Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 27 de mayo de 2001

El último héroe


Me sorprende -aunque en el fondo no me sorprenda mucho- que la noticia haya pasado casi inadvertida: un pequeño recuadro en las páginas deportivas de un par de diarios, con foto. Y en la foto se ve a Manolo -Atlético de Madrid B, me parece, aunque no sé mucho de ligas y campeonatos y divisiones- en pleno regate. Manolo es un jugador joven, modesto, con esperanzas, lejos todavía de las cifras millonarias y las páginas de las revistas del corazón y toda esa parafernalia que rodea a los ídolos del fútbol. Y no fue noticia por haber metido un gol, sino por no meterlo. La cosa ocurrió en el minuto ochenta y nueve. Empate a cero. Al equipo de Manolo le faltaban tres puntos para entrar en la liguilla de ascenso. Y en esas el balón llegó a sus pies, y ahí se vio el hombre con el terreno despejado hacia la portería enemiga. Pero cuando se disponía a avanzar y chutar, vio a un rival tendido en el suelo. Entonces se paró en seco, dudó medio segundo y envió la pelota fuera. Sorpresa. Silencio mortal. Fin del partido. Si las miradas matasen, Manolo habría caído asesinado por sus compañeros, su entrenador, los hinchas de su equipo. Pero salió del estadio con la cabeza alta. Entiendo que se enfaden, dijo. Pero hice lo que tenía que hacer.

No sé qué habrá sido de Manolo. Ignoro si en el futuro lo fichará el Barcelona o acabará oscuramente sus días deportivos. Ni siquiera conozco su apellido. Tampoco sé si es un deportista genial o mediocre. Desde mi absoluta ignorancia futbolera -como experto ya tienen a mi vecino el perro inglés- le deseo a Manolo veinte ligas en primera división, y selecciones nacionales, y una pasta gansa, y fotos con la top model más potente que pueda echarse a la cazuela. Pero lo consiga o no, si un día me lo encuentro por la calle y soy capaz de reconocerlo, que no creo, me gustaría decirle que con ese balón que echó fuera consiguió algo más difícil que meter un gol: demostrar que en el tablero todavía hay peones capaces de jugar el juego de la vida con dignidad y con vergüenza. Porque no es lo mismo hacer lo que él hizo cuando eres rico y famoso, en un partido retransmitido por la tele y embolsándote mil kilos al año, que siendo un anónimo tiñalpa, en un modesto encuentro ante unos pocos cientos de espectadores, arriesgándote a que el entrenador te deje en el banquillo o te echen a la calle para el resto de tu puta vida.

En el mundo en que vivimos sobran mitos de jujana. Cuando veo a los analfabetos de Gran Hermano firmando autógrafos, o a Belén Esteban -cielo santo- ocupando portadas de revistas porque se ha ido a Senegal a echar un polvo, comprendo que la chusma en que nos hemos convertido tiene los mitos y los héroes que se merece. Por eso me gustaría agradecerle a Manolo no sus dotes de futbolista, que me importan un carajo, sino que con ese balón que echó fuera demostrara que todavía quedan héroes. Me refiero a héroes de verdad, en el sentido clásico del término: con valores morales cuya observación e imitación pueden hacernos mejores y más nobles. Gente capaz de jugarse el interés inmediato, el lucro fácil, la ocasión, el pelotazo sin escrúpulos que ahora todo cristo busca ciegamente en cualquier estadio de la vida, por mantener algunos principios personales básicos. Por demostrar, aunque sea en un pequeño estadio de fútbol, que aún quedan seres humanos capaces de dar lecciones. De probar que la hidalguía no es un lujo que se permiten a veces los poderosos -a ellos suele salirles gratis-, sino una actitud personal, unas maneras vinculadas a la honradez y a la coherencia: las únicas virtudes admirables que van quedando en este mundo que entre todos, por activa o pasiva, hacemos cada día más infame. Ya he dicho que no sé el futuro que le espera a Manolo. Con ese tipo de gestos dudo que llegue lejos, en esta España envilecida donde a don Quijote lo desterramos o lo acuchillamos en tropel en cuanto anda caído por tierra -mientras cabalga nadie se atreve- y donde quienes de verdad consiguen una ínsula Barataria para recalificar el suelo y llenarla de apartamentos son los ruines sanchopanzas, los eternos supervivientes conchabados con los bancos y las cajas de ahorro, los políticos sin pudor, los alcaldes golfos y los tenderos mafiosos. Pero a pesar de todo eso, o tal vez exactamente por eso, me gustaría decirle a Manolo algo así como oye, chaval, nunca te disminuyas. Porque tú tenías razón, Lo que hiciste en aquel partido no fue una estupidez, ni un gesto inútil, ni una locura. Fue un heroico instante de gloria. Fue -te lo juro- la leche. Así que tómate algo. Estoy seguro de que algunos chicos que sueñan con ser futbolistas, o abogados, o fontaneros, te vieron echar fuera ese balón. Y a lo mejor, en un momento de su vida futura, alguno de ellos imita tu gesto, aunque ya se haya olvidado de ti y ni siquiera recuerde aquel lejano domingo. El último héroe nunca es el último.

