Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 31 de marzo de 2013

Cuando John Ford era facha

Ayer, por enésima vez, me calcé La legión invencible. Y entre esta noche y mañana caerán las otras dos. Me refiero a Fort Apache y Río Grande, que cierran la trilogía clásica de John Ford sobre la caballería de los Estados Unidos en las guerras indias en torno a 1870. Es raro que pase más de un año de mi vida sin que vuelva a ver esas tres películas, y lo mismo ocurre con el resto de la obra de Ford; en especial con El hombre tranquilo y No eran imprescindibles, y con los westerns Misión de Audaces, Dos cabalgan juntos, Centauros del desierto y El hombre que mató a Liberty Valance. En materia de cine, y con todo el respeto para directores que admiro hasta la adoración -Río Bravo, de Howard Hawks, por ejemplo, es mi película del Oeste favorita, y Sin perdón, de Clint Eastwood, me parece una obra maestra-, para mí, John Ford sigue siendo literalmente Dios padre. Y John Wayne, por supuesto, su encarnación sobre la tierra. 

Cómo es La legión invencible, diablos. De emocionante y perfecta. Cómo están todos. Con qué talento y sensibilidad extraordinarios nos introduce Ford en los entresijos de un mundo épico, hecho de carne y hueso, donde una palabra, un silencio, una mirada, tienen tanta importancia como el rayo que descarga a lo lejos mientras los hombres caminan con los caballos de la brida, el polvo asentado sobre los rostros fatigados, el cuero empapado en sudor, el roce de viejos uniformes azules sobre gastadas sillas de montar, el valor resignado y profesional de soldados hechos a morir por cincuenta centavos al día. Y cómo es John Wayne, oigan. Cómo está, haciendo de capitán Brittles o de capitán York. Poniéndose unas gafas casi a hurtadillas para leer, el día de su jubilación, la inscripción en el reloj de plata que le han regalado los hombres de la compañía C. Encarnando ese patriotismo honrado, perfectamente compatible con la crítica a los abusos e imperfecciones del sistema. Rindiendo homenaje al bando vencido en la guerra civil -la dignidad y el valor como factor de respeto mutuo, reconciliación y memoria- cuando al viejo general que tras la derrota del Sur se alistó en la caballería como soldado raso, muerto ahora en combate contra los indios, permite que lo entierren los otros soldados sureños cubierto por la bandera confederada. 

Cada vez que veo una de estas películas me acuerdo de aquellos idiotas que en los años 60 y 70 llamaban a John Ford director fascista -hacía películas de soldados, morían indios, manejaba épica militarista, camaradería machista y cosas así- mientras también John Wayne se llevaba lo suyo: reaccionario, chuleta, pésimo actor; incluso acababa de hacer una película llamada Boinas verdes -muy mala, por cierto- donde los norteamericanos iban de buenos en la guerra de Vietnam. Y sin embargo, muchos de aquellos cantamañanas de ambos sexos se deshacen ahora en elogios a John Ford como clásico indiscutible del cine, y alaban a John Wayne como uno de los grandes actores de Hollywood. Hablo de ésos que despreciaban al Clint Eastwood de Harry el sucio o El sargento de hierro llamándolo violento reaccionario que, en consecuencia, hacía pésimas películas; y que ahora, sin embargo, babean públicamente con cada nueva obra de este actor-director, sobre el que han resuelto el conflicto moral calificándolo de cineasta de culto, como a Tarantino y Kitano. Y así pueden hacerlo compatible, los muy capullos. 

Permitan un consejo fordiano. Si no conocen la obra del maestro de maestros, empiecen por la trilogía de la caballería. Si la conocen pero no se detuvieron en ella, vuelvan a verla despacio. Y también, si quieren, echen antes un vistazo a dos libros clave para disfrutarlas más. Uno es Jinetes en el cielo, donde Eduardo Torres-Dulce estudia la trilogía fordiana al detalle. El otro son los magníficos relatos de James Warner Bellah recogidos en Un tronar de tambores: media docena de historias cortas, secas, perfectas -Masacre es mi favorita-, que inspiraron los guiones. Así, cualquiera de las tres películas se convierte en una experiencia todavía más intensa y emocionante: las mujeres viendo a sus hombres alejarse del fuerte, la resignación de Thursday y los sargentos esperando el último ataque apache, el herido cabo Qyane reprochando respetuosamente «Pero usted no estaba, señor» al capitán Brittles... O la que para mí es la mejor escena de La legión invencible; la que refleja el espíritu y la camaradería que el irlandés Ford supo imprimir en cada una de sus películas: cuando la columna se aleja al trote, dejando a unos pocos para cubrir la retirada, y los jinetes pasan ante la cámara mientras suenan los primeros disparos a su espalda, cada uno de ellos cabalga con la cabeza vuelta para mirar atrás, al otro lado del río, donde combaten sus compañeros. 

