Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 29 de marzo de 1998

Reivindicación del gomorrita

Alguien tiene que decirlo, así que hoy lo digo. Ya está bien de tantos siglos de olvido partidista, y tanta injusticia. Ya está bien de tanta manipulación falaz de la Biblia y de la Historia, de tanto manguita que se lleva la fama mientras otros cardan la lana. Si de café se trata, que haya café para todos.

Esta introducción, o proemio, viene al hilo de un hecho bíblico: Cuando Yahvé, o sea, Dios, decide desencadenar su operación Tormenta del Desierto y bombardea las ciudades de la Pentápolis (Génesis XIX, 24), se pasa por la piedra de amolar y sin contemplaciones a Sodoma y Gomorra, entre otras, con el balance de sólo tres supervivientes y una estatua de sal. Lo hace, supongo recuerdan ustedes, porque tanto los sodomitas como los gomorritas habían incumplido los acuerdos en vigor, y no facilitaron la labor ni trataron bien – de hecho quisieron literalmente sodomizar (XIX, 4)- a los dos observadores internacionales que, con la cobertura diplomática de ángeles, viajaron allí para echarle un vistazo al putiferio.

Desde entonces, y a eso es a lo que voy, el nombre de Sodoma se hizo famoso, legendario, y los naturales de esa ciudad recibieron un trato de favor en la Historia y en la sociedad. Los sodomitas se hicieron inmortales. Su fama cruzó fronteras, llenó libros y bibliotecas, definió tipos sociales, motivó estudios, tratados, películas y demás. El diccionario Espasa, por ejemplo, entre pitos y flautas les dedica nueve páginas de pormenores en letra apretada, incluyendo un mapa del Mar Muerto con la localización geográfica exacta de la ciudad donde tanto hilo le dieron a la cometa. Y a ese nombre de tan ilustre y secular prosapia se han asociado sin reparo personajes extraordinarios como Alcibíades, Sócrates, Miguel Angel, Shakespeare, Safo, Oscar Wilde o García Lorca. De hecho, la presencia de sodomitas es hoy decisiva y numerosa en el mundo moderno de la cultura, la ciencia y la política. Incluso el término se hace extensivo a muchas actividades no directamente relacionadas con la cosa en sí. Por ejemplo –el Espasa también distingue entre activa y pasiva-, para definir la política exterior española respecto a Cuba y a la administración Clinton.

¿Y qué pasa con Gomorra?, pregunto. ¿Qué pasa con esa ciudad que, teniendo según la Biblia los mismos méritos que Sodoma, vio injustamente oscurecidos nombre y fama?... ¿Qué pasa con los gomorritas, tan marginados que su nombre no significa nada ni se utilizó nunca para maldita la cosa, hasta el punto de que el citado Espasa se limita a decir: ‘Gomorra: Véase Sodoma’?...Convendrán ustedes conmigo en que estamos ante un flagrante caso de ninguneo y ante una auténtica canallada histórica. Porque digo yo que algún derecho tendrían los de Gomorra, y algún pecado nefando interesante cometerían también, habida cuenta de lo que les cayó encima cuando Yahvé les dio las suyas y las de un bombero. Y si lo del llamado vicio de sodomía lo tenemos más o menos claro – ‘Concúbito entre personas de un mismo sexo, o contra el orden natural’- y la Iglesia y la ciencia clasifican a sus entusiastas como ‘invertidos puros’, ‘pseudo invertidos’, ‘unisexuales dimorfos’ y ‘poli sexuales’, e incluso meten la masturbación en el ajo, la verdad es que me pica muchísimo la curiosidad saber en qué consistió el vicio de gomorría, y qué es lo que uno siente cuando gomorriza, o bien cuando lo gomorrizan a uno. O a una, porque lo mismo va y resulta que el de Gomorra era un pecado chachi, todoterreno, de esos que lo mismo valen para un cocido que para un estofado. Y nosotros aquí, monótonos y de piñón fijo, en la inopia.

