Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 30 de julio de 2006

Ahora le toca a Manolete

Nunca conocí a Manolete. De toreros sólo he tratado a mi amigo Víctor Molina -serio, valiente y de Abarán-, y a Espartaco, bellísima persona con quien tuve el honor de compartir, hace años, viajes y conversaciones entre plaza y plaza, resultado de lo cual fue un texto publicado en esta misma revista: Los toreros creen en Dios. Páginas de las que, por cierto, estoy orgulloso; no por buenas o malas, sino porque me acercaron al corazón de un hombre cabal. En cuanto a Manolete, cuando yo nací ya estaba criando malvas; y cuanto sé de él, aparte viejos documentales, se lo debo a mi abuelo, que lo vio torear muchas veces. De él respeto sobre todo la estampa de matador, la cara ascética con una cicatriz, la figura flaca moviéndose en la arena con la fría gravedad que, a mi juicio, deben tener los grandes toreros. Creo que Manolete encarnó siempre la imagen perfecta y trágica de lo suyo, cuajada en el mito alentado por detalles gloriosos: la madre doña Angustias, la amante Lupe Sino, la muerte en Linares -esa copla de Manolo Caracol todavía me pone los pelos de punta-, y el nombre del animal que lo mató, primer nombre de un toro que aprendí en mi vida: Islero. 

Con esos antecedentes, que les cuento para situarlos, el otro día estaba ante la tele y apareció Manolete en un programa de marujeo de sobremesa. Y, preguntándome qué pintaba él en ese putiferio, subí el volumen para escuchar, estupefacto, cómo presentadores, invitados y voces en off ponían a parir al torero sin cortarse un pelo, con la mayor desenvoltura del mundo. Frotándome incrédulo los ojos, vi que salían imágenes de archivo y media docena de fulanos, alguno con el rótulo aficionado a los toros como sello de autoridad -gente que, por edad, no pudo conocer a Manolete ni de lejos-, afirmando impávidos, mirando a la cámara sin pestañear, que era esto y lo otro. Tres palabras me dejaron seco: drogadicto, franquista, asesino. Y me pregunté, atónito, cómo se atrevían; quién permitía a esos tiñalpas desbarrar sin argumentos ni pruebas, y cómo era posible que un medio informativo, por mucha telebasura que traficase, acogiera tales infamias. Porque el texto en off también tenía lo suyo. Sin demostrar nunca nada, con insidiosos «se dice» y «se comenta», manipulando la historia del torero, la de la tauromaquia y la de España con una mezcla asombrosa de ignorancia, demagogia y mala fe, la información convertía a Manolete en puntal taurino del régimen franquista. Todo eso, sobre fotos suyas con gafas de sol y peinado hacia atrás con fijador; imagen que hoy corresponde al estereotipo iconográfico de cierta derecha, pero que en los años cuarenta -como sabe cualquiera que no sea imbécil- era la imagen elegante de cualquier varón español, europeo o hispanoamericano. 

Aunque la cosa, como digo, no se detenía en el fijador y las gafas de sol. Según el redactor del texto y los presentadores del programa, Manolete abusaba de las drogas, «como todo el mundo sabe», y además era ojito derecho del Caudillo y su legítima. La prueba era que, además de haber hecho la guerra civil con los nacionales, nada menos -como media España, por otra parte-, tras cada corrida a la que asistía el general Franco, Manolete subía al palco presidencial a saludarlo; ignorando los autores de la información que ésa no era costumbre particular de Manolete, sino de los toreros de todas las épocas, cuando un jefe de Estado -Alfonso XIII, Franco, el rey Juan Carlos- asistía o asiste a una corrida de toros; y que también subían al palco Dominguín, El Viti o el Cordobés. Pero donde me agarré a los brazos del sillón fue cuando la misma voz en off, con la insolencia que da saberse impune en este miserable país de mierda, afirmó que durante la guerra civil, «según se rumorea», Manolete, borracho y de juerga con sus amigos, iba a las plazas de toros donde había republicanos presos para lidiarlos y matarlos a estoque. Y después, a fin de confirmar esa enormidad con testimonios rigurosos, aparecía el mismo aficionado a los toros de antes -un semianalfabeto que no sé quién es ni de dónde salía- diciendo que, «en efecto», el torero era «muy, muy franquista». Y ahí quedó la revelación del siglo: Manolete, matador y no sólo de toros. Psicópata descubierto y denunciado por la telebasura, con dos cojones. Gran exclusiva, a una por día. Pero qué más da. Estamos en España, oigan. Tenemos barra libre. Aquí no pasa absolutamente nada. 

