Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 30 de enero de 2000

Idioteces telefónicas


Con esta proliferación de los teléfonos móviles, y los mensajes de Telefónica y de Airtel y los contestadores automáticos, de cada diez llamadas consigo hablar con la gente una, o ninguna. Ya ni siquiera es la voz del otro lo que sale por el canuto diciendo hola, no estoy en casa. Lo normal es que salga una de esas barbies enlatadas a las que terminas odiando con toda tu alma, y diga "el teléfono está apagado o fuera de servicio" cuando es un móvil, u oigas el "no estoy en casa" del contestador normal que uno mismo graba, o eso otro de "en este momento no lo puedo atender; si lo desea puede dejar un mensaje" que pone Telefónica porque, dice, es servicio gratuito de contestador. Aunque lo de gratuito puede contárselo a su tía, porque en realidad es el colmo de la caradura y el atraco a mano armada; un truco infame para que, dejes mensaje o no lo dejes, puedan cobrarte esa llamada por el morro, como hecha y completa, pues el contador funciona a partir del momento en que se interrumpe la señal de llamada y el usuario, grabado o de viva voz, responde al teléfono.

Dicho de otra manera: que tú estás llamando, por ejemplo, a tu Concha, y ella está ocupándose con el del butano, y suena el teléfono diez veces y las diez te sale tu propia voz en el contestador, o la de la Robotina de Telefónica, y no hablas con tu mujer en toda la mañana y el del butano se va feliz de la vida y tu legítima se queda con una sonrisa de oreja a oreja, y encima Telefónica te cobra diez llamadas en tres minutos, como si las hubieras hecho. Lo que significa en términos pecuniarios que has estado treinta minutos hablando por teléfono como un gilipollas mientras tu respectiva decía así, Mariano, más, más. Con lo que se cumple el viejo refrán de que el español, además de cornudo, apaleado.

Aparte de eso hay otros mensajes oficiales o semi con los que alucinas, vecina. Textos enlatados sin el menor sentido de la sintaxis, la prosodia o la estética. Frases paridas por analfabetos o tontos del haba que estiman que un mensaje es más impresionante y más de diseño cuanto más alambicado sea el planteamiento. Para decir que alguien no está en su mesa de trabajo —cosa normal en toda oficina o despacho español entre once de la mañana y una del mediodía—, "La extensión personal que solicita no está disponible en este momento". Pero de todos ellos, el mejor, mi favorito indiscutible, mi ojito derecho, es el que aparece al llamar a muchos teléfonos móviles: "El número al que usted llama tiene restringidas las llamadas entrantes".

Ese mensaje me fascina tanto que le he dedicado horas de minucioso análisis, en inútil intento por desentrañar su secreto. A veces sospecho que significa que el teléfono al que llamo está comunicando; pero es imposible que nadie convierta una respuesta tan simple en semejante imbecilidad. Así que será otra cosa. Restringir, si no me fallan los diccionarios, significa ceñir, circunscribir, reducir a menores límites, o bien apretar, constreñir, restriñir. "El teléfono al que llama tiene apretadas las llamadas entrantes", reconozcámoslo, suena fatal. En cuanto a "restriñir las llamadas entrantes", para qué les voy a contar. Respecto a otras posibilidades, no veo cómo un teléfono puede circunscribir llamadas, sobre todo porque no alcanzo con relación a qué. "El teléfono tiene reducidas a menores límites las llamadas" también me desorienta un poco, pues desconozco esos límites, y el único que tengo a la vista es que el fulano a quien llamo no se pone al teléfono. Por otra parte, se me escapa la diferencia entre menores y mayores límites, tal vez porque soy un poco limitado. Me aferro, por tanto, a la esperanza de que la acepción "ceñir" solvente la papeleta. Pero ceñir significa apretar el cuerpo o la cintura, o rodear una cosa con otra, así que no me vale. También abreviar; pero "abreviar las llamadas entrantes" tampoco puede ser, porque el mensaje no las abrevia, sino que las descarta. Y la acepción náutica "navegar de bolina" aunque me place, es poco aplicable al teléfono. Hay una posibilidad: "Amoldarse a una ocupación, trabajo o asunto". Pero ¿cuál es el asunto que nos restringe o restriñe telefónicamente hablando? ¿Quién lo decide y con qué criterios? Misterio.

