Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 25 de marzo de 2001

Rule Britannia


Si es que no puede ser. Por más que uno lo intenta y le pone buena voluntad, las cosas son lo que son. Mira que ya me tenía casi convencido mi vecino el rey de Redonda de que en materia de ingleses y de perros soy un ultrameridional de lo más abyecto, o sea, que lo mío es pura xenofobia pero mirando para arriba: quiero decir que un moro o un negrata o un sudaca me caen de maravilla, pero veo a un rubio tomando cerveza y diciendo gudmornin y se me pone un vello rojo y me vuelvo Doctorjeckyll -el conocido autor de Crimen y castigo-, o mister Hyde, o Frankenstein; o como se llame ese personaje al que cuando salía la luna llena se le ponía una mala leche espantosa. Que a mi lado el obispo de Solsona, su colega Setién, Marta Ferrusola, Heribert Barrera y el Dúo Sacapuntas Arzalluz y Egíbar, con sus catilinarias continuas contra maketos, charnegos y emigrantes con el RH cambiado, o sea, contra toda esa chusma advenediza que no habla lo que se debe hablar ni reza donde se debe rezar, pero al final exige derecho a comer, y derecho a opinar y derecho al voto si los dejas, y está jodiendo de mala manera las esencias de las madres patrias respectivas, son tacitas de tila y valeriana comparados con el arriba firmante. Estaba ya casi convencido de todo eso, o sea, de que soy tan intransigente, tan reaccionario y tan cabroncete como ellos, o aún más si cabe. Que cabe poco. De manera que, para combatir esa perversa tendencia mía, había decidido dedicar una temporada a hacer ejercicios espirituales con el Tristam Shandy y las hermanas Bronte, comprarme todas las películas de Kenneth Branagh y James Ivory, mandarle un libro dedicado al Orejas -inconsolable viudo de lady Di- y pasar mis próximas vacaciones tomando té en Oxford. Les aseguro a ustedes que en ese propósito de enmienda estaba, cuando hete aquí que el otro día todos mis buenos propósitos se fueron al carajo.

Les cuento. Iba yo por la calle Mayor de Madrid, dando un paseo camino de Las Vistillas. Un paseo que me prometía apacible, hojeando el catálogo de la librería náutica de Tarragona Cal Matías. Iba tan campante, decía, cuando de pronto caí en la cuenta de que había elegido un día nefasto para pasear, pues no paraba de cruzarme con energúmenos auIlantes en grupos de seis o siete, todos varones, con el pelo muy corto, claros síntomas de intoxicación etílica y extrañas camisetas amarillas. Les juro a ustedes por la cobertura de mi móvil –ahora llevo uno, a veces- que no tenía ni idea de quién era aquella peña. Así que me acerqué a un guardia. «¿y todos estos hijoputas?», pregunté. «Es que hoy juegan el Leeds y el Madrid», respondió, mirándome como si yo fuera gilipollas. Di las gracias y seguí adelante sin entender muy bien la relación directa, y por lo visto obvia, entre el hecho de que esa tarde jugaran el Leeds y el Madrid, y que las calles estuvieran llenas de animales borrachos que gritaban en jerga bárbara, molestando impunemente a la gente y haciendo gestos obscenos. Qué cosas, pensé. Qué cosas.

