Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 25 de abril de 2010

Alfonso XIII, ese franquista

Si es que te la dan hecha. La página, quiero decir. Con la náusea adjunta. Igual que si te metieran los dedos en el gaznate. Luego escriben cartas a XLSemanal, quejándose cuando los llamas gentuza y te refieres a sus muertos. Como una tal señora Cunillera, creo que se llamaba, o llama, que se descolgó una vez por el buzón de nuestro cartero con grititos de dignidad ofendida. Cómo se atreve, etcétera. El rufián. 

Hoy me relamo con otra perla parlamentaria, y no me resisto a compartirla con ustedes. Especialmente porque, si no me equivoco, pasó casi inadvertida en la prensa: media tímida columnita en un rincón, y poco aire de la clase política. Entre bomberos, supongo que se dijeron, no vamos a pisarnos la manguera. La soltó un pavo llamado Joan Herrera, diputado de Iniciativa por Cataluña Verde, me parece que es, pero podía haberla facturado cualquier otro individuo de los que frecuentan el garito. O buena parte de ellos. De esos a los que alguna vez encuentro en la rotonda o los restaurantes del Palace -yo pago allí con mi dinero, y ellos también pagan con el mío y con el de ustedes-, y me veo obligado a oír sus conversaciones telefónicas o de viva voz. Como ya apunté en esta página alguna vez, España debe de ser el único país de Europa, o de por ahí cerca, donde para sentarse en las Cortes no hace falta tener ni el bachillerato. 

En pregunta parlamentaria, hace un par de semanas, ese tal Herrera inquirió, muy serio, si bajo los supuestos de la ley de Memoria Histórica de 2007, que impone la retirada de objetos, monumentos o menciones conmemorativas que exalten la sublevación militar de 1936, el Gobierno tiene previsto cambiar el nombre de la Base Alfonso XIII de Melilla: que a su juicio, y de acuerdo con la citada ley, «supone una exaltación franquista». Respondió el Gobierno que, aunque se han tomado muchas medidas acordes con lo establecido en esa ley, la figura de Alfonso XIII no está incluida en ella, puesto que el abuelo del actual monarca dejó de reinar en España con la proclamación de la II República, que fue anterior a la Guerra Civil y a la dictadura del general Franco. Lo que, dicho en bonito, venía a significar que el diputado Herrera se había tirado un planchazo de órdago, mezclando dictaduras -la de Primo de Rivera sí fue bajo Alfonso XIII- y liándose más que el tobillo de un romano. 

No vayan a creer ustedes que Herrera, azote implacable -y verde- de dictadores y dictaduras, pidió disculpas por meter la gamba hasta la ingle, o en sincero auto de fe salió al día siguiente en el telediario admitiendo: soy un indocumentado y un cantamañanas. Nada de eso. Se dio por satisfecho, y con la solemne impavidez del tonto, supongo, miró al soslayo, fuese al bar y no hubo nada. Quede claro de todas formas, diría su gesto seguro y la sonrisilla satisfecha, que aquí mis votantes y yo no dejaremos pasar ni una. Faltaría más. A esa puta y facha España. 

