Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 27 de febrero de 2000

Esta chusma de aquí


Cómo nos gusta linchar, nos gusta juntarnos en grupitos, darnos valor unos a otros, y apalear gente. Cómo nos entusiasma sentirnos respaldados por la bulla, por el rebaño que es presunta garantía de impunidad, por los compadres y vecinos cuyo tropel disimula el gesto de nuestra navaja cobarde, del puño furtivo, del bate de béisbol esgrimido por Fuente ovejuna. Cómo nos refocilamos con la piara y aullamos nuestra ruin mala leche mientras nos ensañamos con el débil, con el que corre en busca de refugio, con el caído, con el indefenso. Lo mismo nos da una vaquilla en fiesta de pueblo que un moro o un concejal. Hoy, mientras tecleo estas líneas, después de haber visto a un montón de animales con garrotes destrozar a golpes el humilde coche viejo de un infeliz marroquí, oigo que alguien en la radio dice que somos un país de racistas y de xenófobos. Pero eso es mentira. Lo que somos es un país de hijos de puta.

Nos faltan huevos. Nos falta valor para enfrentamos a quienes nos dan por saco desde hace siglos, y toda la frustración acumulada bajo malos gobiernos, en manos de los de siempre, curas, políticos, mercaderes y generales, sazonada por nuestra propia envidia, cainismo y desprecio a cuanto ignoramos, solemos vomitarla a la primera ocasión sobre las espaldas del que cae ante nosotros, a condición de que esté indefenso y solo. Mientras la poca gente honrada da la cara donde debe darla, el resto somos milicianos de cheka y madrugada, falangistas de primero de abril. Fusilamos maestros, rasgamos cuadros, quemamos catedrales porque no hay cojones para quemar cuarteles. Dejamos que la gente decente se pudra en la miseria, y que mueran en el exilio Machado, Goya o Moratín. Golpeamos con saña, sin que nos importen el rostro aterrado de la mujer y los hijos de nuestras víctimas. No vamos a buscar al poderoso en su palacio —suelen tener guardias en la puerta—, sino que la emprendemos a golpes con el pinche de cocina que pasa por ahí, con el que pillamos descuidado en la puerta de su casa. No hay coraje para asaltar comisarías a pecho descubierto, así que preferimos la puñalada en mitad del barullo, el tiro en la nuca cuando la víctima sale a tomarse una caña con su mujer, el coche bomba que puede hacerse estallar desde lejos, a salvo, sin correr ningún riesgo. Nos llamamos a nosotros mismos cruzados, gudaris. Hay que ver cómo defensores de la fe, ultrasures, nacionalistas, demócratas mosqueados, ciudadanos hartos de tal y de cual. Nos llamamos cualquier cosa a modo de coartada, pero en realidad lo único que estamos haciendo es justificar nuestro cerrilismo y nuestra mala fe.

Nos falta cultura. Oyes a los tertulianos, a los analistas de plantilla, a los políticos que tratan de justificar lo injustificable, y compruebas aterrado que no manejan argumentos; que todo es lugar común y demagogia, y que pocos son capaces de explicar lo que realmente está pasando, establecer antecedentes, bucear en la memoria y en las circunstancias históricas, culturales, sociales, que llevan a tal o cual situación. Nos centramos en el agravio ignorando las causas que lo originan, las claves y la memoria histórica que permiten discutirlo, asumirlo, razonarlo. Pretendemos resolver problemas cuyo origen ya ni siquiera se estudia en las escuelas, y aterra ver cómo analfabetos y demagogos hacen análisis y proponen soluciones aberrantes, utopías absurdas que nadie pondrá nunca en práctica.