De cualquier modo, vale, de acuerdo. No se hable más. Concluyamos que acepto el hecho consumado. Que me rindo ante la evidencia y doy por restringidas las llamadas entrantes. Y ahora digo yo: ¿qué pasa con las llamadas salientes?

30 de enero de 2000

domingo, 23 de enero de 2000

El pelmazo de Gerva


Gervasio Sánchez me ha mandado su último libro de fotos, cuarenta imágenes sobre la tragedia de Kosovo. Ustedes a lo mejor ya no se acuerdan de Kosovo, porque fue antes de Chechenia y de Timor, e igual la confunden con Bosnia; pero Bosnia fue antes de Ruanda y justo después de Croacia, de la que ya no me acuerdo ni yo mismo. Ahora que lo pienso, no es mala lista en sólo ocho años: Croacia, Bosnia, Ruanda, Kosovo, Timor, Chechenia. Eso sin contar las otras guerras de segunda, sin derecho a abrir telediario. Y seguro que todavía olvido alguna. Al fin y al cabo se parecen mucho unas a otras, las guerras; y al final Gervasio, Gerva, las resume siempre en la misma foto. Un tipo muerto, una mujer aterrada, un niño que llora, un cabrón con metralleta. A veces cambian los factores, y el muerto es el niño, la aterrada es la mujer y quien llora es el tipo, o viceversa. Pero el cabrón de la metralleta siempre sigue ahí. Ése no falla nunca.

El caso es que Gerva, gran fotógrafo, buena persona y además amigo mío, acaba de reventar la paz de mi jubilación postbélica con su envío envenenado. En otros tiempos —lo cuento en Territorio comanche—, Gerva y el arriba firmante compartimos guerras ajenas, ilusiones perdidas y amigos muertos. Yo me salí, y él sigue. Ahora, por no tener, uno no tiene en su casa apenas nada que le recuerde aquellos tiempos del cuplé, y vive entre un velero y una biblioteca diciéndose que veintiún años dentro de las fotos de Gerva, poniendo nombres y apellidos y voces y lágrimas a todos esos rostros que ahora aparecen en las páginas en blanco y negro de su libro sobre Kosovo, son ración suficiente para una vida. Uno se alegra de no tener que vivir ya entre dos aviones, cruzando fronteras a base de sobornar aduaneros, pisando cristales rotos en amaneceres grises, peleando por una conexión vía satélite, puesto contra una pared con un Kalashnikov apoyado en la espina dorsal o echando carrerillas por Sniper Alley mientras se siente como un pichón en el tiro de pichón y Márquez, Betacam al hombro, protesta porque te metes en cuadro. Ahora puedo mentarle la madre al Javier Solana de turno sin que mis jefes amenacen con ponerme de patitas en la calle, entre otras cosas, porque ya no tengo jefes. Estoy fuera. Tuve la suerte de poder salirme a tiempo, y ya no arriesgo los huevos para que doña Lola y Borja Luis hagan zapping entre Corazón Corazón y Al salir de clase. Y sin embargo…

