Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 30 de mayo de 2010

Caperucita y el lobo machista

Hoy me he levantado con talante. Como después de haber publicado El pequeño hoplita -un cuento sobre un niño en las Termópilas, que tanto debe a su magnífico ilustrador, Fernando Vicente- le tomé el gusto a la narrativa infantil, he decidido echar un cable. Ayudar a que nuestra ministra de Igualdad y Paridad, Bibiana Aído, rubia joya de la corona, haga realidad su bonito proyecto de conseguir que los cuentos tradicionales para pequeños cabroncetes sean desterrados de escuelas y hogares, y dejen de ser un reducto machista, sexista y antifeminista. O que, expurgados y reconvertidos a lo social y políticamente correcto, contribuyan, ellos también, a la formación de futuras generaciones de ciudadanos y ciudadanas ejemplares y ejemplaras. Como está mandado. 

Al principio pensaba hacerlo con el cuento de Blancanieves y las siete personas de crecimiento inadecuado; que, como sostiene Bibiana, requiere, título aparte, una remodelación general urgente. Pero ciertos indicios de intolerable violencia machista en la casita del bosque, como que sea una mujer quien cargue con todas las labores del hogar, o que no haya paridad de sexos en el número de individuos que trabajan en la mina -su número impar complica además el asunto-, me decidieron a dejarlo para más adelante. Lo intenté luego con La soldadita de plomo y ploma; y no es por echarme flores, pero lo tenía casi resuelto. Una soldadita de plomo de la ULFF -Unidad Legionaria Femenina Feroz-, terror de los talibanes afganos y de los piratas del Índico, impedida en su extremidad locomotriz por haber caído poco metal en el molde cuando la fundían. O sea, incompleta física de una pierna, para entendernos. O no. Lo que antes se decía, en jerga fascista, coja. Y que, desde su repisa en el cuarto de juegos de una niña, se enamora de un bailarín de ballet de papel maché que está enfrente, puesto tal que así, de puntillas, y que tiene una bonita lentejuela de plata en el prepucio. Se lo leí a mi hija por teléfono, a ver qué tal iba la cosa; pero al llegar a lo de la lentejuela me aconsejó dejarlo. Te van a malinterpretar, dijo. Así que al final me decidí por un clásico inobjetable: Caperucita Roja. Y está feo que lo diga, pero la verdad es que lo he bordado. Creo. 

Caperucita Roja camina por el bosque, como suele. Va muy contenta, dando saltitos con su cesta al brazo, porque, gracias a que está en paro y es mujer, emigrante rumana sin papeles, magrebí pero tirando a afroamericana de color, musulmana con hiyab, lesbiana y madre soltera, acaban de concederle plaza en un colegio a su hijo. Va a casa de su abuelita, que vive sola desde que su marido, el abuelito, le dio una colleja a Caperucita porque no se bebía el colacao, ésta lo denunció por maltrato infantil, y la Guardia Civil se llevó al viejo al penal de El Puerto de Santa María, donde en espera de juicio paga su culpa sodomizado en las duchas, un día sí y otro no, por robustos albanokosovares. Que también tienen sus necesidades y sus derechos, córcholis. El caso es que Caperucita va por el bosque, como digo, y en éstas aparece el lobo: hirsuto, sobrado, chulo, con una sonrisa machista que le descubre los colmillos superiores. Facha que te rilas: peinado hacia atrás con fijador reluciente y una pegatina de la bandera franquista, la de la gallina, en la correa del reloj. Y le pregunta: «¿Dónde vas, Caperucita?». A lo que ella responde, muy desenvuelta: «Donde me sale del mapa del clítoris», y sigue su camino, impasible. «Vaya corte», comenta el lobo, boquiabierto. Luego decide vengarse y corre a la casa de la abuelita, donde ejerce sobre la anciana una intolerable violencia doméstica de género y génera. O sea, que se la zampa, o deglute. Y encima se fuma un pitillo. El fascista. Cuando llega Caperucita se lo encuentra metido en la cama, con la cofia puesta. «Que sistema dental tan desproporcionado tienes, yaya», le dice. «Qué apéndice nasal tan fuera de lo común.» Etcétera. Entonces el lobo le da las suyas y las de un bombero: la deglute también, y se echa a dormir la siesta. Llegan en ésas un cazador y una cazadora, y cuando el cazador va a pegarle al lobo un plomazo de postas del doce, la cazadora contiene a su compañero. «No irás a ejercer la violencia -dice- contra un animal de la biosfera azul. Y además, con plomo contaminante y antiecológico. Es mejor afearle su conducta.» Se la afean, incluido lo de fumar. Malandrín, etcétera. Entonces el lobo, conmovido, ve la luz, se abre la cremallera que, como es sabido, todos los lobos llevan en la tripa, y libera a Caperucita y a su provecta. Todos ríen y se abrazan, felices. Incluido el lobo, que deja el tabaco, se hace antitaurino y funda la oenegé Lobos y Lobas sin Fronteras, subvencionada por el Instituto de la Mujer. Fin. 

