Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 26 de agosto de 2001

El coche de fulano


La historia que voy a contarles nos retrata al minuto. Nos define, creo, mejor que todos los libros y los periódicos que uno pueda echarse a la cara. Me acordé el otro día porque suele contármela Sancho Gracia, que por ahí anda el tío, con un pulmón fuera de combate y teniendo la enfermedad a raya. Aprovechando la tranquilidad de agosto, Sancho subió a la sierra a tomarse un whisky de malta con hielo y sin agua haya cáncer o no, él de mariconadas las justas-; y cada vez que tengo centrado a Curro Jiménez, que suele ser hacia el tercer o cuarto lingotazo de la noche, me gusta hacerle repetir la historieta de marras; que a él se la contaba, a su vez, el actor Luis Peña: aquel que fue primero galán de cine y luego intérprete veterano y estupendo, ya saben. El que hizo A mí la Legión con Alfredo Mayo, Calle Mayor y tantas otras. La cosa es que se encuentran dos amigos. En la versión original, ambos trabajan en el cine; pero a veces, cuando soy yo quien cuenta la historia adornándola un poco, los sitúo en el mundo literario, o en el del periodismo.

La verdad es que pueden ustedes encajársela a cualquier trabajo o actividad, incluida la propia. Podría tratarse de arquitectos, ingenieros, contables, fontaneros. Da igual. En cualquier caso, españoles. Y aunque Luis Peña, que en paz descanse, situaba el asunto en los años cincuenta o sesenta del pasado siglo, el diálogo podría ser de ahora mismo, porque es de siempre. El caso, decía, es que se encuentran dos amigos. Españoles, repito. Y uno va y le dice a otro: -¿Sabes que Fulano se ha comprado por fin un coche? -No me digas -responde el otro-. ¿Y qué coche? -Un Seat Panda de segunda mano. -Ah, pues no sabes lo que me alegro. Ya era hora de que le fueran un poco bien las cosas a Fulano. Es un tío estupendo y lo quiero muchísimo. Además trabaja mucho, y se lo merece... Dale un abrazo de mi parte. Dile que a ver si nos vemos, y que lo disfrute. Al cabo de un tiempo, vuelven a encontrarse los dos amigos. -¿Qué tal le va a Fulano? -Pues nada mal. ¿Te acuerdas de lo que te conté del Panda?... Pues ya ha podido cambiarlo por un Nissan. -Anda, ¿tan pronto? Pues no sabes lo que me alegro, porque yo quiero mucho a Fulano... La verdad es que con el Panda se apañaba bien, pero mejor un coche nuevo, claro.

Me parece fenomenal. Dale un abrazo de mi parte, y a ver si un día nos juntamos los tres a tomar unas copas. Pasa más tiempo. Nuevo encuentro de los dos amigos. -Adivina qué coche acaba de comprarse Fulano. -No me jodas... ¿Pero ya ha cambiado otra vez? -Sí. A un Golf Geteí. Vaya con Fulano, quién lo ha visto y quién lo ve... ¿No te parece?... A fin de cuentas, el Nissan era un coche estupendo, y para lo que él lo necesitaba... Pero mira, la verdad es que me parece bien. Trabaja como un animal y se merece alguna alegría. Ya sabes que yo lo quiero mucho, ¿eh?... Lo quiero un huevo. Por eso te digo que me alegro. Aunque a veces sea como es, ya sabes... Pero oye; cada cual tiene sus cosas. Pasa más tiempo. Nuevo encuentro. -Acabo de ver a Fulano aparcando un Audi. -Pero qué me dices. -Como te lo cuento. Un Audi nuevo de trinca. -No me lo puedo creer... ¿Y qué pinta Fulano con un Audi? -Le irán bien las cosas, digo yo. -Pues para lo que hace tampoco es cosa de ir por ahí avasallando, ¿no crees?...