30 de julio de 2006 

domingo, 23 de julio de 2006

Ventanas, vecinos y camiones en llamas

Tengo delante, junto al teclado del ordenata, dos noticias recortadas de los diarios. No era mi intención ponerlas juntas, pero el azar reparte sus propias cartas; y hoy, ordenando papeles, han aparecido una tras otra, combinándose solas. La primera se refiere a un clásico de nuestro tiempo: una mujer se resiste durante veinte minutos a un violador sin recibir ayuda. Lo de clásico no lo atribuyo a la violación, sino a los veinte minutos de indefensión en plena vía pública. Supongo que algunos de ustedes recuerdan el hecho, pese a que fue recogido por los diarios muy en pequeñito, a una mezquina media columna, como si el asunto tuviera poca chicha. Y lo de vía pública no es una frase hecha. El intento de violación fue clamoroso, en pleno casco urbano, bajo las ventanas de una calle donde los vecinos, asomados, presenciaron el ataque y escucharon los gritos de socorro de la mujer sin que ni uno sólo de ellos bajase a ayudarla. Durante veinte minutos la mujer resistió a su agresor, peleando para no ser violada mientras pedía ayuda y el otro la molía a palos. Sólo al cabo de esos veinte minutos, tal vez porque los gritos no lo dejaban dormir a gusto, uno de los mirones decidió, al fin, llamar a la Guardia Civil. Y cuando los picoletos llegaron, la mujer seguía allí, sola con su agresor, luchando. 

El honor de tener semejante vecindario corresponde a la localidad barcelonesa de Villafranca del Penedés; aunque, siendo ecuánimes, podemos aventurar que eso mismo podía haber ocurrido en cualquier otro lugar de España, y seguramente el comportamiento habría sido idéntico. Tal como anda el fangal, con la Dura Lex sed Lex, Duralex, hecha un bebedero de patos, contaminada por políticos y golfos de todo pelaje y más atenta al cantamañanismo socialmente correcto que a las necesidades reales de la gente, nadie quiere complicarse la vida. Bajas a la calle, le sacudes un mal golpe al violeta -éste encima se llamaba Jalal, o sea, Noli Me Tangere-, y al final el malo sale libre en cuatro días y tú te buscas la ruina. Lo que pasa es que, en fin. Ningún bien nacido se plantea esa consideración, supongo, ante lo inmediato del hecho. Una mujer que pide socorro bajo tu ventana, contigo asomado, te busques la ruina o no te la busques, es lo que es. Y quien se queda sin hacer nada es un perfecto mierda, se mire por donde se mire. Así que en la calle correspondiente de Villafranca del Penedés -cómo lamento desconocer el nombre, pardiez- pueden repartirse el delicado adjetivo entre quienes corresponda. Que esa noche fueron unos cuantos. 