30 de mayo de 2010 

domingo, 23 de mayo de 2010

«¿Qué voy a hacer ahora?»

El segundo gintonic, Pencho se vuelve hacia mí. Hace quince minutos que aguardo, paciente, esperando que se decida a contármelo. Por fin hace sonar el hielo en el vaso, me mira un instante a los ojos y aparta la mirada, avergonzado. «Hoy he cerrado la empresa», dice al fin. Después se calla un instante, bebe un trago largo y sonríe a medias con una amargura que no le había visto nunca. «Acabo de echar a la calle a cinco personas.» 

Puede ahorrarme los antecedentes. Nos conocemos hace mucho tiempo y estoy al corriente de su historia, parecida a tantas: empresa activa y rentable, asfixiada en los últimos años por la crisis internacional, el desconcierto económico español, el cinismo y la incompetencia de un Gobierno sin rumbo ni pudor, el pesebrismo de unos sindicatos sobornados, la parálisis intelectual de una oposición corrupta y torpe, la desvergüenza de una clase política insolidaria e insaciable. Pencho ha estado peleando hasta el final, pero está solo. Por todas partes le deben dinero. Dicen: «No te voy a pagar, no puedo, lo siento», y punto. Nada que hacer. Los bancos no sueltan ni un euro más. Las deudas se lo comen vivo; y él también, como consecuencia, debe a todo el mundo. «Debo hasta callarme», ironiza. Todo al carajo. Lleva un año pagando a los empleados con sus ahorros personales. No puede más. 

Cinco tragos después, con el tercer gintonic en las manos, Pencho reúne arrestos para referirme la escena. «Fueron entrando uno por uno -cuenta-. La secretaria, el contable y los otros. Y yo allí, sentado detrás de la mesa, y mi abogado en el sofá, echando una mano cuando era necesario... Se me pegaba la camisa a la espalda contra el asiento, oye. Del sudor. De la vergüenza... Lo siento mucho, les iba diciendo, pero ya conoce usted la situación. Hasta aquí hemos llegado, y la empresa cierra.» 

Lo peor, añade mi amigo, no fueron las lágrimas de la secretaria, ni el desconcierto del contable. Lo peor fue cuando llegó el turno de Pablo, encargado del almacén. Pablo -yo mismo lo conozco bien- es un gigantón de manos grandes y rostro honrado, que durante veintisiete años trabajó en la empresa de mi amigo con una dedicación y una constancia ejemplares. Pablo era el clásico hombre capaz y diligente que lo mismo cargaba cajas que hacía de chófer, se ocupaba de cambiar una bombilla fundida, atender el correo y el teléfono o ayudar a los compañeros. «Buena persona y leal como un doberman -confirma Pencho-. Y con esa misma lealtad me miraba a los ojos esta mañana, mientras yo le explicaba cómo están las cosas. Escuchó sin despegar los labios, asintiendo de vez en cuando. Como dándome la razón en todo. Sabiendo, como sabe, que se va al paro con cincuenta y siete años, y que a esa edad es muy probable que ya no vuelva a encontrar jamás un trabajo en esta mierda de país en el que vivimos... ¿Y sabes qué me dijo cuando acabé de leerle la sentencia? ¿Sabes su único comentario, mientras me miraba con esos ojos leales suyos?» Respondo que no. Que no lo sé, y que malditas las ganas que tengo de saberlo. Pero Pencho, al que de nuevo le tintinea el hielo del gintonic en los dientes, me agarra por la manga de la chaqueta, como si pretendiera evitar que me largue antes de haberlo escuchado todo. Así que lo miro a la cara, esperando. Resignado. Entonces mi amigo cierra un momento los ojos, como si de ese modo pudiera ver mejor el rostro de su empleado. Aunque, pienso luego, quizá lo que ocurre es que intenta borrar la imagen del rostro que tiene impresa en ellos. Cualquiera sabe. 

