Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 28 de junio de 1998

Casas viejas

Tengo un amigo que se llama Fran y tiene veinte años. Fran Vive en Benalup, un pueblo de la provincia de Cádiz, y sueña con escribir.

No con ser escritor, que nada tiene que ver; sino con escribir un libro. Uno concreto, que tal vez tuvo simiente cuando él sólo era un crío, en la casa donde su abuelo, entre trombosis y trombosis, le hablaba de la guerra civil y de los tiempos de la república. Le hablaba de Casas Viejas.

La generación de Fran, por supuesto, ignora qué significa el nombre de Casas Viejas. Ignora que en el año 1933 aquélla era tierra donde la gente moría de hambre junto a cortijos inmensos acotados para cazar o para la cría de reses bravas. Por eso un día los campesinos anarquistas agarraron la escopeta y la canana con postas y proclamaron el comunismo libertario en aquel rincón de Andalucía. Luego se tiznaron la cara con picón, tomaron el cuartelillo de la Guardia Civil como quien asalta la Bastilla y le pegaron un tiro al sargento. Y cuando el Gobierno de la República mandó a restablecer el orden al capitán Rojas y a más de un centenar de guardias de asalto y guardias civiles con la famosa orden «ni heridos ni prisioneros, los tiros a la barriga», casi todos los sublevados se echaron al monte. Casi todos menos seis hombres y dos mujeres que en la choza de paja y toniza del Seisdedos se batieron durante trece horas a tiro limpio, hasta morir entre llamas, bombas de mano y fuego de ametralladora. Después, exasperados por la resistencia y resueltos a hacer un escarmiento, los guardias sacaron de sus casas a los sospechosos de haber participado en la rebelión; y al terminar todo, junto a la choza calcinada, los vecinos contaron catorce cadáveres.

A Fran lo obsesionan esos fantasmas, como a otros jóvenes de su edad pueden obsesionarlos un examen, un puesto de trabajo, la litrona, el sexo, Mozart o la música de bakalao. Tiene el aplomo de quien lee mucho y bien, y le resulta fácil establecer paralelismos históricos, definir familias políticas, estudiar el sucio pasteleo que siguió a la tragedia, identificar la vil casta de sinvergüenzas que en 1933 hizo posible Casas Viejas como hoy hace posibles otras infamias, con ese aceptable escritor y mediocre político llamado Manuel Azaña -a quien don José María Aznar dice ahora leer mucho- quitándose los muertos de encima, con el director general de Seguridad queriendo sobornar al capitán Rojas para que se volviera mudo, y con todo cristo usando aquello como arma contra el adversario, sin importarle a nadie una puñetera mierda el pueblo ni sus habitantes: España ruin, profesionales de la demagogia, del titular de periódico y de los trenes baratos, siempre dispuestos a calentarse las manos en cualquier hoguera donde ardan otros. No hace falta remontarse a 1933 para echarse tal gentuza a la cara.

Aunque es joven, Fran sabe todo eso. Entre otras cosas porque ha aprendido a descifrarlo en los libros; que, incluso embusteros y manipulados a veces, a la larga nunca mienten y de ellos se recicla hasta la basura. Fran sabe que la Cultura de verdad, la que se escribe con mayúscula, no es sino letra impresa, sentido común, humildad del que desea aprender, buena voluntad y memoria. Quizá por eso sueña con escribir una novela histórica en la que salga Casas Viejas. Un .relato en el que pueda materializar las palabras de su abuelo, los recuerdos de todos esos ancianos de Benalup de cuyos labios escuchó el episodio, y que por su parte lo escucharon de boca de otros que a su vez lo hicieron de los protagonistas. Fran no se resigna a que los viejos del lugar sigan muriendo poco a poco y cada entierro se lleve a la tumba tantas cosas por legar: historias trágicas, hermosas, terribles, heroicas, útiles, que extinguido su recuerdo oral ningún joven podrá ya conocer nunca. Historias que nos explican cómo somos de héroes y de caínes, y por qué somos así y no de otra manera. Historias que nos avergüenzan de esta tierra nuestra, tan desgraciada y miserable, y al mismo tiempo también nos dan fuerzas para seguir alentando la esperanza de lo que todavía late en innumerables corazones.

Me cuenta Fran que a su pueblo andan queriendo cambiarle el nombre, o enriquecérselo, convirtiéndolo en Benalup-Casas Viejas. Y a él y a mí nos parece muy bien. Porque cuando ese día llegue, Fran y yo tenemos un compromiso: llenar una bota de vino, subir a la sierra y bebérnosla entera en cualquiera de los escondites donde Seisdedos y los otros pudieron haberse guarecido de la injusticia, y no quisieron.

