Último libro de Arturo Pérez-Reverte

lunes, 29 de julio de 2002

Por mí como si nos bombardean


Lo siento, pero estoy con mister Fischler. La flota pesquera española no solo debe ser reconvertida sin piedad en el marco de la Comunidad Europea, sino que además, en mi opinión personal que comparto conmigo mismo, debería ser torpedeada y bombardeada en los puertos en plan Tora, Tora, Tora, como lo de Pearl Harbor. Por sorpresa y al amanecer. Kaputt. Desguazada. Hundida. Aniquilada. Eso no quiere decir, naturalmente, que los pescadores y los armadores y sus familias deban ir al paro. Al contrario. Con el dinero que se gastan España y Europa en subvencionar toda esa gran mentira y ese expolio infame que solo es pan para hoy y hambre para mañana, y que únicamente beneficia de verdad -salvo contadísimas y honradas excepciones- a unos pocos espabilados, y con lo que se trinca donde algunos sabemos, y con las ayudas comunitarias de los cojones, que solo sirven para mantener en pie un cadáver que lleva muerto la tira, asesinado por la codicia y la ausencia de escrúpulos y la cara dura de funcionarios y de particulares, podrían perfectamente buscársele empleos en tierra a toda esa gente, de una puta vez, y dejarse de milongas. También de tomarnos a todos por gilipollas. Así que el ministro Cañete y sus mariachis deberían asumir la situación y reconvertir a los pescadores en cualquier otra cosa: camareros, ingenieros agrónomos, traficantes de hachís. En cualquier cosa decente, quiero decir, o al menos más decente de lo que hay ahora. Porque la pesca en España apesta. Y nadie lo dice, oye. Qué raro. A saber por qué.

Todo es una gran mentira. Un camelo artificial que nada tiene que ver con los hechos reales. Cualquiera que lleve años navegando por aguas españolas sabe a qué me refiero. No sé lo que pasa con la flota nacional en los caladeros extranjeros, y en esa parte no me meto. Pero aquí, en nuestras costas, ves a los barcos con las redes pegadas a tierra, en cuatro palmos de agua, rascando el fondo para llevarse hasta las piedras, en busca de un par de boquerones que justifiquen la palabra pesca y las subvenciones correspondientes, pasándose todas las leyes y reglamentos por el forro de los huevos. Ves las jaulas y presuntos criaderos de atún rojo de los que hablaba el otro día, que con sospechosa frecuencia no son sino campos de exterminio que se friegan las normas ante el compadreo cómplice de la Administración, que encima los pone como ejemplo. Al fin encontré un pez espada muy joven, todavía de pequeño tamaño que flotan muertos porque su llegada ese día a la lonja hacia bajar los precios, o porque son inmaduros, y dentro está la Heineken de la Guardia Civil, y quienes los traen los arrojan por la borda. Ves concursos de pesca deportiva donde algunos bestias alardean de haber sacado, en un solo día, «trescientos atúnicos de palmo y medio». Ves todo eso y luego echas la pota, claro, cuando un portavoz o un ministro van y dicen que en la Comunidad Europea nos putean y no nos comprenden. Que va. Lo que ocurre es que la gente no es tan idiota como aquí se creen que es, ni a todo el mundo se le tapan los ojos con una cesta de Navidad y un fajo de lo que ya me entienden. Y nos putean porque nos comprenden perfectamente. No te fastidia. El día que escuche las declaraciones de mister Fischler regresaba de un viaje por mar del que una singladura transcurrió en calma chicha, con el Mediterráneo convertido en balsa de aceite, cruzando bancos de medusas que proliferan por todas partes desde que exterminamos a las especies que se las comían. Calor y sol fuerte, sin viento, el agua quieta igual que un espejo. Daba la impresión de moverse por la superficie oleaginosa de un mar muerto. Nada. Solo medusas blancas y pardas y una lata vacía de refresco; y el encuentro, que habría debido alegrarme, me entristeció porque una milla antes me había cruzado con unos palangres y un pesquero que se movía despacio en el horizonte. Ojala sigas vivo al caer la noche, le desee al espadilla mientras lo perdía de vista, feliz en sus cabriolas. Horas más tarde -la mar seguía como un plato- divisé una pequeña tortuga que nadaba solitaria en la superficie, puse proa hacia ella y di vueltas alrededor: jovencita, aislada, un caparazón de dos palmos. Se quedaba quieta cuando me acercaba, como para pasar inadvertida. Enternecedora y vulnerable. Sola. Sin madre, ni padre, ni perrito que le ladre. La última de Filipinas, supuse, de una familia que tal vez había desaparecido entre redes de pescadores o con bolsas de Carrefour hechos madejas en el esófago. Habría querido hacer algo por ella, pero no se me ocurría qué. Así que le desee suerte, como al pez espada joven, y seguí mi camino. Al día siguiente amarré el velero, oí lo de Fischler y la respuesta de los pescadores y del ministro, y me estuve riendo un rato largo. Me reí muy atravesado y amargo. Les aseguro que no me gustaba nada mi propia risa.