Delante de mí, calle Mayor abajo, caminaba un rebaño de esas malas bestias. Y les doy mi palabra de honor de que nunca he visto, en cosa de cuatrocientos metros y en el espacio de diez minutos, tantas barbaridades juntas. Allí no había rastro de James Ivory: todo era puro Ken Loach. Iban mamados hasta la madre que los parió, por supuesto; y en ese trayecto tuvieron tiempo para molestar a cuantas mujeres se cruzaron con ellos, amenazar a dos operarios de Telefónica que estaban sentados comiéndose sus bocadillos en la acera, quitarle el casco a un albañil que trabajaba en una obra un poco más allá, cambiar alaridos en la lengua de Shakespeare con otro grupo similar de cerdos borrachos que vomitaba al otro lado de la calle, orinar en un portal y caerse dos al suelo al llegar al semáforo de la calle Bailén. Hubo un momento en que coincidí con ellos allí, junto al semáforo, cavilando: ahora estos agropecuarios hijos de la gran puta también la toman conmigo, y si se pasan mucho no tendré más remedio, por la negra honrilla, hay que joderse, que coger las llaves del coche que llevo en el bolsillo y abrirle la cara a uno, al más bajito si puede ser, que a ese le llego, antes de que me den de hostias hasta en el cielo de la boca; que guapo me van a poner aquí, mis primos, y el puente que llevo en las dos últimas muelas me lo van a incrustar en el esófago. Pero hubo suerte y siguieron camino hacia el Viaducto, ignorándome. Y yo pensé: en mala hora se le ocurrió al alcalde poner paneles de metacrilato, porque con un poco de suerte se inclinaban a mirar, y con la castaña que llevan igual se caía alguno, aaaaaah, chof. Y angelitos al cielo.

Pero no cayó esa breva. Mi único consuelo fue que por el camino, la meadilla se la echaron casi en la esquina de la casa de Javier Marías, al que además le gusta mucho el fúmbol. Ya eso, colega, se le llama justicia poética.

25 de marzo de 2001

domingo, 18 de marzo de 2001

Se van a enterar


Ay, qué risa, tía Felisa. Resulta, según los expertos que saben de estas cosas, que a medida que avance el siglo, y hacia el 2050, España se irá convirtiendo en un país con ocho millones y pico de habitantes menos y la población más pureta del mundo: pocos yogurcitos y la tira de vejestorios decrépitos. Para que se hagan una idea: si esto tenía en 1951, cuando yo nací, el triple de habitantes que Marruecos, dentro de otro medio siglo los vecinos de abajo tendrán el 60% más de tropa. Y también un porcentaje similar añadido de ganas de comer caliente. En cuanto al panorama que para esas fechas tendremos aquí arriba, no saben lo que me alegro de no estar para verlo, entre otras cosas porque la sola idea de durar tanto me da una pereza enorme. Además, prefiero hacer mutis a tiempo, ahorrándome las incómodas vivencias que experimentarán los españoles cuando aquí no trabaje ni produzca ni cristo bendito, y no haya quien pague las pensiones, y la sanidad pública se haya convertido en una perfecta casa de lenocinio, y los concursos y programas musicales de la tele estén llenos de abuelos bailando los pajaritos, y los asilos no den abasto, y nueve de cada diez ciudadanos vayan por ahí con la próstata hecha una mierda y la sonda puesta, sin otros temas de conversación en la cola del autobús que el reúma y la artrosis y el Parkinson y el hijoputa de mi hijo, oyes, que hay que ver cómo pasa de mi, el canalla.

Lo malo, como siempre, es que los responsables de todo eso tampoco estarán aquí para que alguien les parta la cara. A unos, a los ciudadanos de a pie, por permitir con nuestro silencio cómplice y nuestros votos mal aprovechados que la improvisación, la imprevisión y la poca vergüenza de gobiernos, patronales y sindicatos desparramen impunemente los polvos que traerán tales lodos. A otros, a los mentados, por ser incapaces de adelantar medidas inteligentes, políticas sociales activas que reduzcan el vía crucis en que se ha convertido la vida profesional-familiar, y den a la gente cuartelillo para el futuro. Porque calculen cuántos hijos van a atreverse a tener quienes viven en la precariedad de contratos basura, rehenes en manos de empresarios cuya impunidad avala el Estado, con bancos sin escrúpulos que chupan hasta la última gota de sangre, con absurdas universidades que vomitan miles de parados sin trabajo estable ni perspectiva de tenerlo, en este país de insolidarios, chapuceros y mangantes donde para recoger tomates hay que contratar a abogados ecuatorianos, para encontrar un fontanero hay que llamar a un ingeniero polaco, y donde todos nos quejamos del desempleo, pero sale una convocatoria de puestos de trabajo para subir ladrillos a una obra y no se presenta nadie, porque las palabras europeo y albañil resulta que ahora son incompatibles, cosa de negros, y de moros; y lo que todos queremos, no te fastidia, es trabajar tres días a la semana, a ser posible tocándonos los huevos como representantes sindicales, y que nos paguen una pasta.

