Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 25 de abril de 1999

El gramola


He tardado casi cuarenta años en desvelar el enigma, pero al fin lo conseguí. Ocurrió el otro día, cuando amarré en Cartagena con lebeche suave y buena mar, y me fui con Paco el Piloto a beber unas cañas para hablar de barcos, y de la vida. Y estando sentados frente al puerto, en la terraza del bar Valencia, empezamos a charlar de los viejos tiempos, y de cuando yo era un crío que curioseaba entre los barcos amarrados y los tinglados y grúas de los muelles. Y salieron personajes de entonces, resaca de la vida que cualquier puerto hacía numerosa en aquellos tiempos. Tipos pintorescos, graciosos, singulares, que permanecen anclados en mi infancia. Unos porque los conocí, y otros porque oí hablar de ellos. Muchos eran infelices, pobre gente objeto de las burlas de las tertulias y los bares del puerto y la calle Mayor. Se llamaban Popeye, Antoñico, el Curiana, o aquellos legendarios Pichi, el Negro del Muelle, el Jaqueta —que toreaba a los automóviles con periódicos y saludaba luego a un tendido imaginario—, y don Ginés, que durante la guerra mundial se había creído Hitler, y pasó el resto de su vida escuchando a los guasones locales preguntarle, muy serios, qué tal iban las cosas por el Tercer Reich. También estaba aquel cochero de la funeraria al que los chiquillos le decían, en choteo: «¿Nos das una vuelta?», y él contestaba: «Cuando se muera tu madre la voy a llevar por todos los baches».

El Piloto los había conocido a todos, y yo recordaba a la mayor parte. Incluido el Ratón, que pescaba gatos con un anzuelo y una sardina y luego se los guisaba con arroz. Eran otros tiempos: finales de los años cincuenta, y los niños mirábamos a tales personajes con una mezcla de temor y admiración. Éramos crueles como puede serlo la naturaleza de un crío acicateada por la maldad o la falta de caridad de los adultos. Algunos eran objeto de nuestras burlas; y ahora no puedo evitar, al recordarlo, una incómoda sensación. Supongo que el nombre es remordimiento. Y ese remordimiento es hoy más intenso por el recuerdo del Gramola.

Federico Trillo, que ahora manda huevos, o mis amigos Elías Madrid Corredera y Miguel Cebrián Pazos lo recordarán bien, pues nos lo encontrábamos vendiendo lotería a la salida de los Maristas. El Gramola lucía despareja dentadura y gafas muy gruesas. Tenía muy poca vista, y se veía obligado a acercarse mucho los décimos a los ojos para verles el número. Su voz cascada, chirriante, sonaba por las esquinas anunciando el siguiente sorteo. Los graciosos de los bares —un cartagenero sentado a la puerta de un bar muerde hasta con la boca cerrada— nos decían a los niños, por lo bajini, que le preguntáramos por la Vieja. Nosotros no sabíamos quién era aquella vieja, pero nos fascinaba el efecto de mencionarla. Bastaba con acercarnos y decir: «Gramola, ¿y la Vieja?», y de pronto el pobre hombre se volvía un basilisco, nos buscaba con sus ojos miopes y blandía las tiras de décimos fulminándonos con aquella maldición suya que nosotros, asustados y emocionados, esperábamos a quemarropa: «Ojalá le salga a tu padre un cáncer negro en la punta del pijo».

Nunca supe quién era aquella Vieja, y en esa ignorancia permanecí hasta que, entre caña y caña, Paco el Piloto sacó a relucir al Gramola. Yo le comenté lo de la Vieja, y el Piloto me miró con sus veteranos ojos azules descoloridos de sol, mar y viento. Me miró un rato callado y luego dijo que la Vieja no era sino una pobre mujer que había sustituido a la verdadera madre del Gramola, que en su juventud, decían, había sido puta. La llamaban la Valenciana, añadió. Y el Gramola, que era un hombre pacífico y un infeliz, se ponía fuera de sí cada vez que le recordaban su presunto origen.

