Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 25 de enero de 1998

El maestro de gramática

La sangre chorreaba por los imbornales de la fragata inglesa. Habíamos estado una hora larga cañoneándonos penol a peno, y mis hombres subieron al abordaje poco inclinados a mostrarse clementes, o piadosos. No en vano habían visto, durante años, arder naves más allá de Orión y ponerse el sol en la Puerta de Tannhäuser. La fragata se llamaba Venganza de la reina Ana y ahora se balanceaba en la marejada, la jarcia hecha trizas, con el cabo de Palos perfilándose en la bruma una milla al sur-suroeste. Debía de tener a borde pasajeras, prostitutas o esposas de oficiales, porque cuando mi gente remató el trabajo oí desde el combés gritos de mujer.

Yo fui a lo mío. Del camarote del capitán me llevé dos cartuchos de monedas de oro, un sextante Plath y el cuaderno de bitácora. Luego, en la bodega, le eché un vistazo a lo que mi tercero y la dotación de presa iban a llevarse cuando gobernaran el barco hasta Cartagena. La carga no estaba mal, pero lo que me llamó la atención fue un grueso legajo que encontré manuscrito compuesto por muy diversos e interesantes textos, cultos, bárbaros, iconoclastas, divertidos e inteligentes, de cuya autoría no se daba información alguna, sacados a la luz –según lo escrito en la cubierta-, en Murcia, en el año de gracia de 1997, a 927 días del fin del segundo milenio. El título figuraba en la primera página, con tinta algo corrida por el agua de mar: Espejos de una biblioteca (KR Editorial).

Me llevé el manuscrito –mis hombres lo habrían usado para limpiarse el culo- y tras leerlo de cabo a rabo me fui a la banda de barlovento del alcázar, allí donde nadie viene a molestarme, y pasé mi cuarto de guardia, entre vistazo y vistazo al viento y las velas, reflexionando sobre la extraordinaria inteligencia y la profunda lucidez contenida en las páginas que acababa de leer. Después, todavía con una sonrisa cómplice en la boca se lo entregué a José Perona, a quien mis hombres llaman el doctor, aunque él suele titularse maestro de Gramática. Cuentan que en otro tiempo fue doctor que enseñaba en alguna de las universidades del rey nuestro señor, pero la resaca de la vida lo arrastró un día hasta los puertos y el mar; y cuando se enroló a bordo lo hizo aceptando las condiciones de reparto de botín que rigen el corso, aunque renunciando al dinero y conformándose en cada abordaje con una de cada tres violaciones de inglesas y una pinta de ron. El doctor, o el maestro de Gramática, como prefiere que le llamen, es un tipo singular, poco sociable, que se emborrachaba a solas con ginebra Bols en las noches tranquilas de luna llena o lee libros, infinidad de ellos, entre los cabos adujados a proa; y que cuando izamos la bandera de combate y disparamos el primer cañonazo dice en griego o en latín cosas extrañas como “que huelan lo que prueben” o algo así. Fue arponero en el Pequod, ama a Francia, odia a la Pérfida Albión, desprecia a los zafios que no fueron educados en la altivez del suicidio, y es capaz, en mitad del zafarrancho y los astillazos, de filosofar o contarnos cosas de un conocido suyo, un tal Lebrija, con quien debe de tener algún asunto a medias.

El caso es que le entregué el manuscrito al doctor o maestro de Gramática José Perona, para que hiciera con él lo que gustase. Y en ese momento hubo algo en la mirada que me dirigió por encima de los lentes, una especie de sonrisa casi imperceptible, amistosa y socarrona al tiempo, que me dio mucho que pensar. Y por un momento –ya sé que es absurdo, pero así fue- tuve la certeza de que el manuscrito no le era en absoluto desconocido, sino que su gesto, más que de recibir algo, se parecía mucho a una recuperación. En ese momento el vigía anunció una vela lejana por la amura de babor, así que me ocupé en otras cosas como ordenar más trapo y emprender la caza, que por la popa es siempre caza larga. Luego vinieron otros asaltos, otros mares, otros botines, otras borracheras y otros latines entre pinta y pinta de ron. Pero todavía, cuando recuerdo aquella fragata inglesa y el manuscrito hallado en su bodega, recuerdo la indefinible y sabia sonrisa del doctor, y aquella mirada que me dirigió por encima de los lentes –en uno de los cuales, por cierto, había una huella digital de sangre inglesa-. Por eso me pregunto si no fue él mismo quien, aprovechando la confusión del abordaje, puso el manuscrito en la bodega de la fragata. Para que yo lo encontrara allí.