Así que en realidad no me da mucha pena que todo se vaya al carajo, porque nos lo hemos ganado a pulso. Y si nuestros hijos se ciscan en la madre que nos parió cuando se den cuenta del panorama que les dejamos como herencia, que se fastidien o que se espabilen. Y una forma de espabilarse será abrir las puertas de una vez, con criterio pero sin reservas y sin tanto la puntita nada más, a esa inmigración que para entonces ya no sólo será útil, sino imprescindible. A nuestros nietos nos les quedará otra que acoger a todos esos africanos, magrebíes, hispanoamericanos y ucranianos que vendrán en oleadas cada vez mayores a buscarse la vida, dándole marcha de una repajolera vez a este apolillado, reaccionario y miserable lugar. Y se mezclarán con nuestros nietos y nietas, y habrá, como en otros países, policías negros y ejecutivos sudacas y militares moros, y perderemos unas cosas y ganaremos otras, porque así es la vida y la historia de los pueblos. Y España, que pese a lo que sostienen cuatro fanáticos y cuatro tontos del culo fue siempre tierra común y de mestizaje, lo seguirá siendo con mayor intensidad aún. Y tendremos unos nietos cruzados de mandinga y de tuareg que estarán como quesos, y unas biznietas mulatas con ojos eslavos y cuerpazo colombiano que van a hacer que cada vez que un turista inglés vuelva a Manchester le pegue una paliza a su Jennifer, como revancha. Y todos esos Heribertos, Egíbares, Ferrusolas y demás paletos imbéciles que andan obsesionados por la pureza racial de su parroquia y las costumbres ancestrales del pueblo de Astérix y de la fiesta patronal de Villacenutrios del Canto, se van a joder pero bien jodidos, cuando sea un moro maketo de Tánger el que les cambie los dodotis en el asilo, o cuando a su Ainhoa le altere el RH su novio peruano al preñaría, o su Jaume Lluis tenga una nieta que se llame Montserrat Mustafá Ndongo. Vayan y háganles una inmersión lingüística a ésos. A ver si se dejan.

18 de marzo de 2001

domingo, 11 de marzo de 2001

Damas y bucaneros


Llevo un par de semanas partiéndome de risa. Tal vez recuerden que hace tiempo mencioné la página de internet que Corso, un amigo a quien no tengo el gusto de conocer, montó en la red sin pedirme permiso. Esa página ha crecido de forma espectacular, con treinta y tantos mil visitantes y un foro donde salteadores informáticos como el pirata Pepe y sus colegas del ciberespacio se congregaron cuando lo de El oro del rey en internet. De allí se independizó un asiduo, alias Decadix, con otra página llamada Callejón de los Piratas, especializada en rescatar viejos artículos míos. El caso es que a veces me doy una vuelta por una y otra sin decir ni pío, para cotillear. Lo más concurrido es el foro de Corso donde la gente mantiene una antigua y pintoresca relación, con habituales como Filemón, Jetulio Pencas, Balkan, Juan Gaudí, El Arponero Juan, Sorel, Haddock, Ciberpuma, Starbuck, T.S., Chimista. — imposible citarlos a todos—, convertidos en respetados veteranos. Hasta hay Uno Que Dice Ser Yo. Y que por supuesto no soy yo.

