Último libro de Arturo Pérez-Reverte

lunes, 25 de agosto de 1997

El faro de la nao

Cuando la luz del faro aparece por proa, hay un levante suave, de ocho a doce nudos; y el velero, amurado a babor, se desliza en la oscuridad con el único ruido del agua que corre por los costados del casco. La luz está donde debe estar: donde calculaste ayer que estaría, mientras trazabas rumbo, bordos y abatimiento. Y cuando con los prismáticos en la cara y el cronómetro en la mano cuentas los destellos, sonríes para tus adentros. Es el faro del cabo de la Nao. Luego bajas a la camareta y, sobre la carta náutica, confirmas la posición y trazas el nuevo rumbo. Y al subir otra vez a cubierta el faro sigue ahí; un poco más cerca, con su presencia en la oscuridad que indica tierra, peligro, mantente lejos, cuidado. Buena travesía y buena suerte, compañero.

Tienes en la cabeza, de tanto mirar la carta preparando la arribada, los perfiles de tierra, los veriles de profundidad, la gama de azules, la escala de millas en latitud y en longitud. Y apoyado en la regala húmeda, esperando que amanezca, piensas en los hombres que durante siglos navegaron, observaron, anotaron esa y otras costas. Gentes de mar y de ciencia que lenta, minuciosamente, marcaron cada escollo en una carta, cada peligro con una baliza, cada ruta o punta de tierra con un faro, una luz. Fueron siglos de intuiciones, de trabajos. Así, poco a poco, en el mar y tierra adentro, el hombre convirtió paisajes hostiles en lugares habitados, más seguros y cómodos. Eliminó obstáculos, construyó faros, puertos, canales, carreteras. Pobló el paisaje de luces, y de vida, venciendo la batalla de su piel desnuda.

Piensas en todo eso mientras el faro va desplazándose lentamente hacia la aleta de estribor, y sientes gratitud por quienes hicieron posible que estés aquí, mirando la luz del faro y vivo, en vez de hecho astillas contra los rompientes. Pero luego, aún con ese pensamiento, recuerdas la mancha de petróleo del día anterior, larga de una milla, que tu roda estuvo cortando durante largo rato con una suavidad densa, siniestra, porque a un capitán desaprensivo le trajo cuenta limpiar tanques o achicar sentinas en alta mar. Y recuerdas ese pesquero de hace cinco días en treinta metros de sonda, barriendo toda vida con las redes tan pegadas a tierra que ya sólo le faltaba llevarse las lapas de las piedras. O identificas otras luces que empiezas a adivinar como bloques inmensos de pisos, cemento, urbanizaciones, cloacas vertiendo toneladas de suciedad a las playas y al mar. Paisajes, ecosistemas rotos para siempre.

Y malditos seamos, te dices. Después de siglos luchando por sobrevivir a la naturaleza, el hombre ha logrado imponer sus reglas. Ya es el más fuerte. Donde antes costaba décadas acarrear piedras, trazar caminos, ahora dinamita, arrasa, remueve la tierra con máquinas poderosas y la rehace con estéril cemento. Todo es demasiado fácil: absurdas colmenas de hormigón, playas artificiales, autopistas, ciudades desaforadas, campos devastados y estériles. Ya no hacemos caminos para ir a sitios, sino autovías para llegar lo más pronto posible; y arrancamos los árboles para que los cretinos con mucha prisa no se rompan los cuernos en ellos. No satisfecho con haber vencido a la Naturaleza, el hombre la humilla. La destruye y la adapta a sus más ridículas pretensiones.

Piensas en todo eso allí, diez millas al sudeste del cabo de la Nao. Pero de pronto se agita el mar, y una manada de delfines se pone a nadar junto a tu proa, con los reflejos del faro y de la luna en sus lomos al cortar la superficie del agua; las crías, más pequeñas, acompasando su movimiento al de las madres. Y tú les gritas: "Buena suerte", y piensas que a lo mejor no todo está aún perdido, y ni siquiera la maldad y la estupidez y la ceguera bastan para destruir todas las cosas hermosas. Y luego, rompiendo el alba, casi entre dos luces, te cruzas de vuelta encontrada con otra vela que navega fanales apagados, a menos de un cable, silueta oscura indefinida entre mar y cielo. Y cuando pasa a tu altura, en ese velero desconocido brilla la luz de una linterna, una, dos, tres veces. Y tú respondes con otros tres destellos idénticos mientras la silueta del velero se aleja en la oscuridad, hacia la línea clara que empieza a insinuarse en el horizonte. Allí donde todavía están a salvo los delfines y los hombres que sueñan con ser libres.