Ése es el problema. Al recibir el libro de Gerva, me he sentido mal. Me he sentido extraño. Pasaba las páginas y el horror volvía una y otra vez. Yo me jubilé en 1994 y ya no hice Kosovo; y sin embargo reconocía cada cara, cada escena, cada cadáver. El rostro de mujer angustiada que huye con su hijo dormido a la espalda en la contratapa del libro lo había visto tantas veces que, apenas lo tuve delante, pude reconstruir sin esfuerzo la situación. Aún conserva a su hijo —pensé— y va en grupo con otras mujeres y niños. Su marido quedó atrás, y a estas horas está luchando o abona una fosa común. Ella tiene suerte, porque no la han violado. Lo sé porque está en la frontera pese a ser guapa y joven, y en los Balcanes a las guapas y jóvenes casi nunca las violan una sola vez, sino que las llevan a burdeles para soldados y las violan cada día y cada noche, y al final las matan cuando quedan preñadas. He visto esa historia en el acto, como he visto otras historias igual de corrientes y conocidas de sobra en las fotos buscadas entre casquillos de bala, en el reparto de pan a los refugiados, en los cadáveres devorados por los perros. Creía estar ya a salvo y lejos de todo eso, y mira. De pronto llega Gerva y me recuerda que ése es el único mundo real verdaderamente real que existe, y que esto otro de aquí sólo es un camelo, una tregua, y que mañana el muerto de la foto puedo ser yo, o la que corre con el niño a la espalda puede ser mi hija. Una noche de 1991, bajo las bombas serbias en Vukovar, Gerva me dijo: "Si me matan por tu culpa, no te lo perdonaré nunca". No lo mataron esa noche, pero por lo visto me la guarda. Así que ahora el muy aguafiestas ha venido a irrumpir en mi conciencia con recuerdos y con fantasmas que nadie le ha pedido que me trajera. Se cree que porque él siga teniendo fe en el ser humano, y no se resigne a envejecer, y continúe pateando el mundo con sus abolladas Nikon y su deshilachado chaleco antibalas de segunda mano, tiene derecho a quitarnos el sueño a los demás con sus putas fotos. Pero Gerva siempre fue así. Un Pepito Grillo insoportable. Un maldito pelmazo.

23 de enero de 2000

domingo, 16 de enero de 2000

El francotirador y la cabra


Conozco a una niña, pequeña y despiadada guerrera del arco iris, que, viendo en la tele una película donde un francotirador apuntaba a un pastor que caminaba con una cabra, preguntó alarmada “¿No irán a matar a la cabra?". Y debo confesar que comprendo perfectamente a la niña. A mí me pasa lo mismo, aunque me gusten las corridas de toros, el chuletón de ternera y el mero a la plancha. Pese a lo cual, si hace falta, puedo pasarme sin corridas, sin chuletón y sin mero. Y en cuanto al francotirador, si no es posible volarle los huevos a él antes de que apriete el gatillo, puesto a elegir —y me incluyo en el sitio del pastor—, la mayor parte de las veces prefiero que viva la cabra. Una vez dije en esta misma página que la humanidad entera podría desaparecer y no tendría más que lo que merece, pero a cambio el planeta ganaría en tranquilidad y en futuro. Sin embargo, cada vez que muere un bosque o un mar, cada vez que desaparece un animal o se extingue una especie amenazada, el mundo se hace más sombrío y más siniestro. A fin de cuentas al animal nadie le pregunta su opinión. No vota ni dispara en la nuca. Nosotros, en cambio, tenemos el mundo de mierda que nos ganamos a pulso.

Todo este prólogo algo melodramático viene a cuento porque acabo de enterarme de que un grupo de gente joven acaba de crear una cosa que se llama SEC, o sea, Sociedad Española de Cetáceos. Que, como su propio nombre indica, pretende coordinar los esfuerzos para el estudio y la protección de ballenas, delfines y otras especies marinas de nuestras aguas. Tienen su página web en Internet, y por sus futuras obras los conoceremos. De momento ahí están; y es bueno que estén, porque hacen falta moscas cojoneras que libren desde el lado no gubernamental la batalla que la Administración, lenta, insensible y viciada —líbreme Dios de decir también a veces sobornada—, no quiere encarar.

