Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 27 de marzo de 2016

Una historia de España (LX)

Y así llegamos, señoras y señores, al año del desastre. A 1898, cuando la España que desde el año 1500 había tenido al mundo agarrado por las pelotas, después de un siglo y pico creciendo y casi tres encogiendo como ropa de mala calidad muy lavada, quedó reducida a casi lo que es ahora. Le dieron -nos dieron- la puntilla las guerras de Cuba y Filipinas. En el interior, con Alfonso XII niño y su madre reina regente, las nubes negras se iban acumulado despacio, porque a los obreros y campesinos españoles, individualistas como la madre que los parió, no les iba mucho la organización socialista -o pronto, la comunista- y preferían hacerse anarquistas, con lo que cada cual se lo montaba aparte. Eso iba de dulce a los poderes establecidos, que seguían toreando al personal por los dos pitones. Pero lo de Cuba y Filipinas acabaría removiendo el paisaje. En Cuba, de nuevo insurrecta, donde miles de españoles mantenían con la metrópoli lazos comerciales y familiares, la represión estaba siendo bestial, muy bien resumida por el general Weyler, que era bajito y con muy mala leche: «¿Que he fusilado a muchos prisioneros? Es verdad, pero no como prisioneros de guerra sino como incendiarios y asesinos». Eso avivaba la hoguera y tenía mal arreglo, en primer lugar porque los Estados Unidos, que ya estaban en forma, querían zamparse el Caribe español. Y en segundo, porque las voces sensatas que pedían un estatus razonable para Cuba se veían ahogadas por la estupidez, la corrupción, la intransigencia, los intereses comerciales de la alta burguesía -catalana en parte- con negocios cubanos, y por el patrioterismo barato de una prensa vendida e irresponsable. El resultado es conocido de sobra: una guerra cruel que no se podía ganar (los hijos de los ricos podían librarse pagando para que un desgraciado fuera por ellos), la intervención de Estados Unidos, y nuestra escuadra, al mando del almirante Cervera, bloqueada en Santiago de Cuba. De Madrid llegó la orden disparatada de salir y pelear a toda costa por el honor de España -una España que aquel domingo se fue a los toros-; y los marinos españoles, aun sabiendo que los iban a descuartizar, cumplieron las órdenes como un siglo antes en Trafalgar, y fueron saliendo uno tras otro, pobres infelices en barcos de madera, para ser aniquilados por los acorazados yanquis, a los que no podían oponer fuerza suficiente -el Cristóbal Colón ni siquiera tenía montada la artillería-, pero sí la bendición que envió por telégrafo el arzobispo de Madrid-Alcalá: «Que Santiago, San Telmo y San Raimundo vayan delante y os hagan invulnerables a las balas del enemigo». A eso se unieron, claro, los políticos y la prensa. «Las escuadras son para combatir», ladraba Romero Robledo en las Cortes, mientras a los partidarios de negociar, como el ministro Moret, les montaban escraches en la puerta de sus casas. Pocas veces en la historia de España hubo tanto valor por una parte y tanta infamia por la otra. Después de aquello, abandonada por las grandes potencias porque no pintábamos un carajo, España cedió Cuba, Puerto Rico -donde los puertorriqueños habían combatido junto a los españoles- y las Filipinas, y al año siguiente se vio obligada a vender a Alemania los archipiélagos de Carolina y Palaos, en el Pacífico. En Filipinas, por cierto («Una colonia gobernada por frailes y militares», la describe el historiador Ramón Villares), había pasado más o menos lo de Cuba: una insurrección combatida con violencia y crueldad, la intervención norteamericana, la escuadra del Pacífico destruida por los americanos en la bahía de Cavite, y unos combates terrestres donde, como en la manigua cubana, los pobres soldaditos españoles, sin medios militares, enfermos, mal alimentados y a miles de kilómetros de su patria, lucharon con el valor habitual de los buenos y fieles soldados hasta que ya no pudieron más -mi abuelo me contaba el espectáculo de los barcos que traían de Ultramar a aquellos espectros escuálidos, heridos y enfermos-. Y algunos, incluso, pelearon más allá de lo humano. Porque en Baler, un pueblecito filipino aislado al que no llegó noticia de la paz, un grupo de ellos, los últimos de Filipinas, aislados y sin noticias, siguieron luchando un año más, creyendo que la guerra continuaba, y costó mucho convencerlos de que todo había acabado. Y como españolísimo colofón de esta historia, diremos que a uno de aquellos héroes, el último o penúltimo que quedaba vivo, un grupo de milicianos o falangistas, da igual quiénes, lo sacaron de su casa en 1936 y lo fusilaron mientras el pobre anciano les mostraba sus viejas e inútiles medallas. 