Así que pueden considerar esto un manifiesto. En nombre de los marginados y los parias de la tierra, reivindico el nombre de Gomorra. El gomorrita posee, estoy seguro, mal que le pese a los ortodoxos y a la opresión bíblico-centralista de Sodoma, una conciencia nacional histórica, una mala fama personal e irrenunciable, sin duda un RH y una lengua propia –el gomorrés- que deben ser recuperados y puestos en claro con una campaña adecuada del tipo: Gomorra is different, o Gomorra, ven y alucina, o Gomorra: tan cerca y tan lejos. En estos tiempos en que hasta Sangonera la Verde pide representación propia en el parlamento europeo, ya es hora de que la nación gomorrita deje de ser compañero de viaje y don nadie de sodomitas ni de luceros del alba. Gomorra fue un hecho diferencial e histórico indiscutible. Y Lot, un listillo, un vendido y un cipayo.

29 de marzo de 1998

domingo, 22 de marzo de 1998

El asesinato de Blasco Ibáñez

Tuve la desgracia de ver Blasco Ibáñez, de Luis García Berlanga, cuando la emitieron el otro día en TVE. Y digo que tuve la desgracia, porque hasta aquel momento infausto yo habría derramado sin vacilar mi sangre por Berlanga, ese abuelo desvergonzado, iconoclasta y maravilloso del cine español, autor, entre otras cosas, de obras maestras –los capullos de bobalias y diseños varios las llaman obras imprescindibles- como lo son Bienvenido mister Marshall o la extraordinaria trilogía de la Escopeta nacional. Pero a partir de ahora, y con todo el respeto que le sigo teniendo al director más importante de nuestro cine –un Blasco no borra un Plácido-, lo de la sangre me lo voy a pensar despacito y dos veces.

La serie sobre la vida del novelista levantó polémica. En Valencia, donde Blasco es San Vicente Blasco, sentó como una patada en la boca del estómago su proyección por Canal 9. Luego, en la nacional, los unos porque TVE la daba sin promoción previa, a oscuras y con alevosía –Blasco no era precisamente de los que vota al Pepé-, y los otros, incluida la nieta del autor de Cañas y barro, diciendo que la película es mala y un insulto a la familia, y que vaya vergüenza que se exhiba por ahí. A la disputa le pusieron guinda ciertos columnistas, prestigiosos de su oficio, de la cosa cultural, asegurando que la serie era automáticamente cojonuda por el mero hecho de ser de Berlanga, y que a quien no le hubiera gustado es que no sabía de cine, ni de televisión, ni de nada, y además era un fascista.

Y lo siento mucho, pero no trago. Una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa. Y al arriba firmante, que como ya he dicho adora a Berlanga, la película sobre Blasco Ibáñez, le parece mala. Y aún diría más: me parece muy mala, imperdonablemente mala en cualquier director y en cualquier televisión, pero mucho más teniendo detrás de la cámara al mejor director de cine español. Que el tono gamberro, desmitificador y de parodia, como dicen los defensores de la serie, haya sido la intención del trabajo, no justifica casi nada. Mal se puede desmitificar algo que sólo es un mito en Valencia, porque en el resto de España y en la mayor parte del mundo, ni Blasco Ibáñez es un mito, ni sus novelas las leen, ni de él se acuerda nadie. Y en segundo lugar, el supuesto tono golfo tampoco justifica unos diálogos infames, irreales, que nada tienen que ver con el modo de hablar de la época en que se sitúan. Unos diálogos anacrónicos, donde además todo el mundo utiliza unos tacos –tiene gracia que yo venga a subrayar eso-que nadie pronunciaba entonces, y menos las señoras. Unos diálogos que cobran todavía más irrealidad puestos en boca de algunos actores tan rematadamente malos y poco creíbles que no consigo explicarme dónde están aquellos magníficos secundarios del Estudio Uno, y el teatro, y el cine de toda la vida, barridos ahora por tiñalpas improvisados, sin oficio ni trazas de tenerlo. Eso, por encima. Porque si entramos en honduras, entonces tendrían que explicarme ese Galdós ridículo, o esa Emilia Pardo Bazán grosera y ninfómana, o esa Chita a quién Ana Obregón –que resulta de lo más digno en cuanto a interpretaciones de la película-, encarna con una ordinariez increíble en la que fue mundana y sofisticada amante de Blasco Ibáñez. Y en cuanto al propio novelista, la divertida caricatura personal que de él hacen Berlanga y el actor Ramón Langa poco se adentra, fuera de la peripecia folklórica, en la personalidad literaria y el trabajo del que fue novelista español internacionalmente más famoso de su tiempo; un escritor profesional que se hizo multimillonario con sus novelas y a quien en tres horas de proyección apenas vemos escribir, y siempre así, de pasada, apoyado en cualquier parte, con un lápiz y un papel, zis zas, improvisando.