Hay que joderse con el Fulanito de los cojones. Aquel Golf que tenía era un coche buenísimo, y la verdad... En fin, chico. Cada uno es como es. Pero lo quiero, ¿eh?... Las cosas como son. Es un poquito gilipollas y prepotente a veces, pero yo lo quiero. Mucho. Lo que pasa es que... Mira. No me hagas hablar. Nuevo encuentro, unos meses más tarde. -Dicen que Fulano se ha comprado un Bemeuve. -¿Un Bemeuve?... ¿Qué se ha comprado un Bemeuve?... Pero, ¿quién se ha creído que es?... Si hace nada no tenía dónde caerse muerto... Y no me interpretes mal, ¿eh? Te consta que a Fulano lo quiero mucho. Lo quiero una barbaridad. Pero es que hay cosas que... Bueno. Si yo te contara... último encuentro, un tiempo después. -Agárrate, macho. Fulano se ha comprado un Mercedes. -¿Qué me dices?... ¿Que ese hijo de puta se ha comprado un Mercedes?... ¡Pero si no sabe hacer la O con un canuto!... ¡A ver si va a ser verdad lo de su mujer!

26 de agosto de 2001

domingo, 19 de agosto de 2001

El día de la patrona


El otro día amarré en uno de esos puertos del Mediterráneo español, con casas blancas y orillas azules. Quedaban un par de horas de luz, así que, después de arrancharlo todo y ponerle tomadores a la vela de la mayor para que estuviese más pinturera aferrada en su botavara, me dispuse a leer tranquilamente en la popa, disfrutando del lugar y del paisaje. Y en ésas estaba, prometiéndomelas tan felices -el libro era una vieja edición de El canto de la tripulación, de Pierre Macorian- cuando retumbó por la dársena un estrépito de megafonía con una canción machacona y veraniega, anunciando que el espectáculo taurino estaba a punto de comenzar. Lajiñaste, Burt Lancaster, pensé, cerrando el libro. Luego me puse en pie para echar un vistazo y comprobé que no tenía escapatoria. Era el día de la Virgen de Nosequé, patrona local; y pegada a uno de los muelles había instalada media de esas plazas de toros portátiles, con barcos y botes con espectadores por la parte del agua, todo muy castizo y muy de fiesta de pueblo de toda la vida, con los graderíos ocupados a tope por algunos aborígenes locales y densas manadas de turistas guiris en calzoncillos y entusiasmados con el asunto. Y en la arena que habían extendido sobre el muelle, una vaquilla correteaba, desconcertada y torpe, entre una nube de animales bípedos que la atormentaban entre las carcajadas y el entusiasmo del respetable.

Que conste, como ya les he contado alguna vez, que me gustan las corridas de toros. Las veo más por la tele que en la plaza, pero siempre que puedo. Además, cada verano tengo una cita obligada en Burgos, donde mi amigo Carlos Olivares me invita siempre al mejor cartel de la feria; y gracias a eso viví hace un par de años la tarde inolvidable del toro de Enrique Ponce que fue indultado por su valor y su casta. Me gustan las corridas de toros, insisto, a pesar de que en mi caso sea una flagrante contradicción, pues juro por mis muertos más frescos que amo a los animales más que a la mayor parte de las personas que conozco. La razón no sé cuál es. Quizá tenga que ver con las ideas de cada cual sobre el valor y sobre la muerte, o vete a saber. En la plaza, en una corrida de verdad, el toro tiene la oportunidad -todos morimos- de vender cara su vida y llevarse por delante al torero. Con dos cojones. Y debo confesar que me parece de perlas que los toreros paguen el precio de la cosa viéndose empitonados y de cuerpo presente de vez en cuando. Me parece lógico y justo, porque si los toros traen cortijos en los lomos, como dicen, también debe pagarse un precio por eso. El que torea se la juega y lo sabe. Son las reglas. Del mismo modo que tampoco me altera la digestión, en un encierro de verdad, que un toro de quinientos kilos le ventile el duodeno a alguien que corra delante buscando emociones fuertes; y más si es un guiri al que nadie ha dado vela en su propio entierro, y luego en Liverpool le pongan una lápida donde diga, en inglés: Aquí yace un soplapollas. Resumiendo: quien quiera tirarse el pingüi con un toro de verdad, que se atenga a las consecuencias.

