Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 26 de diciembre de 1999

Dejen que me defienda solo


Todavía me estoy revolcando de risa. Resulta que, en este año que finiquita, la proporción de aspirantes por plaza a ingresar en las Fuerzas Armadas españolas ha bajado del 3,1 al 1,2. Dicho de otra manera, que la peña pasa. Y el Ministerio de Defensa —por llamarlo de alguna manera— no sabe cómo diablos cubrir la plantilla mínima para echarle gasoil al tanque y traerle cafés al coronel. Entonces resulta que, para cubrir agujeros, los estrategas del ministerio han eliminado la exigencia de graduado escolar para los aspirantes, y están aprobando a sujetos que en los exámenes obtienen notas de 0,5, 1,3 y 1,5 sobre 10. Uno de cada tres admitidos en la última convocatoria —300 de un total de 1000— tenía nota inferior a 5. Y eso, ojo, en un examen que, según el propio Ministerio de Autodefensa, sirve para determinar «las aptitudes verbales y numéricas y el grado de inteligencia». De manera que, si tenemos en cuenta los niveles universalmente exigidos por las Fuerzas Armadas en general, imagínense el panorama intelectual si encima en España se rebajan hasta el 0,5 sobre 10. Eso significa que en la última convocatoria, el ministerio admitió, para manejar bombas y escopetas, a individuos que pueden rozar la oligofrenia. Lo que permite establecer el perfil medio exigido para el soldado español del futuro: un retrasado mental que sepa decir a sus órdenes mi sargento y contar hasta diez.

Por otra parte me parece lógico, con la mierda de paga que dan y lo que exigen a cambio. Tampoco van a esperar licenciados en Deusto a cambio de cuatro duros y un bocata de chorizo a media mañana, para que el presidente Aznar pueda ponerse la boina de miles gloriosus —que con su corte de pelo le sienta como una patada en los cojones— y hacerse fotos en Kosovo con el ministro de Defensa cuando va por allí de visita. Para salir en los periódicos ya tienen ahora a las soldadas, que van de cine vestidas con el uniforme de camuflaje y la goma en la coleta y el Cetme, como mi amiga Loreto, que es la soldado más guapa y con más clase que conozco. Que están por todas partes, por cierto, lo mismo de picoletas y guardias de la porra que de marineras y de rambas feroces, porque donde hay oposiciones de por medio se las sacan ellas por el morro, pues se lo toman todo más en serio que nadie. Seguro que en ese examen del que hablábamos, los nueves y los dieces eran casi todo tías. Y eso, por lo menos, es algo que ganan las Fuerzas Armadas. Lo ganan en sensatez y en pares de huevos; porque las tordas, cuando se ponen a ello, son de armas tomar. No como otros que yo me sé, que cuando les pinchan un dedo llaman a su mamá. Las gachís nunca llaman a su mamá: ellas son su mamá.

El otro aspecto que me encanta de la fiesta bélica nacional es la idea que acaricia Defensa — perdonen que me ría, pero cada vez que escribo Defensa me atraganto— de abrir el ingreso en las Fuerzas Armadas a los emigrantes, a ver si cubren plazas. Los patriotas de piñón fijo ponen el grito en el cielo, pero a mí me gusta. A fin de cuentas, hay antecedentes. Aquí ya tuvimos la Legión y los regulares y los moros que trajo Franco, y toda la parafernalia africano—guiri. Y yéndonos algo más lejos, en la última etapa del imperio romano los legionarios del limes se reclutaban entre las mismas tribus bárbaras a las que combatían. A mí me parece estupendo que los inmigrantes puedan integrarse, y sobre todo comer, gracias a la milicia; no todos van a ser putas y traficantes y mano de obra barata. De ese modo tendrían más utilidad pública; como la tiene, por ejemplo, el Ejército norteamericano, que está lleno de negros y de hispanos porque esa es la única manera de salir de la marginación y la miseria. Además, las guerras ya no son como antes, y los ejércitos rara vez se matan entre sí. Ahora se usan mucho para matar civiles. Es la última moda, y para esa función operativa es mejor un ejército mercenario de negros y de moros de afuera; que mientras se integran o se dejan de integrar les importará un carajo a quién matan y a quién no. Así los jefes y oficiales blancos podrán sentirse otra vez como Alfredo Mayo en Harka, que es lo que a todo milico le hace tilín. Y puestos a elegir entre el cenutrio del 0,5 de coeficiente y un moro listo que se busca la vida, y además va y preña si puede a la sargento Sánchez, yo me quedo con el moro. Y la sargento Sánchez también. Porque ya está bien de errehaches endogámicos y de razas puras, rubias o con una sola ceja. Este país de imbéciles necesita que nos renueven la sangre.

