Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 29 de noviembre de 2015

Una historia de España (LIV)

Y entonces, tatatachán, chin, pun, señoras y caballeros, con Isabel II en el exilio gabacho, llegó nuestra primera república. Llegó, y ahí radica la evolución posterior del asunto, en un país donde seis de cada diez fulanos eran analfabetos (en Francia lo eran tres de cada diez), y donde 13.405 concejales de ayuntamiento y 467 alcaldes no sabían leer ni escribir. En aquella pobre España sometida a generales, obispos y especuladores financieros, la política estaba en manos de jefes de partidos sin militancia ni programa, y las elecciones eran una farsa. La educación pública había fracasado de modo estrepitoso ante la indiferencia criminal de la clase política: la Iglesia seguía pesando muchísimo en la enseñanza, 6.000 pueblos carecían de escuela, y de los 12.000 maestros censados, la mitad se clasificaba oficialmente como de escasa instrucción. Tela. En nombre de las falsas conquistas liberales, la oligarquía político financiera, nueva dueña de las propiedades rurales -que tanto criticó hasta que fueron suyas-, arruinaba a los campesinos, empeorando, lo que ya era el colmo, la mala situación que éstos habían tenido bajo la Iglesia y la aristocracia. En cuanto a la industrialización que otros países europeos encaraban con eficacia y entusiasmo, en España se limitaba a Cataluña, el País Vasco y zonas periféricas como Málaga, Alcoy y Sevilla, por iniciativa privada de empresarios que, como señala el historiador Josep Fontana, «no tenían capacidad de influir en la actuación de unos dirigentes que no sólo no prestaban apoyo a la industrialización, sino que la veían con desconfianza». Ese recelo estaba motivado, precisamente, por el miedo a la revolución. Talleres y fábricas, a juicio de la clase dirigente española, eran peligroso territorio obrero; y éste, cada vez más sembrado por las ideas sociales que recorrían Europa, empezaba a dar canguelo a los oligarcas, sobre todo tras lo ocurrido con la Comuna de París, que había acabado en un desparrame sangriento. De ahí que el atraso industrial y la sujeción del pueblo al medio agrícola y su miseria (controlable con una fácil represión confiada a caciques locales, partidas de la porra y guardia civil), no sólo fueran consecuencia de la dejadez nacional, sino también objetivo buscado deliberadamente por buena parte de la clase política, según la idea expresada unos años atrás por Martínez de la Rosa; para quien, gracias a la ausencia de fábricas y talleres, «las malas doctrinas que sublevan las clases inferiores no están difundidas, por fortuna, como en otras naciones». Y fue en ese escenario tan poco prometedor, háganse ustedes idea, donde se proclamó, por 258 votos a favor y 38 en contra (curiosamente, sólo había 77 diputados republicanos, así que calculen el número de oportunistas que se subieron al tren), aquella I República a la que, desde el primer momento, todas las fuerzas políticas, militares, religiosas, financieras y populares españolas se dedicaron a demoler sistemáticamente. Once meses, iba a durar la desgraciada. Vista y no vista. Unos la querían unitaria y otros federal; pero, antes de aclarar las cosas, la peña empezó a proclamarse por su cuenta en plan federal, sin ni siquiera haber aprobado una nueva constitución, ni organizar nada, ni detallar bien en qué consistía aquello; pues para unos la federación era un pacto nacional, para otros la autonomía regional, para otros una descentralización absoluta donde cada perro se lamiera su órgano, y para otros una revolución social general que, por otra parte, nadie indicaba en qué debía consistir ni a quién había que ahorcar primero. Las Cortes eran una casa de putas y las masas se impacientaban viendo el pasteleo de los políticos. En Alcoy hubo una verdadera sublevación obrera con tiros y todo. Y encima, para rematar el pastel, en Cuba había estallado la insurrección independentista, y aquí los carlistas, siempre dispuestos a dar por saco en momentos delicados, viendo amenazados los valores cristianos, la cosa foral y toda la parafernalia, volvían a echarse al monte, empezando su tercera guerra -que iba a ser bronca y larga- en plan Dios, patria, fueros y rey. El ejército era un descojone de ambición y banderías donde los soldados no obedecían a sus jefes; hasta el punto de que sólo había un general (Turón, se llamaba) que tenía en la hoja de servicios no haberse sublevado nunca, y al que, por supuesto, los compañeros espadones tachaban de timorato y maricón. Así que no es de extrañar que un montón de lugares empezaran a proclamarse federales e incluso independientes por su cuenta. Fue lo que se llamó insurrección cantonal. De ella disfrutaremos en el próximo capítulo. 

