Último libro de Arturo Pérez-Reverte

domingo, 29 de mayo de 2016

Alto, rubio y tranquilo

He regresado a casa desde el tanatorio, después de abrazar a sus hijas, yendo a sentarme ante la tele. Y luego, tras poner en el video una vieja grabación, un deuvedé rotulado Sarajevo 93, he buscado la secuencia de diecisiete segundos en la que tres reporteros fatigados y mugrientos bajan de un coche blindado y, con ademanes de infinito cansancio, mirándose con ojos vacíos, se despojan de los chalecos antibalas, los cascos y el resto del equipo, mientras como sonido de fondo se escucha el rumor lejano, monótono, de la artillería serbia. La secuencia la grabó Paco Custodio, y dos de esos reporteros somos el cámara Miguel de la Fuente y yo. El tercero –alto, rubio, barbudo y elegante– es Fernando Múgica. 

Fernando era valiente y flemático. También era cinco años mayor que yo, y por eso siempre le envidié dos guerras para las que llegué tarde: la de los Seis Días y la de Vietnam. Nos conocimos en el Sáhara en 1975, y en las dos décadas siguientes nuestras vidas se cruzaron muchas veces en una extensa geografía de matanzas y catástrofes: amaneceres inciertos, suelos cubiertos de cristales rotos, carreteras con humo al fondo y por las que todos, menos nosotros, caminaban en dirección opuesta. No éramos realmente amigos –creo que nunca nos contamos una sola intimidad uno al otro– sino algo más fuerte que eso. Éramos compañeros de la tribu más peculiar y surrealista del periodismo de entonces: la de los enviados especiales a zonas de conflicto, cuando éramos cuatro gatos, aún no existían los teléfonos móviles y tenías que ligarte a la telefonista o sobornar al militar para poder transmitir la crónica. Acumulábamos encuentros en aeropuertos y hoteles bombardeados, noches al raso, sobresaltos, latas de conserva y tragos de alcohol. Era la nuestra una lealtad silenciosa, dura y definitiva. Tierna, también. La de quienes han estado allí y saben qué significa estar uno junto al otro. Pasarse un cigarrillo, un carrete de fotos, un sorbo de agua cuando todo escasea. Éramos hermanos de guerras y hermanos de sangre. 

Su inteligencia, su noble naturaleza, filtraban el cinismo natural de todo reportero veterano, transformándolo en un humor bondadoso, resignado y tranquilo. Jamás le oí una maldad ni observé en él un mal gesto. Paseaba sus ojos azules, su hidalga y navarra silueta, por las ciudades en ruinas y los campos de batalla, siempre con una cámara en las manos. «Soy mal fotógrafo -solía decir-. Me limito a enfocar el objetivo, y el resto lo ponen ellos. Es la ventaja que tienen las guerras». Sobre su sentido del humor, ése que le permitía seguir sereno en mitad del horror, hay innumerables anécdotas. Como aquella vez, en Beirut, cuando un tanque Merkava empezó a girar su torreta hacia nosotros, apuntándonos con el cañón, y Fernando dijo: «Perdonad que me ausente, pero voy a buscar un estanco. Me he quedado sin tabaco». Entre todos esos episodios, mi favorito es el de la noche en que, sabiendo que llegaba a Sarajevo, fuimos a buscarlo al aeropuerto. Y al regreso, por la interminable y peligrosa Sniper Alley, empezó un bombardeo de los grandes. Caía de todo mientras íbamos a 180, sin luces, iluminados por la luna y los fogonazos. Fernando permanecía callado, sin despegar los labios. Y cuando un cebollazo acertó en un coche abandonado, que estalló en llamas, sonó su voz, muy tranquila: «Esto lo habéis montado vosotros, ¿verdad? Para acojonarme». 