Les juro a ustedes que hay pocos espectáculos tan hermosos como un rorcual de veinte metros que nada majestuoso junto a su cría; o una manada de delfines en la noche del mar de Alborán, cientos de ejemplares cazando a la luz de la luna, o nadando de día bajo una proa en las aguas limpias de Baleares mientras se vuelven boca arriba para mirarte. Deseo de todo corazón que sigan existiendo esos bichos inteligentes de enigmática sonrisa; tan inteligentes que se trata de los únicos mamíferos, aparte del ser humano, que mantienen jugueteos y relaciones sexuales sólo por pasárselo bien, sin tener siempre la piadosa intención de procrear. De momento, la SEC que acaba de advertir que de las veintisiete especies de cetáceos que todavía nadan en aguas españolas, dos de ellas, los delfines común y mular, corren gravísimo peligro de extinción, igual que las ballenas rorcuales y las marsopas; que la contaminación incontrolada los está liquidando, y que flotas piratas de pesqueros con palangres y redes ilegales van y vienen fuera de las doce millas como Pedro por su casa o, si lo prefieren, como ruso por Chechenia. Por eso, la SEC propone la creación de cinco enclaves marítimos protegidos que los preserven, y pide colaboración para una red de control y vigilancia. Yo añadiría a la propuesta una flotilla de lanchas torpederas para hundir a tanto cabrón impune que va por ahí llevándose hasta las lapas de las piedras, incluso convirtiendo delfines en harina para perros. Pero algo es algo.

No es una mala guerra, ésa. Quizá es una de las pocas que de verdad merecen la pena, a librar contra unos despachos y una burocracia pasiva —a veces muy sospechosamente pasiva— frente a los desmanes de los canallas que devastan los mares. Y no se trata sólo de cetáceos. Si yo les contara lo que están haciendo con el atún rojo en aguas españolas, donde empresas supuestamente ejemplares y aplaudidas por la Administración, con el concurso de pesqueros franceses, exterminan sin escrúpulos esa especie para que los japoneses coman sushi fresco en Osaka, y encima sin que los pescadores españoles vean un cochino duro, se les abrirían las carnes. Es más: igual un día me levanto con ganas de pajarraca y voy y les aclaro a ustedes el misterio de cómo un atleta de aguas libres como el atún rojo, ale hop, resulta que ahora se cría supuestamente, dicen, en supuestos viveros; y de paso les explico la diferencia entre un vivero y un campo de concentración a modo de despensa fresca. Algo que sabe cualquier marino o pescador, pese a lo cual las autoridades marítimas y pesqueras —que se lo cuente a su tía— dicen estar en la inopia. Venga ya, señor ministro. No me joda Su Excelencia.

16 de enero de 2000

domingo, 9 de enero de 2000

Sobre iglesias, museos e ingleses


Pocos podrán tachar esta página de proclive a la perífrasis, ni tampoco a la ambigüedad. Sin embargo, siempre llega la carta de quien lee las cosas a su manera. Frecuentes son las de tipo gremial, que confunden la parte con el todo; o las carentes de sentido del humor, que acusan de decir lo contrario de lo que has dicho. O las que Iberia encarga a sus 150 espontáneos —no me tiren de la lengua— cuando los responsables no se atreven a dar la cara. Otras son más serias; y en ese sentido, en cuanto tocas nacionalismos o agua bendita, la jiñaste, Burlancaster. Cosa, por demás, muy esclarecedora sobre los graves asuntos que preocupan a la gente. Por lo general uno va y pasa de esas cartas, después de haberlas leído con atención. Pero resulta que a veces vienen escritas por lectores inteligentes, respetuosos y doloridos. Y si gente de bien discrepa, o no entiende, cabe la posibilidad de que uno mismo esté equivocado o se haya explicado mal. En cualquier caso, merecen una respuesta.

