Último libro de Arturo Pérez-Reverte

lunes, 30 de octubre de 2000

Boldai Tesfamicael


Ayer estuve limpiando el Kalashnikov. Porque en casa tengo un Kalashnikov AK-47; un cuerno de chivo, como dicen los narcos mejicanos, recuerdo de aquellos tiempos del cuplé. Durante la mitad de mi vida había estado viendo, fotografiando, filmando, oyendo y esquivando ese artilugio, y a la hora de jubilarme de reportero Tribulete decidí conservarlo como recuerdo. Así que me hice con uno, y luego se lo llevé a los picoletos de mi pueblo para que lo inutilizaran y legalizaran. Y ahí lo tengo, cerca del ordenador donde le doy a la tecla, uno de los pocos objetos —el casco de kevlar de Bosnia, el cartel "Peligro minas" del Sáhara, la última botella de montenegrino Vranac que bebí con Márquez— que conservo como recuerdos profesionales. De todos ellos, quizá porque desde el comienzo estuvo presente en casi cada episodio, el Kalashnikov es tal vez mi preferido: negro y amenazador, precioso en su siniestra fealdad de madera y acero. Un clásico.

Fue Boldai Tesfamicael quien me enseñó a limpiarlo. Boldai era una especie de gigante eritreo, literalmente negro como la madre que lo parió, a quien en marzo de 1977 le encomendaron la fastidiosa tarea de mantenerme vivo mientras la guerrilla del FLE atacaba y capturaba la ciudad de Tessenei. A los eritreos un periodista fiambre no les servía para nada, así que a Boldai le dijeron que mucho ojito conmigo, para que yo pudiera volver y contarlo y publicar las fotos. Boldai debía de medir casi dos metros y hablaba italiano y francés, y era pintoresco verlo con su pantalón corto caqui, sus armas y puñales encima, el pelo a lo afro y aquella sonrisa que parecía un brochazo blanco en mitad del careto oscuro. El tío me daba unas broncas espantosas, casi maternales, cuando yo me paseaba por donde podía haber minas, o extendía mi saco de dormir sin comprobar antes si había serpientes cerca del lugar donde iba a apoyar la cabeza. Imagínense a un pedazo de negro como un armario echándote chorreos todo el puto día. Llegué a pensar que en realidad lo que le habría gustado ser era institutriz británica, o estricta gobernanta. Era un auténtico pelmazo.

El caso es que durante las tres semanas que estuvimos esperando el ataque a Tessenei, para matar el tiempo Boldai me enseñó a montar y desmontar el Kalashnikov con los ojos vendados. Yo no tenía otra cosa que hacer más que estar tumbado bajo las ramas que nos camuflaban, con cincuenta grados a la sombra, leyendo Las vidas paralelas de Plutarco en un grueso y compacto volumen de la editorial Edaf, o entreteniéndome en limpiar los artilugios bélicos. A fuerza de practicar llegué a hacerlo tan bien que el hijoputa de Boldai llamaba a los colegas, y me hacía competir con los reclutas jóvenes cronometrando el tiempo que tardaba en desmontar y volver a montar a ciegas. Intimé así con Kibreab, Tecle, el pequeño Nagash y todos los demás del grupo con el que semanas más tarde entraría en Tessenei, y que luego, cuando los etíopes contraatacaron y la aviación cubana nos machacó hasta hacernos picadillo, se quedaron allí para siempre. Todavía tengo sus fotos, entre ellas la de Kibreab muerto boca arriba y con los sesos encima de un hombro, el 4 de abril, tras el combate ante el banco de Etiopía. Esa diapositiva es de las pocas que no vendí nunca. Por muy cabroncete y mercenario y toda esa película que uno se monte, o que sea, hay cosas que no pueden hacerse.

El caso; les decía, es que fue Boldai Tesfamicael, mi guardaespaldas eritreo, quien me enseñó a montar a ciegas el Kalashnikov. Y es curioso. Vi a Boldai asaltar trincheras etíopes, rematar heridos, saquear la ciudad y exigir —confieso que yo también lo exigí— a punta de fusil al italiano dueño del hotel Archimede que nos diera de comer o le cortábamos a él los huevos y violábamos y macheteábamos a su mujer. Lo vi hacer todas esas cosas y algunas más que no contaré nunca; y sin embargo, siempre que pienso en Boldai, la primera imagen es sentado frente a mí con las piezas del arma en las manos, maternal como dije. Casi insoportable de riguroso, y metódico, y paciente.

