Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 25 de febrero de 2001

El gusano de la manzana


Les hablaba hace dos semanas del chuletón de ternera y de que de algo hay que morir; y hoy sigo con la misma murga, porque un amigo me comentaba hace un par de días que, tal y como se ha puesto el patio de Monipodio, al final habrá que comer sólo pescado y verdura. Después mi amigo se quedó pensando y añadió que eso, claro, hasta que descubran que el pescado se engorda con harina de avestruz loca, y la verdura es transgénica, berrenda en negro y escobillada del pitón izquierdo por parte de padre. Que todo se andará, apunté yo. Que todo se andará.

Y la verdad es que mi amigo tiene razón. El ser humano es tan desalmado y tan perro cuando de conseguir beneficios inmediatos se trata, que le da lo mismo dos que veinte, y el que venga detrás, que arree. Hace poco le oí comentar a un inversionista en bolsa, con toda la razón del mundo, que no comprendía por qué cuando él arriesgaba una inversión y perdía, su desastre financiero se lo tenía que comer él solito con patatas; y sin embargo, cuando un ganadero golfo llena a sus vacas de hormonas y harinas sospechosas para triplicar la producción y luego le sale la vaca majara o el marrano mal capado, es el Estado, o sea, los contribuyentes, quienes tenemos que reembolsarle las pérdidas. La verdad es que yo tampoco veo eso muy claro, y me gustaría que alguien me lo explicara un día de estos. Si no es molestia. Porfa.

De cualquier manera, y volviendo a lo del pescado y la verdura, dudo mucho que vaya por ahí la solución. Me juego lo que quieran a que a estas alturas ya hay algún hijo de puta ingeniándoselas para multiplicar en pocos meses los beneficios que el aumento en el consumo de pescado puede producirle si se espabila a tiempo. Yo en eso ando con la mosca tras la oreja desde que las doradas y las lubinas y otros peces antaño de lujo, que en mi mocedad costaban un huevo de la cara, bajaron su precio casi hasta el de las sardinas; y eso, casual y sospechosamente, en tiempos en que el mar se parece cada vez más a un campo de exterminio nazi, y los delfines y las ballenas y los salmonetes que quedan salen a las playas a suicidarse porque están hasta las pelotas de nadar entre basura. Es que son de criadero, te dice ahora el dueño. Y cuando oigo eso del criadero me dan escalofríos, porque vete a saber la quimioterapia, o como se diga, que los bichos esos, como todos los demás, tienen que estarse tragando para lucir tan gordos y con tan poco sabor dentro. Así que, bueno. A los que somos muy de pescado a la plancha y pescadilla frita, más nos vale tragar, glubs, con estoicismo senequista de algo hay que palmar, como decía aquél, sin cavilar demasiado en lo que engulles.

Y no crean, cacho pardillos, que con las frutas y las verduras se van a ir ustedes de rositas. Porque ésa es otra. A ver si no les parece sospechoso como a mí, por poner un ejemplo, que ahora todas las manzanas sean redondas, limpias y perfectas, sin una sola mácula en la piel, todas con los mismos colores amarillentos o reflejos rojizos, que hasta el mismo número de manchas tienen cuéntenselas e incluso el rabito de todas y cada una mide exactamente los mismos milímetros. Y lo que me acojona más que nada es que no tengan gusanos. Ni uno, nunca. Antes mordías una manzana y te sabía a manzana, y a veces descubrías que había medio gusano moviéndose en el agujero del mordisco, y después de blasfemar un rato te consolabas con el pensamiento de que lo que no mata, engorda; y que si la manzana era buena para el cabrón del gusano también era buena para ti. Con lo que separabas con el cuchillo el cachito del bicho y te comías el resto tan campante. Ahora fíjense cómo será la cosa, que una de dos: o a los gusanos ya no les apetecen las manzanas y a mí tampoco, porque casi todas saben a pepino, o a las manzanas les ponen algo para que no tengan gusanos. Y a ver quién me demuestra que lo que es malo para el gusano no es malo para el hombre, habida cuenta de la escasa diferencia que uno aprecia a menudo entre ciertos hombres y ciertos gusanos.

