Último libro de Arturo Pérez-Reverte

lunes, 30 de abril de 2001

Mil millones de rayos


Las cosas que tiene la vida. Estoy en París de la Frans de entrevistas y cosas así por mi última novela traducida al gabacho, y sentado muy serio en el hotel respondo a las preguntas de éste o aquel periodista sobre esto y lo otro, ya saben, el impulso creativo y todo eso que te pregunta la gente para poner de manifiesto que no se ha leído el libro ni falta que le hace; y encima te miran raro cuando dices oiga, yo escribo porque contando historias me lo paso de puta madre. Para angustias creativas y recherches de I'inspiration perdú vaya y pregúntele a Vicente Molina Patedefuá o a uno de ésos que viven de los suplementos literarios y del cuento sobre la obra maestra que en realidad, criaturitas, no escriben porque no quieren. Yo sólo le doy a la tecla: sujeto, verbo, predicado, planteamiento. Nudo y desenlace. Una vulgaridad. Un simple Tusitala de infantería, sin columna en las páginas de cultura de El País. El caso es que en esas te pasas el día. Larga que te larga. Y luego llega una fotógrafa que es clavada a Elizabeth Sue pero en franchute, y a ti se te cae el café en el pantalón mirando adivinen qué. Y sales en las fotos con cara de gilipollas. Que esa es otra. Pero lo peor de todo es que te ha pasado el día mirando el reloj en busca de un rato libre, de un hueco para saltar a un taxi y escaparte a la plaza del Trocadero, casi encima de la torre Eiffel. Porque allí, en el museo de la Marina, está la exposición temporal Mille sabords! -mil portas de cañón, o mejor mil rayos, en traducción libre-, subtitulada Tintin, Haddock y los barcos. Y eso, con novela o sin novela mía de por medio, no estoy dispuesto a perdérmelo por nada del mundo.

Algunos de ustedes comprenden lo que quiero decir. Quienes, como el arriba firmante, jugaron al ajedrez con el general Alcázar, resolvieron el enigma de los tres Unicornios -«Tres hermanos juntos navegando al sol del mediodía...»- o se enfrentaron con el submarino pirata del capitán Kurt al timón del Ramona en aguas del mar Rojo mientras Haddock rompía a martillazos al telégrafo de órdenes, sabrán a qué me refiero. Compartirán lo que sentí cuando, al fin, liberado por un rato de compromisos editoriales, crucé la puerta del museo entre una nube de escolares pequeñajos y ruidosos que caminaban de dos en dos, cogidos de la mano. Y al fondo, en las últimas salas del museo gabacho -bastante menos dotado, por cierto, que el magnífico museo naval de Madrid-, caminé despacio, como quien recorre una catedral, por las escenas expuestas, por lugares que eran tan familiares a mi memoria que los habría reconocido sin necesidad de rótulos ni láminas explicativas. Allí estaba la historia de una amistad legendaria: el vínculo establecido entre un joven reportero de mechón rubio y un borrachín capitán de la marina mercante, que habría de llevarlos a través de los mares y desiertos, a las heladas cumbres del Tíbet ya los silenciosos cráteres de la Luna. Ese largo camino yo también lo había hecho con ellos, página a página, sueño a sueño, y su historia también era mi historia. Tintin, Haddock, Milú, yo mismo. Por eso al recorrer aquellas salas me sentía recorriendo mi propio pasado. Todo empezó con una lata de cangrejo, naturalmente. Luego, el Karaboudjan en el muelle. La camareta del Aurora durante una tormenta. La estrella misteriosa. El libro de memorias del caballero Francisco de Hado que, comandante del navío real Unicornio. El Sirius alquilado al capitán Chester. La sala de marina del castillo de Moulinsart... Era mi infancia la que pasaba ante mis ojos, y de nuevo sentía erizárseme la piel como cada vez que abría una de aquellos álbums -me niego a escribir álbumes- que todavía conservo y hojeo con devoción y más cuidado que si manejara un Quijote de Ibarra. Otra vez me sentía frente a la aventura apasionante del viaje, la observación, la deducción y la resolución de un enigma a cuyo término ya no eres el mismo, pues tu vida se ha modificado en alguna de las múltiples direcciones que ofrecen el azar o el destino. Y todo eso junto a un perro fiel, y junto a un amigo duro y bronco -¿qué más se puede pedir?-: un marino barbudo, alcohólico, más furibundo que el pélida Aquiles, aficionado a encadenar insultos y juramentos:

Bachibuzuc, bebe-sin-sed, zuavo, negrero, tecnócrata, sajú, pirómano, Fátima de baratillo, anacoluto, coloquinto, ecto- plasma, paranoico, imbécil. O ese definitivo e inolvidable: iMil millones de rayos!