[Continuará]. 

29 de noviembre de 2015 

domingo, 22 de noviembre de 2015

Mujeres peligrosas

Mi amigo Pepe se apoya en la barra, a mi lado, pide una cerveza y se bebe, glub, glub, glub, la mitad de un solo trago. «Las tías de ahora son el copón de Bullas -dice-. Agresivas que te rilas, colega. Peligrosas como ninjas. Esta mañana, una de ellas estuvo a punto de calzarme una hostia. Y te juro que creí que me la daba. Iba conduciendo tan tranquilo, ya me conoces, y al llegar a una rotonda llega una con el Megane, conduciendo con una mano y hablando por teléfono con la otra, se salta el ceda el paso y se mete delante por todo el morro, que casi estampo el coche contra el de ella. El caso es que me pego el sobresalto, y cabreado le toco el pito. Ya sabes, un bocinazo y una ráfaga de los faros. ¿Y sabes qué hace la pava? Pues pega un frenazo atravesándome su coche delante, saca medio cuerpo por la ventanilla y me pregunta a gritos que qué cojones pasa conmigo. En ésas se me ocurre hacerle el gesto de que hay que mirar por donde se anda y menos telefonito en la oreja; y entonces la hijaputa, en vez de achantarse, abre la puerta, baja del coche y se viene derecha para mí con cara de matar, tío, te lo juro. Con cara de estar dispuesta a morderme los huevos». 

En ese punto yo he pedido otras dos cervezas y le pregunto a Pepe por el aspecto de la dama. Por su pinta y catadura. Sería una ordinaria mala bestia, apunto. Una tía desgarrada y bajuna. Pero él, secándose la espuma de cerveza del bigote, mueve la cabeza y responde que nada de eso. Que era una señora normal, cuarentona, bien vestida con ropa buena. Algo gordita y medio guapa. De ahí su sorpresa cuando ella se le puso delante de la ventanilla y se ciscó en su puta madre. «Como te lo cuento, en serio -añade-. Me dijo hijoputa en toda mi cara, mirándome como si fuera a partirme en dos. Y yo me dije no puede ser, Pepe de mi alma; esta cabrona lleva una pipa encima, por lo menos. O lleva un arma o está loca, rediós. Es imposible que le eche esos huevos y me esté dando la bronca de esta manera en mitad del tráfico, que si abro la puerta seguro que me agarra por el cuello y me pega un puñetazo. O un tiro. Así que me quedé allí con la ventanilla subida, acojonado, mientras la tía, con ojos que se le salían de la cara, tenías que verla, me daba un repaso que hasta gotas de saliva caían en el cristal, gritándome hijoputa y tontolculo, con los cinco o seis coches que estaban parados cerca haciendo tapón y los conductores tronchados de risa, claro, disfrutando del espectáculo. Y al fin, cuando se cansó, dio media vuelta, volvió a su coche y salió a toda leche, quemando neumáticos. Y es que las tías se han vuelto locas, de verdad. Las mujeres van de un agresivo por la vida que asombra, oye. Que da miedo». 