Pero es que ni lo del gusano prueba nada. Porque no les quepa duda de que el ingenio, el ansia de enriquecerse y la poca vergüenza, que a menudo hacen letal triunvirato, resolverían también esa cuestión. En el preciso momento en que la gente empezara a reclamar gusanos en las manzanas como prueba de comestibilidad, o como se diga, las manzanas saldrían al mercado cada una con su correspondiente gusano: ya fuera un gusano auténtico de pata negra, inyectado con modernas técnicas japonesas, ya fuera un gusano sintético, de plástico o de vaya usted a saber qué, capaz incluso de decir buenos días o bailar la Bomba. Un gusano simpático del que se harían dibujos animados y camisetas, y que al final saldría hasta en los crispis para que los niños lo conservaran como mascota. Puag.

25 de febrero de 2001

domingo, 18 de febrero de 2001

"El Ideal Gallego" me toca las narices


Hoy vengo caliente, porque es de esos días en que me avergüenza haber sido del oficio; aunque cuando lo pienso llego a la conclusión de que el oficio que desempeñé durante veintiún años –alguna vez dije que yo era un mercenario honrado- nada tiene que ver con lo que hoy comento. El caso es que hace unos días estuve en La Coruña, con los alumnos de varios colegios. Hace tiempo que no doy conferencias ni charlas, salvo en caso de que me líen los amigos a quienes no puedes mandar a hacer puñetas; pero con los colegios es diferente. Algunos leen tus libros y trabajan con ellos, y no puedes negarte a dar la cara ante los chicos, si dispones de tiempo. Además, te hacen la tentadora oferta económica de un bocata y una coca-cola; y ya me contarán quién se resiste a eso. El caso es que varios colegios de La Coruña habían estado trabajando con las aventuras de Alatriste; y como estoy algo mayor para andar de colegio en colegio, decidieron juntarse todos los alumnos en un mismo sitio, y someterse a un tercer grado sobre el asunto. Acudí, charlamos hora y media, y yo aprendí más que ellos. Lo de siempre.

Hablé de libros y de lectores, claro. Respondí a sus preguntas lo mejor que pude, e insistí en lo que insisto a menudo: en la cultura como antídoto frente a la estupidez y el fanatismo. Una cuestión delicada la planteó un jovencito al preguntar cuáles son los valores que más admiro. Tengan en cuenta que el problema cuando hablas con chicos es que el más tonto navega por internet, y con ellos no puedes pasarte ni quedarte corto. Así que dije la verdad. Tras advertirles de que podía estar tan equivocado como cualquiera, hablé un rato sobre el valor, la dignidad y la consecuencia del que lucha por aquello en lo que cree. El problema con eso, dije, es que a veces te lleva a contradicciones y terrenos peligrosos; porque al final, según ese razonamiento, puedes terminar respetando más a un terrorista que mata que a un político tramposo y sin escrúpulos. Y dicho aquello, siendo obvio que no pueden dejarse así las cosas ante chicos de quince a diecisiete años, añadí que, naturalmente, hasta la coherencia personal tiene una frontera que no se puede traspasar: “Por eso quiero dejar claro que hay un límite: el fanatismo y la estupidez. La consecuencia debe llevar hasta el límite que te da el sentido común. Por eso, para evitar el fanatismo y la estupidez es tan necesaria la Cultura”.

