Último libro de Arturo Pérez-Reverte

martes, 26 de octubre de 2004

Al final, género

Se veía venir. Ley contra la Violencia de Género, la han llamado. Pese a los argumentos de la Real Academia Española, el Gobierno del talante y el buen rollito, impasible el ademán, se ha pasado por el forro de los huevos y de las huevas los detallados argumentos que se le presentaron, y que podríamos resumir por quincuagésima vez diciendo que ese género, tan caro a las feministas, es un anglicismo que proviene del puritano gender con el que los gringos, tan fariseos ellos, eluden la palabra sex. En España, donde las palabras son viejas y sabias, llamar violencia de género a la ejercida contra la mujer es una incorrección y una imbecilidad; pues en nuestra lengua, género se refiere a los conjuntos de seres, cosas o palabras con caracteres comunes –género humano, género femenino, género literario–, mientras que la condición orgánica de animales y plantas no es el género, sino el sexo. Recuerden que antiguamente los capullos cursis llamaban sexo débil a las mujeres, y que género débil no se ha dicho en la puta vida. 

Todo eso, pero con palabras más finas y académicas, se le explicó hace meses al Gobierno en un documento respaldado por sabios rigurosos como don Francisco Rodríguez Adrados, don Manuel Seco, don Valentín García Yebra y don Gregorio Salvador, entre otros. Ahí se sugerían alternativas –la RAE nunca impone, sólo aconseja–, recomendando el uso de la expresión violencia doméstica, por ejemplo, que es más recta y adecuada. Al Gobierno le pareció de perlas, prometió tenerlo en cuenta, y hasta filtró el informe –que era reservado– a la prensa. De modo que todo cristo empezó a decir violencia doméstica. Por una vez, se congratuló la Docta Casa, los políticos atienden. Hay justos en Gomorra. Etcétera. 

Pero, como decía La Codorniz, tiemble después de haber reído. Ha bastado que algunas feministas fueran a la Moncloa a decir que la Real Academia no tiene ni idea del uso correcto de las palabras, y a exigir que se ignore la opinión de unos tiñalpas sin otra autoridad que ser lingüistas, filólogos o lexicógrafos, para que el Gobierno se baje los calzones, rectifique, deje de decir violencia doméstica, y la expresión violencia de género figure en todo lo alto de la nueva ley, como un par de banderillas negras en el lomo de una lengua maltratada por quienes más deberían respetarla. Aunque tal vez lo que ocurre sea, como asegura la franciscana peña que nos rige, que el mundo se arregla, además de con diálogo entre Occidente y el Islam –Occidente sentado en una silla y el Islam en otra, supongo–, con igualdad de géneros y géneras. El otro día ya oí hablar de la España que nos legaron nuestros padres y madres. Tela. Como ven, esto promete. 

En cualquier caso, el nombre de la nueva ley es un desaire y un insulto a la Real Academia y a la lengua española; y ocurre mientras el español –aquí llamado castellano, para no crispar– se afianza y se reclama en todas partes, cuando en Brasil lo estudian millones de personas y es obligatorio en la escuela, y cuando se estima que en las universidades de Estados Unidos será lengua mayoritaria, sobre el inglés, hacia 2020. Y oigan. Yo no soy filólogo; sólo un académico de infantería que hace lo que puede, y cada jueves habla a sus mayores de usted. Esos doctos señores no van a quejarse, porque son unos caballeros y hay asuntos más importantes, entre ellos seguir haciendo posible el milagro de que veintidós academias asociadas, representando a cuatrocientos millones de hispanohablantes, mantengan la unidad y la fascinante diversidad de la lengua más hermosa del mundo –Quevedo, Góngora, Sor Juana y los otros, ya saben: esos plumíferos opresores y franquistas–, y que un estudiante de Gerona, un médico de Bogotá y un arquitecto de Chicago utilicen el mismo diccionario que, se supone, utilizan en La Moncloa. Pero yo no soy un caballero. Me educaron para serlo, pero no ejerzo. Así que me tomo la libertad de decir, amparado en el magisterio de esa Real Academia que el Gobierno de España acaba de pasarse por la entrepierna, que llamar violencia de género a la violencia doméstica es una tontería y una estupidez. Y que la palabra que corresponde a quien hace eso –página 1.421 del DRAE: persona tonta o estúpida– es, literalmente, soplapollas. Eso sí: el año que viene, a la hora de hacerse fotos en el cuarto centenario del Quijote, se les llenará a todos la boca de Cervantes. Ahí los espero. 