28 de julio de 2002

lunes, 22 de julio de 2002

Tintin en el Tibet


Pues resulta que hoy no me sale el artículo. Doy vueltas y vueltas, y nada. A ver si es que en estos diez años lo he contado todo, me digo, y es hora de cerrar el kiosco. O tal vez la pinche vida ha dejado de tener sentido, y ahora todo me importa un huevo. Que hacer, se preguntaba Lenin. De modo que telefoneo a El Semanal y le digo al subdirector, Fernando Rayon, que adiós para siempre. Me jubilo, chaval. Lo siento por el rey de Redonda, que ya éramos pareja de hecho, a quien dejo solo ante las erizas y demás. Pero así es la vida. Que cada perro se lama su etcétera. En esas estoy, digo, cuando Fernando, a quien por algo los íntimos apodamos Monsignore, me apunta: “¿Has probado a leer a Paulo Coelho?”. Eso me deja pensativo y reflexivo. Incluso contemplativo. Total, concluyo, de perdidos al río. Vestido de pequeño saltamontes, peregrinaré hasta la última página. Tal vez así encuentre la luz. Camino por las montañas del Tibet, según se sube a mano derecha. Me cruzo con un caminante solitario, y cuando lo veo de cerca resulta ser Javier Marías. Busco la verdad chipén, le digo. Algo que garantice la prosperidad de mi intelecto y de mi tecla. “Lee a Shakespeare, recuerda al coronel Blimp y busca en tu corazón tan blanco”, responde. En ese momento canta una tórtola en una cumbre nevada, y comprendo que los días son luminosos y las noches negras, y que en invierno hace un frío de cojones. Sintiéndome por el buen sendero, sigo mi peregrinación entre ríos y montañas. Encuentro una monja tibetana que me da su tarjeta. Paka Diaz, pone. Dime, caminanta, inquiero. ¿Quién ofende más? ¿El que tiene ánimo o el que no lo tiene? Ella alza un dedo y responde. “No ofende el que quiere, sino el que puede”. Entonces me miro en las cristalinas aguas del lago y veo a uno que soy yo, y comprendo que los lagos reflejan tu rostro a condición de que el agua este quieta. Que tiene miga. También descubro, fascinado, que si metes las menos en el agua, te las mojas. Llego a una aldea global abandonada. Una flor de loto se marchita en un tiesto. Veo un cartel: “Si quiere conocer y saber más, pase la página”. La paso. Veo sentado a un viejecito con barba cana. Busco el conocimiento y la sabiduría, le digo. Entonces el viejecito me contesta: “www.ramonbuenaventura.com”, y luego señala el fuego de su estufa Fagor de camping gas. En ese instante comprendo, como una revelación, que el fuego quema pero también calienta, y que en esa doble dualidad dual están el principio de la verdadera sabiduría y la madre del cordero.

Más alegre, casi optimista, me interno en una selva oscura del alma. En la floresta aúllan un lobo y una loba, y comprendo que se trata del Yin y del Yang que señalan el camino y el modo de derrotar al enemigo que llevo dentro, que no soy yo, sino otro que no soy yo pero que en el fondo soy. Sin serlo. Esto marcha, me digo. Cada vez lo tengo más claro. Luego, en plan Enrique de Ofterdingen, interrogo al follaje. Cómo salir del bosque de la vida, pregunto. Qua? Quomodo? Quando? Entonces el viento silba entre las ramas y me da una respuesta: Limpiar el carne de cordero, untar la carne con miel y añadir el jengibre rallado». Así comprendo que he llegado a la página de Juan Mari Arzak, que medita tocado con un gorro de derviche, y en mi corazón se adentra la evidencia de que la cebolleta y el hinojo en rama deben ir siempre muy picaditos. Y si no, no. Porque el sentido del gusto -esa es la gran lección que extraigo- no consiste en decir el gusto es mío. Entre gustos no hay disputa. Y puta que se duerme, se la lleva la corriente.