28 de junio de 1998

domingo, 21 de junio de 1998

Odio a Javier Marías

Esto no puede quedar así, y exijo una reparación. Lo que ha hecho El Semanal conmigo es una canallada y un agravio comparativo. Y ya los estoy calando: mucho premio Correo por aquí y mucha historia por allá, pero a la hora de la verdad van y te la colocan doblada. De modo que he pedido me dejen ilustrar esta página con los cuerpos -nunca mejor dicho- del delito. Así que juzguen ustedes: a una parte, la página publicitaria que el 31 de mayo acompañaba el artículo de mi vecino y hasta entonces querido colega Javier Marías. A la otra, la que acompañaba el mío. Observen, comparen, y juzguen. Y no me digan, pardiez, que no es para ponerse a blasfemar en arameo. O en gomorrés.

Porque uno, o sea, yo, aceptó siempre la evidencia: mi vecino Marías es un corazón que tiene todas las almas inmaculadamente blancas, un chico educado que en vez de cojones dice córcholis -que es un taco italiano-, habla inglés con acento de Oxford, saca de Shakespeare los títulos de sus novelas, y encima es más guapo y ha tenido muchas novias. También acaba de publicar una novela importante, Negra espalda del tiempo, que el arriba firmante, aunque ni él sea mi novelista favorito ni yo sea el suyo, ha leído, como todo lo que Marías escribe, con singular y extraordinario placer. Amén de todo eso, compartimos un trozo de patria común hecho de películas y libros que incluye a Nabokov, a Conrad y a Mann, a cierto común amigo que habita el 223 bis de Baker Street, y también una cinta maravillosa, épica, hecha de honor y amistad, llamada Vida y muerte del coronel Blimp. Que por cierto acaba de ser reeditada en video.

Uno, que no era rencoroso -aunque sí con buena memoria-, reconocía todas esas virtudes en su vecino Marías; incluido el hecho de que él es un gentleman, género más bien raro en esta España donde todo el mundo se tutea con una grosería propia de quienes han coincidido en la misma casa de putas. En cuanto a mí, pese a que fui educado para ser un caballero, la vida, que es muy perra, me llevó por malos caminos, guerras cochambrosas, amigos etílicos, delincuentes que me enseñaron a decir tacos, y mujeres malas que me enseñaron otras cosas. Además, Marías ama a Juan Benet y de rebote a Faulkner; y a mí me importa un bledo el primero y -pese a bobalios y capullos varios- prefiero una novela de Baroja o Galdós a toda la obra, que en su día me calcé enterita, del segundo. Quiero decir con todo esto que yo tenía asumido lo de cada cual; y aunque el humo de los sacrificios de mi colega subiese recto al cielo donde van los angelitos buenos, y el mío se lo llevara un mistral de treinta nudos, no me mosqueaba por ello. Pero hete aquí que los iscariotes de El Semanal deciden recompensarlo con la vecindad de un anuncio de lencería dotado de un par de tetas soberbias -Marías escribiría senos, pero yo no estuve en Oxford-. Y todo eso se lo ponen al niño bonito así, por la cara; mientras que a mí me ponen, hay que joderse, un moro; o sea, un africano magrebí del Magreb o de la Mauritania o de donde sea el fulano, con su turbante, y con su chilaba, y con toda la, imagino, parafernalia.

Y hasta ahí podíamos llegar. Que tome nota en El Semanal quien corresponda; pero exijo igualdad de trato publicitario de ahora en adelante. Si hay teta para Javier Marías, quiero teta para mí. Si hay pasión turca para mí, pues que también le vayan dando kilo y medio al de Oxford. Aquí no se va nadie de rositas, colega. Porque de lo contrario, vecino, habrá que solventar este asunto como tú ya sabes: un amanecer bajo la nieve y a sablazos en la cara, con Marina Mayoral y Ángeles Caso vestidas de enfermeras de la Señorita Pepis.