El segundo recorte de prensa, sin embargo, toca otra tecla. Es algo así como cuando estás a punto de echar la pota -hay días en que este país con tanta rata resulta un vomitivo eficacísimo-, y de pronto algo templa tu estómago y tu corazón, reconciliándote con el género humano. Porque el recorte es de una foto en la que un hombre intenta socorrer a otro que le tiende los brazos. Ocurrió, como sin duda recuerdan, hace cosa de un mes, cerca de Madrid; cuando un joven montañero que volvía de la sierra se lanzó a socorrer a un camionero accidentado que al final, aunque fue rescatado, no sobrevivió. En realidad la foto es muy simple: entre las llamas de un camión volcado tras caer por un terraplén, un hombre valiente se juega la vida por ayudar a otro que gritaba «sacadme de aquí». La foto recoge el momento inmediato al abrazo de ambos, que tienden las manos el uno hacia el otro: el que está atrapado en la cabina humeante y rota del camión y el que se le acerca pese al fuego, intentando rescatarlo. Este último podía haberse mantenido al margen, como los vecinos de esa calle barcelonesa cuyo nombre siento no conocer. Podía haber permanecido apoyado de codos en el quitamiedos, como aquéllos en los alféizares de sus ventanas, contemplando el paisaje; o telefonear a la Guardia Civil diciendo que allí abajo se quemaba vivo un fulano, que espabilaran o iban a encontrarlo hecho un torrezno. Sin embargo, en vez de eso, saltó a la barranca y se jugó la vida. Ya he dicho que era un hombre valiente, virtud -virtus en el sentido romano y latino de la palabra- que, por alguna singular razón, en esta sociedad cobarde que nos fabrican los apóstoles de lo equilibrado, del yo no he sido, de lo cómodo y de lo razonable, se lleva poco. Y como a diferencia del nombre de la calle miserable de Villafranca del Penedés éste sí lo conozco, pues lo escribo: Vicente Sánchez, 27 años, sindicalista, de Usera. Y con dos cojones. 

23 de julio de 2006 

domingo, 16 de julio de 2006

Rescate en la tormenta

Hay momentos en los que te preguntas si algunos países merecen otra cosa que lo que tienen. Me hacía pensar de nuevo en ello hace unos días mi amigo Ramón Boga, gallego de infantería y a mucha honra, vigués por más señas, para quien, como para mí, el mar es algo más que un sitio a cuya orilla tumbarse a tomar el sol en verano. Venía la cosa al hilo de la coincidencia, en el tiempo y en los medios informativos, de dos sucesos tratados de muy diferente modo: los prolegómenos del mundial de fútbol y el abandono por sus tripulantes del velero Movistar durante la regata Volvo Ocean Race; episodio dramático al que -lo digo con la satisfacción de escribir aquí- XLSemanal fue uno de los pocos medios españoles que prestó la atención adecuada, dedicándole portada y extenso reportaje. 

No era para menos. En el mar del Norte, en plena borrasca, con una vía de agua y la quilla en malas condiciones, las bombas de achique trabajando, el Movistar navegaba desde hacía quince horas en conserva con otro velero, el Abn Anro II; que tras enterarse de la avería de su compañero se mantenía a la vista, navegando en paralelo, por si era necesario rescatar a la tripulación del barco español. El dramatismo de la situación se extremaba por un detalle terrible: el Abn Anro II, el velero auxiliador, acababa de perder a uno de sus tripulantes, arrebatado por un golpe de mar, y rescatado el cuerpo -pese a la dificultad de un rescate en esas condiciones- cuando ya estaba muerto. Y ese cuerpo se encontraba envuelto en un saco de dormir y trincado en la bodega. Imagínense, por tanto, el estado de ánimo de los tripulantes de ambos veleros, en la inmensa soledad del mar, cuando los faxes meteorológicos empezaron a dar las previsiones del tiempo para las siguientes veinticuatro horas: vientos de 40 nudos con picos de 50 y olas de 11 metros. Una tormenta que, sin ser perfecta, tendría su puntito. 