Así que si ustedes son de los que conocen el whisky Loch Lomond y el significado de la enigmática frase ametrallador con babero, y resulta que van a París a presentar una novela o a lo que sea, dejen esta vez el Louvre para los japoneses; la Gioconda Va a seguir allí, esperándolos igual que las furcias de la rue Saint Denis. En vez de eso, ya saben: plaza del Trocadero -tiene estación de metro-, museo de la Marina, exposición Mille sabords!, abierta hasta el 21 de noviembre. No todos los días puede uno tocar con sus propias manos el submarino del profesor Tornasol.

29 de abril de 2001

lunes, 23 de abril de 2001

Esas nuevas marujas


Marujas, o Maripilis, o como se llamen. Salía yo del bar de Lola y de pronto vi pasar un meteorito, zuaaaaas, y salté a la acera como quien busca el burladero delante de un Victorino. La muy perra, me dije. Estoy vivo de milagro Y hay que ver cómo cambian los tiempos y cambia la gente, y cambian ellas. Las miras y no las conoces, colega. Hasta hace nada, ayer mismo, enternecía verlas al volante de su Ibiza o su R-5 con la L de novata en el cristal trasero, a su marcha y ojo avizor, prudentes y por el carril correcto, dándole al intermitente cada vez que iban a realizar una maniobra. Hasta ponían ese mismo intermitente a la izquierda cuando adelantaban a un ciclista -algo, por cierto, que antes hacía todo cristo, y que ahora no hacen ni los picoletos de la Guardia Civil-. Por lo general, ellas solían ser más seguras y prudentes conduciendo que la mayor parte de los masculinos animales de bellota que las miraban con infame choteo, o que tocaban innecesaria e injustamente el claxon para que dejaran libre el paso, faltaría más, a los reyes de la carretera. A la cocina, decían. Hembra tenías que ser. Etcétera. Y daba cargo de conciencia verlas zaheridas por analfabetos cenutrios, por groseros tiñalpas que no les llegaban ni al tacón del zapato. Cretinos que ojalá hubieran tenido la mitad de seguridad, de educación y de prudencia al volante de la que esas mujeres mostraban en la carretera.

Qué tiempos aquellos, oigan. Las Marilolis del Seat Panda me ponían blandito por dentro, lo juro, cuando entre los bocinazos, las frenadas y las maniobras agresivas de los varones, las veías conducir acoquinadas, las manos en el volante y los dientes apretados, intentando mantener el tipo con dignidad o salir del embrollo donde la viril agresividad que las rodeaba, tan sobrada ella, las metía cada vez más. O te causaba admiración la firmeza con que otras veces, seguras de sí, persistían firmes en sus trece, respetando la limitación de velocidad, culminando impertérritas la maniobra que las impacientes bestias que consideran suya la carretera procuraban entorpecer con ráfagas de luz y clarinazos. Esa es La Mujer, querido Guatson, decía yo para mis adentros. Mi eriza favorita. Con dos cojones. Les habría pedido que pararan para darles un par de besos, smuac, smuac, de no temer que me interpretaran mal.