25 de octubre de 2004 

martes, 19 de octubre de 2004

Sobre bufones y payasos

Interesante, pardiez. Resulta que el Reino Unido de la Gran Bretaña tiene de nuevo bufón oficial después de tres siglos y medio con la plaza vacante. Para ser exactos, vacante desde 1649, fecha en la que el titular del asunto, un tal Mukle John, se quedó sin empleo cuando su amo el rey Carlos I -el que siendo príncipe de Gales, como el Orejas, vino a España de incógnito para rondar a la infanta María, hermana de Felipe IV- perdió el reino y la cabeza a manos del verdugo. Un verdugo que, por supuesto, se llamaba Mordaunt y era hijo bastardo del conde de Wardes y de Carlota Backson -más conocida por Milady de Winter, ex legítima de Athos, conde de la Fére-, y primo de Raúl, vizconde de Bragelonne. Pero ése es otro culebrón y es otra historia. Léanse la magnífica trilogía mosqueteril de Alejandro Dumas, y así me ahorran detalles. De lo que quiero hablarles hoy es de que Inglaterra ya tiene otra vez bufón. Se llama Nigel Roder y ha conseguido su trabajo después de que Patrimonio Inglés lo seleccionara entre seis candidatos al puesto, con salario y contrato en regla, que consiste exactamente en eso. En mantener viva la tradición de bufones reales en lugares históricos de allí. 

También España tuvo los suyos, naturalmente. Velázquez pintó a varios, confiriéndoles en el lienzo una conmovedora dignidad. Lo que no fue un acto de piedad sino de justicia; pues muchos bufones del pasado, aunque algunos tenían taras físicas -eran tiempos crueles para todos- y su trabajo consistía en divertir al rey y a su corte, fueron personajes de extrema inteligencia, rápido ingenio y lengua afilada, hasta el punto de que su peculiar situación les permitía transgredir reglas y decir a los monarcas verdades que a otros cortesanos les habrían costado la cabeza. No sé en qué afortunado momento desaparecieron los bufones de los palacios españoles; imagino que, como en el resto de Europa, a finales del XVII fueron poco a poco sustituidos por comediantes y autores satíricos. En cualquier caso, si lo de recuperar la figura de marras puede parecer -a mí me lo parece- una perfecta gilipollez, lo cierto es que en Inglaterra esa clase de gilipolleces encajan mucho con las tradiciones y demás. Quiero decir que a nadie sorprende lo del bufón real inglés, habida cuenta, por ejemplo, de que otras añejas costumbres inglesas, como la de la puta del rey -hay alguna estupenda película sobre eso, creo-, también siguen vivitas y coleando. O casi. 

En España, afortunadamente, no hacen falta concursos ni selecciones bufonescas. Si es cierto que la figura del animador real se extinguió con el tiempo, la de payaso ha tenido mucha fortuna desde entonces, y la sigue teniendo. Y no me refiero a los respetables payasos que hacen reír a los niños, sino a otros que uno se topa cada día, al encender la radio o la tele, o abrir el periódico. Payasos contumaces con escaño y coche oficial, con derecho a voz y a voto, desprovistos, en buena parte, del más elemental sentido del ridículo o la decencia. Payasos de todo tipo y pelaje. En ese registro, las variedades ibéricas son dignas de una serie del National Geographic: payasos de gaviota desplumada, escapulario y corbata fosforito, payasos a los que les tocó la lotería un 11-M y no saben qué hacer con el décimo, payasos de la Izquierda Unida Verde Manzana Federal del Circo Price, payasos que compran votos con chanchullos, subsidios e inmigrantes, payasos periféricos que ya se cargaron una monarquía y dos repúblicas y a quienes sólo importa la caja registradora de su tienda de ultramarinos, payasos que falsifican la Historia según quién les ceba el pesebre, payasos de uniforme, fajín y menudillo de Yak bajo la alfombra, payasos episcopales y casposos incapaces de retener a la clientela, payasos analfabetos que dicen representarme aunque son incapaces de articular de modo inteligible sujeto, verbo y predicado, payasos cuñadísimos con moto de agua y camisa intrépida de General Mandioca, payasos de la demagogia galopante y omnipresente, payasos y payasas de género y de génera. Y de postre, para rematar el circo, todos esos Payasos sin Fronteras, Payasos del Mundo, Payasos Solidarios, Payasos en Acción, que de vez en cuando escriben cartas protestando porque, en legítimo uso de la acepción principal de la voz payaso en el Diccionario de la Real Academia Española -persona de poca seriedad, propensa a hacer reír con dichos o hechos-, llamo payasos a tantos a quienes, en realidad, debería llamar irresponsables hijos de la gran puta. 

