Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 27 de abril de 1997

Una mujer de bandera

Era grande, morena y guapa. Se llamaba Eva y se había comido a pulso tres años en Carabanchel. Tenía un aspecto estupendo, y de no empeñarse en ir como una choriza, muy a lo taleguero, habría podido pasar por lo que mi abuelo llamaba una mujer de bandera. Conocí a Eva y a sus amigas cuando unos colegas y el arriba firmante aún hacíamos La ley de la calle: aquel programa de radio de los viernes por la noche a base de presidiarios, y yonquis, y lumis, que estuvo cinco años en antena hasta que unos individuos llamados Diego Carcedo y Jordi García Candau se lo cargaron de la forma miserable en que solían cargarse en RTVE todo lo que no podían controlar.

Eva y sus troncas nos habían estado oyendo desde el talego, mandaban cartas pidiendo discos dedicados, y cuando salieron iban a visitarnos cada viernes por la noche, sumándose a la variopinta tertulia que allí teníamos montada con lo mejor de cada casa: Ángel, el ex boxeador, manguta y rey del trile; Manolo, el pasma simpático; Ruth, la puta filósofa y marchosa; y Juan, mi choro favorito, el ex yonqui pequeño, bravo, pulcro y rubio, que montaba unos jaris tremendos cuando discutía con algún oyente, y con quien estuve a punto de acuchillarme una noche, en directo.

Había otros invitados eventuales: amigos salidos del talego que iban a seguir el programa, taxistas, chuloputas, chaperas y varios etcéteras más. Éramos una basca curiosa, y nos íbamos por ahí después, de madrugada, y nos echaban de los tugurios cuando Juan se liaba canutos enormes como trompetas y había que decirle: oye, colega, córtate un poco, o sea. Eva era asidua con su amiga Elvira, que tenía el bicho -el sida-, y un novio, Luis, el mensaka honrado y tranquilo que la abrigaba con su chupa de cuero a la salida de los bares para evitar que cogiera un catarro que podía dejarla lista de papeles. Como Elvira, Eva tenía a la espalda una historia nada original: familia humilde, pocos estudios, un trabajo precario abandonado para irse con un tiñalpa que la metió de cabeza en la mierda, el jaco y el infierno. Se había desintoxicado en los tres años de talego y era una mujer sana, espléndida. Siempre bromeábamos con la promesa de que yo iba a invitarla con champaña a una cena en un restaurante muy caro de Madrid, y ese día ella cambiaría los téjanos ajustados, las silenciosas y la camiseta negra de heavy metal por un vestido elegante y unos zapatos de tacón alto, prendas que no había usado, decía, en su puta vida. Una vez me habló de su padre, al que quería mucho aunque la había echado de casa cuando empezó a robarle dinero para la heroína. Y cuando cumplí cuarenta brejes, ella y sus amigas me llevaron una tarta al programa, y me cantaron cumpleaños feliz, y esa noche con Juan, Ángel, Ruth y los otros, nos fuimos de copas y agarramos una castaña, con pajarraca y estiba incluidas, que tembló el misterio. Hasta el punto de que no fuimos al talego porque a los policías les sonaba mi careto y porque Manolo -de algo tenía que servir que fuera madero- tiró de milagrosa y nos avaló ante la autoridad.

Un día Eva desapareció de nuestras vidas. Alguien dijo que de nuevo coqueteaba con el jaco, que tenía problemas. Y pasó el tiempo. No volví a saber de ella hasta hace cosa de mes y medio, cuando me la crucé en la plaza Tirso de Molina de Madrid. La reconocí por su estatura, y porque conservaba algo de su antigua belleza. Pero ya no era una mujer de bandera, sino flaca y como con diez años más encima. Y sus ojos, que antes eran negros y grandes, miraban al vacío, apagados, mientras discutía con un fulano con pinta infame, de hecho polvo. Ella le decía: vale, tío, pero luego no digas que no te lo dije. Le repetía eso una y otra vez muy para allá, con voz adormilada e ida, y le agarraba torpe un brazo; y el otro se lo sacudía con muy mala leche y levantaba la mano para abofetearla, sin terminar el gesto. Y yo pasé a medio metro, y por un momento no supe si calzarle una hostia al fulano y buscarme la ruina, o decirle algo a ella, o yo qué sé. Y entonces Eva deslizó su mirada sobre mí, o sea, me miró un momento con los ojos vacíos, sin verme, sin reconocerme para nada; y luego fijó la mirada turbia en el jambo y de nuevo volvió a decirle no digas que no te lo dije, tío. Y yo seguí calle abajo, pensando en aquella botella de champaña que nunca llegamos a beber. Y en aquel vestido y aquellos tacones que Eva no se había puesto nunca, decía, en su puta vida.