Pero de eso hace la tira. Ahora muchas parecen convencidas de que para igualarse a un hombre basta con imitar sus vicios. O tal vez lo que ocurre sea que en el fondo todos, hombres y mujeres, tenemos dentro las mismas taras de agresividad y estupidez, y ahora la vida permite a la mujer exhibirlas con la misma impunidad social que al hombre. En fin. Sea lo que sea, la causa me importa un huevo de palmípedo. El resultado es lo que cuenta. Y el resultado es que ahora ves pasar a doña Marujilla a toda mecha, puuumba, rompiendo la barrera del sonido como si llegara tarde a una cita con Rusell Crowe -que desengáñate, amigo y vecino Marías, es al que de verdad se quieren calzar todas ellas-. O lo que es peor, miras por el retrovisor y te la encuentras allí de sopetón, cielo santo, pegada a tu parachoques como una garrapata y dándote ráfagas de luces o toques de bocina, mec, mec, en plan Correcaminos, para que dejes de tocarle los ovarios y cedas en el acto paso franco, arrojándote a la cuneta si es preciso. Por lo general, esa nueva Maripepa, azote de las carreteras nacionales, tiene entre veintitantos y cuarenta años y muy mala leche. Ya es frecuente verla al volante de coches de gran cilindrada, aunque también se da la variedad de las que arrean con cochecillos pequeñajos e incluso casposos; pero, eso sí, a toda pastilla, o sea, al límite de lo que dan, roooooar, y que en la primera curva, lógicamente, se van a tomar por saco. Esas últimas suelen ser estudiantes o jóvenes de poder adquisitivo medio-bajo, o esposas a las que el legítimo les deja el coche viejo para que no den la barrila, en vez de venderlo cuando se compra el nuevo que sólo toca él. También abunda mucho, en niveles económicos desahogados, la variedad conductora del 4X4: Toyotas, Cherokes y cosas así. Esta clase de torda económicamente solvente acostumbra a llevar niños y/o perros en los asientos traseros; y cuando se pega la hostia, aparte de matar a los niños y/o al perro -ella suele sobrevivir con nariz nueva y collarín, como Rociíto- suele matar a otros, porque esa masa de hierro a ciento ochenta por hora es mucha masa. En cualquier caso, en la carretera, con casi toda clase de coches, la tipa estándar que te tropiezas acostumbra a llevar puestas unas gafas de sol, un cigarrillo en la mano izquierda y un teléfono móvil en la derecha, y de vez en cuando mueve el retrovisor para retocarse el maquillaje, aunque vaya a toda pastilla. Por lo que siempre terminas sospechando, tras lógica deducción eliminatoria, que esas pavas manejan el volante a ciegas, y con los implantes de silicona.

22 de abril de 2010

lunes, 16 de abril de 2001

Ritmo marcial


Yo no sé si es que nos hemos vuelto idiotas con eso de la moda y el diseño, o como se diga. Pero lo que está pasando no es normal. Enciendes la tele, y en mitad del telediario, entre los diez mil muertos del terremoto y lo último sobre Milosevic -con quien, por cierto, nuestro incombustible Javier Solana se hacía fotos, muy sonriente y pelotillero, hace siete u ocho años-, repito, en mitad de todo aparecen unas topmodels con esos andares que ahora por lo visto son inevitables en la profesión, clic, clac, golpe de cadera a la derecha, golpe de cadera a la izquierda, naturales que te vas de vareta, mientras el reportero o reportera te cuentan, sin que les tiemble la voz lo más mínimo, lo imprescindible que es la nueva colección de Chichita Goicoechevarrieta O'Shea para la cultura moderna. Y no se crean que lo de la cultura moderna lo digo a lo tonto; porque al día siguiente, nunca falla, vemos las fotos de ese desfile en las páginas de Cultura -antes iba en las de Sociedad, pero eso era antes- de los más acreditados diarios nacionales. Incluso las revistas y suplementos dominicales -incluido éste- nos obsequian a menudo con veinte o treinta apasionantes páginas de señoras y señores guapos y flacos mirando el horizonte, con pies de foto explicando que la corbata es de Luchino y Cochetti, que las gafas son diseño aerodinámico de Calvin Ramoni, y que las bragas son de algodón strecht de Tommy Gilipollifiger. No quiero ni pensar la de pasta y la de soplapollez que tiene que estarse meneando por ahí, al fisty-fisty -que como todos saben significa cuarto y mitad-. Pero esa es otra historia.