18 de octubre de 2004

martes, 12 de octubre de 2004

Ya no hay canallas así

Lo juro por mis muertos más frescos: ayer por la noche pasé hora y media de absoluta felicidad, sentado en una butaca del teatro Bellas Artes de Madrid. Todavía esta mañana, al mirarme al espejo, tenía una sonrisa de bobo en la cara. Porque la obra es magnífica. Se llama La cena, escrita por Jean Claude Brisville e interpretada por Josep María Flotats y Carmelo Gómez. Y me siento a darle a la tecla, impresionado aún. Les debo esta página al autor, a Flotats, a Carmelo. El texto, traducido por Mauro Armiño, es extraordinario; de una inteligencia y elegancia extremas. Y los intérpretes lo bordan. Teatro de verdad. Actores de verdad. El local estaba lleno y lo seguirá estando, supongo. Cualquier espectador, cualquier lector que tenga esa joya a mano y no vaya a verla –soltando, eso sí, la escalofriante suma de veintitantos mortadelos por butaca– merece Salsa rosa, Crónicas marcianas y Gran hermano para el resto de su puta vida. 

El vicio del brazo del crimen, en afortunada y clásica descripción de Chateaubriand: Talleyrand, ex ministro de Exteriores de Napoleón, y Fouché, ex jefe de su policía. Dos animales políticos astutos, implacables, crueles, extraordinarios, que sobrevivieron y prosperaron en aquellos tiempos turbulentos bajo distintos amos y regímenes: la república, el directorio, el consulado, el imperio napoleónico y la restauración borbónica. Dos tenebrosos talentos, dos mentes maestras en la intriga y el chantaje, enfrentadas en una supuesta cena en la noche del 6 al 7 de julio de 1815, en un París ocupado por los vencedores de Waterloo, con una Francia a disposición de quien se apodere de ella. La finura de buena cuna, la ironía y la sutilísima inteligencia de Charles Maurice de Talleyrand, la serpiente diplomática, frente a la astucia perversa, la ambición arribista, la implacable eficacia del lobo carnicero y policial que encarna el sombrío Joseph Fouché. Dos supervivientes natos, dos genios cínicos que desnudan uno ante otro, por necesidad, por supervivencia, los infernales mecanismos del poder de entonces, y de siempre. Y eso, que resulta fascinante para cualquier espectador, intensifica el interés, y el goce, de quien conozca media docena de lecturas útiles para completar personajes y contexto: las Memorias de Talleyrand, las de Fouché, las de Godoy, las de Metternich, y la espléndida biografía talleyrandesca de Louis Madelin, entre otras. Y sobre todo, la reveladora, breve y perfecta Fouché que escribió Stefan Zweig, intuyendo claramente, el pobre, por quién sonaban las campanas. 

Pero sobre todo, viendo hablar y moverse por el escenario a esos dos titanes de la política, el espectador español se ve enfrentado a una reflexión inquietante y sombría: mientras Francia tenía a Fouché y a Talleyrand, Austria a Metternich e Inglaterra a Pitt, España tuvo a Godoy, príncipe de la Paz y ministro universal, cuyo mérito principal –Trafalgar e invasión napoleónica aparte– consistió en hacerle la pelota al rey y calzarse a una reina más golfa que María Martillo. Y a continuación, para rematar el paisaje, vino un vil zurullo llamado Fernando VII, con el canónigo Escóiquiz apuntándole al oído a quién tenía que encarcelar y a quién tenía que fusilar. Quiero decir con esto que, hasta en el reparto de malvados, a los españoles nos tocaron siempre los desechos de tienta y los mierdas sin remedio. Aquí, hasta para mentir, robar, manipular, nuestros hombres públicos fueron –y lo siguen siendo–, salvo contadas e ilustres excepciones, bajunos, mediocres, torpes, y a menudo analfabetos de cultura kleenex sin clase ni luces. Por eso, anoche, sentado en mi butaca, no pude menos que envidiar a quienes, en la nómina de su historia, cuentan con sólidos malvados como Talleyrand y Fouché: monstruos políticos sin escrúpulos, pero con la grandeza de un talento inmenso que les permitió mover los hilos del mundo. Ahora son otros tiempos, otras morales al uso, y ya no hay canallas así. No estoy seguro de si por suerte o por desgracia. Fíjense en el imbécil de Bush. Pero aquellos dos son referencia imprescindible. En cuanto a nosotros, apostaría a que nueve de cada diez políticos españoles no saben quién fue Fouché, o Talleyrand; y encima están convencidos de que ni maldita falta les hace. Si éste fuera un lugar serio, La cena debería representarse en el Parlamento, con asistencia obligatoria de la peña que allí se busca la vida. Para que se les caiga la cara de vergüenza.