Todo parecía estar claro, pero había periodistas en la sala. O para ser precisos, había algunos que recogieron con exactitud lo que allí se dijo. Y también había un redactor de El Ideal Gallego. Su información, según comprobé con el fax que un amigo me hizo llegar al día siguiente, era razonable. Pero en los periódicos, ya se sabe. El redactor resume y a veces titula, el jefe de sección corrige el título, y al final el redactor jefe o el director, según los casos, sacan a portada tal o cual titular, modificándolo si lo creen conveniente. De ese modo, pese a que mis palabras estaban recogidas en cinta magnetofónica –de ahí las acabo de reproducir- y pese a que el texto de la información reflejaba más o menos lo dicho, el titular que salió en páginas interiores era una peligrosa simplificación: Pérez-Reverte: “Prefiero a un terrorista convencido que a un político tramposo”. Lo que, convendrán ustedes conmigo, es una forma subjetiva y sobre todo incompleta de plantear el asunto. Sin embargo, el redactor jefe, subdirector o tonto del haba cualquiera que estuviese de guardia esa noche en el Ideal, decidido a honrar mi visita a los colegios coruñeses con honores de portada, la cosa debió de parecerle excesivamente larga, o con poca garra; pues, fiel al viejo principio periodístico de que la realidad nunca debe estropearnos un titular, decidió anunciar en primera página: “Pérez-Reverte dice que prefiere a un terrorista que a un político” Con dos cojones. Y con lo cual, supongo, si yo fuera padre de un joven gallego o de cualquier otra variante de joven, lo primero que haría sería pedir que se prohíban, no ya los textos, sino la entrada del mentado Pérez-Reverte en cualquier centro escolar decente, amén de exigir que quienes llevaron a sus alumnos para que el antedicho les soltara tamañas barbaridades fueran expulsados para siempre de la enseñanza y, a ser posible, fusilados por la espalda y al amanecer.

No hay moraleja, o que la ponga cada cual. He sido del gremio y sé cómo se cuecen estas cosas, y también sé lo que pasa cuando intervienen la irresponsabilidad o la mala fe. Son gajes del oficio; lances a los que está expuesto quien abre la boca en público. Pero resulta que a veces las cosas llegan demasiado lejos, y entonces tú vas y te dices, pardiez, por qué voy a dejar que estos tíos se vayan de rositas, si puedo responder, o matizar. Así que ustedes dispensarán si utilizo –creo que por primera vez en ocho años- esta página para esa clase de asuntos tan particulares. Pero hoy necesitaba decir que en El Ideal Gallego trabajan dos o tres soplapollas.

18 de febrero de 2001

lunes, 12 de febrero de 2001

De algo hay que morir


Me encantan la foto y la frase. La foto es de hace unos pocos días, la tengo recortada de un periódico y sujeta con chinchetas junto al ordenador, y en ella se ve a un paisano cincuentón, o sea, uno corriente, de infantería, con la boca abierta, tenedor en una mano y cuchillo en otra, mientras se calza un chuletón de ternera que da gloria verlo, de dos por dos palmos, tostado por fuera y poco hecho por dentro, como debe ser, canónico, con su correspondiente botella de vino. Pero lo mejor es el titular que recoge las palabras del gachó: «De algo hay que morir», dice mientras engulle. Tan campante. Con un par.

Confieso que cuando miro esa foto no puedo evitar un calorcillo de simpatía. El del chuletón, según cuenta el texto, ha estado comiendo carne toda su puta vida, y no está dispuesto a cambiar de costumbres, a sus años, ni por las vacas locas, ni por la ministro de Sanidad ni por la madre que la parió. En eso me recuerda al autor de mis días, un caballero que palmó a los setenta y tantos largos, y cuando en las últimas de Filipinas lo trincábamos fumándose un cigarrillo en plan clandestino decía: «A mi edad, más vale morir de pie que vivir de rodillas». y por lo visto, el del chuletón opina lo mismo. Espongiforme o no, estuvo comiéndoselo con mucho gusto y provecho toda su vida, cada vez que se lo permitía el bolsillo; ya estas alturas no va a cambiar de costumbres porque a una peña de gobernantes golfos y ministros sinvergüenzas europeos, españoles incluidos, con su imprevisión, su táctica del avestruz y su miedo a afrontar la realidad, hayan puesto patas arriba la confianza de los consumidores. Ya lo mejor no es mal modo de encarar el asunto. Uno sigue comiendo chuletones como si tal cosa, zampa que te zampa, y cuando dentro de unos años le diagnostiquen que el cerebro se le está deshaciendo a miguitas por las orejas, se come el último chuletón, se fuma un puro, pasa por El Corte Inglés para comprar un bate de béisbol o un buen garrote de nudos, y luego se da una vuelta por los ministerios de Agricultura y de Sanidad; y si puede, también por la presidencia del Gobierno. La ventaja en España es que no hay riesgo de equivocarse, porque como aquí nunca cesan a nadie, todos los responsables seguirán sentados en sus despachos como si tal cosa, o como mucho habrán cambiado de ministerio, o estarán en algún sitio oficial, enganchados a la teta de la otra vaca la vaca que siempre ríe, como Rómulo y Remo a su loba. Así que será fácil topar con ellos y darles, zaca, zaca, las gracias.