25 de enero de 1998

domingo, 18 de enero de 1998

Vidas lavadas

Pues resulta que estás comprándote unos tejanos y vas y le dices al dependiente de toda la vida que dónde carajo están los de siempre, esos que ya vienen lavados pero son azul oscuro, porque sólo encuentras pantalones decolorados, tan lavados de origen que todos son azul clarito, desvaído, sosos, y en cuanto los pases un par de veces por la vida y por la lavadora se van a quedar hechos una mierda. Y el dependiente te dice que ya no hay. Y tú replicas que cómo cojones no va a haber si los ha habido siempre; tejanos, o sea, vaqueros, o sea, blue-jeans, que dicen algunos chorras. Iguales que esos que tiene ahí expuestos pero azul oscuro, como su propio nombre indica. Blú. Bluyins.
Pero el dependiente va y se rila de risa. Es que no te enteras, chaval. No te enteras porque los compras de año en año y eres un abuelo y un antiguo. Ahora la moda son los tejanos descoloridos, o sea, lavadísimos; y la marca y modelo que usas desde siempre, porque eres más de piñón fijo que un teniente chusquero de la Benemérita, ya no se fabrica sino muy así, como los ves Televés, porque si los hacen de un azul que parezca poco lavado, la gente es tan gilipollas que va y no los compra.

- Me estás vacilando, Paco.

- Te juro que no.

Y yo, que siempre me tiro el folio con eso de estar mirando, pero en realidad sólo miro la parte que me interesa ver, y del resto no me entero, echo un vistazo alrededor y compruebo que sí, anda, que mi primo tiene razón, que todos los fulanos y fulanas que llevan tejanos los usan muy lavados, muy descoloridos, y apenas se ven azules de verdad, nunca mejor dicho, azules de pata negra. Entonces, indignado, le digo al dependiente que no es lo mismo; que un pantalón tejano como il faut debe ser de origen oscuro, tener un sólo lavado suave de fábrica para que luego no encoja, o no tener ninguno, e ir envejeciendo contigo, poco a poco.

- Esa concepción romántica de la indumentaria –me dice el dependiente, que leyó a Juan Benet-está obsoleta.

Obsoletas mis narices, respondo. Porque de otras cosas no tengo ni puta idea; pero de pantalones tejanos, colega, puedo escribir un libro que se llame Los tejanos y la madre que los parió. Me he pasado la vida dentro de unos tejanos, de acá para allá. He arrastrado tejanos por los suelos y los asfaltos espachurrados y los cristales y los escombros de todos los países donde había hijo putas con escopeta. Los he lavado hasta con jabón de tocador en cuartos de baño de hoteles de medio mundo. He desgastado sus rodilleras y fondillos rozándolos sobre la cubierta de un velero, y los he sentido secarse sobre mi cintura y mis piernas, endurecidos por la sal del agua de mar. Los más viejos entre la media docena que poseo tienen más mili que el Guerrero del Antifaz, están llenos de remiendos, y de zurcidos, y casi blancos de guerras y de sol y de mar y de salitre, y la navaja marinera con llave de grilletes que llevo en ellos se me cuela por los agujeros de los bolsillos. Ese par en concreto se me cae tan a pedazos, de puro cochambroso, que es precisamente el que me pongo siempre al llegar a puerto, cuando bajo a cenar a tierra. Y aunque voy hecho un guarro y sin afeitar, me repeino todo para atrás con la raya alta, me pongo un polo azul limpio que también tiene más lavados que una sábana de hotel, unas zapatillas de tenis blancas y una chaqueta de marino que tengo con dos filas de botones dorados: mi chaqueta estupenda de Lord Jim, que uso para joder a mis cuñados, que son capitanes y marinos mercantes de verdad, de toda la vida.

O sea. Que mis tejanos son mis tejanos, porque me los he currado yo. Y exijo que los puñeteros fabricantes me dejen seguir haciéndolo. Vivimos en un tiempo en que, como ocurre con todos aquellos otros tejanos des coloridos y falsos, hasta la memoria nos la convierten en mercancía postiza, de diseño, artificialmente envejecida, empaquetada como un producto. Y así vivimos entre falsas pátinas, falsos bronces, falsas pieles, falsos pantalones tejanos. Somos tan capullos y tan cómodos que la vida también pretendemos comprarla hecha, vivida por otros, servida en una pantalla de televisión o un escaparate, antes que pateárnosla nosotros mismos. Pero unos pantalones tejanos raídos, como Dios manda, no están al alcance de cualquiera. Hace falta toda una vida para vivirlos y gastarlos, y ahí es donde está la gracia del asunto. Ninguna vida viene ya lavada de fábrica.