Pero claro, ese no era el objetivo, dicen los palmeros del maestro. El asunto era romper moldes y toda la parafernalia, así que las objeciones dan igual. Y puede ser, en efecto, que mi sentido del humor y mi gusto por las desmitificaciones y los moldes rotos no estén a la altura de una ópera magna. Pero también es casualidad que, para una vez que alguien se ocupa de llevar a la televisión algo relacionado con la palabra cultura, el resultado sea una frivolidad y un esperpento. ¿Imaginan a los franceses haciendo eso con Hugo, Zola o Balzac, o a los ingleses aplicando mismo tratamiento a Graves, a Greene o a Conrad?.

22 de marzo de 1998

domingo, 15 de marzo de 1998

Un chucho mejicano

La historia me la contó hace unos días Sealtiel Alatriste, que además de ser mi editor centroamericano y de prestarme su apellido para cierto espadachín del XVII, es amigo mío. Estábamos Sealtiel y el arriba firmante en una cantina de México D.F., con una botella de Herradura Reposado y unos mariachis cantando ‘Mujeres divinas’, que siempre nos pone nostálgicos; la misma canción que a don Ibrahim –ese compadre de la Niña Puñales y del Potro Mantelete- le despertaba en Sevilla añoranza de su juventud caribeña, portales de Veracruz y playas de Acapulco, el reloj de Hemingway, María Bonita y toda la parafernalia. Estábamos allí, les decía, ya con el nivel del tequila por debajo de la línea de flotación de la botella, y Sealtiel se puso a contarme cosas. Y entre ellas, la vida de Sami.

Sami es un perro callejero que vagabundea por la colonia del Valle de la capital mejicana, donde vive Sealtiel. Cuando luego, interesado por su historia, quise verlo, comprobé que se trata de un esmirriado chucho blanco con manchas negras, a medio camino entre un zorrillo y un pastor alemán, con un toque chusma. No es de esos canes que ladran a la gente, ni se acerca a olisquear a las señoras dejándoles manchas húmedas en el trasero, ni se aferra a la pierna de un transeúnte e intenta violarla dale que te pego, como hacen otros. Tampoco guarda las formas por educación, o timidez. Se trata de un perro misántropo y poco sociable, que no se hace ilusiones y se resigna a levantar la pata de vez en cuando para marcar su territorio que sabe perfectamente no le pertenecerá en su puta vida. Tal vez por eso –me informó Sealtiel- Sami, que es chucho pacífico, mostró siempre una radical conciencia de clase al pelearse exclusivamente, echándole huevos al asunto, con todos y cada uno de los perros de raza del barrio, grandes y bien alimentados, a los que sus dueños sacaban a pasear. Y claro. Un danés grande como un castillo le sacó un ojo.

