Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 27 de diciembre de 1998

Canción de Navidad

A lo mejor ya conocen la historia. O les suena. El caso es que estaba la hormiga dale que tepego, curranta como era, acarreando granos de trigo y todo cuanto podía a su hormiguero, sudando la gota gorda porque era agosto y hacía un calor que se iba de vareta. Iba y venía la prójima de un lado para otro, con esa seriedad metódica y disciplinada que tienen las hormigas comme il faut, amontonando provisiones para el invierno. Tan atareada iba, que hasta pasaba mucho de un hormigo que estaba buenísimo y le decía cosas. Adiós, reina mora, piropeaba el fulano rozándola con las antenas. Quien pudiera abrirte las seis patas a la vez. Y ella, cargada con su grano de trigo o su hojita de perejil, no se daba por enterada y seguía a lo suyo, up, aro, up, aro, obsesionada con aprovisionarse la despensa, que luego viene el invierno y pasa lo que pasa.

Cada día, la hormiga pasaba por delante de una cigarra que tenía un morro que se lo pisaba, la tía, todo el rato tumbada a la bartola debajo de una mata de romero, acompañándose con la guitarra mientras cantaba canciones de Alejandro Sanz y cosas así. Quién te va a curar el corazón partío, decía la muy canalla, choteándose de la pobre hormiga cuando ésta pasaba cerca. A veces, cuando se había fumado un canuto e iba más puesta, la cigarra llegaba incluso a increpar a la hormiga. Adiós, curranta, estajanovista, le decía la muy perra. Que no paras. Otras veces se despelotaba de risa, y le tiraba chinitas a la hormiga, más que nada por joder, y le decía echa por la sombra, sudorosa, que trabajas más que Juanjo Puigcorbé. Hay que ser gilipollas para andar de arriba abajo acarreando trigo, con la que está cayendo. Tontadelpijo.

La hormiga, claro, se ponía de una mala leche espantosa. A veces se paraba y amenazaba con el puño a la cigarra. Vete a mamársela a alguien, decía. Y respondía la cigarra: pues oye,igual voy, ya que tú no tienes tiempo. Otras pasaba de largo rechinando los dientes, o lo que tengan las hormigas en la boca. Ya vendrá el invierno, mascullaba encorvada bajo el peso de su carga. Ya vendrá el invierno, hijaputa, te vas a enterar de lo que vale un peine. Tú canta, canta. Que el que en agosto canta, en diciembre Carpanta. Pero la cigarra se despelotaba de risa.

Total, que llegó el invierno y como se veía venir cayó una nevada de cojones. Y la hormiga se frotaba las manos en su hormiguero calentito, junto a la estufa, y contemplaba su despensa llena. Y pensaba: ahora vendrá esa chocho loco pidiendo cuartelillo, muerta de hambre y de frío. Ahora vendrá haciéndome el numerito para que me compadezca. Pero conmigo va lista. Le van a ir dando. Esa palma en mi puerta como que hay Dios.

Y entonces, estando la hormiga en bata y zapatillas, con la tele puesta viendo Tómbola, suena el timbre de la puerta. Y la hormiga se levanta despacio, recreándose en la suerte. Ahí está esa guarra, piensa. Tiesa de hambre y de frio. A ver si le quedan ganas de cantar ahora. El caso es que abre la puerta, y cuál no será su sorpresa cuando se encuentra en el umbral a la cigarra vestida con abrigo de visón que te cagas, y con un Rolls Royce esperándola en la calle.

-He venido a despedirme -anuncia la cigarra-. Porque mientras tú trabajabas, yo me ligué a un grillo que está podrido de pasta. Pero podrido, tía.

-Venga ya -dice la hormiga, estupefacta.

-Te lo juro. Y Manolo (porque el grillo se llama Manolo)me ha puesto un piso que alucinas, vecina. Y ahora me voy a Londres a grabar un disco.

-No jodas.

-Como te lo cuento. Y luego Manolo me lleva a un crucero por el Mediterráneo, ya sabes: Italia, Turquía, Grecia...Ya te escribiré postales de vez en cuando. Chao.

Y la cigarra se sube el cuello de visón y se larga en el Rolls Royce. Y la hormiga se queda de pasta de boniato en la puerta. Y luego cierra despacito, y se va meditabunda de vuelta a la estufa y a la tele, y se sienta, y mira la despensa, y luego mira otra vez hacia la puerta. Y se acuerda del hormigo del verano, que al final se lió con otra hormiga amiga suya, una tal Matilde. Mecachis, piensa. Se me ha olvidado decirle a la cigarra que, ya que va a Grecia, pregunte si todavía vive allí un tal Esopo. Un señor mayor, que escribe. Y si se lo encuentra, que le dé recuerdos de mi parte. A él y a la madre que lo parió.

27 de diciembre de 1998

domingo, 20 de diciembre de 1998

Felipemanía


Se veía venir. Este es un país tan excesivo, tan tonto del haba, tan dispuesto a apuntarse a la nueva moda mientras siga siendo eso, moda, que todo termina haciéndose aborrecible de puro sobado. De García Lorca, verbigracia, hemos terminado hasta la gola. Y tal vez recuerden que hace unos meses, un poco antes del estallido de la felipemanía incontrolada, el arriba firmante celebró en esta página la primera exposición que sobre el segundo de los Austrias acababa de inaugurarse en El Escorial: Ya iba siendo hora, decía, de que se recupere sin complejos la personalidad del rey que gobernó el mayor imperio conocido de forma eficaz y terrible, y que la sordidez y la grandeza de esa época sean conocidas por las actuales generaciones. De que Felipe II, glorificado por el franquismo y literalmente arrojado a las tinieblas por los ministros de Educación y de Cultura de los siguientes veinte años, recobre su lugar histórico natural.

Lo que no podía imaginar entonces aunque debí hacerlo, conociendo a la panda de gilipollas que en España maman, o pretenden hacerlo, de la palabra cultura- era hasta qué punto la imagen, vida y milagros del señor de luto iban a ser, como lo han sido, ventiladas hasta el empacho. Aquella exposición de El Escorial fue el pistoletazo de salida para un sinfín de exposiciones, conferencias, conciertos, publicaciones y programas televisivos que han terminado por hacer tan aborrecible de nuevo al monarca, de puro plasta, que los españoles estamos ahora en mejores condiciones que nunca para sentir simpatía por los holandeses y los ingleses y los franceses que se pasaron la vida combatiéndolo, intentando librarse de él, o puteándolo. Tertulianos radiofónicos, columnistas todo terreno, alcaldes pedáneos, entrenadores de fútbol y espontáneos de diverso pelaje, muchos de los cuales no leyeron un libro entero en su vida, han enriquecido la materia con definitivas aportaciones, opiniones y matices. Y el cabroncete de mi librero ha destrozado mi cuenta corriente enviándome -y cobrándome- no menos de cuatrocientas treinta nuevas publicaciones y catálogos sobre el personaje, que se amontonan en pilas en el pasillo, y con las que ando tropezando a cada paso, entre blasfemias. Lo que es para hartarse, y para ciscarse en Felipe II y en la madre que lo parió, que por cierto se llamaba Isabel y era muy guapa y portuguesa. De modo que hasta Manuel Rivas, mi hermano del Finisterre, tan buena gente que nunca se mete con nadie, acaba de decir por escrito que está del blanqueo histórico del segundo Felipe hasta los mismísimos cojones. Y que el fulano le cae fatal. Y todo eso, a pesar de que Manolo tuvo un architatarabuelo -lo sé de buena tinta- que luchó en los tercios de Flandes.

En cuanto al fondo ideológico del asunto, qué les voy a contar. Porque, como dicen mis paisanos de Cartagena, una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa. Una cosa es defender lo defendible, aproximarse al personaje en sus errores y sus aciertos y no asumir por el morro la leyenda negra que fabricaron los enemigos, y otra cosa es convertir de pronto a Felipe II en príncipe renacentista y mecenas de las artes y las letras, en non plus ultra del progreso y la cultura. Una cosa es hablar de su magnífica biblioteca y de la difícil tarea que recayó sobre sus hombros en la dirección del imperio más complejo y poderoso del mundo, y otra es olvidar el cerrojazo que para España supuso la Contrarreforma por él impuesta, las hogueras de la Inquisición, la matanza de moriscos y la guerra estéril en la que España se desangró durante ochenta años para terminar hecha la piltrafa que todavía somos. Una cosa es acercarse a una imponente figura con ojos de la época, en el contexto de lo que entonces era posible y de lo que no, y otra querer convertirla en modelo de virtudes según los resbaladizos y peligrosos -si se aplican al siglo XVI- cánones actuales, y olvidar que casi todos los reyes han sido nefastos en todas las épocas, incluida ésta. Alguna vez he dicho que la memoria de España no es de izquierdas ni de derechas sino eso, memoria a palo seco, y como tal muy necesaria. Pero de nuevo se ha caído en el extremo contrario, en el punto opuesto del maldito movimiento pendular al que siempre parecemos condenados en este país desgraciado.

Ahora -cielo santo- nos anuncian el cuarto centenario de Velázquez. Así que ya puede ponerse a remojo el pintor sevillano. Porque aquí, todo cuanto se toca, a veces por defecto y casi siempre por exceso, termina convertido en mierda.

20 de diciembre de 1998

domingo, 13 de diciembre de 1998

Ángel

Se ha casado la hija de Ángel, y estuve en la boda para verlo de padrino, con una flor en la solapa, y repartiendo puros en el convite. Se ha casado con un chaval grandote, buena gente y trabajador, de esos a quienes las suegras adoran y a quienes los suegros ofrecen tabaco. Se ha casado la hija de mi tronco el rey del trile, el ex delincuente que hablaba por la radio, que luego se hizo honrado y que ahora vive como puede con veinte mil duros al mes, trabajando en una empresa -hay que joderse-de seguridad. Se ha casado la chinorri de mi plas, el que fue ladronzuelo de mercados, boxeador sin fortuna, timador callejero, trilero y golfo de pro. El que llegó a manejar la borrega y los tapones como nadie, y a quien la aristocracia del barrio, o sea, el personal que se busca la vida, respetó siempre como hombre cabal y de palabra, de esos que no se derrotan de un amigo ni se chotean de los enemigos, por muy perros que sean.

Ángel y el arriba firmante nos conocimos hace quince años. Yo necesitaba, por motivos profesionales, un chorizo experto en ciertas inquietantes habilidades. Él era el mejor en su registro, así que llegamos a un acuerdo entre caballeros. Luego vinieron muchas cañas y muchos bares y muchas conversaciones, y aquel programa de radio de los viernes por la noche, 'La ley de la calle', con Manolo el pasma y los otros, que duró cinco milagrosos años hasta que, cuando obtuvo el premio Ondas, se lo cargó el entonces director de RNE, un tal Diego Carcedo, honesto defensor de las libertades y demócrata de cojones.

Daba gloria ver a Ángel de padrino, con esa nariz de boxeador y esos ojos oscuros y atentos que no pierden comba y te miran fijo, como leyendo los libros de estudio que él nunca tuvo. Sus estudios fueron otros: la calle, la vida, la madera, el talego, los consortes. Por eso es como es. Duro y cabal como la madre que lo parió. El caso es que Ángel es mi tronco, mi colega, mi hermano. Hasta me dejó usarlo de modelo en 'La piel del tambor' para el personaje de el Potro de Mantelete. Y el otro día me llama y me dice, oye, colega, se casa la niña, así que te quiero ver, y si tengo que levantarme yo de la mesa del convite para que te sientes tú, pues me levanto. Y allí me fui, qué remedio, con una chaqueta azul marino y una corbata. Y todos los invitados eran gente honrada, amigos y familiares del novio o compañeros del actual trabajo de Ángel, pero todavía pude encontrar algún resto del pasado, algún superviviente de otro tiempo. Así que me estuve primero en la puerta de la iglesia con el Patillas y el Mellao, hablando de los viejos tiempos, y el Patillas, que ya está mayor que te cagas, me ofreció un pitillo disculpándose porque el tabaco rubio que fuma ahora es una mierda, pero es que cuando te retiras de la calle, dijo, hay que ir mirando con tiento la viruta que uno gasta. Y el Mellao, que también se bandea ahora lejos de las comisarías, me habló de cuando él y el Patillas y Ángel eran más jóvenes y se iban a la feria de Sevilla, y a los san fermines, y en verano a Ibiza a tangar guiris y pringaos, y en una noche de juerga quemaban doscientos papeles. Y luego fuimos a la comida, y hubo mariachis y baile, y Ángel bailó un pasodoble con la madrina y luego él y yo nos fuimos a un rincón a mirar el panorama y a los invitados, y me fumé un farias hablando de otros tiempos, y le dije ojalá tengas treinta nietos cabales como tú, colega, y yo vaya a los treinta bautizos. Y entre los treinta te jodan vivo.