Han pasado veintitrés años, Eritrea es ahora independiente, y cada vez que limpio el Kalashnikov me pregunto por dónde andará aquel fulano, si es que todavía anda. La última vez que lo vi fue cuando nos internaron en Kassala, Sudán, a todos los que llegamos a la frontera después de un mes de combates con poca esperanza y aún menos fortuna, huyendo de la aviación y el ejército etíopes. Yo me iba de vareta con la disententería, me había identificado como periodista y los policías sudaneses acababan de soltarme. Boldai estaba al otro lado de la alambrada cuando nos despedimos. Le di la mano y le dije buena suerte; y él hizo un saludo militar, y poniéndose firme, todo negro, grande y harapiento, me dijo: "Estás vivo para que hables de nuestros muertos. Y para que te acuerdes de mí".

29 de octubre de 2000

lunes, 23 de octubre de 2000

Los enemigos de mis amigos


No he querido saber, pero he sabido, que a mi vecino el rey de Redonda le va la marcha. Le gusta pasear por el filo de la navaja con una alegre osadía que raya en el autosuicidio, como dirían Javier Solana —ese centinela de Occidente— y algún otro político que conozco. El caso es que, no contento mi colega con meterse en jardines propios, ahora pretende podar los míos, ejerciendo la intención de veto; o de censura, o de matiz, sobre lo que escribo en esta página. Y me refiero al artículo que me hizo el honor de publicar el otro día, con una tesis doctoral sobre si una cosa mía debía titularse La tarta de Brasil, o La carta del Brasil, o La carta de la Madre Que Me Parió. Título y asunto que, dicho sea de paso, me importan un huevo; pero eso no impide quedarme con la copla. Y la copla es que mi querido y próximo colega tiene a veces problemas para encontrar temas serios con que cubrir su compromiso semanal. Eso nos pasa, a todos, por supuesto. Y lo comprendo. Yo mismo podría verbigracia, en momentos de desesperación argumental, o de mucha prisa, dedicar también una página al uso de la coma, la ausencia del punto y coma, y el resto de la puntuación en la digna prosa de mi vecino, por ejemplo; tema delicado si de plantear criterios ortográficos personales, gustos u ortodoxias se tratase. O, a glosar ciertas almogavarías de la sintaxis que también se permite a veces, seguramente en momentos de exceso de tabaco, ofuscación o euforia. Podría hacer todo eso, o quizás dejar de hacerlo aún haciéndolo sin hacerlo del todo, pero no quiero hacerlo y no lo hago, o tal vez sí. Porque además suelo ganarme la vida —blasfemar no es pontificar— sin dar consejos públicos a los colegas, ni tocarles las narices salvo cuando en los anuncios les ponen cerca más tetas que a mí. O cuando me buscan demasiado las ganas. Entonces sí que se me desbordan los criterios y la navaja. Consideremos, por tanto, esto de hoy sólo como una mesurada apostilla al articulo redondil del otro día. Una respuesta contenida, casi amariconada de puro suave. Tan afectuosa, mesurada y paternal como aquella homilía dominguera de mi primo. lncluso mas. El caso es que todo podría quedar ahí si quedase, pero no queda. Porque resulta que, en su amistosa reprensión, mi vecino de página hizo doblete. No satisfecho con darme útil doctrina brasileña, se quejaba además de que yo dedicase dos líneas a un viejo amigo mío, el periodista y escritor Raúl del Pozo, que al parecer no lo es suyo. Y si lo anterior me sorprendió, esto aún me tiene patedefuá. A fin de cuentas, cada cual conserva los amigos y enemigos que le place, en su territorio se lo guisa y se lo come bajo su responsabilidad, y a mí nunca se me ocurrió irle fiscalizando al rey de Redonda las filias ni las fobias que profesa o se busca, que también son unas cuantas. Vaya por delante que no escribo ahora para defender a Raúl del Pozo; ni para justificar el mucho aprecio que desde hace casi treinta años le tengo a ese veterano burlanga y vieja puta de la tecla. Entre otras cosas, porque el mentado dispone de columnas con su firma para solventar, si se tercia, querellas particulares que no sé cuáles son, ni me importan. Así que allá se las componga mi vecino con él, y que no le pase nada. La cuestión que me interesa precisar es de índole más personal. Y podría resumirse diciendo que en esta página que escribo desde hace siete años, y mientras me permitan seguir escribiéndola y la paguen a tocateja, me reservo el derecho de mencionar a los amigos que me salga de los cojones.

