Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 25 de septiembre de 2005

Picoletos sin Fronteras

Naturalmente, rediós. Estoy con quienes, tras la muerte de un joven camerunés durante un asalto nocturno masivo de subsaharianos a la frontera de Melilla, pusieron las cosas en su sitio. A quien más oí ponerlas fue a una tertuliana de radio, que tras explicarnos a los estúpidos radioyentes que la inmigración clandestina no se frena con fronteras, sino desarrollando África –brillante conclusión que nunca se me hubiera ocurrido a mí solo–, instaba al defensor del pueblo a intervenir en el asunto. También algunos políticos periféricos, sensibilizadísimos siempre con Camerún, exigieron que el Ministro del Interior compareciese en el Congreso para detallar en qué circunstancias extrañas e incomprensibles pudo recibir un inmigrante clandestino, en el barullo del asalto, un inexplicable y desproporcionado pelotazo de goma, golpe o algo así. Y para completar el paisaje, como el presidente de la autonomía melillense comentó la elemental obviedad de que la Guardia Civil no es un cuerpo de azafatas, ni tiene por qué serlo, otras voces se sumaron al clamor de ortodoxia humanitaria, casi llamándolo totalitario y racista, y exigiendo que los cuerpos y fuerzas actúen siempre de forma eficaz, sí, pero –matiz básico– no violenta. Ojito con eso. Que toda violencia es antidemocrática, y el picoleto que pega un pelotazo de goma o levanta una porra, como el soldado que va a una guerra con escopeta en vez de con biberones de leche Pascual, es un violento, un asesino y un fascista. Pero eso sí: tertulianos, políticos y analistas habituales, todos coincidían en que tampoco es cosa de quitar la verja y barra libre para todos. No. Tampoco es por ahí, hombre. Sería un problema. Hay que aplicar medidas bondadosas pero eficaces, apuntaban, lúcidos. Combinar con destreza la seda y el percal. Elemental, querido Watson. 

Así que me sumo. Suscribo el rechazo absoluto a la contundencia, a la violencia, y a la ruda contingencia. Y estimo urgente que, defensor del pueblo aparte, los ministros de Interior y Defensa comparezcan en el Congreso cada vez que se produzcan hechos similares –también cada vez que se hunda una patera; no sé si se le habrá ocurrido a alguien ya–, y que la Guardia Civil abandone su brutal táctica represiva fronteriza de una puta vez. Es preciso establecer finos protocolos operativos que no confundan la prevención firme, pero exquisita, con la represión policial a secas, que en la tele queda fea y le estropea la sonrisa a Zapatero. Si a España cabe la gloria pionera de haber inventado las fuerzas armadas desarmadas para la paz y la concordia marca Acme Un Hijo Tuyo, a ver por qué no podemos también asombrar al mundo inventando la oenegé Policías sin Fronteras –no sé si captan el astuto juego de palabras– donde a la contundencia policial, ese residuo franquista, la sustituyan el diálogo entre civilizaciones y el buen rollito macabeo. 

Lo de Melilla, por ejemplo, lo veo así: frente a cada asalto masivo de inmigrantes ilegales, y para evitar que el alambre de la verja los lesione salvajemente, efectivos de la Guardia Civil abrirán las puertas. Y cuando quinientos infelices negros desesperados se dispongan a irrumpir por ellas, los picolinos moverán la cabeza reprobadores, pero sin palabras que puedan ser interpretadas como coacción verbal. A los inmigrantes que rebasen este primer escalón táctico, guardios y guardias especialmente adiestrados y adiestradas les afearán la conducta con palabras mesuradas en inglés, francés, árabe y swahili, como por ejemplo: «le ruego a usted que no transgreda el umbral, señor subsahariano de color», o: «hágame el favor de retrotraerse a Marruecos si es usted tan amable, señor magrebí de etnia rifeña». Pese a estas medidas coercitivas, es probable que algunos emigrantes crucen la verja; para qué nos vamos a engañar. En tal caso, las fuerzas del orden pasarían al plan B: agarrarlos por los hombros sin violencia pero con firmeza democrática, besarlos en la boca de modo contundente, y luego indicarles la dirección de los autobuses que los trasladarán a los centros de acogida; o, puestos a ahorrarnos el paripé, al avión o al barco para la península. Todo, por supuesto, en presencia de una delegación de miembros de la comisión de derechos humanos del Congreso, que abrirá inmediatamente, si ha lugar, la investigación y comparencias ministeriales oportunas. 

Ya lo dije alguna vez: somos el pasmo de Europa. Y lo que la vamos a pasmar todavía. 