«¿Y qué voy a hacer ahora, don Fulgencio?... Eso es exactamente lo que me dijo. Sin indignación, ni énfasis, ni reproche, ni nada. Me miró a los ojos con su cara de tipo honrado y me preguntó eso. Qué iba a hacer ahora. Como si lo meditara en voz alta, con buena voluntad. Como si de pronto se encontrara en un lugar extraño, que lo dejaba desvalido. Algo que nunca previó. Una situación para la que no estaba preparado, en la que durante estos veintisiete años no pensó nunca.» 

«¿Y qué le respondiste?», pregunto. Pencho deja el vaso vacío sobre la mesa y se lo queda mirando, cabizbajo. «Me eché a llorar como un idiota -responde-. Por él, por mí, por esta trampa en la que nos ha metido esa estúpida pandilla de incompetentes y embusteros, con sus brotes verdes y sus recuperaciones inminentes que siempre están a punto de ocurrir y que nunca ocurren. ¿Y sabes lo peor?... Que el pobre tipo estaba allí, delante de mí, y aún decía: No se lo tome así, don Fulgencio, ya me las arreglaré. Y me consolaba.» 

23 de mayo de 2010 

domingo, 16 de mayo de 2010

Esos marcianos bordes

No tengo claro si al astrofísico Stephen Hawking se le ha ido la pinza, o no, pero he disfrutado mucho con lo último suyo, lo de los marcianos. Tanto como un político español con una Visa Oro. Dice don Stephen, que no es cualquiera, que los alienígenas pueden dejarse caer cualquier día por la Tierra derrochando mala baba fluorescente, y que mejor no tener contacto con ellos, porque vete a saber. Que lo mismo hacemos el primo con tanto mensaje de buena voluntad enviado al espacio, hay vida aquí en la Tierra, aló, aló, se me oye, se me escucha, etcétera, mandando naves con una foto de nuestros niños, la película Bambi y la canción esa de algo pequeñito, uó, uó, algo muy bonito. Igual el paquete entregado a domicilio despierta en los pavos de allá arriba, que pueden no ser tan buena gente como creen algunos, ganas de arrimarse a echar un vistazo, más o menos como hicieron Hernán Cortés, Pizarro y otros finos neurocirujanos de las civilizaciones azteca, maya y sitios así. Y la pringamos. 

A mí, sin embargo, la idea me pone. Mucho. Ando bastante empalagado de mermelada intergaláctica. De marcianitos amables, dignos padres de familia. Siempre me pateó los higadillos esa tendencia moderna, tan políticamente correcta, a presentar a los extraterrestres como gente más bondadosa, culta y civilizada que los humanos. Basándonos en qué, pregunto. No encuentro ningún motivo para pensar que un fulano de color verde fosforito, antenas con luz estroboscópica en la frente y palmo y medio de estatura, nacido en la Galaxia ZetaZetaPAF según pasas Alfa Centauro a mano izquierda, deba tener mejores sentimientos, más educación o menos instinto depredador que cualquiera de los innumerables y conocidos hijos de puta que pastan en nuestro bonito planeta azul. No faltarán en el espacio constructores ladrilleros, supongo, capaces de que el alcalde de allí recalifique los terrenos del circo de Hiparco o un anillo de Saturno, engrasándolo. Tampoco andarán escasos de obispos o imanes de lo suyo, no al aborto, velo y demás. Ni de políticos del Pepé, o como se llame allí, con sastre gratis, amigo en campo de golf y corbata ancha color butano. También a los extraterrestres les gustarán los platillos volantes de lujo, supongo. Y las cuentas secretas en las islas Cocodrilo de Orión. Y ver Sálvame Alienígena de Lux, los viernes. Y las marcianas con tetas grandes, o lo que les cuelgue en su equivalente galáctico. No te fastidia. 