Opino, sin embargo, que el Gobierno, aunque diligente, anduvo escaso en la respuesta. Mañana mismo, algún otro insobornable martillo de dictadores puede sentir curiosidad por franquismos parecidos, y esta clase de cosas es mejor prevenirlas. Lo de Alfonso XIII es más que una simple anécdota: delata caudales de rancia estupidez nacional, aliada con ignorancia y oportunismo político. Individuos que hacen preguntas como ésa, indigentes intelectuales de semejante calibre, votan leyes y deciden, con sus pactos, alianzas y pertinaz desvergüenza parlamentaria, nuestro presente y el futuro de varias generaciones. Habría convenido, por tanto, aprovechar la respuesta gubernamental para explicar a los vigilantes de la playa, y compañía, que Franco fue un dictador culpable de muchas cosas; pero que España es un lugar complicado y viejo, con tres mil años de verdadera memoria histórica, donde antes de la Guerra Civil, fecha a la que aquí se remite toda referencia y clave de nuestros males, ocurrieron otras cosas. Aunque despachara a moros y cristianos, por ejemplo, el Cid no era franquista. Ni Cervantes, aunque escribió en castellano. Tampoco los Reyes católicos, que expulsaron a los judíos, o Felipe III, que echó a los moriscos. Y la bandera roja y amarilla, pásmense todos, no la impuso Franco en 1936, sino Carlos III -que era un rey ilustrado- en 1785, inspirada en la antigua señal del reino de Aragón. Todo eso está en los libros de Historia, explicado muy clarito. Los hay de bolsillo, baratos. Cuando hagan otro de esos caros viajes protocolarios internacionales con avión en clase preferente, hotel y dietas a que tan aficionados son nuestros diputados, en vez de ponerse ciegos a canapés en las salas Vip de los aeropuertos, podrían leer alguno. 

25 de abril de 2010

domingo, 18 de abril de 2010

La película maldita

Hace dos semanas prometí hablarles de Rojo y negro, una de mis películas españolas favoritas. Así que anoche puse el deuvedé -una copia de relativa calidad, semipirata, que no se encuentra fácilmente- para admirar de nuevo esa historia sombría y dura, hija bastarda del cine franquista, estrenada en 1942, demolida por la crítica oficial y retirada después de sólo tres semanas de cartelera para verse enterrada en el olvido. Hasta que, cincuenta años más tarde, la Filmoteca Española localizó una copia polvorienta en un sótano de Madrid. 

Rojo y negro tiene un valor histórico extraordinario. Es la única película sobre la Guerra Civil hecha desde un punto de vista inequívocamente falangista -su director, Carlos Arévalo, lo era-. Y trata de las actividades clandestinas en el Madrid republicano de la contienda. Se trata de una película pionera, pues en ella aparece por primera vez el concepto de resistencia en una ciudad ocupada por el enemigo. Resistencia antimarxista, en este caso; pero no inferior en interés ni en realidad histórica, como señalan lúcidos críticos e historiadores del cine, a la resistencia antifascista que después nutriría innumerables películas francesas, inglesas, norteamericanas, alemanas, rusas o polacas. Insólita en su ejecución, técnicamente osada en algunas escenas -esos planos de la checa de Fomento abierta como el 13 de la Rue del Percebe-, modernísima para su tiempo, cuajada entre el neorrealismo italiano, el cine de vanguardia soviético y simbólicos toques surrealistas, Rojo y negro cuenta la sombría historia de una joven falangista, soberbiamente encarnada por la mítica Conchita Montenegro: un personaje alejado de los arrebatos patrioteros, grandilocuentes e histriónicos habituales en la cinematografía del Régimen. Luisa, la protagonista, es sobria, dura, trágica, cínica, valerosa y desesperanzada. Y con fría decisión desciende a los infiernos. Eso la convierte en una heroína atípica para el cine español de su tiempo, donde lo correcto eran abnegadas madres y esposas que, desde el cristiano hogar, alentasen a los hombres a inmolarse en las diversas Cruzadas habidas o por haber. 

Hay otro aspecto crucial, falangismo radical aparte, por el que la película no satisfizo el Régimen. Aparte de su tono seco, nada ampuloso y en absoluto marcial, evita caer en el simplismo estúpido del que ni siquiera se libran las películas que hoy se hacen sobre la Guerra Civil: la exaltación del bando propio y la caricatura del adversario. Sádicos nacionales de gafas oscuras y brillantina en las películas de ahora, y malvados rojos, tabernarios y brutales, en el cine de antes. Inexactos, incompletos y maniqueos, todos ellos. Aquí, sin embargo, los republicanos que encarcelan y fusilan son individuos normales, creíbles, con motivos para hacer lo que hacen. Con toques de humanidad e ideología propia: como cuando el jefe de los milicianos dice que, si hubiera llevado medalla religiosa al cuello, al llegar a la edad de la razón se la habría quitado. O cuando el miliciano violador de Luisa -soberbia escena, resuelta con dos planos del rostro de la Montenegro- actúa bajo el resentimiento de haber sido engañado, y porque está borracho. 