31 de marzo de 2013 

domingo, 24 de marzo de 2013

Carteristas, atracadores y semáforos

Imaginen una ciudad donde los conductores que se saltaran los semáforos en rojo no fueran sancionados. Donde los ciudadanos honorables circulasen según las reglas, pero los desaprensivos lo hicieran a su aire, sin respetar nada y con absoluta impunidad. Dejando aparte el caos resultante, está claro que quienes no respetaran los semáforos tendrían ventaja sobre los otros. Llegarían antes a todas partes y acabarían siendo amos de las calles, aparte de causar innumerables víctimas entre quienes, confiados en el correcto funcionamiento de los semáforos y el respeto a las normas, se vieran atrapados en tan absurda y peligrosa situación. 

Algunos sucesos recientes hacen que me pregunte si no es lo que, en algunos aspectos, ocurre con las leyes y la Justicia en España. La indefensión de los ciudadanos honorables y la impunidad de quienes basan su forma de vida en saltarse esos semáforos con los que a costa de tiempo, esfuerzo y sensatez, hemos organizado nuestras ciudades: normas de conducta, derechos y libertades basados en el respeto y la convivencia. Víctimas de un buenismo excesivo enraizado en hondos complejos históricos, sociales y políticos, aquí nos hemos pasado de rosca legislando para un mundo ideal, angelical a ratos, que no resiste los embates del lado oscuro e inevitable de la condición humana. Eso nos ha convertido en rehenes de un Estado maniatado por su propia estupidez, incapaz de defender a quienes le cedieron el monopolio de la violencia legítima. Presa ideal para quienes viven de saltarse semáforos. Rebaño de ovejas a merced de lobos sin escrúpulos. 

Les pongo un par de ejemplos. A cinco carteristas bosnias, que acumulan 330 arrestos por robar en el Metro, un juez ha prohibido entrar en cualquier boca del suburbano. Aparte lo absurdo de esperar que una carterista sistemáticamente detenida y puesta en libertad a las pocas horas respete órdenes como ésa, lo interesante son las especulaciones que al respecto hacen fuentes judiciales. En caso de incumplimiento, señalan, podría aumentarse la medida cautelar, prohibiéndoles acercarse a cien metros de una boca del Metro -las bosnias temblarán, impresionadas-. Pero ojo. Si quebrantasen esta segunda y enérgica medida, entonces cabría la posibilidad de prohibirles residir en Madrid una temporada. El colmo del rigor, como ven. Disuasión bestial. En cuanto a la posibilidad de meter a esas cinco individuas en la cárcel, o subirlas a un avión y mandarlas de vuelta a Bosnia, ni se plantea. Sería impropio de una democracia ejemplar como la nuestra, naturalmente. Un rigor desproporcionado y fascista. 

Desproporcionada puede ser también, según el juez que toque, la respuesta de un joyero madrileño a dos atracadores -esa vez eran serbios- que entraron en su tienda navajas en mano, lo rociaron con un spray lacrimógeno y le sacudieron leña a su hija hasta que el joyero, sacando una pistola, les pegó unos tiros a bocajarro. Los atracadores fueron al hospital; y el joyero, a comisaría detenido y puesto luego en libertad con cargos por intento de homicidio. El tiempo que pasarán los atracadores en la cárcel cuando salgan del hospital pueden ustedes calcularlo fácilmente con el baremo ejemplar del Niño Sáez: un atracador con 39 antecedentes policiales, puesto en libertad en esas mismas fechas por un juez a las 72 horas de ser detenido por intento de robo en otra joyería. En cuanto al pazguato que les endiñó cinco plomazos a los dos serbios, es de suponer que podrá librarse tras el habitual calvario judicial de declaraciones, comparecencias, abogados y papeleo que arruinarán su vida unos cuantos años. Siempre y cuando, claro, las familias de los heridos no lo demanden y pidan indemnización por dejar a los cabezas de familia incapacitados para ganarse el jornal atracando. O que la eximente de legítima defensa no se vea alterada por la antes citada desproporción en la respuesta; ya que, según las leyes españolas, pegarle un tiro a quien te amenaza con una navaja, aunque las dos cosas maten igual, es una especie de abuso. Para que todo sea irreprochable, el joyero tendría que dejar la pistola en el cajón y defenderse con una navaja. No se sorprendan: mi amigo Tito, en cuya casa entraron unos albanokosovares que los apalearon y torturaron a él y a su mujer, y pudo liberarse, y con una pistola que tenía en toda regla se lió a tiros, estuvo años de juicio en juicio, empapelado hasta las cejas por darle matarile a uno de ellos en el salón de su casa. Calculen si se lo llega a cargar en el jardín. O en la calle. 