Luego el Piloto se encogió de hombros y pidió otra caña, y yo me quedé dándole vueltas a aquello. Pensando: hay que ver, y qué perra es la vida. Uno la vive, y camina mientras lo hace, y nunca sabe con exactitud cuántos cadáveres va dejando atrás en el camino. Gente a la que matas por descuido, por indiferencia, por estupidez. Por simple ignorancia. Y a veces, muy de vez en cuando, uno de esos fantasmas aparece de pronto en la espuma de un vaso de cerveza, y te das cuenta de que es demasiado tarde para volver atrás y remediar lo que ya no tiene remedio. Demasiado tarde para correr a la esquina de la calle Mayor, balbucear "Gramola, lo siento" o qué sé yo. Para comprarle, tal vez, hasta el último de aquellos humildes, entrañables, décimos de lotería.

25 de abril de 1999

domingo, 18 de abril de 1999

El último cartucho


Ya sé que va a ser jodido, amigo mío. Sé que presentarse a una entrevista de trabajo, a competir con otros más jóvenes y preparados, cuando tienes medio siglo de almanaque y canas en la cabeza, no será el momento más feliz de tu vida. Probablemente los fulanos de quienes depende tu destino sean niñatos de diseño, de esos que se creen que siempre van a ser jóvenes, y listos, e incombustibles, y desprecian a la gente sin adivinar que un día ellos mismos estarán con el cuello en el tajo. Tu experiencia les importa una mierda, eso ya lo sabes. Quieren jóvenes de veinte años sin cargas familiares, que hablen inglés y que parezca que no van a envejecer ni a morirse nunca.

Por eso te asusta pensar en lo de mañana. Miras a tu mujer, que plancha tu mejor camisa, y sientes que el miedo te agarrota el estómago. El día que dejó los estudios para casarse y seguirte en lo bueno y en lo malo, no imaginaste que ibas a terminar pagándole así. Mañana te pondrás esa camisa que ella plancha. Te la pondrás con una corbata y saldrás una vez más a probar suerte, con poca esperanza. Y es que tiene huevos. Has trabajado toda tu vida como una mala bestia, y verte en el paro a los cincuenta y cuatro, con hijos y con mujer a los que darles de comer, es como caer de pronto en el fondo de un pozo oscuro. Sé todo eso porque tu hijo, que es amigo mío, escribe de vez en cuando. O tal vez no es tu hijo quien escribe, sino que es otro hijo hablando de otro padre; pero en realidad se traba siempre de la misma historia. Y tu hijo me cuenta que la última vez estuviste un mes con la cabeza gacha, los ojos enrojecidos de haber llorado, sentado en el sofá como ausente, con la cara entre las manos, sin atreverse ni a salir a la calle de pura vergüenza.

Te preocupa sobre todo lo que piensen tus hijos. Una mujer comprende, conoce y perdona. Los hijos, sin embargo, son crueles porque son jóvenes y todavía no saben lo que siempre se termina por saber. Los ves mirarte en silencio y crees que te desprecian por los años y por el fracaso. Por no salir nunca en el telediario. Por ser la estampa de la impotencia, la confirmación de que esta vida y este país son una piltrafa. Así que supongo que los hijos son lo peor. La mujer luego, al acostaros, te aprieta una mano antes de dormirse. Sabe cómo has peleado siempre, conoce lo que vales. Quizá sea la única que de veras lo sabe. Con ella la humillación es compartida. Es soportable.

