Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 23 de febrero de 2003

Una de taxistas


Me gustan los taxis. Buenos días, lléveme a tal sitio, etcétera. En cuanto me acomodo en el asiento trasero, me dispongo a disfrutar de esos momentos en que todo se suspende, cuando lo inmediato no depende de ti, y te hallas en manos de otro que toma las decisiones. Lo bueno de ir en un taxi es que ya no estás en el sitio de antes y todavía no has llegado al otro. Un espacio para descansar, o reflexionar. Para cerrar los ojos, o mirar el mundo por la ventanilla mientras te mueves impunemente a través de él, en espera del siguiente episodio. Del próximo combate. Para quienes no soportamos conducir un automóvil por el territorio hostil de las ciudades, el taxi es como el cigarrillo del soldado, el café del funcionario o el carajillo del albañil. Una tregua. También me gusta observar a los taxistas, porque suelen ser gente interesante. Por lo general. Al moverse por el corazón de una ciudad se mueven también por el corazón de quienes la habitan. La suya es una magnifica atalaya de la vida humana, y en ellos intuyes el rastro de quienes han pasado por el asiento que ocupas. Muchos son lo que sus clientes han hecho de ellos, para bien o para mal. Y hay diversos tipos.

Ustedes tendrán su clasificación; yo tengo la mía: el Cliniswood, el Hincha, el Makoki, el Abuelo, el Fitipaldi, el Melómano, el Resentido, el Pelmazo... El Cliniswood, como su nombre indica, no abre la boca ni al final de trayecto para decir cuánto le debes -se limita a señalar el taxímetro- y acojona por lo serio, hasta el punto de que en los atascos no te atreves a decir que llegaríamos antes por la calle Leganitos. El Hincha pertenece al género futbolero: va escuchando a Gaspar Rosety, y frena de pronto para gritar gol, gooool, el hijoputa. El Makoki, por su parte, es joven, gasta chupa de cuero y patillas, siempre te tutea, y en versión femenina lleva a Luz Casal en el radiocasete y un espray antivioladores en la guantera. Quien siempre te habla de usted y conduce despacio es el Abuelo, veterano con el pelo blanco y una foto de los nietos en el salpicadero, diciéndole: yayo, no corras. Al Fitipaldi se le queda pequeña la ciudad entre frenazos y acelerones, cambia de carril y pasa semáforos en ámbar, jugándose su vida y de paso la tuya; y en cuanto coge la carretera de La Coruña pone el cascajo a ciento ochenta, con vibraciones que te hacen sentir como si tuvieras Parkinson. El Melómano suele ser callado, para en cada Stop y siempre lleva puesto a Mozart. En cuanto al Resentido, odia a la humanidad: insulta a los guardias, a las mujeres conductores, a las señoras con el carrito de la compra y a los niños que salen del cole, amenaza a los rumanos de los semáforos, y cuando un motorista le roza el espejo retrovisor de afuera, sale del coche muy cabreado empuñando un destornillador de dos palmos.