Fui el único del antiguo grupo de la radio que estuvo en la boda. Ángel los había invitado a todos, pero el tiempo pasa, y la gente tiene cosas que hacer, y cambia, y Manolo el madero es ahora una estrella y anda, lo justificó Ángel, con mucha ruina y muchos compromisos. Y Mayte vive en otros rollos, y Mar Racamonde estaba de reportaje. Y el resto de la banda se perdió en los vericuetos de la calle y de la vida, como Ruth, la lumi que salía de los servicios de señoras de RNE vestida con minifalda para hacer la carrera, y que vete a saber por dónde anda ahora. O como Juan, pequeñito y rubio y duro, Juan y su tándem y sus camisas limpias planchadas por su vieja, de quien no hemos vuelto a saber nada, nunca más. Y con el farias mediado y una ginebra con tónica en la mano, yo miraba a Ángel y le sonreía, y el alzaba una ceja, como siempre, con aquel aire de resignado estoicismo, y decía así es la vida, amigo. Y yo pensaba para mi forro: suerte que tienes, Arturín. El privilegio de que un tío como Ángel te invite a esta boda y te llame amigo.

13 de diciembre de 1998

domingo, 6 de diciembre de 1998

La cuesta Moyano

Madrid es una ciudad zafia y grosera, martirizada por conductores insolidarios y ruidosos, obras interminables, guardias de tráfico y grúas municipales que nunca están donde deben estar, y por un alcalde que se maquilla con cemento, impávido, el pétreo rostro cada mañana. Un alcalde a quien mi vecino Marías, que además de perro inglés es tigre chamberilero y morador actual de la Plaza de la Villa, y como tal sufre a diario el asunto en sus carnes y sentimientos, asesta de vez en cuando indignadas catilinarias que el arriba firmante, o sea, yo, suscribo sin reservas, de alfa a omega. Sin embargo, pese a ediles sin escrúpulos ya otros elementos de la misma reata, a Madrid no han conseguido quitarle todos sus encantos, alguno de los cuales ya cité en esta página. y entre esas pequeñas reservas apaches, bastiones que resisten más o menos victoriosamente el embate de la ordinariez, la estupidez y la codicia, y aún ofrecen refugio a las gentes de buena voluntad, se cuenta todavía, gracias a Dios o a quien sea, la cuesta de Claudio Moyano.

Ahora que vienen esas largas mañanas luminosas e invernales, cuando las ramas desnudas de los árboles dejan que el sol caliente los tenderetes y los puestos pintados de gris que se escalonan calle arriba, la vieja y querida cuesta Moyano, feria permanente del libro de segunda mano, es punto obligado para quienes saben pasear por ella como por una playa fascinante, donde los naufragios de miles de bibliotecas y saldos editoriales arrojan sus restos entre resacas de tinta y papel. Si el viajero que llega a Madrid es uno de esos felices contaminados por el virus singular, incurable, que se adquiere al tocar las páginas del primer libro hermoso, uno de sus itinerarios obligados se iniciará en el paseo de Recoletos, con un cortado sobre los viejos veladores de mármol del café Gijón, a esa hora en que hay pocos clientes y Alfonso el cerillero, entre bostezo y bostezo, hojea el periódico junto a sus cajetillas y décimos de lotería. Luego, tras saludar en silencio a todos los venerables fantasmas que acechan entre aquellas paredes y espejos venerables, el viajero bajará acompañado por uno de ellos -Jardiel, Valle, Baroja o cualquier otro- hacia Cibeles y el paseo del Prado, y por la margen izquierda, sin prisas, llegará a la verja del jardín Botánico para luego, torciendo también a la izquierda, subir por Moyano deteniéndose entre los puestos de libros que allí aguardan a que un afortunado poseedor les dé calor, utilidad y vida. y tal vez, si ese día el buen fantasma de turno le sonríe por encima del hombro, el paseante hallará, con un ligero sobresalto de placer emociona-do, ese volumen nuevo o amarillento, ese título que busca, que intuye o que espera, destinado a él desde que alguien, quizá muerto hace siglos, lo imaginó y escribió en la soledad de un estudio, en una buhardilla, en el velador de un café, antes de darlo a la imprenta como quien pone un mensaje dentro de una botella capaz de recorrer el curso del tiempo.

Después, con su botín maravilloso bien apretado contra el pecho, el paseante continuará camino calle arriba, mirando otros puestos con la esperanza de que el milagro se repita. Pasará ante libreros de guardapolvo gris o chaquetón de cuello alzado que se calientan al amor de una estufa eléctrica, rostros curtidos por años de estar bajo la lluvia, el sol y el viento, como viejos marinos varados en un puerto imposible frente a la estación de Atocha. Hallará en ellos, sin que nada tenga eso que ver con la mágica mercancía que exponen, inteligencia o estupidez, mezquindad o simpatía. Cruzará ante tenderos para quienes un libro sólo es algo que compras y vendes, y también ante hombres y mujeres seguros de que su oficio es el más bello del mundo. y junto a malhumorados gruñón es que murmuran si manoseas tal o cual volumen que no tienes intención de comprar, hallará indulgentes ancianos, pacientes asesores, corteses compañeros. y también a toda esa entrañable generación de libreros jóvenes, Boris, Paco, Antonio Méndez, Alberto y algún otro, que antes leen lo que luego venden, que heredaron de sus padres y abuelos sus viejos puestos de libros, o los compraron embarcándose en arriesgadas aventuras, y sueñan con que la cuesta Moyano vuelva a serlo que fue, e imaginan modos de mejorar aquello, y acarician proyectos e ilusiones, y pronuncian palabras como solidaridad, renovación, esfuerzo, trabajo. Ya veces piden a los amigos, entre caña y caña de cerveza, que escriban artículos como éste.

6 de diciembre de 1998

domingo, 29 de noviembre de 1998

El niño que no cantó

Tengo un amigo que, merced a sus emisiones de radio, a un programa de la tele y a su columna en el diario Reforma es, posiblemente, el periodista cultural que más influye en Méjico. Sin duda se cabreará conmigo porque escribo Méjico y no México; pero como soy un gachupín cabroncete y ahora estoy en España, y además su hija Juana Inés lee mis novelas desde antes de que lo hiciera él, escribo Méjico como me sale de los higadillos. Con jota de joder aztecas, que diría aquel animal de Alvarado, el que se escapó por los pelos, él y cuatro más, de la escabechina en la retaguardia de la Noche Triste, cuando Cortés dijo maricón el último. En cuanto a mi amigo, se llama Germán Dehesa y es un cincuentón chaparro, lúcido, hipocondríaco y mordaz, que- se ha convertido en la cruz del gobierno del señor Zedillo porque no le da martillazo sin clavo. El último episodio corresponde a una recepción en la que Zedillo, al saludar a Germán, le susurró entre campechano y dolido: «Cómo chingas». A lo que éste respondió: «Sí, señor presidente. Pero yo chingo a uno, y otros chingan a noventa millones de mejicanos».

Germán, que está casado con su Hillary, o sea, la rubia y guapísima cantante Adriana Landeros, le daba clase de Literatura a las señoras ricas de la buena sociedad mejicana, por supuesto a cambio de una pasta gansa, y con eso pudo ir tirando hasta que la vida empezó a irle bien. Ahora esas mismas señoras, y sus nueras e hijas e incluso nietas, siguen acudiendo a él para que les hable de Borges y de Quevedo y de Valle Inclán, y además le forman una especie de club de fans de marujas cultas -o de lupitas, o de como diablos se diga allí- que siguen todas sus intervenciones públicas, y que darían por él alma, corazón y vida, cual reza el bolero. Además, Germán es apacible y de apariencia desvalida, torpe como pato fuera del agua, de esos fulanos que siempre olvidan la gabardina en el taxi y le dan mal a los botones del ascensor, e ignoran el funcionamiento de un microondas, y necesitan que alguien vaya a buscarles medicinas a las cuatro de la mañana. Todo lo cual explota el muy hijo deputa en su beneficio; y las señoras, y su mujer, y el pedazo de nórdica súrdica con aire de valkiria que le oficia como ayudante, lo llevan de acá para allá, abrigándolo para que no se resfríe, conduciéndole el coche para que no se fatigue. Así que no vean cómo se lo monta, el tío.

No siempre fue así. Descendiente de asturianos que emigraron a Méjico hace varias generaciones, e incluso desempeñaron cargos públicos en tiempos de Porfirio Díaz, Germán tuvo una infancia modesta. Pobre, la define él cuando recuerda el tiempo en que su aspiración era cantar en el coro del colegio, donde llegó a figurar entre las terceras voces, siendo la primera -un niño español llamado Plácido Domingo. Germán creyó llegado el momento de su vida cuando anunciaron un recital del coro en Bellas Artes. Necesitaba unos zapatos para el acontecimiento, y sus padres, haciendo un sacrificio costoso, decidieron comprarle unos. Tuvo que ser a plazos, pero que Germancito cantara en Bellas Artes, bien merecía el sacrificio. De modo que pagaron la primera cantidad, y él, ilusionado, pudo probarse los zapatos nuevos, relucientes. Ya imaginaba a su madre, y a su padre encorbatado, escuchándolo. Pero no llegó a ir nunca. La víspera, el director del coro hizo un último ensayo de voces y el niño Germán se quedó fuera, con aquellos zapatos nuevos de los que sus padres habían pagado el primer plazo. Y nunca llegó a cantar en Bellas Artes ni en ningún otro maldito sitio.

Ahora tiene viruta, una casa estupenda, políticos que lo temen y se esfuerzan en hacerle la pelota, fans marujonas a las que se les hace el asunto agua de limón cuando lo oyen recitar un soneto de Quevedo, y amigos por los que es capaz de batirse, si se tercia, a espada y daga. Amigos que, cuando viajan a las Indias, beben con él tequila Herradura reposado y disfrutan de su amistad generosa, tranquila y cómplice. Pero con todo eso, Germán no ha olvidado nunca al niño que no llegó a cantar en Bellas Artes. Y a veces, al anochecer, cuando bebe despacio una copa o cuando entorna los ojos entre el humo de un cigarrillo, se interrumpe y parece atento a unos pasos lejanos, a un sonido o al rumor de la lluvia. Y entonces sonríe melancólico, como si el fantasma de aquel niño con zapatos nuevos comprados a plazos, que nunca pisaron el suelo encerado de Bellas artes, aún esperase afuera.

29 de noviembre de 1998

domingo, 22 de noviembre de 1998

Tásame mucho

Pues nada. Que resulta que, sin premeditación, le echo un vistazo al Boletín Oficial del Estado, alias BOE, y me encuentro con un buen tocho de páginas donde pone TASAS, firmado Juan Carlos R., y abajo, en letra menos importante, José María Aznar López. Y me digo ojo, chaval, peligro. Inmersión, aú, aú. Inmersión. Reunión de pastores, oveja muerta. A ver qué nuevo gravamen, o gabela, o exacción, o como se diga en bonito, acaban de sacarse mis primos de la manga. A ver con qué nuevo pretexto el Estado estatal va a darnos un poco más por saco en la cosa de la pasta, y cómo se las ingenian para exprimirnos todavía un pelín el gaznate. Lo mismo es una tasa nueva para financiar más bodas en Sevilla, o recursos del fiscal Fungairiño. Igual se les ha ocurrido gravar ahora el bostezo, o los salmonetes, o las señoras estupendas. O pagarle de una vez la jubilación a Julio Anguita, a ver si se dedica a escribir sus memorias -De la quema de conventos al pacto de Estella, sería un bonito título- e Izquierda Unida deja de parecer el teatro chino de Manolita Chen.

Pero no. Falsa alarma. Leo, y compruebo que no se trata de nuevas tasas, sino de la puesta a punto del régimen legal ya existente. Así que aprovecho para darle un repaso. Confieso que entro en materia algo asustado, porque ya el inicio es poco alentador, al precisar que las tasas se aplicarán al sujeto pasivo, o sea, a mí, cuando los servicios no sean de solicitud voluntaria y cuando los bienes, servicios o actividades sean imprescindibles para la vida privada o social del solicitante. Por lo menos, me digo intentando ver el lado positivo del asunto, lo que no es imprescindible no me lo tasan. Algo es algo.

Veamos. Hay una tasa por expedición de certificados, pasaporte y Deneí. También otra por vacunación de viajeros internacionales y otra de cinco mil pesetas por cambiarles el nombre a caballos y yeguas de pura raza. También se estipula otra por certificar compases magnéticos, o sea, que las brújulas señalen el norte y no el este, o el sureste. Eso vale mil quinientas, pero si la brújula tiene más de 100 mm. de diámetro, entonces sube a mil ochocientas, por el morro. En cuanto a las brújulas que señalan a donde les sale de los cojones, ésas, a lo que parece, quedan libres de tasas. Y es que ya ven. La Administración aprieta, pero no ahoga.