27 de abril de 1997

domingo, 20 de abril de 1997

Soldadito español

Total. Que compro los periódicos y me encuentro en primera página el afoto de don José María Aznar subido encima de un tanque, con una guerrera de camuflaje y una gorra de lo mismo, con esa sonrisa que Dios le ha dado, y que le sientan, guerrera, gorra y sonrisa, igualito que a un Cristo una chupa de cuero y una recortá. Y lo miro y me pregunto de qué diablos se estará riendo mi primo allí en el tanque, rodeado de milites gloriosos que no salen en la foto pero que sin duda andarían cerca riéndole la cosa, ele la grasia y el garbo castrense, presidente, qué alférez de complemento se perdió el mundo, oyes, con esa gorra y ese tanque y esa apostura marcial que te sientan de cojones.

Yo, fíjense ustedes, antes de gobernar lo primero que le pido a un presidente es que no haga el ridículo, tirándose el folio con una gorra que encima no es de su talla; más que nada porque luego los americanos, y los alemanes, y todos los que andan por ahí dándonos por saco en la OTAN y en la CEE y hasta en las colas de las taquillas de Disneylandia, nos pierden todavía más el respeto y luego se dan con el codo y se despelotan de risa cuando nos ponemos chulos para exigir que el cabo cuartel del mando de la OTAN en la península Ibérica sea de nacionalidad española, o exigimos contrapartidas a cambio de prestar apoyo logístico y lumis de los puticlubs de Torrejón para que la aviación norteamericana bombardee Cuba más desahogada si cabe.

Porque pase que al Papa lo fotografíen con penacho de plumas de jefe sioux cuando viaja al lugar pertinente. Eso forma parte de su oficio, pues también los sioux van al cielo, o a los grandes cazaderos, o a donde carajo vayan cuando palman en gracia de Manitú. O que a un presidente mejicano cualquiera los narcos de la zona lo nombren charro del año y le saquen fotos con sombrero y mariachis. Todo eso está justificado, y forma parte del negocio de cada cual. Pero en cuanto a don José María Aznar, lo de la gorra cuartelera no tiene justificación alguna, salvo una de peloteo y demagogia filocastrense por completo fuera de lugar en un país donde las fuerzas armadas se encuentran en un estado de desmantelamiento y miseria nunca igualado desde el día siguiente a la batalla de Guadalete: lo que me parecería de perlas si fuera política de Gobierno, pero sólo es incompetencia y dejadez, en un país cuyo ejecutivo dice que va a reconvertir su ejército a profesional pero no destina un duro para ello, salvo para pintarla en ferias internacionales balcánicas, mientras insumisos y objetores siguen teniendo problemas que no resuelve nadie. Un país empeñado en alinearse con la OTAN y con la madre que la parió, de cara a un eventual enemigo de vaya usted a saber, cuando quien de verdad un día puede ponernos los pavos a la sombra se desayuna diciendo Al-lah il-lahlah ua Muhammad rasul Alian. Y cuando ésos vengan a decir hola buenas donde yo me sé, nuestros aliados de la OTAN, el mando estratégico europeo y el copón de Bullas, donde, eso sí, andamos integradísimos de organigrama, estarán todos mirando hacia otra parte o habrán ido a comprar tabaco.

Además, con gorra o sin gorra, me gustaría que alguien explicara, cuando se habla de dotar y modernizar y adecuar nuestras fuerzas armadas, qué es lo que se entiende por nuestras, qué se entiende por fuerzas armadas, y qué es lo que, llegado el caso, tendrían que defender en esta especie de casa de putas en la que hemos convertido la corrala. Verbigracia: si un día los chinos desembarcan en Salou, habría que ir aclarando desde ya mismo si la defensa territorial corresponderá a las fuerzas armadas españolas, o nacionales, o como se llamen, y si coordinará Washington, o Lisboa, o si, como dicen en mi tierra, cada perro va a tener que lamerse su pijo. Es decir, si el asunto será competencia del MOTRACAT (Mando operativo Transferido Catalán), del Tambor del Bruch o de los MACHECHAS (Maquis de Chetniks Chamegos) que para entonces se hayan echado al monte porque estén hasta los huevos. Tampoco estaría de más saber si el EJAGUDA (Ejercito Autónomo de Gudaris) y la división acorazada Nafarroa se iban a poner de parte de nosotros -suponiendo que Salou aún fuéramos nosotros-, o de ellos, o sea, de los chinos: esos chicos que tampoco se expresan en la lengua de Franco.