Siguiente episodio: aprovechando que los dos veleros se encuentran en la relativa calma del ojo de la borrasca, el patrón del Abn Anro II da un ultimátum al Movistar: «Tenemos que seguir camino. Saltad a bordo porque tendremos que alejarnos». Y acto seguido, gobernado de manera impecablemente marinera, mientras el Movistar enciende su radiobaliza y queda a la deriva, el Abn Anro II ejecuta la maniobra de aproximación -háganse idea de lo que significa eso en condiciones difíciles y con mala mar-, hasta que los diez rescatados se encuentran a bordo. Y una vez allí, diecinueve marinos y un cadáver hacinados en un barco con capacidad para diez tripulantes, con el fax escupiendo partes meteorológicos que ponen los pelos de punta, el patrón del Abn Anro II les dice a los del Movistar que no se preocupen de las maniobras, que son invitados, que él y sus tripulantes gobernarán solos el barco cumpliendo con las reglas. Y así, finalmente, los del Movistar y el cadáver son recogidos más tarde por una lancha de rescate y llevados a tierra firme, el Abn Anro II llega a Portsmouth, finalizando la etapa, y el abandonado Movistar queda atrás, en la borrasca, sin que su radiobaliza emita ya señal alguna. 

Y es aquí donde mi amigo me mira a los ojos y suelta unas cuantas preguntas: ¿Por qué, mientras esto ocurría, todos los telediarios de todas las cadenas españolas abrían con el mundial de fútbol y con la apasionante cuestión de si Raúl estaría con ganas o no? ¿Sabe este país con miles de kilómetros de costa lo que es un barco, con vela o sin ella? ¿Sabe qué es una tormenta con vientos de cincuenta nudos? ¿Sabe que en el mar trabajan miles de pescadores y marinos españoles? ¿Sabe por qué singulares mecanismos de solidaridad dos barcos navegan quince horas uno junto a otro, en pleno temporal? ¿Sabe qué siente un marino despidiéndose de su barco desarbolado, a la deriva o hundiéndose, antes de echarse al mar para -si tiene suerte- ser rescatado? ¿Sabe qué hace al ver desaparecer a un compañero arrastrado por una ola? ¿Sabe qué protocolos de emergencia se activan en tales casos? ¿Sabe por qué un marino se estremece ante la idea de que su barco pierda la orza? ¿Sabe lo grande y lo terrible que en situaciones como ésa da de sí el corazón del ser humano?. Y una última pregunta, que esta vez hago yo: ¿De verdad creen ustedes, y los que hacen los periódicos y los telediarios, y la opinión pública de este país imbécil, que los valores y enseñanzas extraíbles de cuanto acabo de contar son comparables a un mundial de fútbol? 

16 de julio de 2006 

lunes, 10 de julio de 2006

Bruselas, tengo un problema

Tengo un problema. Viajo, salgo al extranjero. En aeropuertos y hoteles debo mostrar mi documento de identidad. España, pone de momento. Eso significa que cuando un recepcionista de hotel francés, una editora alemana o un periodista norteamericano me miran el careto, están viendo a un español. Y lo que es más grave: creen que están viendo a un español. A uno de los de ahora, ojo. El matiz es importante. Hace veinte años ibas por ahí y la gente pensaba: anda, mira, uno de allá. De un país normal, como todos, con su política, su economía, sus cosas. Un ciudadano europeo, y punto. Así caminabas por la vida sin complejos, pidiendo un café en Viena, un vino en París o una cerveza en Londres sin que se te cayera la cara de vergüenza. Y era un alivio que al fin fuera de ese modo, porque algunos nos habíamos echado la mochila al hombro cuando todavía, al conocer tu nacionalidad, la gente preguntaba qué tal nos iba a los españoles con Franco. Era de lo más incómodo. Pero a finales de los setenta la cosa cambió. Ser español se miraba incluso con simpatía, por la transición política y demás. Pero hace tiempo que no. Quiero decir que ahora, otra vez, da vergüenza. La gente ya no te mira compasiva, como durante la dictadura, ni simpática, como luego. Ahora unos te miran confusos, no sabiendo a qué atenerse, y otros con recelo, como diciendo: aquí tenemos a otro de esos anormales. 