Así que tengo curiosidad por ver qué les caerá a los atracadores del joyero cuando salgan del hospital. Por rigor, que no quede: orden de alejamiento de cien metros de una joyería, al menos. Y si reinciden, doscientos. 

24 de marzo de 2013 

domingo, 17 de marzo de 2013

Más fácil, más cómodo, más suicida

Pongo la radio y me entero de que pronto podrán utilizarse los teléfonos móviles a modo de tarjeta de crédito, pues llevarán incorporados los datos y mecanismos necesarios. Ya no habrá que enseñar la tarjeta, identificarse con el deneí, firmar o introducir la clave de seguridad. Bastará con arrimar el teléfono al artilugio correspondiente, y la operación se efectuará con todas las de la ley. Clic, clac, sonará la maquinita. Hecho. «Es más fácil -decía el experto de turno-. Más cómodo». Explicada así, la cosa suena como un paso más en los avances de la Humanidad hacia el confort y la felicidad. Y claro. Si es más cómodo y fácil, no hay más que hablar. También harán lo mismo para los billetes de avión y de tren. Teléfono móvil para todo, o como se llame el artilugio en el futuro: Ipad, Ifone, Iyoquesé. Con todo dentro. Lo acercas al sitio, y funciona. Piiiii. Más fácil, ya saben. Más cómodo. Más simpático, también. Más divertido. 

Y qué pasa con los que no, pregunto. Con los que no tienen móvil, o lo utilizan sólo para lo elemental, querido Watson. Qué hay de los carcas tecnológicos que estamos en nuestro derecho a exigir, no que las cosas sean fáciles, cómodas, divertidas o simpáticas, sino seguras y eficaces. Los que todavía somos de piñón fijo. ¿Qué pasará cuando un ciudadano que no se entienda con esos chismes desee utilizar tarjeta de plástico, dinero en metálico, billete de avión o de tren de toda la vida? ¿O cuando alguien tema que todo ese magreo tecnológico haga su cuenta bancaria y sus datos personales más vulnerables en caso de pérdida, sustracción o mala fe? La respuesta oficial es que, naturalmente, esos gruñones aguafiestas podrán seguir utilizando medios convencionales, si quieren. Pero es mentira. Lo mismo dijeron cuando empezaron con los billetes de avión o de tren electrónicos. Más cómodos, sin duda. Cuando tienes una conexión con Internet. Pero, aunque parezca raro, no todo el mundo la tiene, o quiere tenerla. O se niega a utilizarla para eso. O es torpe con esos sistemas, y se lía. También puede ocurrir que no deseen arriesgarse a que su tarjeta de crédito circule por Internet sin saber en qué manos acabará -disparate a disparate, hasta empiezan a pedirte en algunos sitios que envíes un escaneo del deneí-. Prueben hoy a buscar una oficina de venta directa de billetes de Iberia o de Renfe, a ver dónde la encuentran. 

Permítanme algún caso personal. Toda la vida me negué a manejar por Internet datos bancarios míos o de otros, pues sé lo peligroso que es. El correo electrónico lo manejo con prudencia, pues nunca sabes quién acabará asomándose a él. Sin embargo, pese a tener derecho a proteger mi intimidad y mi trabajo, cada vez hay más organismos oficiales que me exigen datos personales por ese medio. Y no dan alternativas, o éstas son tan peregrinas que sólo están ahí para cubrir las formas, y en la práctica tienen carácter disuasorio. El colmo llegó el otro día, cuando el ministerio de Hacienda me comunicó que debo tener obligatoriamente un correo electrónico, pues las gestiones relacionadas con determinada actividad profesional sólo podré hacerlas por esa vía. Si no lo hay, seré sancionado. Y no les quepa duda: de aquí a pocos años -más fácil y más cómodo, etcétera, sobre todo para ellos- las declaraciones de Hacienda serán obligatorias por Internet. Echen cuentas sobre la intimidad resultante y sus garantías. En España, ojo. Un lugar donde un testigo protegido, por ejemplo, declara ante un juez y al día siguiente su declaración se difunde en Youtube. Así que vayan echando cuentas de lo que nos espera. 