Y sin embargo, amigo, deberías leer la carta que me escribe tu hijo. Deberías comprobar con qué ternura y respeto habla de ti. Cómo sufre al saberse demasiado joven para serte útil, al no encontrar las palabras o los gestos adecuados. Porque ya sabes cómo es: torpe, desmañado, con esos pelos largos y siempre con la puñetera música a todo trapo. Con esas broncas que tenéis, y esa forma de vida suya tan diferente a la de tus tiempos, que te parece la de un marciano. Lo que no sabes es que cuando te ve derrotado en el sofá con la cabeza entre las manos, le quema la boca y le laten las venas porque desearía tener labia, ser capaz de ir hasta ti, tocarte, decirte lo que de veras piensa. Y lo que de veras piensa es que tengas ánimo, viejo, que no eres tan viejo, maldita sea, aunque él mismo te lo diga a veces. Que él no es tan crío ni tan bobo como parece, que sabe fijarse en las cosas que ve, y que te ha visto trabajar, e intentarlo una y otra vez, y querer a su madre y a él y a sus hermanos. Y sabe que eres el mejor, rediós, que eres la mejor persona, el hombre más decente y trabajador que ha conocido en su puta vida. Que eres su padre y lo serás siempre, tengas curro o no lo tengas. Que las mejores lecciones de su vida se las diste siempre no con lo que decías, haz esto o no hagas lo otro, sino con lo que él te vio hacer. Y que cuando, tarde o temprano, tenga que cerrarte los ojos —y ojalá te los cierre él— sin duda podrá decir en voz alta: “Era un buen padre y era un hombre honrado”.

Así que, como dicen mis paisanos de Cartagena, no te disminuyas, amigo. Mañana te pones esa camisa planchada por tu mujer y te vas a la entrevista de trabajo con la cabeza muy alta. Y si no le gustas al niñato de turno, pues él se lo pierde y que le vayan dando. Y si fracasas otra vez, síguelo intentando mientras puedas. Y cuando ya no puedas más —que casi siempre se puede—, pues bueno, pues hasta ahí llegaste, compañero. No hay nada deshonroso en el soldado que enciende un pitillo y levanta las manos, si antes ha peleado bien a la vista de los suyos. Si antes ha disparado su último cartucho.

18 de abril de 1999

domingo, 11 de abril de 1999

El nieto del fusilado


Compuso y cantó María la portuguesa, y eso vale más que todas las novelas que pueda llegar a escribir uno. A su abuelo, que era militar y andaluz, lo fusilaron los nacionales y su abuela, que tenía un par de huevos, lo enseño desde chinorri a ser rojo y a no achantarse. Lo llevaba de la mano y le hablaba del abuelo, de la guerra y de la República. Supo lo que es pasarlas canutas y así aprendió a ser rojo de verdad, sin pasteleos ni pepinillos en vinagre.

Por eso cuando era jovencito cantaba coplas o lo que fuera con la policía en la puerta, la oreja atenta. Y por eso cuando quienes antes le hacían palmas, los señoritos del pesoe que luego se tiraron al barro con la Expo y con los 100 años de honradez y con la madre que los parió a casi todos, descubrieron los trajes de Armani, y el Vega Sicilia, y el trinque con la mano tonta, no le perdonaron que siguiera cantando lo que había cantado toda la vida. Nos ha jodido aquí el pepito grillo, decían. Y se volvió un testigo molesto, una presencia incomoda. Una voz que les recordaba su claudicación y su poca vergüenza. A mí me gusta Carlos Cano. Me gusta ese tío, aunque no sé si llamarlo exactamente amigo. No sé si los cafés y las cervezas que me he tomado con él bastaran para conocerlo a fondo o no, pero lo que conozco me parece bien. Me gusta esa voz de hombre de verdad que tiene cuando canta, el tono cansado y lento conque dice las letras de las coplas. Me gusta que se acuerde como yo me acuerdo de Emilio el Moro, y que le haga homenajes. Me gusta cómo se presento el día que nos conocimos, y el modo en que me hablo de su corazón recién remendado en el guiri, del trabajo y de la vida. Y sobre todo tengo con él una deuda de la que apenas le he hablado nunca; pero, yo las deudas, hable o no de ellas, nunca las olvido. Ni las buenas ni las malas. Y una de sus canciones, Habaneras de Sevilla, tiene mucho que ver con el arranque de una novela mía, tal vez porque un día, durante un largo viaje, escuche su voz cantando: Aún recuerdo el piano / de aquella niña / que había en Sevilla, y ya no pude desprenderme durante el resto del viaje, ni en los días siguientes, de la sensación, agridulce, melancólica, que aquella bellísima canción me había dejado. La Carlota Bruner de “La piel del tambor” tiene mucho que ver con ese momento, con esa canción decadente y nostálgica que, aunque la letra fue escrita por otro, es para mí lo que es, precisamente gracias a la voz del hombre al que hoy me refiero. Imposible imaginarla en otra voz.

