Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 26 de marzo de 2000

Preludio de Intifada


Aún me estaría riendo de no tratarse de un asunto grave, de esos que terminan poniéndote de muy mala leche. Hace poco, alguna autoridad más o menos competente calificó de “gamberrismo juvenil sin mayor trascendencia” los recientes disturbios protagonizados en Melilla por grupos de jóvenes y adolescentes de origen musulmán. La cosa se refería a la quema de contenedores, barricadas, y a los enfrentamientos con la policía tras la prohibición de importar corderos de Marruecos para la celebración de la Pascua islámica. Las normas de la Comunidad Europea prohíben la entrada de ese tipo de carne norteafricana; así que los corderos para el Día del Sacrificio fueron llevados desde España. Todo normal, en principio. Pero estallaron los incidentes, y hubo barricadas, piedras y leña.

Que jóvenes de origen marroquí se echen a la calle a cortar el tráfico y apedrear a los guardias, con El Ejido ahí mismo y reciente, no es una anécdota sin importancia. Es el síntoma externo de un problema. Pero lo peor no es el hecho, sino el enfoque oficial. Gamberrismo juvenil, dicen las fuerzas vivas. Chiquilladas. Los políticos y los caciques españoles son especialistas en la táctica del avestruz, y en que mañana responda el maestro armero. Todos tienen la impune certeza de que el problema, cuando estalle, tocará resolverlo a otros. Así vivimos enfangados en conflictos que cualquier ciudadano de infantería ve venir, pero que ningún político tiene el coraje de prevenir. No vayan a creer que somos esto o lo otro, y además necesitamos el voto de Mengano. Aquí, los responsables se reciclan o hacen de la amnesia virtud política. En la finca de semejante gentuza, conflicto aplazado es conflicto resuelto.

Melilla, como Ceuta, es un lugar complicado. Estoy convencido, con la catadura moral y el pulso de quienes nos gobiernan en esto, como en otras muchas cosas, siempre da igual quien nos gobierne, de que cuando Marruecos se decida a plantear el conflicto y apretar las clavijas, ese enclave será entregado al país vecino sin contrapartida alguna, mediante la simple bajada de calzones de nuestra tartamudeante política exterior. Eso, patrióticamente hablando, me tiene más o menos sin cuidado. Lo que pasa es que en Melilla tengo amigos, y me revienta imaginarlos haciendo las maletas y camino del puerto mientras los otros bajan del Gurugú y los legionarios, cabra incluida, cumplen órdenes y arrían la bandera como solemos arriarla: de noche y a escondidas. Con nocturnidad y alevosía.

Pero es que, además, en Melilla, como en Ceuta, hay cantidad de españoles de origen musulmán a los que no les apetece pasar bajo control de Marruecos. Por eso se largaron. Ellos, y los inmigrantes más o menos ilegales que han ido llenando la ciudad, quieren mantener sus tradiciones y su cultura, pero gozando también del legítimo derecho a beneficiarse de una Europa de trabajo y libertades. El problema es que no siempre el sueño se materializa, y mucha de esa gente se ve marginada y expuesta a la pobreza, la explotación y la desesperanza. Ahí es decisiva la intensa labor social desarrollada en la ciudad por grupos de ideología islámica —nunca se vieron tantos velos ni tantas barbas por la calle—, donde gente preparada, médicos, abogados, hacen por su gente labores que debería hacer y no hace la administración española. Por eso hay un germen soterrado de nacionalismo islámico, más fuerte a medida que son mayores las necesidades. Y como nada oficial se hace por atraerse a estos grupos, y todo queda en la demagogia habitual para ir tirando, un día ese movimiento se manifestará públicamente, de modo muy comprensible, en favor de Marruecos; que además —también es comprensible— tiene sus filas bien infiltradas hasta el tuétano. No sé si a favor de la monarquía cherifiana o de un nacionalismo islámico radical: en cualquier caso, se manifestará sin la menor duda, tarde o temprano. Y eso incluye, —contemplando también— las hipótesis más probables y las más peligrosas, que los jóvenes magrebíes y los que ya no lo son tanto, vueltos al Islam y a Marruecos como única alternativa, puedan echarse a la calle tal y como son: desesperados, duros, solidarios y valientes. En ese contexto, calificar de gamberrismo juvenil los primeros síntomas de lo que mañana puede ser una Intifada con todas sus letras —imaginen, cielo santo, al cabo antidisturbios Sánchez controlando una Intifada—,es de una ignorancia y de una irresponsabilidad inauditas. Porque nada de lo que acabo de contarles es un secreto para especialistas y Pepes Goteras y Otilios del Cesid. Eso lo sabe en Melilla hasta el más humilde vendedor de lotería. Los únicos que parecen ignorarlo son los de siempre. Los pasteleros sin escrúpulos que buscan el negocio y el voto para hoy, y nos condenan a la tragedia para mañana.