 [Continuará]. 

27 de marzo de 2016 

domingo, 20 de marzo de 2016

El caso Rufián

Durante uno de los últimos debates de investidura brilló con luz propia una nueva estrella parlamentaria: el diputado Gabriel Rufián, de Esquerra Republicana de Cataluña. Nieto de un albañil de Granada y de un taxista de Jaén, el joven independentista, nacido en Santa Coloma de Gramanet, milita en un catalanismo radical del que se nutrió toda su intervención en la tribuna: un discurso a medio camino entre la retórica de Paulo Coelho y el humor de Tip y Coll; con el detalle terrible de que allí, en el Parlamento, el joven diputado catalán estaba hablando en serio. O lo pretendía. Para definir el estilo y al individuo, nada más exacto que el comentario publicado en La Vanguardia por el periodista Sergi Pàmies: «Una cursilería low cost con toques de confucianismo de bazar que, si el espectador supera los primeros momentos de vergüenza ajena, puede degenerar en ternura»

«Soy lo que ustedes llaman charnego», empezó diciendo Rufián, y siguió por ahí. Sentado ante el televisor, asistí fascinado a su intervención. A menudo el joven diputado aludía a cosas de contenido social con las que estoy completamente de acuerdo. Pero lo embarullaba su discurso sesgado, zafio, pobre de sintaxis, hasta el punto de que llegué a preguntarme si se había preparado antes de subir a la tribuna con algún reconfortante volátil o espirituoso. Pero al poco comprobé que nada de eso. Negativo. Aquél era el estilo propio, el tono auténtico. El individuo. 

Me quedé de pasta de boniato. Y acto seguido, lo dije en Twitter: «La España que sentó en el parlamento a Gabriel Rufián merece irse al carajo». No me refería a la España catalana votante de ERC, sino a la España en general, en la que me incluyo. «La España de Aznar, de Zapatero, de Rajoy», precisé. Pero como de costumbre, la habitual falta de comprensión lectora hispana motivó una racha de comentarios irritados -«Pérez-Reverte manda al carajo a Cataluña» y cosas por el estilo-, entre ellos uno del propio Rufián: «No se preocupe, que ya nos vamos». Zanjé por mi parte el asunto con un último comentario: «A usted no le llaman charnego en España, sino en Cataluña. Y ése es el problema, creo. Su necesidad de que no se lo llamen»

Y sí. Lo sigo creyendo y lo creo cada vez más. En la biografía de Gabriel Rufián, semejante a la de otros jóvenes independentistas, hay una línea clave: cuando él mismo afirma que descubrió la lengua y la cultura catalanas «cuando mis padres me matricularon en un instituto de Badalona». Es decir, cuando se vio inmerso en un sistema educativo que, desde hace mucho, tiene por objeto cercenar cualquier vínculo, cualquier memoria, cualquier relación afectiva o cultural con el resto de España. Un sistema perverso, posible gracias al disparatado desconcierto que la educación pública es en España, con diecisiete maneras de ser educado y/o adoctrinado, según donde uno caiga. Donde las autoridades locales se pasan por la bisectriz leyes y razones, y donde su egoísmo cateto, provinciano e insolidario, aplasta cualquier posibilidad de empresa común, de memoria colectiva y de espíritu solidario. 