Como ven, ya me siento muy cerca de la verdad. La olfateo. Snif. Snif. De modo que, impaciente, cruzo valles y torrentes, trepo a riscos, y a lomos de un yak me encuentro a Nativel Preciado, que cabalga vestida de lady Godiva nepalí. Busco al maestro, le digo mientras recobro el resuello. ¿A qué maestro? me interroga a su vez, enigmática. ¿Al maestro Marina o al maestro Coelho? Y entonces comprendo la lección. Quien cree tenerlo claro, lo tiene oscuro. Y viceversa.

Llego, por fin, a un monasterio de lamas. Y lo hago -lo noto en mi corazón- repleto de una sabiduría que te cagas. Allí, dándole vueltas a una carraca mientras pronuncia infatigable los nueve mil millones de nombres de Dios, encuentro a un hombre de mirada tranquila y canas venerables, que transmite paz y felicidad con la misma naturalidad con que Gaspar Rosety retransmite el partido del domingo. Cuéntame, maestro, digo. Cuén-ta-me lo que pa-só. Y entonces, el hombre responde: Un viejo místico iraní se tomaba una caña en un bar de Paris cuando un rey y un visir que pasaban por allí le preguntaron: ¿Por dónde se va a Cáceres, si nos hace el favor? Y el viejo místico respondió: andes lo que andes, no andes por los Andes».

Eso dice el de la carraca, y la sabiduría ilumina mi corazón. Y comprendo que puedo seguir llenando esta página otros diez años más. Por lo menos.

21 de julio de 2002

lunes, 15 de julio de 2002

La soledad del huevo frito


Hace unos días se clausuró la última feria de arte de Basilea, que como saben ustedes es el tinglado más importante del mundo en la materia. Y en la edición de este año hubo de todo, como siempre. Genio y filfa. Desde Matisse a las últimas tendencias. Eso incluye obras maestras y bazofias innumerables, pues con lo del arte plástico pasa como con la literatura y con la música y cómo con tantas otras cosas. Hay quien tiene algo que decir o sugerir, y lo demuestra de forma más o menos evidente, echándole imaginación, talento y trabajo, y hay quien disfraza su mediocridad bajo la farfolla del símbolo vacuo y el supuesto mensaje a desentrañar si uno sintoniza, y se fija, y sabe, y realiza su propia performance, como dicen ahora algunos críticos de arte, subiéndose a un columpio colgado del techo -no es coña, la obra la firmaba Han Baracz-, o reflexionando profundamente sobre la apropiación de la naturaleza por la ciencia ante el bisonte disecado de Mark Dion, o dejando las huellas de frenazos de una moto sobre una plataforma como Lori Hersberger. Con un par.

Tampoco vamos a ponernos apocalípticos. La cosa no es de ahora. Lo que ocurre es que nunca, como en el tiempo en que vivimos, fue tan difusa la frontera entre el arte y la gilipollez, alentada esta última por los caraduras y los cantamañanas que viven del cuento o se tiran el pegote consagrando esto o negando aquello, engañando a niños de colegio y timando a los memos, en una especie de onanismo virtual que nada tiene que ver con la realidad ni con el gusto de nadie, y ni siquiera con el arte en el sentido más amplio y generoso de la palabra. Y así, entre galeristas, críticos y público que babea ante lo que le echen, se alienta a cualquier mangante a montárselo por el morro, fabricando inmensos camelos que encima, para que no se diga de Fulano o de Mengano que son retrógrados, o incultos, o poco inteligentes, van éstos y los aplauden, y los pagan, y además los exhiben orgullosos como si acabaran de adquirir La batalla de San Romano de Paolo Ucello o La mujer agachada de Maillol. Y es así como las casas particulares, y los jardines públicos, y los edificios, se decoran con engendros que te dejan boquiabierto de estupor mientras te preguntas quién tiene el cuajo de sostener que eso es arte. Salvo que aceptemos, yéndonos a otro terreno peliagudo, que ahora la palabra arte pueda mezclarlo todo sin remilgos: una tabla de Robert Campin, una escultura de Lehmbruck, un cuadro de Seurat o de Hopper, con una lata de cocacola puesta en el suelo -recuerden aquella exposición reciente, cuando las mozas de la limpieza se cargaron una obra expuesta pensando que era basura de los visitantes- o con un huevo estrellado sobre patatas fritas de casa Lucio: la soledad del huevo invitándote a reflexionar sobre el tempus fugit y las propiedades emergentes de la vida.

