Último libro de Arturo Pérez-Reverte

lunes, 27 de junio de 2005

Un lector indeseable

Acabo de leer que un jambo al que han juzgado en Barcelona por un sucio asunto de violación, lesiones y asesinato, me hace el dudoso honor de citar párrafos de una novela mía, entre otras, en una especie de diario que ha escrito en el talego sobre su última peripecia. Y la peripecia fue que el fulano, aprovechando un permiso carcelario, fue a los juzgados, tiroteó a los mozos de escuadra que trasladaban a un colega, y dejó a uno tetrapléjico y en silla de ruedas. Los dos choros emprendieron la fuga; y al poco, sorprendiendo en un descampado a una pareja de novios, el colega le pegó seis buchantes al novio y acto seguido, sin despeinarse, violó a la novia. Tal cual. En calentito y sin que le temblara el pulso. Al menos eso afirma el diario de mi lector, que le echa toda la culpa a su consorte. El caso es que, como guinda, uno de los dos fulanos, o los dos, que de eso no estoy muy seguro, tienen el bicho: el sida. Así que el episodio puede inscribirse en toda la mierda de esa España marginal, cutre, oscura, tan miserable y cruel que se te clava en la boca del estómago; la España real que sigue ahí al apagar la tele aunque sólo salga en la sección de sucesos, y de refilón, cuando historias así destapan la cloaca. Una España negra y perra que nada tiene que ver con esa donde se hacen afotos los políticos: la europea, la civilizada, la socialmente correcta hasta echar la mascada, que según Rodríguez Zapatero y su peña –y hasta hace dos días Aznar y la suya– funciona de cojón de pato. Quiero decir que va bien. 

El caso es que, volviendo a mi lector taleguero y a su colega, me gustaría precisar un par de cosas. Más que nada por si, al leer ciertas novelas mías o alguno de estos artículos, alguien se confunde un poquito. El hecho de que a veces, cuando se me pone, puche el golfaray o les haga homenajes a pájaros ilustres como a mi paisano el Maca –«Le tiré cuando se iba»–; al gran Pepe Muelas, virtuoso de la estafa, que en paz descanse; a mi plas Ángel Ejarque, rey del trile; a ese querido Juan Rabadán del que nunca más supe –uno de mis viejos remordimientos– y a otros cuyos nombres no derroto porque siguen en activo, no significa que sea un julandra que no sabe distinguir a un casta legal de un resabiado cabrón. Tampoco el hecho de que en mis novelas aparezcan personajes que viven en el lado oscuro de la vida y de la calle, gente de mala lengua y peor espada, o fusco, o chaira, significa que me trague las milongas sin masticar. Una cosa es la chusma brava, a mucha honra, y otra la escoria. Una cosa es que la vida te haga caer en el lado malo, y buscártela incluso con muescas de palmados en las cachas del baldeo, y otra que seas una alimaña sin escrúpulos ni conciencia. Porque hasta entre los hijos de puta hay clases; o más bien ahí es precisamente donde las clases son más claras. A dos políticos, a dos especuladores o a dos sinvergüenzas con corbata no los distingue más que el color del Bemeuve. Pero entre la gente del bronce, a menudo las diferencias te saltan al careto. No es lo mismo un gitano camello sin conciencia de Las Barranquillas –me importa un huevo que se reboten los gitanos que no lo son: vayan y miren– o un payo hijo de puta como el Anglés y sus colegas de Alcásser, o el murciano basura y miserable que abusaba de bebés para ponerlos en Internet –lástima que se hayan perdido viejas y bonitas tradiciones del maco, y yo me entiendo–, que un fulano a quien la jodía vida ha puesto en mal sitio y se lo monta como puede, pero sin olvidar que hasta para buscársela hay reglas. Que incluso un asesino a sueldo como el capitán Alatriste, un matarife como Sebastián Copons, un ex presidiario como Manolo Jarales Campos, un tipo duro como Santiago Fisterra, una pinche narca cabrona como Teresa Mendoza, tienen sus códigos. Sus límites. Y que sin esos límites, serían –seríamos todos– una puñetera mierda. 

Así que, por si ese fulano de Barcelona o su maldito colega el violeta de gatillo y bragueta fácil no lo han entendido, se lo explico clarito. Dije alguna vez que todo lector es un amigo, pero ahora lo matizo. Las citas literarias del zumbado de Barcelona demuestran que no todo lector lo es. Cada artículo que publico en esta página, cada novela que echa a rodar por el mundo, es una botella con mensaje dentro, que uno tira al mar confiando en que llegue a buenas manos. Resulta imposible elegir a los lectores, pero los amigos son otra cosa. A cierta clase de amigos sí que los elijo yo. Y por el mismo precio, también a ciertos enemigos. 