Aclarado eso, tampoco quiero despachar el asunto sin una acotación a lo que apunta mi vecino sobre cruzarle la cara a Raúl del Pozo cuando se lo encuentre. Si tan perentorio es el impulso, lo felicito, porque nada más fácil. Puede encontrarlo por las tardes en el café Gijón de Madrid, y allí cruzarle cuanto estime oportuno, si el otro se deja. Sería bonito un duelo entre gente de la hoja, tradicional, a la antigua. Yo mismo me ofrecería como padrino; pero resulta que tengo amistad con ambas partes —de uno soy leal camarada, y del otro viejo cómplice—, y no sabría dónde ponerme cuando llegase la hora de meter mano a las toledanas. Una solución honorable sería, quizás, que mi vecino y compadre se hiciera acompañar de ciertos amigos suyos a los que él también cita de vez en cuando, poetas y plumíferos varios, alguno de los cuales se me antoja tan mierdecilla y miserable como a él le parecen los míos; pero cuyas menciones no le atajé nunca hasta hoy, por respeto y por estas proverbiales timidez y delicadeza, harto notorias, que tanto me caracterizan y tanto me lastran y tanto me cortan. Así, mientras mi vecino va y cruza la cara del otro, yo podría írsela cruzando también a unos cuantos soplapollas amigos suyos. Y como dice el chiste del ratoncillo chulo, si tienen gato, que se lo traigan.

22 de octubre de 2000

lunes, 9 de octubre de 2000

El expreso de Milán


Hay una película de Joseph von Sternberg, protagonizada por Marlene Dietrich, que siempre me sedujo de modo extraordinario. Se llama El expreso de Shanghai, y con algunas novelas de Agatha Christie, Graham Greene, el poema de Campoamor —Habiéndome robado el albedrío / un amor tan infausto como mío— y cosas de Paul Morand o Valery Larbaud, contribuyó desde niño a alimentar en mi imaginación un mito fascinante: el de la dama misteriosa a bordo de un tren. La belleza enigmática, viajera con origen y destino desconocidos, que mi abuelo, viejo caballero hábil en el eufemismo y sus matices, definía como una mujer con un pasado. Supongo que antes ocurría también a bordo de los barcos, con extrañas pasajeras que miraban el mar; y en las diligencias, como Amparo Rivelles en El clavo, esa magnífica película de Rafael Gil basada en el relato de Pedro Antonio de Alarcón. Los viajes eran más largos y daban de sí: uno veía a la dama y se disponía a vivir con la imaginación El tren expreso. Ahora todo queda resuelto en unas prosaicas horas, y con los aviones ya ni eso. El caso, les decía, es que cada vez que me crucé a bordo de un tren con una mujer hermosa y elegante que viajaba sola, no pude evitar encajarla en esos esquemas literarios, cinematográficos y casi sentimentales. Confieso que las más seductoras me parecieron las que leían, porque podía observarlas sin el molesto tropiezo accidental con sus ojos —siempre me aterrorizó que me confundieran con un imbécil de los que se creen a punto de ponerle el hierro a una yegua—, y porque además añadían al misterio personal el del libro que estaban leyendo. Tampoco eran desdeñables las que miraban todo el rato por la ventanilla, con su reflejo en el cristal y la mirada ausente en vaya usted a saber qué. Tal vez porque ni les gustaba el lugar de donde venían, ni les interesaba el lugar a donde iban. Recuerdo a esas mujeres inolvidables, con ninguna de las cuales cambié nunca una palabra: la del expreso de Lisboa que se parecía a Silvana Mangano, la que bebía coñac una noche en la estación de Burdeos cuando yo tenía dieciséis años, el pelo largo y una mochila al hombro, o la elegante sudanesa acompañada por una sirvienta que me ofreció un insólito cigarrillo en el tren desvencijado que nos llevaba de Jartum a Kassala, y que ni siquiera respondió a mi "thank you”. Durante toda mi vida las coleccioné una por una como un álbum de fotos bello y enigmático. Y el otro día, en un vagón del tren rápido Roma-Milan, me creí a punto de añadir una imagen a todas las otras.