No sé. A lo mejor es que no sé hacer mis propias performances. O que soy un reaccionario y un cabrón, y cuando me dicen que tan artista es Duane Hanson como Boticelli, o que un bosque envuelto en papel albal por Christo es tan fundamental en la historia de la cultura como el pórtico de la catedral de Reims, me da la risa locuela. En mis modestas limitaciones, Andy Warhol, por ejemplo, me parece sólo un ilustrador aceptable de magazine dominical; y, en otro orden artístico, lo que de verdad me conmueve del edificio Guggenheim de Bilbao es el perro de la puerta. Que sólo le falta ladrar. Será por eso que cuando en la feria de Basilea de este año vi expuesta una obra que consistía en el propio artista en carne mortal, completamente desnudo y boca abajo en un foso casi a ras del suelo, con un cristal por encima para que pisaran los visitantes, lamenté muchísimo que el artista no estuviera boca arriba y sin cristal para que los visitantes pudieran pisarle directamente los huevos.

Y lo que son las cosas. Acabando de teclear este artículo, hago una pausa para tomar café mientras hojeo los diarios, y hete aquí que me salta a la cara un titular a toda página: "Hice la escultura de mi hijo con su placenta". Chachi, me digo. Ni a propósito. A ver quién es este soplapollas, que me viene perfecto. El fulano se llama Marc Quinn, y la entradilla de la entrevista informa, como aval, que es un auténtico Ybas de pata negra -young british artista-, precisa el rendido informador que le dedica toda la página- que se hospeda en hoteles de lujo, que se permite acudir borracho a los mejores programas de la BBC, y que ahora expone en Barcelona entre el de lirio del mundo artístico local. "Esculpí un molde de arcilla con la cabeza del bebé -cuenta el Ybas-. Luego metí la placenta de su madre en una batidora, rellené el molde con la mezcla y la congelé. Representa la separación de la identidad madre-hijo". Y acto seguido añade el hijoputa: "Cuando encendí la batidora salía humo. Resulta que el cordón umbilical se había enganchado en las aspas. Fue algo muy simbólico de la fortaleza de la conexión entre un bebé y su madre". Hay días, ya ven, que esta página me la dan ya hecha.

14 de julio de 2002

lunes, 8 de julio de 2002

Mejorando a Shakespeare


Escribir novelas no tiene un punto final exacto, porque luego hay que acompañarlas un trecho por el mundo de la publicidad, y el mercado, y todas esas cosas que ayudan a que un libro se conozca y se lea más. Eso incluye giras artístico-taurino-musicales en plan Bombero Torero, donde a menudo uno se lo pasa bien, charla con los amigos, escucha a los lectores y demás. Pero no todo el monte es orégano. A veces pierdes demasiado tiempo explicándole a un fotógrafo que, aunque otros traguen, no estás dispuesto a dejarte retratar con sombrero mejicano. O pasa lo del otro día en una conferencia de prensa, cuando comenté que un autor o crítico, cuyo nombre no recuerdo, afirmó que los autores masculinos, incluso los mejores, fueron siempre torpes con el alma femenina, y que Ofelia, madame Bovary y Ana Karenina son, de algún modo, versiones travestidas de Shakespeare, Flaubert y Tolstoi, quienes proyectaron en ellas su punto de vista masculino. Tal vez sea cierto, dije. Y, consciente de ello, a la hora de trabajar en la protagonista de mi última novela hice cuanto pude por no caer en esa trampa. Que supongo, maticé, acecha a todo autor masculino cuando deambula por el complejo mundo de la mujer, donde las cosas nunca consisten en sota, caballo y rey. Al lector corresponderá decidir, concluí, hasta qué punto lo he conseguido o no. Eso fue lo que dije. Soy perro viejo en el oficio, y sé que ciertas cosas conviene detallarlas, porque el de enfrente, aunque -sólo en ocasiones, que esa es otra- tenga una grabadora, tiende a simplificar, y a buscar frases que valgan para el titular, y a veces no capta las ironías o los matices, o -cada vez con más lamentable frecuencia- es una mula analfabeta que no siempre tiene la certeza absoluta de si Flaubert se hizo famoso tirándose a María José en Gran Hermano o cantando con Chenoa en Operación Triunfo. Pues bueno. Les doy mi palabra de honor de que, aunque el comentario se interpretó correctamente en casi todos los periódicos locales, una de las crónicas simplificaba en corto y por derecho, afirmando: «Pérez-Reverte dice que Ofelia y Ana Karenina eran hombres travestidos».