De cualquier modo, en algo va encaminado el del chuletón. Tal y como está el patio, uno no puede ir por la vida obsesionado con todo lo que come, porque entonces el acto de jalar se convertiría en absoluta paranoia, e íbamos a pasar más hambre que un divorciado sin abrelatas. Además, si uno lo piensa, resulta que de toda la vida hubo epidemias, peste, cólera, viruela, infecciones, triquinosis, envenenamientos por setas y cosas así, y la gente no armaba tanto escándalo con eso de morirse. De vez en cuando venía la mala racha, uno palmaba solo, por docenas o por millares, y punto. Lo único que ha cambiado es que antes el óbito individual o colectivo era por azares naturales y por causas más o menos primitivas que corrían a cuenta de los designios divinos; y cuando había mediación humana o se atribuía a alguien, con razón o sin ella, cogían al presunto responsable y lo asaban en la plaza pública o lo descuartizaban entre cuatro caballos. Ahora las causas suelen ser la irresponsabilidad y la codicia de golfos, comerciantes y políticos sin escrúpulos, a los que lamentablemente ya no se descuartiza, sino que se ampara con subvenciones estatales o se los confirma en sus cargos para evitar crisis gubernamentales que dan mala prensa en Europa. En lo demás, las cosas no son tan diferentes de lo que eran. Lo que pasa es que nos hemos amariconado mucho, y ahora nadie quiere trabajar duro, ni que le duela nada, ni morirse ni harto de vino, y no fumamos ni bebemos, y andamos mirando las etiquetas para que todo sea aséptico, incoloro, inodoro e insípido, y vivamos lo suficiente para que entre los hijos y los yernos nos lleven al asilo a hostias y allí sigamos viviendo veinte años más, por lo menos, tan felices con nuestra sonda y nuestro marcapasos y nuestro braguero, viendo al chófer de Rociíto en Tómbola y pellizcándole el culo a las enfermeras cuando nos traigan el puré de guisantes. Y olvidamos, como bien nos recuerda el paisano del chuletón, que una cosa es cuidarse y otra obsesionarse; y que a fin de cuentas de algo hay que morir. Que a cada generación le toca bailar con la más fea que le deparan el azar o la época. Y que durante siglos los seres humanos han vivido los azares de la existencia y luego se han muerto como al fin, con chuletón o sin él, nos moriremos todos. Pero sin darle tanta importancia y sin armar tanto escándalo. A ver quién cojones nos hemos creído que somos.

11 de febrero de 2001

lunes, 5 de febrero de 2001

Menuda tropa


De todo este tinglado de las vacas locas y de la madre que las parió -luego dirán que me obsesiono, pero ya es casualidad que también la madre que las parió sea una vaca inglesa-, la conclusión principal que he sacado confirma algo que en los siete u ocho años que llevo tecleando este libelo semanal repetí alguna vez: España, o lo que sea esto, es un reino de taifas dividido e insolidario, donde cada cual se lo monta a su aire. Y por cierto: a los imbéciles que creen que utilizar la palabra España es indicio de centralismo patriotero, como uno que escribió el otro día acusándome de reaccionario y de facha por decir España y no Estado español, que según él es lo adecuado, lo progresista y lo moderno, diré que en algo tiene razón ese fulano; porque lo de Estado español es, en efecto, un término relativamente moderno -fue adoptado por el franquismo y luego usado igual por los cantamañanas del Pesoe que por los pichatibias del Pepé-, mientras que la palabra España -Hispania- ya la escribían los historiadores latinos, a quienes importaba un carajo que veinte siglos después Xavier Arzalluz se dedicara a la política.