26 de marzo de 2000

domingo, 19 de marzo de 2000

El amigo americano


Acabo de recibir un grabado magnífico: el puente de Brooklyn, en Nueva York, de noche y bajo la nieve. Está firmado por Magyll en 1995: el puente difuminado entre una neblina oscura y gris, y en primer plano un farol encendido y un banco cubierto de nieve. Llegó hace un par de días, enmarcado, y me lo manda Howard Morhaim, que además de ser mi agente literario en los Estados Unidos, es mi amigo. En realidad es mucho más que un amigo. Una noche, en un restaurante japonés, con el sushi saliéndonos por las orejas y la lengua floja porque estábamos hasta arriba de sake, juramos ser hermanos de sangre hasta que la muerte resuelva el asunto. Y así seguimos. Howard vendrá a España dentro de unos días, para mi nueva novela. Con ese pretexto procuro reunir siempre a unos cuantos amigos: el maestro de Gramática viene desde la Universidad de Murcia, el almogávar Montaner baja de las estribaciones pirenaicas, Sealtiel Alatriste se trae una botella de Herradura Reposado desde Méjico, Claude Glüntz deja de fotografiar guerras y cambia su casa de Lausana por el hotel Suecia de Madrid, y Antonio Cardenal se olvida de Laetitia Casta por un rato. Esta vez estará Howard con ellos, y sólo pensarlo me pone de buen humor. Quiero mucho a ese fulano.

Howard Morhaim es uno de los tres norteamericanos que más aprecio, y que con mayor contundencia han desmontado buena parte de mis suspicacias y prejuicios. Los otros son Drenka, mi dulce y eficiente editora neoyorkina, y Daniel Sherr, un tipo estrafalario y genial junto al que cada comida se convierte en una pintoresca aventura porque es al mismo tiempo judío, alérgico y vegetariano. El arriba firmante, europeo y mediterráneo muy satisfecho de serlo, siempre se negó en redondo a viajar a Norteamérica, que en veintitantos años de viajes profesionales nunca me interesó un carajo. Para tí y para tu primo, decía yo, remedando a los Chunguitos. Ahora no sé si rectificar será o no de sabios, pero sí es de justicia. Hace año y medio estuve allí por fin cierto tiempo, por ineludibles razones editoriales, y confirmé, en efecto, mis más horribles temores. Pero también descubrí lugares, cosas y gentes hermosas y entrañables. Descubrí respeto, cultura, amigos. Me extasié ante librerías, bibliotecas, universidades y museos extraordinarios, y enmudecí entre damas y caballeros que hablaban de mi propia memoria histórica con un conocimiento y una lucidez que ya querríamos muchos de aquí.