25 de septiembre de 2005 

lunes, 19 de septiembre de 2005

El niño del tren

Era un niño cualquiera. Subió al tren en Valencia, el otro día, acompañado por su madre. La señora dijo buenas tardes, lo dejó sentado en su asiento y le hizo algunas recomendaciones en voz baja. Después, antes de salir del vagón, nos dirigió una sonrisa a quienes estábamos sentados cerca: un señor en el asiento contiguo y yo al otro lado del pasillo. Una de esas sonrisas que no piden nada, pero que a cualquier persona decente la comprometen más que una recomendación o un ruego. Al quedarse solo, el niño sacó un tebeo de Mortadelo de la mochililla que llevaba, y se puso a leerlo. Con disimulo, eché un vistazo. El zagal debía de tener nueve o diez años. Sentado no tocaba el suelo del vagón con los pies. Era, como digo, un niño cualquiera, de infantería. La diferencia con la mayor parte de sus congéneres estaba en el aspecto e indumentaria: en vez de lucir la habitual camiseta desgarbada, los calzones, las chanclas y la gorra opcional de rapero enano, comunes entre los jenares de su edad y su especie -cosa lógica, por otra parte, cuando los padres visten así-, iba bien peinado, con su raya y todo, llevaba la cara lavada y vestía una camisa azul claro, un pantalón corto beige con cinturón y unas zapatillas deportivas limpias con calcetines blancos. Tenía, resumiendo, el aspecto de un niño aseado, correcto, normal. Un aspecto agradable para la vista. El que cualquier padre con el mínimo sentido común desearía para un hijo suyo. 

Al cabo, ya con el tren en marcha, llegó el revisor. El niño dijo buenos días, sacó su billete y le hizo algunas preguntas que, explicó, le había encargado su madre que hiciera. Algo sobre la comida del tren. Llamaba la atención la extrema corrección con la que el niño se dirigía al revisor, usando el por favor y el gracias con una frecuencia nada común en los tiempos que corren. No puede ser, concluí. Es demasiado perfecto. Demasiado educado para ser auténtico. Así que me puse a observar al enano con mucha atención, buscándole las vueltas. Cuando el revisor siguió camino -diré, en su honor, que respondió a los buenos modales del chico con afecto y exquisita cortesía- la criatura sacó un teléfono móvil de la mochila. Un móvil con música y colorines. Ya está, pensé, suspicaz. Ya me parecía a mí. Demasiado perfecto hasta ahora. Nos ha tocado murga telefónica para rato. 

Pero me equivocaba. Dejándome ante mí mismo como un imbécil, el niño marcó un número, habló con su madre, y sin elevar demasiado la voz le dijo que en la comida que iban a poner había pechuga, que no se preocupara, que comería. Luego guardó el teléfono y siguió hojeando el tebeo. Pasaron las azafatas con auriculares para la película, con las bandejas de comida, con las bebidas. El niño dijo gracias cada vez, pidió por favor esto y aquello, se bebió su refresco de naranja sin derramar una gota, sin tirar nada al suelo ni molestar a nadie. Luego se puso los auriculares y miró la pantalla. La película era Los increíbles, y le hacía mucha gracia. De vez en cuando reía en voz alta, con la risa fuerte y franca, sana, de niño que lo pasa en grande. A veces se volvía hacia los mayores que estábamos cerca, sonriéndonos cómplice, como para comprobar si disfrutábamos tanto como él. El señor que iba a su lado y yo nos mirábamos sin palabras, a uno y otro lado del pasillo. Aquel chaval era gloria bendita. 

Al fin llegamos a la estación de Atocha, el niño cogió su mochililla, se puso en pie, nos dirigió otra sonrisa, dijo buenas tardes y salió del vagón. Caminando detrás lo vi irse ligero por el andén, hacia la salida donde lo esperaban. Eso fue todo. Y nada más que eso, fíjense. Un niño normal, como dije. Un niño correcto, educado. Un niño de toda la vida, nada extraordinario para figurar en los anales de la infancia española. Pero cuando caiga el Diluvio, pensé, cuando llegue el apagón informático o lo que se tercie ahora, cuando llueva fuego del cielo y nos mande a todos a tomar por saco, como merecemos por infames, por groseros y por tontos del haba, espero de todo corazón que este chico se salve. Les doy mi palabra de que eso fue exactamente lo que pensé viendo al niño alejarse. Y con suerte, deseé, que se encuentre en alguna parte con aquella niña del pelo corto de la que les hablé hace unos meses: la que leía un libro, obstinada y solitaria, en el patio del recreo, mientras las otras niñas movían el culo jugando a ser ganadoras de Operación Triunfo. 