21 de junio de 1998

domingo, 14 de junio de 1998

Los hermanos Ceniza

Estoy seguro de que nunca les pasó por la cabeza convertirse en personajes literarios, ni que un director de cine polaco y famoso los fuera a meter en una película. De haberlo sabido se habrían limitado a intercambiar una de sus miradas guasonas y tranquilas, encendiendo un cigarrillo con la colilla del anterior; y luego, tras encogerse de hombros, habrían cruzado la calle para tomarse dos tintos en el bar de Hilario, como si tal cosa. Pensaba en eso ayer, cuando terminé de leer la última versión del guión de La novena puerta: la película donde ellos salen. Una película que empieza a rodarse el mes que viene, y en la que su taller – Encuadernación y Restauración de libros antiguos y modernos- se lo han llevado el polaco y sus guionistas al casco antiguo de Toledo. Que no es mal escenario para situar lo que en la novela, como en la realidad misma, estuvo en la calle de Moratín, en el viejo corazón de Madrid.

En realidad no se llamaban hermanos Ceniza sino hermanos Raso; pero tenían la piel blanca como los pergaminos con que trabajaban, y el pelo gris como la ceniza de sus cigarrillos y sus viejos guardapolvos. Así que en El club Dumas quise llamarlos Ceniza, y bajo ese nombre acudirá a ellos Johnnie Deep cuando encarne al bibliófilo mercenario Lucas Corso. A los hermanos Raso los conocí en el año 73, cuando los reporteros de Pueblo frecuentábamos el mismo bar que ellos. Seis o siete veces al día le echaban la llave al taller y bajaban al Hilario a tomárselas, siempre con el guardapolvos puesto y la eterna colilla en la boca. Se parecían mucho, cincuentones, casi gemelos, aunque uno era mayor de edad y más bajo de estatura que el otro. Tenían los ojos claros y guasones, y cuando el quinto o sexto vino les ponía la punta de la nariz roja, la ceniza del pitillo caía sobre el vino o sobre las páginas del libro en el que trabajaban.

Eran tranquilos y amables, muy buena gente. Me gustaban mucho y los adopté en el acto, como durante toda mi vida he ido adoptando a la gente que me gustaba; o tal vez mucha de la gente que me gustaba terminó adoptándome a mí. El caso es que empecé invitándolos a un vino de vez en cuando, y por fin fui a llevarles un libro para que lo encuadernaran. El libro lo tengo ante mí ahora: pasta española, gofrados, cinco nervios y tejuelo verde: Tocqueville. El Antiguo Régimen y La Revolución. Tuve suerte con aquel primero, porque estaban serenos y de buen pulso, y no hubo ninguna errata en las letras doradas del lomo. Casi todos los que les llevé después las tienen, o al menos uno de cada dos o tres. Pero lejos de molestarme, eso añade valor sentimental a los volúmenes encuadernados por la pareja; como esa Historia Contemporánea de Weber que, en sus manos y con un par de tintos encima de la línea de flotación, quedaría para siempre en mi biblioteca con el título de Historea Contemporania.

Nunca supe otra cosa de ellos que lo que estaba a la vista, y lo que pude deducir de las largas y apasionantes visitas a su taller: lugar oscuro y polvoriento que olía a papel, cola y engrudo, abarrotado de pilas de libros en diversas fases de encuadernación, prensas y herramientas, pieles extendidas sobre una mesa de cinc en torno a la que trabajaban pálidos y silenciosos, colilla en boca, siempre sin prisa aunque llegara un ordenanza de cualquier ministerio a recoger un en cargo que nunca estaba el día previsto, ni maldito lo que importaba a los dos hermanos que lo estuviera, o estuviese. Vivían a su ritmo, callados, guasones y solidarios entre sí; y de ellos aprendí los primeros rudimentos de encuadernación, la hermosa anatomía de los libros. Un día el hermano mayor se murió tosiendo como siempre, con su colilla en la boca; y en mi última visita el otro, el más joven y alto, estaba callado y melancólico, con el trabajo atrasado acumulándose en la mesa y en el suelo, junto al portal oscuro. Por fin, otro día que fui a llevar un último libro, encontré el taller cerrado, y el viejo rótulo arrancado de los cristales polvorientos de la ventana. De eso hace diez o doce años, y nunca he vuelto a ir a la calle Moratín, por no reavivar la tristeza que sentí ese día. Y cuando paso los dedos por la piel de los libros que ellos me encuadernaron y acaricio el dorado de sus erratas entrañables, no puedo evitar una sonrisa melancólica. Una sonrisa tan gris como el pelo de los dos hermanos, sus viejos guardapolvos y la ceniza, siempre a punto de caer, de sus eternos cigarrillos.