En cuanto a Howard, somos amigos desde hace años; desde que le enseñé Sevilla y los bares de Triana, y le compré un vaso de plata en una joyería de la Campana, cerca del kiosco de mi amigo Curro. Un vaso auténtico de torero, aunque no dio tiempo a que le grabaran el nombre, y eso lo hizo él luego, en otra joyería de Brooklyn. Porque Howard nació en Brooklyn y sigue viviendo allí, pero ahora con vistas al río y al puente. El chico pobre que trabajó duro, como en las clásicas historias del sueño americano, tiene una casa magnífica; que es lo único que no se ha llevado su ex mujer, una rockera morena y bellísima que le amargo la vida, pero a cambio le dio una hija que él adora. Tanto la adora Howard, que se ha hecho íntimo amigo del nuevo novio de su ex, a fin de mantenerse lo más cerca posible de la cría. Howard es un tipo elegante, muy europeo de gustos, y tiene éxito con las mujeres; pero jamás permite que se interpongan entre su hija y él. Los ves paseando, padre e hija junto al puente de Brooklyn, cogidos de la mano como enamorados. Y Howard se vuelve hacia mí y dice: Mírala. Mira qué ojos tiene. Es tan guapa como su madre, la muy bruja. Como ven, el puente de mi grabado sale todo el rato en esta historia. Además, a Howard y a mí nos encanta un restaurante que hay justo debajo, frente a Manhattan. Una vez, comiendo allí, me habló todo el tiempo del orgullo que siente por haber sido un humilde chico de Brooklyn. Se entusiasmaba al hablar de su barrio, él, un tipo ahora elegante y cosmopolita. No sé si te has fijado, dijo, que en todas las películas de guerra de Hollywood sale siempre un chico duro que es de Brooklyn. En realidad me estaba hablando de él mismo; de su infancia y sus recuerdos. Y escuchándolo, comprendí más sobre los Estados Unidos de lo que había llegado a comprender en toda mi vida. Sobre todo cuando Howard se quedó pensativo, mirando los altos edificios al otro lado del río, y de pronto dijo «my city», señalándolos con un gesto breve, absorto, orgulloso. Mi ciudad. Y en ese instante consiguió que yo quisiera a Nueva York tanto como a él.

19 de marzo de 2000

domingo, 12 de marzo de 2000

Tú vales mucho


Muchas veces me avergoncé de ser hombre. Las razones son diversas, pero no hay cosa que me saque más los colores que cierto tipo de rituales varoniles, charlas de barra de bar, actitudes a la vista de ejemplares del otro sexo. Fulanos que dan por supuesto que el mundo es un coto de caza y ellos los gallitos del corral. Miradas castigadoras que dicen aquí estoy, pequeña, siempre listo, dispuesto a hacerte esto y lo otro. A comerte los higadillos. Esas actitudes se dan tanto en individuos con viruta y poder, como en tiñalpas de medio pelo y en mierdecillas impresentables. He llegado a comprobar cómo hasta el animal de bellota más grosero y vil da por supuesto que toda mujer anda loca por sus encantos. También existe el solapado hipócrita disfrazado de misa diaria, de profesor bondadoso o de jefe comprensivo, que acecha el momento — académico, laboral— con la mirada huidiza de quien ni siquiera tiene el indecente valor, o la desvergüenza, de plantear la cosa por las bravas.

Pero también mis primas, a veces, lo ponen fácil. Asumiendo el riesgo de que el Sindicato de Erizas en Pie de Guerra (SEPG) me ponga como hoja de perejil, diré que un depredador se extingue cuando no encuentra presas disponibles; pero el mundo está lleno de cabritas esperando que se las coma el lobo. Eso hace que se confundan los papeles. También están las que, por necesidad —la supervivencia es un motivo tan legítimo como cualquier otro— aceptan jugar en terrenos equívocos. Todo eso viene a cuento porque una amiga acaba de contarme su última entrevista de trabajo. A la mitad yo sabía cómo terminaba la historia. Y no porque sea demasiado listo.