Y mientras tanto, Aznar haciéndose fotos con la gorra. Ande y tóqueme la flor, corneta.

20 de abril de 1997

domingo, 13 de abril de 1997

Esto es un chollo

Éramos pocos y parió la abuela. Ahora resulta que Ducruet, el defenestrado chulo de Estefanía de Mónaco, tiene intención de honrarnos con su presencia de modo estable, engrosando así las filas de quienes viven aquí por el morro, a base de revistas del corazón y alterne en fiestas y demás eventos pasto de telegilis, quemedices y papel couche Por lo visto, el fulano planea dejarse caer por aquí con frecuencia, a fin de trincar periódicamente la pasta que discotecas, firmas de modas y empresas varias suelen invertir en jetas famosas. De modo que, conociendo el país y al individuo, mucho me temo que vamos a tener Ducruet para rato. Y la verdad. No sé qué carajo tiene España, que todo caradura pasa por aquí termina abonándose a perpetuidad, y ya no te lo despegas ni con agua hirviendo. Lo mismo da que sea un cantinero de Cuba, Cuba, que un gaucho melancólico, una buscavidas oriental, un aristócrata rumano, una cabaretera franchute o un chuloputas de Rotterdam. El sistema es infalible: llegas, te enrollas con alguien que salga en la tele, el Diez Minutos o el Hola, y luego puedes vivir del cuento el resto de tus días, haciéndote profesor de golf o golfeando, prestando tu careto a la presentación de una estilográfica o una línea de sostenes, cantando en la tele o cepillándote a un torero jovencito, de esos que tragan lo que les echen. Todo eso, con la posibilidad añadida de convertir en famosos a aquellos con quienes compartas orgasmos y portadas. Y, además, de sacarles viruta hasta que ellos empiecen a sacártela a tí.

Así que vayan amarrándose los machos. Porque no tardará en producirse el consabido efecto en cadena: Ducruet, que era un tiñalpa total hasta que la lumbrera intelectual monegasca se encaprichó de él y se lo llevó a casa para pagarle los trajes y los rallyes, saldrá de aquí a nada en alguna revista apalancado con una prójima, que con algo de suerte para el negocio será casada, o divorciada, o tendrá algún vástago en disputa judicial, y además -eso ya sería el colmo de lo perfecto- actriz, tontadelculo y famosa. En cualquier caso, si no lo es todavía, la referida gachí se hará famosa de rebote, y acto seguido la contratarán como modelo para un pase en alguna parte, o en la presentación de un nuevo perfume, o lo que sea. Entre síes y noes se hablará de boda; y mientras tanto el ex de la prójima, que con suerte hasta nos sale conde e italiano -allí hay condes a mogollón, todos dispuestos a narrar su conmovedora lucha por recuperar a su hijo-, se hará también famoso. A su vez, la antedicha individua y el aristócrata cisalpino transmitirán el testigo de la fama a sus respectivas y sucesivas parejas; y Nieves Herrero, Ángel Casas e Isabel Gemio, entre otros, se disputarán las apariciones de todos ellos en la tele, aderezándolas, de vez en cuando, con visitas tipo comando de la prenda aquella, Fifí, Fili, Fulani -o como se llame- Houteman, que nos permitirá recordar los orígenes de la cosa, narrando por enésima vez cómo Ducruet la sorprendió en su ingenua y tierna candidez el día que se la calzó culo al aire en la famosa piscina. Piscina que, por cierto, le salió al ex madero por un huevo de la cara.

Por fin todos ellos, Ducruet, la Houteman, el conde de turno y sus respectivos etcéteras, o sea, la gran familia con sus derivados y apéndices y consecuencias, podrán venirse todos también a vivir a España y a salir en las fotos dándose codazos junto a Mar Flores, Antonia dell'Atte, Sofía Mazagatos, Juncal Rivero, Rociíto y su picoleto, Marlene Mourreau, Rafi Camino y toda la parafernalia. Y de vez en cuando podrán liarse algunos de ellos entre sí amén de con terceros, incorporando siempre nuevos personajes hasta el infinito. y ellas podrán seguir posando en las fiestas con una pierna ligeramente flexionada ante la otra, y asistiendo en Marbella a entrañables fiestas de solidaridad con los niños bosnios o ruandeses, y el conde Lequío seguirá siendo casualmente sorprendido por los fotógrafos con todas y cada una de ellas dentro de ese Mercedes que empiezo a sospechar cómo consigue pagar, el consumado artista. Igual ahora anda preocupado por la competencia, creyendo que con Ducruet de por medio va a tocar a menos. Pero puede estar tranquilo. En este país de gilipollas hay chollo para todos.