Los vecinos se dieron cuenta por casualidad, pues Sami no se quejaba. Anduvo por la colonia tuerto y callado hasta que una vecina se dio cuenta, y compadeciéndose de él recolectó algunas decenas de pesos para llevarlo en su coche al veterinario. Y ahí Sami estuvo puritito charro y valiente, muy a la altura de las circunstancias: no mordió a nadie, ni orinó donde no debía, y ni siquiera dijo ándale, o híjole, o guau, que es lo menos que un perro mejicano puede decir en tales casos. Silencioso y estoico, fue devuelto a la calle vendado, cosido y curado, como si volviera con Villa de la toma de Zacatecas. Y los vecinos, impresionados por las maneras del chucho, empezaron a interesarse por él, a cooperar en su restablecimiento con huesos y medicinas. Gente que sólo se conocía de vista, que no se había dirigido nunca la palabra antes, se paraba en la calle a preguntar por Sami; y, como consecuencia, a interesarse los unos por los otros. La cosa se acentuó cuando a Sami lo atropelló un coche. Un equipo de emergencia compuesto por la dueña de la librería de la esquina, un señor a quien llaman ‘el licenciado’ –todos los vecinos ignoran su nombre-y la escritora Verónica Murguía, que también vive allí, lo envolvieron en una colchoneta y lo llevaron al veterinario; donde un par de vecinos más acudieron a interesarse por su estado, y antes de que entrara a cirugía le dieron una apresurada sesión de transmisión de energía positiva llamada reiki, ante el asombro de los veterinarios. Y se quedaron todos afuera, fumando, esperando, mientras a Sami lo operaban a vida o muerte.

Salió de ésa. Perdió la cola, tiene la pelvis hecha cisco y cojea. Lo he visto, y les aseguro que es una mierda de chucho; pero sigue vivo, come, defeca trabajosamente en las aceras, pasea su melancólica figura de veterano marginado, tuerto y lleno de cicatrices, por las calles de la colonia del Valle, y cuando suena la alarma de algún coche se pone a ladrar acompañándola, como si de ese modo quisiera pagar su deuda con el vecindario. Pero el número de gente que se detiene a hablar de él ha aumentado. Sus copropietarios se han convertido en una especie de cofradía extravagante, sentimental, que en una ciudad áspera y dura como es el D.F., donde cada cual va a su avío y no hay quien de noche circule a pie por miedo a un asalto o a un mal encuentro, se detienen a hablar, sonríen, se saludan, se interesan unos por la vida de los otros. Ese es el milagro de Sami: los hizo a todos mejores, y lo saben. El chucho.

15 de marzo 1998

domingo, 8 de marzo de 1998

El viejo profesor

No hay un soplo de brisa. Llueve silenciosamente sobre las playas de San Juan, y los cañones del antiguo fuerte español apunta hacia el mar Caribe como centinelas melancólicos de hierro y oxido, aún a la espera de una imposible incursión de filisteos, ingleses cabroncetes o herejes holandeses. Bajo el cañizo que nos protege de la lluvia, el viejo profesor don Ricardo Alegría mira la bandera de las barras y estrellas que cuelga del mástil:

No imagina cuánto nos ha costado a los puertorriqueños que usted y yo estemos hoy aquí hablando español.

Después sonríe, cómplice, bajo el bigote gris. Junto a nosotros, un matrimonio de turistas gringos se filma mutuamente en vídeo. Recién salida ella de una teleserie norteamericana. Pantalón corto él, camisa hawaiana, gorra de béisbol, con la avispada jeta de un rumiante de Arkansas: todo un intelectual.

- Cada uno - murmuró- tiene la lengua que se merece.

- Qué pena que su gobierno no entienda eso.

- No es mi Gobierno, profesor. Yo, ni dios ni amo.

