Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 30 de marzo de 1997

Cerveza tibia

La cerveza estaba tibia. Lo había dicho alto y bien clarito el portavoz Norberto Gamboa: «Hacía muchísimo calor, la cerveza estaba tibia, y aquel chico se les iba». La cerveza -según comprobó minutos más tarde el juez estaba, en efecto, tibia. Seis horas después, en su intervención parlamentaria de urgencia, el ministro Tomás Retortijosa, titular de Interior, hubo de rendirse a la evidencia: era agosto, hacía un calor tremendo, el chico había pedido una cerveza fría, y por una inexplicable negligencia, el policía que en ese momento cantaba rancheras para obligarlo a confesar dejó la guitarra a las 16.30, abrió el frigorífico a las 16.32 y le entregó una San Miguel tibia -«no demasiado fría», fue la versión oficial cínicamente sostenida por el ministro- a las 16.34. El hecho de que el negligente policía y su inspector jefe se encontrasen ya, a la hora de la comparecencia del titular de Interior, cantándole rancheras a la foca Peluso tras su traslado fulminante a la comisaria de Islas Chafarinas, no bastó para templar gaitas. Ni tampoco el hecho de que, por las restricciones de presupuesto, la comisaría sólo tuviese electricidad para el frigorífico y para todo lo demás de diez de la noche a siete de la mañana, amén de patrullar los maderos en sus coches particulares y pagar a escote la gasolina.

Pero lo peor fue lo de la uña. Y ahí se vio en apuros el ministro Retortijosa a la hora de aclarar el asunto. Los hechos que expuso, sin llegar a convencer a nadie, fueron los siguientes: a las 15.22, después de pegarle el tiro en la nuca a una víctima común cuyo nombre no venía al caso (hubiera sido echar más leña al fuego), el chico se dio a la fuga, o tal vez sería menos peyorativo decir que se replegó, corriendo hacia la esquina de las calles Ekintza e Iraultza, donde a las 15.26 se encontró («casualmente, matizó el ministro) con dos policías nacionales jóvenes e inexpertos. Nada habría ocurrido si el chico hubiera seguido replegándose con cierta discreción. Pero hay que tener en cuenta que corría con una 9 Parabellum en la mano, dando los gritos de rigor, y además al pasar ante los policías los llamó cipayos y txakurras, o sea, perros. Así que, heridos en su amor propio (en este punto, el móvil claramente personal de la cosa fue muy abucheado por los indignados compañeros del portavoz Gamboa), los policías procedieron a la detención del chico. Quien, en indudable ejercicio del derecho a la libre circulación de personas y cosas, se resistió a ello a hostia limpia (a él se le había encasquillado el fusko, y a los policías les tenían prohibido usar los suyos salvo para suicidarse en caso de verse rodeados y que fueran a capturarlos vivos) durante un periodo de tiempo comprendido entre las 15.26 y las 17.45.

Ahí se produjo, admitió el ministro, el desgraciado incidente de la uña rota. Y muy a su pesar, Retortijosa hubo de reconocer que el hecho de que los dos policías nacionales fuesen encapuchados, con gafas de sol y máscaras, respectivamente, del pato Donald y Pocahontas, y las máscaras y los pasamontañas y las gafas de sol les obstaculizasen la visión, no podía considerarse atenuante válido para el hecho incontestable de que en el forcejeo le rompieran una uña al chico en el momento de ponerle las esposas. Que el ministro de Interior admitiese lo de la uña fue saludado por el grupo del portavoz Gamboa con silbidos y gritos de «dimisión, dimisión» y «váyase, señor Retortijosa». Y acto seguido, en su turno de réplica, el portavoz puso los puntos sobre las íes. Por muy equivocados que estén estos chicos, argumentó, a la policía se la entrena, señor ministro, para que ponga las esposas a la gente sin romper uñas ni romper nada. Y -añadió, enérgico- un chico está siendo salvajemente torturado por la sed, en una comisaría y en agosto, y pide una cerveza fría, se le da la cerveza fría, y en paz. Porque eso de la cerveza tibia y la uña rota nos recuerda sospechosamente otros tiempos y maneras, que todos tenemos en la memoria y que mi grupo parlamentario no cita directamente porque está feo señalar. «Además, la cerveza estaba tibia y yo sé lo que me digo», se reafirmó Gamboa con aire de quien no cuenta todo lo que sabe, mientras sus compañeros de partido se daban con el codo unos a otros. Muy bueno lo tuyo, portavoz. Dales caña. A nosotros nos la van a meter doblada estos hijoputas, o sea, ellos.

