Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 28 de septiembre de 1997

Cornadas de la vida

Ha habido unas cuantas cornadas este verano. Me refiero a las de los encierros, que llegaron a cobrarse víctimas mortales. En algún caso el festejo era ilegal, o no cumplía las condiciones del reglamento taurino y la legislación sobre festejos populares. Otras veces lo que pasó fue que la vida extrajo del bombo el número de Fulano o de Mengano -el setenta y cuatro, siete cuatro-, la estadística se cobró sus derechos y le tocó a quien ese día le tenía que tocar.

Hay un par de cosas que me chocan en este asunto. La primera es el coro de voces y dimes y diretes que se alza después de cada empitonamiento, exigiendo garantías y seguridad y cosas por el estilo, a fin de que el espectáculo de correr toros por las calles sea, dicen, más seguro. La otra, relacionada con la anterior, es que en algunos pueblos apostaron durante los encierros a tiradores de la policía, a fin de que, si el toro se salía del recorrido, le pegaran un tiro, y santas pascuas. Y lo siento, pero no estoy de acuerdo. Empezando por el final, una cosa es aceptar las corridas de toros bravos -me refiero a las corridas, no a los salvajes linchamientos de vaquillas por animales aún más bestias que ellas-, y otra muy distinta admitir que a un morlaco noble, hermoso y valiente, que en última instancia siempre tiene la oportunidad de vender cara su vida cepillándose al torero que se le pone delante, lo saquen de su dehesa para darle el paseo, asesinándolo miserablemente a tiros en un callejón, porque las autoridades que organizan el evento -y los torpes e irresponsables que corren ante él-, no han sabido llevarlo a donde deben.

En cuanto a las garantías, pues qué quieren que les diga. A mí me parece muy bien que si un Ayuntamiento mete la gamba, le venga encima una sanción que se rile de vareta. Eso es no sólo oportuno, sino necesario. Como lo es clausurar la atracción ferial desde la que se cae una niña, o empapelar para los restos al culpable de que en el parque temático Guay del Paraguay un señor gordo se despachurre desde el barco pirata cuando éste se pone boca abajo porque no hay cinturón de seguridad de su talla. Pero, ojo. También el señor gordo, y el padre de la niña, y el mozo que corre en el encierro, y el guiri que no sé qué carajo pinta allí, deben saber antes de subirse a la noria o atarse las zapatillas, que existe un factor que se llama fallo humano, que a menudo se combina con el fallo mecánico y con la inapeable palabra azar, o destino, o designio divino, como lo llame cada cual. Y entonces, por muy listo que seas, mucho que corras o mucho que te amarres, te ahogas en Waterpark, te caes del galeón corsario o te empitona Jarameño en la Calle Mayor.

Es lamentable, claro. Pero más lamentable me parece acudir a la feria, o al encierro, o a donde sea, con la estúpida creencia de que somos invulnerables y todo está controlado, cuando en realidad aquí nadie controla nada, y romperse la crisma es lo más fácil del mundo. Siempre hay en alguna parte una cascara de plátano, un tornillo flojo, un adoquín suelto. Y un tropezón, -como dicen esos tangos que Julio Iglesias destroza como nadie- cualquiera da en la vida.

Y es que somos la pera limonera. Queremos subir en la noria, conducir a doscientos por hora, hacer el chorra en moto de agua, correr delante de un toro, y que no nos pase nada. Queremos vivir fascinantes aventuras en la selva procelosa y estar de vuelta al hotel a la hora de la cena, cruzar el desierto bebiendo cerveza fría, visitar un bazar turco sin que intenten robarte, viajar solitos por África sin que nos macheteen en filetes o nos violen. Queremos, en fin, vivir excitantes sensaciones con impunidad absoluta, sin arriesgar el pellejo, ni el ojete, ni nada. Y eso no puede ser. Porque todo en la vida trae aparejada su factura. Precios a pagar que a veces son muy altos. Y al que te pasa la cuenta no puedes irle con milongas.