Nos falta previsión. Todo cuanto pasa se sabe que va a pasar, entre otras cosas porque lleva siglos pasando; pero nadie mira hacia atrás para aprender. También nos faltan escrúpulos. El moro, el negro, el sudaca, son buenos cuando vienen sumisos a limpiar nuestras alcantarillas; pero ni siquiera les ofrecemos recursos para que lo hagan con dignidad. Nos cabrea que también ellos aspiren a un coche blanco, una casa blanca, una mujer blanca. Somos egoístas e irresponsables, gobernados por chusma que sólo se acuerda de Santa Bárbara cuando truena, y cuando a la tal Bárbara la han violado veinte veces; gentuza que ve venir la tragedia y no hace nada porque está ocupada en campañas electorales, o en apoyos parlamentarios, o favoreciendo a su clientela, a sus mierdecillas, a sus lameculos y a sus compadres.

Nos falta caridad, compasión. Tenemos buena memoria para lo que nos interesa, y muy mala cuando nos conviene; y al poco rato ya nos emociona más una telecomedia imbécil de la tele que una chabola incendiada. Y lo que es peor, nos falta remordimiento al mirarnos al espejo.

En realidad, lo que nos falta es vergüenza.

27 de febrero de 2000

domingo, 20 de febrero de 2000

Campanarios y latín


Detesto subir a los sitios, y las vistas panorámicas me importan un huevo de pato. Puedo vanagloriarme de no haber estado nunca en la torre Eiffel, pese al poderoso argumento de que ése es el único sitio de París desde donde no puede verse la torre Eiffel. He visto la Giralda exclusivamente desde la terraza del hotel Doña María; el campanile y las alturas de San Marcos sentado al sol del invierno en la terraza del café Quadri; y las pirámides de Teotihuacán a la sombra de las piedras de abajo, observando las hileras de osados escaladores que, como hormigas laboriosas, desfallecían cargados con sus videocámaras. Sólo una vez, en Beirut, durante la batalla de los hoteles de 1976, subí a pie veinte pisos del Sheraton para hacer unas fotos desde arriba; y me sacudieron tantos cebollazos por el camino que se me quitaron para siempre las ganas de panorámicas. Quiero decir con todo esto que no tengo nada contra esa digna afición ascendente, que practican gentes a las que quiero mucho. Pero yo prefiero quedarme abajo, mirando. Siempre tuve la impresión de que así se ven mejor ciertos paisajes. A eso añadamos el placer de estar cómodamente sentado bajo un toldo, con un café turco, mientras centenares de individuos disfrazados de coronel Tapioca echan los higadillos por la glotis y fallecen congestionados en la pirámide de Keops, en su obsesión de hacerse arriba una foto.

Hace unos días, paseando por una hermosa ciudad andaluza donde la gente hacía cola para subir al campanario de turno, encontré en la pared de un antiguo edificio, grabada por mano espontánea sobre la piedra venerable, una inscripción en latín. Ya he dicho alguna vez que soy enemigo acérrimo de las manos anónimas que dejan huella de su paso —generalmente abyecto— en paredes y monumentos públicos; pero confieso que esta vez me quedé con la copla. Quiero decir que me interesó lo que allí estaba escrito, y lo anoté para conservarlo. La frase estaba en latín: Non pudet obsidione teneri. Creía que me era familiar, remitiéndome a los tiempos en que aprendí a desconfiar de los aqueos incluso cuando traen regalos. Cicerón, me dije. Tenía tono de una catilinaria. ¿No os avergüenza estar asediados?, traduje después más o menos libremente, tirando del cajón de la memoria y del viejo diccionario Vox. Días más tarde, cuando le comenté el asunto, mi amigo Pepe Perona, el maestro de Gramática, me sacó del error. Virgilio, apuntó. Eneida, 9, 598.