Así que, por mí, que nos invadan. No creo que vayamos a peor. Además, estoy de acuerdo con el amigo Hawking. También eso nos lo estaríamos ganando a pulso, con tanta gilipollez terrícola. Daría igual que vinieran en pateras espaciales -imagino a esos marcianos desnutridos, atendidos por picoletos, psicólogos y oenegés- o a bordo de naves acorazadas con más artilugios que la planta de electrónica del Corte Inglés. Alucinarían al ver nuestras caras de panolis. Nosotros ser terrícolas y recibiros en son de paz. Jao. ¿Du yu spikinglis? Etcétera. Disfruto más con la idea de unos extraterrestres bordes, en plan Mars Attack, que con la estampa tipo E.T. del marcianito bueno, tierno y comprensivo. La idea de un ser mucilaginoso apuntando con el dedo de pata de pollo a las estrellas mientras susurra «Mi cassa, mi cassa» con una voz que recuerda sospechosamente la de Benedicto XVI, me motiva mucho menos que esos alienígenas desparramándose de su ovni con ganas de juerga y hasta arriba de morapio, hip, como ingleses en Ibiza, poniéndolo todo perdido de líquido blandiblub en plan moco, mientras la peña les hace la V con dos dedos en plan paz y buen rollito, colegas. Con Mariano Rajoy diciéndoles al cabo de un rato largo, tras pensárselo mucho: «Gracias por haber venido. Yo también me llamo marciano, Marciano Rajoy», mientras Bibiana Aído, con risita pícara de colegiala transgresora, los llama extraterrestres y extraterrestras del espacio y de la espacia, y Leire Pajín, entre anuncio y anuncio de champú, se congratula en el telediario de la conjunción planetaria Obama-Zapatero-Júpiter, calificándola de acontecimiento galáctico del milenio. Me parto en rodajas imaginando esas y otras deliciosas escenas. No digan ustedes que no les pone, por ejemplo, la de un ser viscoso de color amarillo que camina dejando un rastro gelatinoso, chof, chof, armado con pistola atómica disolvente de rayos láser ultrasónicos, y entrando en el Senado español a ver de qué va aquello, mientras algún tonto habitual -Iñaki Anasagasti, por ejemplo, recién peinado por Llongueras- pretende explicarle, muy serio y con el pinganillo en la oreja, lo de las lenguas cooficiales y la traducción simultánea. 

Sí. Hay días en los que pagaría por ser marciano. 

16 de mayo de 2010

domingo, 9 de mayo de 2010

Manolo y la jauría

Me pregunta Manolo cómo lo hace uno. Cómo se sobrevive al zipizape público. De qué manera se endurecen la piel, los intestinos o el corazón cuando uno expone sus opiniones y se monta una pajarraca que le pone en riesgo el sosiego mental o la salud física. Manolo, que es lector viejo de esta página, me interroga sobre eso y me lo explica: tuvo la ocurrencia de enviar una carta a un periódico, opinando sobre el status de ciertos funcionarios públicos. Argumentaba en ella, tajante pero con respeto, sobre cómo algunos ciudadanos ven asegurado su puesto tras aprobar un examen, duro y de resultado merecido, en un momento determinado de su existencia. Y opinaba luego que no todos los funcionarios se tocan la barriga en horas laborables; pero que una parte del colectivo -pequeña, notoria y evidente- tiende a la indolencia operativa, a los asuntos propios, al café de las once y al bocadillo de la una. Expresada que estuvo esa opinión por escrito, pulsó Manolo el botón de enviar en su ordenata y se recostó en la silla, satisfecho por haber planteado, desde la humilde parcela de su vida, un poco de sentido común e higiene cívica. El infeliz. 