El caso es que mi vecino el rey de Redonda también tiene su página, creada por una lectora fiel. Una y otra coexistían pacíficamente, con estilos parecidos a sus titulares: más bronca la del foro revertiano, con un sector marinero, otro sector pirata, un grupo de espadachines fanáticos de Dumas, Feval y Sabatini, poetas quevedianos, anarquistas que van por libre, y un par de hijos de puta que suelen ponerme a parir firmando Carabel y Mayúsculo. En cuanto a la página de mi vecino Marías, el tono resulta más pacífico, marcado sobre todo por lectoras educadas que firman Cordelia, Ofelia, Morgana, y hablan de Jane Austen, de las hermanas Bronté, de Shakespeare y de cosas así. El caso es que, el otro día, una de las chicas de Marías se dio una vuelta por el foro piratesco; y, escandalizada, dejó un mensaje comentando lo zafios que eran sus habituales. La primera respuesta le vino de Sebas el Maño, rudo hermano de la costa del foro revertiano, que desembarcó en la isla redondina con las del turco, llenándola de mensajes donde lo más suave eran palabras como «internado de monjas» o «chochitos». Ofendidas, las Ofelias y Cordelias respondieron en la página enemiga, calificando a sus habituales de groseros y maleducados, y aconsejándoles leer a Marías para refinarse un poco. Y ahí fue Amberes. Porque el tal Sebas el Maño volvió a la carga; y también el gran Filemón —un histórico del foro, que sabe de mí más que yo mismo— tomó cartas en el asunto, choteándose de las presuntas chochitos por pretender ponerles a los piratas cortinas de cretona malva y un lazo rosa en la cola del ratón del ordenador. Y entonces, en zafarrancho general, toda la fiel chusma bucanera sin dios ni amo acudió al abordaje —¿Estamos en guerra?, preguntaba Surama desde Méjico—, invadiendo la página mariana dispuesta a saquear y a violar sin freno a las Ofelias y Morganas, cual milicianos en convento de monjas, y todo fue un rifirrafe de ataques y contraataques, llevados a cabo, eso sí, con una guasa y un ingenio desternillantes por ambas partes.

Por fin, tras la polvareda, en ambas páginas quedó un rastro de botellas de ron vacías, alguna falda rota, y la bandera negra de la calavera tiene ahora amarrado al mástil un sujetador de la talla 95. Como resumió el —o la que— usa el nick Oberon contemplando el paisaje tras la batalla, las embestidas e incursiones de las hordas piratas en el oasis cibernético del foro mariano, entre gritos y rasgar de bragas, insultos, puñetazos, mordiscos y besos, han sido dignos de figurar en los anales de argonautas y aventureros, sección expedicionarios rudos y damiselas receptivas. Con una grata conclusión: el mundo es ancho, en él cabemos todos, y nunca puede decirse con este filibustero no beberé o esta doncella no me asombrará en la cama. Porque ahora la relación entre ambos foros es de lo más singular, con tipos duros como Haddock y Jetulio y otros frecuentando amistosamente el foro de las perras inglesas —que han descubierto las emociones y humedades propias de un asalto de los viejos tercios—, y con animalotes como Sebas el Maño poniéndose colorados y reconociendo la casta de damas como Cordelia, que ya alterna sus tes de las cinco en Oxford con visitas cargadas de morbazo al foro de los corsarios; y además ha conseguido que el rudo Sebas, convertido de tigre bucanero en tímido tigretón de crema, coma en su mano como un corderillo, mientras reconoce a regañadientes que, cagüendiela, también en el foro mariano hay tías con un par de huevos. Lo que demuestra, una vez más, que las viejas y buenas historias siguen siendo posibles en el cine y en los libros, y hasta en internet y en la más próxima realidad, porque son eso: buenas y hermosas historias. Y porque hay gente con sueños, humor e imaginación, capaz de revivirlas siempre.

11 de marzo de 2001

domingo, 4 de marzo de 2001

Sobre imbéciles y champaña


Supongo que se habrán fijado, como yo, en la manía que le ha dado a la gente que gana premios y carreras y cosas así de coger una botella de champaña, agitarla bien para que coja fuerza, splash, splash, y luego regar a la concurrencia con el chorro de espuma, poniendo perdido a todo cristo. Ahora ya no hay Gordo de lotería, ni fiesta de cumpleaños, ni carrera de motos, de coches o de lo que sea, que no termine con espuma de champaña a diestro y siniestro mientras el personal parece encantado de que lo chorreen, yupi, yupi, y todavía pide más, dispuesto a gastarse lo que haga falta en lavandería con tal de participar en la fiesta. Uno, es un suponer, recorre cinco mil kilómetros haciendo el niñato gilipollas en un coche que vale una pasta, y después de atropellar a un dromedario, dos perros y siete negros, llega el primero de vuelta a Madrid o a Dakar o a donde le salga de la punta del clarinete, y entonces, para expresar su alegría, al muy imbécil no se le ocurre otra cosa que agarrar un mágnum de cinco litros y poner perdidos a los fotógrafos y a las cámaras de la tele, y a las topmodel pedorras esas que suben al podio para dar el premio y dos besos y siempre sonríen caiga lo que caiga, a la espera de poder contar en Tómbola cómo se lo hicieron con Jesulín, trámite imprescindible para hacerse famosas y enseñar el felpudo en Interviú.