Aquellas palabras, comprendía, tenían el valor de una pintada en la pared en tiempos de resistencia. En pleno cruce de cuatro culturas —en esa plaza hay un subsuelo romano, una catedral cristiana y una antigua sinagoga—, en un país despojado de su identidad y de su historia por una pandilla de ágrafos y de delincuentes centrales y autonómicos sentados en bancos del gobierno y de la oposición, alguien nos recuerda el expolio en latín. La elección de esa lengua no es casual: sin ella no es posible entender la historia de España, que es la historia de Roma y la historia de Europa, ni las catedrales, ni el derecho, ni la astronomía, ni la medicina, ni los sufijos y los prefijos, ni a Séneca, ni a Quintiliano, ni a Alfonso X, ni a Gracián, ni a Cervantes. Por eso, en pleno corazón de una ciudad milenaria, alguien recurre a Virgilio para decir que somos unos impresentables sin vergüenza y que esto, culturalmente hablando, es una puñetera mierda. Que subimos a las giraldas y a las torres inclinadas de Pisa y a las pirámides y viajamos a Bangkok y Nueva York sin conocer la historia de nuestra propia plaza o calle. Sin saber ni siquiera dónde estamos, ignorando cuanto vemos, desconociendo lo que significan las piedras que tocamos. Nos hacemos fotos y vídeos con los tópicos de un pasado del que cada vez sabemos menos. Consumimos Velázquez o Goya sólo cuanto toca: cuando el ministerio de turno decide gastarse quinientos kilos en celebrar el absurdo centenario de alguien a quien cualquier puede visitar a diario en su correspondiente museo; pero preferimos hacerlo con espectáculo de diseño, luminotecnia incluida y colas de seis horas. Somos tan idiotas que nos paseamos boquiabiertos por bibliotecas cuyos libros no abrimos, nos fotografiamos junto a cuadros cuya historia, autor y motivo ignoramos, y contemplamos desde los campanarios paisajes que sólo asociamos con películas de americanos en Europa que vemos en la tela. Non pudet obsidione teneri. Estamos asediados por nuestra propia estupidez e ignorancia. Y lo que es peor: no nos avergüenza en absoluto.

20 de febrero de 2000

domingo, 13 de febrero de 2000

Camareros italianos


En Italia me encantan los restaurantes pequeños, de toda la vida. Los elijo según la edad de los camareros: si son viejos y el sitio tiene apariencia modesta, casera, acaban de ganar un cliente. La pasta será estupenda y el lugar confortable. Es importante que ellos tengan cumplidos los cincuenta, y que el local lleve abierto otros tantos; o sea, que hayan envejecido juntos. Además, son los únicos restaurantes de Europa donde puedes oír a los camareros discutir en voz alta entre plato y plato, con el cocinero asomando la cabeza por la puerta del comedor para intervenir en la conversación. Se cuentan su vida y opinan de todo sin rebozo; y a veces aparece una señora gorda, que es la dueña, y les dice que los fetuchinis se enfrían y que espabilen. Y Mario, Bruno, Paolo, agachan las orejas, se ajustan la pajarita o la corbata negra, y vuelven al tajo. Profesionales.

Hoy se cumplen todos esos requisitos, con el añadido de que disfruto además del acento de los camareros, entreverado de dialecto véneto con sus cantarinas entonaciones al final de cada frase, mientras liquido unos raviolis en Alle Zattere, a cinco metros del canal de la Giudecca. Se trata de una minúscula trattoria que, por no tener, no tiene ni rótulo en la cochambrosa fachada, que en los días grises bate la humedad del canal y la laguna cercana, pero que en días invernales despejados, cuando el sol inunda de luz las fachadas del Dorsoduro hasta la punta de la Aduana del Mar —una noche encontré allí al Judío Errante, pero ésa es otra historia—, se vuelve el lugar más acogedor de Venecia. Por eso como y ceno aquí cuando vengo a esta ciudad.