Es el caso de don Gonzalo, mi amigo de La Coruña, y de Doloritas, la amable pensionista de Valencia, entre otros. El primero me tira de las orejas con cristiana y amable generosidad; y la segunda, que me escribe hace años pese a que no contesto casi nunca, me pregunta —es como una de mis viejas tías— por qué soy tan gamberro, y un día hablo bien del cura de mi pueblo y de los misioneros, y otro me meto con el papa de Roma, con lo bueno y viejecito que es. Así que a ellos me gustaría decirles que una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa. Que a mí, de la iglesia católica y del resto de iglesias me interesan dos aspectos concretos: la lucha del humilde, la del peón que libra su batalla con dignidad y con vergüenza torera, y también mi propia pertenencia a un hecho histórico llamado civilización occidental, donde la Biblia, el cristianismo y la iglesia católica tuvieron papel decisivo. Pero el reconocimiento de esa realidad, de esa memoria incuestionable, no implica la aprobación de cómo ésta se ha desarrollado, o estancado, a lo largo de los siglos. Tampoco supone aprobación el que yo sostenga la necesidad de estudiar Religión en el cole y conocer todo eso a fondo. Dicho en corto: el arriba firmante defiende una iglesia gótica o una Purísima de Murillo no por su carácter sagrado, que me importa un carajo, sino por su carácter histórico y porque son parte de mi patrimonio cultural. En cuanto al cura de mi pueblo y los misioneros y demás elementos de infantería —permítanme recordar que escribí una novela bien gorda sobre eso—, los respeto sinceramente porque, entre otras cosas, la vieja y sufrida piel del tambor sobre la que redobla la gloria de otros, siempre gozó de las simpatías de alguien que, como el arriba firmante, detesta a los generales sin excepción, lleven estrellas, sable, escaño parlamentario, sotana filetata, anillo piscatorio o lo que sea. Tal vez porque pasé toda mi juventud viviendo las consecuencias de lo que hicieron papas, obispos, políticos y generales cuyos polvos todavía hoy traen ensangrentados Iodos. Así que por lo que a mí respecta pueden irse todos a tomar por saco.

De cualquier modo, espero que esta puntualización le sirva también a mi viejo amigo Octavio Pernas Sueiras, o al mallorquín Albert, o a los otros que me honran con su correspondencia a veces sorprendida y nunca correspondida. Cómo es compatible, me pregunta Albert, atacar los nacionalismos y los militarismos, y al mismo tiempo escribir novelas sobre los tercios o defender un museo naval, o hablar del cabo Vladimiro o bromear matando ingleses. Y la respuesta sigue siendo igual de simple: la Historia es el más precioso patrimonio, porque está construida con nuestro pasado y con la sangre de nuestros abuelos; y nos hizo como somos, independientemente de que esa memoria sea hermosa o sea terrible. Pero una cosa es conocer y conservar la memoria para comprender nuestro presente, y otra cosa es manipularla para ganar votos, hacer con ella banderas anacrónicas sin sentido, o cruzar esa línea sutil que en demasiados imbéciles separa la memoria legítima de la estupidez y el fanatismo. Y en cuanto a las contradicciones, por supuesto que las hay. Un vuelo agradable en lberia, por ejemplo, es compatible con otros vuelos infames, y viceversa. También existen otras contradicciones internas mucho más complejas. Odi et amo. A ver quién medianamente lúcido no las tiene. En cuanto a eso, lo que nos salva es el humor —aunque sea negro—, como bien sabe mi vecino Marías. Ese maldito perro inglés.

9 de enero de 2000

domingo, 2 de enero de 2000

Libros viejos


No sé si a ustedes les gustan los libros viejos y antiguos. A mí me gustan más que los nuevos, tal vez porque a su forma y contenido se añade la impronta de los años; la historia conocida o imaginaria de cada ejemplar. Las manos que lo tocaron y los ojos que lo leyeron. Recuerdo cuando era jovencito y estaba tieso de viruta, cómo husmeaba en las librerías de viejo con mi mochila al hombro y maneras de cazador; la alegría salvaje con que, ante las narices de otro fulano más lento de reflejos que yo, me adueñé de los Cuadros de viaje de Heine, en su modesta edición rústica de la colección Universal de Calpe; o la despiadada firmeza con que, al cascar mi abuela, me batí contra mi familia por la preciosa, herencia de la primera y muy usada edición de obras completas de Galdós en Aguilar, donde yo había leído por primera vez los Episodios nacionales.