13 de abril de 1997

domingo, 6 de abril de 1997

Mis mendigos favoritos

Llovía en la esquina de la Rué de Buci, a tiro de piedra del Sena, y el fulano se acercaba a los transeúntes tan educado y correcto que éstos se detenían, creyendo que iba a preguntar por una calle o algo así. Era un tipo con barba gris y chaquetón mojado por la lluvia; y estuvo allí una hora larga sin conseguir más que unas pocas monedas. Luego entró en el café donde yo estaba sentado, y pidió un coñac. Imaginé que era para quitarse el frío; pero cuando se calzó la tercera copa sin respirar comprendí que su mendicidad estaba estrechamente vinculada al agua de fuego. En ningún momento lo había visto hacer un mal gesto a quienes le negaban la limosna. Discreto. Correcto. Este mendigo gabacho, concluí con respeto, es un profesional.

Y qué distintos somos según latitudes, me dije, incluso a la hora de pedir. Ya en 1599 decía Mateo Alemán que hasta en su manera de limosnear son diferentes los pueblos: «Los alemanes cantando en tropa, los franceses rezando, los flamencos reverenciando, los portugueses llorando, los toscanos con arengas, los castellanos con fueros, haciéndose mal requisitos, respondones y mal sufridos»... Y la verdad es que, en lo que a españoles se refiere, tampoco en eso han cambiado mucho las cosas desde aquellas Ordenanzas Mendicativas del Guzmán de Alfarache, el talante orgulloso y la insolencia de los picaros y mendigos del Lazarillo de Tormes o El Buscón de Quevedo. Recuerdo que una noche, paseando por Murcia con mi amigo el profesor y crítico Pepe Belmonte, nos abordó un joven de aspecto desastrado que parecía un sonámbulo:

- Dame algo, colega, que estoy tieso. Me lo dijo tal cual, sin apelar a la compasión, ni a la caridad, ni a ninguna milonga pampera. Tú podrías ser yo y viceversa, decían su tono y su gesto. Le di veinte duros y me miró muy fijo entre las greñas. Luego me dio la mano y, con una voz de hecho polvo total, dijo:

-¡Dales caña, colega!... ¡Dales caña y que se jodan!

Nunca supe a quiénes se refería. Pero era tanta su pasión, su rencor, que yo también deseé de corazón que se jodieran todos ellos, fueran quienes fuesen. Qué quieren ustedes. No se trata de solidaridad social. Quizá son resabios de nuestra literatura picaresca, o simple curiosidad simpática. Porque debo confesar que colecciono mendigos desde hace años. Me refiero a sus vidas, dichos y actitudes. Al modo de las marquesonas de antaño, aquellas que el gran Serafín inmortalizó en La Codorniz, yo también tengo mis pobres favoritos. Como Said, que pasó todo el invierno acurrucado ante el aparcamiento de la plaza Mayor de Madrid. Said es un moro rifeño, pero se instala rodeado de estampas de la Virgen y del Sagrado Corazón y nunca abre la boca. Si le dan algo, vale; y si no, también. Cuando estaba en el talego, Said era oyente de La ley de la calle y eso crea vínculos; así que de vez en cuando deja sus estampas en el rincón y nos metemos en un bar a charlar un rato tomando un café. Otro de mis favoritos es un individuo de mediana edad, gaditano, tranquilo, que pone la gorra en el suelo, se apoya en la pared con las manos en los bolsillos, e, impasible, dice a todo el que pasa por delante: «Echa algo ahí, pisha». Otros amenazan directamente, como cierto habitual de la calle Princesa de Madrid, que acorrala a la gente contra la pared, y a quien no le da lo pone de vuelta y media. Más de un transeúnte le ha partido la boca, que lleva siempre llena de puntos y de mercromina; pero no cambia de método, el tío. En Cartagena hay uno jovencito que antes de pedirte cinco duros te pregunta siempre por la familia. Y en la plaza Conde de Barajas de Madrid se busca la vida otro que, cada vez que le das algo, comenta: «Ya falta menos para el Mercedes».

Pero de todos ellos, mi debilidad es un gorrilla de esos que te señalan las plazas de aparcamiento libres en el centro de Sevilla. Lo conocí un día que nos acababa de indicar un hueco para estacionar el coche de mi compadre el escritor Juan Eslava Galán, quien buscaba inútilmente en sus bolsillos una moneda para darle. Ni él ni yo llevábamos nada suelto, y el fulano, muy flaco, chupaillo y lleno de tatuajes, nos miró y, alzando una mano, sentenció, sereno y muy digno:

-Si no tenéis, tampoco pasa ná.

Y le dio a Juan una magnánima palmadita en el hombro.

6 de abril de 1997