26 de diciembre de 1999

domingo, 19 de diciembre de 1999

Fuego de invierno


Ocurrió hace un par de días, de la forma más tonta. Era muy temprano, una de estas mañanas en que el frío parte las piedras en la sierra de Madrid, con el suelo cubierto de una costra de escarcha helada. Me había puesto un chaquetón y una bufanda e iba a comprar el pan y los periódicos a la tienda, que es la única que hay cerca y tiene un poco de todo, desde pan Bimbo hasta el Diez Minutos o tabaco. Está junto a la iglesia, que es pequeña y de granito. Don José, el párroco, pasa por la tienda cada mañana después de misa de ocho, a comprar el ABC. Siempre charlamos un poco sobre la vida, sobre las ovejas de su rebaño, y sobre la mies, que es mucha y cada vez más perra. Por lo general la gente llega a la tienda, compra lo suyo y se va; yo mismo suelo quedarme el tiempo justo para pedir lo mío y pagar. Pero el otro día era tanto el frío, que el tendero había hecho una hoguera en la calle con algunos troncos y ramas, y estaba allí el hombre, calentándose. También estaban don José con su boina puesta y un par de viejos albañiles que trabajan en una obra cercana. Y los pocos clientes que íbamos llegando a esa hora nos demorábamos junto a las llamas, extendiendo las manos ateridas. Y se estaba en la gloria.

Parece mentira lo que hace un buen fuego. Nadie tenía prisa en irse. Algún cliente de los que aparecen a llevarse el pan y no dicen ni buenos días, se quedaba por allí, charlando. El páter se puso a evocar los tiempos en que él era cura jovencito y rural en un pueblo perdido de Navarra, cuando tenía que ir en mula por caminos nevados y daba los óleos junto a la chimenea de la cocina. Por mi parte, hablé de la mesa camilla de mi abuela, el brasero y el picón que me mandaban a comprar a la carbonería, y del día en que oí por radio la muerte de Pío XII. Uno de los albañiles rememoró su infancia en el monte como pastor, y detalló cómo, sin saber contar más que hasta cinco, llevaba un minucioso registro de ovejas a base de pasar grupos de cinco piedrecitas de un bolsillo a otro. El caso es que todo aquello desató un torrente de confidencias, y al cabo de un rato estábamos allí charlando en una deliciosa tertulia improvisada en torno al fuego, gente que llevábamos cruzándonos con un escueto buenos días y sin conocernos, y sabíamos de pronto más de unos y otros, en cinco minutos, de lo que habíamos sabido nunca.

Hogar viene de fuego, recordé. Del latín focus y de lar, dios familiar, fuego de familia, la cocina en torno a la que se ordenaba la convivencia. Para el ser humano, enfrentado al miedo y al frío de un mundo exterior que siempre fue mucho más difícil que ahora, el fuego significó tradicionalmente seguridad, compañía, supervivencia. En buena parte de las sociedades modernas ese concepto ha desaparecido; e incluso en fechas como éstas, inconcebibles ya sin la palabrería falsa y el cinismo mercachifle de los grandes almacenes, la gente no se agrupa en torno a la cocina o a la chimenea, ni siquiera en torno a una mesa de camilla mirándose unos a otros a la cara, conversando, sino que guarda silencio en sofás y sillones mirando al frente, todos en la misma dirección: la del televisor. Y sin embargo, los viejos mecanismos, los reflejos atávicos, siguen ahí todavía. Y a veces, de pronto, en mitad de toda esta narcotizante parafernalia de la electrónica y el confort, basta un día de frío, un fuego casual que aviva la memoria genética de otros tiempos y otra forma de vida, para que los hombres vuelvan a sentirse humanos, solidarios. Para que se acerquen unos a otros, observen alrededor con curiosidad y de nuevo se miren a la cara. Para que evoquen juntos y descubran que esos fulanos que pasan sin apenas saludarse tienen una larga y azarosa historia en común, que los une mucho más que todas las cosas que los separan. Seguía llegando gente, y todos se acercaban a calentarse al fuego. Un tipo con BMW ostentoso y chaqueta de caza, que siempre me ha parecido un perfecto gilipollas, contaba emocionado cómo su madre le calentaba la sopa cuando tenía gripe y se quedaba en la cama en vez de ir al cole. Es simpático este imbécil, terminé pensando para mi coleto. El albañil que había sido pastor de pequeño ofrecía tabaco, y la gente lo encendía con rescoldos de la hoguera. Ni siquiera el tendero tenía prisa por cobrar.

"Ojalá hubiera más hogueras, páter", le comenté a don José mientras extendía mis manos hacia el fuego, cerca de las manos de los otros. Y el viejo párroco se reía: "A mí me lo vas a contar, hijo. A mí me lo vas a contar".