Prosigamos. Por analizar carne se cobra una tasa variable, según se usen, ojo al dato, cromatografías o fluorescencias indirectas. Eso es lógico. La duda me asalta cuando compruebo que también se cobra tasa por instalación de respiraderos, puertas de entrada o elementos análogos que ocupen el suelo o el subsuelo para dar luces, ventilación o acceso de personas. De lo que deduzco que, amén de lograr el viejo sueño de la Administración de tasarnos hasta el acto de respirar, todas aquellas puertas que no estén situadas al nivel de la calle, o sea, las que se abran cuatro palmos sobre la acera, e incluso más altas si cabe, quedan exentas de tasas. No deja de ser un detalle por parte del redactor del texto, probo funcionario sin duda, al que imagino con una importante tajada de Jumilla, hips, el día que le dijo su jefe de negociado: oiga, Romerales, márquese unas tasas.

A ver qué más se sacó el funcionario de la manga. Hay tasas por los servicios de prevención y extinción de incendios, por la recogida de algas y/o sargazos –joder con Romerales-, por las asistencias y estancias en hospitales, y por la desinfectación, desratización y destrucción de gérmenes nocivos para la salud pública prestados a domicilio o por encargo. Imagino que al llegar a este punto, Romerales ya había perdido todo respecto a lo humano y lo divino, pues acto seguido añadió como objeto de tasas asistencias y estancias en residencias de ancianos y guarderías infantiles, visitas a museos, bibliotecas y monumentos históricos o artísticos. Redactado lo cual, supongo, se frotó las manos con sádica sonrisa y añadió uso de cementerios locales, conducción de cadáveres y otros servicios fúnebres, recogida, tratamiento y eliminación de residuos sólidos urbanos, servicios de alcantarillado y mondas de pozos negros. Pero, claro, recordemos que se trataba exactamente de eso, de tasar actividades imprescindibles; y a eso debió de aplicarse el buen Romerales con ahínco. Me lo imagino mirando por la ventana y contando con los dedos, a ver, qué se me ocurre que sea imprescindible. De tasar lo prescindible pasó por completo, el muy hijo de puta.

22 de noviembre de 1998

domingo, 15 de noviembre de 1998

Los amos del mundo

Usted no lo sabe, pero depende de ellos. Usted no los conoce ni se los cruzará en su vida, pero esos hijos de la gran puta tienen en las manos, en la agenda electrónica, en la tecla intro del ordenador, su futuro y el de sus hijos. Usted no sabe qué cara tienen, pero son ellos quienes lo van a mandar al paro en nombre de un tres punto siete, o un índice de probabilidad del cero coma cero cuatro. Usted no tiene nada que ver con esos fulanos porque es empleado de una ferretería o cajera de Pryca, y ellos estudiaron en Harvard e hicieron un master en Tokio, o al revés, van por las mañanas a la Bolsa de Madrid o a la de Wall Street, y dicen en inglés cosas como long-term capital management, y hablan de fondos de alto riesgo, de acuerdos multilaterales de inversión y de neoliberalismo económico salvaje como quien comenta el partido del domingo. Usted no los conoce ni en pintura, pero esos conductores suicidas que circulan a doscientos por hora en un furgón cargado de dinero van a atropellarlo el día menos pensado, y ni siquiera le quedará el consuelo de ir en la silla de ruedas con una recortada a volarles los huevos, porque no tienen rostro público, pese a ser reputados analistas, tiburones de las finanzas, prestigiosos expertos en el dinero de otros. Tan expertos que siempre terminan por hacerlo suyo. Porque siempre ganan ellos, cuando ganan, y nunca pierden ellos, cuando pierden.

No crean riqueza, sino que especulan. Lanzan al medio combinaciones fastuosas de economía financiera que nada tiene que ver con la economía productiva. Alzan castillos de naipes y los garantizan con espejismos y con humo, y los poderosos de la tierra pierden el culo por darles coba y subirse al carro. Esto no puede fallar, dicen. Aquí nadie va a perder. El riesgo es mínimo. Los avalan premios Nobel de Economía, periodistas financieros de prestigio, grupos internacionales con siglas de reconocida solvencia. Y entonces el presidente del banco transeuropeo tal, y el presidente de la unión de bancos helvéticos, y el capitoste del banco latinoamericano, y el consorcio euroasiático y la madre que los parió a todos, se embarcan con alegría en la aventura, y meten viruta por un tubo, y luego se sientan a esperar ese pelotazo que los va a forrar aún más a todos ellos y a sus representados. Y en cuanto sale bien la primera operación ya están arriesgando más en la segunda, que el chollo es el chollo, e intereses de un tropecientos por ciento no se encuentran todos los días. Y aunque ese espejismo especulador nada tiene que ver con la economía real, con la vida de cada día de la gente en la calle, lodo es euforia, y palmaditas en la espalda, y hasta entidades bancarias oficiales comprometen sus reservas de divisas. Y esto, señores, es Jauja.

Y de pronto resulta que no. De pronto resulta que el invento tenía sus fallos, y que lo de alto riesgo no era una frase sino exactamente eso: alto riesgo de verdad. Y entonces todo el tinglado se va a tomar por saco. Y esos fondos especiales, peligrosos, que cada vez tienen más peso en la economía mundial, muestran su lado negro. Y entonces, oh prodigio, mientras que los beneficios eran para los tiburones que controlaban el cotarro y para los que especulaban con dinero de otros, resulta que las pérdidas, no. Las pérdidas, el mordisco financiero, el pago de los errores de esos pijolandios que juegan con la economía internacional como si jugaran al Monopoly, recae directamente sobre las espaldas de todos nosotros. Entonces resulta que mientras el beneficio era privado, los errores son colectivos y las pérdidas hay que socializarlas, acudiendo con medidas de emergencia, con fondos de salvación para evitar efectos dominó y chichis de la Bernarda. Y esa solidaridad, imprescindible para salvar la estabilidad mundial, la paga con su pellejo, con sus ahorros y a veces con su puesto de trabajo Mariano Pérez Sánchez, de profesión empleado de comercio, y los millones de infelices Marianos que a lo largo y ancho del mundo se levantan cada día a las seis de la mañana para ganarse la vida.

Eso es lo que viene, me temo. Nadie perdonará un duro de la deuda externa de países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena. Así que podemos ir amarrándonos los machos. Ese es el panorama que los amos de la economía mundial nos deparan, con el cuento de tanto neoliberalismo económico y tanta mierda, de tanta especulación y de tanta poca vergüenza.

15 de noviembre de 1998

domingo, 8 de noviembre de 1998

A buenas horas

Hace unos días, cuando el Alcázar de Toledo acogió por fin la biblioteca de los cardenales Lorenzana y Borbón, y el presidente de Castilla-La Mancha se montó un magnífico acto inaugural para que libros, memoria y fantasmas del pasado convivan sin problemas entre las piedras venerables del emperador Carlos, tuve ocasión de oír al presidente del Gobierno, Felipe González, hablando de España, y de Historia, y de nación. Cosas que resulta natural oír en boca de un ex presidente de Gobierno, y que tampoco estarían mal en boca de un presidente de Gobierno en activo, como ahora José María Aznar, o, puestos a eso, el propio señor González durante su pasada ejecutoria. Lo que ocurre es que los presidentes, cuando están en ejercicio, se tientan mucho la ropa antes de pronunciar ciertas palabras o de ahondar en ellas, por aquello de no vaya a molestarse alguien, y se las reservan para cuando se jubilan. No vaya a ser que los tomen por patriotas españolistas fanáticos. Por Dios.

Confieso que cuando oí decir al ex presidente del Gobierno que España es una nación como la copa de un pino, citando de paso a romanos, visigodos y musulmanes, me removí incómodo en el asiento. No porque yo disienta de que España sea una de las naciones más viejas del mundo, cuestión que hay que ser muy bestia y muy ignorante, o tener muy mala leche histórica para negar por el morro. Ni tampoco porque aquélla fuese la primera vez que le oía hablar de España como nación: concepto que, en honor a la verdad, González manejó siempre públicamente con menos complejos que su sucesor Aznar; tal vez porque este último se pasa la vida contenido, retenido y estreñido, intentando inútilmente no parecer de derechas, como si aquí todos fuésemos idiotas y no conociéramos el percal.

Mi malestar al oír a González provenía de otro registro. Hay que fastidiarse, me dije. Ahora viene con la memoria y la Historia y lo chachi que es identificar cada piedra con los hitos de la larga y dolorosa construcción de este complejo lugar llamado España. Ahora viene con ésas, cuando durante trece años los caga mandurrias a quienes encomendó la educación y la cultura en los sucesivos gobiernos por él presididos, ministros que se llamaron Maravall, Solana y algún otro nombre que piadosamente he olvidado, se pusieron con entusiasmo a la tarea de desmantelar todos y cada uno de los mecanismos culturales de este país, sustituyendo el concepto tradicional de Cultura e Historia por una papilla ‘light’ diseñada por psicólogos, amiguetes y compadres de pelotazo, donde Almodóvar y la pasarela Cibeles tuvieron -y tienen- más relieve que Nebrija o el monasterio de Yuste. Aligerando hasta la estupidez los libros de texto. Persiguiendo con saña cualquier resquicio de Humanidades. Enviando a campos de exterminio el Griego y el Latín, lenguas madres de la de Cervantes, Quevedo y Delibes. Convirtiendo a las generaciones jóvenes en huérfanos sin memoria ni conciencia nacional propia. Resumiendo los Siglos de Oro en media página de texto, pero dedicándole, eso sí, veinte a la Transición con foto de González incluida. O incurriendo en la misma canallada en que incurrieron los cuarenta años de franquismo imperial: o sea, mientras que aquellos lo contaminaron todo de patrioterismo barato, negaron éstos el orgullo legítimo de los siglos vividos y la certeza de lo español como viejísima encrucijada de pueblos, lenguas y culturas. Haciendo que todo cuanto suena a pasado, a batallas, a descubrimientos, a memoria, parezca de derechas. Incapaces, tan cretinos y maniqueos como los otros, de asumir que luces y sombras son caras de una misma realidad histórica. Soslayando vergonzantes el hecho fundamental de que Hernán Cortés era extremeño, los Pinzones andaluces, Churruca vasco, Jaime I aragonés y catalán, el Cid castellano de Burgos, Abderramán III cordobés, y etcétera. Ocultando que España tuvo agarrado al mundo durante dos siglos por el pescuezo, y que Europa, cuando se hizo, se hizo precisamente contra una nación bronca, difícil, peligrosa hacia fuera y puñetera hacia dentro, que ya entonces, con untar de huevos, se llamaba España. Y que el yugo y las flechas que cierto alcalde analfabeto mandó retirar de un monumento de los Reyes Católicos construido durante el pasado siglo, ya estaba en los pendones de esos reyes en 1492, cuando la toma de Granada.

Así que a buenas horas, me dije, viene mi primo hablando de Historia. Que le pregunte a sus imbéciles sicarios lo que hicieron con ella.

8 de noviembre de 1998

domingo, 1 de noviembre de 1998

Otoño de amigos y libros

Son días felices estos. Lo son cuando llegan esas mañanas soleadas en que no compro periódicos, ni pongo la radio para oír cómo pontifican los tertulianos profesionales, sino que abro un libro como quien abre la puerta de un viaje o una aventura. Días en cuyos anocheceres no apetece zapear entre Lo que necesitas es saber dónde y el telediario, sino que vas directamente al vídeo y te calzas la Máscara de Dimitrios de Negulesco o No eran imprescindibles del abuelo Ford, y luego te duermes con sueños en los ojos y una sonrisa en la boca. Son días felices porque hay una novela que acaba de terminarse, por fin, tras ese calvario de los últimos meses releyendo y corrigiendo, a la caza agotadora del adverbio superfluo, de la errata, del gazapo, y ahora el asunto es exclusiva responsabilidad del editor. Y también- son días felices porque hay otra novela, densa, larga, que rondaba como una mujer hermosa y ahora, por fin, uno se ha animado a decirle hola, buenas, y se zambulle en ella con esa expectación maravillosa del tiempo en que aún todo es posible.