Acabamos de salir de la Universidad, donde centenares de muchachos ávidos de español nos han asediado a preguntas y comentarios durante horas. Y es que hay que joderse. Uno se mete en un avión, cruza miles de millas de océano Atlántico, y llega a lugares donde todavía se conserva la memoria de la lengua, de la cultura trimilenaria que nace en la Biblia, en Gracia, y en Roma, se mezcla con el Islam y florece en la latinidad medieval, en el Renacimiento y los siglos de Oro, y luego viaja a América para el mestizaje con lo indígena y lo africano. O sea, que uno viaja al quinto coño y se encuentra con que en el Caribe conservan lo hispano con más celo y respeto que en la propia España. Quevedo, Cervantes, Lope, Moratín, Galdós, Valle, Clarín, siguen vivos y admirados, mientras nosotros copiamos teleseries de mierda yanquis o perdemos el culo y la memoria con la idea de Europa, volviendo la espalda a esa América que debería ser aliada natural, cómplice y hermana. Sustituyendo irresponsablemente una cultura rica y mestiza por una cultura -por llamarla de algún modo-elemental, de diseño. Una cultura técnica y bárbara.

- Tal vez con esto del 98.... -apunta sin demasiada esperanza el viejo profesor.

Me río bajito, entre dientes, con muy malaleche. El 98, respondo, sólo va a servir para el presidente Aznar y sus mariachis le hagan otra solemne succión a los Estados Unidos, a quienes con esta moda de la construcción europea políticamente correcta, son hasta capaces de pedir perdón por no haber capitulado en el acto cuando la guerra de hace un siglo. No hay más que fijarse en Cuba, donde se te cae la cara de vergüenza, pues ni Franco cayó tan bajo como para poner en manos de Washington la propia política hispanoamericana. Además -añado-, hablar a estas alturas del español como algo importante, aunque sea como vinculo con Hispanoamérica, podría alterar el pulso de los cínicos caciques vascos y los mercantiles catalanes que el Pepé necesita para seguir haciendo ale hop en el alambre. Así que mucho me temo, profesor, que a mi gobierno como usted lo llama, el español que allí decimos castellano- se la trae bastante floja.

- ¿Y la oposición?

Mi carcajada hace volver a cara al gringo y a su foca en versión Barbi. Luego me aplico a explicarle al profesor las diversas acepciones que en España tienen la combinación de las palabras analfabeto y gilipollas.

- Como decirle -termino- que un ex ministro de Educación y de Cultura es ahora secretario general de la OTAN... Y sin embargo -mueve la cabeza el viejo profesor- la nuestra es una lengua hermosa. La más hermosa del mundo, la más rica, la que hace posible los más perfectos versos, la mejor prosa que los hombres hablaron o escribieron jamás. Una lengua hija de treinta siglos, intensa y diversa, junto a la que la usada por Shakespeare no es sino un balbuceo elemental de pueblos bárbaros. Una lengua vehículo intenso de placer, cultura y memoria; identidad imprescindible que en Puerto Rico, y en Cuba, y en el resto de América, cien años después, sigue siendo símbolo de independencia frente al gigante bastardo del norte. Pero ya ven. Y es que a fin de cuentas, y en efecto, cada uno tiene la lengua que se merece.

8 de marzo de 1998

domingo, 1 de marzo de 1998

Siempre al oeste

Mil millones de mil rayos. No sé ustedes, pero el arriba firmante se ha emborrachado muchas veces con el capitán Haddock, y el whisky Loch Lomond carece de secretos para mí. Salté en paracaídas sobre la Isla Misteriosa con la bandera verde de la FEIC entre los brazos, crucé innumerables vecesla frontera entre Syldavia y Borduria, navegué en el Karabotuljan, el Ramona, el Speedol Star, el Auroray el Sirius, busqué el tesoro de Rackham el Rojo-ya saben, siempre al oeste- y caminé sobre la Luna mientras Hernández y Fernández, con el pelo de colorines, hacían de payasos en el circo de Hiparco.