Aunque peor es lo de los premios. Porque el del Gordo que acaba de embolsarse trescientos kilos, para dejarlo claro y que sepan lo contento que está y la marcha que lleva en el cuerpo, entra en el bar de la esquina, invita a los amigos, agarra el Codorniz o el Gaitero, según haya cobrado ya o todavía deba pasar por el banco, y a todos los que no han tenido premio ni han tenido nada y andan por allí cerca blasfemando para su coleto, los salpica con el chorro de espuma para que compartan su alegría, el muy soplapollas. Y si hay cámaras delante y posibilidad de verse en el telediario, entonces, en vez de agarrar al de la botella e inflarlo a hostias, que es lo natural y lo que antes solía hacerse en tales casos, la gente se ríe, y baila, y se abraza y aplaude al borde del mismo orgasmo, y dice suerte, suerte, que esta espumita trae suerte, y hasta saca a la suegra con un vasito de plástico en la mano para que salga con la permanente chorreando en lo de María Teresa Campos. Los subnormales.

Decía el otro día el gran Manolo Vicent, que es amigo y es marino y es mediterráneo, algo que no me resisto a transcribir literalmente: “No creo que haya existido una época en que los cretinos hayan sido tan apabullantes, ni los tontos hayan mandado más, ni la idiotez haya tratado de meterse como la humedad por todas las ventanas de las casas y los poros del cuerpo”. Y eso es algo rigurosamente cierto. Nunca en la historia de la Humanidad hubo un tiempo como éste, en el que gracias a ese multiplicador perverso de conductas que es la puta tele y sus consecuencias, gracias al mimetismo social que imita hasta el infinito la propia imbecibilidad y nos la devuelve bien gorda y lustrosa, alimentada de sí misma, el ser humano ha alcanzado cotas en apariencia insuperables, pero que demuestra ser capaz de superar día a día.

Hubo otros tiempos, claro, de memez y fanatismo, porque eso va ligado a lo irracional de la condición humana. Hubo, naturalmente, histerias colectivas, epidemias mentales, modas ridículas y todas esas murgas. Pero nunca hasta ahora fue tan rápido el contagio ni tan devastadores sus efectos. Cualquier gilipollez, la más tonta frase, canción, gesto, moda, difundida por la televisión a una hora de máxima audiencia, es adoptada en el acto por millones de personas a quienes uno supone en su sano juicio; y luego te la tropiezas aquí y allá, en todas partes, imitada, superada, desorbitada hasta límites increíbles, machacona y definitiva, cantada, bailada, repetida en el metro, en el autobús, en boca incluso de quienes por su posición o criterio deberían precisamente mantenerse al margen de todo eso. Y así terminas viendo a Clinton bailar Macarena en vísperas de que la OTAN bombardee Kosovo, a un ministro justificando su gestión política con una frase de Gran hermano, a presuntos respetables abuelos de ochenta años bailando los pajaritos en Benidorm, a irresponsables cretinos conduciendo cual si llevasen de copiloto a Carlos Sainz, o a un gilipollas con un décimo de lotería en el bolsillo salpicando a los transeúntes como si estuviera en el podio del Roland Garros, con los salpicados mostrándose felices con la cosa, y locos por que les llegue el turno para hacer lo mismo. Y comprendes que unos y otros no son sino manifestaciones del mismo fenómeno y de la misma estupidez colectiva, que nos tiene a todos bien agarrados por las pelotas. Y miras todo eso y te preguntas, si tú lo ves tan claro, cómo es que no lo ven claro los demás. Hasta que un día, como el padre Damián en Molokai, te miras al espejo y dices: maldita sea mi estampa. También yo he trincado la misma lepra.

4 de marzo de 2001