30 de marzo de 1997

domingo, 23 de marzo de 1997

Sobre cachorros y niños


Una vez tuve un amigo negro, silencioso y fiel como una sombra, al que, a pesar del tiempo transcurrido desde que se durmió en mis brazos, todavía sigo buscando con la mirada cada mañana al despertarme, en su rincón favorito del jardín. A veces sueño con él; y otras veces, despierto, imagino que se encuentra en ese lugar magnífico -un prado cubierto de flores hermosas- donde van a descansar los perros buenos y valientes: allí donde sólo hay agua limpia y fresca, huesos con mucho tuétano y perras guapas que siempre están en celo. Ya sé que como paraíso canino suena algo prosaico, pero estoy seguro de que cualquier perro prefiere eso a un sitio lleno de ángeles tocando el arpa y bibliotecas con las obras completas de Marcel Proust.

Desde hace unos días, está de nuevo en casa. Algo cambiado, es cierto; pero no cabe duda de que es él. De pronto se le han quitado de encima los achaques de trece años de vida, esa pesada y dolorida torpeza de los últimos meses que pasamos juntos. Sus ojos melancólicos ya no miran con tristeza, pero sí con la misma atención, idéntica curiosidad que mostraba en los primeros tiempos, cuando era joven y vigoroso. Ahora lo es de nuevo. Otra vez tiene mes y medio y es un cachorro de labrador fuerte y sano que va marcando el territorio, que tanto conoce pero que por alguna razón quiere descubrir de nuevo, con rigurosas meadillas para dejar las cosas claras. Mide apenas dos palmos y parece de peluche, pero sus colmillos, todavía finos como agujas, ya los ejercita a conciencia, el cabroncete, en cuanta madera y cuero encuentra en las incursiones de comandos que lanza si le quitas la vista de encima. Adora roer cables de la luz y cordones de zapatos como si estuviera majareta. Cuando se siente inseguro en lo alto de la escalera gime lastimero, pero ayer ladró por primera vez con un ladrido minúsculo, agudo y bravo, cuando se cabreó porque nadie atendía sus demandas de juego. Ahora se llama como el hijo de Milady en Veinte años después, un nombre sonoro y temible que acentúa todavía más, por contraste, su aspecto de cachorro cuando duerme arropado en su manta o resbala, torpe, haciendo una insólita pirueta en el suelo. Pero cuando miro sus ojos grandes y oscuros se que de nuevo es él, y que ha vuelto.

Pensaba en mi perro cuando vi pasar una fila de niños por la calle. Debían de tener cuatro o cinco años e iban cogidos de la mano, por parejas, quince o veinte bajo la vigilancia de tres profesoras que corrían de punta a punta de la fila, pastoreando como podían aquella tropa enfundada en anoraks multicolores, con pequeñas mochilas a la espalda. El espectáculo era muy divertido: como un grupo de locos bajitos, que es lo que puntualmente parecen los críos a esa edad, se movían tan pequeños y torpes como mi cachorrillo. De pronto los primeros se paraban y todos los que venían detrás chocaban unos con otros. Algunos gritaban, otros lloraban, a aquél le limpiaba los mocos una de las maestras; el de allá iba marcando muy serio el paso como si estuviera en un desfile, éste iba hablando solo, la rubita acababa de deshacerse el lazo del pelo, una pareja seguía andando cogida de la mano con aire muy responsable y el último se había sentado en un charco. Mientras tanto, uno acababa de darse a la fuga hacia el semáforo más próximo, corriendo como una bala, y una cuidadora corría despavorida a atraparlo antes de que un automóvil lo hiciera picadillo.

Los estuve siguiendo un rato por disfrutar del espectáculo, hasta que, para alivio de las pobres maestras, la tropa fue puesta a buen recaudo en un autocar. Y recuerdo que, viéndolos irse, pensé en qué diablos les depararía el futuro. Cuántos de estos enanos chalados, me pregunté, serán con el tiempo guapos, feos, buenos y malos, triunfadores o fracasados, felices o no. Cuántos justificarán el hecho de su creación, engorde y supervivencia, y cuántos se convertirán en perfectos hijos de puta con quienes más hubiera valido que la maestra no llegara a tiempo al semáforo. En cualquier caso, asociando mi cachorro con aquella diminuta tropa, tuve una certeza: a esa edad no importa que seamos capaces de lo peor. No importan la infelicidad, el error, la muerte y la derrota. No importa que a menudo nos veamos atrapados en una broma de mal gusto diseñada por el azar o por un relojero cósmico desprovisto de sentimientos. A cada instante se pone a cero el contador, y el ser humano tiene un don maravilloso: la oportunidad de empezar, e intentarlo de nuevo.