También son días en que los amigos me mandan sus libros recién publicados, y yo deshago los envoltorios como cuando de niño deshacía los regalos de los reyes magos, y luego me siento en el jardín; a leerlos despacio, con la doble ternura del lector y del cómplice. Otros caen en las pausas que deja el poniente suave antes de rolar a lebeche borde y tenerme ocupado rizando velas y blasfemando, a remojo. Las últimas páginas de Señorita, de Juan Eslava Galán, por ejemplo, están arrugadas de humedad y saben a sal de rociones de treinta nudos, como si fueran lágrimas, lo que no es mal homenaje para esa novela estupenda, hecha a la manera en que siempre sé hicieron, a base de folletín, aventura, aviación, tragedia, humor y espionaje, que una vez Juan me anunció en una tasca de Sevilla y que, dos años después, ha escrito tal y como me la contó. También Alfonso Rojo, viejo compañero de guerras ajenas y de hoteles con agujeros, acaba de mandarme su Instinto animal -de ese tipo de instintos sabe Alfonso un rato largo-, con el que ha compuesto un best seller duro y puro, español, eficaz, trepidante y sin complejos, demostrando una vez más que no hay que llamarse Follet o Grisham e irse a Illinois para escribir una novela de acción chachi piruli, con mucha pajarraca y mucho fiambre.

También Julio Ollero, que además de amigo mío es quien edita los más impecables libros de este país, me ha mandado una hermosa novela de Francisco Coloane, ese abuelete chileno de ochenta y tantos años cuyas líneas tienen el rumor de mar de las mejores páginas de London, Conrad o Melville. El camino de la ballena es un libro de los que ya apenas se escriben, entre otras cosas porque hace falta toda una vida de memoria y de libros hermosos para poder hacerlo, y sentir el mar, y las soledades antárticas, y el enigma fascinante y terrible de la caza de la ballena para seguir como es debido a Pedro Nauto, el joven protagonista, en su inolvidable singladura de páginas, temporales, cacerías y existencia.

Dicho lo cual, punto y aparte. Porque el punto y aparte se llama Manuel Rivas. Y Manuel Rivas, que vive por decisión propia cerca de la Costa de la Muerte, entre nieblas y temporales, y de puro periférico se sitúa, el muy cabrón, en el centro del mundo, ha escrito en gallego -se las traduce Dolores Vilavedra- una novela corta, bellísima, llena de humanidad y de ternura, que se llama El lápiz del carpintero y que me tuvo todo un atardecer emocionado, atornillado a una hamaca pasando página tras página. El lápiz del carpintero es exactamente eso, la historia de un lápiz que pasa de mano en mano al inicio de la guerra civil, y de los acordeones que tras un naufragio suenan movidos por el mar en una playa del Finisterre, y de hombres que matan y hombres que mueren, y de víctimas y de verdugos, y de lo más ruin y miserable que anida en el corazón del hombre, y de lo otro, lo hermoso y lo noble que a veces lo salva. Una historia de amor que fue real, y que Rivas ha convertido en mágica ficción, metáfora de lo ruin de nuestra Historia eterna, la maldición de quienes vivimos en ésta tierra de rencores llamada España, pero también símbolo de solidaridad, y decencia, y esperanza. Una de esas historias conmovedoras que son importantes y necesarias, porque al terminar de leerlas, al cerrar despacio el libro y quedarnos absortos, flotando todavía en las páginas que nos resistimos a abandonar, nos hacen mejores. Nos hacen más dignos y más humanos.

1 de noviembre de 1998

domingo, 25 de octubre de 1998

Remando espero

Ya son tres los lectores que coinciden en enviarme una historia -dicen que es apócrifa, pero yo me apuesto lo que quieran a que es real como la vida misma que circula por ahí. Una historia tan estupenda y tan de aquí, o sea, de España o de lo que seamos ahora, que sería una absoluta mezquindad no compartirla con ustedes; como ya hice, no sé si recuerdan, cuando aquello de las múltiples variantes en tomo a los atributos viriles. Tampoco ésta es moco de pavo, así que la transcribo sin apenas toques propios, por el morro. Casi tal cual.

En el año 96, cuenta la crónica, se celebra una competición de remo entre dos equipos: el primero compuesto por trabajadores de una empresa española, y el otro por colegas de otra empresa japonesa. Apenas se da la salida, los japoneses salen zumbando, ¡banzai!, ¡banzai!, dale que te pego al remo, y cruzan la meta una hora antes que el equipo español. Entre gran bochorno, la dirección de la empresa española ordena una investigación y obtiene el siguiente informe: “Se ha podido establecer que la victoria de los japoneses se debe a una simple argucia táctica: mientras que en su dotación había un jefe de equipo y diez remeros, en la nuestra había un remero y diez jefes de servicio. Para el próximo año se tomarán las medidas oportunas”.

En el año 97 se da de nuevo la salida, y otra vez el equipo japonés toma las de Villadiego desde el primer golpe de remo. El equipo español, pese a sus camisetas Lotto, a sus zapatillas Nike y a sus remos de carbono hidratado, que le han costado a la empresa un huevo de la cara, llega esta vez con dos horas y media -cronómetro Breitlin con GPS y parabólica, sponsor de la prueba- de retraso. Vuelve a reunirse la dirección tras un chorreo espantoso de la gerencia, encargan a un departamento creado ad hoc la investigación, y al cabo de dos meses de pesquisas se establece que “el equipo japonés, con táctica obviamente conservadora, mantuvo su estructura tradicional de un jefe de equipo y diez remeros; mientras que el español, con las medidas renovadoras adoptadas después del fracaso del año pasado, optó por una estructura abierta, más dinámica, y se compuso de un jefe de servicio, un asesor de gerencia, tres representantes sindicales (que exigieron hallarse a bordo}, cinco jefes de sección y una UPEF (Unidad productora de esfuerzo físico), o sea, un remero. Gracias a lo cual se ha podido establecer que el remero es un incompetente”.

A la luz de tan crucial informe, la empresa crea un departamento especialmente dedicado a preparar la siguiente regata. Incluso se contratan los servicios de una empresa de relaciones públicas para contactos de prensa, etcétera. Y en la competición del año 98, los del sol naciente salen zumbando, up-aro, up-aro, todavía tienen tiempo para detenerse a hacerse unas fotos y comer pescadito frito, y llegan a la meta tan sobrados que la embarcación española -cuyo casco y equipamiento se había encargado para esta edición al departamento de nuevas tecnologías- cruza la meta, cuando lo hace, con cuatro horas largas de retraso. La cosa ya pasa de castaño oscuro, de modo que esta vez es la quinta planta la que toma cartas en el asunto y convoca una reunión de alto nivel de la que sale una comisión investigadora que a su vez, tres meses más tarde, elabora el siguiente informe: “Este año el equipo nipón optó como de costumbre por un jefe de equipo y diez remeros. El español, tras una auditoría externa y el asesoramiento especial del grupo alemán Sturmund Drang, optó por una formación más vanguardista y altamente operativa, compuesta por un jefe de servicio, tres jefes de sección con plus de productividad, dos auditores de Arthur Andersen, un solo representante sindical en régimen de pool, tres vigilantes jurados que juraron no quitarle ojo al remero, y un remero al que la empresa había amonestado después de retirarle todos los pluses e incentivos por el injustificable fracaso del año anterior”.

“En cuanto a la próxima regata -continúa el informe- esta comisión recomienda que el remero provenga de una contrata externa, ya que a partir de la vigésimo quinta milla marina se ha venido observando cierta dejadez en el remero de plantilla. Una dejadez preocupante, que se manifiesta en comentarios dichos entre dientes, entre remada y remada, del tipo: "anda y que os vayan dando" o "que venga y reme vuestra puta madre", y una actitud que incluso roza el pasotismo en la línea de meta”.

25 de octubre de 1998

domingo, 18 de octubre de 1998

Desayuno con coñac

El parroquiano entró en el bar y pidió un coñac a palo seco, así, por el morro, aunque todavía no eran las ocho de la mañana de un día festivo. Era bajo, muy chupaillo y moreno, con una camisa blanca limpia y recién planchada y el pelo negro, todavía abundante y con pocas canas, aún húmedo y muy bien repeinado hacia atrás. Tal vez tuviera cincuenta y tantos años largos. En el antebrazo izquierdo llevaba un tatuaje verdoso, casi borrado por el tiempo, lavado de sol yagua del mar.

Hay fulanos que me gustan sin remedio, y aquél era uno de ellos. Ya he dicho que era muy temprano, a esa hora de Levante en que no hay viento y la luz es un disco rojizo que apenas se despega del agua. El pueblo era un lugar de pescadores, de los que tienen muelle, barcas y viejas casas con tejas y grandes ventanas enrejadas casi a ras de suelo; casas donde todavía, en las tardes calurosas de verano, señoras mayores y abuelos en camiseta se sientan a la puerta, a ver pasar la vida.

Aquél era el único bar abierto. No se trataba de una cafetería con pretensiones, sino de una buena tasca portuaria de toda la vida, con mostrador desvencijado, sillas de formica, fotos de equipos de fútbol en la pared y una Virgen del Carmen entre botellas de Fundador. Uno de esos lugares supervivientes de otros tiempos; de cuando los puertos tenían bares como Dios manda, con estibadores de manos rudas, marineros, pescadores y mujeres cansadas que fumaban y hablaban a los hombres de tú.

El tipo flaco y repeinado había despachado el coñac sin pestañear. El resto de parroquianos eran un bolinga medio dormido y tres fulanos sin afeitar, con aspecto de haber amarrado tras una noche de mucha mar y poco beneficio. Todos tenían copas de coñac junto a las tazas de café, pese a lo temprano de la hora. Y yo me dije: ya ves, a éstos no se los imagina uno haciéndose un zumo de zanahoria en la licuadora, o haciéndose infusiones de hierbas, ni saliendo al horno de la esquina en busca de croissants calientes. Eran de esos que los meapilas califican a quemarropa de alcohólicos, tan temprano y ya privando, etcétera. Como cuando en un bar de carretera ves llegar a un camionero a las seis de la mañana y calzarse un chinchón seco a pulso, cagüendiela, qué te debo, Mariano, antes de ponerse al volante de nuevo, y la gente dice anda la leche. Pero es que hay oficios que no se prestan a delicatessen. Trabajos donde la vida es tan dura que si no te pegas un lingotazo que temple las tripas antes de ir al tajo, no hay cristo que aguante sin blasfemar cada tres minutos. Ni siquiera blasfemando. Como esas láguenas o reparos que se echan al cuerpo los mineros, a base de aguardiente, o los asiáticos de los pescadores, donde la leche condensada y el café no son sino un pretexto para calzarse tres dedos de coñac antes de salir de madrugada a la mar, a buscársela.

El tipo flaco y repeinado pidió un Magno y el encargado se lo puso. Vi que encendía un cigarrillo, echando el humo mientras se llevaba la nueva copa a los labios. Tenía una cara angulosa y curtida, llena de arrugas; cara de duro de verdad. Olía a limpio, recién lavado y afeitado. Por un momento me pregunté qué hacía en la calle a tales horas y en festivo, hasta que comprendí, por su manera de apoyarse en el mostrador, de beber a sorbos el coñac y de fumarse el Ducados, que en realidad aquel tipo se había estado levantando temprano durante toda su vida, fuera festivo o no. Que los suyo no era más que rutina, costumbre de lo más natural, y que aquellos dos coñacs que acababa de meterse en el cuerpo no eran sino la continuación de cientos, de miles de coñacs que lo habían ayudado a tenerse en pie, a afrontar cada amanecer y lo que éste deparaba.

En otro momento habría intentado invitarlo a otra copa, para darle conversación y tirarle de la lengua; pero uno tiene mili en esas cosas, y aquéllas no eran horas. El del tatuaje no eran de los que dicen tres palabras seguidas antes de las siete de la tarde. Lo vi terminarse el segundo coñac sin prisas, aunque apuró de golpe el último trago, echando hacia atrás la copa y la cabeza. Luego pagó sin preguntar qué se debía ni decir nada, y lo vi irse despacio en dirección a los muelles. El sol ya estaba un poco más alto y reverberaba cegador en el agua quieta, entre los pesqueros amarrados, los montones de redes y las banderolas de los palangres. Entorné los ojos y durante un rato aún pude ver moverse por allí su silueta, en el contraluz de los reflejos, caminando hacia ninguna parte.

18 de octubre de 1998

domingo, 4 de octubre de 1998

Perros e hijos de perra

Después de que un pit bull stadford matase a una mujer en Las Palmas, leí varios reportajes sobre perros de presa. Uno es de Francisco Perejil, joven escritor de novela negra y tal vez el último gran reportero de sucesos de este país, de esos capaces de mezclar sangre con tinta y alcohol; un fulano que merecería plomo de linotipias y teclazos de Olivetis en vez de oficio aséptico, mingafría y políticamente correcto en que algunos han convertido el periodismo, con libros de estilo que dicen La Coruña sin ele y becarios que aspiran a ser editorialistas o corresponsales en Nueva York.