En resumen: no sólo no te dejan salida, sino que acaban reventándote si la buscas. Si te niegas a tragar. Todo eso, en tiempos de pirateo y golfería a menudo impune. Y luego, echen un vistazo a la catadura y maneras de los legisladores y funcionarios encargados de garantizar la seguridad del tinglado. De protegernos cuando todo tiende a exponernos públicamente de una manera tan irresponsable y criminal. Por no hablar del fallo inevitable del sistema: el iceberg que cada Titanic tecnológico incluye en sí mismo. Recuerdo a un amigo que hace tiempo perdió su móvil y con él la agenda de teléfonos y contactos. Cuando le pregunté por qué no tenía una copia de esa agenda escrita en un buen y viejo cuaderno de toda la vida, me miró desconcertado, como si hablara en chino. Y ése es el punto. En realidad, no necesitamos que nos obliguen. Somos tan estúpidamente suicidas que nos metemos solos en el charco. Chof, chof. Nos hacemos cada día más vulnerables, en la imbécil creencia de que siempre habrá a mano un enchufe donde solucionar nuestra vida. Y así, el día en que todo se vaya al carajo nos miraremos unos a otros, asombrados, preguntándonos cómo ha podido ocurrir esto. 

17 de marzo de 2013 

domingo, 10 de marzo de 2013

La consejera y la catedrática

Fue interesante lo del otro día. Y revelador. Comentaban en la radio un asunto de anticuarios más o menos tramposos y presunta falsificación de objetos arqueológicos. Algo relacionado con una vasija de cerámica ibera incautada por la Guardia Civil, a primera vista muy valiosa, que posiblemente era más falsa que un euro de cartón. Lo contaban en una emisora de radio local: un programa largo, de quince o veinte minutos, muy bien elaborado. El periodista firmante tenía pocos conocimientos sobre la materia; pero, como buen profesional, no intentaba aparentarlos. Había trabajado con investigación previa, documentación adecuada y una estructura de programa donde eran puntos fuertes algunas entrevistas y testimonios interesantes. Me lo zampé de cabo a rabo. 

Uno de esos testimonios era de una catedrática de Arqueología de la universidad local, a la que acudía el periodista para obtener una opinión autorizada. Era evidente que la señora estaba acostumbrada a explicar cosas a sus alumnos, y que lo hacía con mucha eficacia: su intervención, prolija y técnica pero sin aburrir en ningún momento, resultó apasionante. Era, desde luego, una excelente profesora. Con mucha claridad supo explicar de qué iba la cosa, por qué la vasija le parecía una buena imitación pero era no auténtica, y acabó describiendo con detalle los elementos decorativos de la pieza, que en su opinión, vistos por separado, estaban perfectamente reproducidos; pero, considerados en la sintaxis general de ese tipo de vasijas iberas, resultaban incorrectos. Y todo eso, en un corte radiofónico de casi diez minutos, lo estuvo largando la señora sin aburrir en absoluto, dejándome informado a la perfección, con una elegancia y claridad de lenguaje asombrosos. Si yo hubiera estudiado Arqueología, concluí, habría querido tener una profesora como ésa. De las que te marcan y recuerdas toda la vida. 

Pero no hay sopa hispana sin pelo dentro. Tras la catedrática, el periodista dio paso a una consejera de Cultura que aportó la versión oficial del asunto. Ignoro si confrontar a una señora con otra fue deliberado o casual, aunque el contraste era abrumador. De un lenguaje claro, docto, seguro de sí, por parte de la catedrática, se pasó a una exposición reiterativa, titubeante y técnicamente confusa por parte de la consejera, que intentaba al mismo tiempo guardar la ropa y nadar cien metros estilo mariposa. De forma que al final, tras escuchar repetir lo mismo media docena de veces con diversas obviedades incluidas, el oyente quedaba en una desagradable incertidumbre: no estaba claro si la consejera le colgaba el mochuelo de su confusión a la Guardia Civil, o si estaba defendiéndola, o si de verdad creía que la vasija era falsa, o no, o según, o todo lo contrario. Ni siquiera si las palabras vasija e ibérica tenían significado para ella. Lo que quedó clarísimo, desde luego, es que esta segunda señora no tenía idea de lo que estaba hablando. 