Pero aún hay más, en esta película asombrosa y compleja para quien se enfrente a ella con lucidez, sin estereotipos de buenos y malos: la crítica feroz a los contemporizadores, a los que miraban para otro lado. Al egoísmo de la derecha burguesa y capitalista, incluida sin reparos entre los principales responsables del conflicto. Sin olvidar el retrato, atrevidamente surrealista, de una clase política ciega que divide a los españoles, llevándolos a una matanza atribuida con mucha ecuanimidad al «odio y desconocimiento mutuo». Paradójicamente, la derecha conservadora queda peor que el bando contrario: cuando los oradores de izquierdas agitan al pueblo, éste se muestra como pobre, oprimido, inculto y desesperado. Eso enlaza con los personajes y actitudes de los milicianos que aparecerán después. Y si no los justifica, los hace creíbles. Humanos. 

Como se decía en otros tiempos, Rojo y negro es una película para que la disfruten espectadores formados, prevenidos de lo que ven y en qué circunstancias se hizo: capaces de hacer la lectura adecuada, situando en su contexto histórico y social esta narración extraña e inquietante, donde la estremecedora secuencia que precede al final -el actor Ismael Merlo vagando entre los cadáveres de los fusilados en la pradera de San Isidro- nos sumerge, más que ninguna de las muchas películas realizadas sobre aquella tragedia, en la noche oscura de nuestra Guerra Civil. 

18 de abril de 2010 

domingo, 11 de abril de 2010

Profesionales del pedir

Vivo a cuarenta kilómetros de la ciudad, en la sierra, y cuando bajo en coche suelo dejarlo en el aparcamiento de la plaza Mayor. Como esa zona, además, corresponde al Madrid que más me gusta -o quizás al único Madrid que me gusta-, el barrio de los Austrias y su entorno constituyen mi territorio de citas y restaurantes, de bares y cafés, de tiendas y librerías. Raro es que un paseo me lleve más allá de los límites del paseo del Prado y el café Gijón, por un lado, de San Francisco y el Rastro, por otro, y de la plaza de España y la Gran Vía. Cuando debo alejarme por asuntos de amistad o trabajo lo hago incómodo y con prisas, como quien se interna en territorio incierto, tomando un taxi para regresar, cuanto antes, a la seguridad de lo conocido. 

Conozco bien, por tanto, el Madrid viejo. Sus defectos y virtudes. También, a muchos de quienes lo pueblan y le dan carácter: tenderos, libreros, guardias, camareros, peluqueros, vendedores de periódicos y de lotería, furcias o mendigos. Algunas noches, cuando subo desde la Real Academia con Javier Marías, vecino del barrio, para despedirnos en la plaza Mayor o cenar en la Cava Baja, saludo a alguna de las lumis que patrullan las esquinas de las calles de la Cruz y Carretas, o compruebo si sus macarras panchitos -esos que en cierta ocasión, mamados, nos llamaron cabrones y del Pepé por llevar corbata- siguen agrupados cerca, vigilándoles el punto y la clientela. También paro a charlar medio minuto con dos pavos de apariencia feroz, pero buen trato, que en compañía de dos perros se buscan la vida en la calle de la Bolsa, tocando la flauta y haciendo algún juego malabar. La novia de uno es lectora mía, y eso une mucho. Y cuando me despido dejándoles un billetejo, Javier, que tiene buen perder y no se pone celoso porque la novia me lea a mí y no a él, también mete la mano en el bolsillo y afloja algo. 