Así que quien no esté dispuesto a abonar su dolorosa, que no pida copas. Uno debe ponerse delante de un toro en Galapagar, o de un rinoceronte en Kenia, sabiendo que se la juega. Y el que no sepa preguntar cuánto se debe, aforar e irse sin montar el número, que juegue a la Oca, que también es un juego emocionante, o que viva aventuras virtuales en la pantalla de un ordenador , que las hay chachis por cinco talegos. Porque, si los toros no mataran, cualquier payaso podría ser torero.

28 de septiembre de 1997

lunes, 22 de septiembre de 1997

Una paella en el Aaiun

Era decadente y mágico, o al menos yo lo recuerdo así. Se llamaba El Oasis y era el más famoso cabaret local: una especie de puticlub colonial clavadito a los de las películas con poca luz, legionarios tatuados, oficiales de tropas indígenas que volvían de patrullar el desierto, lumis, traficantes y periodistas. Había una guerra no declarada en la frontera, con minas, y emboscadas, y toda la parafernalia. Franco estaba a punto de caramelo, pero coleaba todavía. Y El Aaiún era la capital de aquel Sahara del que ahora no se acuerda nadie.

Yo tenía veintitrés benditos años. Cada noche, durante nueve meses, después de transmitir mi crónica al diario Pueblo, me iba a tomar una copa al bar de la Territorial, y luego recalaba en El Oasis a charlar con Pepe El Bolígrafo mientras Chocolate, el barman negro, me ponía una copa. Luego iba a sentarme al fondo, a la mesa donde nos reuníamos los tres o cuatro corresponsales fijos en el territorio. Las chicas venían a sentarse con nosotros cuando no había clientes. No usábamos el género, aunque siempre pedíamos una botella para que ellas se ganaran el jornal. Charlábamos, se levantaban para ir con un cliente, volvían al rato. Así discurría noche tras noche, entre la música, el humo, el calor, copa tras copa, interrumpidos a veces por una bomba terrorista que estallaba en la calle, o por una escaramuza en la frontera que nos hacía a todos, militares y periodistas, salir corriendo. Demorabas el irte a dormir, y sólo al final, cuando Chocolate ponía las sillas sobre las mesas vacías y las chicas se despedían soñolientas, o se iban con un cliente, te levantabas con desgana y salías a la ciudad desierta, bajo el cielo increíblemente estrellado, para fumarte un último cigarrillo con la patrulla de policías saharauis que montaban guardia al final de la calle.

Recuerdo aquellos nueve meses como el tiempo más feliz y más intenso que un joven reportero podía desear: patrullas por el desierto, combates en la frontera, borracheras, aventuras, firma diaria en primera página. También recuerdo a los amigos. A los que siguen vivos, como Claude Glüntz, Pedro Mario, Yoyo Sandino, Diego Gil Galindo y los otros. Y a los muertos: el comandante Labajos, el teniente Rex Regúlez, o el cabo en el Aaiun Belali uld Maharabi. Pero sobre todo las recuerdo a ellas, a las chicas del cabaret de Pepe El Bolígrafo. A Patricia, una andaluza de bandera que cantaba coplas que te ponían la piel de gallina, y cuando entonaba Tatuaje conseguía que los barbudos legionarios llorasen como magdalenas. A la Franchute, tranquila y bondadosa, haciendo punto entre descorche y descorche. A Silvia, morena de verde luna, que tenía unas tetas magníficas y muy mala leche. Y a las demás. En aquellos largos meses llegué a conocerlas igual que a mis mejores amigos. Me contaban sus recuerdos, su cansancio infinito, su historia, que siempre era la misma historia. Me enseñaban los trucos del oficio: cómo elegir a un pringao, cómo sacarle botella tras botella, cómo hacer que se mamara y etcétera. Supe así el modo en que se las ingeniaban para arañarle jirones a la vida. Porque allí, en aquel tugurio del culo del mundo, arrojadas por la resaca de todos los naufragios de todos los cabarets y todos los antros de la Península y Canarias, sólo aguantaban las duras. Las supervivientes.