11 de octubre de 2004

martes, 5 de octubre de 2004

Víctimas colaterales

No crean. Esta página que escribo desde hace once años también tiene sus fantasmas, y sus remordimientos. Alguna vez dije que todos dejamos atrás cadáveres de gente a la que matamos por ignorancia, por descuido, por estupidez. Cuando te mueves a través del confuso paisaje de la vida, eso es inevitable. Que me disculpen los limpios de corazón y de memoria, pero siempre desconfié de aquellos que, llegados a cierta edad, tienen la conciencia tranquila y no se quedan con los ojos abiertos en la oscuridad, recordando los cadáveres que dejaron en la cuneta. Porque no se puede estar bien con todo el mundo. Vivir significa optar, elegir, moverse. Mojarse. Tomar posición y disparar contra esto o aquello, y también recibir disparos ajenos, por supuesto. Escribir, para qué les cuento.

Como ven, este domingo estoy filosófico. Suelo ponerme así cada tres o cuatro meses, cuando José, el mensajero de El Semanal, me trae a casa el par de cajas llenas con la correspondencia acumulada durante ese tiempo. Son cartas que no contesto –ojalá tuviera tiempo, después de ocho o diez horas diarias dándole a la tecla–, pero que leo siempre cuidadosamente. Hay de todo, claro: lectores que animan a pegarle fuego a todo, gente razonable o inteligente que aporta interesantísimos puntos de vista, cenutrios que no se enteran de nada y para quienes la ironía es tan inasequible como el esperanto, personal que se cisca directamente en mis muertos, y también un notario de Pamplona que echa espumarajos cada vez que menciono a la iglesia católica, apostólica y romana. Porque eso no falla, oigan. En cuanto tocas religión o nacionalismos periféricos, la peña salta como si apretaras un botón. También hay otra clase de cartas, que son las que motivan este artículo. Esas las leo muy despacio. Y al terminar, como dije antes, me quedo siempre con la misma sensación. Melancolía, tal vez sea la palabra. 

A ver si consigo explicarlo. Esta página no puede escribirse con bisturí. Carezco de talento para eso. Los ajustes de cuentas se hacen empalmando la chaira y acuchillando en corto, a lo que salga. En poco más de un folio, y con este panorama, uno pelea y apenas tiene tiempo de mirar a cuántos se la endiña. Sigue adelante, y que el diablo reconozca a los suyos. La justificación es que nadie obliga. Que podría firmar un libro cada dos años y observar la vida desde el escaparate de una librería. Pero ya ven. Unos domingos me divierto horrores, otros me desahogo, y otros digo en voz alta, o lo intento, lo que algunos no tienen medios para decir. Sin embargo, no es posible quedar bien con todos. También hay errores por mi parte, claro. O excesos. Aquí no caben florituras ni sutilezas, si vas a lo que vas. Y menos en esta triste España, donde la gente sólo se da por aludida cuando le pateas los cojones. Pero mochar parejo, que dicen mis carnales de Sinaloa, trae daños colaterales. Víctimas inocentes. La justificación es que uno da la cara y se la juega sin red, sin Dios ni amo, en vez de llevárselo muerto por poner la foto y marear la perdiz, o por hacerle a los demagogos y mangantes que cortan el bacalao –o a quienes pretenden cortarlo– un francés con todas sus letras.

Pero claro. Aun sabiendo todo eso, y sabiendo también que la mayor parte de quienes te leen lo saben, o lo intuyen, resulta imposible sustraerse a la impresión que producen ciertas cartas. Y no hablo de las indignadas, sino de las que envían esas víctimas colaterales que, comprendiendo las reglas del juego, escriben afectuosas, pacientes –el afecto y la paciencia que yo no tuve con ellos–, para recordarte que no siempre es así, que hay tal o cual matiz, que fuiste injusto en esto o en aquello. Y tienen razón. La tienen los jubilados que me afean una palabrota o una exposición demasiado cruda con la ternura que emplearían para dirigirse a sus nietos. La tiene la Robotina que prestó su voz enlatada para un diálogo de besugos, y que me tira de las orejas, con humor y afecto, porque la llamé cacho zorra. La tiene el joven lobo negro que estudió, y luchó, y soñó con una España europea e inteligente, y que ahora, resignado, plancha cada amanecer su traje para meterse dos horas en el tren de cercanías, e ir a ganarse el jornal en condiciones de esclavitud –comes o te comen– explotado por superlobos sin conciencia en una torre de cristal y acero. Que todos ellos y tantos otros comprendan por qué no pude dejarlos al margen, hace mi remordimiento más intenso. Me rodea de fantasmas entrañables a los que me gustaría decir: lo siento. 

4 de octubre de 2004