Y no sólo eso. Porque en el caso Rufián, y de tantos como él, se da otra circunstancia aún peor: el abandono de la gente, de los ciudadanos decentes, en manos de la gentuza política local. A cambio de gobernar de cuatro en cuatro años, los sucesivos gobiernos de la democracia han ido dando vitaminas a los canallas y dejando indefensos a los ciudadanos. Y ese desamparo, ese incumplimiento de las leyes, esa cobardía del Estado ante la ambición, primero, y la chulería, después, de los oportunistas periféricos, dejó al ciudadano atado de pies y manos, acosado por el entorno radical, imposibilitado de defenderse, pues ni siquiera las sentencias judiciales sirven para una puñetera mierda. Así que la reacción natural es lógica: mimetizarse con el paisaje, evitar que a sus hijos los señalen con el dedo. Tú más catalán, más vasco, más gallego, más valenciano, más andaluz que nadie, hijo mío. No te compliques la vida y hazte de ellos. Así, gracias al pasteleo de Aznar, la estupidez de Zapatero, la arrogancia de Rajoy, generaciones de Rufiancitos han ido creciendo, primero en el miedo al entorno y luego como parte de él. Y van a más, acicateados por la injusticia, la corrupción y la infamia que ven alrededor. 

No les quepa duda: en un par de generaciones, o antes, esos jóvenes votarán independencia con más entusiasmo, incluso, que los catalanes o vascos de vieja pata negra. A estas alturas del disparate nacional no queda sino negociar y salvar los muebles, como mucho. Porque yo también me iría, si fuera ellos. Por eso digo que la imbécil y cobarde España que hizo posibles a jóvenes como Gabriel Rufián, merece de sobra irse al carajo. Y ahí nos vamos, todos, oigan. Al carajo. 

20 de marzo de 2016 

domingo, 13 de marzo de 2016

Cervantes, Shakespeare y Rajoy

No hace mucho, el primer ministro británico, David Cameron, pronunció un discurso y escribió un artículo, distribuido en todo el mundo, sobre Shakespeare y el cuarto centenario de su muerte, que estos días está a punto de cumplirse. En su discurso y su artículo, Cameron subrayó la importancia universal del autor inglés, expresó el orgullo de saberse su compatriota, y demostró que las tareas de gobierno no sólo se refieren al pasteleo político, a cobrar impuestos y todo eso, sino que incluyen, y hasta lo exigen, apoyar y difundir el rico patrimonio nacional que a cada uno le tocó en suerte, rindiendo homenaje a la cultura y la memoria. 

Y ahora, oigan, con un acto de poderosa voluntad, imaginemos a Mariano Rajoy Brey -que no sé si a estas alturas seguirá siendo presidente en funciones o se habrá ido a tomar por saco-, pronunciando un discurso o escribiendo un artículo sobre los cuatrocientos años, que también se cumplen ahora, de la muerte de Miguel de Cervantes. Imaginen si pueden -yo, la verdad, no puedo- a Rajoy, con ese agudo punto cultural que tiene, dejando a un lado el Marca y la camiseta de ciclista para ocuparse, por una vez en su puta vida, de algo relacionado con la palabra cultura. Imaginen -insisto que con titánico esfuerzo, quien sea capaz- a ese estólido estafermo, a ese pétreo don Tancredo, a ese primer presidente de gobierno que en cuatro años de mandato nunca visitó la Real Academia Española, del que no consta una foto en un estreno teatral, un concierto, una sala de cine, una librería, contándonos cómo le emocionan las peripecias del ingenioso y desdichado hidalgo, sus diálogos con Sancho Panza, la ternura heroica de la ensoñación y el fracaso. Recordándonos, como Cameron con Shakespeare, que el hombre que escribió la más moderna y más espléndida novela de todos los tiempos era español. Rindiendo homenaje a ese hombre extraordinario, soldado en Lepanto, oscuro funcionario de ventas y caminos, autor inmenso que va a hacer ahora cuatro siglos justos murió pobre, ninguneado, más respetado en el extranjero que por sus ingratos, miserables compatriotas. 