Porque vaya manera de hacer el ridículo, la nuestra. Qué forma de exhibir el esperpento de nuestra estupidez. Porque si la basura nacional la guardásemos para uso interno, todavía. Pero no. Hacemos bandera de ella, ondeándola sin rubor en cualquier foro exterior que se tercie. Ya me dirán ustedes con qué cara te paseas por el mundo el mismo día en que ocho eurodiputados españoles proponen al Consejo de Europa, a estas alturas de la feria, que declare el 18 de julio, aniversario del comienzo de una guerra civil española de hace setenta años, día internacional de denuncia del franquismo. O mientras aquí se aplaude a un fulano del IRA que hace chascarrillos públicos sobre las leyes españolas -¿imaginan a uno de Batasuna mofándose de la Justicia británica en Inglaterra?-. O mientras el director de un instituto público barcelonés boicotea, con carta remitida a Bruselas, una campaña informativa del Banco Central Europeo dirigida a los estudiantes, porque, al ser traducido a las lenguas autonómicas españolas, el folleto tiene una versión en catalán y otra en valenciano: «Greu error, contrari a tota evidència científica, com és considerar que català i valencià són llengües diferents». Y todo eso, mientras el Gobierno español deja atónito al parlamento europeo intentando que las distintas lenguas oficiales de aquí se utilicen allí -cosa que hace maldita la falta y cuesta una pasta-, pero sin garantizar que aquí el español se utilice donde se debe utilizar. Algo, por cierto, que durante su largo manejo del poder tampoco garantizaron, sino todo lo contrario, los ahora indignados pasteleros del amigo Ansar y el Pepé. 

Por eso ahí afuera cada vez saben menos a qué atenerse con nosotros. Pero qué quieren estos tíos, se preguntan los corresponsales extranjeros. De qué van. Y al ridículo contumaz que hacemos ante el resto de Europa, al triste espectáculo de esta carrera de despropósitos suicidas, a la demagogia, a la incultura y a la poca vergüenza de nuestra clase política, añadimos el sainete de nuestra política exterior, la imperdonable incompetencia en cuestiones islámicas y norteafricanas, las fuerzas armadas desarmadas humanitarias de género, el choteo soberano, justificadísimo a la vista de este carajal de naciones marca Acme, que se traen en Gibraltar. A ver qué puede esperarse de un país al que hasta el Gobierno senegalés se toma a pitorreo, dándole lecciones sobre derechos humanos. Que tiene huevos. Pero quién va a respetar lo que denigramos nosotros. En esta España corrupta, oportunista, que no es más insolidaria e hija de puta porque no puede, las únicas alternativas son la sonrisa abyecta cuando se es débil, o el exterminio despiadado del adversario cuando hay poder suficiente y ocasión para ello. Poniéndolo, de paso, todo al mejor postor: memoria, presente y futuro. Y, encima, tanta vileza y mala fe, tantas vergüenzas y miserias, las exportamos sin pudor, exhibiéndolas ante un mundo que se frota los ojos, asombrado. De ahí mi repugnancia a que, como español que tengo la desgracia de ser, me pongan en el mismo saco que a ese director de instituto barcelonés o a esos ocho eurogilipollas. 