El Pelmazo es la única variedad que no soporto. El otro día me tocó uno, y casi echo las muelas. Vas en tu asiento sin meterte con nadie, viniendo de enterrar a tu madre, por ejemplo, o hecho polvo porque la legítima ha pedido el divorcio y se queda con la casa, el coche y el perro, o a lo mejor estás calculando mentalmente el tercio del cociente agregable a la división de un peso por el cuadernal móvil del que se suspende, y en ésas el taxista se pone a explicar por qué vota al Pepé o al Pesoe, a solucionar el problema vasco, o a hablar de fútbol. Ese fue el caso. El que me tocó en desgracia llevaba la radio con Bustamante a toda pastilla. Que ya tiene delito. Y cuando le pedí que bajara el sonido, hágame el favor, porque ya sólo me quedaba medio tímpano sano, lo hizo a regañadientes. Para vengarse, empezó a hablar de fútbol. Todo el rato en inexplicable plural -hemos ganado, jugamos el domingo en casa-, volviéndose de vez en cuando a asegurarme que ya era hora de que a Van Gaal lo echaran a la calle. Mi táctica de responder con vagos gruñidos y monosílabos poco alentadores, eficaz en tales casos, se estrelló en su verborrea liguera. Y el Aleti, me decía de pronto. Qué le parece a usted lo del Aleti. ¿Ein? Y se volvía a mirarme indignado, como si yo tuviera la culpa. Luego le tocó a Joan Gaspar. Al fin, a la desesperada, pregunté con perfecta cara de idiota quiénes eran esos Cásper y Vandal. Y oigan. Mano de santo. El fulano cerró la boca poquito a poco, mirándome por el retrovisor como si yo fuera gilipollas. Ya no dijo nada hasta el final del trayecto, limitándose a subir otra vez el volumen de la música. Después, cuando llegamos a mi destino y mientras me bajaba del taxi, comentó, sarcástico: “Usted sale en la tele, ¿verdad?...” Hay que joderse.

23 de febrero de 2003

domingo, 16 de febrero de 2003

Poco cine y mucho morro


Pues claro que el cine español ha perdido espectadores. Y más que va a perder, antes de que la última película se titule Cerrado por defunción. Hay menos rodajes, menos inversiones y menos ventas. Los de la industria nacional -digo industria por llamarla de algún modo- se quejan de que el celuloide se va al carajo, y de que las productoras norteamericanas se nos comen. Es verdad. Los gringos controlan televisiones y salas de cine; y, aparte de imponer modelos ideológicos y culturales, asfixian el cine europeo y español, hasta el punto de que los exhibidores se bajan los calzones y encima pagan el cafelito. Por eso la cinematografía hispana reclama medidas urgentes. Y yo me sumo. Pero la risa locuela me viene cuando oigo que esas medidas permitirían «competir en igualdad de condiciones con el cine estadounidense», y cuando productores y directores culpan a las televisiones de no invertir más en sus apasionantes proyectos cinematográficos.

Menudo morro, el de mis primos. Sobre todo el de algún productor que conozco. Hay nobilísimas excepciones, por supuesto. Muchas. Gente que se rompe los cuernos para sacar adelante proyectos dignos, y a veces lo consigue. Pero otros tienen un hocico que lo arrastran. El cine se muere, dicen quienes ayer aún voceaban eufóricos el gran momento del negocio. Ahora no hay viruta, lloran. Todos al paro, etcétera. Y los periodistas del ramo, y algunos medios oficiales corean con palmas flamencas. Nada que objetar a eso. Pero lo que nadie dice es que algunos de esos productores que tanto sufren por la agonía del cine, a los que hace ocho o diez años conocimos tiesos como la mojama, se han hecho millonarios en poco tiempo gracias a esa industria que ahora agoniza. ¿El truco? Chupado. No se trata de hacer películas buenas, sino sólo de hacer películas. Lo mismo da que sean malas y baratas, aunque si son caras, mejor. También da igual que se estrenen o no, y que recauden filfa. No imaginan ustedes la cantidad de películas que en España se han rodado en los últimos años, y luego ni siquiera se estrenaron.

Pero a pocos les importa, porque con el sistema de producción basado en financiación de televisiones y respaldo oficial, casi nadie puso en ellas un duro propio. Una película significa beneficio industrial para el productor espabilado que maneja dinero fácil: a veces, con sólo rodarla ya gana dinero. Y cuanto más se ahorre en guión, en actores, en dirección artística, en semanas de rodaje, mejor. Si luego va bien en los cines, chachi. Si no, Santa Rita y la culpa a los espectadores, que Hollywood les come el tarro y no apoyan el cine nacional. Y ese sistema, conocido y amparado por todo Cristo con la complicidad inevitable de quienes necesitan películas para trabajar, es el que funciona en el cine español. Así se explica que se ruede tanta caspa: unos cuantos listos extorsionando al estado y a las televisiones para forrarse sin que nadie proteste ni lo denuncie, mientras la gente que se juega con dinero propio las habichuelas y el futuro se pega leñazos de muerte y tiene que hipotecar la casa.

