Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 22 de febrero de 1998

El grito de Lucía

Me pide Lucía que grite por ella, pues no puede hacerlo por sí misma, o no la oirán por mucho que lo intente. Imagino que el problema de Lucía es que España va bien, como dicen mis primos. Y como por ir bien se entiende aquí que los bancos ganen viruta, que quienes cotizan en bolsa sigan haciéndolo sin sobresaltos, y que toda la mugre quede barnizada bajo una apariencia de estabilidad, modernidad y diseño, pues resulta que respecto a Lucía y a los que son como ella y a los que están todavía peor, que son unos cuantos millones largos, hay mucha gente interesada en que ni se les vea, ni se les note, ni traspasen.

Tampoco vayan ustedes a creer que Lucía es una moza especialmente marginada, o que tiene algún síndrome incurable y raro. Todo lo contrario. Podría considerarse privilegiada porque tiene veintitrés años, es guapa y está sana, y además pudo estudiar dos años de Administrativo y tres de Informática de empresas antes de enviar currículums a todo cristo y conseguir, por fin, un contrato de seis meses que estipulaba cuarenta horas semanales, quince días de vacaciones y65.000 pesetas al mes. Luego, en la práctica, el asunto se convirtió en once horas diarias, sábados de 9 a 3, y tres domingos de otras once horas al mes con el fastuoso plus de 5.000 pesetas por domingo. Lo que suma, si no me falla la aritmética, más de setenta horas semanales por ochenta talegos al mes. Y, redondeando picos, sitúa la hijoputez en unas trescientas pesetas por hora: la tercera parte de lo que gana una asistenta.

Aun así, Lucía sigue teniendo suerte. Su jefe no es de los que le pellizcan el culo o le manosean las tetas al cruzarse en el pasillo, ni de los que dejan caer eso de que las cosas podrían ir mejor si fueras menos arisca, nena. Tampoco le ha propuesto acompañarlo como secretaria en algún viaje de trabajo que incluya fin de semana; eso sí, sin obligar a nadie ni forzar las cosas, dándole perfecta y libre opción a elegir entre tragar o irse al paro. Pero nada de eso. El jefe de Lucía es hombre respetable y considerado, así que se limita a decirle que sonría a los clientes, que se vista sexy pero no mucho, que ordene con más cuidado los libros y las revistas y los vídeos y las delikatessen, y que recuerde barrer después de cerrar. Incluso le ha recomendado baños de no sé qué para esas varices que a Lucia están empezando a salirle en las piernas por estar de pie detrás del mostrador o la caja. En cuanto a la contractura muscular de la espalda, que se le ha vuelto crónica a fuerza de subir y bajar cajones, las 18.000 pesetas de la extra de Navidad le han servido para pagarse un masajista.

Y de ese modo Lucía comparte trabajo y contratos basura con Reme y con Luis y con Rosa, conscientes todos ellos de que basta colgar un cartel en la puerta para que centenares de Lucías, Remes, Luises y Rosas acudan a toda leche a cubrir el puesto de trabajo que el primero de ellos deje vacante por un mal gesto con el jefe, por sonreír de más o sonreír de menos, por hartarse un día y subirse encima de la pila de los vídeos y mandarlo todo a tomar por saco y decirle a la clienta pelmaza que el Diez Minutos de esta semana ni ha llegado ni va a llegar en su puta vida, cacho foca; y al jefe, que puede coger todas las delikatessen del mostrador refrigerado y metérselas despacito por el culo, incluido el fuagrás del Perigord, y con él los sesenta y cinco talegos mas quince de plus que paga, y digo pagar por decir algo, a cambio de romperse los cuernos 277 horas al mes.

Y como resulta que ni Lucía, ni Reme, ni Luis ni Rosa pueden darse el gustazo, pegar el grito que llevan atravesado en la garganta; y como, por otra parte, al arriba firmante el jefe de ellos cuatro, y los jefes de su jefe, y los jefes de los jefes de su jefe me importan un testículo de pato y yo si puedo darme el gusto sin que me pongan en la calle y me dejen en el paro, pues hoy he decidido complacer a Lucía y gritar por ella que España va bien, por los cojones. Y que un paraíso económico que se basa en la explotación miserable de los jóvenes, en la ley del cacique más analfabeto y truhán, en los resultados de cincuenta empresas y doscientos bancos mientras la sordidez se esconde para que no se vea, no es un Estado de bienestar por mucho que lo pintemos de bonito y reluzca de lejos y le pongamos mucho diseño, mucho mire usted y mucha corbata. O sea: que si ésa es la España a que se refieren cuando dicen que va bien, entonces España es una puñetera mierda. Lucía dixit. Yo lo firmo. Y vale.