Y sin embargo, aún les quedaba corazón. Cuando estaba tieso de viruta y sin compañeros, y no tenía para pagarles una copa, se venían a mi mesa igual, y se turnaban para no dejarme solo. Un día que volví de una incursión peliaguda en la frontera oriental, Patricia me dedicó públicamente una copla -«para mi niño», dijo.- y luego nos marcamos un baile muy agarrado en la pista; tan agarrado que puso celoso a un canario que se la trajinaba, y mi amigo el teniente Albaladejo tuvo el detalle de romperle la cara al fulano por mí, porque yo no llevaba navaja. Y otro día que cumplí veinticuatro, las chicas, que no parecían las mismas sin maquillaje y con ropa de día, me hicieron una paella y una tarta en la playa, y me cantaron cumpleaños feliz.

Después se murió Franco, y el Sahara se fue al carajo, y yo me fui a otros sitios y otras guerras. Y cinco o seis años después encontré a Patricia y a la Franchute en un cabaret de Las Palmas. Estaban muy hechas polvo, pero aún mantenían el tipo. Nos abrazamos y se echaron a llorar, poniéndome perdido de colorete y de rimmel. Esa noche les pagué todo el champaña del mundo. Me gustó que llorasen por mí, y que todavía me llamaran niño.

21 de septiembre de 1997

lunes, 15 de septiembre de 1997

Una horchata en las Vistillas

Como ciudad, reconozco que es infame. Sucia, molesta, siempre llena de obras, de andamios, vallas y zanjas que te acechan con toda la insidia del mundo, esperando que caigas en una de ellas y te rompas una pierna. El tráfico puede volver majareta a cualquiera, agravado por la mala educación que alcanza también a la gente que camina por las aceras. Vivo fuera de Madrid desde hace quince años, en lo que antes se llamaba sierra y ahora se ha convertido, a trechos, en una especie de prolongación monstruosa de la urbe. Cuando estoy allí bajo sólo una o dos veces por semana, y cada vez que lo hago sigo sintiéndome como el paleto de aquellas películas en blanco y negro de José Luis Ozores y Tony Leblanc, con la boina y la garrota, acojonado por el estruendo y el trajín de la capital.

Hay, sin embargo, dos barrios que me reconcilian con Madrid. Uno es el espacio que media entre la glorieta de Atocha y la cuesta de Claudio Moyano hasta Recoletos y el café Gijón, incluyendo ese magnífico triángulo compuesto por el Prado, el Thyssen y el Reina Sofía, los hoteles Ritz y Palace, el Jardín Botánico, los anticuarios de la calle del Prado, el Retiro, Cibeles y la Puerta de Alcalá. Ese Madrid, elegante, poblado de árboles, denso de cultura y de parques para pasear, leer, mirar a la gente, se complementa con otro, comprendido entre la Puerta del Sol, ópera y el Palacio Real, por una parte, y las Vistillas, la Puerta de Toledo, Embajadores, Tirso de Molina y la plaza de Santa Ana por la otra; perímetro castizo que contiene el Rastro, la plaza Mayor y el llamado barrio de los Austrias. Ahí, a poco que uno callejee y sepa mirar, pueden sentirse todavía los ecos del Madrid de siempre; ese Madrid de portera, gato y taberna donde aún es posible revivir, en cada esquina, las mejores páginas de nuestro teatro y nuestra novela, desde Lope y Tirso a Moratín, Baraja, Valle-Inclán o Galdós.