En cualquier caso; algún nombre colectivo hará falta, digo yo, para aludir a esa amalgama indefinible de caínes, analfabetos y navajeros que vivimos entre los Pirineos y el estrecho de Gibraltar, y que en momentos de crisis solemos manifestarnos en todo nuestro esplendor. Porque, volviendo a las vacas locas, no sé como andará el manicomio vacuno a la hora de publicarse esta página; pero en el momento de parirla llevamos mes y medio de pajarraca, y si algo queda patente es, primero, la descoordinación, el egoísmo y la mala fe existentes entre las diversas autonomías; y segundo, la flojera operativa de un Gobierno incapaz de coordinar decisiones, prevenciones y soluciones, con la ley y con esa Constitución, de la que tanto pía, en la mano. Las fotos de vacas patas arriba en una Galicia caciquil que sigue en manos de la derecha más cutre, las chorradas ministeriales con los huesitos de caldo, la falta de rigor y el alarde de imprevisión, irresponsabilidad e incompetencia, la arrogante ignorancia y el servilismo abyecto de algunos tertulianos de radio, han dado pié a un espectáculo bochornoso, infame, vil, hasta el punto de que ya no te fías ni de un simple vaso de leche. Y si, como sostienen algunos, los gobiernos centrales son malos que te rilas, los múltiples gobiernos locales, virreyes y reyezuelos que nos manipulan, nos mienten, nos corrompen y nos enfrentan, no hacen sino agravar el daño y marranear la cosa. Entre unos y otros han conseguido dejar claro lo fácil que es que esto se vaya al carajo.

Imaginen ustedes, si eso pasa con una crisis más o menos lógica en un mundo que enloquece con la ambición y la falta de escrúpulos, lo que podría ocurrir con una tragedia de verdad, de las que realmente cambian la sociedad y la historia de un país. No quiero pensar, aquí donde todo el mundo barre para casa y el vecino que se las apañe, lo que veríamos si una epidemia seria o una contaminación grave -que el Tíreles hiciera pumba yéndose de verdad a tomar por saco, por ejemplo, o cualquier vertido tóxico de Mariano e Hijos a la alcantarilla o a la acequia más próxima esparramara el agua que usamos para beber y para la higiene. El agua no es un capricho para la barbacoa del domingo, sino algo imprescindible; y precisamente por eso, me juego lo que quieran a que asistiríamos a una guerra a muerte no ya sólo de autonomías, sino de pueblo con pueblo y vecino con vecino, cortando unos el agua, desviando tal río o tal cañería, negándole o volcándole los camiones cisterna al otro, matándonos a escopetazos de lado a lado de las cercas, cortando el tráfico en las autopistas y descarrilando trenes, con los obispos esperando a ver quien gana para pronunciarse, y los bomberos, protección civil, los mozos de escuadra, los ertzainas, la policía, los picoletos y hasta los vigilantes de Prosegur cada uno por su lado, zancadilleándose unos a otros -eso ocurre ya, sin crisis de por medio- según instrucciones precisas de sus respectivos consejeros y ministros de Interior. Y, por supuesto, todos y cada uno de los golfos y caciques y los demagogos que presiden cada respectivo feudo, poniéndose a la cabeza, faltaría más, de cada asedio y cada bloqueo y cada linchamiento, mientras aquí no dimitía ni Cristo bendito, y el ministro de Economía aseguraba en el telediario, después de que lo maquillaran con cemento, que bueno, que no todo es negativo, y que España sigue yendo bien porque la industria de agua embotellada ha centuplicado sus ventas y sus precios y sus beneficios, y eso siempre ayuda a crear puestos de, ejem, trabajo. Alarma social, dicen. Yo sí que estoy alarmado socialmente. Estoy acojonado con la cantidad de hijos de puta que pueblan el país en el que vivo. Y de eso la culpa no la tienen las vacas.

4 de febrero de 2001