18 de enero de 1998

domingo, 11 de enero de 1998

El bar de Dani

Durante buena parte de mi vida, los bares y los cafés fueron refugio, oficina, centro de operaciones y hasta hotel en lugares donde no había hotel, o éste se había convertido en lugar insalubre, lleno de sobresaltos y agujeros. Con esto quiero decirles que he coleccionado bares por un tubo, bares de aeropuerto, de barrio, de carreteras, sitios elegantes y antros cutres. Y no por afición a darle al frasco, sino porque veintiún años con una mochila al hombro, con el desarraigo y la incomodidad que eso implica, y la necesidad de un lugar de reflexión y calma donde escribir una crónica, organizar una transmisión, disponer de un teléfono que funcione para decir hola buenas, Mariloli, ponme con el redactor jefe, son motivos suficientes para que uno desarrolle el instinto de adoptar esos bares o esos cafés que, a los cinco minutos, una vez te has instalado dentro y pides algo,, y pones las notas o el libro sobre la mesa mientras ordenas ideas, se convierten con pasmosa facilidad en lugares tan confortables como tu propia casa de toda la vida. Eso ayuda mucho. Y consuela. Y un montón de cosas más.

El bar, sobre todo, tiene una ventaja adicional. A diferencia del café, que es más favorable a la parcela individual, el bar, como su propio nombre indica, cuenta con una barra común. Y una barra de bar es siempre punto de encuentro, sobre todo si al otro lado hay un camarero o un propietario como Dios manda. Una barra de bar es un sitio donde, entre vaso y vaso, y a poco que se descuide, la gente pone, voluntariamente o sin darse cuenta, su vida sobre el mostrador. Por eso es tan fácil allí hacer amigos, a poco que se cuente con las dosis mínimas de curiosidad, sociabilidad y buena fe. A menudo, en especial al principio, cuando era más jovencito y viajaba a solateras, cuando llegaba a una ciudad desconocida y a veces hostil lo primero que hacía era irme a un bar y pegar allí la hebra con el camarero, que en cinco minutos me ponía al corriente. En días de desconcierto y soledad, entraba en una cantina de Managua, un cafetín de Beirut o Estambul, una tasca cochambrosa de Luanda, y a la media hora, a medida que iba enrollándome con camareros y parroquianos, ya era de allí de toda la vida. Mientras encontré en mi camino un bar abierto, nunca estuve solo.

Ahora hago otro tipo de vida, pero conservo el viejo instinto. El otro día llegué a una ciudad que apenas conocía, y paseando a mi aire por el casco viejo entré en un bar que no había pisado en mi vida. Allí había una barra y un dueño que se llama Dani, adora los álbumes de Tintín y sueña con leer libros hermosos y fotografiar cada mañana a quienes pasan por delante de su puerta, igual que Harvey Keitel en Smoke. Y había una camarera pelirroja y guapa que se llama Isabel y tiene una linda cicatriz horizontal en la frente. Y había un cliente, un tipo chiquitillo y duro que responde por Primitivo, que a los quince minutos y dos cañas me autorizó a llamarlo Primi, y me contó que acababa de conseguir unos reclinatorios de iglesia y ya había vendido tres. Y yo me pasé dos horas en ese bar y luego volví por la tarde a llevarle a Dani el Alatriste que le había prometido. Y allí seguía Primi, y un matrimonio joven con crío en un carrito, y algunos más. Y al día siguiente Dani y los otros, que leen poco porque no tienen tiempo, y hasta Primi, que no lee nada, fueron a la presentación de un libro mío y se llevaron a toda la peña. Y luego, cuando nos desembarazamos del protocolo de corbata y la parafernalia, nos fuimos al bar de Dani con el Califa, con su amigo el fotógrafo, con Encarna y con los otros; y el Califa me contó cómo lo dejó su novia y él se quedó hecho una mierda, pero a la quinta copa pude convencerlo de que esas cosas, colega, van incluidas en el precio de la vida. Y todos estuvimos contando chistes uno detrás de otro y descojonándonos horas y horas; y cuando yo conté el del cazador y el oso maricón, y luego el de la rata que va con un murciélago del brazo y le dice a otra rata que sí, que su novio es feo pero es piloto, el Califa, que cuenta unos chistes que te vas de vareta, se lo apuntó en un papel y luego juró que me seria fiel hasta la muerte. Y Primi me contó su vida, que tiene una novela, o varias. Y Encarna escenificó tres veces el chiste de la ninfómana. Y todos agarramos una castaña de cojones. Y Dani me regaló un Tintín de madera que había en un estante, y debajo escribió: de tus amigos. Y pocas veces se han escrito verdades como ésa.