19 de diciembre de 1999

domingo, 12 de diciembre de 1999

Nos siguen hundiendo barcos


Tengo en una vitrina, entre un hueso de ballena de Isla Decepción y el clavo de bronce de la tablazón de un navío de línea que combatió en Trafalgar, una maqueta del Galatea. Es un bonito velero que construí hace treinta años con su casco pintado de verde y blanco, la jarcia de hilo encerado y las velas oscurecidas con agua de té, para darles pátina. Después hice otros más complicados, como el Lawrence, el Derflinger o los cascos del Gjoa y el María Candelaria; pero a ninguno, ni siquiera a la Bounty que presidió mi infancia desde una vitrina familiar, le tengo tanto cariño como al Galatea. Tal vez porque fue mi primera maqueta, y porque trabajar en la lenta y minuciosa construcción de un barco a escala equivale a navegar en él.

Ahora cuenta mi amigo Francisco Peregil que el otro Galatea, el auténtico, que primero fue cliper inglés en la ruta del té, luego arboló pabellón italiano, y al fin fue buque escuela de la Armada española antes de ser relevado por el Juan Sebastián Elcano, ha sido comprado y rehabilitado por una fundación. Y que con ciento tres años de vida en sus cuadernas venerables, vuelve a estar a flote convertido en museo, lugar de conferencias y centro de recreo para niños. Cuando lo supe, no daba crédito. La noticia era extraordinaria. Un barco español rescatado del desguace, y de la herrumbre, y de la muerte infame que aquí destinamos a todo cuanto tiene que ver con la memoria. Algún ministro estaría borracho, dije, y se le olvidaría venderlo como chatarra. Pero al fin me enfrenté a la realidad habitual: la fundación es escocesa, y el lugar, Glasgow. La rehabilitación del Galatea se hizo mediante colectas entre los ciudadanos de allí, después de que el barco, que se pudría en un muelle abandonado de Sevilla, fuera vendido por el Ministerio de Defensa español en once millones de pesetas. Y es que, háganse cargo. El Galatea sólo es un trozo de Historia y una reliquia; y los trozos y las reliquias no le iban a servir para nada a Javier Solana —que no sé qué es ahora, pero sigue enganchado por ahí como una garrapata—, cuando estaba de secretario general de la OTAN, ni pueden llevárselos los ministros ni los presidentes del Gobierno a Kosovo o a sitios así, para hacerse fotos y que los saquen en los telediarios y en la CNN; y no en las páginas culturales de los periódicos, que no las lee nadie, y en ellas no quiere salir ni siquiera el ministro de Cultura.

Confieso que me revienta reconocerlo, sobre todo porque mi vecino Marías, que vuelve a honrarme con su anglofílica vecindad, va a tener materia de choteo. Pero hay semanas que lamento no ser británico. En especial cuando me entero, por ejemplo, de la suerte que puede correr otra reliquia: el antiguo cuartel de Instrucción de Cartagena; un magnifico edificio del siglo XVIII con muelle al mar, que todavía es propiedad de la Armada y podría ser un extraordinario recinto para el museo local de Marina, incluyendo algún barco de esos que la Armada desguaza y que podría ser conservado allí, con salas magnificas y una buena biblioteca náutica. Eso, al menos, es lo que desearíamos algunos. Pero dedicar un recinto en condiciones a hablar de Trafalgar y de Sarmiento de Gamboa y de los fuertes del Callao o de los jabeques de Barceló es algo que harían los ingleses. Incluso los franceses. Aquí, salvo en el caso del excelente Museo Naval de Madrid —cuya visita les recomiendo—, se hace lo de las Atarazanas de Barcelona: reconvertirse a narrar las indiscutibles gestas universales de la marina catalana y esconder en el sótano todo lo demás. Así que mucho me temo que el destino de ese antiguo y noble edificio sea caer en manos del ayuntamiento para convertirse en dependencia municipal a base de metacrilato y rehabilitación de diseño, o —lo más probable— pasar a manos privadas como centro comercial con multicines y hamburgueserías. Que es más práctico y da más pasta.

De cualquier modo, y volviendo al Galatea, tampoco vayan ustedes a creer que toda la dignidad se ha perdido en este asunto. Nada de eso. Porque cuentan los escoceses que, después de gastarse otros 650 kilos en rehabilitar el barco, cuando quisieron completarlo comprando también el mascarón de proa, que está en una base naval de El Ferrol, la patriótica respuesta española fue: «Se lo llevarán ustedes cuando el Reino Unido nos devuelva Gibraltar». Con un par de huevos. Y es que ya se sabe. En el Ministerio de Defensa y en la Armada, más valen mascarones sin barcos, que barcos sin honra.