Se enfrentó al cáncer y lo soportó con entereza, como un reportaje difícil más. Sin miedo, sufriendo mucho pero sin perder la compostura. «Es como estar en Vietnam», llegó a decir. Cuando sus compañeros de El Mundo me dieron un premio, viajó con una hija hasta Barcelona, aunque estaba muy enfermo, para estar allí; y eso me dio ocasión de pedir un aplauso para él, que el público le dedicó con largo entusiasmo. «He sido razonablemente feliz», resumió en una de las entrevistas finales que le hicieron. Y ahora, enviada al fin la última crónica, su mochila descansa junto a las de los miembros de la tribu que se fueron antes: Manu, Julio, Miguel y los otros, en el vestíbulo de ese hotel hecho polvo, sin agua en las cañerías pero con el bar siempre abierto, donde viven las sombras entrañables de los viejos reporteros valientes. Hace pocos días, ya con el pie en la escalerilla del avión, Fernando dijo a una de sus hijas: «Cuando muera, Arturo escribirá un bonito artículo». Y, bueno. Aquí está el artículo, y espero que sea bonito, compañero. Hice lo que pude. Nos vemos en el Holiday Inn. 

29 de mayo de 2016 

domingo, 22 de mayo de 2016

Una historia de España (LXIII)

Después del desastre de Annual, que vistió a España de luto, la guerra de reconquista de Marruecos por parte de España fue larga y sangrienta de narices. En ella se empleó por primera vez un cuerpo militar recién creado, la Legión, más conocida por el Tercio, que fue punta de lanza de la ofensiva. A diferencia de los pobres soldaditos sin instrucción y mal mandados, que los moros rifeños habían estado escabechando hasta entonces, el Tercio era una fuerza profesional, de élite, compuesta tanto por españoles -delincuentes, ex presidiarios, lo mejor de cada casa- como por voluntarios extranjeros. Gente para echarle de comer aparte, de la que se olvidaba el pasado si aceptaban matar y morir como quien se fuma un pitillo. En resumen, una máquina de guerra moderna y temible. Así que imagínenla en acción -se pagaba a duro la cabeza de cada moro rebelde muerto-, pasando factura por las matanzas de Annual y Monte Arruit. Destacó entre los jefes de esa fuerza, por cierto, un comandante gallego, joven, bajito y con voz de flauta. Esa apariencia en realidad engañaba un huevo, porque el fulano era duro y cruel que te rilas, con muy mala leche, implacable con sus hombres y con el enemigo. También, las cosas como son -ahí están los periódicos de la época y los partes militares-, era frío y con fama de valiente en el campo de batalla, donde una vez hasta le pegaron los moros un tiro en la tripa, y poco a poco ganó prestigio militar en los sucesivos combates. Un prestigio que le iba a venir de perlas diez o quince años más tarde (como han adivinado ustedes, ese comandante del Tercio se llamaba Francisco Franco). El caso es que entre él y otros, palmo a palmo, al final con ayuda de los franceses, reconquistaron el territorio perdido en Marruecos, guerra que acabó en 1927, algo después del desembarco de Alhucemas (primer desembarco aeronaval de la historia mundial, diecinueve años antes del que realizarían las tropas aliadas en Normandía). Una guerra, en fin, que costó a España casi 27.000 muertos y heridos, así como otros tantos a Marruecos, y sobre la que pueden ustedes leer a gusto, si les apetece pasar páginas, en las novelas Imán, de Ramón J. Sender, y La forja de un rebelde, de Arturo Barea. El caso es que la tragedia moruna, con sus graves consecuencias sociales, fue uno de los factores que marcaron a los españoles y contribuyeron mucho a debilitar la monarquía, que para esas horas llevaba tiempo cometiendo graves errores políticos. Como la opinión pública pedía responsabilidades apuntando al propio Alfonso XIII, que había alentado personalmente la actuación del general Silvestre, muerto en el desastre de Annual, se creó una comisión para depurar la cosa. Pero antes de que las conclusiones se debatieran en las Cortes -fue el famoso Expediente Picasso- el general Miguel Primo de Rivera dio un golpe de Estado (septiembre de 1923) con el beneplácito del rey. Aquí conviene recordar que España se había mantenido neutral en la Primera Guerra Mundial, lo que permitió a las clases dirigentes forrarse de billetes el riñón haciendo negocios con los beligerantes; pero esos beneficios -minas asturianas, hierro vasco, textiles catalanes- seguían lejos del bolsillo de las clases desfavorecidas, que sólo estaban para dar sangre para la guerra de África y sudor para las fábricas y los terrones de unos campos secos y malditos de Dios. Pero los tiempos de la resignación habían pasado: las izquierdas españolas se organizaban, aunque cada una por su cuenta, como siempre. Pero no sólo aquí: Europa bullía con hervor de cambio y vapores de tormenta, y España no quedaba al margen. Crecía la protesta obrera, los sindicatos se hacían más fuertes, el pistolerismo anarquista y empresarial se enfrentaban a tiro limpio, y el nacionalismo catalán y vasco (inspirado éste ideológicamente en los escritos de un desequilibrado mental llamado Sabino Arana, que eran auténticos disparates religioso-racistas), aprovechaban para hacerse los oprimidos en plan España no nos quiere, España nos roba, etcétera, como cada vez que veían flaquear el Estado, y reclamar así más fueros y privilegios. O, dicho en corto, más impunidad y más dinero. La dictadura de Primo de Rivera intentó controlar todo eso, empezando por la liquidación de la guerra de Marruecos. La mayor parte de los historiadores coinciden en describir al fulano como un militar algo bruto, paternalista y con buena voluntad. Pero el tinglado le venía grande, y una dictadura tampoco era el método. Ni él ni Alfonso XIII estaban a la altura del desparrame mundial que suponían aquellos años 20. Eso iba a comprobarse muy pronto, con resultados terribles. 