Lo que yo quería contarles es que el pasado fin de semana me topé con un amplio reportaje sobre lo que se lleva esta temporada, que es lo militar. A los mangantes que ya no saben que inventarse para que la gente sea un poquitín más frívola y tonta del culo cada día, se les ha ocurrido que lo que debe vestirse ahora son los colores caqui y verde, y los estampados de camuflaje típicos de la indumentaria castrense, con cinturones de los que sirven para llevar pistolas y granadas y cosas así. Y para animar a la gente sobre lo moderno y lo elegante que es ir por la calle disfrazados de Rambo, a los diseñadores o a los fotógrafos o a no sé quién coño se les ocurrió hacer y publicar a doble página una foto en la que hay siete u ocho modelos y modelas -me extraña que las feministas chorras, los políticos y los cretinos de plantilla no utilicen ese brillante neologismo- agazapados en un bosquecillo de pinos, vestidos la mitad de militares y la otra mitad de civiles. Los militares, que son tres modelas hembras y un modelo macho, tienen expresión dura e intrépida, miran a la cámara como Chuck Norris y visten una mezcolanza de indumentos que más que una colección de moda parece fruto de una incursión de albañiles por el Rastro. Los civiles, dos mujeres y un hombre, visten ropa normal -es un decir porque lo más barato vale 80.000 calas-, tienen la cara maquillada con manchas para expresar angustia, sufrimiento y cosas así, y una de las mozas se tapa los oídos con gesto que se autosupone aterrado. Para completar el cuadro todos miran hacia arriba, como esperando de un momento a otro la bomba malvada que los mandará a tomar por saco. Ritmo marcial dice el titular. La ropa de inspiración militar marca el paso de la temporada.

¿Y saben lo qué les digo?... Pues que mirando esa foto con mucho detenimiento, mientras recordaba escenas que nadie me contó ni vi en la tele, pensé: pero qué inaudita irresponsabilidad. Además de frívolos, qué estúpidos y qué miserables. Ojalá les tocara a ellos verse así alguna vez, y que unos cuantos serbios o croatas le arreglaran el cuerpo. Tal vez les cambiara la perspectiva encontrarse mirando de verdad hacia arriba agazapados entre los matorrales, esperando la bomba, el tiro, los soldados que te arrancaran de los brazos de tus padres o de tu marido para llevarte a un burdel y violarte durante semanas y meses. Correr por la nieve con tu hijo en brazos, como perros acosados. Verte mutilado sin ni siquiera una aspirina. Acabar en las fosas comunes apestando a sangre y a moscas. Pero con qué derecho, pensé, una panda de cabrones que sólo piensa en lucrarse a toda costa, que se exprime la olla temporada tras temporada en busca del más difícil todavía y no se detienen ante nada con tal de facturar una pasta, se ponen a manipular ciertas imágenes, ciertas situaciones, ciertos horrores que para miles de infelices son realidad diaria, pesadilla, cementerios. Y todo eso porque a un fotógrafo de moda se le ocurre una foto impactante -doble página- y los diseñadores de la campaña publicitaria se frotan las manos. Cojonudo, oyes. Tan original y eficaz lo tuyo. Enhorabuena porque vamos a vender un huevo. Pero qué mundo de mierda y qué moda de mierda, concluí. Pero cómo se atreven. Pero qué hijos de la gran puta.

15 de abril de 2001

domingo, 8 de abril de 2001

El comandante Labajos


El otro día encontré su nombre por casualidad, en un reportaje sobre el intento de volar el parador nacional de El Aaiún, en 1975, cuando los marroquíes entraron en el Sáhara. A un militar español se le fue la olla y quiso cepillarse al estado mayor del general Dlimi -un importante hijo de puta, dicho sea de paso-, y otro militar español, un comandante de la Territorial, fue al parador, desmontó la bomba y le dijo al dinamitero que como volviera a jugar a terroristas le daba de hostias. Ese comandante de la Territorial se llamaba Fernando Labajos, había pasado la vida en África con la Legión y con tropas indígenas, y era duro de verdad. Flaco, moreno, la cara llena de cicatrices y mostacho negro. No de esos duros de discoteca que van por ahí marcando cuero y posturitas, sino duro de cojones. Además era mi amigo. Lo era tanto que cuando escribí aquella gamberrada histórica titulada La sombra del águila, lo reencarné en el concienzudo capitán García, del 326 de Línea. Y le dediqué el librito, a él y a un saharaui que estuvo bajo sus órdenes antes de unirse al Polisario y morir peleando en Uad Ashram: el cabo Relali uld Marahbi. Ahora también Fernando Labajos está muerto. Y aunque tenía los tres huevos fritos de coronel en la bocamanga cuando dejó de fumar, yo siempre me refiero a él como el comandante Labajos. Así lo conocí, y así lo recuerdo.