Bueno, le digo tras pensarlo un poco. Quizá, para comprender a tu amiga del Megane tengas que ponerte un momento en su lugar. Imaginarte, por ejemplo, lo que ella tiene en la cabeza cuando llega a la rotonda a toda leche. A lo mejor llega tarde al trabajo porque antes llevó a sus hijos al colegio, y está hablando por teléfono para ver a qué hora tiene la cita de negocios prevista para hoy; o le va diciendo al marido que a ella no le dará tiempo de ir al ayuntamiento para pagar la tasa de la recogida de basuras, y que vaya él cuando pueda; aunque tampoco sería raro que en este momento esté preguntando al servicio técnico, por enésima vez, cuándo pasarán a reparar la lavadora o la vitrocerámica que llevan una semana estropeadas, y que al mismo tiempo esté intentando enterarse de cuándo le dan hora en la clínica para echar un vistazo a ese bultito que hace tiempo se nota en el pecho; haciendo compatible, si es posible, el horario de esa consulta con la revisión que ya le toca del ginecólogo, con averiguar si las dos faltas que tiene se deben a la menopausia o a otra causa más inquietante, con llevar a un hijo al oftalmólogo y con la redacción del informe sobre el contrato con los chinos que su jefe le ha pedido para el lunes: día en que tenía previsto hacerse la cera, porque al idiota de su marido le gusta que lleve las ingles depiladas a la brasileña. Y en ésas se encuentra, marcando números telefónicos y discurriendo como una loca para combinarlo todo, intentando de paso calcular si podrá recoger esta tarde a los críos en el cole y si dejó suficiente comida hecha para la cena, cuando de pronto se percata de que hay un gilipollas que le da un bocinazo y ráfaga de luces justo en el momento en que acaba de acordarse de que el domingo es el puto Halloween, maldita sea su estampa, y todavía no le ha cosido al niño el disfraz de Spiderman ni a la niña el de Rapunzel para la fiesta del colegio. 

22 de noviembre de 2015 

domingo, 15 de noviembre de 2015

Hoy quiero ser francés

Sentado en el café Le Bonaparte, frente a Saint Germain, tomo notas para una novela que llevo por la mitad y que tal vez se publique a finales del año próximo. Se trata de una escena que transcurre exactamente en este café, en la mesa misma en la que estoy sentado: dos personajes, uno joven y otro viejo, dialogando sobre un libro perdido y un misterio. Y estoy en ello, como digo, cuando miro hacia la calle y pienso que hay lugares y ciudades estimulantes, que crean un estado de ánimo favorable para narrar historias. No me ocurre en todas partes, pero sí aquí, en París. Desde que tengo memoria, no hay una sola vez que haya caminado por esta ciudad, entrado en sus librerías, leído en sus cafés, que no me haya sentido vivo y lúcido, con ganas de escribir. Con ánimo de contar. Y eso, que siempre fue importante para mí, lo es más ahora, cuando los años, las cosas y los libros que dejaste atrás podrían entibiarte el ánimo. Aflojar las ganas. Dije alguna vez que sólo se es joven en vísperas de una batalla; al día siguiente, ganes o pierdas, ya has envejecido. Por eso es tan importante disponer batallas nuevas, vísperas tensas en las que engrasar los arneses y afilar la espada, dispuesto de nuevo al combate. A la aventura que te impide, o lo retrasa de modo razonable, envejecer de mala manera. En mi caso, el recurso son el mar y los libros. Y esta vez se trata de libros. 

Quizá el influjo se deba a las librerías. A su número y calidad. Aunque muchas han cerrado -la última, a pocos pasos de aquí-, París sigue siendo el paraíso del transeúnte lector que describí hace veinticinco años en El club Dumas, territorio habitual del cazador de libros Lucas Corso. Pienso en ello mientras comparo esta ciudad con el desolado páramo en el que la indiferencia gubernamental y la incompetencia municipal han convertido el paisaje librero de Madrid: un centro de ciudad donde no sólo las librerías, sino el comercio tradicional, lo que da vida y carácter a un barrio y a una ciudad, han sido arrasados por las franquicias absurdas y las tiendas de ropa. Un paseo atento por esas calles es desolador: imposible encontrar ya un zapatero, un panadero, un ferretero. Para todo hay que peregrinar a la moderna catedral de nuestro tiempo, que diría el buen Pepe Saramago: El Corte Inglés. Y así, cada viejo comercio de toda la vida que cierra se convierte, automáticamente, en un bar o en una tienda de ropa; lo que es, por otra parte, fiel reflejo de lo que somos y de lo que nos gusta ser. Y de lo que seguiremos siendo. 