23 de marzo de 1997

domingo, 16 de marzo de 1997

Calderón cabalga de nuevo

Hay que ver cuan calderonianos, vive Dios, andan los del partido del Gobierno, o sea, la derecha. Todo el día con el honor en la boca, preocupados por el qué dirán, saltando como fieras a la menor insinuación, y dispuestos a lavar en los tribunales el honor puesto en entredicho. Qué bonito todo, y qué clásico, y cómo se nota que la gente de orden tiene lecturas más elevadas que los zafíos libros en rústica sobre materialismo histórico que se gastaban los otros antes de descubrir los trajes de Armani, la Otan y las cuentas en Suiza. Porque el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios, y Dios, como sabe todo cristo, ha sido de derechas toda la vida. Así que, en esa línea honorable tan propia de la gente formal y repeinada que nos gobierna, uno, que aunque no es muy de orden sí es, en cambio, muy de lecturas rancias, lamenta que se hayan perdido los interesantes viejos usos decimonónicos; cuando un venga ya, un mentís o -en casos deliciosamente extremos- una bofetada en el Parlamento, solían resolverse con padrinos y al amanecer, bang, bang, pistola a veinte pasos, junto a las tapias del cementerio de la Almudena.

Abogo desde aquí, en voz alta y clara, porque entre las reformas y reordenamientos jurídicos, lingüísticos, territoriales y hasta raciales que se avecinan, incluyamos una ley del duelo en condiciones. Si el Gobierno considera prioritario ocuparse del fútbol, y en épocas en que llueven chuzos de punta halla tiempo para limpiar, fijar y dar esplendor legal al ejercicio balompédico, que no duda en calificar de interés general, no veo por qué no ha de propiciar la recuperación de un mecanismo que -en tiempos donde la Justicia, en fin, ya me entienden-, permitiría solventar los delicados puntos de honor que surgen a diario en política con extraordinaria rapidez y limpieza, sin necesidad de pagar abogados, ni de apelar, ni de nada. Así, cuando don Felipe González, por ejemplo, vuelva a chotearse de don José María Aznar mandándole mariachis que le canten lo de Méjico lindo y querido si muero lejos de ti, el ofendido podrá, a cambio, mandar padrinos que le pregunten si a pistola o a sable. No cabe duda de que don Felipe González, fino estilista y veterano en el arte de escurrir el bulto, conseguirá que, como de costumbre, alguien acuda a la cita en su lugar. Así que imagino a José Barrionuevo o a cualquier otro infeliz comiéndose el marrón, mientras Cipria Ciscar, fino y mesurado como siempre, sostiene el botijo. Pero menos da una piedra.

Y qué cosas. Mientras en España el honor fue siempre patrimonio de la derecha, rauda en llevarse la mano al pecho y decir oiga, usted no sabe con quién está hablando, lo que anduvo siempre en boca de las llamadas -con perdón- izquierdas fue la palabra ética. Don Julio Anguita, sin ir más lejos, justificó su alianza táctica con el Partido Popular para el acoso y derribo de los sociatas, allanándole a don José María Aznar el camino a la Moncloa precisamente en nombre de la ética, y la ética fue, también, estribillo del Partido Socialista en sus trece años de tócame Roque, desde el slogan de los cien años de honradez a todo lo que vino más tarde, y todavía ahora, de vez en cuando y a pesar de lo llovido, a alguno de sus prohombres le salta el automático y le viene a la boca la palabra dichosa, la ética por aquí y la ética por allá, con un desparpajo y una impavidez de rostro que, si a estas alturas no tuviésemos excelente memoria y nos conociéramos todos en esta casa de putas, harían que uno se preguntase muy en serio cómo fue posible que gente tan ética, y tan cabal, y tan así, perdiera las últimas elecciones.

De modo que no me llega la camisa al cuerpo. Si trece años de ética pura y dura hicieron que Luis Roldan y otra gentuza de su calaña no fuesen mutantes aislados, sino prototipos de unas maneras y un talante de gobierno que convirtió España en un solar expoliado por amiguetes y sinvergüenzas, me pregunto qué puede ahora ocurrir con una o más honorables legislaturas de los hombres de honor que nos rigen con su honor como garantía y como divisa. Ya quienes, a cambio de apoyo para mantener el siempre más difícil todavía equilibrio en el alambre, no te queda por vender más que el brazo incorrupto de Santa Teresa. Que, como va a admitir públicamente don José María Aznar de un momento a otro con franciscana humildad, en el fondo era una maldita zorra centralista y castellana. Sí. Lo estoy viendo venir tal cual. En España, cada vez que alguien abusa de la palabra honra, terminamos celebrando honras fúnebres.