En la mesa contigua hay tres guiris. Soy de la opinión de que en determinados lugares europeos habría que practicar la xenofobia selectiva y prohibir la entrada a cierto tipo de turistas —y también a cierto tipo de nativos— con una criba que nada tiene que ver con capacidad adquisitiva, sino con aspecto, gustos o maneras. Más que nada porque se cargan el encanto. Éstas son norteamericanas, rubias, hembras y tres. Madre y vástagas. Comen spaghetti carbonara con patatas fritas y cocacola, y tendrían que ver a las tordas, con esa gracia natural que tienen los de Nebraska, intentando enganchar los fideos largos con cuchillo y tenedor, y cayéndoseles todo por las partes. Apetece ayudarlas a hacer la digestión con un plomo calibre 44 magnum para cada una. Bang, bang, bang. Vete a un MacBurguer, hijaputa.

Pero lo mejor del asunto es la cortés, educadísima y refinada guasa con que los camareros se chotean de las guiris, so pretexto de mostrarse solícitos y ayudar. Y el tronco de yeguas normandas dice oh, yes, wonderful, y suelta risotadas condescendientes, con esa simpatía falsa que usan los anglosajones cuando pretenden hacerse los tolerantes y los integrados entre las razas inferiores latinas. Todo analfabeto desprecia cuanto ignora: me refiero a esos que dicen "gracie tante" en Córdoba y se creen que han quedado como Dios. Pero lo mejor del asunto veneciano es la cara de Mario, o de Paolo, o como se llame el camarero, cuando se aburre de las tres focas y se da la vuelta, y mira a sus compañeros diciendo: menudas gilipollettis. Y observándolo, sobrio, discreto, erguido en su digna chaqueta blanca, volver junto a sus compañeros que lo miran con idéntica guasa en los ojos, tú vas y piensas que no cabe duda de cuál es la verdadera casta. Que ese camarero pertenece a una raza superior, antigua y sabia, que atiende bien al cliente mitad por las formas y mitad por la propina y el sueldo del que vive; pero tiene más claro que nadie quién es el mierdecilla del asunto. A ese camarero italiano le sobra aristocracia moral para saber dónde está cada cual; y cuando se ríe con los ojos del cliente del restaurante, está riéndose de todos los invasores que, con uniforme de la Wehrmacht, tanque americano o cámara de vídeo, nunca pudieron invadirle tres mil años de cultura y de historia.

En España, me digo mirándolo, sería difícil servir a una gringa imbécil con esa discreción, y ese sentido práctico de la vida que no renuncia al señorío. Tenemos demasiada mala leche para reír con los ojos, como estos tres camareros venecianos viejos y sabios. En España, a ésas de la cocacola y las patatas fritas a las que se les caen los spaghetti del tenedor, se las adularía abyectamente, del modo más bajo, o se les arrojaría a la cara la comida con nuestra proverbial ordinariez hostelera. No sin el inevitable compadreo del "qué vais a tomar" previo. O sea, de tú a tú. De grosero a analfabeto. O viceversa.

13 de febrero de 2000

domingo, 6 de febrero de 2000

Limpia, fija y da esplendor


Acabo de recibir un e-mail de Pepe Perona, el maestro de Gramática, reproduciendo otro que le ha enviado no se sabe quién. Desconocemos el nombre del autor original; así que, en esta versión postmoderna del manuscrito encontrado, me limito a seguir el juego iniciado por mano genial y anónima. El maravilloso texto se refiere a una supuesta reforma ortográfica que va a aplicar la real Academia, a fin de hacer más asequible el español como lengua universal de los hispanohablantes y de las soberanías soberanistas. Y lo reproduzco con escasas modificaciones.

Según el plan de los señores académicos —expertos en lanzada a moro muerto— la reforma se llevará a cabo empezando por la supresión de las diferencias entre c, q y k. Komo komienzo todo sonido parecido al de la k será asumido por esta letra. En adelante se eskribirá kasa, keso, Kijote. También se simplifikará el sonido de la c y la z para igualarnos a nuestros hermanos hispanoamerikanos: "El sapato ke kalsa Sesilia es asul". Y desapareserá la doble c, reemplazándola la x: "Mi koche tuvo un axidente". Grasias a esta modifikasión los españoles no tendrán ventajas ortográfikas frente a los hermanos hispanoparlantes por su estraña pronunsiasión de siertas letras.