11 de enero de 1998

domingo, 4 de enero de 1998

Nos va la marcha

Hay que ver cómo pasa el tiempo. Hace ya un mes que fumigaron La sonrisa del Pelícano. Saben ustedes que a veces esta página la tecleo con semanas de antelación, así que no me extrañaría que ya hubiese un programa parecido en alguna otra parte. Pero no es de eso de lo que quiero hablarles; sino de un par de cosas que, con todo aquel trajín y la clausura fulminante del tinglado pelicano se me quedaron en el gaznate. Sobre todo ante el herju maravilloso de que los barandas de Antena 3 descubrieran de pronto lo infame del engendro, después de haber contratado al fulano que hacía. Exactamente el mismo programa en otra tele, y tenerlo meses dándole palmaditas en la espalda, encantados con los índices de audiencia. Porque si en aquel asunto alguien no engañó nunca a nadie y fue consecuente hasta el final -consecuente con su propia mierda, pero consecuente- fue el amigo Pepe Navarro. Y nunca habría Jurado porque millones de individuos e individuas, haciendo uso legítimo de su mando a distancia, permanecieron anclados frente a esa bazofia mientras los jefes de la tele, con ojos de dólar como los del tío Gilito, le daban, cling, cling, a la caja registradora.

A ver si esta vez consigo decirlo con tacto: estoy hasta arriba, harto, o sea, hasta los mismísimos cojones, de tanta demagogia y tanto llanto de cocodrilo y, tanta asociación de espectadores en pro de una televisión educativa, culta y rigurosa que luego, cuando se hace, nadie ve. Cierto es que los directivos de las cadenas, estatales o privadas, son una panda de golfos probados a quienes importa más presentar una saneada cuenta de beneficios motivada por, la audiencia y la publicidad que ésta arrastra- que cualquier tipo de avance moral o educativo. Cierto es que existe otra nutrida cofradía de fulanos y fulanas, ya destarados y con mucho morro como Pepe Navarro, ya del género blandengue, tierno y llorón como Paco Lobatón, Isabel Gemio y Jesús Puente, capaces de echarle jeta al asunto y hacerse un cóctel a base de niñas de Alcásser, huerfanita que busca a su abuela y parejas separadas que vuelven a encontrarse gracias a la magia de la tele. Una peña, dicho sea de paso, que me parece aún más inmoral que el pelicano de mi otro primo, parque Navarro tenía el cinismo de no engañar a nadie; mientras que el gimoteo presuntamente solidario de éstos, explotan la inocencia o la incultura de infelices y pobre gente, suena más falso que un duro de plomo. Pero no es menos cierto que a todo ese personal son los espectadores, aplaudiendo como borregos o plantados con la boca abierta ante la tele, quienes le dan de comer.

Es como lo de las nevadas. Cierto es que en este putiferio nacional un día van y se bloquean diez aeropuertos, o las autovías de media España, y miles de familias pasan la noche en las carreteras por imprevisión, descoordinación y chapuza generalizada de Aeropuertos Españoles, Renfe, Tráfico y Protección Civil; y aquí se lava las manos hasta el ángel de la guarda que estaba -de turno esa noche, y nadie es responsable de nada, y ni dimite nadie ni cesan a nadie, y hasta la próxima, o sea, hasta luego Lucas. Pero no es menos cierto que cuando aparece la niebla o empieza a nevar, o lo que caiga, hay cinco millones de gilipollas que por nada del mundo estamos dispuestos a quedarnos en casa un puente de la Constitución, o a coger un tren, sino que seguimos numantinamente resueltos a viajar todos-en coche a la misma hora por la misma carretera, pararnos a cenar en el mismo restaurante y repostar en la misma gasolinera. Y sabiendo perfectamente lo que nos espera, porque conocemos cómo funcionan los servicios públicos en España, metemos a la parienta, a la suegra y a los niños en el tequi y salimos caiga quien caiga, con un par de huevos y ese audaz impulso, tan español, de vamos a intentarlo y si cuela, cuela, que tan buen resultado dio a Cortés, Pizarro y a otros en viejos tiempos, pero que ahora nos lleva directamente al arcén helado de la nacional IV durante doce horas mientras los picoletos se cachondean, con razón, y tú blasfemas en arameo.

Y es que en el fondo todo es lo mismo: la tele, la carretera, la cola del cine. España tañí. Pasarnos la vida piándolas y luego nos abalanzamos a meterla pata en el mismo charco. Somos un país de hipócritas y de bocazas, de irresponsables y de tontos del culo. Por eso tenemos la tele, y la vida, y las carreteras que nos ganamos a pulso. Así que a joderse y disfrutarlas.

4 de enero de 1998