No me enfadé mucho, la verdad. Para qué les digo que sí, si no. A estas alturas de la feria, y tras haber sido veintiún años miembro activo de uno de los oficios más canallas que conozco -las famosas tres pés: putas, policías y periodistas- uno sabe a qué se expone cuando abre la boca. Pero si la cierras te llaman arrogante y chulito, y se preguntan de qué va el asocial éste, que sólo se relaciona con el Washington Post. Pregunten a mi vecino el perro inglés, que lo vivió en su negra espalda hace mucho tiempo. De qué vas, te dicen. Que publicas pero luego andas de estrecho por la vida. Resulta que en tinglado de ahora eso de largar es inevitable, y uno juega con lo que hay; poniendo cuando quiere, eso sí, ciertos límite Pero tampoco es cosa de elegir todo el rato con quién hablas y con quién no, a este le doy una entrevista y a este que le vayan dando. La gente se ofende, con razón o sin ella. Intentas atender los requerimientos de tu editor, promoción, conferencias de prensa y canutazos de la tele incluidos -que esa es otra: resúmame en treinta segundos su puta novela-. Resignado de antemano, claro, a los inevitables daños colaterales, en manos de quien, a veces, pregunta dos chorradas y luego opina alegremente sobre una novela que a ti te llevó cincuenta años de tu vida, y que él ni ha leído ni la piensa leer nunca. Total, me dije. Que la próxima vez lo de Shakespeare y Karenina y la pava esa de la Bovary voy a dejarlo más claro si puedo. Y en la siguiente ocasión me amarré los machos. En cuanto dije hola, a la hora de contar lo del alma femenina, me apresuré a matizar. Hubo un tonto del culo en otro sitio dije, que cuando conté esto interpretó lo otro. Y yo quería decir exactamente tal y cual. Lo juro. Lejos de mi ánimo enmendarle la plana, o soñarlo siquiera, a los grandes de la literatura universal. Insisto. Mucho ojito. Sólo digo, fíjate bien, que conocer esa opinión, lo de autores masculinos travestidos y tal, me tuvo veintinueve meses obsesionado por caer en una posible trampa, que a Flaubert, que era un genio inmenso, tal vez se la traía bastante floja; pero que a mí podía hacerme polvo el personaje y la novela, etcétera. ¿Está claro?... Parecía estarlo. Incluso algunos redactores y redactoras conmovidos por mi inquietud, asentían con sosegantes movimientos de cabeza. Tranquilo, chaval. Nos hacemos cargo.

Flaubert y todo eso. Estás en buenas manos. Por la tarde presenté la novela y me fui con la satisfacción del deber cumplido. Esta vez lo tienen claro, pensaba. No voy a quedar otra vez como un imbécil. Pero me equivocaba, por supuesto. A la mañana siguiente, con el café, abrí un periódico local por la sección de Cultura. Titular: Pérez-Reverte presentó su novela. Texto: «No he caído en el error en que cayó Shakespeare. A diferencia de Ofelia, Madame Bovary y otros personajes de Tolstoi, mi personaje sí es una mujer auténtica».

7 de julio de 2002

lunes, 1 de julio de 2002

Madrid, la Ley y el Orden


Ahora comprendo que a veces me paso varios pueblos y una gasolinera con el alcalde Álvarez del Manzano, y que mi vecino de la espalda negra y las almas tan blancas también se pasa mucho. Incluso más que yo, porque a él lo ciegan la proximidad y la pasión. Resulta inexacto, en lo que a mí respecta, que la Villa y Corte encomendada a la vara de tan simpático regidor -esa cara, esa sonrisa- sea punto por punto la casa de putas que el perro inglés y el arriba firmante describimos en ocasiones. Y es injusto, concluyo, mentarle al excelentísimo señor, o como se diga, los muertos del modo en que lo hacemos; incluso a pesar de las obras perpetuas, y el tráfico infame, y los paneles de metacrilato con los que la concejalía correspondiente bloquea a los madrileños lo que mi amigo el escritor maldito Montero Glez, antes Roberto del Sur llama, la única salida digna de Madrid: el Viaducto.