Por eso detesto tanto la vertiente chusma e impune del asunto, y me revuelve las tripas la charlotada de pueblo, cuando el toro, que suele ser una indefensa vaquilla, ni siquiera tiene la oportunidad de hacerle pagar cara la juerga a la gentuza que la atormenta. Antes, al menos, quedaba la excusa de la incultura y la barbarie de esta España cenutria, cateta y negra. Pero ahora, que somos igual de tarugos pero un poquito más informados y un poquito más tontos del culo, las excusas ya no sirven, y no hay otra explicación que nuestra infame condición humana. Pocos espectáculos tan viles como el de un pinchalomos carnicero atormentando a un novillo con los cuernos aserrados, o una turba de gañanes borrachos correteando alrededor de un pobre animal asustado, al que, según las bonitas costumbres de cada sitio, a menudo se destroza impunemente en la plaza, sin el menor riesgo para nadie, a estacazos, a golpes, a pedradas, a navajazos. Ahí no hay belleza, ni dignidad, ni valor, ni otra cosa que no sea la abyección más cobarde y más baja.

Cada vez que me cruzo con uno de esos repugnantes linchamientos que suelen organizarse -que tiene delito- bajo el manto de la Virgo Clemens o el santo local, no puedo menos que pensar, ay, gentuza, valerosos mozos de la localidad, turistas apestando a cerveza en busca de emociones y de una foto, cómo me gustaría que de pronto apareciera el hermano mayor de ese pobre animal cuyas peripecias arrancan tantas carcajadas a la gente de los tendidos, y os metiera bien metido un pitón en la femoral, a ver si empalados ahí arriba seguíais haciendo posturitas y risas. Peazo machos. No sentí largar amarras de ese puerto, aquella misma madrugada. Me gusta el sitio y volveré, me dije. Pero nunca más en estas fechas. Nunca más el día de su bonita fiesta popular. Y de su santa patrona.

19 de agosto de 2001

domingo, 12 de agosto de 2001

Sobre gitanos y vikingos


Hace un par de semanas me acusaron de plagio. En realidad nos acusaron a tres: al productor y a los dos guionistas de Gitano, aquella película con Leticia Casta y Joaquín Cortés. Por lo visto —tienen mi palabra de honor de que yo lo ignoraba—, a otro guionista se le había ocurrido antes escribir una historia con música flamenca, droga, patriarcas y gitanos que salen de la cárcel, y nosotros le habíamos fusilado, dice, la original trama por todo el morro. Es, para entendernos como si un guionista acusa al equipo de una película del oeste de haberle plagiado la trama porque en la película salen también unos cuatreros, un sheriff, una chica del salón, una partida de póquer, indios que hablan de rostros pálidos, de agua de fuego y de hablar con lengua de serpiente, y uno de los pistoleros le dice al otro: «¡Yo de ti no lo haría, forastero!». Habida cuenta que Gitano respondía precisamente a la idea de jugar con todos los tópicos del mundo de la gitanería flamenca, resolviéndolos en una especie de videoclip musical lleno de guiños —algunas asociaciones gitanas nos acusaron de racistas y más de un crítico de usar tópicos a punta de pala— lo extraño, lo verdaderamente preocupante, digo yo, seria que en el guión de Gitano —título que por cierto ya había utilizado en un espectáculo el también bailarín Antonio Canales— hubiéramos coincidido en meter un vikingo, un saxofonista húngaro y un pastor anglicano aficionado a la zoofilia. Ahí reconozco que se nos habría visto el plumero. Sobre todo en lo del vikingo.