22 de febrero de 1998

domingo, 15 de febrero de 1998

La carrera de la eriza


Pues me van ustedes a disculpar, pero metí la gamba. ¿Se acuerdan de aquel erizo del que les hablé hace unas semanas, el que cruzaba la autovía a toda leche entre los coches, tiquitiquití, con dos cojones? Bueno pues no. Quiero decir que no era erizo, sino eriza. Descubrimiento que debo a algunas cartas de lectoras femeninamente correctas interrogándome sobre si desde el coche tuve oportunidad de verle los huevos al bicho.

Debo confesar que no. Sé que debí hacerlo; que mi obligación era parar y mirarle la bisectriz antes de hacer tan frívolas afirmaciones. Pero qué quieren que les diga. Yo iba con cierta gana de llegar, y además la autovía no era sitio para dar marcha atrás (imagínense a un picoleto diciéndome hola buenas libreta en mano, y yo contándole algo sobre los cojoncillos de un erizo). Así que, lo confieso, no paré. Lo supuse al vuelo, y punto. Luego, las cartas poniendo el dedo en la llaga me han hecho reflexionar y ver la luz. Y ahora estoy en condiciones de entonar el mea culpa afirmando que, en efecto, el erizo en cuestión podía ser tanto macho como hembra. Y que eso de que en la madriguera lo esperaban su eriza y sus ericitos supone una arriesgada, abyecta y machista suposición por mi parte.

La verdad es que yo solito nunca habría caído en ello, sobre todo porque a la hora de hablar de un erizo, pues bueno; tal vez me salió de forma automática la asociación con el sexo masculino. Por más que -me apresuro a matizar- los valores a plantear en la reflexión originada por el asunto sean perfectamente extensibles a lo femenino. Aunque la verdad es que me parece una gilipollez andar matizando si el erizo en cuestión era macho con valores compartibles por las hembras o viceversa, o si era un erizo homosexual y quien lo esperaba en su madriguera era otro erizo con tatuajes. Puestos a ser rigurosos, incluso podía tratarse de un erizo solitario, que cruzase la autovía de vuelta de comprarse el Penthouse y el Private en el kiosco de la gasolinera, y tuviese la madriguera llena de púas viejas sin lavar y restos de insectos y hierbajos y cosas -he averiguado también que son omnívoros- sin recoger y sin nada. Pero no sé si eso habría templado la ira epistolar de las antedichas damas, pues tal vez atribuir actitudes de descuido hogareño exclusivamente a los erizos machos sea caer en el mismo pecado sexista. Así que no sé. A mí, la verdad, me pareció un erizo normal, de infantería. Un erizo con libro de familia.

De cualquier modo, y tras esas indagaciones a las que antes aludía, hoy les ofrezco por fin la auténtica verdad sobre el erináceo: era un erizo hembra, o sea, vale, una eriza todavía de buen ver, ligeramente ancha de caderas, de carácter emotivo, activo y secundario, que había cruzado la autovía para buscar algo que comer porque el vago y el imbécil de su marido estaba en la madriguera tumbado a la bartola, sin seguro de paro y sin nada, viendo la tele con un topo amigo suyo - ese sí he comprobado que era topo, y no topa- y hechos los dos unos cerdos de tanto fútbol y tanta cerveza. Y la eriza, que estaba de su marido y del amigote hasta los ovarios, tuvo que cruzar la carretera para agenciarse, de cara a la cena, unas trufas chachis que crecen junto al arcén del otro lado. Y volvía con la mala leche que pueden ustedes imaginar cuando estuve a punto de atropellarla, por eso corría tanto, y también corría porque había puesto unos saltamontes en el horno y se le iban a quemar si no espabilaba. Y he sabido que por fin, cuando llegó a la madriguera blasfemando en arameo, les echó una bronca de narices al erizo y al gorrón del topo, mangutas, que sois unos mangutas, que si no fuera por mí en esta madriguera no se comía caliente, yo por ahí que casi me esclafa en la carretera un hijoputa con ruedas, y vosotros aquí viendo el fúmbol. Y todavía, luego, cuando se piró el topo de los cojones, después de cenar, el marido empezó a poner ojitos y a ponerse tierno, ábrete de púas, corazón. Y la eriza le dijo que de púas se va a abrir tu puñetera madre, cacho capullo, que tienes más morro que un oso hormiguero. Que encima no has sido capaz ni de preñarme en ocho años, tontolhaba. Así que por mí como si te la picotea el búho de guardia. Y luego, cuando el erizo se fue a dormir muy mosqueado, farfullando como el mierdecilla que era, la eriza estuvo un rato leyendo a Stendhal, y luego salió a la puerta de la madriguera a fumarse un cigarrillo mirando las estrellas. Un día, pensó, me lo voy a hacer con el topo. Para fastidiar a este imbécil.