El reportaje de Perejil contaba cómo criadores sin escrúpulos y apostadores clandestinos, alguno de los cuales se anunciaba en revistas especializadas y monta sus negocios ante la pasividad criminal de las autoridades, organizan peleas de perros. Cuenta Perejil la crueldad de entrenamiento, las palizas y vejaciones que les infringen para convertirlos en asesinos; cómo empiezan a probarlos contra otros perros desde que son cachorros de cuatro meses y cómo algunos mueren tras aguantar peleas de hora y media. Pero el reportaje, que era estremecedor, no me impresionó en su conjunto tanto como la frase del texto: “El perro, si ve que su amo está a su lado, lo da todo”.

Y, bueno. Algunos de ustedes saben que la vida que en otro tiempo me tocó vivir abundó a veces en atrocidades. Quiero decir con eso que tampoco el arriba firmante es de los que ven un mondongo y dicen ay. Tal vez por eso el horror y la barbarie me parecen vinculados a la condición humana, y siempre me queda el consuelo de que el hombre, como única especie racional, es responsable de su propio exterminio; y que al fin y al cabo no tenemos si no lo que nos merecemos, o sea, un mundo de mierda para una especie humana de mierda. Pero resulta que con los animales ya no tengo las cosas tan claras. Con los niños también me pasa, pero la pena se me alivia al pensar que los pequeños cabroncetes terminarán, casi todos, haciéndose adultos tan estúpidos, irresponsables o malvados como sus papis. En cuanto a los animales, es distinto. Ellos no tienen la culpa de nada. Desde siempre han sido utilizados, comidos y maltratados por el hombre, al que muchos de ellos sirvieron con resignación, e incluso con entusiasmo y constancia. Nunca fueron verdugos, si no víctimas. Por eso su muerte sí me conmueve, y me entristece.

Respecto a los perros, nadie que no haya convivido con uno de ellos conocerá nunca, a fondo, hasta dónde llegan las palabras de generosidad, compañía y lealtad. Nadie que no haya sentido en el brazo un hocico húmedo intentando interponerse entre el libro que estás leyendo y tú, en demanda de una caricia, o haya contemplado esa noble cabeza ladeada, esos ojos grandes, oscuros, fieles, miraren espera de un gesto o una simple palabra, podrá entender del todo lo que me crepitó en las venas cuando leí aquellas líneas; eso de que en esas peleas de perros, el animal, si su amo está con él, lo da todo. Cualquiera que conozca a los perros sentirá la misma furia, y el mismo asco, y la mala sangra que yo sentí al imaginar a ese perro que sigue a su amo, al humano a quien considera un dios y por cuyo cariño es capaz de cualquier cosa, de sacrificarse y de morir sólo a cambio de una palabra de afecto o de una caricia, hasta un recinto cercado con tablas y lleno de gentuza vociferante, de miserables que cambian apuestas entre copa y copa mientras sale al foso otro perro acompañado de otro amo. Y allí, en el foso, a su lado, con un puro en la boca, oye al dueño decirle: “ Vamos, Jerry, no me dejes mal, ataca, Jerry, ataca, duro, chaval, no me falles, Jerry”. Y Jerry, o como diablos se llame, que ha sido entrenado para eso desde que era cachorrillo, se lanza a la pelea con el valor de los leales, y se hace matar porque su amo lo está mirando. O queda maltrecho, destrozado, inválido, y obtiene como premio ser arrastrado afuera y que lo rematen de un tiro en la cabeza, o que lo echen, todavía vivo, a un pozo con un trozo de hierro atado al cuello. O termina enloquecido, peligroso, amarrado a una cadena como guardián de una mina o un oscuro almacén o garaje.

Así que hoy quería decirles a ustedes que malditos sean quienes hacen posible que todo esto ocurra, y que mal rayo parta a los alcaldes, los policías municipales y los guardias civiles y a todos los demás que lo saben y lo consienten. Y es que hay chusma infame, gentuza sin conciencia, salvajes miserables a quienes sería insultar a los perros llamar hijos de perra.

4 de octubre de 1998

domingo, 27 de septiembre de 1998

Una biblioteca II

Conversaciones con Goethe (Eckermann). El Mediterráneo en tiempo de Felipe II (Braudel). La comedia humana (Balzac). Teatro completo (Moliére). Teatro completo (Moratín). CantardelMíoCid (Anónimo). La leyenda del Cid (Zorrilla). Ensayos filosóficos (Voltaire). Confesiones (J. J. Rousseau). Memorial de Santa Helena (Les Cases). Robinson Crusoe (Defoe). Memorias (Saint Simon). La Biblia en España (Borrow). Peter Pan (J. M. Barrie). El libro de la selva (Kipling). Memorias y máximas (La Rochefoucault). Vida de los doce césares (Suetonio). Anales (Tácito). Ensayos (Montaigne). El espíritu de las leyes (Montesquieu). Los idus de marzo (Thorton Wilder). A. O. Barnabooth (Valery Larbaud). Memorias (Cardenal de Retz) El Criticón (Gracián). Coloquio de damas (Aretino). Historia universal (Polibio). Pensamientos (Pascal). El talismán (Walter Scott). Canción de Navidad (Dickens). La Ilíada (Homero). Alicia en el país de las maravillas (L. Carroll). Historia de dos ciudades (Dickens). Corazón (Edmundo d’Amicis). Epístolas morales (Séneca). Historia universal de la infamia (Borges). Artículos (Larra). Los años rusos (Nabokov). El nombre de la rosa (Umberto Eco). Papeles póstumos del club Pickwick (Dickens). Nostromo (J. Conrad). Los miserables (V. Hugo). Las flores del mal (Baudelaire). Cuentos (Edgar Allan Poe). Poesía completa (Antonio Machado). Los pilares de la tierra (Ken Follet). Poesía completa (Miguel Hernández). Viaje al fin de la noche (Celine). El extranjero (Camus). La peste (Camus). Un mundo feliz (Aldous Huxley). Memorias de Adriano (M. Yourcenar). El poder y la gloria (Graham Greene). Diario de un seductor (Soren Kierkegard). El lobo estepario (H. Hesse). Doctor Zhivago (Boris Pasternak). Lolita (Vladimir Nabokov). Desventuras del joven Werther (Goethe). El monje (Matthew Lewis). Melmoth el errabundo (Charles Maturin). El vellocino de oro (Robert Graves). La isla del tesoro (R.L. Stevenson). El siglo de las luces (Carpentier). Bomarzo (Mujica Laínez). Pedro Páramo (Juan Rulfo). Meditaciones (Marco Aurelio). La decadencia de Occidente (Spengler). El otoño de la Edad Media (Huizinga) Aventuras de Aubrev y Maturin (PatrickO’Brian). Frankenstein (M. Shelley). Drácula (Bram Stoker). El doctor Jekyll y míster Hyde (Stevenson). Mi vida (Benvenuto Cellini) Sonatas (Valle-Inclán). Rimas y leyendas (Bécquer). Vida del capitán Contreras (Alonso de Contreras). Don Juan Tenorio (Zorrilla). El alcalde de Zalamea (Calderón). Fuenteovejuna (Lope de Vega). El burlador de Sevilla (Tirso de Molina). Quo vadis (H.Sienkiewicz). 20.000 leguas de viaje submarino (Verne). Nuestra señora de París (Víctor Hugo). Tristam Shandy (Steerne). Nuestros antepasados (Italo Calvino). El cuarteto de Alejandría (L. Durrell). El primo Basilio (Eça de Queiroz). La colmena (Camilo José Cela). Cuentos (Chejov). Historia de la guerra del Peloponeso (Tucídides). Anábasis (Jenofonte). Poemas (Catulo). Satiricón (Petronio). Crónicas (Froissart). La muerte de Arturo (Mallory). El rey Arturo y sus nobles caballeros (Steinbeck). Odas (Horacio). Memorias (Casanova). Los nueve libros de la Historia (Herodoto). Diálogos (Platón). Tratados ético-morales (Aristóteles). Las metamorfosis (Ovidio). El príncipe (Maquiavelo). El cortesano (Castiglione). La Italia del renacimiento (Burckhart). Adriano VII (Barón Corvo). Decadencia y ruina del imperio romano (Gibbon). Viajes de Gulliver (Swift). Viaje a Italia (Goethe). Madame Bovary (Flaubert). El asesinato de Rogelio Ackroyd (Agatha Christie). La educación sentimental (Flaubert). Cándido (Voltaire). Zadig (Voltaire). Emilio (Rousseau). Confesiones (San Agustín). Olivares (Marañón). Olivares (Elliot). Felipe II (Kamen). Shogun (Clavell) Confesiones de un comedor de opio (Quincey). La juventud y la madurez de Enrique IV (Heinrich Mann). Los Buddenbrook (Thomas Mann). Los hermanos Karamazov (Dostoievsky). El jugador (Dostoievsky). El sueño de los héroes (Adolfo Bioy Casares). Billy Budd (Melville). La roja insignia del valor (Stephen Crane). El talón de hierro (London). El negro del Narcissus (Conrad). Tifón (Conrad). Biografias (A. Maurois). El topo (Le Carré). Bizancio (R. J.Sender). La España musulmana (Sánchez Albornoz). Los 7 pilares de la sabiduría (T. E. Lawrence). Novelas ejemplares (Cervantes). Memorias (Talleyrand). Memorias (Fouché). Kaputt (Malaparte). Poesía completa (Campoamor). El puente de Alcántara (F. Baer). Vida de Cervantes (Astrana Marín)...

Que aproveche.

27 de septiembre de 1998

domingo, 20 de septiembre de 1998

Una biblioteca I

Durante esta última semana, aprovechando una temporada de calma, he ordenado la biblioteca. Siempre ocurre lo mismo cuando termino de escribir un libro, sea el que sea; en los últimos días no conoces ni a tu familia, ni a tus amigos más íntimos, ni a nadie. Bajas a la mina cada día, o no sales de ella ni para dormir, como un picador del pozo María Luisa, dale que te pego. Vives obsesionado con darle a la tecla y terminar de una vez; y el material que utilizas, los libros que consultas y las nuevas adquisiciones, se acumulan por todas partes, esperando una tregua para su sitio exacto. Porque amén de la utilidad que reporte, un libro tiene su dignidad, y no puede ir en cualquier parte y de cualquier manera; requiere compañía y lugar adecuados. Nabokov puede ir junto a Conrad, tal vez, pero no junto a Cervantes; y Stendhal puede avecinarse con Heine y con Lampedusa, pero nunca con las Crónicas de Froissart, con Moratín o con Plutarco. Cada cual es cada cual.

A veces algún lector escribe pidiendo la recomendación de un libro clave, o que el arriba firmante considere como tal; y no falta quien solicita un canon de obras fundamentales — imprescindibles, es la estúpida palabra de moda en ciertos suplementos literarios—. Siempre me niego, porque eso de las obras fundamentales depende mucho del gusto de cada uno; y libros que a ti te cambian la vida pueden pasar, para otro, sin pena ni gloria. De cualquier modo, mientras colocaba y reordenaba los libros estos últimos días, hubo, como siempre, un par de centenares de títulos y autores donde la vista y las manos se me demoraban más que en otros, por diversas razones. Y de pronto me he dicho: por qué no. Por qué no decir cuáles son, y si a alguien resultan útiles, pues me alegro. La relación, que no es exhaustiva, sí resulta en cambio desordenada y larga: tal vez ronde los ciento cincuenta títulos, de modo que, metidos en faena, contársela me llevará esta semana y la próxima. Así que quien no esté interesado por el asunto puede pasar mucho de calzarse esta página, hoy y la semana que viene.

Última advertencia: los libros no figuran por orden de importancia; y faltan, porque no los recuerdo ahora o porque no me lo parecen, muchos otros. Pero, ya que de algo tan personal se trata, esta lista de Schindler resulta tan buena como otra cualquiera. A ver por qué ha de ser menos válida que la que se fabrican cuatro compadres bobalios para darse coba unos a otros en los cursos de verano: El Quijote (Cervantes). La Odisea (Homero). La Eneida (Virgilio). Vidas paralelas (Plutarco). Obra completa (Francisco de Quevedo). Obra completa (Jorge Manrique). La Biblia. La Divina Comedia (Dante). Fausto (Goethe). Episodios nacionales y novela completa (Pérez Galdós). Obra completa (PíoBaroja). Moby Dick (Melville). Teatro completo (Shakespeare). La montaña mágica (Thomas Mann). Los tres mosqueteros (Dumas). En busca del tiempo perdido (Marcel Proust). El rojo y el negro (Stendhal). La regenta (“Clarin”). Cuadros de viaje (Heinrich Heme). Expedición de catalanes y aragoneses contra turcos y griegos (Francisco de Moncada). Las relaciones peligrosas (Choderlos de Laclós). El ruedo ibérico (Valle-Inclán). Ana Karenina (Tolstoi). Crimen y castigo (Feodor Dostoievsky). Victoria (Joseph Conrad). Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (Bernal Díaz del Castillo). Cien años de soledad (García Márquez). Conversación en la catedral (Vargas Llosa). La familia de Pascual Duarte (Camilo José Cela). Tragedias (Sófocles). El jorobado (Feval). Tragedias (Eurípides). Relatos (F. Scott Fitzgerald). El buen soldado (Ford Madox Ford). El prisionero de Zenda (Hope). El gatopardo (Lampedusa). El americano impasible (Graham Greene). La cartuja de Parma (Stendhal). Viajes por Italia (Stendhal). Lord Jim (Conrad). Guerra y paz (Tolstoi). Biografías (Ludwig). Biografías y novelas (S. Zweig) La flecha de oro (Conrad). La línea de sombra (J. Conrad). La marcha de Radetzky (J. Roth). El conde de Montecristo (Dumas). Suave es la noche (F. Scout Fitzgerald). El gran Gatsby (E. S. Fiztgerald). París era una fiesta (Hemingway). Aventuras de Sherlock Holmes (Conan Doyle). “V” (Thomas Pynchon). Poderes terrenales (Anthony Burgess). Grandeza y decadencia de los romanos (Montesquieu). El halcón maltés (Dashiell Harnmet). La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (R. J. Sender)...