12 de diciembre de 1999

domingo, 5 de diciembre de 1999

Tómbola


Pues los siento por los fariseos y los sepulcros blanqueados que juran ver sólo la Dos de TVE, las entrevistas de Pedro Ruiz y la vida íntima de la tórtola pirenaica. Pero yo a veces veo Tómbola. Y aunque ya lo he dicho alguna vez, vuelvo —que diría cualquier ministro o político semianalfabeto— a reiterarme en la reiterada reiteración de lo dicho. Ese programa es representativo y esclarecedor. La exacta, rigurosa radiografía de nuestra esencia. La prueba palpable, continuada y semanal, de que somos un país de soplapollas.

Técnicamente la cosa es correctísima en plan sota, caballo y rey. En cuanto a Chimo Rovira, me parece uno de los mejores fulanos que he visto comportarse ante una cámara. Hace falta mucho cuajo y naturalidad para torear eso sin perder los papeles, manteniendo la sonrisa lo justo, convirtiendo un rol que por definición es de perfecto cabroncete, encargado de azuzar y controlar el cotarro, en el personaje de chaval simpático que ha logrado imponer. Chimo es el yerno perfecto, el buen chico que sólo pasaba por allí. Y en tal putiferio, salir con la camisa limpia tiene un mérito im–prezionante. En cuanto al elenco habitual, o juzgado de guardia donde nunca faltan la pedorra ordinaria y el tonto del haba que ejerce de presunto gracioso, hacen con eficacia su papel de tribunal sumarísimo, pese a su tendencia a creerse Tom Wolfe o a quitarse la palabra cuando el colega no ha terminado de insultar al imbécil o a la chocholoco invitado de turno; eso crea a veces un poco de barullo. De cualquier modo, resulta fascinante el aplomo y la prepotencia con que imparten justicia o conceden gracia a los mierdecillas de enfrente. La cosa, todo hay que decirlo, sería un guirigay bajuno, un chismorreo tiñalpa y de muy poco talla, de no mediar la presencia casi patriarcal, la autoridad profesional por todos acatada, de Jesús Mariñas. Jesús, que es una veterana puta del oficio y tiene más recursos que el inspector Gadget, se ha ido convirtiendo con el tiempo en presidente del tribunal, y a su veredicto final se vuelven los ojos del espectador después de cada tercer grado, en espera de que apague el teléfono móvil y dicte sentencia. Es la autoridad indiscutida; se le respeta porque —algo natural en este país de arribistas y cobardes— se le teme. Y todos los invitados, incluso los que pone como hoja de perejil, le echan sonrisitas y le dicen Jesús, qué malo eres, pero ya sabes que yo te quiero mucho. Y Jesús, claro, pone cara de guasa y se descojona. El muy víbora.

Pero lo bonito y lo selecto es lo que desfila por los asientos de enfrente. La gentuza que, por cobrar cuatro duros o sólo por salir en la tele, se somete al tratamiento infame que le aplica el personal. Ahí es donde de veras me quedo enganchado al televisor, cuando compruebo de qué materia están hechos los sueños que llevan a tanto cretino y tanto golfo a perseguir cierto tipo de fama, o conozco a los personajes y los asuntos que tienen en vilo a este país y ocupan las portadas y acaparan los minutos previos a los telediarios. Cuando veo, por ejemplo, a una guarra de lujo contar por dinero cómo se lo hizo a Fulano o por qué se divorcia de Mengano; y a su lado a otra guarra de menos lujo —de momento sólo se pretende top model, acaba de empezar la carrera y aún no ha dado el braguetazo— explicando sus quimeras de gloria o quién le ha operado las tetas. Cuando veo a un payaso de Marbella decir gilipolleces sentado entre un cabrón notorio —en el sentido literal del término— y un chuloputas italiano. O cuando veo a una torda, que no ha hecho nada en su vida, comportarse como una rutilante estrella de Hollywood mientras su marido, o su ex marido, que a lo mejor también es ex picoleto, desfila como modelo, que manda huevos, y se pasea en Mercedes por el morro. Y toda ese abyección de diseño, toda esa España morbosa de decorado y de mierda, que nada tiene que ver con la España real, pero que la suplanta, ocupa los momentos estelares de máxima audiencia. Porque es exactamente eso, y no otro cosa, lo que los españoles queremos ver. Lo que a doña Maruja y a mí nos tiene enganchados —a veces por los mismos motivos, y a veces no—, ante la pantalla de la tele: una basura admirablemente empaquetada. Pero ninguna basura, por muy bien presentada que venga, cuela sin la avidez cómplice del consumidor. Ustedes y yo tenemos la Tómbola que cada semana nos ganamos a pulso.

5 de diciembre de 1999