26 de junio de 2005 

lunes, 20 de junio de 2005

Canutazos impertinentes

Nunca me gustó hacer el payaso, ni que los payasos ganen su jornal a mi costa. Quizá por eso me irrita cierta clase de periodismo basura que se hace en televisión, a base de reporteros provocadores que se plantan en actos oficiales o en situaciones más o menos serias y, bajo pretexto de una divertida y sana informalidad, impertinencia tras impertinencia, procuran dar un tono grotesco a la información. Eso, que en el mundo rosa tiene un pasar –quien vive de dar espectáculo, con su pan se lo coma–, se extiende también, sin escrúpulos, a asuntos más serios como la cultura, o la política. Rara es la tele que no dispone de un programa donde sus reporteros ponen la alcachofa, no para solicitar información, sino para el intercambio de supuestas ingeniosidades o tonterías a palo seco, siendo el objetivo real ridiculizar al entrevistado. Siempre que me toca estar en público eludo prestarme a ese tipo de canutazos, que rara vez favorecen a nadie, y sólo sirven para que el reportero se apunte haber logrado una chorrada más y que la gente pueda reírse a gusto. Ni siquiera en la etapa pionera de esa clase de programas, cuando Wyoming y su brillante equipo realizaban Caiga quien caiga con humor y extrema inteligencia, fulanos simpáticos como Pablo Carbonell o Sergio Pazos consiguieron arrancarme más que un saludo cortés. A veces, ni eso. 

Comparados con algunos de sus epígonos en los tiempos que corren, aquellos caraduras eran exquisitos. Algunos hasta se cortaban un poco ante la gente respetable. Ahora, quienes practican el género entran a saco sin el menor escrúpulo; y lo que es peor, sin hacer distinciones entre lo respetable y lo otro. Por supuesto, la culpa no es suya –a fin de cuentas hacen un trabajo con el que se ganan la vida–, sino de las cadenas que se lucran con esa clase de esperpentos, del público bajuno que los disfruta, y sobre todo de quienes se prestan indignamente, con tal de aparecer treinta segundos en la tele, a las más peregrinas idioteces. A uno se le cae el alma a los pies cuando ve a gente en principio respetable, políticos de fuste o personalidades de las ciencias, las artes o las letras, dar cuartel en ese tipo de emboscadas groseras, deteniéndose en mitad de un acto oficial a responder, con una sonrisilla forzada y buscando desesperadamente una palabra o frase ingeniosa, a las incongruencias que plantea un entrevistador irreverente que mira a la cámara de soslayo mientras guiña un ojo al teleespectador, como diciendo: a ver por dónde nos sale ahora este gilipollas. 

Sobre todo tratándose de políticos, la cosa no tiene remedio. Ahí son todos iguales, sin distinción de sexo o ideología: ven una cámara y se les hace el culito gaseosa. Hasta los más brillantes se prestan al juego al verse interpelados micrófono en mano. Asistí a una demostración práctica el otro día, durante un acto de la Real Academia Española. Nos disponíamos a inaugurar una placa conmemorativa en la casa donde murió Cervantes. Se trataba de un acto solemne, con los académicos allí congregados, y el alcalde de Madrid, Ruiz-Gallardón, había anunciado su asistencia. En ésas, un reportero televisivo, que llevaba un rato haciendo el gamba por los alrededores, pegó bajo la placa cervantina una foto de la presidente de la comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, con quien el alcalde de la ciudad tiene, como sabemos, ciertas diferencias. Yo estaba entre los académicos con traje oscuro, corbata y toda la parafernalia; y como nadie intervenía, me acerqué al reportero, le pasé amistosamente un brazo por los hombros para apartarlo de la cámara, tapé con una mano la alcachofa, y le dije al oído: «Éste es un acto muy serio de la Real Academia, no del alcalde. Así que, como lo envilezcas, te pego una hostia. Personalmente». Algo desconcertado, mirando la insignia académica que yo llevaba en la solapa, el reportero inquirió, perspicaz, si lo estaba amenazando. Respondí: «Evidentemente», y volví junto a mis compañeros. Llegó entonces el alcalde, el reportero le metió el micrófono en la boca, el alcalde pareció encantado con que hubiera periodistas divertidos y cachonduelos que aliviasen la formalidad de aquel acto cultural, y yo, discretamente, me fui a tomar una caña. Al rato, desde el bar, vi pasar el cortejo con mis compañeros camino de la segunda parte del acto, hacia la iglesia de las Trinitarias. Delante iban la cámara, grabando, y el alcalde de charla con el reportero como si fueran compadres de toda la vida. Y qué quieren que les diga. Pedí otra caña. 