He dicho alguna vez, o varias, que si la mayor parte de los gobiernos españoles desde la democracia se mostraron indiferentes con la cultura, el de Mariano Rajoy ha pasado cuatro años agrediéndola directamente. Su desprecio absoluto llega a la bofetada ruin, al escarnio infame. La campaña de extorsión económica dirigida por el ministro Montoro contra escritores, músicos y cineastas, la canallada de la ministra Fátima Báñez al retirar las pensiones e imponer multas a los escritores jubilados que cobran legítimos derechos de autor, la pasividad ante la piratería que esquilma y arruina, la asfixia económica impuesta por los ministros de Cultura a la Real Academia Española (que hace el Diccionario, la Ortografía y la Gramática, y mantiene el delicado e importante vínculo -alto asunto de Estado- con 500 millones de hispanohablantes), y otras cosas que no caben en esta página, vienen siendo, desde el principio hasta el fin, de una avilantez inaudita. Y como traca final, esta legislatura se despide con la vergüenza internacional del Año Cervantes. 

Hay que decirlo y repetirlo hasta que a estos idiotas les zumben los oídos. Frente al anunciado Shakespeare Lives británico, en el que van a participar 140 países con los ingleses echando la casa por la ventana, el ministerio de Cultura español maneja un programa de actividades descoordinado, casposo hasta la náusea, de iniciativas sueltas, metiendo a última hora todo cuanto se le ocurre, por cutre que sea, para engordar el programa desatendido hasta ahora. Porque siempre les ha importado Cervantes un carajo. Y para más recochineo, a las críticas por haber llegado hasta aquí de esta manera, el Gobierno hasta ahora en funciones arguye que es complicado cuadrar agendas, que hay riesgo de politizar el centenario y que la interinidad gubernamental ha complicado las cosas; o sea, como si las cosas se pusieran en pie de un día para otro y en el último momento. Y ahora resulta que después de cuatrocientos años sabiendo que estos días se cumplirá el cuarto centenario cervantino, nadie ha tenido tiempo suficiente para preverlo. 

De todas formas, cuando uno lo piensa, quizá sea mejor así. El mejor monumento a Cervantes y a su Quijote, lo que da sentido exacto a ese libro extraordinario, es precisamente la patria que lo hizo posible: este lugar desmemoriado, ingrato, desleal, miserable, insolidario, analfabeto hasta el suicidio, sin el que nunca habría podido escribirse el libro que mejor nos retrata. Una España donde hoy, como hace cuatrocientos años, seguimos siendo consecuentes con nuestra propia infamia. 

13 de marzo de 2016 

domingo, 6 de marzo de 2016

Los polis bastardos de Stefano Sollima

Stefano Sollima es uno de mis directores italianos actuales favoritos. Quizá el que más. De entrada me era simpático por familia, pues su padre, Sergio Sollima, dirigió las películas de Sandokán, entrañable personaje de Emilio Salgari. De Stefano había visto hasta ahora los veintidós episodios de la serie Romanzo Criminale y, sobre todo, los siete de la primera parte de la extraordinaria Gomorra, cuya segunda temporada sigo esperando con mal contenida avidez. Sin embargo no conocía toda su obra, pese a ser poco abundante. En cine, desde luego, no había visto nada suyo. Hasta que, por casualidad, huroneando de caza por la Feltrinelli de Nápoles, di con una película rodada en 2012 cuyo título es ACAB (All Cops Are Bastards). Después de verla, mi afecto por Sollima se ha vuelto veneración. No por lo buena que es la peli, que también. Sino por su atrevimiento. Por sus cojones. 