27 de mayo de 2001

domingo, 20 de mayo de 2001

Dante e tomanti


Dirán ustedes que últimamente la tengo tomada con la moda y los publicistas y el fashion, y a lo mejor no les falta razón. Aún diría más: tienen razón. Tanta inquina les profeso lo que no está reñido con admirar su talento, porque hay cabroncetes muy inteligentes, que lo mismo que si hubiera un Nuremberg cultural español sentaría en el banquillo a Javier Solana, Maravall, Marchesi ya todos esos padres putativos de la LOGSE, estimo que en caso de proceso judicial a los responsables de la imbecilidad que nos circunda, muchos virtuosos del glamour y las tendencias deberían ser pasados por las armas al amanecer. A fin de cuentas, dice el viejo principio jurídico, quien es causa de la causa, es causa del mal causado. O algo así.

Lo último que se han sacado de la manga es el hombre femenino. Hojeen las revistas y suplementos dominicales, y sabrán a qué me refiero. Salta a la vista que la última estrategia de buena parte de las firmas de moda consiste en proponer una imagen de hombre cada vez más ambigua, más feminizada, que altere los cánones tradicionales. Algo así como cherchez la femme. Y debo confesar que la primera vez que vi un anuncio de esos, me sentí frustradísimo. Uno se pasa la vida intentando parecerse a Rusell Crowe, o a Sean Connery; considerando incluso la posibilidad de afeitarse poco, para raspar, y hacerse un tatuaje en el brazo donde ponga «Cartagena manda huevos» o «Nací para haserte sufrir». Hasta escribes una novela donde el bueno es un rudo marinero de toda la vida. En ésas te dejas la salud dándotelas de macho, procurando marcar paquete de recio bucanero en plan hola, muñeca, qué bueno que viniste, etcétera. Y de pronto, zas, a la hora del colacao y los crispis abres el Hola y te topas con un anuncio de perfume masculino donde sale un marinerito imberbe con camiseta a rayas y gorro blanco, y un corazón tatuado en el brazo, y unos morritos fruncidos, y una cara de guarrindonga que te rilas, que en vez de venir de los Rugientes Cuarenta parece que viene de hacerse una chapa. Y tú dices anda la leche, de qué van aquí, mis primos. Esto es lo que se lleva ahora. Y claro, te desorientas.

No puede ser, concluyes. Es mi mente enferma. Así que vas zumbado al kiosco y te compras todas las revistas. Y compruebas que tu mente enferma nada tiene que ver. Porque Calvete Klin te propone por el morro un efebo con camisa rosa abierto de piernas en una ventana; Ives In Potent, un rubito estrechín con una mano en la cadera y otra acariciándose la melena, y Cesare Cochinottti, un tío desnudo y con barba recostado lánguido en plan aquí te espero Manolo. El resto, lo mismo: Umberto Merino igual pero con jersey; Mosquino que te Fulmino un posturitas con pectorales de los que te pegan y te llaman perra; Dolce Melapela otro rubito con cinta en el pelo sosteniendo una fálica fusta sobre las piernas; Danti e Tomanti un par de ejemplares andróginos de líneas rectas y cabellos lacios que tardas diez minutos en averiguar por dónde dan y por dónde toman. Y así, tutti. Y entre tanta pasta flora, la clave la encuentras por fin en un suplemento dominical, donde se cuenta que los principales consumidores de moda son ahora las mujeres y los homosexuales, que entre varones europeos el consumo medio de los homosexuales es mayor que el de los heterosexuales, y que según sociólogos, psicólogos, e incluso tocólogos, ya no sólo la imagen tradicional del macho viril, sino también la del hombre demasiado masculino se considera políticamente incorrecta; negativa, incluso, en esta demagogia diaria de la que vive tanto especialista del camelo.