16 de marzo de 1997

domingo, 9 de marzo de 1997

Intercambios carnales

La verdad es que no sé de qué puñetas se escandaliza tanto fariseo soplagaitas y tanto tonto del haba. A mí, francamente, que una -o varias- señoras estupendas de esas que salen en la prensa del corazón, de profesión modelos, o aficionadas, o francotiradoras profesionales, se lo monten a su aire con millonarios, industriales de campanillas, políticos con mando en plaza, presidentes de clubs de fútbol marchosos y demás personal bien sobrado de viruta, me parece de perlas. Y mucho más si en el intercambio afectivo o carnal correspondiente obtienen del enamorado y ahito prójimo visones, apartamentos, navidades blancas en esquiódromos de lujo y Mercedes de nueve kilos.

A mí, en fin. Que un individuo ande sobrado de ganas y encuentre a alguien que, por amor al arte o previo desembolso de razonable estipendio le alivie el depósito, es cosa de cada cual. Todos -y todas-  tenemos derecho a darnos un desahogo antes de palmarla, y cada cual se lo monta lo mejor que puede, con lo que puede y con lo que tiene. Tampoco veo objeción notable a que una señora que va a ser guapa diez o quince años más, como mucho, y no tiene otro capital que un metro ochenta, una cara bonita y un cuerpazo de bandera, procure rentabilizar el asunto antes de que lleguen las vacas flacas y nadie le diga ojos negros tienes.

Porque las cosas como son. Tal vez recuerden los lectores veteranos de esta página que el arriba firmante sigue desayunando cada mañana Colacao con Crispis y prensa del corazón. Y supongo que ustedes ven, como veo yo entre Crispi y Crispi, los caretos de algunos de los galanes. E incluso, en verano, les ven la tripa y los michelines fofos mientras toman el sol en sus yates frente a Puerto Banús. Y convendrán conmigo en que, por mucho que se cuiden y se masajeen y se trasplanten, si no estuvieran podridos de pasta, con esos años y esas pintas no iban a comerse una rosca en su puta vida, salvo pagando. Y eso es lo que hacen: pagar.

Mientras tecleo recuerdo a una guapa señora, que casualmente también era modelo y estaba -está todavía- tremenda, quien pasó cierto tiempo casada con un empresario bajito que la acompañaba a todas partes, pegado como una lapa, y en las fotos salía el hombre con cara de acojonado, como intentando averiguar por dónde iban a sonar clarines. Por fin, como se veía venir, la dama le dijo ahí te quedas, chaval. Y allí se quedó, cual pronosticaba yo para mis adentros. Pero oye. A fin de cuentas, que le quiten lo bailado. Previo pago de su importe.

Y me parece muy bien, oigan. Me parece bien que paguen. Porque no querrán, encima de la pasta que tienen los tíos, calzarse a esos pedazos de mujeres así, por su labia y gratis, y encima presumir luego con los colegas del consejo de administración. A ver si además pretenden que ellas se enamoren de sus apolíneas hechuras. Venga ya. El que quiera carne fresca y ya no esté en condiciones de ganársela por su cuerpo serrano, a pecho descubierto y por las bravas, que tire de talonario y se retrate sin rechistar con coches, apartamentos, viajes al Caribe y lo que haga falta. Y si lo sacan en el Hola y la legítima le pide el divorcio y cuatro mil kilos, que se joda. No te fastidia.

En cuanto a ellas, pues bueno. Unas tuvieron más suerte y se lo montaron con ministros de pelotazo, gente guapa, banqueros o anticuarios de postín que las colocaron para toda la vida, y otras tienen que buscarse el jornal alternando empresarios que les pongan un piso, elegantes futurólogos que las traigan del misterioso Oriente, o tronados condes italianos que las hagan salir en el Diez Minutos, que es una sección de anuncios por palabras tan buena como otra cualquiera. Pero en general, desde mi punto de vista, las feministas galopantes que tanto protestan con los anuncios del queso de tetilla gallego y con los bebés de Prenatal entre pezones de señora -anuncios que, por cierto, a mí me parecen bien- y se pasan el tiempo haciendo demagogia feminera barata, podrían emplear sus energías en reivindicar la figura incomprendida de esas mujeres que a su manera, y a estricto golpe de cono, se buscan la vida poniendo a los hombres en su sitio. Haciéndose pagar a peso de oro lo que otras pobres desgraciadas, con menos apariencia física o menos suerte, tienen que conceder gratis a los mierdas que las explotan, por la cara y sin soltar un duro, en su doble utilidad de chachas para todo y muñecas hinchables para el sábado sabadete. Ya saben: camisa blanca -planchada por ellas- y polvete.