Debo decir, en descargo de mi vecino y mío propio, que así, a primera vista, la ciudad le quema los nervios a cualquiera. La desvergüenza y el caos urbano, la permisividad municipal con lo que le conviene al Ayuntamiento y el despotismo ante lo que no le conviene, sin que el patrón de esas conveniencias coincida forzosamente con las necesidades del ciudadano, terminan sacándote de quicio, incluso cuando, como es mi caso, sólo bajas a Madrid de vez en cuando, en plan Paco Martínez Soria, a ver librerías y saludar a Alfonso en su puesto de lotería y tabaco del café Gijón. Y cada vez termino formulándome varias preguntas que pueden resumirse en una: ¿Por qué en Madrid siempre hay un guardia municipal dándote por saco cuando no molestas a nadie, y nunca hay uno cuando lo necesitas?... Quiero decir que los guindas sólo aparecen, y además en grupos nutridos con chalecos verde fosforito, para prohibirte la entrada al aparcamiento de toda la vida, o para cortar el tráfico en tus narices y sin previo aviso cuando la hermandad agropecuaria de Jarandilla del Cebollo, que a ti te importa un carajo, se manifiesta y bloquea la Puerta del Sol. O para desviarte hasta Vallecas cuando los retrasados mentales que enloquecen porque su equipo marca un gol, deciden celebrarlo borrachos rompiendo la Cibeles, y los municipales lo vallan todo, no para evitar que la rompan, sino para que puedan hacerlo a gusto. En todas esas soplapolleces, digo, nunca faltan pitufos con coches y pirulos azules y toda la parafernalia; pero a cualquier hora del día o de la noche tú vas por una calle de cinco carriles, y de los cinco hay cuatro bloqueados por coches en prohibido y en doble fila, tan campantes, y en la esquina siempre hay dos agentes tocándose los huevos mientras la grúa recaudatoria se lleva justo el coche que no molesta a nadie. O ves a los carteristas y a los tironeros que campan a sus anchas frente a tiendas y restaurantes, y cuando agarran el botín y empujan a la abuela o al turista y salen por pies, resulta que nunca hay un guardia para echarles una carrerita, porque están todos muy atareados multando a los taxistas que se detienen a esperar tres minutos a sus clientes frente a las farmacias.

Es tal vez ese panorama el que nos hace ser injustos con nuestro particular sheriff manzanil de Nottingham y sus guindillas. Ubi sunt, nos preguntamos. Y para qué. Etcétera. Pero hete aquí que al fin obtengo respuesta adecuada. Los guardianes del municipio están donde deben estar. Lo que pasa es que, ocupados en asuntos de importancia, se ven obligados a descuidar aspectos secundarios del orden y la seguridad ciudadana. La semana pasada, verbigracia, y según leo en los periódicos, lo que se dice estar, estaban. Concretamente en la madrileña plaza de los Carros, distrito de Centro, donde dos guardias municipales le impusieron una multa de 150 euros -25.000 pesetas- una encima de otra a una madre cuyo hijo de siete años jugaba al fútbol incumpliendo las ordenanzas municipales de una ciudad tan ordenada y feliz como la que nos ocupa. Imagino que los robocops actuaron con admirable profesionalidad, y que mientras uno encañonaba al delincuente -con siete años de edad vienen ahora muy resabiados, los hijoputas- el otro le pondría los grilletes tras requisarle el letal esférico, por si las moscas. Si te mueves tabraso, cabrón. Tienes derecho a guardar silencio. Etcétera. ¿Visualizan el cuadro? Aquí Patrulla 05 a todas las unidades, tenemos un Código Seis. Envíen refuerzos. Piii-po, piii-po. Doy por supuesto que, una vez erradicado el fútbol infantil ilegal de la vía pública, los guindas se ocuparán también de los niños que conducen triciclos por las aceras y los parques incomodando a los viandantes -imagino, guau, esas persecuciones a tiro limpio cuando los pequeños delincuentes no obedezcan la voz de alto-, y después tocará pedir papeles a las niñas que llevan en cochecitos o en brazos a muñecas inmigrantes negras de color. Porque ahí está el intríngulis. Sólo de esa forma un alcalde, un ayuntamiento y una policía municipal comme il faut se ganan a pulso el respeto de los ciudadanos. O sea. Mano dura. Firmeza implacable frente al imperio del crimen.

30 de junio de 2002