(Continuará)

 20 de septiembre de 1998

domingo, 13 de septiembre de 1998

El hombre de la rifa

Lo recordé hace unos días, por casualidad, al escuchar una antigua canción de Joaquín Sabina, Balada de Tolito, del tiempo en que Sabina aún escribía bellas canciones. «Morirse -concluye la letra-debe de ser dejar de caminar». Tal vez se refería al mismo individuo que conocí hace años; pero ignoro si se llamaba o no Tolito, porque nunca supe su nombre. Solía aparecer a mediados de los ochenta, en los trenes de cercanías de la sierra de Madrid. Subía en cualquier estación, cambiando de un convoy a otro entre siete y diez de la mañana, cuando la gente va camino del trabajo y prefiere ir tranquila en el tren, leyendo un libro o el diado, en vez de pegarse hora y media de atascos al volante. Era un hombre de edad, en torno a los sesenta, con el pelo gris y una cartera de piel muy ajada, grande, llena de objetos misteriosos. Iba de vagón en vagón, y cada mañana ejecutaba el mismo ritual: primero repartía un caramelo pequeñito a la gente, gratis. Después se aclaraba la voz y con tono muy educado decía damas y caballeros, el sorteo va a empezar, por sólo veinticinco pesetas tienen ustedes derecho a premio fabuloso y extraordinario. Y a continuación repartía unos naipes de baraja en miniatura, impresos en papel muy malo, entre quienes lo deseaban. Al cabo, reclamaba otra vez educadamente la atención, sacaba de la cartera una baraja más grande, pedía a alguien que eligiera carta, y tras identificar al agraciado le hacía solemne entrega del regalo: un torito de plástico, un folleto con poemas, un cortaúñas de propaganda, una bolsa de caramelos o un punto Farías. Después saludaba muy atento, decía muchas gracias, y se bajaba en la siguiente estación, a esperar otro tren.

Los habituales de aquella línea estábamos acostumbrados a su presencia. Había que ser muy rasca y muy cutre para no soltar cinco duros cuando te ofrecía uno de sus naipecitos de papel. Y a mí me gustaba aquel fulano; tal vez porque tenía cara de buena persona y sonreía a los niños, cuando los había, al darles el caramelo. O por su chaqueta algo estrecha y sus pantalones raídos. O por aquella cartera que apretaba contra el pecho como si contuviera un tesoro. También me gustaba su cara, siempre pulcramente afeitada, y el tono educadísimo con que anunciaba que el sorteo estaba a punto de comenzar. Pero sobre todo me conmovían sus ojos tristes; ojos de derrota que nunca miraban los tuyos ni los de nadie, como si temieran hallar hostilidad o burla. Supe por un revisor que se ganaba así la vida desde hacía muchos años, a cinco duros la papeleta. Y que antes había viajado por toda España, buscándose la vida de feria en feria.

Yo solía interrumpir la lectura del libro que tenía en las manos para observarlo durante todo el tiempo que duraba su trabajo. No resultaba difícil imaginar de qué España y de qué tiempos procedía aquel solitario superviviente: años de caminos, ferias y estaciones, subiendo y bajando de trenes y autobuses, recorriendo andenes helados de escarcha invernal, o relucientes de lluvia, o calurosos de polvo y sol en verano. Un café, y un coñac, y un cigarro a veces entre uno y otro, en aquellos destartalados bares de andén. Y la soledad. Y la vieja cartera de piel como único patrimonio, pensiones de mala muerte, carreteras, ferias de pueblo donde buscar un rincón tranquilo para vocear con suavidad su modesta mercancía sin que lo incordiaran los municipales. El tenue sueño de la suerte, oigan, sólo veinticinco pesetas, muchas gracias, señora. Ha resultado agraciado el as de oros.

Un día dejó de aparecer por esos trenes. Se murió, se jubiló o simplemente dejó de caminar, como decía Sabina de aquel otro personaje que a lo mejor era el mismo. Desapareció en la niebla gris de la que salía cada mañana de invierno, en los andenes del ferrocarril donde transcurría su vida. Durante algún tiempo eché en falta sus enternecedores naipes de papel, sus caramelos envueltos en celofán -una vez resulté agraciado con el torito de plástico- y sus educados «damas y caballeros, el sorteo va a comenzar», dichos con una humilde dignidad que daba un valor singular a los miserables objetos que repartía. Luego lo olvidé, y más tarde dejé de viajar en esos trenes. No recuerdo qué hice con mi torito de plástico negro; lo más probable es que fuese a parar a una papelera aquella misma mañana. Hoy siento no haber conservado aquel fabuloso regalo, damas y caballeros, resulta agraciado el tres de espadas, que conseguí una mañana de invierno en un tren de cercanías, por cinco duros.

13 de septiembre de 1998

domingo, 6 de septiembre de 1998

Pepe, los obispos y el SIDA

Querido sobrino Pepe:

En los últimos tiempos, la Conferencia Episcopal Española, que son obispos y cosas así, anda cabreada con el asunto de las campañas de prevención del Sida que recomiendan el preservativo; porque la gomita, dicen, favorece la promiscuidad sexual, O sea, les pone las cosas fáciles a quienes son partidarios del asunto. La teoría de los pastores de almas consiste en lo siguiente: el miedo al Sida es saludable, porque mantiene castos a los jóvenes como tú, de puro acojonados ante la posibilidad de agarrar algo y que se os caiga todo a pedazos. Eliminar o atenuar ese miedo, es decir, familiarizar a tu generación con el uso del preservativo, no es por tanto prevenir, sino pervertir; porque los mozuelos, inmaduros como sois, al sentiros más impunes y seguros, practicaréis el sexo con más asiduidad y, por tanto, conculcaréis la ley de Dios sin tino y sin tasa, dejándoos llevar por la irresponsabilidad y la naturaleza muy dale que te pego propia de los jóvenes de hoy. Que la verdad, Pepe, sois la leche.

Pongamos un bonito ejemplo práctico. Tu novia Mari Juli y tú, verbigracia, os tenéis unas ganas tremendas; pero también, gracias a la divina Providencia, le tenéis miedo al Sida. Que lo mismo hasta resulta intrínsecamente bueno -los caminos del Señor son inescrutables- porque su amenaza, a modo de infierno, nos mantiene lejos del pecado. Pero el diablo, que es muy cabroncete, Pepe, se vale de cualquier artimaña infame; e incluso esa benéfica -en términos de salud de almas- ira de Dios posmoderna, el Sida, puede ser soslayada merced a la técnica. Así que tú y Mari Juli podéis ir como si nada a la farmacia de la esquina, comprar por todo el morro una caja de seis y encamaros toda la tarde, ofendiendo el orden natural -como todo el mundo sabe, el orden natural limita el sexo al matrimonio-, en vez de orar para alejar la tentación, reservar vuestros cuerpos para honrarlos como templos, daros duchas frías o agarrar la guitarra y aprovechar la visita del papa a Cáceres, cuando vaya, para poneros a cantar con cristiana y juvenil alegría mi amiga Catalina que vive en las montañas, du-duá, du-duá. Todo eso, como debe hacer cualquier joven responsable que se respete y la respete a ella, Pepe, esperando con paciencia, continencia y templanza el día, sin duda próximo, en que Mari Juli termine los estudios y encuentre un trabajo de abogada o de top model, y tú ya no estés alternando el paro con la moto de mensaka si no de presidente de Argentaria, y podáis comprar una casa y un Bemeuve y una barbacoa para los domingos y una cama enorme. Y a partir de ahí, si. Entonces por fin podréis primero casaros -a ser posible por la iglesia-, y luego practicar una sexualidad mesurada, responsable y cristiana que tampoco precisará preservativo, pues siempre lo haréis pensando en la procreación, y nunca por torpes y bajos instintos; corno inequívocamente recomienda Su Santidad Juan Pablo II. Que para eso es infalible por dogma, y de jóvenes y de sexualidad sabe un huevo.

Ya sé lo que vas a decirme, sobrino. Que la vida es corta y además a menudo es muy perra, que tú no serás siempre joven, y que una de las cosas buenas que tiene, si no la mejor, está precisamente en la bisectriz exacta del ángulo principal de tu novia. Y que en Mari Juli, en sus ojos y en su boca y en sus etcéteras, está el consuelo, y el alivio al dolor, y la esperanza, y el tener a raya a la maldita soledad y al miedo, y a la incertidumbre de estar vivo. Sé todo eso, y además que tu naturaleza -y la suya, colega, ojo- claman por sus derechos; y que salvo que uno sea un amanuense del hágaselo usted mismo, o tenga la suerte de soñar cada noche con Salma Hayek bailando con la serpiente en Abierto hasta el amanecer, y se alivie en sueños -o lo que alivie a Mari Juli en la viceversa correspondiente-, unos jóvenes de vuestra edad, que además estáis locos el uno por el otro, pueden andar por la vida bastante frustrados. Y sé también que lo que te cuentan los obispos y su baranda, Pepe, nada tiene que ver con la realidad del mundo realmente real; y que más les valdría salir un día a darse una vuelta y echar un vistazo fuera de las catacumbas. Pero oye. Mi obligación, sobrino, colega, es darte consejos saludables que te alejen del vicio y colaboren en el perfecto estado de revista de tu alma.

Dicho lo cual, Pepe, si pese a todo sigues decidido a pecar, recuerda que más vale ir al infierno con el preservativo puesto.

6 de septiembre de 1998

domingo, 30 de agosto de 1998

San Fermines y enfermeras

Pues ya ves, Marina, tronquilla, a algunas enfermeras no les gusta que digas que no quieres ser enfermera. Se suben por las paredes y te acusan de insultar al muy honrado gremio, hay que ver, quién se habrá creído que es esa tía, oye, la Mayoral, despreciando e insultando y vilipendiando nuestra profesión de ese modo tan agresivo e infame. Así que, claro, escriben cartas al director poniéndote a parir. Y es que te olvidaste, colega, de que en este país el todo suele sentirse aludido en la parte, por mínima que sea, con una susceptibilidad que ya quisiéramos para otros asuntos de más enjundia. Es como si yo digo, por ejemplo, que mi vocación de toda la vida fue capador de canarios flauta, y que nunca me llamó la atención lo de ser, no sé, bombero; y el colectivo de bomberos va y se ofende, y me dice oiga usted, a ver por qué insulto a los bomberos, y que si tengo algo contra los cascos y las mangueras, y que la próxima vez que se le pegue fuego a mi casa van a apagarlo mis muertos con un sifón. Y es que, entre la falta de sentido del humor y la mala leche que tenemos en este país maldito de Dios, con la tecla, Marina, hay que cogérsela siempre con papel de fumar, o con lo que industriéis las hembras en tales casos. Me refiero a la tecla y al equivalente. Y por cierto, antes de que la AEPG – Asociación de Erizas en Pie de Guerra- se abalance sobre la Olivetti, el PC o el bolígrafo, matizaré que, según el diccionario de la R.A.E., hembra, del latín fémina, significa animal y/o persona del sexo femenino, o sea, mujer. Así que pueden ahorrarse la bronca y el sello de Fernando VII.