Pero la culpa no es sólo de esa clase de productores que lloran por un cine que han matado ellos. Salvo honrosas y singularísimas excepciones, que el público agradece en taquilla, el perfil de la película española media es la historia anodina de un fulano y/o fulana que pasan hora y media diciendo obviedades entre planos larguísimos y gratuitos que aburren a las ovejas. Y encima pretenden que la gente pague por verlo. Eso, o la nonagésimoquinta plasta maniquea sobre la guerra civil, que no se cree nadie, nacionales malvados y republicanos bondadosos, con actores que no saben ni decir hola, en este país donde el guionista no existe o no le pagan, y donde cualquier tiñalpa de la tele se convierte, gracias a críticos de pesebre, en la revelación artística del año; mientras los pocos actores de verdad que van quedando tienen que buscarse la vida como pueden. Queremos cine como el francés, claman los de la presunta industria. Allí el público hace cola apoyando el suyo, mientras que el nuestro pasa mucho. Pero claro. Los gabachos, además de trincar, hacen Nikita, El Gran Azul, Capitán Conan, Chocota, Cyrano, La reina Margot, Los ríos de color púrpura, La cena de los idiotas, Doberman, Vidocq o El pacto de los Lobos, con actores como Juliette Binoche, Cassel hijo, Isabelle Huppert, Depardieu, Rochefort y Jean Reno. No te fastidia. Dale El puente sobre el río Kwai y toda la pasta del mundo a un productor de aquí. Que busque director, y luego te haga un guión y un casting.

16 de febrero de 2003

domingo, 9 de febrero de 2003

La mochila y el currículum


Llueve a ratos, y Madrid está frío y desapacible. Pasan paraguas al otro lado del escaparate de la librería de mi amigo Antonio Méndez, el librero de la calle Mayor. Estamos allí de charla, fumando un pitillo rodeados de libros mientras Alberto, el empleado flaco, alto y tranquilo, que no ha leído una novela mía en su vida ni piensa hacerlo -«ni falta que me hace», suele gruñirme el cabrón- ordena las últimas novedades. En ésas entra un chico joven con una mochila a la espalda, y se queda un poco aparte, el aire tímido, esperando a que Antonio y yo hagamos una pausa en la conversación. Al fin, en voz muy baja, le pregunta a Antonio si puede dejarle un currículum. Claro, responde el librero. Déjamelo. Y entonces el chico saca de la mochila un mazo de folios, cada uno con su foto de carnet grapada, y le entrega uno. Muchas gracias, murmura, con la misma timidez de antes. Si alguna vez tiene trabajo para mí, empieza a decir. Luego se calla. Sonríe un poco, lo mete todo de nuevo en la mochila y sale a la calle, bajo la lluvia. Antonio me mira, grave. Vienen por docenas, dice. Chicos y chicas jóvenes. Cada uno con su currículum. Y no puedes imaginarte de qué nivel. Licenciados en esto y aquello, cursos en el extranjero, idiomas. Y ya ves. Hay que joderse.

Le cojo el folio de la mano. Fulano de Tal, nacido en 1976. Licenciado en Historia, cursos de esto y lo otro en París y en Italia. Tres idiomas. Lugares, empresas, fechas. Cuento hasta siete trabajos basura, de ésos de tres o seis meses y luego a la calle. Miro la foto de carnet: un apunte de sonrisa, mirada confiada, tal vez de esperanza. Luego echo un vistazo al otro lado del escaparate, pero el joven ha desaparecido ya entre los paraguas, bajo la lluvia. Estará, supongo, entrando en otras tiendas, en otras librerías o en donde sea, sacando su conmovedor currículum de la mochila. Le devuelvo el papel a Antonio, que se encoge de hombros, impotente, y lo guarda en un cajón. Él mismo tuvo que despedir hace poco a un empleado, incapaz de pagar dos sueldos tal y como está el patio. Antes de que cierre el cajón, alcanzo a ver más fotos de carnet grapadas a folios: chicos y chicas jóvenes con la misma mirada y la misma sonrisa a punto de borrárseles de la boca.