Me brearon, cuenta. Me abrasaron vivo. Estaban ahí, acechando. Saltaron directos a mi yugular. Cuatrocientas y pico respuestas de Internet en veinticuatro horas: envidioso, malaje, te voy a rayar el coche, has ofendido a todos los funcionarios de España y el extranjero, tú no pagas mi sueldo, hijoputa, la subvención la va a tramitar tu padre, seguro que defraudas a Hacienda, vigila a tu mujer, cabrón, ya te pillaré en la ventanilla. Fascista. Respuestas demoledoras, construidas casi todas no sobre lo que Manolo dijo, sino sobre lo que los airados lectores creyeron entender que dijo. O sobre lo que a otros, que ni siquiera conocían la carta original, les dijeron que había dicho: Manolo insulta al gremio, pásalo. También hubo quienes desde el otro extremo quisieron apoyarlo, y terminaron por joderlo vivo: a los funcionarios habría que fusilarlos al amanecer, parásitos, vivís de mis impuestos, dejad de responder cartas en horario laboral y dedicaos a traspapelar expedientes, que es lo vuestro. Fascistas. Y todos, unos y otros, entre espumarajos de rabia, con saña homicida y con Manolo en medio, acojonado. Buscando un agujero donde meterse. España y su viva estampa, dicho en corto, escarbando en la eterna guerra civil que llevamos en el tuétano: conmigo o contra mí. Tampoco faltó el lince astuto que disparaba a ambos frentes y adivinó las verdaderas intenciones de Manolo: agente doble, provocador de mierda, levantas cortinas de humo como ese nazi, Goebbels. Etcétera. 

Ahora, en el bar de Lola, Manolo se acoda en la barra, pide una caña con las orejas gachas, y solicita absolución, consuelo -el escote espléndido de Lola ayuda un poco- y consejo. ¿Cómo hago para tratarme la úlcera que esto me ha provocado?, me pregunta. ¿Cómo haces, colega, para sacar a relucir cada semana el colmillo sangriento y luego dormir a pierna suelta, bajo la lluvia de interpretaciones sesgadas que te caen encima? ¿Cómo sobreponerse a esa radiografía de control aeroportuario y mala leche? ¿Cómo soportar la impudicia de quienes pretenden, aún con más arrogancia que la tuya, descubrir y denunciar tus intenciones, astucias, bajos fondos, ideas, prioridades, color político, basándose en lo que sus ojos miopes y sectarios creen haber leído? Mi agonía, amigo, es mayor cuando compruebo que mi exposición en la picota no sirve para nada. Yo sigo pensando lo mismo. Quienes creyeron detectar mis perversas ideas siguen pensando lo mismo. Quienes insultaron a todo el cuerpo funcionarial siguen pensando lo mismo. Y el lince que me comparó con Goebbels sigue pensando lo mismo. Mi carta sólo agitó un rato las aguas para que luego, serenado el ánimo, sigamos todos, funcionarios perezosos incluidos, con los pies metidos en el mismo lodazal. ¿Sirve de algo? ¿Es posible opinar públicamente sabiendo que, sin duda, destrenzarán tus argumentos para tejer trajes nuevos a medida de cada lector? 

Pido otras dos cañas mientras busco una respuesta adecuada. Quizá sirva, estoy a punto de decir al fin, para comprender dónde estás. Entre quiénes te la juegas. Para irte luego a un libro que hable de nosotros con banderas, con turbantes, con cota de malla, con abarcas y venablo, y comprender, bajo el contraste del paisanaje, lo que fuimos, lo que somos y lo que nunca pudimos ser. Creo que en conciencia debo responder eso, pero Manolo aguarda con expresión noble, confiada, y comprendo que es mejor no ir por ahí. «Para no sentirse del todo cómplice», improviso. «Y eso ya es algo.» Entonces Manolo mira el escote de Lola y sonríe a medias, pensativo, mientras moja los labios en la espuma de cerveza. 

9 de mayo de 2010 

domingo, 2 de mayo de 2010

La pandilla del sushi

Lo han conseguido de nuevo, como era de esperar. El sushi de los cojones. Al atún rojo le echaron encima hace unas semanas, en la última reunión internacional del organismo correspondiente, celebrada en Qatar, otra sentencia de muerte. Como si no anduviera ya listo de papeles. España, presidente temporal de la UE, tenía que haber defendido la propuesta de restringir drásticamente el comercio de ese bicho. Lo hizo porque no había más remedio; pero con la boca pequeña y con nuestros representantes suspirando, aliviados, cuando la mafia pescatera, encabezada por los japoneses, tumbó la propuesta de incluir el atún rojo en el convenio internacional donde están leones, elefantes y otras especies en extinción. 