15 de febrero de 1998

domingo, 8 de febrero de 1998

Regreso a Vukovar

La noticia me habría pasado inadvertida de no ser por un tercio de columnita en página par de un diario: Croacia recupera Vukovar. Imagino que a la mayor parte de ustedes Vukovar le importa un carajo. Pero hace años, en el 91, el arriba firmante estuvo contándoles por la tele un montón de cosas de esa pequeña localidad de Eslavonia oriental, fronteriza entre Croacia y Serbia. Tiempos duros aquellos, cuando los serbios eran el chulo del barrio y tenían tanques y aviones y tenían de todo, y Europa miraba hacia otro lado y les dejaba pegarles fuego a los Balcanes con toda impunidad, y mi admirado don Javier Solana, entonces ministro de Exteriores, salía en cada telediario con espléndida sonrisa, diciendo estamos trabajando para detener esto, mientras su mediación, como la de los mierdas de sus colegas de la CEE, consistía en darles palmaditas en la espalda a Milosevic, Karadzic y a quienes ahora, lanzada a moro muerto, llaman criminales de guerra. Ustedes a lo mejor no se acuerdan, y al actual secretario general de la OTAN tampoco le conviene acordarse. Pero yo me acuerdo muy bien, porque estaba allí.

¿Saben ustedes lo que pasó en Vukovar? Pues que mientras don Javier Solana y Europa les hacían a los serbios un francés con todas sus letras, éstos cercaron la ciudad y la cañonearon. Y luego empezaron a lanzar ataques feroces con aviación y con tanques contra los defensores, armados apenas con escopetas de caza y algunas armas de fortuna. Todo eso se lo contábamos a ustedes en los telediarios Márquez, mi cámara de TVE, Jadranka, nuestra intérprete, y el arriba firmante, que nos pasamos aquel verano y aquel otoño corriendo como liebres delante de los tanques serbios por toda la Krajina y toda la puñetera Eslavonia oriental, entrando y saliendo de Vukovar por un caminillo que había a través de los maizales, y nos abrimos de allí por los pelos, con los últimos heridos que aún podían andar, antes de que el cerrojo se cerrara para siempre. Luego se luchó casa por casa, y cuando por fin llegaron al centro de la ciudad, al hospital, los serbios los sacaron a todos y los mataron por el morro, uno tras otro. No hubo prisioneros en edad de combatir; a todos se los pasaron por la piedra fueron a dar en fosas comunes. Eso hicieron en Rado, que era un pequeñito y rubio y se fumaba siempre el tabaco de Márquez. También con Mate el gordito y con Mirko el bosnio, que era callado y elegante y un experto en golpes de mano nocturnos. A Sexymbol no llegaron a tiempo de asesinarlo, porque pisó antes una mina en los maizales, pro sí a su hermano Ivo. Los mataron a todos cuando se quedaron sin municiones y se rindieron. A todos incluido el comandante Grüber, que tenía veinticuatro años y era mi amigo; tanto que un día organizó un contraataque para ganar trescientos metros y que pudiéramos filmar los tanques serbios de cerca, y los filmamos, y costó un muerto y cinco heridos que aquella noche Vukovar abriera el telediario. Al final, cuando Grüber ya estaba en el sótano del hospital con un pie arrancado y metralla en los pulmones, los serbios lo sacaron fuera con los otros heridos y le pegaron un tiro en la cabeza.

Todo eso me ha venido a la memoria ante la pequeña noticia del diario. El recuerdo de aquellas noches en las trincheras, en los sótanos o entre las ruinas de Vukovar. Las largas conversaciones en las que sólo veías del otro la brasa semi oculta de un cigarrillo. El miedo, el coraje, la desesperación, la esperanza. Y el último adiós, aquel amanecer gris en que nos arrastramos por los maizales sin mirar atrás, sintiendo en nuestras espaldas los ojos de todos aquellos jóvenes que iban a morir porque no llevaban un carnet de prensa y un pasaporte en el bolsillo, y porque el ministro Solana y sus colegas no tenían ninguna prisa. Una enfermera superviviente nos contó más tarde que los últimos del grupo de Grüber –una veintena de muchachos entre los dieciocho y los veinticinco años- pelearon, ya con los serbios dentro del último reducto, hasta que no hubo munición que disparar. Que vendieron cara su piel y que no quedó nadie. Por eso, tras ver hoy el nombre de Vukovar en el diario, me serví un coñac, fui al vídeo y puse durante un rato algunas imágenes hechas por Márquez. Ahí están de nuevo Grüber y los otros. Les he dado hacia atrás y hacia delante a las cintas, viendo cómo sonríen, sueñan, fuman, combaten, hablan de la vida, del futuro. He congelado sus rostros muchas veces, recordando. He pasado la mañana bebiendo coñac con un grupo de chicos muertos.