España va bien y todo eso, me digo. La puta España. De pronto la tristeza se me desliza dentro como gotas frías, y el día se vuelve más desapacible y gris. Qué estamos haciendo con ellos, maldita sea. Con estos chicos. Antonio me mira y enciende otro cigarrillo. Sé que piensa lo mismo. En qué estamos convirtiendo a todos esos jóvenes de la mochila, que tras la ilusión de unos estudios y una carrera, tras los sueños y el esfuerzo, se ven recorriendo la calle repartiendo currículum en los que dejan los últimos restos de esperanza. Licenciados en Historia o en lo que sea, ocho, años de EGB, cinco de formación profesional, cursos, sacrificios personales y familiares para aprender idiomas en academias que quiebran y te dejan tirado tras pagar la matrícula. Indefensión, trampas, ratoneras sin salida, empresarios sin escrúpulos que te exprimen antes de devolverte a la calle, políticos que miran hacia otro lado o lo adornan de bonito, sindicatos con más demagogia y apoltronamiento que vergüenza. Trabajos basura, desempleos basura, currículums basura.

Y cuando el milagro se produce, es con la exigencia de que estés dispuesto a todo: puta de taller, puta de empresa, boca cerrada para sobrevivir hasta que te echen; y si tienes buen culo, a ser posible, deja que el jefe te lo sobe. Aún así, chaval, chavala, tienes que dar las gracias por los cambios de turno arbitrarios, los fines de semana trabajados, las seiscientas horas extras al año de las que sólo ochenta figuran como tales en la nómina. Y si encima pretendes mantener una familia y pagar un piso date con un canto en los dientes de que no te sodomicen gratis. Flexibilidad laboral, lo llaman. Y gracias a la flexibilidad de los cojones se han generado, dice el portavoz gubernamental de turno tropecientos mil empleos más, y somos luz y fan de Europa. Guau. Gracias a eso, también, un chaval de veintipocos años puede disfrutar de la excitante experiencia de conocer ocho empleos de chichinabo en tres o cuatro años, y al cabo verse en la calle con la mochila, buscándose la vida bajo la lluvia. Partiendo una y otra vez de cero. Flexibilidad laboral. Rediós. Cuánto eufemismo y cuánta mierda. A ver qué pasa cuando, de tanto flexionarlo, se rompa el tinglado y se vaya todo al carajo, y en vez de currículums lo que ese chico lleve en la mochila sean cócteles molotov.

9 de febrero de 2003

domingo, 2 de febrero de 2003

Gallegos


Tengo en casa un antiguo álbum de Castelao: cuarenta y nueve láminas en folio, cada una con su leyenda. Nos, se llama. Nosotros. Los dibujos son de hace casi un siglo: viñetas de la vida gallega campesina y marinera, nacidas como consecuencia de las huelgas de la época, las matanzas de labriegos y el caciquismo. Imágenes y textos tan pesimistas y terribles que, en palabras del autor, queman como un rayo de sol a través de una lupa. De vez en cuando le echo un vistazo a ese álbum, por la belleza de sus estampas y por el conmovedor sentido de sus textos. La lámina número 9 muestra a una pobre aldeana que carga un ataúd rotulado Ley mientras dice: ¡Canto pesa e como fede! («Cuánto pesa, y cómo apesta»). En la número 16, un niño pobre le dice a otro: O que sinto eu é que algún que maltratou a miña naí morra denantes de que eu chegue a hombre («Lo que siento es que alguno que maltrató a mi madre muera antes de que yo llegue a hombre»). Y en la 37, un campesino comenta, hablando de sus rapaces: Téñoche un tan listo que ten quince anos e xa non cre en Deus («Tengo uno tan listo que tiene quince años y ya no cree en Dios»). Hay otras láminas irónicas y terribles, incluida una que me remueve por dentro cada vez que la miro: Eu non quería morrer alá. ¿Sabe, miña naí? En ella, ante una pobre mujer resignada, bajo un crucifijo y una mesa con medicinas, un demacrado emigrante agoniza diciendo: «Yo no quería morirme allá. ¿Sabe, madre mía?».