Subió en Florencia. Treinta años largos, calculé a ojo mientras la veía sentarse. Italiana en el espléndido sentido de la palabra: morena, ojos grandes, ropa sofisticada, zapatos de calidad. Pequeñas estridencias de moda, pero dentro de lo que puede tolerársela a una mujer hermosa que sabe llevar con el mismo gusto la ropa y los excesos. Había, observé, unos leves cercos oscuros bajo sus ojos, de insomnio o de pesar, o tal vez de simple fatiga; y eso bastaba para dar calidez y densidad al conjunto. Con diez años menos no habría sido tan atractiva. Es la vida lo que le da encanto, me dije. Lo que ella sabe de sí misma y de los demás, y lo que tú ignoras.

Entonces abrió el bolso y extrajo de él un teléfono móvil. "Pronto”, dijo en italiano. Hola. Estaré ahí dentro de un par de horas. Y a continuación, durante casi todo ese tiempo, estuvo hablando con media Italia pese a que la voz de la azafata recordaba por megafonía que los teléfonos sólo debían usarse en las plataformas de los vagones. Pero lo cierto es que a mí me daba igual. Asistía, fascinado, a la demolición ante mis ojos de todo un mito. La dama misteriosa, bella y elegante, la belle dame sans merci, la mujer que durante cuarenta años de mi vida lectora, espectadora e imaginativa, había poblado sueños viajeros, trenes y barcos que pasaban en la noche, tenía una charla ordinaria y frívola a más no poder. Aquella en concreto era, para que me entiendan, absolutamente tonta del culo; y el misterio más apasionante que pude desvelarle fue que Grazia —que debía de ser otra importante gilipollas— estaba harta de un tal Marco, y que ella —mi ex dama misteriosa— dudaba entre comprar un Fiat diesel o uno de gasolina. Estuve un rato mirando el vacío, me temo que con un apunte de sonrisa tonta en la boca. Y luego abrí el libro que tenía sobre las rodillas. Por fin averigüé, pensaba al pasar las páginas, lo que, en el mejor de los casos, la seductora dama del expreso de Shanghai tenía en la cabeza cuando entornaba los ojos lánguidos entre el humo de su cigarrillo egipcio: la hora del colegio de sus hijos y una cita con la esteticista para depilarse las piernas. Y me sentí extrañamente ligero, como quien se divorcia después de cuarenta años de matrimonio con un fantasma.

8 de octubre de 2000

domingo, 1 de octubre de 2000

Poner una llave en Flandes


Empezó como una broma hace un par de años, cuando la presentación en Madrid de El Sol de Breda. Estaba tomando una copa con Jean Schalekamp, mi traductor holandés, y con Jan Hekking, otro hereje flamenco que nació en Breda pero que, como Jean, vive en Mallorca desde el saco de Amberes, o casi. Alguien dijo que sería divertido devolver a Holanda la llave que Justino de Nassau entrega a Spínola en el lienzo de Velázquez; y yo, que debía de estar completamente etílico, dije no se hable más. Me encargo de buscarla. Luego, por supuesto, olvidé el asunto; pero los dos malditos holandeses no se olvidaron, y organizaron el evento con la tenacidad que tienen los rubios de allí. De manera que hace poco telefoneó Jean Schalekamp para comunicarme que en Breda me esperaba el alcalde para que le devolviera la llave. Le pregunté que si estaba majara, no fastidies, colega, que mi ofrecimiento era pura coña; pero Jean, con absoluta seriedad calvinista, respondió que en Holanda, coñas las justas.