Hay, sobre todo, dos momentos en que esa parte de la ciudad me parece bellísima: las mañanas azules y frías de invierno, cuando el sol se refleja en los espejos del café Gijón, y afuera templa un poco las viejas piedras bajo ese cielo que parece pintado por Velázquez, y llena de luz los bancos del Prado y los tenderetes de libros viejos de la cuesta Moyano. El otro momento mágico son las noches de verano, cuando el aire es tibio, y la ciudad invita a caminar por la cuesta del Nuncio, sentarse a tomar una horchata en las Vistillas, viajar en el tiempo entre los arcos centenarios de los soportales de la plaza Mayor, tapear en la Cava Baja o tomarse una cerveza en la plaza de Santa Ana. En esos lugares y esos momentos, Madrid se vuelve ciudad abierta a las gentes y al tiempo; escenario entrañable dónde la Historia, lo pasado y lo de ahora, parecen fundirse suave, naturalmente. No se trata, como en otras capitales europeas mucho más bellas, de escenografías cuidadosamente dispuestas para turistas; sino de un espacio de una sencillez y una humanidad cautivadoras, que con el primer vistazo y la primera sensación uno comprende que está ahí porque siempre estuvo ahí. Porque ni la estupidez, ni la desmemoria, ni la especulación, han podido asesinarlo.

También el factor humano tiene mucho que ver con todo eso. Porque a tales horas y en tales lugares, se da una curiosa sintonía mimética, una complicidad singular entre la gente y el paisaje urbano de estos barrios y lugares. Todo lo áspero del otro Madrid se desvanece aquí; como esos ríos africanos donde, en tiempo de sequía, los animales acuden a beber con el compromiso tácito de no atacarse allí los unos a los otros. Del mismo modo, Madrid se descubre entonces como lo que de verdad es: una especie de legión extranjera donde cualquiera es bien recibido, y nadie pregunta por la lengua, el origen ni el Rh. Aquí nada importa tu vida anterior. Y la palabra patria se vuelve, de pronto, algo asombrosamente simple y agradable: las cosas que tienes en común con el otro, el chato de vino compartido sobre el mármol húmedo de la tasca, la gente que conversa de mesa a mesa en las terrazas de los bares, la pareja de edad madura que baila un pasodoble en la verbena de las Vistillas, mirándose a los ojos como si aún siguiera vivo, y gracias a ellos lo está, aquel Madrid del Felipe y la Mari Pepa que sus abuelos -todos nuestros abuelos- tarareaban con las zarzuelas.

Por eso me gusta ese Madrid. Porque es lo que podría ser España, si la dejaran.

14 de septiembre de 1997

lunes, 8 de septiembre de 1997

Ellos nunca son

No sé cómo se lo montan los guiris, pero aquí somos maestros en el arte de escurrir el bulto. En ese difícil encaje de bolillos, España ha sido siempre el país del yo no he sido y del no quería pero me obligaron. Y tengo, voto a tal, verdaderas ganas de que en alguna ocasión, cuando sale el tiro por la culata, alguien se asome donde corresponda y diga en voz alta y clara: «Es cosa mía, y asumo la responsabilidad». Este verano, dándole a la tecla, anduve a vueltas con libros y revistas sobre los últimos cien años. Y les juro a ustedes que, viendo largar a la gente de la época, parece que no haya pasado el tiempo. Todo igualito que ahora. Al día siguiente de los desastres de Cuba y Filipinas, non plus ultra de la ineptitud y la poca vergüenza, aquí ni había pasado nada ni nadie tenía la culpa. Y hasta la prensa de entonces, que con su frívola irresponsabilidad estuvo alentando aquella guerra suicida y absurda, miraba para otro lado y hablaba de otra cosa, como sí se hubiera limitado a pasar por allí.

En 1921, calcado lo mismo. Todo un ejército se desmoronó en Annual, los moros nos mataron en un par de días a 8.000 hombres, cogiendo prisionero a un general -otro se suicidó- y a un centenar de jefes y oficiales, que salvaron la vida mientras a los soldaditos los degollaban ante sus ojos como si fueran corderos. Y como de costumbre, salvo un expediente y un par de destituciones de chichinabo, nadie asumió la responsabilidad ni dijo oigan, es cosa mía. Tendrían ustedes que ver a mis primos, en las fotos de las revistas ilustradas, con sus chaqués y sus chisteras y sus honorables bigotes, mirando muy serios a la cámara en el veraneo de San Sebastián, o en la exposición de automóviles inaugurada por su majestad el rey. El hato de irresponsables y de sinvergüenzas.