Cuando apagué la radio no pude menos que formularme la pregunta inevitable, e incluso perversa. ¿Por qué, si de Cultura se trata, la consejera es la segunda señora, y no la primera? ¿Cuál es la razón de que la responsable de los asuntos culturales en una comunidad autonómica no sea una catedrática prestigiosa y culta, por ejemplo, que además sabe ordenar sujeto, verbo y predicado, sino una señora cuyos conocimientos técnicos y capacidad expresiva dejan mucho que desear?... Picada así mi curiosidad, encendí el ordenata y consulté, goteante el colmillo, los antecedentes biográficos de las citadas damas. Y allí estaba todo, negro sobre blanco. La catedrática de Arqueología contaba con impecable currículum profesional y docente, prestigio en su cátedra y demás. Una especialista, en fin, ocupándose de un asunto que conocía al dedillo. Por eso fueron a preguntarle por las vasijas iberas, naturalmente. Y también por eso, deduje, ni ella ni nadie semejante tendrán nunca la más diminuta posibilidad de que alguien los nombre, no ya consejero autonómico, sino concejal de Cultura de su pueblo; entre otras cosas porque, para ese cargo, en España suele ser requisito imprescindible no tener ni siquiera estudios de bachillerato. O casi. Por contraste, el currículum de la segunda señora era más breve y compacto. Más esclarecedor del asunto: carrera de Derecho -con todo el respeto para el Derecho, por mi parte- y alcaldesa de su pueblo a los veintiséis años por el Pepé -aunque igual podría haberlo sido por el Pesoe-, diputada en el Congreso con veintisiete y consejera de Cultura de su Comunidad poco después. Así que acabáramos, concluí. Ya sé por qué una de las dos no es consejera de Cultura; y la otra, sí. Esto es España, como dije antes. Paraíso del disparate público. Y más claro, agua. 

10 de marzo de 2013 


Una rectificación  

En relación con mi Patente de Corso del pasado domingo día 10 de marzo, titulado "La consejera y la catedrática", es de justicia hacer una rectificación, que incluye una disculpa. Porque ese artículo contiene un error. La entrevistada en una emisora de radio sobre la supuesta falsificación de una vasija ibera no era la consejera de Cultura de su Comunidad, sino una subordinada directa suya: la directora general de Cultura. Eso no cambia gran cosa el artículo, desde luego, ni mucho menos su sentido; pero es de justicia señalarlo. La que en el texto califiqué de "exposición reiterativa, titubeante y técnicamente confusa" fue de la directora general de Cultura, no de su jefa la consejera. Así que me disculpo públicamente por atribuir a la jefa el discurso de la subordinada. Fue injusto por mi parte. 

De cualquier modo, y una vez disculpado, me reitero en el asunto principal. La consejera de Cultura estudió la carrera Derecho, militó desde muy joven en un partido político y es político profesional. Su directora general estudió Periodismo, militó desde muy joven en el mismo partido político y también es político profesional. Parafraseando clásicos, me es por completo indiferente que el discurso provenga de Agamenón o de su porquero. El disparate, en mi opinión, es que en España sean consejeros de Cultura o directores generales de Cultura profesionales de la política, sin otro merecimiento curricular que su militancia en partidos políticos, y no verdaderos expertos con prestigio reconocido en Educación y Cultura. 

domingo, 3 de marzo de 2013

El misterio del 'Castillo Montealegre'