Todo eso es inevitable, supongo. Me refiero al camelo ya la teoría social de cada coyuntura. El problema es que tú vayas y te lo creas, seas homosexual o no, y des por sentado que a todos los gays y a todas las señoras les gustan ahora los nenes de mantequitas blandas, tipo Leonardo di Caprio, y además en tonos fucsia. Porque en eso de la moda puede pasar, por ejemplo, que digas vale, me han convencido. Voy a vestirme de maricón para no parecer un cerdo machista. Y entonces dejes de peinarte como Manolo Escobar, tires la camisa modelo El Fary, quemes el traje que luciste en el estreno de Torrente-2, y luego te adereces moderno según el look actualísimo de Fiu Fiu, lo completes con un pantalón de cuero Jilichois, te vayas al bar de Lola, y allí te apoyes con el cigarrillo en alto y un codo en la barra, lánguido como si fueras un modelo de Olivier Nemefrega, y pidas un jumilla para bebértelo en plan sensible, acariciándote el mentón. Y puede ocurrir, claro, que Lola -treintena larga, morena, hembra de bandera- que tiene una foto de Harrison Ford clavada con chinchetas junto a la caja registradora, te mire muy seria, muy despacio, de arriba abajo, y luego te pregunte: «¿Tú te has vuelto gilipollas, o qué?».

20 de mayo de 2001

domingo, 13 de mayo de 2001

Colección de primavera


Pues eso. Que ya se nos instaló el buen tiempo, y las chicas guapas pasean pisando fuerte como si no fueran a envejecer nunca. Y las terrazas de los bares y de los cafés se llenan de mesas, convirtiéndose en atalayas privilegiadas para la gente a la que le gusta sentarse a ver pasar la vida. Ya conocen algunos de ustedes mi debilidad, tan mediterránea ella, por sentarme en las terrazas a mirar. Porque no hay observatorio más exacto. Te sitúas al acecho como un francotirador, con un libro, una re¬vista o los diarios como parapeto, y de vez en cuando levantas la vista a ver qué se te pone delante. Por una terraza desfilan todas y cada una de las facetas de la condición humana: la vanidad, la juventud, la decadencia, el amor, la miseria, la soledad, la locura. Allí, mientras remueves el café con la cucharilla, lo mismo desprecias hasta la náusea al ser humano que te conmueves bien adentro porque algo, un rostro, un gesto, una palabra, hacen que de pronto te sientas solidario y cercano. La vida, he dicho antes. Y a veces me pregunto cómo se las arreglan aquellos a los que nadie, una persona, un libro, su propio instinto, enseñó a mirar.

El caso es que estaba el otro día en Málaga, en plena calle Larios, y tras saludar a mis viejos amigos los camareros del café Central, obligado ritual cuando llego a la esquina, fui a sentarme en una mesa de afuera. El Central es uno de los apostaderos privilegiados de Málaga, y el encanto que le dan matrimonios mayores y parroquianos habituales que toman el aperitivo no consiguen cargárselo ni siquiera los guiris de sandalias con calcetines y bañadores floreados llega la temporada, querido vecino que miran el menú con desconfianza y luego piden una pizza, y a lo mejor es por eso por lo que suelen dirigirse a los camareros remedando un poquito el italiano. De cualquier manera, uno comprende que los del Central tienen que vivir, como todo cristo, y tampoco es cosa de echar a los guiris a hostias para mantener el encanto local del sitio. Un cliente es un cliente. Y el que no quiera guiris que se acerque a Argelia, que allí las terrazas de los bares están, creo, con un color local que da gusto verlas.