14 de junio de 1998

domingo, 7 de junio de 1998

El gran bar

Está en la calle Mayor de la ciudad mediterránea donde nací. Y en sus mesas, viendo pasar gente y vida, se sentaban mi padre y mi abuelo a tomarse el aperitivo y fumar un cigarro. Los dos dejaron el tabaco hace tiempo, cuando cambiaron la calle Mayor, por una lápida donde pone Familia Pérez-Reverte; así que ahora soy yo quien va a sentarse allí cuando vuelvo a mi ciudad; y como ellos hacían, permanezco inmóvil durante horas, mirando.

El Gran Bar ya no es lo que fue. Otros que eran su competencia –el Mastia, el Americano-son ahora siniestros bancos y cajeros automáticos; y aunque el actual propietario se resiste a cerrar, también él tiene los días contados. La gente joven se va ahora a vivir fuera del casco viejo, y la calle Mayor pertenece a una ciudad fantasma, desmantelada y ensombrecida por la reconversión industrial salvaje de aquel ministro pequeñito, ¿recuerdan? que se largó impunemente, como todos, tras pasar a la historia como el Chulo de Tafalla. La alcaldesa de ahora, que es del Pepé – aunque dice mi madre que buena chica-, me cuenta cuando nos vemos que las cosas van a cambiar, y que le den tiempo. Pero temo que para entonces el Gran Bar esté de corpore sepulto. Ya sólo se anima un rato a media mañana, cuando abren las tiendas; o los domingos a la salida de misa, o en Semana Santa. Entonces, por un rato, el lugar recobra la vida que tuvo antaño, cuando era punto de cita elegante de la ciudad, y la calle Mayor sitio obligado de paso para todo hijo de vecino, y en la histórica barra se tejían en voz baja adulterios, maledicencias y conspiraciones políticas. Cuando uno fumaba los primeros cigarrillos y, acechando el paso de los primeros amores de su vida, pedía un vermut a los viejos camareros: aquellos graves individuos de chaqueta blanca y pantalón negro que ahora se han jubilado o se han muerto, y allí donde están ya no tienen que decirle a mi padre qué va a ser, don José, sino que lo tutean y lo llaman Pepe.

El Gran Bar es el único lugar del mundo donde bebo vermut –que no me gustó nunca- con aceitunas rellenas o un platito de almendras tostadas. Allí converso un rato con los camareros, le compro los periódicos a Pedro, a cuyo padre ya se los compraba el mío, y por un rato intento recobrar cosas que se fueron. Ya no desborda la vida aquel trozo de calle, ni pasean despacio los amigos de mi abuelo rumbo al Casino, con bastones y sombreros cuya ala se tocaban al pasar las señoras; ni hay marineros de uniforme azul y lepanto blanco con el pelo al rape, ni Paco el Piloto me espera ya en una tasca del puerto, al final de la calle, que es cuando los calamares se arriman a la punta de la Podadera.

Nada de eso es posible ya. Pero a partir de cierta edad uno es lo que recuerda; así que sigo allí sin darme por vencido, aplicándome en reconstruir, como un arqueólogo minucioso, sensaciones y personas a partir de pequeños detalles. Hay un rectángulo de sol que recorre la misma pared que recorrió siempre, y el sabor amargo del vermut es el que creo recordar. Entonces, si te empeñas, el matrimonio anciano que pasea camino del muelle, cogidos del brazo, es el de tus padres o cualquier otro que pasaba por allí hace medio siglo. La joven hermosa que camina arrogante, como si no existieran las palabras tiempo y muerte, es la misma que nos calentaba la sangre en las venas cuando la mirábamos de lejos, tarareando Lola o Yesterday entre dientes. Si olvidas las canas del caballero que lleva a su nieto de la mano, reconocerás al niño con quien compartías pupitre y tintero. Y esa bellísima quinceañera que tiene un rostro increíblemente familiar, hasta el punto de que te sobresaltas al verla y se te cae rodando una aceituna y estás apunto de pronunciar su nombre, sale del mismo colegio del que su madre salía hace treinta años. Es una de ellas, como diría el viejo don Ramón de Campoamor: las hijas de las mujeres que amé tanto.

Sabes que un día volverás en busca de todo eso, y en su lugar habrá una sucursal de Argentaria, y en la puerta un detector de metales y un agropecuario vestido de Rambo. Por eso, cada vez que encuentras el viejo bar en su sitio, vives otra prórroga frente al tiempo y el olvido. Sabes que no es realmente malo que las cosas se vayan; sólo ley de vida, y al cabo uno mismo termina yéndose con ellas, como debe ser. Lo triste sería no darte cuenta de que se van, hasta que un día miras atrás y compruebas que las has perdido.

7 de junio de 1998