Por cierto, y ya que hoy vamos de broncas y de sellos, aprovecho para responder a los seis o siete lectores de Pamplona que han escrito jiñándose en mis mulés por el artículo que escribí choteándome, dicen, de los sanfermines; y para acusarme, por natural extensión, de insultar a Navarra, a la Euzkadi irredenta, al fantasma de Zumalacárregui y al detente bala de San Apapucio, requeté y mártir. Porque el arriba firmante, o sea, yo, se niega a comerse ese marrón. Ni he estado en Pamplona, ni visité los sanfermines en mi puta vida, ni escribí nunca sobre el asunto. Quien sí lo ha hecho, creo, en fecha reciente, ha sido mi viejo colega Javier Reverte, que no es un pseudónimo mío sino un señor que se llama así, Javier Reverte, por el morro. O sea, un fulano que ni es pariente mío ni es nada, aunque, eso sí, compartimos vieja amistad y recuerdos desde hace casi treinta años, cuando ambos nos ganábamos la vida, él como articulista y yo como reportero, en Pueblo. Así que si a alguien tienen que inflar a hostias vayan e ínflenlo a él, y a mí no me den la barrila con artículos de otros. Además, de ese modo, Javier tendrá un pretexto para huir de este país de gilipollas y largarse otra temporada al extranjero y escribir otro libro de viajes estupendo como ese de El sueño de África, que lleva la tira de tiempo encabezando lista de más vendidos, y con razón. Que es que hay que leer mejor las firmas, listillos. Y enterarse.

Y para terminar, ya que hoy me he arrancado por el palo de los asuntos personales, quiero dar las gracias a Ángeles Caso por, ella sí, reivindicar la honra del muy honesto gremio de enfermeras y ofrecerse voluntaria para atendernos a Javier Marías y a mí en caso de estocadas o pistoletazos mutuos. Su rasgo me decide definitivamente a dejarme herir por mi vecino de página, a ser posible con el consabido tiro en el hombro; pues sólo pensar que Ángeles se ocupe de velar mi delirio vestida de Beba la Enfermera hace que se me salten los pulsos. Adoro a esa mujer desde que entramos juntos en la tele, a mediados de los años ochenta; y siempre le digo que podría ser la Bárbara Cartland española pero en plan bien, si quisiera; lo que pasa es que no quiere. Si yo fuera su editor, me forraba, porque tiene todos los ingredientes: escribe bien, es educadísima, pálida, frágil, sensible y romántica, con unos ojos de a palmo, y siempre la recordaré una tarde gris de otoño embelleciendo con su mera presencia los cuadros de Brueghel el Viejo en el museo Kunst de Viena. La imagino ahora al amanecer, con su pamela y su sombrilla, recogiéndome herido sobre la hierba junto a un acantilado asturiano, como en La mujer del teniente francés, y luego aliviándome las horas de dolor con tisanas y con piezas de Chopin al piano, mirándome con esos ojos que deberían pagar impuestos. Así que te juro que nunca será tuya, Marías, perro inglés. Never never never de never. O sea, nunca.

30 de agosto de 1998

domingo, 23 de agosto de 1998

Gili-Restaurantes

Hay gilipollas y gilipollas. Quiero decir que hay tontos del haba congénitos, de pata negra, que no lo pueden evitar por mucho empeño y buena voluntad que le echen al asunto. Individuos e individuas que si se presentaran a un concurso de gilipollas serían descalificados en el acto, por gilipollas. Gente cuya naturaleza biológica incluye la gilipollez de modo perfectamente natural, como la de otros incluye tener los ojos azules o alergia al pescado. O sea, gente de esa que llega la enfermera y le dice al padre que está fumando en el pasillo: “Enhorabuena. Ha tenido usted un gilipollas de tres kilos y seiscientos gramos”.

Como ven, hablo de gilipollas que no pueden evitar serlo, hasta el punto de que algunos, de puro chorras, llegan a caer bien. Uno los ve, los oye y se dice: “Es simpático este imbécil”. Sin embargo hay otra variedad más común, más de andar por casa. Más ordinaria. Hablo del gilipollas vocacional: del que se esfuerza a diario por avanzar paso a paso en el perfeccionamiento de una gilipollez a la que aspira con entusiasmo. Esos gilipollas aficionados dan lugar a un fenómeno que podríamos definir como pseudo-gilipollez o variante hortera de aquélla. Lo malo es que, a diferencia del a otra, perfectamente localizada en lugares y medios especializados de las Españas, esta última te la encuentras en la vida diaria, a la vuelta de la esquina, contaminándolo todo.

Pensaba en todo eso el otro día, cenando en un restaurante pijolandio de los que pretenden cierto nivel, Maribel, en una localidad costera. Uno de esos en cuyo vestíbulo hay una señorita muy arreglada, con falda corta y pulseras, muy peripuesta y dinámica como en las películas de ejecutivas que salen en la tele, y que nada más verte entrar dice:“Hola, ¿tenéis reserva?”, tuteándote cual si hubieseis vivido ella y tú intimidades previas, hasta el punto de que te sientes en la obligación de dirigirle a tu acompañante una mirada de excusa, como diciéndole: “Te juro que no conozco de nada a esta tía”. (De cualquier modo, peor sería que te estampara una par de absurdos besos en las mejillas, muá, muá, como hace ahora a las primeras de cambio toda mujer a la que te presentan. Vulgaridad notoria que, cabroncete como soy, suelo prevenir dando antes la mano a distancia y prolongando unos segundos el apretón, para que las besuconas se den con mis nudillos en el estómago al acercarse dispuestas al ósculo).

El caso es que el restaurante era playero, con pretensiones de diseño y alta cocina moderna y unos precios que te rilas, Arturín, y menudeaba de clientes ad hoc: Lacoste, pantalón corto hasta la rodilla y con raya, zapatos tipo mocasín sin calcetines, teléfono móvil y toda la parafernalia, incluyendo la prójima operada y haciendo juego. Hecho un paria entre tanta elegancia, con mis viejos tejanos de pata larga y la barba de semana y media, me vi obligado a decirle al camarero “estará bien, no se preocupe” ante su extrañeza de que no catase el vino, que él había servido con mucho aparato y movimiento de corcho, en vez de dedicar yo a tan fundamental operación los diez minutos que en las otras mesas se consagraban al asunto, fruncido el ceño, moviendo la copa para aspirar el aroma, chasqueando la lengua antes de declarar “excelente” con tanta gravedad y aplomo como si los tiñalpas hubieran pasado la infancia entre viñedos de Borgoña.

El maître, muy serio y muy consciente de la solemnidad del momento –ilustres intelectuales de aquí afirman que comer es un acto cultural comparable a leer a Proust-, nos recomendó algunas especialidades de la casa, destacando las cigalitas, los boqueroncitos y las almejitas, y sugirió la doradita o la lubinita, esta última con unas patatitas a lo pobre o unos buñuelitos de bacaladito con salsita de frambuesita. Y no faltó, a los postres, la visita del cocinero, o vete a saber quién era el pájaro, un fulano vestido de blanco con su nombre bordado en el bolsillo, que recorría las mesas estrechando manos y dando conversación en un compadreo que a algunos clientes parecía encantarles, pero a mí me hizo temer se nos sentara en la mesa y nos chuleara un café por el morro. Así que pedí apresuradamente la dolorosa –el maître se mosqueó un poco cuando le dije que hiciera el favor de traerme la fuentecita porque nos íbamos a la callecita- y me encaminé a la puerta con mucho alivio. Y todavía allí, al paso, la torda de la minifalda y las pulseras nos obsequió con un “hasta luego”. Como si hubiéramos quedado para después en el bar de la esquina.

23 de agosto de 1998

domingo, 16 de agosto de 1998

El sello infame

Pues resulta que recibo una carta con sus sellos pegados, y entre ellos hay uno con el careto de Fernando VII (1784-1833). Y me digo: hay que fastidiarse, colega. Con la de reyes que ha habido en este país, reyes para dar y regalar, y tiene que salir ése en mi carta, oye, el mayor hijo puta que llevó corona. El rey más cobarde, más vil y más infame que hemos tenido en esta tierra donde de monarcas chungos sabemos un rato, y a quien ni siquiera esa cara de atravesado y de borde relamido que le pintó Goya -el sordo sabía mirar adentro- hizo justicia.

He escrito alguna vez que la estupidez, la ignorancia voluntaria, la deslealtad y la mala fe en políticos y monarcas me vuelven intolerante hasta el punto de hacerme añorar, a veces, una guillotina en mitad de una plaza pública. Pero en el caso de Fernando VII esa añoranza mía roza la frustración. Porque ese individuo, que nunca vio su cabeza en un cesto como el idiota de su primo el gabacho gordito, fue un perfecto miserable y un canalla, pero nunca fue un estúpido. Y su vileza ante Napoleón, la negra reacción en que sumió a España tras la expulsión de los franceses, su camarilla de canónigos y mangantes, su persecución de liberales, su desprecio a la Constitución entonces más avanzada del planeta y su despotismo salvaje, no se debieron a impulsos imbéciles, sino a cálculos inteligentes, astutos y cobardes. Fernando de Borbón fue capaz de denunciar a sus cómplices en la conjura contra Godoy, de lamerle las botas al francés que lo despojaba de un reino, de condenar a muerte a quienes le devolvieron la corona; y todo eso lo hizo sopesando minuciosamente los pros y los contras. Fue como los malvados de las viejas películas, pero peor. Fue un rey malo de cojones.

Recuerdo que hace cosa de un año estuve dándole vueltas al personaje, después de una representación de "El sí de las niñas", de Moratín. Cuando vi a Emilio Gutiérrez Caba interpretar de forma excelente al maduro don Diego en la última escena del tercer acto -"Eso resulta del abuso de autoridad, de la opresión que la juventud padece"- no pude menos que pensar, como me ocurre ahora ante el sello de marras: qué mala suerte, qué desgraciado país el nuestro, siempre a punto de conseguirlo y siempre recibiendo a última hora un sartenazo que lo pone todo patas arriba, que nos arroja de nuevo al abismo. Cuando por fin nos hacemos romanos y hablamos latín y construimos acueductos, llegan los bárbaros. Cuando el Renacimiento y los siglos de oro nos pillan siendo primera potencia mundial, aparecen Lutero y Calvino, viene la Contrarreforma y todo se va a tomar por saco. Y cuando por fin nos encontramos ante la gran oportunidad del siglo de las luces y la revolución, y hay gente como Jovellanos y Moratín y Goya, llegan los franceses y nos funden los plomos, y a los lúcidos los convierten en afrancesados. Y encima, sin proponérselo, hacen de un Borbón abyecto un héroe nacional. Y aún así hay militares que leen libros y hablan de soberanía popular y de libertad, y españoles dispuestos a ponerse de acuerdo, aunque sea para degollar franchutes, y políticos capaces de sentarse en Cádiz a hacer una Constitución que es la leche. Y entonces Fernando VII vuelve a por una corona que no se ha ganado, y asesorado por curas fanáticos, por correveidiles y lameculos, va y se lo cepilla todo, abole la Constitución, cierra periódicos y teatros, y ejecuta a los generales y guerrilleros que pelearon por él, menos a Mina, que se larga a Francia, y después a Riego, y al empecinado, y a Manzanares y a Torrijos y a Mariana Pineda; y Francia e Inglaterra se llenan de exiliados, y aquí se impone la reacción más siniestra, y otra vez, como siempre, a las tinieblas cuando estábamos a pique de levantar cabeza. Y encima, cuando se muere, el tío nos deja de herencia a la chocho loco de su hija Isabelita, que trajo cola. Y de postre, las guerras carlistas.

En fin. Cuando empecé a teclear estas líneas iba a pedir que me ahorren cartas con la jeta de ese rey, que maldita sea su estampa. Pero, pensándolo mejor, rectifico. Es bueno recordar que la infancia existe, y que siempre acecha un vil mierdecilla dispuesto a cargárselo todo con el pretexto de la religión, la raza, la nación, la lengua o el chichi de la Bernarda. Caciques locales, mercachifles de feria, apostólicos postmodernos, reaccionarios a quienes ahora no se les cae la palabra democracia de la boca, pero siguen queriendo devolvernos al pozo de las sombras.

16 de agosto de 1998

domingo, 9 de agosto de 1998

El último ojal

Fue el otro día, en Gijón. Era domingo y hacía sol, y la playa, y el paseo marítimo, estaban a tope de gente remojándose en el agua o apoyada en la barandilla de arriba, mirando el mar. Todo era apacible y muy de color local, gente de allí en plan familiar, sin apenas guiris. Era agradable estar de codos en la balaustrada, observando la playa y las velas de dos barquitos que cruzaban lentamente la ensenada. Había una cría dormida sobre una toalla junto a la orilla, y chiquillos que alborotaban entre los bañistas, y jovencitas en púdicos bikinis y mamás y abuelas en bañador respetable que charlaban mojándose los pies. Y un niño rubito y tenaz, un tipo duro que había hecho un castillo de arena y estaba sentado dentro, reconstruyendo impasible la muralla cada vez que el agua la lamía, desmoronándola. Lo que, por cierto, no es mal entrenamiento de vida cuando apenas se han cumplido siete años.