8 de febrero de 1998

domingo, 1 de febrero de 1998

La aventura es la aventura

Resulta que a los del París-Dakar o como se llame ahora, en Mali o en no sé dónde, unos guerrilleros armados hasta los dientes les choraron el otro día un camión de esos con ruedas grandes y muchas pegatinas de los que hacen el rallye, y a otro coche que no paró le soltaron una sarta de tiros que no lo escabecharon de milagro. Y luego los del turbante se abrieron con el botín, el camión y lo que llevaba dentro, y dejaron a los intrépidos conductores allí, al solanero, con cara de esto no puede haberme ocurrido a mí. Y hasta hoy.

No me digan que no mola. Los Carlos Sainz de turno, que no sé cómo se llamaban ni me importa, allí con el volante y los monos y los cascos y toda la parafernalia de Pijolandia -un año hasta fue Carolina de Mónaco-, tirándose el folio de las dunas y tal, curva a la izquierda, Borja Luis, o Marcel-François, o como carajo te llames, y ahora en quinta por toda la pista hasta el Oasis de Kufra según pasamos el audi a la derecha. Iban así, imagino, muy atentos al cronómetro Breitling y a los ratings y a las prestaciones y al tacómetro, con ese gesto duro y audaz de aventurero de pastel que ponen quienes tienen hasta el pinchazo programado por cuenta de la organización y el GPS. Iban así, decía -y a ver si lo digo de una puta vez-, y en esas va el copiloto y le apunta a su consorte: oye, mira, Jean-Pierre, voilá unos aborígenes que nos saludan al borde de la pista, procura no echarles mucho polvo ni atropellarlos como al negro de hace tres días, que éste es un rallye racialmente correcto, o sea. Y el conductor, que va a lo suyo y lleva un retraso crono de una hora, dieciséis segundos y tres décimas, está a punto de decir anda y que se jodan y meter la directa cuando el copiloto comenta qué curioso, oyes, fíjate en los moros, o los bantúes, o lo que sean ésos, que nos hacen señales de parar, y llevan algo al hombro, como si nos fueran a hacer una foto, o tomarnos un vídeo. Hay que ver qué cariñosos y entrañables son estos negros de color, tan muertos de hambre y escuálidos y aún les queda simpatía para acercarse a saludarnos cuando pasamos a toda hostia, que te dan ganas de parar y regalarles un llavero de nuestro Capulling Racing Team. Y el caso es que eso que llevan al hombro es una cámara de vídeo algo rara, ¿no te parece? Así, tan larga y verde. Y qué tontería, no te lo vas a creer pero yo diría que más que grabarnos con ella, nos apuntan. Hay que ver lo que son los espejismos del desierto, Jean-Pierre. Te vas a reír cuando te lo diga. ¿Pues no parece que nos están apuntando con un bazooka? Je, je. Y el caso es que yo diría que parece... Joder. Para, para, para, para, cojones. Esos hijo putas tienen un bazooka.

Les juro a ustedes que habría pagado por verlo. O por estar allí con mi turbante, mis pies descalzos, mi RPG-7 o mi Kaláshnikov al hombro, y el cuchillo entre los dientes haciéndome relucir la sonrisa. Salam Aleikum, chavales. Jambo. El racing team de los huevos saliendo de la curva, los de color soltándole cebollazos, y Jean-Pierre y su primo jiñándose por la pata abajo mientras los sacan del camión. Hola míster, efendi, bwana, ¿cómo lo llevas? Pongo en tu conocimiento que eres el tercer héroe de la ruta que cae hoy. ¿No querías aventura? Pues aquí tienes aventura gratis, colega. Y fuera de programa, que lleva más morbo. A ver las llaves del 6x6 treinta y seis, y el casco, y la cartera, y el Rolex ese que llevas en la muñeca. Y dad gracias que os dejamos la cantimplora, y también que ya hemos sodomizado hace un rato a un motorista japonés de la Honda y venimos aliviados; que si no, pareja, íbamos a poneros mirando a La Meca para que os fuerais del rallye con un souvenir. O a ver si creéis, tontos del culo, que podéis venir cada año a pasarnos por el morro los camiones, y los coches y las motos y los helicópteros, a marcar tecnología y paquete jugando a Beau Geste con todos los riesgos cubiertos, y radio, y apoyo logístico, y vehículos de súper lujo, y cascos de kevlar presurizado, y monos de goretex sanforizado que valen un huevo de la cara; que con sólo lo que cuesta uno de esos guantes que lleváis para que no os salgan ampollas al cambiar de marchas podría vivir aquí una familia durante año y medio. Y encima, en los finales de etapa, todavía queréis haceros fotos con nosotros para contarle después a la peña lo exótica y lo típica y lo aventurera que es toda esta gilipollez. Así que gracias por el camión y lo demás, so tiñalpas. Esto es solidaridad con el Tercer Mundo, y no lo del 0,7 por ciento. Iros por la sombra, y hasta el año que viene.

1 de febrero de 1998