Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 11 de diciembre de 2016

El último reportero

Me entero, tarde y mal porque andaba de viajes y cosas así, de que con setenta y dos tacos de almanaque ha palmado Manuel Marlasca Cosme, o sea, Manolo Marlasca de toda la vida, a quien conocí hace cuatro décadas y pico. Yo era un jovencísimo niñato de veintidós años, con una mochila llena de libros al hombro y un billete de avión para Oriente Medio en el bolsillo, y al entrar por primera vez en la redacción del periódico cuyo director, Emilio Romero, acababa de contratarme, vi a un tipo bajito, flaco, de nariz larga y pelo negro muy espeso, de pie encima de una mesa, entre las máquinas de escribir, tirando por los aires los folios de una crónica a la que por razones de espacio acababan de cortarle cuarenta y cinco líneas, gritando: «¡Qué feliz estoy de trabajar en este puto diario Pueblo!». En torno a esa mesa, descojonados de risa y haciéndole palmas, solidarizándose guasones con él, estaban Raúl del Pozo, Yale, Amilibia, Juan Pla, José María García, Miguel Ors, Alfredo Marquerie, Vasco Cardoso, Carmen Rigalt, Julio Camarero, Rosa Villacastín, Manolo Cruz, Julia Navarro, Paco Cercadillo, Vicente Talón, Raúl Cancio, Chema Pérez Castro y otros cuya nómina interminable no cabe en la página. Dicho en corto: algunos de los mejores periodistas del mundo. 

En aquel periódico fascinante que tenía cientos de miles de lectores, el más famoso de España, donde firmar en primera página –ahora les ha dado por llamarla portada– era literalmente tocar la gloria, aprendí cuanto podía aprenderse en ese tiempo dorado donde en las redacciones aún había periodistas de raza y fotógrafos y reporteros de leyenda; ésos a los que deseabas, con toda tu alma, emular y parecerte. A principios de los años 70, cuando lo conocí –luego anduvo en muchas otras cosas–, Manolo Marlasca curraba en Sucesos; especialidad reina en un diario como Pueblo, donde titular con eficacia una noticia se consideraba un arte, pues por ahí se atrapaba a cientos de miles de lectores. Eso convertía a Manolo, por mérito propio, en reportero de élite. En aristócrata del oficio. Y más en un diario como aquel, poblado por una cuadrilla de desalmados de ambos sexos, de formidables cazadores de noticias, de depredadores rápidos, implacables y geniales, capaces de jugarse a las cartas, al cierre de la edición, la nómina del mes cobrada horas antes, dormir la borrachera de ese día tirados en el sofá del pasillo, mentir, trampear, disfrazarse, dar sablazos a los colegas, engañar a los compañeros para llegar antes al objetivo, robar de casa del muerto la foto con marco de plata incluido, vender a la madre o la hermana propias a cambio de obtener una sonora exclusiva. De reírse, en fin, del mundo y de la madre que lo parió, con la única excepción del sagrado titular en primera página. 

En aquel mundo palpitante que se reinventaba a sí mismo cada día empezado de cero, en aquel gozoso campo de batalla con hilo musical de teletipos y tableteo de Olivettis, aromatizado de olor a papel y tinta fresca, Manolo Marlasca estaba en su salsa. Lo caracterizaban, como a tantos de nuestros compañeros, una inteligencia deslumbrante, un humor agresivo y socarrón, una mirada avizor de gavilán astuto, y esa cierta chulería, irrespetuosa con lo divino y lo humano, que era seña de la casa y tanto nos marcó a cuantos trabajamos en ella. Ver actuar a Manolo, presenciar sus salidas y llegadas con los fotógrafos –Garrote, Verdugo, Queca, Juana Biarnés, Boutellier y los otros–, oírle comentar las jugadas con el resabiado cinismo profesional de quien cada día bajaba a buscarse la vida a la calle, asistir a sus broncas con los subdirectores Merino y Gurriarán –era bajito, pero tenía un genio de cojones–, observar su espléndida combinación de falta de escrúpulos, rigor profesional y elevadas dosis de dignidad y coraje, resultó para mí un aprendizaje fascinante. Si alguien encarnó como nadie el retrato robot del gran reportero de Pueblo, ése fue Manolo Marlasca Cosme. Lo admiré sin reservas, orgulloso de trabajar a su lado, y a él debo contundentes lecciones de periodismo, conversaciones gratas y hermosos recuerdos. También un momento muy triste cuando, a mediados de los 80, un ministro miserable y embustero decretó con malas artes –entre el silencio complacido de otros colegas de la competencia– el cierre de nuestro periódico, y Manolo y yo estuvimos juntos al pie de la rotativa que tiraba el último Pueblo que salió a la calle. Cogimos un ejemplar cada uno, manchándonos los dedos de tinta, y nos abrazamos. Entonces Manolo se echó a llorar como una criatura. «No olvides nunca el nombre del ministro que nos hace esto», dijo. Y así es, compañero. Nunca lo he olvidado. 

11 de diciembre de 2016

1 comentario:

Antonio dijo...

Ese periodismo de raza ya no se estudia en las escuelas de periodismo. De hecho, el oficio se adquiría en el tajo, como debe ser. Malos tiempos para una profesión que ha hurtado la verdad para complacer a los poderes financieros.