Siempre sostuve que no hay ningún libro inútil. Hasta el más deleznable en apariencia, hasta el libro estúpido que ni siquiera aprende nada de quien lo lee, tiene en algún rincón, en media línea, algo útil para alguien. En realidad los libros no se equivocan nunca, sino que son los lectores quienes yerran al elegir libros inadecuados; cualquier libro es objetivamente noble. Los más antiguos entre ellos nacieron en prensas artesanas, fueron compuestos a mano, las tintas se mezclaron cuidadosamente, el papel se eligió con esmero: buen papel hecho para durar. Muchos fueron orgullo de impresores, encuadernadores y libreros. Los echaron al mundo como a uno lo arrojan a la vida al nacer; y, como los seres humanos, sufrieron el azar, los desastres, las guerras. Pasó el tiempo, y los que habían nacido juntos de la misma prensa y la misma resma de papel, fueron alejándose unos de otros. Igual que los hombres mismos, vivieron suertes diversas; y en la historia de cada uno hubo gloria, fracaso, derrota, tristeza o soledad. Conocieron bibliotecas confortables e inhóspitos tenderetes de traperos. Conocieron manos dulces y manos homicidas, o bibliócidas. También, como los seres humanos, tuvieron sus héroes y sus mártires: unos cayeron en los cumplimientos de su deber, mutilados, desgastados y rotos de tanto ser leídos, como soldados exhaustos que sucumbieran peleando hasta la última página; otros fallecieron estúpida y oscuramente, intonsos, quemados, rotos, asesinados en la flor de su vida. Sin dar nada ni dejar rastro. Estériles.

Pero hubo algunos, los afortunados, que sí cayeron en las manos adecuadas: esos fueron leídos y conservados, y fertilizaron nuevos libros que son sus descendientes. Esos libros antiguos o simplemente viejos, raros, curiosos, vulgares, fascinantes, soporíferos, bellos o feos, caros o baratos, todavía andan por acá y por ahí afuera, maravillosamente mezclados y revueltos, y siguen generando ideas, historias, conocimientos y sueños. Son los supervivientes: los que escaparon al fuego, al agua, a los bichos y a los roedores, y sobre todo escaparon al fanatismo, la ignorancia, la estupidez y la maldad de los seres humanos. Esos libros han sufrido desarraigos, expolios, peligros sin cuento para llegar hasta hoy. Los salvaron manos afectuosas, o manos casuales, o manos mercenarias. Da lo mismo. En cualquier caso, manos amigas. Y ahí siguen, dispuestos a abrirse de páginas sin remilgos ante el primero que les diga ojos negros tienes.

No se corten, pardiez. Vayan a las librerías de viejo, o a los anticuarios si tienen la suerte de poder permitírselo: se encuentran joyas tanto en traperías como en los más selectos catálogos internacionales, porque el valor real de un libro se lo da quien lo lee. Y no me vengan con la milonga de siempre, que el libro nuevo o viejo es caro; porque también es caro beberse diez cañas, ir al cine a ver una gilipollez gringa, o echar gasolina. Además, existen las bibliotecas públicas. En cualquier caso, cuando lo hagan, acérquense a ellos con el afecto y el respeto de quien se acerca a un digno y noble veterano. Ya he dicho que son supervivientes: unos pocos afortunados entre miles de libros lamentable e irremediablemente perdidos. Por desgracia, el tiempo, la ignorancia y la imbecilidad seguirán mermando las ya menguadas filas de los mejores. Gocen, por tanto, del privilegio de acceder a ellos, ahora que todavía siguen ahí. Y si saben hablar su lenguaje, si saben merecerlos, tal vez una noche tranquila, en un sillón confortable, en la paz de un estudio, en cualquier sitio adecuado, ellos aceptarán contarles en voz baja su fascinante, y vieja, y noble historia.

2 de enero de 2000