Pero a lo que iba. Les contaba que seguía yo en la terraza malagueña, mirando, y los guiris allí. tan panchos, con sus litronas de Lanjarón que ya se traen puestas y el menú y demás. Y en eso empezaron a llegar. Me refiero a esa maravillosa colección de personajes que, si te sientas en una terraza española, empieza a desfilar puntual ante tu mesa. Déme algo. Déme algo. Ocurre un poco por todas partes -Cartagena y Valencia, por ejemplo, están bien surtidas-, pero reconozco que no hay nada como Andalucía para material de primera clase. No vean esa Sevilla. Ese Cádiz. Esa Málaga. Y yo, que colecciono cierta clase de personal -hasta los apunto en pedazos de periódico y servilletas de bar para que no se me olviden-, disfruté como un serbio con un rifle repasando la colección de primavera que desfiló en sólo quince minutos.

Tengo delante de mí media hoja del Diario de Málaga escrita por los márgenes con el catálogo exacto. Primero fue un mendigo normal, de infantería, pidiendo para comer. Veinte duros. Luego una gitana con muy mala leche, que se puso como una fiera porque un guiri gordo con una camiseta de Parque Jurásico no la dejó pronosticarle su fascinante futuro. Tras la gitana vino una rumana jovencita y pelmaza, con esas faldas que llevan hasta los pies, que apenas desapareció de mi vista yo estaba ocupado intentando inútilmente convencer a un limpiabotas de que mis zapatos ya estaban lustrados e impecables- fue relevada por otra gitana guapetona que vendía claveles. A todo esto, un loco, o sea, uno que estaba majareta perdido, se paseaba entre las mesas mirando muy serio a los que allí estábamos y de vez en cuando soltaba largas parrafadas con mal humor, como si tuviera algún problema personal grave e insoluble. Me distrajo del loco un flamenco flaco, con tejanos, camiseta y un peine en el bolsillo trasero del pantalón, que de buenas a primeras apareció y se puso a cantar bandolero, bandolero, con una cuerda menos en la guitarra y un morro que se lo pisaba. Otros veinte duros. Aún pasó una tercera gitana pidiendo para la leche de sus niños. El loco se había sentado en un escalón de la puerta de al lado y le contaba su vida a una familia guiri, padre, madre y tres niños rubios, que estaban tan acojonados que no osaban levantar la cabeza de los platos de hamburguesa. Es inofensivo de toda la vida, les decía el camarero, campechano, sin convencerlos del todo. Pero lo mejor de la serie fue un fulano muy moreno y sin afeitar que llegó a última hora pidiendo de mesa en mesa, con un pantalón remangado hasta el muslo y la pierna absolutamente sana. Sucia que te rilas, eso sí. Pero sana que daba gloria verla. El tío se ponía delante de ti, te enseñaba la pierna por las buenas, y la gente le daba. Yo mismo aflojé mis últimos veinte duros. Y es que, como dicen por allá abajo, ciertas cosas tienen mucho arte.

13 de mayo de 2001

domingo, 6 de mayo de 2001

Eutanasia para todos


Pues eso. Que van los holandeses y aprueban la eutanasia, con lo que Jean Schalekamp, mi traductor hereje afincado en Mallorca -quien por cierto acaba de sacar un libro de reflexiones estupendo titulado Sin tiempo para morir; con un cuadro de Muriel, su mujer, en la portada-, puede regresar a la lejana patria dentro de unos años, cuando esté hasta los huevos de tropezarse con alemanes en la isla, y allí pedir que le arreglen los papeles y si te he visto no me acuerdo. Porque si envejecer se ha puesto chungalay para un abuelete español, para un septuagenario holandés, vivir en España y además rodeado de alemanes -cuando invadieron Holanda, el duque de Alba a su lado fue un benefactor de orfanatos- puede terminar haciéndose muy cuesta arriba.