[Continuará]. 

22 de mayo de 2016 

domingo, 15 de mayo de 2016

Chaves Nogales era un fascista

Acabo de leer un artículo publicado por un jovencísimo y presunto historiador, responsable de literatura de la Fundación de Investigaciones Marxistas y director de una Revista de Crítica Literaria Marxista —así se define él en su biografía— llamado David Becerra Mayor, con el humilde título Decálogo para escribir una novela sobre la Guerra Civil. Nada menos. Y como de vez en cuando escribo novelas, aunque todavía ninguna sobre ese asunto, y como resulta también que en otro tiempo estuve en media docena de guerras civiles en Europa, África y América, así como en doce o quince de las otras, y por tanto algo de ello recuerdo, y además la Guerra Civil española no me la contaron de segunda mano jovenzuelos presuntuosos, sino varios de sus protagonistas, el decálogo en cuestión me ha picado la curiosidad. A ver si aprendo algo, me he dicho. Por si un día me pongo yo a la faena, vaya. Y lo he leído. Y también he leído, porque Internet facilita esas cosas, declaraciones del autor sobre las novelas ya escritas sobre el particular. Declaraciones que pueden resumirse en que nadie, a juicio del tal Becerra —quizá porque hasta ahora no habían leído su decálogo—, ha escrito nunca una novela digna o satisfactoria sobre la Guerra Civil; porque de cuantos lo intentaron, entre ellos Javier Cercas, Muñoz Molina, Dulce Chacón y Almudena Grandes, ninguno fue capaz de llegar al grado de perfección ideológica marxista que Becerra considera condición indispensable para quien ose acometer tamaña empresa. 