24 de agosto de 1997

lunes, 18 de agosto de 1997

El mensaje y la botella

El otro día me pusieron a caer de un burro. Andaba el arriba firmante que ya es raro liado por un amigo en uno de esos cursos de verano que organizan las universidades, y el redactor de un periódico se mosqueó porque no quise hacer declaraciones, ni ruedas de prensa, ni fotos, ni nada. Dije lo que digo siempre; que no tenía nada nuevo que contar salvo mi conferencia, a la que sugería asistir. Que aparte de eso, lo que tengo que decir lo digo cada semana en esta página. Y que cuando hay novedad en algo, un libro, una película, con mucho gusto dedico algún tiempo a hablar de ello, y luego me callo hasta la siguiente ocasión. La gente suele entenderlo. Pero esta vez, sintiéndose desdeñado, uno de los redactores se despachó en una quejosa, columnita, lamentando, decía, que se me haya subido no sé qué a la cabeza y ya no conceda entrevistas a mis antiguos compañeros.

Pues lo siento por el doliente, pero me reafirmo en la cosa; por mucho que, a base de cursos de verano, y de conferencias, y de bolos varios, y de acudir a la tele, y de valer lo mismo para un cocido que para un estofado, algunos escritores españoles hayan mal acostumbrado a la gente en eso de largar a troche y moche. Ya sé que para algunos darle a la tecla es un acto trascendente, un arte sublime que se toman muy a pecho. Pero resulta que, entre tanto arte y tanta posturita, algunos prójimos se pasan más tiempo dando doctrina por ahí, desde cómo hacer una novela hasta definir con dos cojones las corrientes narrativas mundiales de cara al próximo milenio, en vez de limitarse a cumplir con su obligación, la principal: sentarse a escribir cosas. Que no sé a otros; pero a mí, pardiez, me lleva bastante trabajo. Y me deja poco tiempo para tournées artísticas, y ninguna gana de sentar cátedra mareando la perdiz.

Tampoco entiendo muy bien esas ansias de los lectores por conocer y de los periodistas por entrevistar. A los escritores no habría que conocerlos más que por sus folios, so pena de descubrir la verdad: que somos tan humanos como cualquiera, o sea, una pandilla de fantasmas, de bocazas, de pedantes, de autosuficientes, de envidiosos, de niños góticos, de gilipollas que se creen tocados por la gracia divina; y que justo quienes más se las marcan de no mirar al tendido y de que pasan de público y cifras de ventas, pierden literalmente el culo por firmar autógrafos y vender más libros que nadie. El arriba firmante, faltaría más, también participa de algunos de esos aspectos de la cosa; pero no voy a ser tan capullo como para darles a ustedes pistas. Para eso están los libros de cada cual.

Que me perdonen si quieren los presuntos algunos son buenos amigos pero estoy hasta la gola de ver a escritores haciendo el chorra en la tele y en las entrevistas y en las universidades de verano, sentando cátedra sobre aquello de lo que no tienen no tenemos ni la más puta idea; en vez de hablar, si no hay otro remedio, de lo que uno escribe. Y si me apuran, ni siquiera de eso habría que hablar. Porque a un autor debe conocérsele no por lo que larga, que eso lo hace cualquier cagatintas, sino por lo que escribe. Por su obra. Por el mensaje en la botella que lanza al mar para que manos amigas o enemigas lo descifren, lo rechacen o lo incorporen a sus vidas. Les juro por mis muertos más frescos que vistos en corto, de cerca y sin páginas interpuestas, los de la tecla somos tan vulgares y miserables como cualquiera. A mí el Thomas Mann egocéntrico, frío y lleno de ángulos oscuros, o el Stendhal que sufría por ser gordito y poco galán y no seducir a mujeres hermosas, me habrían decepcionado muchísimo en persona. Lo que me importa de ellos surge cuando subo con Hans Castorp a la Montaña Mágica y escucho a madame Chauchat cerrar la vidriera de un portazo, o recorro junto a Fabrizio del Dongo el campo de batalla de Waterloo. Y para eso no necesito entrevistas en los periódicos, ni leches en vinagre. Me voy al libro, lo abro y leo. Y punto.

Se quejaba el otro día mi primo Marías, el inglés que tenía todas las almas tan blancas, del escaso eco que tuvo en la prensa española la concesión del merecidísimo premio Impac que los irlandeses imagino que sobrios le endilgaron hace unas semanas. Bueno, pues qué más da. Tampoco pasa nada, y quizá hasta sea mejor así. Lo que importa, vecino, amigo, es que tus libros están en las librerías, que la gente va y los lee. Ese es tu premio y ese es tu territorio. Lo demás debería refanfinflártela, colega.