Hace unos meses, Carlos y el arriba firmante se tomaron unas cervezas en Madrid, él me contó el proyecto que tenía entre manos: la copla. Pero no la copla en peineta y sangría y turista contaminada, como tantas otras cosas de la memoria de España, por la apropiación indebida del franquismo que la hizo a menudo grotesca y falsa. Él quería recobrar a la copla de verdad, la del café de la puñalá de mis bisabuelos, las de sangre y vino y navajazo, y también la de tragedia y de campo y de guardia civil caminera con almas de charol y calaveras de plomo, y de gitanas bien pagás, y para tus manos tumbagas, y niñas de Puerta Oscura y vaquerillos enamorados a los que abandonan mujeres cegadas por el brillo de los dineros. La copla de peones sudorosos de señoritos hijos de puta, y de hombres cabales que el domingo se ponían si traje negro de pana. De jornaleros hambrientos, desesperados, que un día se tiznaron la cara con picón para liarse a tiros en Casas Viejas.

Ahora estas canciones están grabadas y listas. El otro día me telefoneo, y fui al estudio de Madrid donde terminaba de ajustar su trabajo. Estuve allí con él, donde el control, escuchando, conmovido a veces. Eran las hermosas canciones de siempre, devueltas a su contexto. ”María de la O”, “Chiclanera”, “Los mimbrales”, ”Ojos verdes”... Sin folclore de guardarropía, clásicas y actualizadas al mismo tiempo, incluso con algún guiño de humor —Tani— en ciertos arreglos. En cualquier caso bellísimas. Al terminar me volví a él y le dije: “Es como devolverle a la copla su dignidad”. Sonrió y me puso una mano en el hombro. Este domingo 11 de abril, Carlos estrena ese disco, o ese CD, o como carajo se diga ahora, en el teatro Romea de Murcia. Va a cantar esas coplas todas juntas en público por primera vez, y yo no sé si podré estar allí para escucharlo, como le prometí una vez. Por eso escribo hoy esta página. Porque le di mi palabra, y porque escribirla es como si estuviera.

11 de abril de 1999

domingo, 4 de abril de 1999

El viaducto y el alcalde


Me gusta el Viaducto de Madrid. O más bien me gustaba. En otro tiempo vivía a diez minutos de él, y mis veintipocos años amanecieron más de una vez fumándose un Ducados, que era lo que fumaba entonces, de codos en la barandilla de ese paso elevado, meditando sobre el pasado reciente y el futuro más o menos inminente. Me gustaba tener los tejados y las casas del viejo Madrid al alcance de la mano, y las Vistillas a tiro de piedra. Y al otro lado, más allá de la Cuesta de la Vega y el Manzanares, la mancha oscura de la Casa de Campo templaba mis nostalgias, pues solía imaginar que era agua en vez de árboles, y que me hallaba ante un puerto de mar y no en mitad de las Españas…