Dicho en corto: David Becerra Mayor, que por las fotos dudo haya cumplido los cuarenta años, en un ejercicio de soberbia intelectual que David Becerra Mayor estremece no tanto por lo ingenuo como por lo siniestro, en vez de escribir él mismo una novela magistral que acabe quod erat demostrandum con las otras, se atreve a establecer un decálogo, unas reglas ideológicas que deberían ser cumplidas por cuanto escritor aborde el tema. Reglas que pueden resumirse en una: todo intento de novelar de modo ecuánime favorece a los malos. Hay que ir a ello con ganas de ajustar cuentas. Es necesario contar todo el tiempo que nuestra guerra civil no fue una carnicería fratricida de causas múltiples y complejas, sino el caprichoso alzamiento de cuatro militares, curas y banqueros armados por Hitler y Mussolini contra un pueblo español unido, noble y trabajador, que se opuso al fascismo como un solo hombre y una sola mujer. Un pueblo español que, por supuesto, jamás actuó movido por el odio y la venganza -como sí hizo el otro bando, que no era pueblo ni era nada-, sino por defender una idílica república que estaba a pique de convertirse, con un poquito más de paciencia y salivilla, en el paraíso del proletariado. Contar atrocidades del bando republicano es, por tanto, favorecer a los fascistas. Escribir, como hizo Chaves Nogales («Tanto o más miedo tenía a la barbarie de los moros, bandidos del Tercio y asesinos de Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas»), que en todas partes hubo héroes y criminales, es hacer un favor a las clases que dominaron y dominan. Es tibieza y falta de compromiso literario. Traición, incluso. Por eso el tal Becerra se atreve hasta a decretar cómo concluir esas novelas; pues cualquier final feliz, dice, es un acto ideológico que favorece la memoria de los malvados. 

Resultaría consolador pensar que niños góticos posmodernos, fatuos con ansias de historiar como el arriba citado, se limitan a eso: a parir decálogos mediocres, disparates sectarios de los que uno puede reírse con cuatro teclazos. Pero hay algo más, que no da risa. Hay algo en sujetos como él de inquietante, de maligno, que trasciende la anécdota estúpida. Leyéndolo -sobre todo la lista de novelistas que desgrana, marcándolos con salivazos de rencor- es imposible no recordar, para los que sí sabemos, sí hemos leído y sí hemos vivido, a todos aquellos presuntos intelectuales que en ambos bandos, con camisa azul o con mono de miliciano, pero todos con pistola al cinto, paseaban por los cafés de retaguardia con listas de nombres en el bolsillo, cebando con su rencor y su vileza paredones, cunetas y fosas comunes: tumbas de la infamia que el bando vencedor desenterró en la posguerra y los hijos y nietos de los vencidos intentan, legítimamente, desenterrar ahora. Tumbas, unas y otras, cuya mención debería servir para no repetir errores y tragedias; no para que pseudohistoriadores irresponsables pretendan reescribir a su torcida manera, para las generaciones jóvenes, la historia de unos años trágicos que ni vivieron ni comprenden, y que lo hagan cegados por las orejeras de la estupidez y el imbécil fanatismo. 

15 de mayo de 2016

domingo, 8 de mayo de 2016

Los grandes expresos europeos

Muchos de ustedes los conocieron: Compañía internacional de coches cama y grandes expresos europeos, estaba rotulado sobre las ventanillas. Hasta el nombre evocaba glamour y aventura. Uno se acostaba en Madrid y se despertaba en París o en Lisboa. También podía disfrutar de una buena cena en el vagón restaurante cuando por el pasillo un empleado agitaba la campanilla anunciando «Primer turno… Segundo turno» como Louis de Funès en la película Fantomas. Llegabas descansado, duchado y desayunado. Era una forma cómoda y agradable de viajar. Un servicio que, con las limitaciones propias de los tiempos, se mantuvo operativo hasta no hace mucho. Lo caro del asunto quedaba compensado al ahorrarte dos noches de hotel por viaje; así que frente a las incertidumbres y humillaciones de los aeropuertos, el coche cama o el más económico vagón de literas ofrecían una alternativa estupenda. Nunca fui a París de otro modo mientras los trenes nocturnos de Renfe funcionaron. Me gustaba ir en ellos. Por desgracia, esa compañía que antes llamaba pasajeros a los viajeros y ahora los insulta llamándolos clientes suprimió el de París, condenándonos al avión. Pero mantuvo el de Lisboa. Y en él viajé el otro día. Para mi desdicha. 