La verdad es que no deja de tener su retorcida gracia, aunque sea siniestra. Paseo por París viendo escaparates de librerías y viejos comercios que se mantienen, y pienso inevitablemente en la desertificación comercial de Madrid y en el estúpido relaxing cup of café con leche de aquella alcaldesa por fin desaparecida, o en el bajuno concepto que de la palabra cultura tiene la que manda ahora. Y me pregunto si alguna vez habrán oído hablar, ellas o sus colaboradores, de cosas como el proyecto Vital Quartier, por ejemplo, que desde hace años se ocupa en París de mantener vivo el comercio tradicional que anima los barrios principales, facilitando sus alquileres, rehabilitaciones y rebaja de impuestos, favoreciendo que los pequeños negocios subsistan, humanicen las calles y animen en torno otros espacios comerciales gratos al ciudadano, complementándolo todo con una política de salubridad, higiene y seguridad callejera. Un esfuerzo al que se destina dinero, imaginación y buena voluntad en vez de desidia y burdo afán recaudatorio, y que ya ha logrado tener tres centenares de tiendas tradicionales, de diversas actividades, protegidas en seis de los principales barrios de París. 

Por supuesto, y también a diferencia de Madrid, donde hasta la magnífica Cuesta Moyano y sus librerías se ven olvidadas y maltratadas por el Ayuntamiento, uno de los sectores donde más cuidado ha puesto el plan parisino de apoyo al comercio tradicional es el de las librerías. Sólo a eso, a defender la existencia del comercio cultural que ennoblece el centro de la ciudad y mantiene su carácter, la alcaldía de París acaba de destinar una ayuda complementaria de dos millones de euros, amén de exenciones fiscales si una librería dedica a salarios el 12% de su facturación, así como subvenciones por promoción de libros de fondo -no torpes novedades de aquí te pillo y aquí te mato-, pagos de alquiler a la mitad del precio del mercado y créditos con dos años de carencia. Y ahora piensen ustedes en Madrid, aprieten los dientes y hagan, como yo, un esfuerzo para no blasfemar en arameo y que se los lleve el diablo. 

15 de noviembre de 2015 

domingo, 8 de noviembre de 2015

Una historia de España (LIII)