En fin. Basta recorrer el último siglo hacia adelante o hacia atrás, para encontrar ejemplos a mogollón: aceite de colza, Matesa, el Barranco del Lobo, Sofico, Ifhi, lapresa de Tous, la quema de conventos, el Sahara, Gibraltar, nuestra segunda pérdida de Hispanoamérica, la reforma educativa, Casas Viejas, Paracuellos, el desmantelamiento industrial, el cultural o el del lucero del alba. Aqui siempre es lo mismo: llega un fulano, o una fulana, pone patas arriba el cotarro, trinca -a veces es tan imbécil que ni siquiera pretendía eso-, dice adiós muy buenas y se larga, y las reclamaciones al maestro armero. Después nadie sabe nada, ni ha visto nada, ni les suena su cara. Y la factura la pagan los de siempre, mientras los golfos apandadores que hacen experimentos con vidas y haciendas -mejor los harían con la gaseosa de su puta madre- no reconocen jamás un error, una responsabilidad, una firma. Puestos a no asumir, ni siquiera las malas bestias de la dirección de ETA asumen cuando la cagan.

Todo eso deriva, a mi juicio, de la inseguridad y la propia certeza de la chapuza. Alguien seguro de lo que hace, convencido de que su actuación es la correcta y dispuesto a asumir con honradez las consecuencias, enfrenta la cara o la cruz de modo distinto al que va de soslayo, rumiando ya cómo quitarse de en medio si las cosas salen mal, o cómo llevarse cruda la pasta que genere el negocio. Y si esa inseguridad, esa mala conciencia, esa falta de convicción personal se alía con la ausencia de coraje, entonces apaga y vámonos. Porque, salvo contadísimas excepciones, los políticos son cobardes. Son muy cobardes, y por eso sobreviven a veces tanto tiempo, agazapados en su ángulo de la foto, con esas caras que algunos tanto se curran ellos mismos a pulso, y que suelen ser elocuente espejo de sus almas. A una viejecita, por ejemplo, la flambean en Lequeitio al ir a la compra, los colegios públicos se van a tomar por saco, Cuba se pone a hablar inglés, los integristas proclaman la república islámica de Melilla, y aquí nadie tiene la culpa de nada, o se le echa con hábil presteza al vecino más próximo, a Felipe II, a la devaluación del dólar, a la prensa canallesca o al Rh de Indíbil y Mardonio. Otro verbigracia tonto: se imaginan lo mucho que nos habría evitado don Felipe González si hubiera salido hace unos años en la tele, diciendo: «Lo del GAL lo asumo yo, por razón de Estado»?... Pero órdagos como ése son inimaginables, porque no resultan propios de su bonito oficio. Que es el oficio más viejo del mundo.

7 de septiembre de 1997

lunes, 1 de septiembre de 1997

Budistas de pastel

Hay en las Alpujarras, o en Pamplona, o no sé dónde -igual no es uno sino que son varios- un centro budista que se ha convertido en una especie de chichi de la Bernarda en papel couché. Y cada equis tiempo una u otra revista sacan un reportaje con alguien conocido en plan místico, sentado en la postura Sisevananda número ocho, o como se llame, con mucha foto en colorín y el titular invariable «Fulanito -o Fulanita- se ha ido a vivir a un monasterio budista». El penúltimo, creo recordar, era Domingo Torroba, aquel fascinante novio, o ex novio, o lo que fuera, que tuvo Karina. Lo que da cierta idea del nivel de la cosa. Por lo general, el sujeto o la sujeta en cuestión acompañan los afotos con declaraciones del tipo «aquí he encontrado la paz que tanto anhelaba», o «aquí me he reconciliado con mi misma mismidad»; edificantes confesiones que invitan, sin duda, a la serena reflexión y al ejemplo.