19 de junio de 2005 

lunes, 13 de junio de 2005

El caso de La Niña

La Niña Rodicio, que anda en líos laborales desde que TVE la quiso echar a la calle por meter presuntamente mano a la caja –allí aseguran que se gastaba el dinero de la corresponsalía de Tel Aviv en ropa cara y artículos de lujo–, ha publicado un libro autojustificativo en el que, creyendo que la mejor defensa es el ataque, describe el mundo de los reporteros de guerra como un cuento de hadas donde ella, valerosa e incomprendida Cenicienta, se enfrentaba con mucho coraje e independencia ideológica a una chusma de colegas españoles mercenarios, machistas, cobardes, embusteros, fantasmas y sin escrúpulos, que no la soportaban por lo guapa y lo inteligente y lo buena periodista que era y sigue siendo. Casualmente, los únicos de quienes habla bien y dice que la apreciaban, Julio Fuentes y Ricardo Ortega, están muertos. Que ya es mala suerte. En cuanto al resto, la Niña desvela lo malos periodistas, lo vagos, lo mentirosos y lo perros que son todos; por ejemplo, tipos tan sospechosos de toda la vida como los veteranos Alfonso Rojo, Márquez y Fran Sevilla. A mí también me incluye en la relación aunque me jubilé hace once años, supongo que para agradecerme haberla citado con poco afecto en Territorio Comanche. Contando lo que dice que otros le han contado que les contaron, afirma que pasé veinte años pagando a soldados para que disparasen y presumir de tiros, y que en mis tiempos mozos fui, simultáneamente, agente de la CIA y del KGB. 

La verdad es que no pensaba ocuparme del asunto. No cazo ratoncitos a estas alturas, y bastante tiene ya la Niña encima. Pero el otro día abrí El Semanal y encontré cinco páginas con entrevista dedicadas a promocionar el libro de la honrada tragafuegos, con una foto «en su minúsculo y dos veces hipotecado apartamento de Madrid». Y lo del minúsculo y dos veces hipotecado apartamento me conmovió tanto que leí la entrevista entera mientras movía la cabeza y pensaba: pobre chica. La acusan injustamente de robar una pasta gansa, y ya ves. Vive en la miseria. Sedotta, calumniatta y abandonatta, la pobre, por razones políticas, por supuesto, después de lo difícil que es salir en la tele compitiendo en plena guerra con hombres sudorosos y machistas, mientras una va bien maquillada, con pashmina de seda, ropa superfashion y tacones, pagando todo eso del exiguo sueldo de la tele, sin plus de peligrosidad que, a diferencia de los otros ávidos Rambos, ella asegura nunca quiso cobrar. Cómo se han cebado con su acrisolada honradez, en vez de atacar a otros reporteros ladrones como los que saquearon los museos de Bagdad, de donde ella admite haberse llevado sólo pequeños recuerdos: «Un par de fotos del museo de Sadam y un pedazo de cuerno de marfil y creo que fui la que menos se llevó. Mucha gente cayó en la tentación, me consta que hay colegas que lo hicieron. A mí jamás se me hubiera ocurrido»

Como dice la sabiduría popular, a la pájara se la conoce por la cagada. Eso mismo es lo que le dije a Márquez cuando telefoneó desde Israel para decirme alucino, colega, esa tía cuenta que la echaron por independiente y objetiva, cuando aquí los palestinos no la podían ni ver porque pasaba de ellos, y no iba a un campo de refugiados ni a una intifada aunque se lo pidieran de rodillas. Ni trabajaba ni dejaba trabajar. Tiene huevos que precisamente ella acuse a la gente de trabajar desde los hoteles. Así que, oye, no sé qué harán Alfonso, Fran y los otros, pero yo le voy a meter una demanda judicial que va a escupir las muelas. Eso dijo Márquez; pero mi respuesta fue déjala estar, hombre. No merece la pena. La Niña Rodicio es una desventurada que se vio metida, jovencita y demasiado verde, en un mundo muy duro que le venía grande. El día que su directora de Informativos la mandó al extranjero, la hizo polvo. La megalomanía se le disparó con los viajes, los hoteles caros, el dinero, el presunto glamour del reportaje de guerra, la gente diciéndole: huy, hija, qué hace una chica con esa voz de pito en sitios como éste. Todo eso hizo que al final se le exaltara la olla. Encima, la Tribu nunca la tomó en serio: recuerda sus histerias de diva ultrajada y sus aviones B-52 bombardeando en picado. Así que dejadla tranquila, que va apañada. Teclear un libro paranoico se le antojó mejor terapia que un psiquiatra. En realidad deberían olvidarse del dinero, readmitirla en TVE y devolverla a una mesa de redacción o a un despacho, de donde esa pobre infeliz nunca debió haber salido. 