Pero así son las cosas. En este mundo y en este oficio, ese tipo de enojosas cuestiones van incluidas en el jornal, así que nadie se llevó las manos a la cabeza cuando el demandante, después de pedir primero dinero amenazando con la mala publicidad que el asunto iba a hacerme, y luego intentar que el productor le rodase una película con otro guión que había escrito —de cuyo contenido, por Dios, espero seguir ignorando la materia, no sea que se me ocurra plagiarlo en mi próxima novela—, resolvió presentar querella, respaldado por un informe de una asociación de guionistas, colegas profesionales suyos. Una asociación, por cierto, que preside el cineasta Montxo Armendáriz, casualmente también acusado de plagio —vaya coincidencia más tonta—, por mi amigo el escritor Alfons Cervera a causa de la película Silencio roto. Así que, cuando olí el pastel, decidí pasar de esa murga. Para algo, dije, están los jueces, y los abogados, y llegado el momento bastará para poner las cosas en su sitio el simple hecho de leerse los dos guiones.

De modo que resolví no preocuparme del tema ni hacer declaraciones al respecto. Silencio administrativo: quien calla, niega. Pero a raíz de la presentación de la querella, o la demanda, o de lo que sea, un par de revistas semanales, Época e Interviú, me hicieron el honor de dedicarme la portada, la última con foto incluida junto a un par de tetas bastante potables. Luego intentaron localizarme, claro, para que confirmara o desmintiera o lo que fuera, y así tener materia para tirar del asunto un par de semanillas más, en este mes de agosto en que tanto escasean las cosas serias. Pero fui periodista durante casi toda mi vida, tengo el colmillo más retorcido que un tornillo del número seis, y no estoy dispuesto a resolverle a nadie un par de páginas por la cara, dándole cuartel para prolongar la murga gitanesca. Ni siquiera después de comprobar la previsible reacción de algún periodista y colega. Porque compruebo, agradecido, que la mayor parte de los que se ocupan de estos asuntos se han mantenido a distancia, sin dar al asunto mayor relieve del que tiene, o abordándolo en su justa medida y con razonables reservas; pero esta no sería España si hubiera faltado, tertulia radiofónica incluida, quien se frotó pública y visiblemente las manos, en absoluto preocupado con establecer si hay o no hay plagio, sino encantado con la mera posibilidad, por remota que sea, de que eso pudiera ser cierto, en el ejercicio de esa afición nacional —tantas veces comentada en esta misma página— de meter la navaja aprovechando el barullo. Lo bueno de tales cosas es que te recuerdan la de gente que palmea tu espalda mientras espera que pises la piel de plátano. A estas alturas algunos lo sabemos de sobra; pero es bueno que te lo recuerden de vez en cuando. Ayuda a mantenerse lúcido y vivo.

En fin. Por todo lo dicho, disculparán ustedes que, faltando a una costumbre de nueve años, hoy utilice esta página para un asunto que afecta a mis intereses directos. No estoy dispuesto a dar cuentas a nadie, ni a entrar en dimes y diretes a través de la prensa, como ha ocurrido en otros casos. Esa película ya la he visto muchas veces y no me gusta. Pero por nada del mundo consentiría que ustedes, ante quienes doy en esta página la cara cada domingo, se quedaran sin la explicación que sin duda merecen. Los demás, excepto el juez que en su momento esclarezca la cosa, pueden irse a hacer puñetas.

12 de agosto de 2001

lunes, 6 de agosto de 2001

Pinchos magrebíes


Hay que ver la de tiempo libre que tiene la gente. En los últimos tiempos he recibido varias cartas afeándome el uso que hago de palabras políticamente incorrectas. Lo de negro, por ejemplo. Cuando me refiero a un negro diciendo que es negro —a mi me han llamado blanco en África toda la vida— resulta que soy xenófobo. Escribir que algo es una merienda de negros, por ejemplo, o que esa negra está para chuparse los dedos, o hablar de la trata de negros, me asegura media docena de cartas poniéndome de racista para arriba. Hasta decir cine negro o lo veo todo negro es peyorativo, argumentan; y pasarlas negras, sin ir más lejos, se asocia de modo racista con pasarlas putas. Por eso también debería evitar la palabra negro como sinónimo de cosas malas o negativas. Así que diferencie, cabrón. No influya negativamente en la juventud. Llámelos subsaharianos, sugieren unos. De color, sugieren otros. Afroamericanos, si son gringos. Etcétera. Y a veces, esos días en que uno se pone a escribir sintiéndose asquerosamente conciliador, intento contentarlos a todos y a mí mismo — negro me sigue pareciendo la forma más natural y más corta— y escribo, verbigracia, subsaharianos de color negro; pero entonces, encima de que me queda un poco largo y rompe el ritmo de las frases, algunos piensan que me lo tomo a cachondeo y las cartas se vuelven más explosivas todavía. Estoy desconcertado, la verdad. ¿Naomi Campbell es o no es un pedazo de negra?... ¿El halcón maltés es una película de cine subsahariano de color?... No sé a qué atenerme.