Imaginen el primer acto. Reunión de trabajo para conocer a futura colaboradora. Tres socios, charla empresarial, whisky. Ella, mujer con excelente currículum, que necesita ese trabajo, ha caído en la trampa desde el principio: vestida de niña bien, quiere estar guapa y agradar. Pide una tónica. Tras un par de whiskys, dos socios se despiden. Ella siente que el trabajo es suyo. El jefe le pide que se quede para ultimar detalles.

Segundo acto. Ella aferra su tónica mientras el jefe inicia una serie de halagos hacia su persona: lo inteligente que es y la mucha clase que tiene. Lo lejos que puede llegar en la empresa. Ella empieza a sentirse incómoda, da sorbitos a la tónica. Al jefe el tercer whisky empieza a volverle la lengua pastosa, y su mirada se vuelve desagradable. De vez en cuando se le escapa la mano, y le toca la rodilla. Todo muy paternal, pero ni los ojos ni la mano son los de un padre. Entonces ella comete el segundo error. Necesita ese trabajo, así que en vez de decirle a esa basura que vaya a tocarle la rodilla a su madre, se queda allí, soportándolo. Está segura de que puede con él. Cree que logrará mantenerlo en su sitio. Que si aguanta firme, conseguirá el maldito trabajo. De modo que permanece allí, con su trajecito y su bolso de niña bien, patéticamente agarrada a su vaso de tónica. Conteniendo las lágrimas de asco y vergüenza.

Tercer error: ella no se ha ido todavía cuando el miserable cambia de táctica. Empieza a hacerle un cuestionario personal y termina desvariando sobre el sexo, mezclando el asunto con consideraciones sobre la existencia o la no existencia de Dios; porque él, eso quiere dejarlo muy claro, es creyente. Al poco rato pregunta si es lesbiana. Y ella no le estampa el vaso de tónica en la cara, por imbécil además de rijoso, sino que todavía aguanta allí, discutiendo el asunto. Por fin, convencido de que no hay nada que rascar, el fulano finaliza la entrevista. Te llamaré para el trabajo, promete. Por supuesto, no llamará nunca.

Moraleja de esta bonita y edificante historia: algunos hombres son capaces de portarse como canallas, pero algunas mujeres son capaces de tragar lo intragable. De no ver con lucidez, cegadas por la necesidad, los limites donde se impone la palabra basta. Éste no es el mejor de los mundos posibles; casi siempre es el peor, y en ese contexto hay juegos que no pueden mantenerse impunemente, ignorando los riesgos y los precios a pagar. La infamia se alimenta de la complicidad, la necesidad y el miedo. Es injusto y terrible, pero es lo que hay. El mundo, el dinero, los puestos de trabajo, siguen estando a menudo en manos de gentuza como el hijo de puta que acabo de describir líneas arriba. Tarde o temprano, la cuestión termina en un simple lo tomas o lo dejas. Y a la dignidad de cada cual corresponde establecer los límites.

12 de marzo de 2000

domingo, 5 de marzo de 2000

Ese bobo del móvil


Mira, Manolo, Paco, María Luisa o como te llames. Me vas a perdonar que te lo diga aquí, por escrito, de modo más o menos público; pero así me ahorro decírtelo a la cara en próximo día que nos encontremos en el aeropuerto, o en el AVE, o en el café. Así evito coger yo el teléfono y decirle a quien sea, a grito pelado, aquí estoy, y te llamo para contarte que tengo al lado a un imbécil que cuenta su vida y no me deja vivir. De esta manera soslayo incidentes. Y la próxima vez, cuando en mitad de tu impúdica cháchara te vuelvas casualmente hacia mí y veas que te estoy mirando, sabrás lo que tengo en la cabeza. Lo que pienso de ti y de tu teléfono parlanchín de los cojones. Que también puede ocurrir que, aparte de mí, haya más gente alrededor que piense lo mismo; lo que pasa es que la mayor parte de esa gente no puede despacharse a gusto cada semana en una página como ésta, y yo tengo la suerte de que sí. Y les brindo el toro.