La pareja no me habría llamado la atención -había docenas semejantes- de no ser porque vi el gesto de la mujer. Eran dos abueletes que habían estado un rato a remojo. Llevaba ella un vestido de esos veraniegos para señora mayor, estampado, con botones por delante, y una cinta en el pelo que le recogía el cabello gris. Era regordeta y menuda. El estaba en bañador, un calzón de playa de color discreto, y se abotonaba despacio, con dedos torpes, los botones de la camisa gris de manga corta. Tenía las piernas flacas y pálidas, de jubilado al que le queda verano y medio, y la brisa le desordenaba el pelo blanco alrededor de la frente salpicada, como sus manos, con las motas que la vejez imprime en la piel de los ancianos. Los dedos del hombre no acertaban con el último ojal, y vi que la mujer le apartaba delicadamente la mano y se lo abotonaba ella, y luego, con un gesto lento y tierno, le pasaba la mano por la cabeza, como si quisiera arreglarle también un poco el pelo, peinárselo con los dedos y dejarlo un poco más guapo y presentable.

Me quedé mirándolos hasta que se alejaron camino de las escaleras, y aún vi que él se apoyaba en el hombro de ella para subir los peldaños. Y me dije: ahí los tienes, Arturín, toda la vida juntos, cincuenta años viéndose el careto cada día, y los hijos, y los nietos, y cállate y lo que yo te diga, y el fútbol, y aquella época en que él volvía tarde a casa, y el mal genio, y el verlo tanto en sus momentos de hombre que se viste por los pies como en los momentos de miseria; y en vez de despreciarlo de tanto asomársele dentro, de no aguantarlo por gruñón o por egoísta, ella aún tiene la ternura suficiente para ponerle bien el pelo después de abrocharle ese último botón en el ojal. Y a lo mejor él ha sido un tío estupendo o un canalla, y eso no tiene nada que ver, y resulta compatible con el hecho de que ella, que parió sola, que se calló por no preocuparlo cuando sintió aquel bulto en el pecho, que se ha estado levantando temprano toda la vida para tener paz en una cocina silenciosa, le siga profesando una devoción que nada tiene que ver con lo que llamamos amor; o a lo mejor resulta que el amor es eso y no lo otro, ese ejercicio de lealtad que puede consistir en repeinarlo con la mano, en decirle ponte guapo, Manolo. En que ella, que siempre fue al médico sola hasta cuando pensó que se iba a morir, entre en la consulta con él y le diga siéntate aquí, anda, estate quieto, que ahora viene el doctor. En cerrarle con disimulo la bragueta cuando él sale a pasitos cortos del servicio. En dedicarle una vida que él no siempre supo merecer.

Y ahora él depende de ella, y es ella la que lo sostiene como en realidad lo ha sostenido siempre. Y un día Manolo, o corno se llame, dirá adiós muy buenas; y ella, que renunció a tantos sueños, que se impuso a si misma un extraño deber unilateral, que no vivió nunca una vida propia que no fuera a través de él, se quedará de golpe quieta y vacía, perdida su razón de ser, con hijos y nietos que de pronto se antojan lejanos, extraños. Añorando la cadena que la ató recién cumplidos los veinte, cuando casarse, poner una casa, tener una familia, era un sueño maravilloso como el de las poesías y las películas. A lo mejor, antes de hacer mutis, él tiene tiempo, decencia y lucidez para darse cuenta de lo que ella fue en su vida. Y entonces echará un lagrimita y le dirá eso de que lamenta haberla tenido como una esclava, etcétera. Y ella, una vez más, se callará y le pondrá bien el pelo, para que agonice guapo, en vez de decirle: a buenas horas te das cuenta, hijo de la gran puta.

9 de agosto de 1998

domingo, 2 de agosto de 1998

Aterriza donde puedas

15.000 Maletas en un día no las pierde un aeropuerto ni a propósito, con todos los empleados dedicándose concienzudamente a perderlas una tras otra. Esa cantidad no la pierde ningún aeropuerto del mundo. -ni siquiera del tercer mundo- excepto el de Madrid-Barajas. Porque, digan lo que digan viajeros con muy poco sentido del humor y muy pocas ganas de aventura y de marcha, para extraviar esa cantidad de maletas de una sola tacada hay que valer. Hay que tener hábito, entrenamiento, práctica, qué sé yo. Tener juego de muñeca, afición y vocación. Para perder de golpe todos esos equipajes y que no sea un hecho aislado y a lo tonto, un suceso casual y anecdótico, sino una fase más de la reconversión del principal aeropuerto de las Españas en una perfecta casa de putas, en una curiosidad internacional sólo comparable al más difícil todavía, ale hop, y al número de la trompeta y la cabra, es necesaria una larga experiencia previa, unos empleados duchos en el difícil arte de tocarse los huevos, unos pilotos y controladores con más morro que un oso hormiguero, un personal de vuelo y de tierra que siempre parezca desayunar vinagre, unos sindicatos lo bastante abyectos para presionar sólo en interés de su nómina y nunca del viajero, unos jefes despojados del menor rastro de vergüenza, una red informática con más agujeros que la ventana de un bosnio, una compañía Iberia que se haya convertido en hazmerreír de los cielos y la tierra, un organismo estatal llamado AENA que sea el colmo del caos y la ineficacia, y un Ministerio de Fomento incapaz de prever y de ordenar, donde, como siempre, desde el ministro Arias-Salgado hasta el último subsecretario, o lo que carajo sean, nadie tenga la menor culpa de nada, nadie esté dispuesto a asumir la mínima responsabilidad, y todos ignoren, contumaces, que las palabras dimisión y cese vienen con todas sus letras en el diccionario de la R.A.E.

Reconocerán Vds. conmigo que reunir todas esas condiciones en un solo aeropuerto de una sola ciudad de un solo país no está al alcance de cualquiera. Y mucho menos con el añadido de esa espléndida guinda que suponen las instalaciones en sí, con insuficientes carritos de equipaje, con largos pasillos por los que correr arrastrando - cuando aparecen- enormes maletas, con media hora de caminos, vueltas y revueltas para enlazar un vuelo con otro, con esa megafonía inaudible hasta para avisar a los pasajeros de que miren los monitores porque la megafonía no siempre es audible, con las colas absurdas e interminables, con esos túneles retráctiles que por alguna misteriosa razón apenas se usan, con los autobuses zarandeando a viajeros ateridos de frío o achicharrados de calor, amontonados y maltratados como si en vez de ir a un avión aquella fuera la línea de autobuses Barajas-Auschwitz, y con un puente aéreo Madrid-Barcelona que, después de años de puntual y eficaz funcionamiento, se ha convertido también, supongo que por contagio, en una película de los hermanos Marx.

Algo así no existe, repito, en ningún otro sitio del mundo mundial. Y sería una lástima perder lo que con tanto sudor y lágrimas ha ido lográndose en Barajas, botón de muestra de lo que puede ser lo nuestro cuando nos ponemos a ello. El aeropuerto de Madrid ha hecho el nombre de esa ciudad famoso allende los mares y los cielos, y uno vea los guiris amantes de las emociones fuertes bajar de sus jumbos expectantes y excitados, hacerse fotos en las colas o cuando están tirados durmiendo por el suelo, etcétera, con una actitud de alucine sólo comparable a la de quienes visitan Disneylandia. Así que propongo, no solo conservar Barajas tal y como está, con el mismo personal y las mismas atracciones, sino echarle más imaginación al putiferio y explotar a fondo la cosa. Podrían organizarse, por ejemplo, pruebas con premio, del tipo correr en menos de quince minutos desde la terminal de vuelos de la CEE a vuelos internacionales, con puntos suplementarios por cada maleta de veinte kilos llevada a pulso, concursos de Cancelaciones Técnicas y Retrasos Operativos, divertidas loterías basadas en la hora sorpresa en que sale cada avión, recorridos de jubilados con mochilas por los pasillos kilométricos subiendo y bajando escaleras, bonitos juegos como Busque Su Maleta o Averigua Lo Que Suena - el detector de metales que pita hasta con un empaste demuelas o un DIU, demostraciones de cómo meter a quinientos pasajeros cabreados en un autobús y que al chofer no lo inflen a hostias, o elecciones de Miss Mala Leche entre algunas azafatas de vuelo.

2 de agosto de 1998

domingo, 26 de julio de 1998

El gringo malo

Hace casi tres décadas, cuando el arriba firmante era un piolín recién llegado al diario Pueblo, compartía con los redactores de la sección de Internacional un feroz antiamericanismo. Eran los tiempos de Vietnam, de l crisis del petróleo, de Chile, de la CIA metiendo mano por todas partes incluida España; y uno creía tener muy claro donde estaban los malos y dónde los buenos. Yo pedía ir siempre voluntario con los buenos; y los buenos eran palestinos, vietcongs, sandinistas y, en general, los que combatían a dictaduras y gobiernos sostenidos por Estados Unidos. Fernando Latorre, Chema Pérez Castro, Pedrusquiño y los otros redactores veteranos, que para mí eran la voz de la sabiduría, la experiencia y el oficio, profesaban odio bereber a todo cuanto oliese a gringo; y yo compartía su punto de vista, entre otras cosas porque me pasaba la vida yendo a lugares donde podía comprobar, en mi propia carne y en la de los desgraciados a los que veía bombardear, torturar y matar, los efectos de la política exterior norteamericana.

Luego pasó el tiempo, y los Estados Unidos metieron el rabo entre las piernas y estuvieron unos años achantados, digiriendo su propia basura, que era mucha. En cuanto a mi punto de vista sobre el origen de los males universales, fue modificándose con el natural curso de la vida. Anduve de acá para allá, vi cine alternativo, conocía norteamericanos maravillosos como Rust, el cámara de la CNN, o la fotógrafa Corinne Dufka, o Howard, mi agente literario neoyorkino; y terminé descubriendo lo que, tarde o temprano, descubre todo el que no es completamente imbécil: que eso de los buenos y los malos es mentira, que lo mismo degüella una daga artesana bendita por Alá que una bayoneta de M-16 fabricada en Illinois –o en donde fabriquen los gringos sus bayonetas-, que en todas partes hay gente estupenda, y que los verdaderos hijos de puta no tienen patria concreta, por que arraigan donde los eches.- No hay más que ver lo surtidos que andamos por aquí.

Sin embargo, y pese a que a los cuarenta y siete se ven las cosas de otro modo, he de reconocer que cuando uno de esos hijos de puta sale anglosajón, norteamericano y además senador, su fanatismo, hipocresía y bajeza pueden alcanzar virtuosismos inimaginables. Esta mañana, verbigracia, no tenía yo el Hola ni el Diez Minutos a la hora del colacao y los crispis. Así que al abrir el periódico me topé con el careto del senador Jesé Helms, cuya última hazaña es una ley para que el Estado no apoye a fotógrafos, directores de teatro o actores indecentes o exhibicionistas; en el muy amplio y meapilas sentido que la hipócrita sociedad dominante norteamericana tiene del asunto. Y ese Helms, reconocido clásico de una política conservadora estadounidense encantada de conocerse, proclive a combinar la Biblia con Tom Clancy, la gorra de béisbol, el hábito de Torquemada, la prohibición del tabaco y el fomento de las asociaciones de usuarios del rifle y el 44 magnum, es el mismo fulano que desde hace treinta años dedica su tiempo a luchar contra la pornografía y el antiamericanismo, lo que incluye, entre otras guindas, dar caña a los homosexuales y asfixiar a Cuba. La ley Helms-Burtosn no se llama así por casualidad.

Por eso, cuando me tropiezo, como hoy, con jetas como la del amigo americano, me acuerdo de José Luis Márquez, con quien estuve una noche, hace cinco o seis años, en un local de Nápoles lleno de marines rapados y borrachos, sin duda muy canónicos para el senador Helms y para la madre que los parió, de esos que patrullan el mundo con la chulería del que se sabe sin enemigo, sin importarles un carajo si Italia está en Europa o en África; hijos muy ganados a pulso y muy legítimos de una sociedad bastarda, analfabeta y autocomplaciente que desprecia cuanto ignora. El caso es que Márquez, acodado en la barra, con la cámara de la tele a los pies y una cerveza en la mano, miraba a aquellas malas bestias sobar a las mujeres, reírse de los camareros y mamarse hasta las patas.

-Ahí los tienes -dijo al rato. Los amos del mundo. Luego movió la cabeza y siguió con su Heineken. Yo no dije nada, porque pensaba en mis viejos maestros de la sección de Internacional de Pueblo, del mismo modo que hoy he vuelto a pensar en ellos. Quizá tenían razón, después de todo. Quizá no sea bueno olvidar que siempre hay alguien incubando el huevo de la serpiente.

26 de julio de 1998