Y lo de moro, esa es otra. Debería usted decir norteafricano o magrebí, apuntan graves. Lo de moro suena a despectivo, a reaccionario, Hasta un erudito lector me lo calificaba el otro día de término franquista: los moros que trajo Franco y todo eso. Sin embargo, ahí debo reconocer que, por muy buena voluntad que le eche, se me hace cuesta arriba prescindir de una palabra tan hermosa, antigua y documentada. Moro viene por vía directa del latín maurus, habitante de la Mauritania; figura en las Etimologías de San Isidoro y en Gonzalo de Berceo, y si hay una palabra vinculada a la historia de España, y que la define, es ésa. Ganada a los moros en 1292 reinando Sancho IV el Bravo, leemos —los que leen— en los muros de Tarifa. Olvidar esa palabra seria ignorar lo que en las ciudades españolas aún significa morería, por ejemplo. O lo que la palabra morisco supuso en los siglos XVI y XVII. De cualquier manera, ahora que todo el mundo anda rescribiendo el pasado a su aire, tampoco tendría nada de particular que revisáramos la historia y la literatura españolas, empezando por el xenófobo y franquista cantar del Cid, sustituyendo la palabra moro por otra más moderna. Las coplas de Jorge Manrique perderían algún verso bellísimo; pero ganaríamos, además de corrección política, palabras como pincho magrebí, que es aséptica y original, en vez de la despectiva pincho moruno. Y reconozco que decir fiestas de norteafricanos y cristianos en Alcoy también tiene su cosita.

En cuanto a lo demás, pues lo mismo. Fíjense en lo de maricón, por ejemplo. A ver qué cuesta decir, en vez de eso es una mariconada, eso es una homosexualidad. O para decirle a un amigo no seas maricón, decir no seas sexualmente alternativo, Paco. Ya sé, opondrán algunos, que no hay palabras malas ni buenas, sino por la intención y el uso. Y la responsabilidad de que haya menguados que las utilicen sólo en sentido despectivo no es atribuible a las palabras en sí, que suelen ser nobles, antiguas y hermosas, capaces además de adaptarse a todo con los limites que imponen el sentido común y la decencia de cada cual. Pero en los tiempos que corren, si no quieres que te llamen cacho cerdo —me extraña que ahí no protesten las protectoras de animales por la asociación peyorativa—, tienes que hilar muy fino. En este mundo artificial que nos estamos rediseñando entre todos, el café debe ser sin cafeína, la cerveza sin alcohol, el tabaco sin nicotina, los insultos no deben ser insultantes y las palabras han de significar lo menos posible. Además, ojo con quienes se sienten aludidos aunque nadie les dé vela en el entierro. No vean qué cartas recibo cuando llamo agropecuario a un político cateto. Qué tiene contra el campo y la ganadería, me dicen. So fascista. O si le digo subnormal a alguien. Ofende a los minusválidos, me reprochan, olvidando que imbécil, tonto o idiota expresan lo mismo, y que las palabras son vivas y ricas, utilizables como insulto o como muchas otras cosas sin que eso las aprisione o las limite en un determinado contexto. Lo mejor fue cuando hablé de sopladores de vidrio refiriéndome a unos perfectos soplapollas, y protestó uno que soplaba vidrio de verdad. O cuando califiqué a otro de payaso, y acto seguido recibí una indignada carta de una respetable oenegé llamada —cito sin ánimo de ofender— Payasos sin Fronteras.

5 de agosto de 2001