18 de septiembre de 2005 

lunes, 12 de septiembre de 2005

Autoridad y chalecos fosforitos

La verdad es que a veces somos para comernos a besos. No porque seamos mejores ni peores, sino porque salimos tan clavados a nuestro retrato, o a nuestra caricatura, que hasta el más áspero misántropo se enternece cuando observa a Pepe, a Paco o a Manolo en todo lo suyo, fieles a las esencias; por no hablar de doña Maruja o de Maripili, que también son finas. Eso para que luego digan algunos soplacirios que España no existe. Pues vaya si existe, colegas. Unas veces para lo bueno, y otras para lo malo. Según el humor con que lo pillan a uno las esencias ibéricas, unas veces te cabreas como una mona, y otras te sale la sonrisilla cómplice. Pasa como en esas películas viejas del oeste, cuando entra un pistolero en el saloon y el sheriff, acodado en la barra, va y le dice: yo de ti no lo haría, forastero; o cuando, en las telenovelas, Emilia María le suelta a Jorge Alfredo: el bebé que espero es hijo tuyo. De puro tópico, el espectador lo está esperando; así que disfruta una barbaridad, feliz por confirmar el género, dándole con el codo a la parienta al reconocer un clásico familiar de toda la vida. 

Pensé en eso el otro día, conduciendo por la autovía de Andalucía. Iba de una mala leche espantosa, pues España debe de ser el único país de Europa donde, si conduces respetando la limitación de velocidad y vuelves a la derecha cada vez que adelantas, la interminable fila de hijos de puta que pasa a ciento ochenta por el carril izquierdo te bloquea detrás de los camiones, y ya no sales en la vida. O con vida. El caso es que iba, como digo, al volante y a la defensiva, cuando, al llegar a un estrechamiento por obras, un operario –bajito, moreno– con chaleco reflectante me hizo señales de cambiar de carril. Obedecí despacio, vigilando que un Bemeuve o un Mercedes no se me metieran a toda leche por debajo del retrovisor izquierdo. Y esa lentitud en acatar las indicaciones me valió una bronca de órdago. El peón del chaleco fosforito, con gestos enérgicos, me amonestó severo, conminatorio, y al pasar a su altura lo vi increparme con mucha cólera. Como se me ocurra parar, pensé, es capaz de inflarme a hostias. 

Es el chaleco, comprendí de pronto, relacionando el asunto con otros episodios similares recientes. Es Manolo, o Paco, o como se llame, revestido de los símbolos correspondientes a la autoridad. Es la España de toda la vida. Ese amarillo o naranja reflectante equivale ahora a la gorra que en otro tiempo daba incuestionable poderío a cualquiera que la llevara en la cabeza: guarda de un parque, portero de cabaret, sereno, mozo de cuerda. Daba igual. Hasta hace poco, a un español le ponías una gorra y en el acto se sentía capitán general, como esos vigilantes espontáneos de aparcamientos, típicos de Andalucía, gorrillas sevillanos o varillas de La Línea de la Concepción, que te conminan a aparcar exactamente aquí o allí, y a rascarte el bolsillo con la autoridad torera e implacable de un sargento del Tercio, lleven gorra o no la lleven. Como aquel fulano chupaíllo y lleno de tatuajes que, en Triana, nos palmeó la espalda a mi compadre Juan Eslava y a mí, diciéndonos, superior y rumboso: «Si no lleváis suelto, tampoco pasa ná»

Quiero decir con esto que, si la clásica gorra ha caído en desuso, el chaleco reflectante hace ahora las mismas funciones. Uno lo ve de lejos y lo identifica instintivamente con la Guardia Civil, con la Policía, con la autoridad. Con la norma que te acecha personalmente en alguna parte del reglamento. Y del mismo modo, quien se lo enfunda llega a sentirse, de cierta manera, partícipe de esa autoridad. Depositario de ella: está dentro de la ley, bajo su amparo; y los otros, fuera. Observen, si no, el comportamiento de los simples ciudadanos que por alguna razón deben ponerse el chaleco, el aplomo maravilloso con el que actúan, el poderío incuestionable con que te conminan, y su indignación cuando no obedeces en el acto. Hace poco, junto a un coche detenido en la carretera, vi a un jovencito de catorce o quince años con el chaleco reflectante puesto mientras su padre reparaba una rueda pinchada, y recuerdo la impresionante autoridad con la que el chico, de pie en el arcén, desviaba el tráfico hacia la izquierda, con un firmeza y una decisión que para sí habrían querido muchos guardias civiles. Excuso decir que todos los conductores obedecíamos en el acto, acojonados. 