Lo que ya no hago es dar un céntimo a los profesionales situados en las escaleras del aparcamiento. El transeúnte poco advertido puede confundirlos con los mendigos de infantería que ocupan los soportales o túneles de la plaza arropados en sus mantas y cartones; pero éstos van a lo suyo, con el Don Simón y un cigarrito, cuando hay. Pasan de todo y contemplan la vida. Les contribuyo de vez en cuando, gustoso, sin que lo pidan. Casi nunca piden. Los otros sí buscan dinero, con horarios puntuales rigurosos. Se trata, en este caso, de un curro como otro cualquiera. Se relevan unos a otros o desaparecen -camino de casa, supongo- a horas exactas, para cenar, ver la tele y estar con la familia. A éstos hace tiempo que no les doy nada, por varios motivos. A uno de ellos -joven y con gafas, que ya no va por allí- me lo crucé en otro barrio vestido con mucha corrección, despojado de la ropa de pedir, y al día siguiente volví a verlo andrajoso, donde siempre. Otra razón para secarme el bolsillo es que varios de esos habituales del estírese, caballero, no me caen simpáticos. Les falta ángel. Profesionalidad. Apruebo que cada cual se lo monte como pueda: pedigüeño, salteador de caminos, senador o diputado en Cortes. Hay modos y modos. Pero que guarden las formas, rediós. Hay uno, por ejemplo -mendigo, no diputado-, que llama «majo» y tutea por la cara a los clientes, desgarro campechano que contraviene todas las reglas clásicas de la mendicidad. Y otro grandullón, de mala catadura y peor jaez, que pide con modales groseros, intimidatorios, acosando al personal. Cuando alguien pasa por su lado, ignorándolo, le tira de la manga. Y oigan. Como dice un amigo mío, camarero de un bar próximo, si no fuera mendigo le iba a tirar de la manga a su puta madre. Pero no hay otra que aguantarse. Esto es Madrid, España. El paraíso de los compadres que guardaron cochinos juntos. Donde una ministra de Cultura, por ejemplo, tutea a Juan Marsé en el discurso oficial del premio Cervantes. Son daños colaterales. 

Otro mendicata, de origen extranjero, pide por las mañanas sentado junto a una de las escaleras del aparcamiento. Lo hace diciendo «buenos días» con tono lastimero, conmovedor. Alguna vez, al principio, le respondía al saludo y dejaba algo. Pero ya no. Hace un par de meses, uno de esos días infames de nieve y frío que azotaron la ciudad, lo vi levantarse e increpar con malos modos, muy agresivo, a un pobre hombre que se había cobijado cerca con una manta sobre los hombros. Temía que el infeliz le hiciera la competencia. Y no olvido la imagen del otro, levantándose tiritando para irse afuera con su manta, bajo los soportales, azotado por la nevisca. También entre los miserables hay castas, claro. Subdivisiones injustas. Explotados, explotadores y sinvergüenzas. 

11 de abril de 2010 

domingo, 4 de abril de 2010

El misterio del clavo y la calavera

Hace tiempo que no hablamos de cine. Ustedes y yo, quiero decir. Una vez les prometí una lista de mis películas del Oeste favoritas. No lo olvido, y todo se andará. Hace poco, sin ir más lejos, vi de nuevo Sin perdón -ya es la sexta o séptima vez- y no me abalancé a besar en la boca a Clint Eastwood porque no lo tengo a mano. Recuerdo bien cuando, en fechas todavía recientes, muchos que ahora babean con el amigo Eastwood colocándole la socorrida etiqueta de imprescindible, lo ponían de fascista y actor barato para arriba por Harry el sucio, El sargento de hierro y cosas así. Como a John Wayne, hace tiempo. O a John Ford. Los muy gilipollas. 