Era de esperar. A los túnidos no los ven los niños en los delfinarios ni en el zoo, a la gente le importan un carajo, y además España tiene la mayor cuota de pesca de atunes existente en la comunidad europea. No la engullimos nosotros ni hartos de sake, pero da igual. El negocio lo mueven cuatro listos, y la gente que trabaja en eso no llega a dos mil quinientas personas, aunque eso sí: nueve de cada diez ejemplares terminan en Japón, donde se pagan de seis a doce mil mortadelos por ejemplar. Cómo no lo van a exterminar, mis primos. Y todo eso, después de una matanza larga y sistemática realizada con absoluta impunidad y con la complicidad activa o pasiva -por amor al arte, naturalmente- de conspicuas autoridades hispanas: Pesca, Medio Ambiente, Marina Mercante y otros organismos oficiales, que llevan dos décadas mirando hacia otro lado, dejando arrasar el mar sin mover un puto dedo. Por no hablar de los ecologistas: ahora muy flamencos con el atún, pero todavía hace poco tiempo, cuando algunos lo denunciábamos alto y claro, sólo tenían ojitos para las ballenas, que son más fotogénicas. No es raro, por tanto, que el director general de recursos pesqueros español dijese en Qatar aquello de «la prohibición habría sido un duro golpe». Supongo que por eso, para atenuar el duro golpe -sobre todo para algunos bolsillos concretos-, en los meses previos a la votación todas las embajadas japonesas del mundo, incluida la de Madrid, invitaron a comer sushi a funcionarios del ministerio correspondiente. Gente amable, los japos. ¿Verdad? Con sus kimonos y tal. Simpáticos muchachos. 

Llevo casi quince años contando en esta página cómo se lo montan esos tíos y sus compadres. Cómo han tapado la boca a todo el mundo con argumentos industriales, ocultando que el beneficio es para unos pocos y el daño general, enorme. Irreparable. Nuestros fondeaderos mediterráneos están llenos de jaulas para la concentración y exterminio del atún, del que España es orgullosa, indiscutible, descarada líder mundial. No todo va a ser fútbol. Nuestros artistas atuneros -emprendedores, listos y con buena visión de futuro- empezaron, para guardar las formas y ante la sospechosa pasividad de las autoridades de pesca y marina, llamando al asunto criaderos y viveros. Choteándose de quienes sabían, y seguimos sabiendo, que el atún es un atleta del mar que no se cría en cautividad. Lo que se hace con él es cercar los grandes bancos migratorios que nadan próximos a la costa, sin importar peso ni edad, meterlos en jaulas de engrase donde son imposibles la reproducción y el desove, atiborrarlos de pienso y matarlos en masa cuando están gordos. 

Que en España sólo se concedieran, para mantener el paripé, cuatro licencias para esta clase de pesca, nunca fue problema: durante años me crucé en el mar -fondeaba junto a ellos en Formentera- con barcos franceses o italianos traídos para la faena. Y así, haciendo encaje de bolillos con la legislación europea, localizando el atún con avionetas, cercándolo con tecnología ultramoderna, buscando cada vez más lejos, en Sicilia y las costas de Libia, y llevándolo en jaulas remolcadas a los lugares de concentración y matanza, cuatro linces se han hecho de oro, mientras el atún cimarrón que durante siglos estuvo cruzando el estrecho de Gibraltar, riqueza plateada y roja que salpicó la jerga ancestral de nuestras almadrabas con palabras griegas, latinas y árabes, se extingue sin remedio. Pesca de vivero, ha estado llamándolo la pandilla del sushi, los golfos depredadores y sus compadres: esos funcionarios de mariscada y cómo te lo agradezco, que ahora, ya con el asunto sin vuelta atrás, admiten, cuando se les da con el paisaje en los morros, que bueno, que tal vez. Que podría ser. Que tal vez la aplicación de las medidas de control en años anteriores fue poco estricta. Menuda tropa. A seis mil y pico euros el atún, habrían sido capaces de exterminar a su padre, si nadara. 

2 de mayo de 2010