Precisamente estábamos el otro día comentando el asunto, y mi amigo el holandés errante me explicaba que la decisión tomada en su país es fruto de veinte años de reflexión, y que la eutanasia activa sólo puede ser utilizada de forma voluntaria por enfermos terminales con dolores insoportables sin perspectiva de mejora, que además hayan expresado clara y repetidamente su voluntad de hacer mutis por el foro. Para evitar abusos, añadió. Y yo le dije hombre, pues no sabes cuánto me alegro, va a ser cosa de que, ya que publicáis allí mis libros, a ver si os enrolláis un poquito y me dais la doble nacionalidad por el Sol de Breda, oye, que nunca está de más tener disponible la puerta trasera. No sea que un día necesite yo de verdad, es un suponer, la espada de Catón o la cicuta de Sócrates, y no tenga a mano quien me facilite el trámite si me tiembla el pulso, como esos samurais que al hacerse seppuku tenían detrás a un compadre dispuesto para echar una mano si daban el espectáculo. Que en España, con el Pepé y los obispos y la demagogia de los cojones, y con cómo se ha puesto el patio con las pensiones y los diez millones de abuelos decrépitos que vamos a ser buena parte de los españoles de aquí a nada, nunca sabes dónde, cómo y cuándo van a darte por saco.

Eso le dije, más o menos. Y Jean, que aunque se ha pasado la vida fuera de Holanda -se la ha pasado aquí, que ya son ganas- sigue teniendo los reflejos de un hombre práctico y civilizado, respondió: no, hombre, tranquilo, seguro que al final se impone el buen sentido, mira que Izquierda Unida ha planteado ya el tema en el Parlamento. Y yo, después de atragantarme con la cerveza, me lo quedé mirando y le dije peor me lo pones, camarada, que como tú de joven fuiste comunista y estabas de guardia para defender la sede del partido en Amsterdam aquella noche que los tanques rusos invadieron Checoslovaquia, crees que eso que antes llamabais izquierda tiene algo que ver ahora en España con la palabra izquierda. Mira al PSOE, anda, y que no se te note la risa. O mira a Izquierda Unida cómo hace el chorra, y encima con esa apendicitis batúa que les ha salido, el tal Madrazo, que habría hecho un trío de lujo con los hermanos Tonetti. Además, aquí en España no pasa como en otros sitios, o al menos pasa de forma mucho más descarada; y cuando algún político hace bandera de algo, ése algo puede darse por bien manipulado y bien jodido. Porque a demagogos y a hijos de puta te juro que no nos gana nadie.

Y es que, colega -añadí-, esto no es Holanda, ni Noruega; una vez puestos, haríamos la ley de eutanasia más moderna y avanzada del mundo mundial, para que no se diga. Eutanasia para todos, obligatoria, incluidos los inmigrantes y los patos del coto Doñana, por eso de las oenegés. A ver por qué no va a haber una ley puntera sobre eutanasia en un país que tuvo la ley de fugas y tuvo la LOGSE. Y me juego ahora mismo la mierda de pensión que me van a pagar cuando me corresponda, si es que me corresponde, que a los tres días cada comunidad autonómica y cada particular estarían rizando el rizo para su provecho, con las familias todo el día dando la barrila, ande, papá, que ya le toca descansar, hombre, y tiene a la pobre mamá aburrida de esperarlo en el cielo. Y esos ancianetes soltando caguendiez y cagüentodo mientras se los llevan en la camilla, llenos de tubos, diciendo oiga, que yo no quiero, que son mis hijos y mis yernos, esos cacho cabrones que me han hecho firmar no sé qué poderes y el testamento. O imagina las listas de espera de la Seguridad Social para obtener la pastilla que te libre del cáncer terminal que te hace blasfemar en arameo; tal como van las cosas por aquí, cuando llegue tu turno habrán pasado por lo menos seis meses desde que, chof, te tiraste del sexto piso y no veas ese primer día de vacaciones de Semana Santa o de verano, con el coche cargado con las hamacas, la sombrilla y los zagales en el aparcamiento del eutanatorio, y la madre diciendo: niños, esperad aquí un momento y sed buenos, comeos el bocadillo mientras llevamos al abuelito a que le den matarile.

6 de mayo de 2001