 2 de febrero de 1997

Hola, estoy en el AVE

Iba el arriba firmante en el AVE, camino de Sevilla, leyendo la entrevista que El Semanal le hizo a mi ex ministro y secretario general de la OTAN favorito, don Javier Solana. Y justo al llegar a sus dramáticos recuerdos de cuando fue espantosamente tiroteado en Sarajevo, y aquella noche infernal, dantesca, que pasó sin luz ni agua en el hotel Holiday Inn en 1995 -la guerra de Yugoslavia empezó en 1991, y él se había pasado cuatro años dándoles palmaditas en la espalda a los serbios y asegurando que aquello estaba resuelto, sin que ninguno de los que éramos tiroteados cada día lo viéramos asomar por allí-, justo cuando llegué a ese heroico párrafo, digo, y estaba a punto de tirarme por el suelo de risa, sonó un teléfono móvil y rompió el encanto de la cosa.

Si hay algo que detesto es un local cerrado cuando empiezan a sonar los teléfonos móviles y el personal se pone a contar su vida sin el menor pudor. Lejos de caer en la cuenta, además, de que el único teléfono práctico de verdad es aquel cuyo número no conoce nadie. Y que a alguien verdaderamente poderoso no lo llaman nunca, porque es su secretaria la que incordia a otros desde la oficina; mientras que quienes responden en mitad de un viaje, o un almuerzo, o en mitad de la calle, sólo son desgraciados y tiñalpas cuyos jefes les tienen hipotecado hasta el tiempo libre, o rasca-puertas que para ganarse el pan tienen que estar todo el día dale que te pego, o exhibicionistas más tontos que una mierda. Que es otra variedad, la del parlanchín compulsivo por el morro que el arriba firmante se ofrecería voluntario con gusto para ejecutar masivamente al amanecer.

El caso es que aquel día de autos, o de AVES -reconozco que es un retruécano imbécil-, rompió el fuego telefónico un fulano empeñado en explicarle a un presunto socio que ciertos recambios de una conocida marca de automóviles estaban disponibles en Jaén, especulando sobre si llegarían o no a tiempo para que los recogiese López; apasionante tema que nos tuvo a todos los pasajeros del vagón pendientes de un hilo, hasta que otro bip-bip-bip y otra llamada desviaron nuestra atención al extremo de la fila de asientos, donde una individua con aspecto de ejecutiva segura de sí se puso a contarle a una tal Montse algo sobre un reciente viaje a Cuba, al parecer turístico. A la altura de Puertollano la ejecutiva seguía amorrada al asunto, y López debía de haber tomado el control de la situación en Jaén, porque el de los recambios leía ahora el periódico y había sido relevado dos asientos más atrás por un italiano que era -lo juro por mi santa madre- idéntico a Torrebruno, y que interpelaba, en su lengua y con potencia de barítono, a alguien llamado Mario. La ejecutiva seguía a lo suyo, poniendo a parir, por cierto, a un tal Aguirre, que, dedujimos todos por el contexto, era o su jefe o su marido o algo así -por cierto, Aguirre, si lees estas líneas, pongo en tu conocimiento que ella te la está pegando, bien con una empresa de la competencia, bien con un tío de Málaga-. En fin. Estaba yo atento, tendiendo la oreja a ver si podía averiguarlo a pesar de los gritos que daba el italiano, cuando mi vecino de asiento, contagiado sin duda por el ambiente, sacó otro móvil y marcó un número.

No sé si se hacen cargo de la situación. Hasta ese momento, mi vecino -un tipo de mediana edad y aspecto amable- y yo nos habíamos mirado con esa especie de solidaridad de las víctimas unidas ante lo adverso. Y de pronto, igualito que en aquellas películas de invasiones extraterrestres en que al final uno descubre que a su amigo Johnnie le han injertado un chip en un huevo y es un alienígena camuflado, comprobé con horror que también mi vecino era uno de ellos, como Donald Sutherland en La invasión de los ultracuerpos «¿Cómo están los niños?», dijo. Así que me levanté, dispuesto a hacer pipí, aprovechando para darme a la fuga. Al pasar junto a la ejecutiva susurré: «recuerdos a Montse», y me miró con mala cara, como preguntándose de qué va este gilipollas.

Volví a los tres minutos. Mi vecino de asiento, una vez recabada la información sobre el estado de los niños, marcaba un nuevo número. «Hola. Estoy en el AVE», dijo. Y yo me partí la uña que estaba mordiendo con desesperación. Al fondo, la ejecutiva y Montse seguían a lo suyo, y Torrebruno le contaba a Mario algo sobre los spaghetti de la Mamma.

2 de febrero de 1997