Me entró el pánico que pueden suponer. A ver de dónde saco yo, pensé, la llave de Spínola a estas alturas. Con Ayuntamiento y autoridades de por medio, la cosa no podía resolverse con la llave del buzón de mi casa o cualquier otra comprada en el Rastro. Así que puse a los amigos al tajo, busca, Fido, busca, hasta que al fin Antonio Cardenal, que es productor de cine y tiene experiencia en conseguir cosas raras, me dijo: tranquilo, chaval, no te agobies, que he encontrado tu puta llave. En un anticuario, certificada del siglo XVII. Y por cierto que me ha costado una pasta, cabrón. Pero te la regalo. La llave, en efecto, era un tocho de hierro de palmo y medio, idéntica a la que pintó Velázquez; y además Antonio, que tiene sentido del atrezzo, le había puesto unos cordones y unas borlas que daba gloria verla. Así que la metí en el equipaje y cogí el avión. Menudo chalet debe de tener éste, pensarían los picoletos de Barajas al ver aquel pedazo de hierro por los rayos X.

La verdad es que en Breda los holandeses y el que esto firma nos reímos un huevo. Primero fuimos a dar una vuelta por Ginneken, Terheyden y los lugares donde se desarrollaron el asedio y las escenas del libro; y fue emocionante visitar las huellas de un antiguo baluarte que conserva su forma en el bosque, con los taludes y trincheras cavadas por los zapadores de los tercios; cerca del cual aún se encuentran restos de la batalla, como los ocho cuerpos de soldados españoles muertos en 1624 que aparecieron hace poco con sus armas y crucifijos al cuello no lejos de Breda, en Gilze. Imagínense, por otra parte, mis diálogos con los holandeses. Aquí os jodimos bien, decía yo, perros luteranos. Os dimos las del pulpo. Maldito papista, contestaba el otro, que os mandamos con vuestra Inquisición a freír espárragos. Pregúntale a aquella morena guapa que pasa por ahí quién fue su abuelo, contraatacaba yo. Seguro que se llamaba Manolo. Violadores y traganiños, eso erais, me respondían. A mucha honra, etcétera. Todo eso con mucha cerveza y mucha guasa.

Luego, por la tarde, fue el acto oficial. El Ayuntamiento estaba lleno de invitados y de periodistas, y las autoridades holandesas encaraban el asunto con una simpatía sorprendente. Ante una reproducción de La rendición de Breda que hay en el salón principal, saqué la llave y le dije al alcalde que le juraba por mis muertos que era la de verdad, y que disculpara si no me inclinaba al dársela como había hecho Justino de Nassau con Spínola; pero que si lo hacía, los huesos de los españoles enterrados en Flandes iban a removerse en sus tumbas. Así que me limitaba a darle un abrazo. Nos lo dimos, hubo fotos, copas y charla. A buenas horas, pensaba yo, íbamos en España, o como se llame ahora, a asumir esta murga con tan buen humor y tanta clase, haciendo de ella un agradable pretexto para refrescar la memoria, la cultura y la historia. Allí negaríamos hasta la españolidad de Velázquez, y todo cristo aprovecharía para hacer demagogia barata; con el resultado de que en el lienzo Nassau le estaría entregando la llave al representante de vaya usted a saber qué. Y nadie se haría responsable, porque eso de los tercios y las lanzas suena sospechoso, a centralismo bélico-franquista. Así que lo mejor es no saber dónde está Flandes, ni estudiar qué carajo pasó allí, y que maldito lo que nos importe. Para rematar, me presentaron al obispo de Breda. Y yo, que iba por la quinta copa, le dije que me holgaba, pardiez, de ver in situ a un representante de la verdadera religión; y que gracias a los viejos tercios de infantería española, él todavía iba con uniforme de cura católico y no vestido de pastor hereje. Leña al luterano, ilustrísima, añadí, hasta que duela la mano. Y que se mueran los calvinistas y los feos. Y el pobre obispo me miraba como diciéndose: no estará hablando en serio, este animal.

1 de octubre de 2000