Cosa curiosa, oigan. Con el reinado de Isabel II pendiente de un hilo y una España que políticamente era la descojonación de Espronceda, el nuestro seguía siendo el único país europeo de relevancia que no había tenido una revolución para cargarse a un rey, con lo que esa imagen del español insumiso y machote, tan querida de los viajeros románticos, era más de coplas que de veras. En Gran Bretaña habían decapitado a Carlos I y los franceses habían afeitado en seco a Luis XVI: más revolución, imposible. Por otra parte, Alemania e incluso la católica Italia tenían en su haber interesantes experiencias republicanas. Sin embargo, en esta España de incultura, sumisión y misa diaria, los reyes, tanto los malvados como los incompetentes -de los normales apenas hubo-, morían en la cama. Tal fue el caso de Fernando VII, el más nefasto de todos; pero, y esta vez sería la excepción, no iba a ser así con Isabel II, su hija. Los caprichos y torpezas de ésta, la chulería de los militares, la desvergüenza de los políticos aliados con banqueros o sobornados por ellos, la crisis financiera, llegaban al límite. Toda España estaba hasta la línea de Plimsoll, y aquello no se sostenía ni con novenas a la Virgen. La torpe reina, acostumbrada a colocar en el gobierno a sus amantes, tenía en contra a todo el mundo. Así que al final los espadones, dirigidos por el prestigioso general Prim, montaron el pifostio, secundados por juntas revolucionarias de paisanos apoyadas por campesinos arruinados o jornaleros en paro. Las fuerzas leales a la reina se retiraron después de una indecisa batalla en el puente de Alcolea; e Isabelita, que estaba de vacaciones en el Norte con Marfori -su último chuloputas-, hizo los baúles rumbo a Francia. Por supuesto, en cuanto triunfó la revolución, y las masas (creyendo que el cambio iba en serio, los pardillos) se desahogaron ajustando cuentas en un par de sitios, lo primero que hicieron los generales fue desarmar a las juntas revolucionarias y decirles: claro que sí, compadre, lo que tú digas, viva la revolución y todo eso, naturalmente; pero ahora te vas a tu casa y te estás allí tranquilo, y el domingo a los toros, que todo queda en buenas manos. O sea, en las nuestras. Y no se nos olvida eso de la república, en serio; lo que pasa es que esas cosas hay que meditarlas despacio, chaval. ¿Capisci? Así que ya iremos viendo. Mientras, provisionalmente, vamos a buscar otro rey. Etcétera. Y a eso se pusieron. A buscar para España otro rey al que endilgarle esta vez una monarquía más constitucional, con toques progresistas y tal. Lo mismo de antes, en realidad, pero con aire más moderno -la mujer, por supuesto, no votaba- y con ellos, los mílites gloriosos y sus compadres de la pasta, cortando como siempre el bacalao. Don Juan Prim, que era general y era catalán, dirigía el asunto, y así empezó la búsqueda patética de un rey que llevarnos al trono. Y digo patética porque, mientras a finales del siglo XVII había literalmente hostias para ser rey de España, y por eso hubo la Guerra de Sucesión, esta vez el trono de Madrid no lo quería nadie ni regalado. Amos, anda, tía Fernanda, decían las cortes europeas. Que ese marrón se lo coma Rita la Cantaora. Al fin, Prim logró engañar al hijo del rey de Italia, Amadeo de Saboya, que -pasado de copas, imagino- le compró la moto. Y se vino. Y lo putearon entre todos de una manera que no está en los mapas: los partidarios de Isabel II y de su hijo Alfonsito, llamándolo usurpador; los carlistas, llamándolo lo mismo; los republicanos, porque veían que les habían jugado la del chino; los católicos, porque Amadeo era hijo del rey que, para unificar Italia, le había dado leña al papa; y la gente en general, porque les caía gordo. En realidad Amadeo era un chico bondadoso, liberal, con intenciones parecidas a las de aquel José Bonaparte de la Guerra de la Independencia. Pero claro. En la España de navaja, violencia, envidia y mala leche de toda la vida, eso no podía funcionar nunca. La aristocracia se lo tomaba a cachondeo, las duquesas se negaban a ser damas de palacio y se ponían mantilla para demostrar lo castizas que eran, y la peña se choteaba del acento italiano del rey y de sus modales democráticos. Y encima, a Prim, que lo trajo, se lo habían cargado de un trabucazo antes de que el Saboya -imaginen las rimas con el apellido- tomara posesión. Así que, hasta las pelotas de nosotros, Amadeo hizo las maletas y nos mandó a tomar por saco. Dejando, en su abdicación, un exacto diagnóstico del paisaje: «Si al menos fueran extranjeros los enemigos de España, todavía. Pero no. Todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra, agravan y perpetúan los males de la Nación son españoles». 

[Continuará]

8 de noviembre de 2015 

domingo, 1 de noviembre de 2015

El adiós de Héctor

Estoy leyendo tranquilo, disfrutando una vez más del viejo amigo Homero, y de pronto me detengo cuando Héctor, consciente de que va a la muerte bajo los muros de Troya, se despide, armado para el combate, de Andrómaca, su mujer, y de su hijo Astianacte: «Inclinóse gritando el niño, asustado por el aspecto del padre / pues lo aterraban el bronce y el penacho de crin de caballo». Leo de nuevo esas dos líneas del canto VI de la Ilíada, recorro con la mirada los lomos de los libros alineados en los estantes de la biblioteca y pienso que a veces la vida concede extraños privilegios. Curiosas coincidencias. Traduje del griego esos mismos versos en el colegio hace ya casi cincuenta años -recuerdo que mi traducción, más literaria que rigurosa, decía «el casco de bronce de tremolante penacho»-, ignorante, todavía, de que no demasiado tiempo después iba a ver a Héctor despedirse de Andrómaca en la vida real. Y no una, sino muchas veces. 