17 de agosto de 1997

domingo, 10 de agosto de 1997

Oye, ministro

Estos días el arriba firmante anda a vueltas con el guión de una serie para la tele, un asunto que mi compadre Sancho Gracia quiere producir sobre la España de 1898. Y como eso del cine y Ros guiones es cosa de especialistas, Sancho ha fichado a dos machacas, los hermanos Olivares -más conocidos por los hermanos Dalton-, para que le den forma técnica al asunto. Los Dalton son jóvenes, brillantes y nos llevamos muy bien. Pero el otro día, mientras revisaba uno de los diálogos desarrollados por ellos, me detuve con el lápiz en alto. En la escena, que transcurre a la salida de un consejo de ministros de hace un siglo, los periodistas interpelan a un ministro de Marina llamándolo: «Ministro, ministro».

Comenté el asunto con los Dalton, aclarándoles que los políticos españoles no siempre han tenido las maneras de la chusma que tenemos ahora, y que ese compadreo de: oye, ministro, oye, presidente, es una cosa reciente y más bien de aquí, desde que periodistas y políticos se van a la cama -a veces literalmente- juntos. Y que al único que no tutea nadie es a don Manuel Fraga, porque no se deja. Y añadí que si en el siglo pasado, incluso en buena parte de éste, un periodista se hubiese dirigido así a un ministro, habría sido puesto de patitas en la calle. Y que aún hoy en la vecina Francia todo el mundo se dirige al ministro como «monsieur le ministre». Por no hablar del presidente de la República. Allí ésas son cosas a respetar porque, respetándolas, la gente se respeta también a sí misma. No como en España, que todos somos contertulios, y nos tuteamos, y nos sacudimos unos a otros la chorra con toda la naturalidad y toda la ordinariez de que somos capaces. Que es mucha.

Lo grave no es que los Dalton lo entendieran, porque son chicos listos y lo cazaron en cuanto abrí la boca. Lo grave es el reflejo automático que les hizo escribir como harto natural una zafiedad que sólo es posible aquí y ahora, en España. Somos el único país de Europa donde entras en un restaurante con tu legitima y el camarero pregunta «¿qué vais a tomar?», el cliente te dice «dame el Marca», la dependienta aconseja «pruébatelo», el mendigo sugiere «colabora, colega», y el niño vestido de rapero dice «dime la hora, subnormal» o se refiere al cura de su parroquia como Paco. Toda España es un inmenso tuteo; hasta el punto de que algunos, que fuimos cuidadosamente educados por nuestros papas para hablarle de usted a todo el mundo yo, hasta cuando insulto-, nos sentimos bichos raros cuando gente con canas presuntamente respetables dice: «pero no me hables de usted, hombre, que me haces muy viejo», el mozo de hotel al que das propina lo agradece con un «gracias, Reverte», o después que el taxista ha preguntado «¿dónde te llevo?» tú vas y contestas, muy serio, tras un «buenos días» que nadie responde: «Pues me va a llevar usted, por favor, a la calle Leganitos».

Todo eso, que parece anecdótico, no lo es. Supone un síntoma evidente de la degradación del respeto entre los españoles, del escaso aprecio en que nos tenemos a nosotros y a nuestras instituciones, y de la peligrosa facilidad con que confundimos cordialidad y grosería. No hay que remontarse a la España de mi amigo el capitán Alatriste, cuando tratar a alguien no ya de tú, sino de vos en lugar de vuestra merced podía terminar a estocadas. Mi generación ha conocido hijos que llamaban a los padres de usted, y mi abuelo utilizó hasta su muerte ese tratamiento con algunos de sus mejores amigos. Lo que no es tan extraordinario, si tenemos en cuenta que en Francia, sin irse muy lejos, varios matrimonios conocidos míos se hablan entre sí de usted con la más natural cordialidad del mundo.

En fin. Volviendo a la España de ahora, mucho me temo que, por más que nos empeñemos, ni todos somos compadres ni vamos a serlo en nuestra puñetera vida; por mucho que finjamos -que esa es otra- darnos palmaditas en la espalda y nos tuteemos como si hubiésemos frecuentado la misma casa de putas. Así que conmigo no cuenten: seguiré llamando de usted a quien me dé la gana, y eligiendo cuidadosamente los amigos a quienes tuteo. Y más en este país de soplapollas donde lo único que falta por normalizar es "oye, rey"; que suena más moderno, y menos formal, y más campechano que el copón de Bullas. Pero todo se andará, y ese día me nacionalizaré mejicano. Allí todavía te pegan un tiro hablándote de usted.