Eran los mismos vagones de la última vez, hace cinco o seis años. Pero con el deterioro, no reparado por nadie, de todo ese tiempo. Una especie de caspa ferroviaria. Subí al vagón con desasosiego al comprobar el escaso mantenimiento general. No había ningún empleado en el andén, así que busqué mi departamento y me metí en él. Al rato apareció un señor portugués bajito y se quedó parado en la puerta, mirándome con cara de preguntarse qué haría allí aquel pringado. Me pidió el billete de ida –rompió el de vuelta al cortarlo con mucha torpeza– y le di una propina generosa, natural para alguien que supones, según las viejas tradiciones de los coches cama, que va a ocuparse de tu bienestar durante toda la noche. Y confieso que su expresión de indiferencia al guardarse el billete me alarmó. Va a dar igual que me des propina o no, decía aquel careto. Para lo que hay. 

De lo que había -especialmente de lo que no había- me iba a enterar pronto. De momento observé que el cuarto de baño no ofrecía más que una toalla cutre, una botellita de agua con un vaso de plástico rajado y un neceser elemental, querido Watson. Luego, al poner un libro en un soporte de plástico, el soporte se partió con toda la naturalidad del mundo, llenándome la moqueta –que era raída y algo mugrienta– de incómodas esquirlas. Decidí consolarme en el vagón restaurante con una cena razonable, así que salí al pasillo y busqué el vagón, sin encontrarlo. Pero di con el bar. Allí estaba el empleado bajito de antes, transformado en camarero. Seguía teniendo una gracia como para bailar sevillanas. Por suerte había otro camarero portugués alto, más simpático, que a mis preguntas respondió que ya no había vagón restaurante, y que para comer algo estaba aquel bar. Y qué tiene el bar, pregunté; a lo que respondió señalando melancólico un rincón donde había exactamente un minibotellín de vodka, otro de whisky y otro de anís del Mono, dos kit-kat, galletitas saladas y dos donut. Entonces, de vinos ni le pregunto, dije. Hace bien, respondió el camarero, porque sólo tengo una botella de vino blanco. Pero puedo ofrecerle un filete a la plancha. Me lo puso, y tras varios asaltos dejé el vino intacto, el filete a la mitad y el cuchillo doblado encima. 

De regreso a mi departamento vi que una puerta estaba abierta, como en las películas de espías. Iba y venía con el traqueteo del tren. Es justo lo que faltaba, pensé, para que todo sea igual que aquellos trenes cutres de los años cincuenta en los países del Telón de Acero. Por supuesto, no había ningún empleado a la vista. Cerré la puerta preguntándome si alguien se habría caído por ella, y me fui a dormir. En peores trenes viajaste, me dije. Tómalo con calma. Por la mañana, a una hora de Lisboa, me puse bajo la ducha, abrí el grifo y no salió más que un débil chorrillo de agua fría, luego un gorgoteo agónico y por fin, nada. Silencio administrativo. Ingenuamente había empezado a enjabonarme, así que me enjuagué al estilo Sarajevo, con la botellita de agua y otra que, previsor, había comprado en la estación. Después de vestirme reincidí en lo del bar. Los tres minibotellines y los donut habían desaparecido. Pedí un café con leche y el kit-kat que quedaba. Ya sólo falta que me canten un fado, pensé. Los camareros. Que no se me olvide darle las gracias a Renfe por esta noche deliciosa. 

Y aquí me tienen, oigan. Dándoselas.

8 de mayo de 2016

domingo, 1 de mayo de 2016

Una historia de España (LXII)