9 de marzo de 1997

domingo, 2 de marzo de 1997

Una de malvados

Me encantan los malos, entre otras cosas porque suelen ser menos aburridos que los buenos. Después de andar tiempo buscándome la vida en lugares poco recomendables hasta que senté cabeza, mi agenda telefónica es, como pueden imaginar a estas alturas, una escogida selección de lo mejor de cada casa. Entre algunas variedades de amigos que tengo disponibles a golpe de teléfono o unas horas de avión se cuentan delincuentes, terroristas, psicópatas, traficantes, gente aficionada al gatillo y la navaja, proxenetas y prendas así. A algunos hasta les doy una mano de pintura y los meto en mis novelas, y si un día de éstos me rompo los cuernos en la carretera y deciden venir todos a emborracharse en mi entierro, y alguien identifica sus caretos patibularios y se presenta allí la madera, los tribunales internacionales de justicia quedaran abastecidos durante meses.

Por supuesto, estoy hablando de malos selectos; malos con ese puntito de encanto canalla que los hace singulares. Nada que ver con los tiñalpas mediocres, con los miserables de andar por casa, con los asesinos cutres del tiro en la nuca o la violación facilona. Ésos son sicarios y verdugos de mierda, mientras que mis amigos son malos comme il faut. Malos de pata negra.

Fernando Savater, que entre otras cosas me cae bien porque no es uno de esos gilipollas que andan por ahí empeñados en que todos escribamos como Faulkner o como Joyce, no es amigo mío, pero como si lo fuera. No porque pertenezca a la categoría de gente poco recomendable, sino porque siente la literatura como un rio caudaloso lleno de vida, y de sangre, y de sueños enraizados en la memoria, y no como un ejercicio de onanismo ante el espejo para que los pichafrías de salón te digan qué guapo quedas, chaval. Cada vez que nos encontramos, Fernando y el arriba firmante compartimos, al paso y entre dos palmadas en la espalda, con la rapidez y contundencia de un pistoletazo, media docena de frases y referencias sobre una patria que tenemos en común: los relatos de aventuras, los clásicos, las novelas de capa y espada, la literatura base de toda la otra literatura, entendida como mar amplio y generoso por el que cualquiera puede navegar con absoluta libertad; el placer de los libros que, como las cerezas, llevan a otros libros ya otras vidas que enriquecen la nuestra. Por eso me gusta ese fulano que, además, siendo un pedazo de pan sonriente y hablador, tiene mirada de malo de novela.

Como para confirmar mis simpatías, otro de mis amigos, que se llama Sergio -y que, desembarcado de la Sophie tras recibir un astillazo en la cara junto a Jack Aubrey durante un combate peñol a peñol, busca ahora una fragata de sesenta y cuatro cañones para enrolarse a bordo-, acaba de regalarme un libro de Fernando Savater. Un librito de apenas cien páginas, con ilustraciones y letra gorda, que se llama Malos y malditos, que está en una colección para jóvenes, aunque seamos precisamente los adultos contaminados por el virus de las viejas lecturas quienes más podamos disfrutarlo. Y el asunto consiste en un breve y delicioso repaso a los malvados literarios; a esa nómina de personajes inmortales, amigos a fuerza de ser viejos enemigos, que nos proporcionan los libros y que pertenecen ya para siempre, indelebles, en nuestra imaginación y en nuestra memoria. A menudo los malos enseñan a conocer la vida lo mismo que los buenos, y resultan tanto o más necesarios que ellos a la hora de comprender el mundo que nos rodea. Desde el cíclope Polifemo a los velocirraptores de Parque Jurásico, pasando por el enemigo de Ivanhoe, Brian de Bois, Gilbert, el Long John Silver de La isla del tesoro, el capitán Nemo, el monstruo del profesor Frankenstein o el enemigo de Sherlock Holmes, profesor Moriarty, Malos y malditos no es sólo un perfecto ejercicio de entrañable literatura para lectores jovencitos y para los que no lo somos tanto, sino también luz esclarecedora sobre el lado oscuro de la condición humana, y sobre todo es un anzuelo, una trampa magnífica para que nos acerquemos, como quien no quiere la cosa, a las novelas originales, a esos grandes clásicos que nos esperan, como puertas de mundos apasionantes y maravillosos, en los estantes de las librerías y las bibliotecas. Libros, mundos, personajes a quienes ninguna gilicomedia televisiva, ningún colorín de Hollywood, ninguna pantalla de ordenador, podrá sustituir jamás. Porque están hechos con la vieja y hermosa materia de los sueños.

2 de marzo de 1997