10 de agosto de 1997

domingo, 3 de agosto de 1997

Plano corto, plano general

Hay gente que da bien en las fotos, o en las películas; pero cuando la cámara, que a menudo no perdona, se acerca demasiado, termina por hacerles una mala jugada. Por eso algunas actrices y bellezas oficiales, celosas de sus patas de gallo, no permiten que el implacable objetivo se acerque nunca más de la cuenta, o exigen que éste tenga una indefinición, un flu o como diablos se llame, que difumine la cosa.

Pensaba en eso hace un par de semanas, cuando la tele y España entera eran una enorme manifestación; un esclarecedor plano general. Incluso el arriba firmante -que no es por cierto un entusiasta del vamos chicos y los mecheritos- quedó patidifuso ante aquella formidable demostración de amor a la paz y a la vida. Estuve clavado ante la pantalla del televisor, incapaz de moverme. Las imágenes eran estremecedoras: manos alzadas blancas, limpias de sangre. Gritos que no eran consignas de bocadillo y autobús, sino dolor sincero y esperanza. Ondas humanas que transmitían el escalofrío frente al horror impuesto por los estúpidos analfabetos que escriben órdenes de ejecución en hojas cuadriculadas de bloc, llenas de faltas de ortografía. Gente que se daba mutuamente el calor de no sentirse sola, de mirar a uno y otro lado y ver rostros hermanos, pensamientos amigos. Era magnífico.

De vez en cuando, el realizador del directo pasaba de los planos generales a planos medios y cortos. Había madres que sostenían en brazos a sus cachorros, viejecitas, chicos jóvenes, parejas de novios, amas de casa. Algunos lloraban, otros mostraban su indignación, o su fe en que las cosas empiecen a cambiar de una vez. También había una larga fila de políticos de amplio espectro, hombro con hombro, sosteniendo una larga pancarta. Y fue entonces cuando empecé a ver más de lo que en ese momento deseaba ver. Tópeme con el rostro abotargado, aún con resaca de una borrachera de poder que le duró trece años, de un ex presidente con más morro que un oso hormiguero. Muy cerca andaba otro cuya máxima aportación personal a la política es, hasta la fecha, la frase: "vayase, sornzalez". Había también un bolchevique honrado y bocazas, al que se le paró el reloj cuando Franco era cabo. Y otro que miraba a la miraba a la muchedumbre muy serio, como intentando establecer mentalmente si los que se manifestaban eran ellos o eran nosotros; con cara de olvidar que quien lleva la tira de tiempo gobernando en el País Vasco no es la perversa España que se queda con el arte y les deja a ellos las bombas, sino su partido, él y Santa Ambigüedad bendita. Y que hay polvos cobardes que arrastran sucios lodos.

Yo veía todo aquello alrededor de la pancarta, y pardiez que hubiera dado un brazo por ver otra cosa. Y lo peor es que, después, la cámara empezó a pasearse muy en corto por la gente que llenaba las calles y las plazas. Y yo, tal vez aún bajo la impresión de los fulanos de la pancarta, no pude evitar que dos señoras que lloraban abrazadas, con la cámara demorándoseles en apabullante primer plano, me recordaran muchísimo a otras dos a las que había visto un par de días antes derramando idénticas lágrimas en el programa de Isabel Gemio, a la que, por cierto, le decían: "Dios te bendiga, bonita". Luego, detrás de un hombre y una mujer jóvenes que levantaban en alto a dos niños, vi a unas jovencitas tipo Spice muertas de risa, que se lo estaban pasando en grande con aquella movida tan solidaria y tan chupi, oyes. Y entre los que gritaban "hijos de puta" encontré rostros de jóvenes graves e indignados, y también, a mi pesar, alguna cara de animal y banderita con la gallina, que podía perfectamente haberse aplicado el mismo epíteto. Y la agresividad con que dos respetables caballeros manifestaban su rechazo a la violencia, era la misma con la que, media hora más tarde, podían estar insultándose de coche a coche en un semáforo, linchando a un vecino o dándose de bofetadas en la puerta de un ayuntamiento por una subida de sueldo o un trasvase.

Qué quieren que les diga. Aquella tarde, los fulanos de la pancarta y el realizador de la tele hicieron imposible la inocencia con que yo estaba tan feliz, solidario y mirando. O a lo mejor no tienen ellos la culpa, y lo que de verdad ocurre es que los españoles sólo damos lo mejor de nosotros mismos en plano general. Y que el primerísimo plano sólo lo superamos con dignidad en los cuadros de Goya.

3 de agosto de 1997