Nunca vi suicidarse a nadie, al menos allí. Una noche se detuvo cerca una mujer. En una novela o una película supongo que el testigo, o sea, yo, habría ido hasta ella para darle conversación y disuadirla de algo. Pero siempre fui partidario de que cada cual resuelva sus propios asuntos, así que me estuve quieto donde estaba, observando, hasta que la señora, que a lo mejor había salido sólo a dar un paseo, siguió camino rumbo a sus cosas y ni se tiró, ni nada. Recuerdo que me miró un momento igual que yo la miraba a ella, y a lo mejor hasta se dijo mira, ese chico debe de estar pensando en tirarse abajo. El caso es que esa vez fue la que más cerca estuve, o lo estuvo mi imaginación, de comprobar la utilidad siniestra del viaducto madrileño.

Pero el otro día pasé por allí, dándome con una desagradable sorpresa en forma de enormes y horrendos paneles de metacrilato atornillados a la acera, que dejan las barandillas al otro lado. Unos chismes presuntamente protectores colocados por el ayuntamiento, que impiden no sólo que la gente se tire viaducto abajo, sino también que los transeúntes puedan detenerse a fumar un cigarrillo, o a mirar el paisaje. Unos paneles que pronto se verán, como ocurre siempre, decorados con pintadas y grafitis y eso que ciertos soplapollas de diseño llaman arte urbano. Unos paneles, imagino, por los que alguien, como ocurre siempre en estos casos, habrá trincado una pasta.

No sé cómo serán los alcaldes de los respectivos pueblos de todos ustedes. Sobre el de Madrid, mi amigo y vecino el inglés de la espalda negra y el corazón tan blanco, que es presidente del CFAM (Club de Fans de Álvarez del Manzano), ya los ha ilustrado en otras ocasiones con shakesperiana y certera prosa, de modo que poco tengo que añadir al respecto. Salvo, tal vez, que observando su gestión, sus obras públicas, su pésimo gusto, los rincones turbios de su entorno y las inexplicables —o más bien repugnantemente explicables— cosas que pasan en esta Villa y Corte de la que pese a todo sigue siendo alcalde, uno comprende que Madrid sea la inhabitable y vergonzosa mierda de ciudad que es. Con ese tío me pasa lo que con el secretario general de la OTAN: por no gustarme no me gusta ni la cara que tiene. Pero, después de todo, sigue ahí porque hay gente que lo vota. Y a fin de cuentas, ya saben, cada uno tiene la capital, y el alcalde, y el secretario de la OTAN y el viaducto que se merece. Porque a eso iba. Uno, en última instancia, que tiene intención de jubilarse en el mar y a quien a largo plazo Madrid le importa un testículo de pato, puede pasar mucho de que un alcalde al que todo desmán se le consiente —y eso lo tiene acostumbrado a sodomizar urbanística y reiteradamente a sus vecinos con absoluta impunidad y pingües beneficios, como mínimo políticos— se calle como una puta cuando, sus compadres del Pepé, con el silencio cómplice del Pesoe, se llevan al Alcázar de Toledo el centenario museo del Ejército de Madrid, o tenga media ciudad en sospechoso estado de obras permanente, o ponga macetones horrorosos, y chirimbolos publicitarios de juzgado de guardia y paneles de metacrilato donde le plazca y lo dejen. Pero en cuanto al viaducto y los presuntos suicidas y todo eso, alto ahí. Aparte las cuestiones estéticas y la barandilla y el paisaje y toda la parafernalia, e incluso aparte la gilipollez de suicidarse mientras no cumplas ochenta o andes listo de papeles, lo que resulta intolerable es tanta tutela hipócrita y meapilas y tanto rollo macabeo municipal. Así que, en lo que a mí se refiere, mi primo puede meterse el metacrilato donde le cabe. Reivindico el derecho a tirarme por el viaducto, o por donde me salga de los huevos. Porque ya es el colmo que después de convertir la vida de los madrileños en un calvario, este alcalde —o lo que sea— pretenda encima impedirnos escapar de ella.

4 de abril de 1999