12 de junio de 2005 

domingo, 5 de junio de 2005

Exterminio en el mar

Detesto esas sucias jaulas: los campos de concentración y exterminio de atún rojo. Han proliferado como basura en la costa de Alicante y Murcia. Instaladas además, con el mayor desprecio para quienes navegan, en medio de las rutas habituales. Bajas a la camareta a hacerte un café, y cuando subes a cubierta te ves en un laberinto de redes y jaulas. De noche pueden convertirse en una pesadilla, sobre todo cuando se funde la luz de alguna baliza. Son siniestras. Se distinguen de las piscifactorías normales, de los criaderos de otras especies, en que las jaulas de atún rojo huelen a muerte y a dinero fácil. 

Se llaman así, criaderos o viveros, pero quien conoce el mar sabe que es mentira: el atún no se cría cautivo. Como ya conté alguna vez, el atún es un pez que no puede dejar de nadar, porque entonces no respira. Un atleta que necesita aguas libres. Lo que ocurre es que los grandes bancos de atún se cercan, sin importar peso ni edad, se meten en jaulas de engrase, se atiborran de pienso, y cuando están gordos, se matan. Así, oficialmente, no se le llama pesca sino cría de vivero. Y a nadie interesa demostrar lo contrario: las autoridades siguen mostrándose sospechosamente pasivas, los políticos dicen que eso crea puestos de trabajo, y los pescadores, principales perjudicados, se ponen al servicio de los empresarios, cobran y callan. Que España sólo conceda cuatro licencias para el atún rojo no es problema: se traen barcos franceses o italianos. Y nadie rechista. Ante las cifras –500 millones de euros de exportación anual– no hay ecología que valga, aunque suponga pan para hoy y hambre para mañana. En eso vivimos al día, como en todo. Y quien venga detrás, que se busque la vida. 

Así que dentro de unas semanas se reanudará la matanza. El cimarrón, el atún rojo que emigró en primavera al Mediterráneo para desovar, intentará regresar a las aguas frías del Atlántico. Es lo que los pescadores llaman atún de revés: bancos de atunes nadando cerca de la costa, en busca del Estrecho y el mar abierto. Durante tres mil años, fenicios, cartagineses, romanos, visigodos, árabes, andaluces, se dedicaron a su captura con las tradicionales almadrabas. El equilibrio ecológico pudo mantenerse durante treinta siglos; pero las cosas han cambiado. Además de los cercos masivos con avanzada tecnología para llevar el atún a las jaulas de engrase, donde el confinamiento impide la inmigración y el desove, las redes de deriva, los palangres kilométricos, la localización aérea, casi han exterminado la especie. Ahora van a buscarlo hasta Sicilia. Hace veinte años, las almadrabas artesanales del Estrecho, embudo natural del atún rojo hacia el Atlántico, conseguían setenta toneladas a la semana. Hoy, con suerte, tres o cuatro. En el último medio siglo, las existencias de atún disminuyeron un noventa por ciento. Pero todo tiene su intríngulis. Este pez, que puede llegar a cuatrocientos kilos de peso, no se considera adulto hasta que alcanza los treinta kilos; pero la ley sólo prohíbe capturar ejemplares de peso inferior a seis kilos. El resto es barra libre. Y según cuentan mis amigos de Torrevieja –en cuyo Club Náutico se encuentran algunos de los mejores pescadores deportivos del Mediterráneo–, hoy es raro hacer una captura de más de diez kilos. 

El hecho de que en Japón, principal importador y consumidor de pescado del mundo, se pague el atún rojo a casi cuatrocientos euros el kilo, explica muchas cosas. Explica, por ejemplo, que las asociaciones ecologistas presenten cada año dos mil denuncias que nadie atiende, mientras el Gobierno y las autonomías correspondientes califican de empresarios modelo a los magnates de la industria atunera. Explica también que en el mes de julio, además de los devastadores operativos puestos en pie por los que controlan el negocio, todo cristo en las costas española y marroquí se lance al menudeo, a ver si consigue un atún rojo para los importadores japoneses, cuyos agentes compran a pie de playa y cuyos barcos frigoríficos rondan con total impunidad. Explica, en fin, que cuando me tropiezo en el mar con una de esas siniestras jaulas, se me ponga una mala leche espantosa. O que cuando avisto un remolcador que lleva a rastras, camino del presunto criadero, la red o jaula en la que acaban de meter el penúltimo banco de atunes rojos, lamente mandar un simple velero, y no un submarino con el que torpedear a esa gentuza.

5 de junio de 2005