Gallegos. Ahora, con la historia del Prestige, he vuelto a sentarme a pasar las páginas de Nos. Ya no es, por supuesto, aquella Galicia donde el pobre anciano daba su hijo para Cuba y su nieto para Melilla, y luego perdía la mísera choza por no poder pagar los impuestos. Sin embargo, quedan ecos. Aunque ese ángulo de España es moderno y mira al futuro, aún conserva desdichados aires de lo que, habiendo cambiado, nunca llegó a cambiar del todo: el lastre del caciquismo, la injusticia y el olvido. Pensé mucho en eso estos días, viendo a los gallegos en la tele, oyéndolos hablar en la radio con la amarga y sabia gravedad de quien lo tiene todo muy claro. Conscientes, desde los tiempos de Castelao y desde mucho antes, de que as sardiñas volverían se os Gobernos quixesen; pero los Gobiernos, o no quieren, o hasta ahora les importaron las sardinas un carajo. Por eso, cuando el enemigo asomó frente a la Costa de la Muerte en forma de mancha de fuel los gallegos, en vez de mirar a Madrid y llorar cruzados de brazos esperando soluciones o milagros, salieron a pelear, estoicos, que no resignados -sólo algunos políticos idiotas confunden una cosa y otra-, sabiendo desde el principio que iban a hacerlo, como siempre, solos. Con silencios, dignidad y coraje. A reñirle a la vid ese duro combate en el que son expertos desde hace siglos, dejándose la piel en las playas y en el mar. Luego vino la hermosa solidaridad de otros lugares y gentes de España; y al cabo, la lenta y torpe reacción oficial. Pero eso fue después. Al principio, cuando se lanzaron a la lucha, los gallegos ni pedían, ni esperaban. Sólo contaban con sus pobres medios. Y con sus cojones.

Es la lección admirable de esta tragedia: la extrema dignidad gallega incluso en el caos de principio, cuando la incompetencia oficial y la desesperanza. No queremos limosnas, sino ayuda, repetían. Que las marquesas del Rastrillo se metan los juguetes de reyes donde les quepan que quede claro que la pasta recaudada por ésto o aquéllos es para pagarse sus banderitas, y no cosa nuestra. Aquí no hace falta caridad, porque tenemos manos y cabeza. Lo que necesitamos son medios técnicos y vergüenza por parte de la Xunta, del Gobierno y de la puta que los parió. Y oyéndolos, viéndolos organizarse y actuar con sus barcos y los artilugios fruto de su ingenio, encima irse a Francia a explicar a los gabacho que la marea negra no había que esperarla en la costa, sino ir a su encuentro con decisión y combatirla en alta mar, me estremecí de admiración, y orgullo confirmando en sus palabras, en sus rostros curtidos y duros, en la firmeza de las mujeres que chapoteaban entre el fango de las playas, que habrían peleado igual aunque hubiesen estado solos, porque lo estuvieron siempre, y tienen costumbre. Así que, a partir de ahora, más vale que los Gobiernos se espabilen con las sardinas. Las cosas han cambiado desde aquel En Galiza non se pide nada. Emígrase, de Castelao. Mucho ojo. La nueva leyenda se la han ganado pulso dando ejemplo a toda España, y es otra: “En Galicia no se pide nada. Se lucha”.

2 de febrero de 2003