Hay cosas de mi larga relación sahariana con el comandante Labajos que no contaré nunca, ni siquiera ahora que a él ya le da lo mismo. Resumiré diciendo que era de esos tipos testarudos y valientes que lo mismo aparecen en los libros de Historia con monumentos en la plaza de su pueblo, que se enfrentan a un consejo de guerra, se comen una cadena perpetua o son fusilados en los fosos de un castillo. También tenía sus lados oscuros, como todo el mundo. Y el hígado hecho polvo, porque era capaz de echarse al cuerpo cualquier matarratas. Muchos de sus subordinados no lo querían, pero todos lo respetaban. Yo lo quería y lo respetaba, entre otras cosas porque me cobijó en su cuartel cuando llegué al Sáhara de corresponsal con veintitrés años y cara de crío, porque me hizo favores que le devolví cuando se jugó la piel y la carrera, y sobre todo porque una noche que los marroquíes atacaron Tah, en la frontera norte, y el general gobernador prohibió ir en socorro de los doce territoriales nativos de la guarnición para no irritar a Rabat -ya saben: esa digna firmeza española de toda la vida-, Fernando Labajos desobedeció las órdenes y organizó un contraataque. Para que quedase constancia de sus motivos si algo salía mal, me llevó con él en su Land Rover, a modo de testigo; y nunca olvidé aquellos setenta y cinco kilómetros rodando de noche hacia la frontera, los territoriales españoles y nativos embozados en sus turbantes en los coches, entre nubes de polvo, con el general histérico por la radio ordenando que la columna se volviese y Fernando Labajos respondiendo sólo con lacónicos «sin novedad», hasta que se hartó y apagó la puta radio, y a la vuelta no lo encerraron para toda la vida en un castillo de puro milagro, o tal vez porque había un periodista de testigo.

Ya he dicho que está muerto. De coronel, pues no quisieron ascenderlo a general. Muerto como lo está el cabo Belali, que aquella noche era uno de los doce nativos cercados en Tah. Como lo están el teniente coronel López Huerta, el teniente de nómadas Rex Regúlez y algunos otros que marcaron mi juventud y mis recuerdos. Muertos como el joven y apuesto Sergio Zamorano, el reportero Miguel Gil Moreno, el guerrillero Kibreab, el croata Grúber y algunos más -parece mentira la de amigos que llevo enterrados ya-. Qué cosas. Uno lleva todo eso consigo sin elegir llevarlo. Simplemente porque forma parte de su vida; y a veces se encuentra, sin proponérselo, dialogando con sus fantasmas ante una foto, una botella de algo, un recuerdo inesperado. Nostalgia, supongo. A fin de cuentas, somos lo que recordamos. Siempre hay uno que sobrevive para contarlo, decía el torero Luis Miguel Dominguín. Y un día, callado o ante otros, recuerdas. Lo cierto es que, aunque han transcurrido por lo menos quince años, el comandante Labajos es una de esas sombras más queridas. No sé si en los cuatrocientos cuatro artículos que llevo tecleados en esta página lo mencioné alguna vez. Pero al ver su nombre en el periódico, con la firma de otro, me he sentido extraño. Incómodo. Como si alguien hurgara en algo que me pertenece.

La última vez que lo vi acababa de casarse su hija. Él era el padrino. La boda era en Málaga, y yo fui a verlo al banquete de boda. Estaba con uniforme de gala y todas sus medallas, dejó plantados a los novios y los invitados y nos fuimos al bar a emborracharnos, hasta que vinieron a buscarlo. Ya les he dicho antes que era mi amigo.

8 de abril de 2001

domingo, 1 de abril de 2001

La forja de un gudari


Pues la verdad es que no sé de qué carajo se sorprenden. Parece que los haya pillado de sorpresa el hecho de que los gudaris tengan ahora veinte años y sean analfabetos y fanáticos. Parece mentira, dicen. Todos esos jóvenes descarriados y manipulados, etcétera. Los oyes y parece que todo haya sido un descubrimiento reciente, un fenómeno espontáneo del que nadie se hace responsable. Cada vez que veo al lehendakari Ibarretxe llorando en público -el político más valorado del País Vasco, ojo- sobre lo malos que son los malos y cómo se niegan a portarse bien cuando se les piden las cosas por favor, y veo a Anasagasti, que toma distancias desde que a su señora madre quisieron hacerla carbonilla en un autobús, o veo a Arzalluz irritado porque los chicos de la gasolina se han vuelto chicos de la pistola y chicos del mando a distancia y lo están fastidiando más a él y al PNV que a los ocupantes españoles, que es a quienes tendrían que fastidiar -por lo menos-si tuvieran las ideas claras, sigo preguntándome si alguien se siente culpable de algo en este país de caraduras y primaveras en el que tengo la desgracia de vivir. Si alguien conoce el significado de las palabras responsabilidad y remordimiento.