Cuando me eché una mochila al hombro, mi primer viaje fue, como Tintin, a bordo de un petrolero y rumbo al País del Oro negro. Y todo aquello tuvo tanto que ver con mi vida que años más tarde, cuando murió Georges Remi, Hergé, mis jefes del diario Pueblo me preguntaron si no me importaba cambiar durante unos días Beirut por Moulinsart, y publicaron una doble página en la que yo contaba cómo fui a darles el pésame a mis viejos amigos, y junto a una mesa llena de telegramas de condolencia -Abdallah, Alcázar, Serafín Latón, Oliveira de Figueira- había charlado largo rato con un abatido y envejecido Tintin, antes de mamarme a conciencia con el viejo capitán Haddock, mientras en el tocadiscos sonaba el aria de las joyas en una antigua grabación de Bianca Castaflore. Del mismo modo que el mundo se divide en stendhalianos y flaubertianos, también se divide en tintinófilos y asterixófilos. Y a mí, que amo a Matilde de la Mole mientras que Enma Bovary me parece una perfecta gilipollas, a la hora de situarme ante un álbum ilustrado puedo disfrutar mucho con las aventuras del galo irreductible; pero nada tiene eso que ver con el inmenso placer que sentí siempre al pasarlas páginas de un Tintín. Recuerdo que valían sesenta pesetas, y que ahorraba esa suma a base de cumpleaños, santos y aguinaldos navideños como un Scrooge cualquiera -todos mis tintines los compré yo salvo el primero, que fue El cetro de Ottokar- para ir a la librería Escarabajal, en Cartagena, y salir de ella con uno de aquellos álbumes en las manos, contenido el aliento, gozando del tacto de sus tapas duras de cartón, el lomo de tela, los magníficos colores de las siempre espléndidas portadas. Y luego, a solas, con invariable ritual, abría sus páginas y respiraba el olor a buen papel, a tinta fresca bien impresa, antes de zambullirme en su gozosa lectura. De aquellos momentos magníficos han transcurrido casi treinta y cinco años, y todavía, al abrir un Tintín, puedo sentir ese aroma que ya siempre, a partir de entonces, asocié con la aventura y con la vida. Con Los tres mosqueteros, El talismán, Las aventuras de Guillermo, La leyenda del Cid, el cine de John Ford y los tebeos de Hazañas Bélicas, aquellos tintines formatearon para siempre el disquete de mi infancia.

Ahora, la biografía que sobre Hergé escribió Pierre Assouline ha sido publicada en España. Assoulinees franchute, un buen tipo, excelente crítico y biógrafo de Simenon, Kahnveiler y Gallimard; un fulano bigotudo e inteligente, contagiado desde siempre por el virus de la literatura, que entiende como un lugar amplio y hospitalario, donde sólo son extranjeros los imbéciles y los hombres de mala fe. Conmigo siempre fue acogedor y generoso; y desde hace años debo a la revista Lire, que él dirige, más cordialidad, franqueza y simpatía desprovista de reticencias y complejos que a la mayor parte de los críticos literarios españoles que conozco. Así que celebro tener un pretexto justificado y honorable para corresponder de algún modo, contándoles a ustedes que Hergé, el denso libro de Assouline-426 páginas en la edición española- es un extraordinario recorrido por la biografía del autor de Tintin, una minuciosa investigación a base de archivos privados y centenares de testimonios, donde se nos desvelan todos los mecanismos y procesos de creación de los personajes y las 23 historias de la serie. Y es, también, una fascinante panoplia de claves sobre el autor: el Georges Remi que se inició en el periodismo, que estuvo fascinado por China, que fue acusado de colaborar con los nazis, y que siguió trabajando, internacionalmente reconocido, hasta su muerte. Un Hergé contradictorio y genial, capaz de crear un mundo imaginario con historia y geografía propias, dotarlo de una sociedad con códigos y rituales, y poblar ese universo maravilloso con personajes inolvidables, para eterno goce de lectores de 7 a 77 años. Por los bigotes de Pleksy-Gladz. Amén.

1 de marzo de 1998