Estoy hasta la glotis de tropezarme contigo y con tu teléfono. Te lo juro, chaval. O chavala. El otro día te vi por la calle, y al principio creí que estabas majareta, imagínate, un fulano que camina hablando solo en voz muy alta y gesticulando furioso con una mano arriba y abajo. Ése está para los tigres, pensé. Hasta que vi el móvil que llevaba pegado a la oreja, y al pasar por tu lado me enteré, con pelos y señales, de que las piezas de PVC no han llegado esta semana, como tú esperabas, y que el gestor de Ciudad Real es un indeseable. A mí, francamente, el PVC y el gestor de Ciudad Real me importan un carajo; pero conseguiste que, a mis propias preocupaciones, sumara las tuyas. Vaya a cuenta de la solidaridad, me dije. Ningún hombre es una isla. Y seguí camino.

A la media hora te encontré de nuevo en un café. Lo mismo no eras tú, pero te juro que tenías la misma cara de bobo mientras le gritabas al móvil. Yo había comprado un libro maravilloso, un libro viejo que hablaba de costas lejanas y antiguos navegantes, e intentaba leer algunas páginas y sumergirme en su encanto. Pero ahí estabas tú, en la mesa contigua, para tenerme al corriente de que te hallabas en Madrid y en un café —cosa que por otra parte yo sabía perfectamente, porque te estaba viendo— y de que no volverías a Zaragoza hasta el martes por la noche. Por qué por la noche y no por la mañana, me dije, interrogando inútilmente a Alfonso el cerillero, que se encogía de hombros como diciendo: a mí que me registren. Tal vez tiene motivos poderosos o inconfesables, deduje tras cavilar un rato sobre el asunto: una amante, un desfalco, un escaño en el Parlamento. Al fin despejaste la incógnita diciéndole a quien fuera que Ordóñez llegaba de La Coruña a mediodía, y eso me tranquilizó bastante. Estaba claro, tratándose de Ordóñez. Entonces decidí cambiar de mesa.

Al día siguiente estabas en el aeropuerto. Lo sé porque yo era el que se encontraba detrás en la cola de embarque, cuando le decías a tu hijo que la motosierra estaba estropeada. No sé para qué diablos quería tu hijo, a su edad, usar la motosierra; pero durante un rato obtuve de ti una detallada relación del uso de la motosierra y de su aceite lubricante. Me volví un experto en la maldita motosierra, en cipreses y arizónicas. El regreso lo hice en tren a los dos días, y allí estabas tú, claro, un par de asientos más lejos. Te reconocí por la musiquilla del móvil, que es la de Bonanza. Sonó quince veces y te juro que nunca he odiado tanto a la familia Cartwright. Para la ocasión te habías travestido de ejecutiva madura, eficiente y agresiva; pero te reconocí en el acto cuando informabas a todo el vagón sobre pormenores diversos de tu vida profesional. Gritabas mucho, la verdad, tal vez para imponerte a las otras voces y musiquillas de tirurí tirurí —a veces te multiplicas, cabroncete— que pugnaban con la tuya a lo largo y ancho del vagón. Yo intentaba corregir las pruebas de una novela, y no podía concentrarme. Aquí hablabas del partido de fútbol del domingo, allá saludabas a la familia, allá comentabas lo mal que le iba a Olivares en Nueva York. Me sentí rodeado, como checheno en Grozni. Horroroso. Tal vez por eso, cuando me levanté, fui a la plataforma del vagón, encendí el móvil que siempre llevo apagado e hice una llamada, procurando hablar bajito y con una mano cubriendo la voz sobre el auricular, la azafata del vagón me miró de un modo extraño, con sospecha. Si habla así —pensaría—, tan disimulado y clandestino, algo tiene que ocultar este hijoputa.

5 de marzo de 2000