A estas alturas no es ningún secreto que el retrato robot del etarra de nueva generación es el de un individuo muy joven, fanático, educado en el odio y a violencia, de bajísimo nivel cultural e intelecto no demasiado vigoroso. Y cada vez que aparece en la tele una foto, los datos biográficos confirman ese perfil. El detalle en el que nadie entra es que esos jóvenes suelen tener exactamente el mismo número de años que el PNV gobierna en Euskadi con amplísimas atribuciones que han convertido el País Vasco en una de las dos autonomías -la otra es Cataluña- más avanzadas e independientes de Europa. Porque allí no son los malvados españoles centralistas los que forman a la juventud, ni quienes traen el ambiente político adecuado para que estos jóvenes anhelen liberar su patria oprimida. Es el PNV el que lleva dos décadas formando a la juventud como le sale literalmente de los cojones. Los planes de estudio, los libros de texto, el corro de la patata en las ikastolas cantando contra lo español y la chusma inmigrante invasora, funcionan hace mucho, no sólo con impunidad, sino con el aliento de los que controlan Ajuria Enea, y de la numerosa clientela que de la teta nacionalista mama y vive. Y con tales antecedentes, oh prodigio, resulta que ahora se sorprenden, mecachis en la mar, de que esos chicos violentos y fanáticos hagan lo que hacen.

De dónde coño, se preguntan, habrán salido. Pero no se trata de ellos solos. Porque en esta peña de fariseos, los otros, españolistas, o hispanovasquistas, o de izquierdas o de derechas, o como se llamen, parece que acaban de despertarse ayer. Hay que ver qué malos y qué falsos son los del Peneuve, dicen. Cómo han consentido y consienten. Pero ellos también han estado la mayor parte de esos veinte años que tienen Asier, o Edurne, o Mikel, dejando hacer y tocándose los huevos. Sabiendo adónde llevaba todo eso, pero bien calladitos para que no fueran a decir de ellos, por Dios, que entorpecían la libertad o el progreso de los pueblos. O para gobernar. Nadie dijo ni pío cuando aparecieron hace quince o veinte años -el Pesoe gobernaba, por cierto, con los votos del PNV, y viceversa- los primeros libros de texto que hablaban de la opresión hispana y de la diferencia racial, en una España donde gracias a la reforma educativa de Maravall y Solana cada perro se lamió su órgano. Todos se callaron como putas, atentos cada cual a lo suyo, y sólo las han piado cuando los que estudiaron -poco, encima- en aquel ambiente y con aquellos libros de texto han empezado a pegarles, como era de esperar, tiros en la nuca. La derecha, porque no se notase mucho que era derecha; y encima va y se despierta no en la primera, sino en la segunda legislatura, y entonces se le ocurre condecorar a Melitón Manzanas. El Pesoe, ya ven. Y la presunta izquierda -que tiene huevos llamarse izquierda con el payaso Fofó dirigiendo Ezker Batúa-, sin reconocer todavía su gran pecado: el gravísimo error histórico, no asumido oficialmente por nadie, de ser boba compañera de viaje del nacionalismo paleto y excluyente, olvidando el hecho de que la izquierda es solidaria e internacionalista, que nunca ha habido un nacionalismo de izquierdas en la puta vida, y que los caciques de pueblo son siempre aliados objetivos de los curas y de la derecha más reaccionaria y cerril. Y no me vengan ahora con eso de que este Reverte qué anticlerical y qué cabrón es, porque ya me sé la copla. Acuérdense de monseñor Setién y del obispo de Solsona. Y cito otra vez, por si se les olvidó, aquello del cura en el púlpito, no recuerdo ahora si mencionado por Unamuno o por Baroja: "No habléis español, que es la lengua de los liberales y del demonio". Así que guárdense las demagogias. Aquí la culpa la tenemos todos. Y en especial los golfos, los cobardes y los imbéciles.

1 de abril de 2001