Pero hoy quisiera hablarles de otro cine. Alguna vez conté en esta página que apenas veo la tele; y que cuando estoy en casa me calzo una película en deuvedé después de comer y otra por la noche. A ese ritmo, ya pueden imaginar lo que cae: los atracones que me pego, con películas y series de la tele. Hace unos días liquidé la tercera temporada de Deadwood y la cuarta de The Wire, y ya me gotea el colmillo esperando, con el ansia de un niño al acecho de los Reyes Magos, la nueva serie bélica Pacific; que sólo espero esté, como mínimo, a la altura de su extraordinaria predecesora Hermanos de sangre

La que vi ayer, por quinta o séptima vez, no tiene relación con las que acabo de mencionar. Es otro cine. Otro mundo. Y de aquí, por más señas. En riguroso blanco y negro. Rodada entre 1943 y 1944. Hay una docena de películas españolas realizadas entre los años treinta y los cincuenta a las que tengo especial devoción: María de la O -la de Carmen Amaya, ojo, no confundir con la de Lola Flores-, Mi tío Jacinto y Calle Mayor, por ejemplo. También Rojo y Negro, una singularísima película maldita sobre la Guerra Civil, sombría y demoledora, que comentaré con más detalle en otra ocasión, pues merece un artículo completo. Y, por supuesto, El clavo. Esa obra maestra de Rafael Gil. La que hoy me hace teclear estas líneas. 

El clavo pudo haberla firmado cualquiera de los buenos directores que pasaron por Hollywood. Su guión, sólido e interesante, con diálogos de Eduardo Marquina, era una adaptación de la novelita del mismo título de Pedro Antonio de Alarcón, y en aquel momento fue una película cuidada y carísima, donde la productora Cifesa echó el resto: gran superproducción para su época, resultó un pelotazo de taquilla en España e Hispanoamérica. Historia de amor viajero que se convierte en trama policíaca y acaba en melodrama romántico, ambientada en la segunda mitad del siglo XIX, El clavo fue muy dignamente interpretada por el galán de moda Rafael Durán -más tarde, ya en decadencia, doblador de la voz de Cary Grant- en el papel del juez Zarco, y por la entonces rutilante estrella cinematográfica Amparito Rivelles en la piel de la misteriosa, joven y trágica Gabriela. Con el valor añadido de secundarios de lujo como el enorme, entrañable, inmenso Juan Espantaleón, que bordó el papel de secretario de juzgado con su espléndida humanidad. Fotografiado todo ello de manera extraordinaria por el gran Alfredo Fraile -inolvidable ese asombroso traveling aéreo de la escena del carnaval-, quien siempre sostuvo que, de las 87 películas en la que intervino como cámara, El clavo era el título del que estaba más orgulloso. 

He vuelto a verla, como digo, en el deuvedé -antes la tenía en vídeo- de una interesante colección del cine de Cifesa que incluye treinta años de cine español: desde películas soberbias como Nobleza baturra, Currito de la Cruz -la buena-, Malvaloca o Morena Clara -qué delicia ver en formato moderno a Imperio Argentina, Alfredo Mayo, Miguel Ligero o Manuel Luna- hasta histriónicos panfletos como Agustina de Aragón o La leona de Castilla, con la insoportable Aurora Bautista, o torpes camelos como A mí la legión: disparate bélico-patriotero, éste, que no resiste una comparación con aquella estupenda La bandera, francesa, que protagonizó Jean Gabin sobre el texto de Pierre MacOrlan. Pero cine español todo él, a fin de cuentas. Y, pese a las imperfecciones del momento, reflejo de una época, unos gustos y unos espectadores. Aun así, El clavo queda muy por encima de todo eso: es hoy, en esencia, una estupenda película. Un folletín decimonónico clásico, policíaco y sentimental, felizmente rescatado para que nuevas generaciones de espectadores puedan comprobar, mirando hacia atrás con buena voluntad, que ni siquiera los años oscuros, el cine del régimen, la censura y el control ideológico anularon por completo el talento de los grandes contadores de historias. 

4 de abril de 2010