Lo de menos es que luego, al leer el texto, se entere uno de que en realidad vivir, lo que se dice vivir, el antedicho o la antedicha no viven en el monasterio, sino que están pasando allí tres días de vacaciones, igual que podían habérselos tomado en un hotel de ¡Marbella. Y tampoco importa mucho el hecho insólito de que, pese al retiro espiritual y el aislamiento rural que uno imagina en este tipo de centros, en mitad de breñas, peñascos y altas cumbres de solitaria paz, los fotógrafos de la revista o la agencia de turno localicen con tanta facilidad imagino que quebrando brutalmente la armonía de su éxtasis místico- al individuo o individua en cuestión. Eso es lo de menos, insisto. Como dirían, y dicen, algunos de los interesados, eso resulta irrelevante. Incluso anecdótico. Porque lo bonito, lo realmente positivo del asunto, la jugosa almendra del mándala, o la mandorla, o como carajo se llame, viene cuando el Siddhartha en agraz explica en profundidad lo que el budismo ha aportado a su vida; y matiza que el hecho de que muchos artistas y muchos famosos como él se hayan apuntado al asunto no es una moda, no, sino una casualidad. Y sí, afirma, en efecto, el budismo aporta una filosofía a la vida que, bueno, ya saben. Es, ¿cómo diría yo? O sea. No hace falta ser famoso para practicarlo. Y no, él o ella no han estado todavía en el Tíbet; pero proyectan visitarlo en breve, para intensificar la experiencia. Sí, también han pensado ir a visitar a los refugiados del Nepal. Y a los niños de Bosnia. ¿O lo de ahora es Chechenia?

Así que me han convencido. Si, por señalar sólo tres ejemplos, Amparo Muñoz logra encontrarse a sí misma a base de Karmapa pamplonica, Penélope Cruz consigue mediante el accésit budista de su anterior etapa mística darle ahora un braguetazo al niño jinete -Gigí- del millonario Sarasola, y si Domingo Torroba consigue llenar en las Alpujarras el árido vacío espiritual en que se vio sumido tras su separación de Karina, yo también quiero ver la luz; así que voy a buscarme un monasterio a toda leche. Una vez allí, rapado y con un camisón de color azafrán, meditando por aquellas cumbres y pastos verdes sin más compañía que la vaca Milka y la Vaca que Ríe, me dedicaré a hacer el pino como en la penitencia de don Quijote. A meditar en la lentitud de los crepúsculos y a darle vueltas a la carraca recitando los nueve mil millones de Va a ser un flipe que te cagas, Manolín. Y ya estoy viendo los titulares: «Quiero ser lama, advierte Reverte»... «Aquí he encontrado mi yo y mi circunstancia»... «Nacho Cano y Richard Gere me enseñaron el camino»... «Entre la civilización y Buda, elijo a la más tetuda».,, Y etcétera. Igual hasta me salen adeptos, y formo la secta de la Perfecta Tolerancia Infinita, y nos pasamos así los días, transidos en la posición Ramachandra y mirando para Triana, y gracias a eso me hago un hombre de bien, y dejo de escribir tacos los domingos, y me regenero, y digo Girona, y voto al Pepe. O por lo menos, voto.

Y es que la luz siempre es la luz. Y por cierto, hablando de luces, y de flashes, espero que el ¡Hola" el Diez Minutos, el Semana y el Lecturas se porten como suelen y permitan, cuando los fotógrafos pasen casualmente por allí y den con mi oculto paradero, que el reportaje lo coordine Nati Abascal con viajes Gavilán o Paloma, y se me permita lucir túnicas de bonzo estilo Rappel, diseñadas por Giuliano y Piolino para El Corte Inglés.

31 de agosto de 1997