ACAB, que se basa en la novela homónima de Carlo Bonini, es una película dura y real. Cuenta un largo momento de las vidas de cuatro celerini, agentes de la Célere, la brigada antidisturbios de la policía italiana: cuatro elementos cuyo trabajo consiste en golpear a manifestantes, apoyar desahucios, actuar, en suma, como brazo brutal de un Estado represor donde las palabras equidad, justicia y decencia hace mucho se fueron al carajo. Ellos son esbirros del sistema, perros de presa, y como tales actúan en su vida profesional y proyectan las consecuencias en su vida privada. Alguno de ellos, como Cobra -el magnífico actor Pierfrancesco Favino-, no oculta sus simpatías filofascistas, y hasta decora su salón con un retrato de Mussolini. Son hombres duros que se ven a sí mismos como legionarios en las fronteras del Imperio, defendiendo éstas contra las hordas bárbaras: grupos antisistema, neonazis, inmigrantes violentos y delincuentes en general. Y esa idea, la de soldados de Roma que defienden el limes, no es casual. Una de las más espectaculares secuencias de la película muestra, precisamente, cómo los celerini, equipados con cascos, protecciones, porras y escudos, actúan ante los manifestantes más violentos, después de un conflictivo partido de fútbol, con una táctica cerrada idéntica a la de las legiones romanas. 

Con todo eso, lo admirable de la película es que muestra a seres humanos. El espectador puede pensar por su cuenta. Compartir o no los puntos de vista de esos hombres, participar o no de sus emociones y problemas, aprobar sus métodos o sentirse horrorizado por ellos; pero lo indiscutible, y ahí reside el valor de la película, es que en todo momento se trata de personajes vivos, mostrados en su realidad humana y no a través de filtros políticamente correctos, ideológicos y maniqueos. Mazinga, Cobra, el Negro, son hombres de oficio brutal, pero seres de carne y hueso; y Adriano, el joven antidisturbios mal adaptado al grupo, que no se encuentra a gusto con ciertos métodos y arrastra sus propios fantasmas, tampoco se presenta como el contraste de pureza y bondad frente a violentos malvados. Todos se mueven en los confines turbios de vidas singulares, teniendo propias y buenas razones para hacer lo que hacen, o lo que dejan de hacer, o lo que permiten hacer a otros; o para poner, por encima de todo, la lealtad personal de hombres que viven en territorio hostil, guerreros condenados, soldados perdidos de una causa en la que, a estas alturas de la película, de la política y de la vida, resulta demasiado difícil creer, tanto en Italia como aquí, en España. 

Y es a propósito de España, precisamente, cuando ver ACAB supone un ejercicio muy interesante del que, incluso ante Italia, los españoles no salimos bien parados. Porque se necesitan mucho talento y valor para hacer esa película dura y ambigua sin buenos ni malos, sin etiquetas ni clichés fáciles. Un ejercicio, ése, para el que la vieja sabiduría italiana, su sentido común e inteligencia, resultan imprescindibles. Dudo que en España alguien se hubiera atrevido a rodar una película como ésta; y de haberlo hecho, para no quedar mal con el ambiente de etiquetas facilonas y lugares comunes, aquí habrían sido guardias ultrafascistas y malísimos, de los que golpean sin remordimientos a ancianas desvalidas, todos con la foto de Franco en la cartera; y el joven policía con escrúpulos habría sido un inmaculado santo laico, de moral y finura conmovedoras. O al revés, claro, según las épocas, los lugares y quienes manden. Como de costumbre. Como siempre. Pero claro: uno escucha el discurso intelectual de los agradecimientos en cualquier gala de los Goya y comprende que no damos para más. Que no puede ser de otra manera. 

6 de marzo de 2016