9 de julio de 2006 

lunes, 3 de julio de 2006

Los torpedos del almirante

El almirante José Ignacio González-Aller, Sisiño para los amigos, es un marino atípico porque tiene un fuerte ramalazo –en el buen sentido de la palabra– de militar ilustrado como los de antes: aquellos que a veces se sentaban en las academias científicas, o de la lengua y la Historia. Quiero decir que es un marino leído. Me recuerda a algunos antiguos colegas suyos, capaces de hacer compatible el amor a la patria con leer libros. De vez en cuando, y quizá por eso mismo, se pronunciaban por aquí y por allá, no para poner a la gente a marcar el paso –ése era un registro diferente, el de los espadones iletrados y malas bestias–, sino para hacer a sus conciudadanos más cultos y libres, obligando a reyes infames a jurar y respetar constituciones. Por lo general, esos mílites optimistas vieron pagados su cultura y su patriotismo con el exilio en Francia o Inglaterra, donde hubo espacio y tiempo para reflexionar, entre nieblas, sobre la ingrata índole de esta madrastra, más que madre, llamada España. De ellos hay uno que al almirante y a mí nos parece entrañable, pues encarna como pocos la tragedia nacional: Cayetano Valdés, comandante del navío Pelayo en la batalla de San Vicente y del Neptuno en la de Trafalgar, quien, reinando ese puerco con patillas que fue nuestro rey don Fernando VII, conoció la prisión en España y el exilio en Londres por mantenerse fiel a la constitución de 1812. 

Pero ésa es otra historia, y de quien quiero hablarles es de mi amigo el almirante González-Aller. Le adeudo, como lector, su magnífica recopilación de la correspondencia de Felipe II sobre la empresa de Inglaterra, en los cinco tomos de la obra –todavía inacabada– La batalla del Mar Océano; y, por supuesto, la reciente, monumental e indispensable Campaña de Trafalgar: dos grandes volúmenes con todos los documentos españoles sobre el desastre naval de 1805. Pero mi deuda afectiva es aún mayor, y data de cuando hace nueve años lo conocí como director del Museo Naval de Madrid, por donde yo husmeaba a la caza de cartas náuticas, tesoros hundidos y rubias a las que contarles las pecas hasta el Finisterre. Su delicadeza y su hombría de bien me sedujeron en el acto, y desde entonces le guardo un aprecio especial y un respeto fraguados en largas conversaciones, mantenidas sobre todo en torno a ese corte de la línea por dos puntos frente al cabo Trafalgar, el 21 de octubre de 1805. Muchas veces discutimos juntos aquel combate, en público y en privado, reproduciendo los movimientos sobre una mesa, sobre el suelo, en una pared o en la imaginación. Y siempre me conmovieron la profunda ciencia, la lucidez, la objetividad y el melancólico patriotismo, rozando la emoción, del buen almirante a la hora de recordar a los enemigos y a los amigos: a sus compañeros de antaño, peleando con el valor de la desesperanza, por su honor y sus conciencias. 

Les estoy hablando de un abuelete –él no me perdonará el epíteto– sabio y un hombre de bien, respetado por los antiguos enemigos, los eruditos ingleses y franceses que se honran con su opinión y con su trato. Un hombre dedicado al estudio y la memoria, a quien los jóvenes marinos, como cualquier aficionado a la historia naval de este país desmemoriado, deberían acudir en peregrinaje, con los oídos y la inteligencia atentos. Y si por suerte ganan su confianza y consiguen llevarlo al portalón de los recuerdos personales, descubrirán que, tras esa ternura y bonhomía, late también otro hombre distinto – aunque tal vez se trate del mismo– que brota a ráfagas peligrosas como relámpagos: el capitán de corbeta frío y eficaz que, hace treinta años, en plena Marcha Verde, al mando del submarino S-34 Cosme García, en navegación silenciosa frente a los puertos de Agadir y Casablanca, con diez torpedos a proa y un ojo pegado al periscopio, aguardó durante dos semanas al acecho, sumergido y emergiendo con cautela cada noche, la ocasión de echar a pique cualquier buque de guerra enemigo que se le pusiera a tiro. Y cuando lo hago recordar aquello –me encanta provocarlo, pues cuenta las cosas como nadie–, veo que se enciende una llama de excitación y de nostalgia en sus ojos, y le tiembla la voz, y se yergue como el joven oficial que fue en otro tiempo. La última vez, durante un pequeño homenaje que le hicimos varios amigos ante un cocido de Lhardy, concluyó con un puñetazo sobre la mesa. «¡Éramos marinos de guerra!», exclamó. «¡Y a mucha honra!» 

2 de julio de 2006