Hace un año les contaba a ustedes en esta página -El marino que lloraba- un recuerdo infantil, de cuando mi tío Antonio Pérez-Reverte, capitán de la marina mercante, se reunía en mi casa con otros dos capitanes amigos, Salvador Pérez García y Ginés Sáez, íntimos los tres desde que eran alumnos de Náutica. Contaba en el artículo que Salvador había sobrevivido al torpedeamiento de su barco durante la Segunda Guerra Mundial; y que su relato me impresionaba al escucharlo de niño, por la amargura con que refería la suerte de varios compañeros desaparecidos en el mar: un grupo a bordo de una balsa que dificultaba la navegación del bote salvavidas donde iba el resto de náufragos, y que se perdió de noche, después de que alguien cortara el cabo y dejase la balsa a la deriva. Eso es lo que conté en mi artículo, y poco más; pues nunca hasta entonces supe otra cosa: ni dónde fueron torpedeados, ni cuándo, ni por quién. Hasta desconocía el nombre del barco, o lo olvidé tras escucharlo siendo niño. Fue la tragedia de aquellos hombres abandonados y la desolación de Salvador al recordar -a veces veía lágrimas en sus ojos- lo que retuve toda mi vida. Con eso escribí la página, sin ir más allá. Un recuerdo infantil del mar y sus tragedias. Eso era todo. 

Sin embargo, se produjo un efecto curioso. Mi tío Antonio, Salvador y Ginés habían muerto cuando publiqué el artículo; pero mi memoria del suceso, breve y vago recuerdo infantil, era compartida por otros. Lo supe después, cuando varios lectores -compañeros de Salvador, hijos y amigos de supervivientes- me hicieron llegar informaciones complementarias y detalles del naufragio, incluido el informe oficial de la compañía Trasmediterránea sobre la pérdida del buque. Gracias a ellos puedo hoy completar aquel impreciso recuerdo mío, reconstruyendo la historia completa; el drama que hacía llorar a Salvador cuando, con un cigarrillo en la boca y un vaso de whisky en la mano, recordaba la tragedia de un barco cuyo nombre conozco ahora: el Castillo Montealegre

Desplazaba 3.792 toneladas y era de bandera española. El 8 de abril de 1943 navegaba bajo el mando del capitán don Francisco Zamora, con 47 tripulantes y cargamento de madera de Guinea Ecuatorial, cuando a mediodía fue avistado por el submarino alemán U-123. Aunque el barco llevaba la bandera española pintada en los costados como los reglamentos marítimos estipulaban para buques de países neutrales, el comandante Horst von Schroeter ordenó disparar tres torpedos que hundieron el Castillo Montealegre en menos de un minuto. Cinco hombres desaparecieron con el barco y el resto pudo salvarse gracias a un bote que flotó milagrosamente y a los restos dispersos en el mar. El comandante alemán se limitó a emerger -los supervivientes lo describieron con barba rubia y gorra de capitán, asomado a la torreta-, preguntó «What ship?» y, pese a confirmar que había echado a pique a un neutral, volvió a sumergirse sin prestar ningún socorro a los náufragos. 

El bote que había quedado a flote estaba maltrecho; y mientras algunos supervivientes lo calafateaban con trozos de ropa, taponaban agujeros y achicaban agua, otros, incluidos cinco heridos, se agruparon sobre una balsa hecha con restos del naufragio. Quedaron, al fin, veintinueve hombres en el bote y trece en la balsa; pero al ir una y otro unidos por un cabo, y estar el bote averiado, la mala mar y los tirones de la balsa amenazaban con hundirlos a todos. Hubo discusiones. Y de noche, la balsa se soltó -Salvador decía que alguien cortó el cabo al amparo de la oscuridad-. Los veintinueve del bote fueron rescatados dos días más tarde por la corbeta inglesa HMS Inkpen. De los que quedaron en la balsa, nunca se supo: la noche se los tragó para siempre, y pasaron a formar parte de la extensa relación de misterios que el mar guarda en sus entrañas. El torpedeamiento de un neutral no perjudicó la carrera del comandante Von Schroeter, que más tarde recibiría la cruz de caballero, sobrevivió a la guerra y llegó a ser almirante de las fuerzas navales de la OTAN. En cuanto a los supervivientes del Castillo Montealegre, las buenas relaciones entre el gobierno de Franco y la Alemania nazi pusieron sordina al asunto: se les ordenó cerrar la boca. En los informes oficiales, el incidente de la balsa a la deriva se resolvió como acuerdo voluntario entre los náufragos para arreglárselas cada uno por su cuenta; pero los gritos de «¡No nos dejéis aquí!» que a Salvador arrancaban lágrimas al recordarlos alejándose en la oscuridad, ponen las cosas en su sitio: hombres y mar, supervivencia, vida o muerte. Tragedias viejas como el mundo. Historias como ésta que hoy, al fin, puedo completar para ustedes. 

3 de marzo de 2013