Fueron los libros los que me ayudaron, desde el principio, a mirar el mundo con aplomo. A moverme por él con la certeza creciente de que cuanto veía o iba a conocer ya estaba, de alguna forma, en lo que había leído antes. Cuando con poco más de veinte años vi arder Beirut, o mucho más tarde Sarajevo, reconocí en ellas, sin dificultad, las llamas de Troya; del mismo modo que en cierta ocasión en Eritrea, primavera de 1977, cuando me vi entre cientos de hombres desesperados tras un terrible desastre militar, intentando regresar a casa por un territorio hostil donde derrota equivalía a aniquilación, reconocí en ellos, y también en mí mismo, a los mercenarios griegos que en la Anábasis pelean intentando llegar al mar y a sus hogares. En cierto modo, todo eso lo había visto ya. Lo había leído. Estaba, en cierto modo, preparado para comprenderlo y asumirlo. Para extraer lecciones prácticas de vida, rentabilizándolo en una mirada sobre el mundo y sobre mí mismo. Y es con todo eso, con la mirada que tales libros y vida me dejaron, con lo que ahora escribo novelas. Con lo que hoy hablo de Héctor despidiéndose de Andrómaca. O lo recuerdo. 

Lo vi muchas veces, como digo. Lo vi despedirse en diferentes lugares, con rostros y nombres distintos, aunque siempre era la misma escena. La primera vez que fui consciente de eso fue en Chipre en 1974, cuando abrí la ventana de mi hotel en Nicosia y vi el cielo lleno de paracaidistas turcos. Bajé a la calle con mis cámaras colgadas del cuello, y por el camino me crucé con docenas de hombres despidiéndose de sus mujeres e hijos para acudir al combate: griegos morenos, bigotudos, que con el rostro desencajado abrazaban a sus familias y corrían luego en grupos, vecinos, parientes y amigos, hacia los centros de reclutamiento. En los siguientes veinte años tuve ocasión de ver a los mismos hombres -siempre son los mismos hombres- en diversos lugares de la extensa geografía de las catástrofes por la que yo transitaba entonces: Sáhara, Líbano, Salvador, Chad, Nicaragua, Iraq, Angola, los Balcanes... Incluso presencié una escena cuya semejanza con el texto de Homero me estremeció, y todavía lo hace. Entre otras cosas porque su protagonista se llamaba Elie Bou Malham, y era y sigue siendo amigo mío. 

Fue en Beirut, todavía en plena guerra. Elie era oficial de una unidad de élite. Yo, que entonces aún era reportero del diario Pueblo, iba a acompañarlo en una misión. Pasábamos por delante de su casa, y quiso ver a su mujer y a su hijita de tres años. Mi amigo iba equipado con casco, cinchas con cargadores, granadas y fusil de asalto colgado al hombro. Llegamos arriba, besó a su mujer, y se acercó a ver a la niña, que estaba en la cuna. La misión iba a ser difícil y la mujer -una de las guapas hermanas Sneifer- lo sabía. Hablaron un rato en voz baja. Después Elie se inclinó sobre la cuna. Llevaba el casco puesto; y la niña, que dormía, despertó sobresaltada al verlo y rompió a llorar. En ese momento, ante mis ojos fascinados, él se quitó el casco, la cogió en brazos, y la niña se calmó y empezó a acariciarle el rostro murmurando «Elie, Elie...». Y entonces fue él, un soldado duro como el pedernal, curtido en años de guerra, quien se echó a llorar. Y yo me retiré despacio, discretamente, y bajé a esperarlo en la calle. 

Sé que a Elie no le gustará que cuente esto, si se entera -con Internet hay pocos secretos-, pero hoy no puedo evitarlo. Homero, el tremolante casco y todo eso. Ya saben: canto VI de la Ilíada. Contarles a ustedes una de esas veces en las que vi a Héctor despedirse de los suyos. Y gracias a los libros leídos, pude reconocerlo. 

1 de noviembre de 2015