Ahora hay que hablar de Marruecos, que ya va siendo hora; porque si algo pesó en la política y la sociedad españolas de principios del siglo XX fue la cuestión marroquí. La guerra de África, como se la iba llamando. El Magreb era nuestra vecindad natural, y los conflictos eran viejos, con raíces en la Reconquista, la piratería berberisca, las expediciones militares españolas y las plazas de soberanía situadas en la zona. Ya en 1859 había habido una guerra seria con 4.000 muertos españoles, el general Prim y sus voluntarios catalanes y vascos, y las victorias de Castillejos, Tetuán y Wad Ras. Pero los moros, sobre todo los del Rif marroquí, que eran chulos y tenían de sobra lo que hay que tener, no se dejaban trajinar por las buenas, y en 1893 se lió otro pifostio en torno a Melilla que nos costó una pila de muertos, entre ellos el general Margallo, que cascó en combate –en aquel tiempo, los generales todavía cascaban en combate–. Nueve años después, por el tratado de Fez, Francia y España se repartieron Marruecos por la cara. La cosa era que, como en Europa todo hijo de vecino andaba haciéndose un imperio colonial, España, empeñada en que la respetaran un poquito después del 98, no quería ser menos. Así que Marruecos era la única ocasión para quitarse la espina: por una parte se mantenía ocupados a los militares, que podían ponerse medallas y hacer olvidar las humillaciones y desprestigio de la pérdida de Cuba y Filipinas; por otra, participábamos junto a Inglaterra y Francia en el control del estrecho de Gibraltar; y en tercer lugar se reforzaban los negocios del rey Alfonso XIII y la oligarquía financiera con la explotación de las minas de hierro y plomo marroquí. En cuanto a la morisma de allí, pues bueno. Arumi issén, o sea. El cristiano sabe más. No se les suponía mucha energía frente a un ejército español que, aunque anticuado y corrupto hasta los galones, seguía siendo máquina militar más o menos potente, a la europea, aunque ocupáramos ahí el humillante furgón de cola. Pero salió el gorrino mal capado, porque el Rif, con gente belicosa y flamenca, cultura y lengua propias, se pasaba por el forro los pactos del sultán de Marruecos con España. Vete a mamarla a Fez, decían. En moro. Y una sucesión de levantamientos de las cabilas locales convirtió la ocupación española en una pesadilla. Primero, en 1909, fue el desastre del Barranco del Lobo, donde la estupidez política y la incompetencia militar costaron dos centenares de soldaditos muertos y medio millar de heridos. Y doce años más tarde vinieron el desastre de Annual y la llamada guerra del Rif, primero contra el cabecilla El Raisuni (al que Sean Connery encarnó muy peliculeramente en El viento y el león) y luego contra el duro de pelar Abd el Krim. Lo del Barranco del Lobo y Annual iba a resultar decisivo en la opinión pública, creando una gran desconfianza hacia los militares y un descontento nacional enorme, sobre todo entre las clases desfavorecidas que pagaban el pato. Mientras los hijos de los ricos, que antes soltaban pasta para que fuera un pobre en su lugar, pagaban ahora para quedarse en destinos seguros en la Península, al matadero iban los pobres. Y sucedía que el infeliz campesino que había dado un hijo para Cuba y otro para Marruecos, aún veía su humilde casa -cuando era suya- embargada por los terratenientes y los caciques del pueblo. Así que imaginen el ambiente. Sobre todo después de lo de Annual, que fue el colmo del disparate militar, la cobardía y la incompetencia. Sublevadas en 1921 las cabilas rifeñas, cayeron sobre los puestos españoles de Igueriben, primero, y Annual, después. Allí se dio la imprudente orden de sálvese quien pueda, y 13.000 soldados aterrorizados, sin disciplina ni preparación, sin provisiones, agua ni ayuda de ninguna clase –excepto las heroicas cargas del regimiento de caballería Alcántara, que se sacrificó para proteger la retirada–, huyeron en columna hacia Melilla, siendo masacrados por sólo 3.000 rifeños que los persiguieron ensañándose con ellos. La matanza fue espantosa. El general Silvestre, responsable del escabeche, se pegó un tiro en plena retirada, no sin antes poner a su hijo, oficial, a salvo en un automóvil. Así que lo dejó fácil: el rey que antes lo aplaudía, el gobierno y la opinión pública le echaron las culpas a él, y aquí no ha pasado nada. Dijeron. Pero sí había pasado, y mucho: miles de viudas y huérfanos reclamaban justicia. Además, esa guerra de África iba a ser larga y sangrienta, de tres años de duración, con consecuencias políticas y sociales que serían decisivas. Así que no se pierdan el próximo capítulo. 

[Continuará].