11 de septiembre de 2005 

lunes, 5 de septiembre de 2005

La Historia, la sangría y el jabugo

Hay que ver. En cuanto se toma dos vasos de sangría en los cursos de verano, cierto historiador inglés se pone a cantar por bulerías sin sentido del ridículo. Me refiero a mister Kamen, don Henry, quien cree que vivir en Cataluña, como vive, y que allí algunos le aplaudan las gracias mientras trinca una pasta de subvenciones, cursos y conferencias, lo convierte en árbitro del putiferio hispano. Así que, tras contar nuestra Historia a su manera, ahora critica cómo la cuentan otros, lamentando que España –a excepción de Cataluña, donde, insisto, mora y nunca escupe– no tenga tan buenos historiadores como él. 

Uno, que modestamente tiene sus lecturas, le sigue la pista a mister Kamen y está familiarizado con sus dogmas hechos de frases despectivas sobre este o aquel punto de la historia de España; con sus afirmaciones sin más fundamento que el ambiguo terreno de las notas a pie de página; con su acumulación de citas ajenas; con sus habituales «fuentes manuscritas completamente nuevas» descubiertas en archivos nunca visitados por español alguno, que tanto recuerdan las falsas exclusivas de los diarios sensacionalistas ingleses. Etcétera. En su último libro, Imperio, donde las palabras «nación española» aparecen entre comillas, dedica setecientas once páginas a afirmar que eso de que España conquistó el mundo es un cuento chino, que quienes hicieron el trabajo fueron subcontratas de italianos, belgas, holandeses, alemanes, negros e indios, y que los españoles –«los castellanos», matiza– se limitaron a poner el cazo. En materia cultural, quienes animaron América fueron los holandeses, y a la literatura del Siglo de Oro, cerrada e indolente, no la afectó para nada el humanismo italiano. También afirma que es dudoso que el español fuese la primera lengua de todo el imperio, que Nordlingen la ganaron los alemanes, San Quintín los valones, Lepanto los genoveses, y Tenochtitlán y Otumba los tlaxcaltecas. De postre, las relaciones históricas de los siglos XV, XVI y XVII son propaganda escrita por castellanos a sueldo, Nebrija compuso su gramática española para hacerle la pelota a Isabel la Católica, y Quevedo era, como todo el mundo sabe, un ultranacionalista y un facha. 

La última del caballero me honra personalmente. En un reciente artículo de prensa, sostiene que en España nadie, excepto un novelista llamado Benito Pérez Galdós y otro llamado Pérez-Reverte, ha escrito nada sobre la batalla de Trafalgar. Sólo esas dos novelas, dice Kamen, y ningún libro de Historia. «Habrá este año un buen libro académico sobre Trafalgar –dice–, pero se publicará fuera de España». Debería consultar el hispanista los clásicos de Ferrer de Couto, Marliani, Pelayo Alcalá Galiano, Conte Lacave y Lon Romero, por ejemplo. Y si los encuentra desfasados, puede completarlos con el Trafalgar de Cayuela y Pozuelo, Trafalgar y el mundo atlántico de Guimerá, Ramos y Butrón, Trafalgar de Víctor San Juan, Trafalgar de Agustín Rodríguez González, Los navíos de Trafalgar de Mejías Tavero, o la obra monumental, definitiva, La campaña de Trafalgar, del almirante González-Aller. Aparecidos todos antes de la publicación del artículo de Kamen. Mas lo que caiga. 

Para el notorio hispanista anglosajón, todo eso no existe. Y además le parece mal que unos aficionados como Pérez Galdós y el arriba firmante –marcando humildemente las distancias con don Benito, matizo yo– hayamos tocado el asunto. Trafalgar es cosa de historiadores, dice, y no de novelistas. De novelistas españoles, ojo. Pues no pone pegas a novelistas anglosajones como O’Brian, Forester, Alexander Kent o Dudley Pope, que –ellos sí–, rigurosos, veraces, pueden escribir cuanto quieran sobre heroicos marinos ingleses que luchan por su nación –esa la escribe Kamen sin comillas– y por la libertad del mundo frente a españoles cobardes, sucios y crueles a los que, encima, durante los abordajes, siempre les huele el aliento a ajo. A diferencia de las inglesas, tan objetivas siempre, Kamen apunta que en las novelas españolas «los buenos son españoles y malos todos los demás», lo que prueba que no se ha enterado de nada, ni con Galdós ni conmigo. De Cabo Trafalgar critica además «el insólito lenguaje», pero eso es lógico: hasta para un hispanista de campanillas, traducir «inglezehihoslagranputa» tiene su intríngulis. 

Así que una sugerencia: siga trincando, disfrute de la sangría y el jabugo, y no me toque los cojones. Don Henry. 

4 de septiembre de 2005