Se funde la b kon la v, ya ke no existe diferensia entre el sonido de la b larga y la v chikita. Por lo kual desapareserá la v y beremos kómo obbiamente basta con la b para ke bibamos felises y kontentos. Lo mismo pasará kon la elle y la ye. Todo se eskribirá kon y: "Yébame de biaje a Sebiya, donde la yubia es una marabiya". Esta integrasión probocará agradesimiento general de kienes hablan kasteyano, desde Balensia hasta Bolibia.

La hache, kuya presensia es fantasma en nuestra lengua, kedará suprimida por kompleto: así, ablaremos de abichuelas o alkool. Se akabarán esas komplikadas y umiyantes distinsiones entre echo y hecho, y no tendremos ke rompernos la kabesa pensando kómo se eskribe sanaoria. Así ya no abrá ke desperdisiar más oras de estudio en semejante kuestión ke nos tenía artos.

Para mayor konsistensia, todo sonido de erre se eskribirá kon doble r: "El rrufián de Rroberto me rregaló una rradio". Asimismo, para ebitar otros problemas ortográfikos se fusionan la g y la j, para que así jitano se escriba como jirafa y jeranio como jefe. Ahora todo ba con jota de cojer. Por ejemplo: "El jeneral corrijió los correajes". No ay duda de ke estas sensiyas modifikaciones arán ke ablemos y eskribamos todos kon jenial rregularidad y más rrápido ritmo.

Orrible kalamidad del kasteyano, jeneralmente, son las tildes o asentos. Esta sankadiya kotidiana desaparese con la rreforma; aremos komo el ingles ke a triunfado unibersalmente sin tildes. Kedaran ellas kanseladas en el akto, y abran de ser el sentido komun y la intelijensia kayejera los ke digan a ke se rrefiere kada bokablo: "Obserba komo komo la paeya".

Las konsonantes st, ps, bs o pt juntas kedaran komo simples t o s, kon el fin de aprosimarnos a la pronunsiasion de ispanoamerikanos y para mejorar ete etado konfuso de la lengua. Tambien seran proibidas siertas asurdas konsonantes finales ke inkomodan y poko ayudan al siudadano: "¿Ke ora da tu rrelo?", "As un ueco en la pare", y "Erneto jetiona lo ahorro de Aguti". Por supueto, entre ellas se suprimiran las eses de los plurales: "La mujere y lo ombre tienen la mima atitude y fakultade inteletuale". Yegamo trite e inebitablemente a la eliminasion de la d del partisipio pasao y kanselasion de lo artikulo, impueta por el uso: "E bebio te erbio y con eso me abio". Kabibajo asetaremo eta kotumbre bulgar, ya ke el pueblo yano manda, kedando surpimia esa de interbokalika ke la jente no pronunsia.

Adema, y konsiderando ke el latin no tenia artikulo y nosotro no debemo imbentar kosa que Birjilio, Tasito y lo otro autore latino rrechasaban, kateyano karesera de artikulo. Sera poco enrredao en prinsipio, y abalaremo komo fubolita yugolabo en ikatola, pero depue todo etranjero beran ke tarea de aprender nuebo idioma rresulta ma fasile. Profesore terminaran benerando akademiko de la lengua epañola ke an desidio aser rreforma klabe para ke nasione ispanoablante gosemo berdaderamente del idioma de Servante y Kebedo.

Eso si: nunka asetaremo ke potensia etranjera token kabeyo de letra eñe. Ata ai podiamo yega. Eñe rrepresenta balore ma elebado de tradision ipanika y primero kaeremo mueto ante ke asetar bejasione a simbolo ke a sio y e korason bibifikante de lengua epañola unibersa.

6 de febrero de 2000